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Lazos prohibidos

Lazos prohibidos

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Lazos prohibidos

Longitud:
417 página
4 horas
Editorial:
Publicado:
Dec 17, 2020
ISBN:
9788418235429
Formato:
Libro

Descripción

¿Qué pasa cuando una mujer, profesionalmente exitosa y emocionalmente estable,descubre la infidelidad de su esposo? Para Megan Glenn fue fragmentarse. Fue que su vida como la conocía se desmoronara en pedazos poco a poco. Andrew Moore, quien le había enseñado a amar y con quien pensaba pasar el resto de su vida, le hace vivir un vaivén de emociones fuertes. Marcada por un recuerdo de su pasado, Megan se apega a sus ideales y creencias, pero quizás cambie de opinión cuando conoce a ese alguien. Un proyecto de trabajo la encamina a una búsqueda sobre reencontrarse y permitirse sentirde nuevo. «Yo era prohibida. Él era prohibido».

Editorial:
Publicado:
Dec 17, 2020
ISBN:
9788418235429
Formato:
Libro

Sobre el autor

Karen E. Guzmán (Honduras, 1990) es licenciada en Diseño Gráfico por laUniversidad Tecnológica de Centroamérica (UNITEC). Actualmente, vive en la ciudadde San Pedro Sula, junto a su esposo, sus dos hijas y un shih-tzu llamado Iker. Su pasiónpor la escritura comenzó desde los trece años, cuando leyó por primera vez a LucilaGamero de Medina. Comenzó escribiendo fanfics de sus animes favoritos. A los quinceaños le puso punto final a su primera novela romántica de más de trescientas páginas.Ahora y tras muchos años de escribir solo para ella, ha decidió darse a conocer con suprimer libro: Lazos prohibidos.


Vista previa del libro

Lazos prohibidos - Karen E. Guzmán

Kierkegaard.

Prólogo

Jueves 11 de julio de 2002,

Edimburgo, Escocia.

Dos jóvenes pelirrojas y pecosas, llenas de ilusiones, compartían sus gustos musicales en la parte trasera del auto. Britney Spears sonaba a todo volumen en los auriculares de ambas con su exitosa canción I’m Slave 4 You. Entre risas y miradas cruzadas se formaba un vínculo muy fuerte. Una relación que las convertiría en cómplices, confidentes y mejores amigas. Iba más allá de la sangre que las unía.

—Mamá, ¿puedes hacer tu nueva receta de galletas de jengibre? Sé que a Megan le gustarán —pidió, haciéndole un guiño de complicidad a su prima.

—Está bien —contestó su madre, distraída y sin prestar mucha atención, mientras se aparcaba frente a una casa empedrada, quizás a unos veinte minutos de la ciudad—. Pase lo que pase no vayan a bajar —advirtió, volteando su rostro hacia las dos alegres jóvenes. Parecía confundida y nerviosa.

—¿Quién vive aquí?

—Eso estoy por averiguar —respondió.

Tomó su bolso, que se encontraba en el asiento del pasajero, con mucho cuidado y aprensión. Seguido, bajó del auto y, a paso lento, se aproximó a la puerta. Giró la perilla con temor. Quería asegurarse de que no tuviese el seguro. La puerta se abrió sin mucho esfuerzo. Dejó atrás a las jóvenes y desapareció al entrar.

—Logan, ¿sabes dónde estamos? —dudó Megan.

—No.

Minutos después, se escucharon tres sonidos estruendosos y las jóvenes se vieron a los ojos con expresión de sorpresa. De inmediato, Logan bajó del auto y se dirigió a la casa. Megan hizo lo mismo.

—¡Logan, espera! Mi tía dijo que no bajáramos del auto.

Logan ignoró a su prima y apresuró más su paso. Al entrar, Logan examinó la planta inferior de la casa con rapidez en busca de su madre. Al no encontrarla allí, subió rápidamente las escaleras. Allí encontró una puerta entreabierta y corrió hacia ella.

