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A dos manos

A dos manos

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A dos manos

valoraciones:
2.5/5 (2 valoraciones)
Longitud:
223 páginas
2 horas
Publicado:
18 nov 2020
ISBN:
9789585162051
Formato:
Libro

Descripción

«A Dos Manos» es una compilación de relatos eróticos que propone un camino de autoexploración sexual desde el placer mismo, un reconocimiento del otro, la aceptación de la sexualidad no vivida o la simple liberación del deseo. Estos doce relatos son una invitación a reconocer cada cuerpo, género, orientación y, en especial, cada emoción; a experime
Publicado:
18 nov 2020
ISBN:
9789585162051
Formato:
Libro

Sobre el autor

Angélica Céspedes Neira nació en Bogotá en 1979, al final de una década que entre sus acontecimientos evidenciaba no solo el poderío de la mujer como símbolo de liderazgo y templanza, sino de toda una revolución libertaria. Convencida del impacto de la mujer en una sociedad transformadora, de su capacidad de movilizar y promulgar causas nobles y emancipadoras, Angélica estudió Comunicación Social en la Universidad Central, buscando en ello un camino para dejar huella a través del lenguaje, aunque siempre se ha considerado psicóloga de corazón y se autoproclama enamorada del amor, una triada que define su esencia. Su experiencia laboral se ha desarrollado principalmente en roles de talento humano, en donde ha aprendido que los cambios conscientes transforman vidas, organizaciones y sociedades solo si se reconoce su importancia y se viven desde el corazón. «A dos manos» es su primer libro, un hermoso proceso de transformación y de reconocimiento de la igualdad en todos los ámbitos, roles, géneros, creencias y pensamientos. Este libro es una ratificación de que también podemos trascender desde la sexualidad si entendemos su papel en nuestras vidas y dejamos de verlo como un placer para los hombres, una sumisión para las mujeres y una vergüenza desde la homosexualidad.


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A dos manos - Angélica Céspedes

amor.

Lilit

Imposible resulta no sentir su presencia cuando llega, no hace falta voltear a mirar para saber que está allí, inquietante deja un halo que obliga a mirar incluso al más despreocupado, su presencia abruma en sensaciones, olores y anhelos de hombres y mujeres. No pareciera nada especial si la miras con detenimiento; estatura promedio, delgada y facciones alargadas, enmarcadas en una larga y frondosa cabellera.

Su paso liviano pero imponente se acompasa con un sutil movimiento de caderas que provoca al mecerlas inconscientemente, una mirada altiva e indiferente que al final solo esconde la inseguridad de no ser digna o propia. ¿Propia para qué? Tanta provocación en su camino, que resulta mágico, es una invitación a un mundo por descubrir.

¿Qué encierran esos ojos negros, grandes y profundos? Cuando los miras por primera vez, te atrapa un sentimiento de pasión, un insoportable deseo de poseerla; si te conceden la dicha de quedarte en ellos, la fortuna te hace merecedor de un sueño, afloran sentimientos tan puros y profundos que, sin poder, quisieras huir para no caer en la trampa de su amor.

***

Un día me topé de frente con ella en medio del caos de la ciudad –edificios altos, ruido de carros y personas afanadas e intranquilas–, mientras tomaba un descanso, sentado como de costumbre en un pequeño café ubicado al final de un callejón cerca de la Plaza Central. El aire era turbio y el cielo nublado, típico de una tarde septembrina. La vi y fui testigo del impacto que generaba a su paso; miradas de envidia, deseo, murmullos y sonrisas inspiradoras se apoderaban del público, como si tuvieran frente a ellos una gran obra al mejor estilo de Broadway.

Su figura no podría dibujarse más sublime bajo el rojo vestido de seda que llegaba hasta sus rodillas y caía desde sus hombros de manera sutil, rozando con suavidad sus senos y sus caderas; unas largas y altas botas estilizaban aún más su figura, y su enigmática cabellera negra, larga y semiondulada, parecía un homenaje a Eva. Así, al igual que muchos otros mortales, quedé embelesado, la diosa de mis sueños y el demonio de mis pasiones, esa mujer que con su mirada podía cautivar hasta al más experto de los hombres. No podía creer que yo, tan desapercibido personaje, pudiese ser ensalzado con tan hermosa y enigmática mirada, y fue desde ese momento que mi vida se convirtió en una montaña de aciertos y desconsuelos: dolor, alegría, pasión, lujuria, esperanza, amor y muerte en vida.

