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Jersey: Historia de un psicópata

Jersey: Historia de un psicópata

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Jersey: Historia de un psicópata

Longitud:
327 página
4 horas
Publicado:
Dec 7, 2020
ISBN:
9789585162099
Formato:
Libro

Descripción

¿En qué momento puede tu mente sufrir un vuelco que jamás viste venir? Esta es la historia de un profesor colombiano que, agotado de la burocracia que inunda a los académicos, decide migrar a Estados Unidos y regresar a lo básico: el trabajo manual. En un supermercado en Newark, donde pasa sus días organizando productos lácteos, entra en un espiral
Publicado:
Dec 7, 2020
ISBN:
9789585162099
Formato:
Libro

Sobre el autor

Daniel Alejandro Páez (1985) es psicólogo y docente universitario con experiencia en cátedras de cognición, emoción, inteligencia, lenguaje y pensamiento, así como en los campos aplicados de educación y clínica. Su carrera como escritor la inició durante su vida en la ciudad de Buenos Aires. En dos ocasiones recorrió por tierra Latinoamérica reuniendo experiencias en Bolivia, Perú, Ecuador, Argentina, y por supuesto, Colombia, que luego ordenó y publicó en el año 2019 bajo el nombre de «Fábulas de un animal». Desde el año 2015, trabajó como docente universitario en Colombia y en 2018 publicó su primera novela, llamada «Calles Oscuras», una historia de realismo sucio contextualizada en las calles de Bogotá. En 2019, decidió renunciar a la universidad y viajar a los Estados Unidos, a la ciudad de Newark del estado de Nueva Jersey donde vivió durante 6 meses mientras trabajó en un supermercado donde encontró su última historia, la cual decidió escribir en República Dominicana en marzo de 2020, lugar donde quedó atrapado durante 5 meses a raíz del cierre de fronteras a causa de la pandemia. En la actualidad, retomó su trabajo como docente universitario en la ciudad de Bogotá al tiempo que prepara su próxima historia sobre su vida encerrado en la isla.

Vista previa del libro

Jersey - Daniel Alejandro Páez

©2020 Daniel Alejandro Páez

Reservados todos los derechos

Calixta Editores S.A.S

Primera Edición Calixta Editores, Bogotá, 2020 Bogotá, Colombia

Editado por: ©Calixta Editores S.A.S

E-mail: miau@calixtaeditores.com

Teléfono: (571) 3476648

Web: www.calixtaeditores.com

ISBN: 978-958-5162-09-9

Editor en jefe: María Fernanda Medrano

Corrección de estilo: María Fernanda Medrano

Corrección y revisión de planchas: Laura Tatiana Jiménez

Maqueta e ilustración de cubierta: Julián Tusso @tuxonimo

Diagramación: Julián Tusso @tuxonimo

Impreso en Colombia – Printed in Colombia

Todos los derechos reservados:

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño e ilustración de la cubierta ni las ilustraciones internas, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin previo aviso del editor.

A mis amigos del supermercado en Newark, New Jersey, a Raza, a sus hijos, al Guerrero, a los isleños, al Chapín. A todos.

¡Gracias por darme una historia!

I

Acá estoy, trepado en una inmunda canasta empujando cajas a un contenedor con una pesada varilla de hierro, acumulándolas para luego aplastarlas con la compresora que activo cada dos o tres minutos, o cuando la demanda exige menos tiempo. Trabajo en un supermercado en Nueva Jersey, soy el encargado de mantenimiento; es un trabajo odiado por todos, hasta por los mismos latinos, incluso por los recicladores y tienen razón, a nadie le gustaría pasar su vida, aunque fuera tenue e inmunda, en un sótano de un país lejano para ganarse ‘unos cuántos pesos’, que es como acá les dicen a los dólares.

En este trabajo inmundo fui a dar luego de aburrirme de la vida en Colombia, pero no importa que sea de Colombia, si hubiese nacido en Estonia o Rumania, sería lo mismo, yo me aburro en todo lado, en ningún trabajo duro mucho y de todos me echan, algunas veces con más decoro que otras.