Al entrar a la habitación, su madre yacía en el suelo con un disparo en la cabeza. Megan llegó a la escena y entró en estado de shock. Logan intentaba auxiliar a su madre muerta. Megan recorrió la habitación con la mirada y, sin esperar, presenció una de las escenas más chocantes que había visto o que vería jamás. Una mujer desnuda, llena de sangre, reposaba sobre el cuerpo del que parecía su tío Evan. Él también estaba envuelto en sangre, con un disparo justo en la frente. Sus ojos estaban abiertos y en ellos permanecía una reacción de sorpresa. Megan veía a su prima llorar sobre el cuerpo de su madre y no sabía qué hacer, cómo reaccionar. Una joven de dieciséis años, que soñaba con el chico popular de la escuela, que deseaba cantar como Britney Spears y anhelaba alguna vez hacer el amor, presenció una escena de un crimen pasional que jamás olvidaría.

Capítulo 1

Las cosquillas en mi estómago se sentían tanto como la primera vez que estuve con él. Bueno, debe ser porque ha sido el único en mi vida. Después de tantos años juntos, nos hemos dado la oportunidad de tener una segunda luna de miel con bombos y platillos. Un hotel con vistas al mar en Santorini no era un lujo de todos los días. Canvas Suites había sido el hotel ganador. Después de leer muchas reseñas y ver otros tantos hoteles, este me gustó. A pesar de su prolijo color blanco en las paredes, los elementos y texturas en pisos, lavamanos, muebles, ropa de cama y demás, se sentía muy cálido. Ideal para aquel momento.

Me había asegurado de escoger meticulosamente la lencería para ese encuentro. Un sostén a conjunto con un bikini de color rojo en encaje, pero el rojo que no te hace puta ni tampoco monja. Ese tono perfecto y equilibrado, el cual hacía que mi piel pálida luciera con vida.

También, me aseguré de tratar mis manos y pies con las asiáticas expertas de la ciudad. Famosas por sus obras de arte en uñas. Aunque me quedé con algo un poco más conservador. Había escogido un black cherry chutney de OPI, mi favorito para ser exactos.

Después de una docena de tutoriales en YouTube y mis visitas a MAC, logré un maquillaje de artista. Se me hacía fácil eso de difuminar, de los claros y los oscuros. Después de todo, pensar que los parpados superiores de tus ojos pueden ser un lienzo en blanco logró motivar a mi artista interior.

La parte más dolorosa, y la que no repetiré jamás, es la depilación con cera. Mi cabello pelirrojo cobrizo y ondulado no ocupaba más que acomodarlo en su lugar. Le di el toque final con unos zapatos de punta color negro, que se acompañaban de unas tiras entrelazadas entre sí hasta el tobillo. Algo sugestivos. Estaba lista para una noche de pasión con mi esposo.

Mientras él se duchaba, yo intentaba encontrar la manera más seductora para esperarlo. Me acomodé en la cama, acostada sobre ella, de lado, viendo hacia la puerta del baño. Me pareció muy cliché y decidí sentarme mejor en una silla estilo Swan que estaba a la salida del balcón, con las piernas cruzadas y las manos reposadas en sus braceras curvilíneas. Sentía que la espera no terminaba y me puse en pie con las manos en la cintura y mi pierna derecha algo quebrada para no verme tan rígida.

De pronto, sonó el celular de Andrew y me dispuse a revisarlo con naturalidad. Solo quería descartar que no fuera algún mensaje importante de casa. Al desbloquearlo vi que era un correo entrante. Al abrirlo mi pecho se detuvo y una sensación fría recorrió mi cuerpo desde la cabeza hasta los pies. Un hueco en el estómago se formó de inmediato. Estaba perpleja y en estado de shock. «No te paralices, Megan», me decía. Corrí a mi bolso y saqué de inmediato mi celular para tomarle una foto al celular de él con el correo abierto. Traté de documentar todo lo necesario. Rápido marqué el correo como «no leído» y puse su celular nuevamente en la mesa.

Ahora mi corazón palpitaba tan rápido que parecía salirse de la cavidad torácica, es más, mi aorta se escuchaba retumbar en mis oídos. Estaba segura de que ni el maquillaje que llevaba puesto podía cubrir la palidez de mi rostro. Todo parecía dar vueltas. Aquella sensación era errática. No sentía llorar, ni gritar. Era como un orificio que se abría bajo mis pies y me tragaba al centro caliente de la tierra.