A unos cuantos pasos de mí, se detuvo para internarse en su bolso de mano. Con afán buscaba algo entre sus pertenencias, era evidente que aquello era de gran importancia, pese a ello, jamás perdió la compostura tan propia en ella. Su piel trigueña y fresca dejaba asomar un pequeño rubor, lo que me hacía pensar que la búsqueda improductiva la estaba incomodando, para ese momento ella aún no se percataba de mi presencia, en cambio, para mí, ella ya se había convertido, en tan solo unos minutos, en mi mejor obsesión.

De repente salió volando por el aire un pequeño papel amarillo que cayó justo a mis pies, sin pensarlo un segundo, me abalancé hasta él luchando por no perder esa oportunidad; contrario a lo que cualquier otro en circunstancias similares haría, ella se quedó tranquila, detenida en el espacio, quizás convencida de que, tal y como sucedió, alguien se encargaría de regresarle lo que había perdido, un ligero toque de soberbia en su actuar, pero ¿quién podría culparla? No pude leer qué decía y, a decir verdad, tampoco me interesaba, lo único que atraía mi atención era ella, completa, de pies a cabeza. Así que, con paso seguro –salido no sé de dónde, y no porque yo no lo fuera, sino que eran tales las emociones que ella ya causaba en mí, en tan pocos segundos, que perdí toda confianza–, me acerqué y, mirándola fijamente, extendí la mano y le dije:

—Creo que perdiste algo.

Ella respondió con una leve sonrisa que me dejó pasmado, no podía ser más sublime, no podía existir en el mundo mayor belleza, y era para mí, aunque solo fuera por unos segundos, una mezcla de esperanza, ilusión, satisfacción, inseguridad, anhelo, tanto en tan pocos segundos que resultaba abrumador.

—Gracias, no sabes lo importante que es para mí el contenido de ese papel —respondió y lo recibió con sus manos suaves de dedos delgados y alargados.

Solo hasta ese momento pensé en lo apremiante que era conocer la información allí contenida.

—¿Perdiste algo más o ya está todo en orden?

Pregunté esperando encontrar una pista en su respuesta y por supuesto lograr una conversación más larga, a lo que me dijo:

—Todo está bien —Y luego de mirar unos segundos el papel, respondió—: Solo me falta esperar que los minutos pasen y al parecer es justo en este lugar. De nuevo gracias por tu ayuda, soy Lilit.

Decidí ofrecerle un café mientras esperaba a su lado e intentaba indagar sin mucha fortuna. Y pese a no saber mucho de ella, sentía cómo transcurrían los minutos más deslumbrantes de mi vida, era notorio que tenía ansiedad frente a su encuentro desconocido y esa verdad me empezaba a perturbar, más al ver cómo lentamente se opacaba su sonrisa. Pasados 15 minutos llegó un hombre alto; aunque no llevaba traje y corbata, su apariencia era elegante: pantalón de dril azul oscuro, camisa blanca de diseñador y zapatos de amarrar, con un toque exclusivo que le aportaba a su atuendo un grado de modernidad. Tan pronto la vio, frunció el ceño, a mi parecer por la incomodidad de verla acompañada y, a decir verdad, sería esa misma expresión la que me generaría pensar en compartirla con un extraño.

Lilit, con calma, se levantó de la silla, me tendió la mano en señal de agradecimiento y, sin mayor reparo, dio la vuelta para ubicarse dos mesas seguidas de la mía; sus movimientos dejaron una huella del aroma de su piel, aroma a fresco, una mezcla delicada entre lirios y verbena. No podía existir mejor fragancia para esta mujer, evocaba a realeza y a divinidad.