De Colombia me vine al dejar el trabajo de docente, un trabajo magnífico pero muy mal pagado y lleno de imbéciles en las oficinas. Y es que en la educación hay dos tipos de imbéciles: aquellos que administran la educación y los académicos que no salen de la teoría de los libros de texto; los dos son hablamierda y los dos gozan de prestigio, prestigio inmerecido, carente de méritos; los primeros asumen cargos administrativos y de dirección solo porque llenan bien los formularios y ponen los seriales en las auditorías; y los segundos persiguen el mérito de las revistas indexadas y las publicaciones académicas que no sirven más que para elogiarse y envidiarse mutuamente, sin aportar un puto grano de arena al mundo. Esos son los dos grupos de hablamierdas y yo no los soporto. Por eso decidí venirme, salir del país, al primero que tuviera una cama y un trabajo distante de estos repulsivos seres y así tener tiempo para pensar, lo cual no es muy común en la academia, a excepción de los posmodernos, esa gente sí piensa mucho, son inteligentes y críticos, pero asquerosamente insoportables y alejados de la realidad, son idealistas puros, luchan por un mundo políticamente correcto y aspiran al cambio de la consciencia humana, y eso no va a pasar, porque somos primos de neandertales, quizá tengamos más de ellos que de sapiens y, al igual que fueron los neandertales, somos violentos, odiosos, envidiosos, territoriales y mezquinos; y culiones, eso sí, lo cual nos trae tanto amor como violencia.

Acá estoy, aplastando cajas, con una compresora, en un contenedor en el que bien cabrían seis o siete personas a la vez y quedarían reducidas a nada en cuestión de segundos. Desde ya me atormentan dos pensamientos recurrentes; el primero, que alguien me agarre desprevenido y me quiera tirar al fondo; el segundo, que yo no aguante las ganas y quiera lanzar a alguien. Pero el problema no sería hacerlo, sino las huellas de carne, sangre y cerebro, o el olor a descomposición a los pocos días; también los gritos desesperados en los treinta segundos que me tomaría hacerlo. Eso me delataría con facilidad y no quiero pasar mi vida en una prisión de este Estado, en realidad de ninguno, allá los violan a todos y les queda gustando, todos se vuelven maricas de culo y machotes de jeta. ¡No, no, no, no! Lo último que quiero es terminar en una cárcel, pero el meollo es cómo hacer para lidiar con estos pensamientos tormentosos, y son tormentosos no porque me generen culpa o recelo, sino porque no parece haber solución para alguien que solo quiere matar y no le esperan más que duras consecuencias, y es que está muy mal considerado el homicidio, es más, la misma palabra es horrible, a mí mismo me da escalofríos, suena feo. Ya que a los posmodernistas políticamente correctos les gusta poner eufemismos a todo, deberían buscar uno para el homicidio por salud mental, pero quizá no de una población, sino para alivio de nosotros, los que tenemos pensamientos recurrentes. Mis colegas de clínica les llaman a estos pensamientos «obsesivos» y son mis colegas porque la parte que no les he contado es que soy psicólogo, pero no me especializo en clínica, no me parece el sitio adecuado para un psicólogo con tantas reservas sobre el bienestar humano.

Seré un poco más preciso, estoy en la pequeña ciudad de Newark, sede del aeropuerto más importante de Nueva Jersey y el de peor monta de Nueva York, porque acá es adonde llegan todos los vuelos que los pobresdiablos no pudieron pagar para llegar a la capital del mundo. Para los otros, está el JFK, allá llegan los ricos, los que van directo a Manhattan, no solo a tomar fotos, sino a hospedarse y a comer platos de 50 dólares sin incluir la copa de vino o champagne.