Oí girar la perilla de la puerta del baño y corrí a sentarme en la silla. Era la postura más segura. Solo esperaba que mi cuerpo no fallara. Que pudiera reaccionar y fingir serenidad. Mi cabeza, por otro lado, jugaba al rollo fotográfico. A recordarme todos los momentos vividos junto a este hombre que amaba ciegamente.

Levanté la mirada después de tragar grueso. Lo vi caminar hacia mí con su sonrisa pícara, esa que me encantaba, esa que me hacía sentir única, porque estaba llena de deseo. Él decidió que un bóxer negro era suficiente para seducirme, pero a este punto solo deseaba gritarle. Sin embargo, he aprendido que actuar en el calor del enojo puede ser mortal. Respiré profundo y le sonreí de la mejor manera que pude. Se hincó frente a mí y rozó sus manos en mis piernas de forma delicada. Sentí escalofríos de inmediato. Su cálida piel sabía ponerme nerviosa. Me vio. Lo vi. Le sonreí de manera fingida. Tras esto, rozó sus labios en mi entrepierna. Suspiré. Comenzó a subir por mi abdomen, luego por mis pechos, mi cuello, hasta llegar a mis labios.

—¿Sabes? Amo tus labios carnosos. Me enloqueces. —Volvió a unir sus labios con los míos y me sumergió en un beso húmedo, apasionado y en mis pensamientos, carente de sentido, solo me provocaba llorar, llorar hasta que no hubiera más lágrimas—. Te amo, Megan —comentaba entre el beso.

Esperé que se quedará dormido. Me puse en pie de la cama y cubrí mi cuerpo desnudo con una bata de seda blanca. Tomé mi celular y me dirigí al balcón que daba al mar. La brisa que tocaba mi rostro pudo relajarme un poco y ese olor a mar era refrescante. La luna en cuarto menguante y las estrellas que adornaban el cielo parecían darme esperanzas. Crucé mis brazos y di un profundo suspiro. Recordé la primera vez que lo vi.

Estaba en la oficina de mi papá, discutiendo mi futuro «equivocado», según él.

—Megan… una carrera en medicina te da más estabilidad para el futuro —opinaba mientras se colocaba los lentes de lectura—. Podrías trabajar conmigo, con tu mamá, hermano y Logan —exponía mientras tomaba en sus manos la documentación de Berkeley con información sobre la carrera que había decidido estudiar.

—Papá, odio la biología, la química y sus derivados. Si estudio medicina es mi pase gratis al fracaso —respondí, recordando mis días grises con los proyectos de ciencia y las investigaciones de laboratorio en mis últimos años de secundaria—. Ya no sé cómo explicarte. Debes aceptar que soy la oveja negra de la familia por no seguir tus pasos. Simplemente acéptalo —apunté, tras un profundo suspiro.

Papá quitó la mirada de los papeles.

—Suenas a que los demás lo han hecho por mí —expresó con cara de decepción y poniendo los papeles sobre el escritorio.

—Claro que no. Bueno, eres de los mejores cardiocirujanos del país, cualquiera quisiera ser como tú.

—¿Por qué tu no? —cuestionó haciéndose para atrás con la silla y cruzándose de brazos.

—¿No te parece que tener tu cabello, tu color de piel, tus pecas y tu apellido es suficiente?

—Está bien —aceptó con una sonrisa, complacido de haber escuchado que su hija era muy parecida a él.

Entonces la puerta sonó con un golpe suave y respetuoso, distrayéndonos de nuestra conversación.

—Disculpe, jefe. Acaban de llamar y el corazón viene en la ambulancia. Estamos listos para el trasplante —informó, y yo lo vi de reojo, como quien no quiere conocer esa voz intrigante.

Cuando percibí su rostro, tan perfecto, como tallado por Miguel Ángel, suspiré por dentro. Verlo en aquel uniforme azul lo hacía aún más atractivo; su cabello dorado y peinado con precisión, sus ojos verdes y su barba de un par de días provocaron que mi estómago diera un vuelco. Parecía un doctor sacado de Grey’s Anatomy.