Miré el reloj: 3:30 p. m., y aunque ya era tarde para mi compromiso no tenía la mínima intención de alejarme de allí sin saber algo más de mi bella Lilit; si debo ser sincero, más que no querer, me era físicamente imposible mover los pies, era un imán que me aferraba con fuerza a su mismo suelo. Cerca de las 4:10 p. m. y luego de firmar varios documentos que aquel hombre le había entregado, se sintió un fuerte golpe sobre la mesa que dejó el lugar en silencio y tras ese una pregunta: «¿Pero por qué no me puedes dar una última oportunidad?». A lo que Lilit, con los ojos abiertos de par en par, dijo unas pocas palabras en tono tan bajo que nadie pudo escuchar y a su vez rodaron dos lágrimas por sus mejillas. No puede ser, quise salir corriendo a consolarla, no podía permitir que sufriera, me dolían las entrañas, pero, a pesar de mi urgente necesidad de correr hacia ella, me mantuve en mi lugar.

El hombre se puso de pie, le dio un casto beso en la mejilla y, con una mirada de dolor, se alejó; por un instante sentí pena por aquel extraño, no imagino el dolor de perderla. Sin dudarlo de nuevo, me acerqué a ella, esta vez lo que tenía en mi mano era un pañuelo, el cual recibió con dulzura. Cuanta suavidad puede contener esta mujer, se veía frágil, ligera y, pese a su evidente dolor, encontró espacio para la amabilidad y dejó aflorar una sonrisa de cortesía.

—¿Puedo sentarme? —pregunté y sin esperar una respuesta ya la estaba acompañando de nuevo.

—Mi nombre es Albert —dije tratando de cambiar el ambiente—, escritor por pasión, músico de afición, profesor de la facultad de Derecho y bueno, en mis tiempos libres, me encuentro aquí, dejándome sorprender gratamente por la vida, como me ha sucedido hoy. Soltero y enamorado de la vida y de todo lo que ella quiera traer a mí, apasionado, sensible, analítico y tranquilo.

No encontré palabras más concretas para describirme con franqueza; quería que esta hermosa mujer supiera todo de mí, que sintiera la tranquilidad de estar a mi lado sin correr riesgo alguno, no quería tener ningún secreto con ella.

Gracias a nuestra conversación, logré saber que aquel hombre era su exesposo, con el que compartió poco menos de cinco años; que no corrió con la fortuna de ser madre, lo cual era su gran anhelo en pareja; que lo que estaban firmando eran los papeles de su divorcio y aquel papel tenía la dirección de su encuentro; lo que la traería a mi vida de forma tan majestuosa.

No podría ser más bendecido de tenerla a mi lado y ella parecía disfrutar de mi compañía; fue así cómo me apoderé de la situación y como el más talentoso de los magos, sacaba del sombrero cada historia que venía a mi cabeza, con el único propósito de retenerla el mayor tiempo posible. Cayó la noche y la temperatura bajó abruptamente, Lilit salió del trance en el que la había logrado sumergir horas atrás, con un leve temblor que brotaba de sus labios pude notar que la estaba perdiendo y que si no actuaba con rapidez sería el final de mi historia a su lado.

Me levanté de la silla, me quité el abrigo y, sin preguntar, lo puse en sus hombros a lo que agradeció una vez más.

—¿Te apetece comer algo? Conozco un lugar cercano donde podemos comer algo liviano y entrar en calor.

No pensé mucho mi pregunta, la necesidad de ella no me permitía hilar con finura y, como era de esperarse, recibí una negativa a mi ofrecimiento, lo que era más que natural, en especial al reconocer que la propuesta traía consigo una invitación a algo más. Sin embargo, me lancé de nuevo con un argumento más elaborado y la aclaración a mi reciente estupidez.

—Lilit, disculpa si no me supe explicar, quiero decir, podemos ir a un lugar que no esté a la intemperie y nos permita seguir conversando. La verdad he disfrutado mucho hasta este momento mucho de tu compañía y me gustaría poder invitarte a cenar. ¿Cuál es tu comida favorita? —pregunté y, sin dar paso a una negativa, levanté la mano para pedir la cuenta, con una sonrisa de complicidad me respondió:

—Ninguna en particular.

Y sin reparar me mencionó un lugar cercano que llevaba tiempo sin visitar y que le traía gratos recuerdos.

—¡No se diga más! Vamos por un buen plato.