Los que llegan a Newark vienen en esas aerolíneas de bajo costo que andan por el mundo, acá aterrizan tubos con doscientos o trescientos pasajeros apretados en estrechas sillas, carentes de comodidad y con mucha indignidad; carecen, además, de toda la magia que, hasta hace pocos años, implicaba volar. La cuestión es que llegan vuelos de Europa, Asia y América, aunque nunca supe si de África, pero puede ser. Al estar en otro Estado, es más barato que llegar directamente a Nueva York.

El otro aeropuerto que tiene esta ciudad es La Guardia, pero ese es un empeño simple del cual no me interesa hablar.

Yo vivo en Newark, a quince minutos del aeropuerto principal, he vivido en tres calles: La 3rd, Bloomfield y Mount Prospect, esta última es la misma donde queda el supermercado donde trabajo.

Un día metí tres pantalones y dos malas camisetas en una maleta y desde Bogotá tomé un vuelo a Newark, y como no me quise mover mucho, decidí hospedarme ahí cerca, además, me podía evitar la presencia excesiva de los colombianos que viven en Elizabeth o en Union City; pero esto no es antipatía contra ellos, es solo que ¿cómo se espera tener otra vida llegando a dónde están todos esos sujetos adoradores de los tamales, los buñuelos y los patacones? No, yo decidí llegar directamente a Newark, por lo que renté una habitación en la 3rd Street, cerca de la licorera de Broadway, un sitio de malos amigos. Llegué un viernes y el domingo ya había conseguido este trabajo como aplastador de cajas. Toda la mercancía que ven los clientes en las líneas vienen en cajas enormes, las cuales son tiradas por los obreros por una correa y yo las tenía que recoger en el sótano con un carrito y llevarlas hasta el contenedor.

Me emocionaba mucho estar ahí, pero había siempre una preocupación, uno de esos pensamientos obsesivos que no me dejaban en paz: ¿y si en las cajas había un gatico buscando refugio? Podría matarlo de forma cruel. Entonces, empecé a tomar el tiempo de revisar caja por caja antes de lanzarla al hueco de la muerte, luego las empujaba con la varilla y apretaba el botón que encendía la compactadora emitiendo un sonido industrial y escandaloso. Hacía este trabajo todos los días de ocho de la mañana hasta las cuatro y media de la tarde, hora en que me iba a la casa a guardarme, a evitar el contacto con la gente, a evitar hablar: apagar las luces para no tener que abrir la puerta al vecino. Sentía como si desde las alturas, alguien, con una lupa gigante, tratara de buscarme para molestarme, entonces me refugiaba en una esquina y trataba de hacer el menor ruido posible.

II

Newark es una ciudad pequeña, quizá la de acceso más fácil para cruzar hasta Nueva York por el Hudson. La verdad es que hay tanto transporte entre Nueva York y Nueva Jersey, que resulta difícil saber cuál es el más cómodo o eficiente, pero por tener el aeropuerto y la estación de tren de Penn, suponía q ue era mejor eso. Con esa descripción podría estarles hablando de una ciudad importante y valorizada; pues, además, tiene gran cantidad de industrias y puertos, ¡pero no! Newark es una de las ciudades más desvalorizadas de los Estados Unidos y, según cuentan todos los libros de texto, la causa somos sujetos como yo, los inmigrantes latinos. Cuenta la historia de su fundación que era una tierra de negros, pero de los negros más decididos, de los que huyeron de los estados del sur, rompieron, literalmente, las cadenas de la esclavitud y se vinieron a los estados del norte a buscar libertad, y nunca, ¡nunca! estarían dispuestos a traicionar ese empeño. Más tarde la migración fue judía, los judíos compraron todas las casas y las rentaron; todo parecía magnífico, una zona cómoda a las afueras de Nueva York y a solo veinte minutos de Manhattan. Sin embargo, en los años setenta empezaron a llegar migrantes en bandadas. Luego, en los ochenta y noventa, vinieron de todos los países, en especial de República Dominicana, Honduras, Salvador, Puerto Rico y Ecuador. Sí, por eso no dije que los centroamericanos y del Caribe, porque llegaron los ecuatorianos, no sé aún porqué eligieron este destino, pero terminaron llegando por decenas y luego por miles. Como esta población huía de la pobreza de sus países, la gran mayoría eran obreros pobres, por lo que la ciudad empezó a ver disminuida su calidad de vida desplazando a los primeros habitantes y dejándola a los latinos que se empezaron a apropiar hasta del idioma; por eso hoy en día se ven nombres como ‘Mangú’, ‘La rosticería’ o el famoso ‘Merengue’. Los latinos se apropiaron de la ciudad, se desplazó a la población blanca y alguna negra, y los judíos compraron grandes casas a bajos precios y las alquilaron a toda la población recién llegada.