—Prepara al paciente —ordenó sin titubeos.

—Sí, señor. —Mostrando una sonrisa, esa sonrisa de satisfacción, de picardía que me volvía loca ahora.

—Y… Andrew… hoy no podrás asistirme.

Al oír a papá decir aquello me hizo verlo con cara de «¿qué rayos haces?».

—Sí, señor —asintió decepcionado y se retiró.

Aunque en ningún momento me determinó, desde ese día Andrew me hizo suspirar.

—Él es de esos que tienen un enorme talento, pero prefieren coquetear con las enfermeras y las residentes. Es una lástima. —Mientras negaba con su cabeza—. Solo espero que ahora que vas a la universidad no te distraigas con chicos.

—¡Papá! —exclamé molesta.

¿Chicos? Sí, cómo no. Era lo último de mi lista de prioridades. Mi vida no había sido fácil con el sexo opuesto. En educación elemental e intermedia fui la gordita y sufrí acoso escolar hasta los doce. Decidí cambiar mis hábitos alimenticios y comencé a correr para olvidar mi sufrimiento. Los años subsiguientes, a pesar de tener la figura, siempre me sentí insegura de mí misma. Los chicos solo eran una fantasía. Mi prima, Logan, hacía hasta lo imposible por hacer citas dobles con los amigos de sus novios. Fracasos, puros fracasos.

Desde ese día no lo volví a ver, pero fantaseaba con encontrármelo en la calle, dejar caer un libro y que su caballerosidad le obligara recogerlo. Que al verme a los ojos quedara intrigado por conocerme un poco y luego un poco más. Solo lo suficiente para querer besarme y cuando lo hiciera, estallara un cosquilleo, de esos que solo quieres seguir experimentando. Conocerme un poco más, lo que bastara para enamorarse de mí. Vaya fantasías las que mi cabeza ingeniaba.

Cuando acabé mi carrera de arquitectura en Berkeley y regresé a Nueva York, en una visita sorpresa que le hice a papá, chocó conmigo en un pasillo del hospital. Estaba muy avergonzado. No fue como lo imaginé, pero fue suficiente.

—Disculpa —dijo, mientras me ayudaba a recobrar el balance.

—No te preocupes, estoy bien —aseguré, acomodando mis lentes en su lugar.

—¿Buscas a alguien? —preguntó, y logré percibir algo de rubor en su rostro.

—Sí, al doctor Cameron Kirk Glenn —manifesté con la mayor naturalidad posible, a pesar de que estaba nerviosa. Su proximidad me hacía sentir su aroma a perfume con toques de madera y cítricos.

—Él está en cirugía, pero si me das tu nombre puedo decirle que viniste a buscarlo —planteó.

Sin duda, una manera muy astuta de averiguar mi nombre. Sutil pero directa.

—Megan. Megan Glenn. —Acomodé un mechón de mi cabello ondulado detrás de mi oreja derecha para luego bajar mi rostro apenado.

—¿Eres Megan? —Pareció sorprendido.

—Sí —afirmé elevando mi rostro, que se iluminó de inmediato.

—¿La hija arquitecta del jefe?

Vaya, parece que papá se entusiasmó contando mi vida a los residentes en el quirófano.

—Sí. El cabello, ¿no te parece evidente? —argumenté con cara extrañada.

—Sin duda. Ven —me indicó, tomando mi mano y jalándome con él hasta llevarme a los quirófanos.

Anunció a papá mi llegada sorpresa a través del intercomunicador de la galería. Lo saludé con la mano y papá hizo lo mismo. Pude vislumbrar una sonrisa debajo de la mascarilla que llevaba puesta.

Luego de aquello, Andrew no se volvió a separar de mí. Esa noche me invitó a salir y yo acepté embobada. A pesar de ser cinco años mayor que yo, congeniamos de inmediato. Al parecer, se había comprometido con su carrera y resultó ser el mejor pupilo de mi papá. Después de dos años de novios, nos casamos y hoy cumplimos ocho años de matrimonio.