Y así, sin más preámbulo, nos dispusimos a caminar hacia el sitio, le tendí mi brazo para que me tomara de gancho y como buenos amigos nos encaminamos hacia el lugar sin perder por un instante nuestra conversación.

Una vez allí, fue una total sorpresa ver que ofrecía una variedad de ambientes, lo que me daba la esperanza de poder tenerla más tiempo que el que duraría la cena y que, si la fortuna me seguía acompañando, daría paso a algo más. El lugar era más grande de lo que esperaba, tenía una agradable pista de baile en el medio y mesas sencillas a su alrededor. La comida no era nada especial, pero el ambiente era justo lo que hubiese deseado ante cualquier conquista y esa no era la excepción, aunque a decir verdad, Lilit no era una más en la lista, ella era, desde el primer segundo y para siempre, perfecta y adorada; parecía que había puesto algún hechizo en mí que no me dejaba ver el más mínimo defecto.

Tengo que confesar que en ese momento ya estaba seguro de que no era en lo absoluto indiferente para ella, su sonrisa dotada de hermosura, la soltura de su cuerpo y el desparpajo en su conversación me dieron claras señales de que había logrado llamar su atención; esa revelación me generaba confianza y tenía claro que no estaba dispuesto a dejarla ir, y que seguro ella tampoco quería hacerlo.

Tras pedir unas entradas y dos Gin tonic, la música se fue apoderando del lugar, en mis planes de ese día no estaba terminar bailando y mucho menos en un lugar como ese; salsa, son cubano y bachata eran los ritmos por excelencia, así que después de una larga conversación y de conocer los detalles más importantes de su vida, nos dirigimos a la pista. Como era de esperar, en la ya larga lista de cualidades, estaba también ser una bailarina inmejorable, podía sentirla piel con piel acompasando cada uno de sus movimientos. Cuánta pasión podía despertar esa mujer, me erizaba por completo, me provocaba espasmos sentir su respiración agitada al ritmo de la música; no sabía cuánto más podría contenerme a sus encantos.

La música se volvió cada vez más sugerente y nosotros ya no éramos los mismos de hacía unas horas; nos habíamos convertido en presos de nuestras pasiones, cada canción la acercaba más a mí y yo, sin reparo alguno, me dejaba perder en su piel, su aroma, su tímida coquetería, su sensualidad natural y una elegancia propia de ella que, pese a lo seductora de la situación, jamás perdió. Era para mí un poema poder cantar a su oído las canciones del lugar, como si nos pertenecieran por años o si las hubieran escrito para los dos o para ese momento en particular, lo que las hacia enardecedoras para mí voz.

De repente salían de los parlantes las primeras notas de Mística, en el ambiente se podía percibir el olor de nuestros cuerpos y, mientras la apretaba para acercarla más a mí y sentir su sexualidad, me enloqueció el ritmo de sus caderas al compás de la música. Suave, sugerente, provocadora, apasionada, mía… esa era Lilit. En ese instante, un desborde de emociones y deseo me hicieron sentir que me pertenecía toda.

La giré para continuar el baile caliente desde su espalda, la acerqué aún más a mí y, tomándola por la cintura, acerqué sus nalgas duras a mi entrepierna y deslicé suavemente mi otra mano desde la parte baja de sus tonificados muslos hacia arriba, sobre la suave seda de su vestido, empecé un recorrido delicado que me llevó hasta su cuello, a lo que ella no opuso resistencia. Podía sentir su sabor tan dulce y exquisito a la vez que le recorría, no podía parar de regarla con pequeños besos sobre sus hombros, era una fantasía tenerla y, sin poder contenerme un segundo más, ella sintió mi erección; no podía resistirme más a su provocación, a la deliciosa lujuria que encerraba esta mujer, la quería poseer, me quería perder en su cuerpo, en sus besos, en sus fluidos, en el sudor de su piel y en especial en la grandeza que emanaba su sexualidad.

Como si de repente hubiera sido poseída por el más carnal de los demonios o tal vez de los dioses, Lilit dejó de ser esa mujer dulce y le dio paso a la lujuria, sus manos, casi tomando forma de serpiente, empezaron a moverse por mi cuerpo, a veces la sentía suave, delicada y

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