No me pienso extender en esto, pero quiero mencionar que, por supuesto, muchos de los hijos de estas familias nacieron en esta ciudad, obligando a jardines, colegios, hospitales y oficinas del Estado, e incluso al 911, a tener siempre un intérprete de español. Esto me molestaba por el hecho de sentir que aún estaba en zona latina. A mí no me molesta serlo, tampoco voy a decir que lo llevo como un orgullo, esas mierdas no me pasan a mí, lo que pasa es que el latino tiende a ser caótico, desordenado, avivado pero bruto, se cree más audaz que el hombre blanco, pero suele darse peor calidad de vida. Sí, claramente influye la estructura de recepción a los migrantes porque muchos de ellos, la gran mayoría, vienen de ilegales, por lo que no tienen tantas oportunidades como el blanco americano, pero una parte de su mala calidad de vida tiene que ver con la idiosincrasia, cosas que se aprendieron en la cultura latina, como manejar como perros y botar basura como humanos, porque ningún animal lo haría.

Newark era mi nuevo hogar, una ciudad de casas hermosas de madera, con los mejores techos en forma de cono que jamás he visto en otra ciudad, de calles amplias y buena vista a Manhattan. Con transporte público cómodo, rápido y eficiente. De población negra y latina en su mayoría. Los negros dominaban los parques, las canchas de baloncesto; los latinos las barras, los bares, las licoreras, los lupanares, la compañía de las chapeadoras, las esquinas de la vagancia, los eructos y la pelea.

En Newark decidí vivir.

La primera vez que llegué al supermercado lo hice porque buscaba café, eso pasa porque tengo preferencia por el trabajo diurno, soy malo para la tarde y para la noche, así que lo que mejor se me da siempre es el café y según me han dicho, todo tipo de energizantes y espabilantes que entran por la nariz, pero a mí eso no me gusta, no me gusta ningún tipo de adicción, prefiero llevar una vida sobria, diurna y de buenos hábitos. Entonces llegué al supermercado, recuerdo que tenía una pantaloneta y la camiseta que había usado de pijama, no me había bañado aún y el cabello, que nunca me peinaba, no hacía la excepción.

Mientras caminaba por las líneas, pregunté al de seguridad por el encargado. Él me dio las indicaciones de la oficina que quedaba detrás de las cajas. Le pregunté por el nombre, me lo dio, así que me dirigí a la oficina y pregunté por el mánager por su nombre. Una de las cajeras que se encontraba contando dinero lo señaló y me acerqué a él, le dije que quería conseguir trabajo, pero que no tenía permiso. Fui al grano, no quería perder el tiempo. Él me miró a los ojos y me dijo que quizá podría ayudarme. Tenía un aspecto raro: mirada seria, parecía enojado, pero no en ese momento, sino como quién ha llevado una vida de enojos, tensiones, humillaciones y recelo, todo eso me animé a advertir con solo verlo. Era bajito, quizá un metro cincuenta, lucía un aro dorado en la oreja derecha y una gorra que nunca se quitó. Nunca.