Desbloqueé mi celular con el pulgar de mi mano derecha y me fui al ícono de las imágenes y leí nuevamente el correo:

«Dr. Moore,

Su cita del domingo está confirmada.

Atentamente,

V. C.».

Pero, sin duda, no eran esas palabras lo que más me mortificaban. Era la imagen adjunta de una mujer esbelta, de piernas torneadas, cintura acentuada y senos enormes, vestida de enfermera sucia. No se veía su rostro. Ahora me quedaba averiguar quién podría ser. Lo que sabía con seguridad es que era alguien del hospital, por el dominio del correo electrónico.

Deslicé mi pulgar sobre la pantalla. La galería me mostró la foto que nos habíamos tomado en el avión que nos trajo a lo que sería una hermosa segunda luna de miel. No pude contener más lo que encerraba mi pecho y las lágrimas salieron sin dificultad. Traté de que mi sollozo no se elevara de tono para no despertarlo. Me senté en el suelo, encogí mis piernas y metí mi cabeza en el hueco que quedaba entre ellas y mi pecho, rodeándolas también con mis brazos. Me sentía absurda. Estaba en otro continente, sin poder escapar a mi estudio y ser capaz de sacar eso que llevaba dentro. Después de haber pasado por tanto en la vida, hoy me sentía incapaz de deshacerme de todo el dolor que de pronto se había formado en mi interior. Vulnerable y pequeña.

Sentí un roce en mi rostro, suave, cariñoso y familiar. Poco a poco abrí los ojos y vislumbré su rostro con una enorme sonrisa. Entonces recordé todo. Prefería continuar durmiendo, así mi cabeza dejaba de hablar tanto. Le devolví la sonrisa sin mucho ánimo. Se acercó a mis labios y me dio un beso corto. Seguido se puso en pie y se dirigió al balcón.

—Nena, ya dormiste demasiado. Debes venir a ver este paisaje —expuso, al instante suspiró.

Me di la vuelta en la cama, dándole la espalda, y abracé la almohada con fuerza. No quería pasar tiempo con él. Contuve las lágrimas que estaban listas para salir. Tomé mi celular que estaba en la mesita de mi lado de la cama. El reloj marcaba las diez de la mañana. Puse el celular de regreso en la mesita. Me di la vuelta sobre la cama y pude sentir que el sol afectaba mis ojos un poco.

—¿Nena? ¿Estás bien? —preguntó mientras se acercaba a la cama.

—¿Por qué no he de estarlo? —respondí, y «mi yo defensivo» se puso en modo activo.

—Tus ojos… están hinchados.

—Debe ser todo lo que dormí y el cansancio del vuelo —dije, sentándome en la cama y llevándome las manos a los ojos. Al palparlos los pude sentir. Resentían las lágrimas de la noche anterior.

—¿Quieres descansar más? O…

Entonces quitó la sábana que me cubría y se balanceó hacia mí, haciéndome recostar de nuevo sobre el lecho. Me vio con ojos de duda.

—¿Te encuentras bien? —insistió en tono suave.

La verdad, estaba destrozada, rota en mil pedazos, quería escupirle a la cara y gritarle todo lo que sentía, pero estaba insegura. Aquel lugar tan bello donde estábamos me hacía vulnerable. Estaba sola. Mis apoyos no estaban conmigo, y me conocía tan bien como para saber que si no los tengo a ellos todo podía irse a la mierda en un abrir y cerrar de ojos. Soy de esas que primero buscan un consejo, primero escucho las opciones para luego tomar una decisión. Algunos podrían llamarme cobarde, yo lo llamo sabiduría, según escribió Salomón en los Proverbios. Tenía tanto que perder, más allá de mi dignidad como mujer. Todo lo que había construido con aquel hombre valía tanto que no podía dejarme llevar por eso que ardía en mi pecho.

—Todo bien.

Sonrió complacido para luego unir sus labios con los míos. Él me conocía y, a pesar de haber escuchado una afirmación, estaba seguro de que mi mente trabajaba a mil por hora, por eso comenzó con un beso tierno, como los que me encantaban, luego mi cuello, besándolo y mordiéndolo con suavidad. Bajó a mi pecho y jugó con mis senos haciendo que mi cuerpo respondiera a los sentidos y no a la razón.