Me dijo que volviera al día siguiente y que hablaría con el supervisor general, el jefe de tienda, o alguna mierda así, al final, nunca supe cuál era exactamente su cargo. Le di la mano con amabilidad y regresé a casa con el café; lo preparé y lo tomé mientras intentaba leer un poco sobre emociones y cognición, un tema que siempre me ha encantado, pero, en ese momento, no lograba concentrarme.

Me puse en un rincón del cuarto y vi desde la ventana los techos en forma de cono de las casas de Newark; me parecían increíbles, la belleza nunca deja de extasiar. Cuando a uno le gusta una persona, es imposible dejar de mirarla, de admirarla, de saborear su estética, de saborear su belleza, eso produce mucho placer, activa toda suerte de alianzas bioquímicas en el cerebro que se expanden por todo el cuerpo, así mismo pasa con las obras de arte, con la música y, en el caso de Newark, con los techos en forma de cono de sus casas.

Soñé que me caía, siempre me ha pasado eso, y cuando desperté, ya era la mañana del día siguiente. Me levanté temprano a prepararme mi café y recibí una llamada del supermercado para que fuera a la brevedad a hablar con el supervisor general, el jefe. Me puse una camiseta y el pantalón más limpio que tenía y me fui para allá. Cuando llegué me recibió el mánager –esta vez tenía un aro dorado en cada oreja–, me indicó que fuera a la oficina donde me presentó al jefe, un sujeto latino, dominicano de grandes dientes y camisa a cuadros. Me preguntó mi nombre, se lo dije; me preguntó que de dónde venía, le respondí, me preguntó que si hablaba inglés y le dije que a medias. De hecho, todas las conversaciones que sostendría en inglés a partir de ese momento y de las que luego escribiría, fueron lo más fieles posibles, y con lo de fieles quiero decir imperfectas, lo que la memoria me daba, no solo para sostener una conversación en ese momento, sino para luego escribirlas porque en Nueva Jersey, se habla uno de los dialectos más imperfectos y escurridos del mundo, pero siempre me hice entender porque todos mis diálogos los acompañaba de gestos y eso nos funcionaba a todos los latinos en ese país. Por último, me preguntó si tenía papeles y fui franco: «no los tengo». Me dijo que aceptarían contratarme por diez dólares la hora, pero tenía que hacer el mantenimiento del supermercado, lo que consistía en aplastar las cajas y sacar la basura cada media hora. Acepté. Me aseguró que el pago sería semanal y que tenía que ser muy puntual o me iría al mismísimo carajo de inmediato.

La verdad es que yo vengo del mundo donde están los dos idiotas de los que ya había contado: los administradores de la educación y los académicos carentes de experiencia, y este trabajo implicaba trabajar con las manos, como lo hacían mis abuelos, mis bisa y mis tatara, y de ahí para atrás toda la humanidad. Me pareció una gran oportunidad darme un bálsamo de libertad de tanto idiota en el medio universitario y vivir una mejor experiencia. Acepté el trato, firmé dos o tres papeles y me dispuse a trabajar. Enseguida me enseñaron cómo manejar la maquina compresora, el dinosaurio ese. Era un container que en un extremo tenía una prensa de tres metros que empujaba las cajas al otro extremo, con mucha fuerza, hasta llegar a tope. El trabajo me pareció en realidad sencillo y empecé a hacerlo.

Así fue como llegué al supermercado al cargo de aplastacajas, un avance extraordinario para todo un profesor universitario.

III

El de la voz costeña era un isleño que llevaba más de una década en Nueva Jersey y poco menos en el supermercado. En su país había estudiado una carrera profesional, pero acá estaba encargado del grocery : de los abarrotes, de las pastas, espaguetis, tirabuzones, conchitas, palitos y chochitas, además de todas las salsas que los decoran; tenía un acento caribeño imposible de ocultar, esa es la magia de los acentos, luego de superados los dos años, ya eres del lugar donde empezaste hablar o, para ser más precisos, a timbrar. Era un sujeto amable este isleño, le encantaba hablar por celular, pero lo hacía siempre a escondidas, aunque no era muy bueno haciéndolo, siempre lo pillaban y tenía mala fama por dedicar mucho tiempo al teléfono y poco a la salsa de soja. Tenía unos cuarenta y seis años. Con el tiempo me enteré de que tenía esposa, aunque nunca supe si tenía hijos. Me miraba con cautela, parecía precavido, pero también era buena persona. Yo le recibí las cajas que tenía en la mano, revisé que no tuvieran gatos y las mandé a la compactadora. Él se retiró.