Decidimos salir a dar un paseo y aprovechar para comer algo. Los paisajes eran una hermosura. Era todo perfecto. Él quería tomarse fotos en cada lugar pintoresco y yo ponía mi mejor cara, aunque por dentro solo deseaba estar viviendo ese momento a solas. Trataba de comportarme normal y disfrutar un poco del viaje que preparé con tanto empeño y dedicación.

Llegamos a un restaurante y tomaron nuestra orden. Se hizo un enorme silencio, perfecto para mí, pues ya era suficiente percibir mi voz interna gritándome que hiciera algo. Un reclamo, una explicación. Lo que fuera con tal de terminar insultándolo como se lo merecía, pero yo sencillamente contemplaba el mar azul, los veleros en el muelle y algunos pescadores que se veían un poco en las lejanías.

—¿Cuándo regresamos, cariño? —consultó, distrayéndome de mis pensamientos.

—El sábado por la noche —expuse, y luego le di un sorbo a la copa con agua que estaba frente a mí.

—Acertado. El domingo debo realizar una cirugía. Había olvidado mencionártelo.

Entonces, aquella sensación helada bajó desde mi cabeza hasta la planta de mis pies. Tragué grueso.

—Bien —dije serena—. Yo debo ir al estudio, el lunes tengo que presentar un proyecto y me hacen falta algunos detalles que afinar.

—Podemos irnos juntos —sugirió, tomándome por sorpresa.

—¿A qué hora debes estar en el hospital? —cuestioné. Me parecía mejor idea irnos separados, así podía seguirlo.

—Temprano, quizás a las seis de la mañana.

—Paso —aseguré. Sonreí y le di otro trago al agua.

—Dormilona —bromeó con su sonrisa coqueta.

—Ya me conoces. —Ambos reímos, pero un hueco se formó en mi estómago.

Nos llevábamos muy bien. Aún no podía comprender por qué necesitaba a alguien más. En la cama daba lo mejor de mí para ser la puta que te dicen que debes ser con tu marido. Complacía sus gustos culinarios, como podía, para ser la buena ama de casa. Lo escuchaba hablarme de ventrículos, taquicardias, venas y más para ser la buena compañera, pero, aun así, me preguntaba qué había hecho mal.

Los tres días subsiguientes fueron iguales. Saqué lo mejor de mí para que no se diera cuenta de que, por las noches, cuando él dormía, la luna y las estrellas eran testigos de mis lágrimas amargas. Sexo, desayunos a la cama, almuerzos y cenas al aire libre. Caminatas por las calles empedradas de Santorini, todo esto pasó sin ninguna importancia para mí. En mi cabeza solo se vislumbraba la imagen de esa mujer.

Al cruzar la puerta del apartamento oí su voz gritándome. Esa voz que me devolvía la vida sin importar nada más. Me arrodillé para recibirlo entre mis brazos. Parecía que había crecido más en los pocos días que me había ausentado y sus colochos cobrizos estaban tan alborotados que se veía tan tierno.

—Ven acá, mi pequeño —saludé, para llenarlo de besos.

—¿Y para papá hay algún abrazo? —Andrew se arrodilló junto a mí.

Cameron se retiró de mis brazos y se le lanzó a Andrew con una enorme sonrisa.

—Hola, cariño —formuló mi madre aproximándose a mí para darme un abrazo de bienvenida—. Effie está dormida en su habitación —me informó con su peculiar serenidad.

—Muchas gracias por cuidarlos, mamá.

—No es nada. Ya sabes cómo amo a mis niños.

Luego de una pequeña plática con mamá, tuve que despedirla en la puerta con un abrazo y un beso. Suspiré profundo, me llené de fuerzas para continuar con todo aquello, aún en silencio. Me desplacé a la habitación de Cameron. Al llegar me quedé de pie, descansando en el marco de la puerta, mientras veía que Andrew le contaba un cuento. Cameron reía por las mímicas de su padre. Tragué grueso. ¿Seré capaz de hacer que mi hijo pierda estas noches con su padre? Me retiré antes de que el mar de lágrimas saliera.