Al poco tiempo apareció el mánager en el sótano, me dijo que había una posibilidad de ascenso al dairy, es decir, a la zona de lácteos. Me dijo que era mejor el trabajo, aunque aguantaría frío, era menos monótono. Solté las dos cajas que me faltaban y lo acompañé. Cuando subimos, ahí estaba la línea llena de quesos, leches, yogures, prostres y helados. También había una nevera especial de verduras y comida congelada alta en sodio.

Me explicó que tenía que mantener llenas las neveras, con los productos al frente, o frenteados, es decir, que el cliente no percibiera vacío el lugar. Luego volvimos a bajar al sótano, esta vez a otra parte donde estaban las neveras industriales en las que se guardaban los productos. Había dos, una para el enfriamiento regular y otra para los frizados, en ellas había que entrar, padecer el inclemente frío, buscar la mercancía, acomodarla en el carro de metal que le llaman ‘yugo’ y luego subirla con un montacargas hasta el primer piso. En un día normal, se podían subir entre dos o máximo tres yugos, cada uno cargado con 200 kilos de mercancía para acomodar en las neveras de arriba. Mi ascenso consistía entonces en salir de la máquina compactadora a la superficie para acomodar lácteos.

Arriba estaba el isleño, me preguntó si me habían ascendido, le dije que sí; parecía un buen tipo, y él, como si supiera lo que yo pensaba, adelantó que siempre lo fue, pero que cargaba un maldito pecado, uno que ya tendré tiempo de explicar.

En la línea de al lado, donde se exhibían todas las gaseosas, se encontraba otro sujeto, este era dominicano, alto, de cuerpo atlético y mirada triste; empecé a reconocer a los que eran de ahí y a los que solo estaban de paso, él era de los últimos, también isleño, pero de La Española; buena gente, pero muy callado, no se metía con nadie, parecía llevarse bien con todos. Subía y bajaba acomodando gaseosas, aguas y productos de aseo del hogar. Lo diré de una vez, era gay, aunque, así como lo cuento ahora, parecía que lo hubiese descubierto al instante y lo cierto es que tardé casi un mes en suponerlo y un par de meses en estar seguro. Aunque él nunca me lo dijo, en el fondo, siempre supo quiénes reconocían su secreto y quiénes no.

Él había llegado a Nueva Jersey hacía un año, en su país era asesor de imagen, alimentación y fitness, tenía un diálogo coherente y muy buen sentido del humor. Al resto los iré presentando más tarde, por ahora ellos son los que tenía más cerca, por lo tanto, serían con los que interactuaría pronto.

Algo que tenía claro de mi llegada a Newark, era que jamás quería lavar platos, ni atender al público, los dos son muy desagradables, uno por la suciedad y el otro por los restos de comida. Empecé a subir quesos y yogures y a congelarme, luego pasaba todo el día acomodándolos en las neveras. Parecía un trabajo sencillo, pero era muy agotador. La primera semana cobré solo 200 dólares, la segunda 330 y la tercera 450, cantidad que se convirtió en mi salario semanal permanente. Esto me alcanzaba para hacer mercado semanal y enviar el resto a Colombia, lo que se volvió en una práctica habitual por varios meses. Era una vida sencilla, estaba muy feliz, me gustaba el trabajo manual, no tener que cruzarme con hablamierdas y estar con obreros, con gente que había huido de sus países por distintos motivos. Gente que prefería no hablar de su pasado,

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