Caminé hasta la habitación de Effie. Estaba dormida como un pequeño angelito. Me senté a la orilla de la cama y quité un mechón de cabello que caía sobre su rostro. La vi detenidamente y me di cuenta, una vez más, de lo parecida que era a su padre. Su cabello liso y dorado, su nariz respingada, su labio inferior más grueso que el superior y sin mencionar sus ojos verdes cuando están abiertos. Suspiré y el lloro comenzó a salir. Todo lo que había construido con Andrew se iba a ir al carajo.

Capítulo 2

La cabeza parecía que me iba a estallar. El jet lag me estaba matando. Sentía que la cama se movía demasiado. ¿Será que está temblando? ¡Ay, pero no quiero levantarme! Que se caiga el mundo si quiere. Vislumbré un pequeño saltando en mi cama, pero volví a cerrar los ojos. El sueño podía más.

—Mami, mami, ¡mami! —exclamó.

Su voz era molesta por las mañanas. Lo amaba tanto, pero mi pequeño monstruo era insoportable al despertar.

—Cameron, mamá quiere dormir —le pedí con voz casi de ultratumba.

—Tengo hambre, mami.

Ahora estaba tratando de convencerme de que en realidad lo amaba, porque en ese momento estaba siendo odioso.

—Dile a papá.

—Papi no está —contestó.

Entonces lo recordé y abrí los ojos de inmediato.

—Mami te hará el desayuno —dije casi saltando de la cama—. ¿Dónde está Effie?

—Viendo la tele —reveló, mientras se colgaba en mi regazo.

Fui a la sala donde estaba Effie y le di un enorme abrazo. La llené de muchos besos hasta que suplicó que parara. Luego una jornada de cosquillas para ambos y el famoso Superman. Quedaba rendida de los brazos cuando los alzaba, pero sus risas valían la pena. Tomé mi celular y le marqué a Leslie, la niñera que solía ayudarme con los niños. La requerí toda la mañana para estar tranquila con el tiempo y poder indagar un poco más. Les preparaba unos wafles a los niños cuando mi celular comenzó a sonar.

—Dime que tendrás la noche libre para ver a tu persona favorita junto a unas margaritas bien cargadas —expuso, y su voz sonaba como música para mis oídos.

—Espero que Andrew pueda cuidar a los niños para verte —razoné, poniendo el celular en alta voz para rociar jarabe a los wafles.

—Lo acabo de ver entrar a cirugía. Espero que no ponga la excusa de estar cansado. Ya le disté suficiente sexo y ahora debe pagarte —se quejó.

<>, pensé.

—Logan, estás en alta voz y los niños están aquí.

—¿Por qué? —lamentándose.

—Soy mamá y debo preparar el desayuno. Mis manos están siempre ocupadas —dije con una enorme sonrisa en el rostro. Ella hacía que mi mal humor se desvaneciera en segundos.

—Lo siento niños. Tía no dijo nada —se arrepintió a regañadientes.

Los niños se vieron y rieron en complicidad.

—Oye, te llamo en una media hora —sugerí.

—Está bien, debo hacer rondas y luego estaré libre como el viento.

—Te amo.

—Yo más.

Terminé de desayunar con los niños lo más rápido que pude. Estaba en un estado de ansiedad insoportable. Constantemente sentía que el estómago se volcaba en mi interior. Necesitaba salir de casa lo antes posible para acabar con esa irritante sensación.

Los niños estaban en la tina, se tomaban su tiempo para «bañarse», que en realidad era como llevarlos a la piscina. Es tan divertido, porque siempre que les digo que es hora de bañarse reniegan incesantemente, pero cuando es hora de salir pareciera que el agua los hubiera embrujado, porque debo sacarlos a la fuerza.

—¡Mami! —Escuché un potente grito de Effie.

Inmediatamente salí corriendo con medio jean puesto. Tropecé un poco, pero mi instinto de madre me ayudó a no perder del todo el equilibrio. Cuando entré al baño, vi que Cameron reía a carcajadas y Effie estaba al borde del llanto.

—Espero que sea algo importante, Effie Marie —regañé. Mi disgusto era notorio en el tono de voz.

—Cameron escupió en el agua —se quejó.

¡Ahhh! ¿En serio? Casi me matan del susto por una pequeñez, pero respiré profundo. Son solo niños.

—Hora de salir. Cameron, ya te he dicho que no hagas eso.

—Solo los niños sucios lo hacen —decía Effie mientras la envolvía en la toalla.

—Tu turno, Cameron —declaré luego de que Effie se fue a vestir a su habitación.

—No.

—Cameron, mamá no está jugando —le advertí con voz firme.

—No —replicó, y mi paciencia estaba siendo probada una vez más.

—A ver, ¿por qué no quieres salir?

—Porque no. —Sonrió pícaramente.

—Muéstrame las manos —pedí. Entonces el pequeño se acercó a mí y me enseñó sus manos con tanta inocencia que reprimía mi risa por lo que estaba por venir—. ¿Ves que tus manos están arrugadas? —le hice ver, y Cameron asintió con asombro—. Esto significa que el agua te está comiendo poco a poco y quedarás tan arrugado como una pasa.

—No —renegó.

—Sí, por eso llamaré a papá de inmediato para que mande una ambulancia por ti y te llevemos al hospital.

—No, mami. Ya me salgo —concluyó.

Mi pequeño salió de la bañera sin más problema y yo solo podía contener mi risa. Una vez más mamá había vencido, y no es que me sintiera orgullosa de la manera en que tuve que sacarlo, pero ya me había retrasado lo suficiente.

Leslie había llegado puntual y me ayudó a terminar de vestir a los niños. No sé qué haría sin ella. Leslie era de esas personas que habían nacido con el don de cuidar y amar a los niños. Ella les tenía más paciencia que yo. Le dejé ciertas instrucciones para la hora del almuerzo por si yo me demoraba más de lo que tenía pensado.

Salía del edificio cuando mi celular comenzó a sonar dentro del bolso. Me detuve para sacarlo cuando de pronto empezó a llover. Solo eso me faltaba. Me resguardé nuevamente en el lobby del edificio y contesté la llamada.

—Aló —descolgué sin tan siquiera ver quién era.

—Media hora se convirtió en una. Ya terminé mis rondas, ¿hacemos algo?

Había olvidado a Logan por completo.

—Debo ir al estudio. Mañana expongo un proyecto y debo ver algunos detalles. Creo que mejor lo dejamos para la noche —me excusé.

—Está bien. Ahora tendré que podrirme en mi cama con unas palomitas y una película romántica.

—Pobre de ti —bromeé.

—Me avisas.

—Por supuesto. Te llamo luego.

Nos despedimos y al colgar tomé el ascensor para llegar a mi auto. No planeaba usarlo, en Nueva York es más fácil moverse a pie o en tren. Además, no quería llamar tanto la atención, pero hoy el clima estaba en mi contra. Estaba muy enojada, todo me tenía que salir mal. Ahora me tomaría el doble de tiempo llegar al hospital.

Al subir al auto cerré los ojos, inhalé profundo, contuve la respiración unos segundos y exhalé lento. Debía concentrarme. Encendí el motor e inmediatamente se alumbró la pantalla de este, sincronizándose con mi celular, y comenzó a sonar un poco de música de mi Spotify. Salí del edificio rumbo al hospital.

Mi plan era entrar a la oficina de mi padre, encender su computadora y buscar en su base de datos la dirección del correo electrónico. La mayoría del personal me conocían en el hospital, no solo porque la mitad de mi familia trabajaba ahí, sino porque yo diseñé la remodelación de este. Escabullirme sin ser vista y reconocida sería difícil, pero no imposible. Conocía muy bien los pasillos y, quizás, podía tomar las escaleras de emergencia como alternativa.

Casi una hora después llegué a mi destino. Salí del auto y un hueco en mi estómago se formó de inmediato. Solo esperaba no encontrarme a nadie. Juro que caminé por los pasillos bajando los ángeles del cielo para evitarme un momento incómodo. ¿Qué

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