Disfruta de millones de libros electrónicos, audiolibros, revistas y más

A solo $11.99/mes después de la prueba. Puedes cancelar cuando quieras.

Bogocturna

Bogocturna

Leer la vista previa

Bogocturna

valoraciones:
5/5 (1 clasificación)
Longitud:
291 páginas
4 horas
Publicado:
29 dic 2020
ISBN:
9789585107434
Formato:
Libro

Descripción

La ambivalente vida de Manuel Alonso, abogado y profesor bogotano, da un giro imprevisto cuando una vieja y sórdida venganza, que lo persigue desde el pasado, lo alcanza, cruzándose de manera abrupta en su presente y modificando la ruta de un futuro promisorio. Este siniestro evento hace aflorar pensamientos y convicciones que se mantenían ocultas
Publicado:
29 dic 2020
ISBN:
9789585107434
Formato:
Libro

Sobre el autor

Felipe Arévalo nació en Bogotá, Colombia, el 16 de mayo de 1997. Comunicador social y periodista por profesión, escritor por vocación y convicción. Desde su infancia se ha dedicado a descubrir y a crear historias que van más allá de la realidad, actividad que desembocó en una auténtica pasión por las letras. Es autor de «Bogocturna», novela negra que se convierte en su primera obra publicada y con la que debuta en el mundo literario. Es un enamorado de su ciudad y decidió escribir sobre Bogotá en un intento de reflejar las sensaciones que ella le causa. Arévalo es un autor que le presta su vida, pensamientos y acciones a los personajes de sus relatos para que se desarrollen en una narrativa subjetiva y detallada en medio de una metrópoli que es casi un personaje protagónico.


Relacionado con Bogocturna

Libros relacionados

Vista previa del libro

Bogocturna - Felipe Arévalo

©2020 David Felipe Arévalo Huérfano

Reservados todos los derechos

Calixta Editores S.A.S

Primera Edición Junio 2020

Bogotá, Colombia

Editado por: ©Calixta Editores S.A.S

E-mail: miau@calixtaeditores.com

Teléfono: (571) 3476648

Web: www.calixtaeditores.com

ISBN: 978-958-5107-43-4

Editor en jefe: María Fernanda Medrano Prado

Editor: Alejandro Ferrer Nieto

Corrección de estilo: María Alejandra Calvo García

Corrección de planchas: Nathalie Andrea Serna

Maqueta e ilustración de cubierta: Julián Tusso

@tuxonimo_art

Diagramación: Juan Daniel Ramírez @rice_thief_

Fotografía Felipe Arévalo: Harrym Ramírez

Impreso en Colombia – Printed in Colombia

Todos los derechos reservados:

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño e ilustración de la cubierta ni las ilustraciones internas, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin previo aviso del editor.

La escritura no es producto de la magia, sino de la perseverancia.

RICHARD PATTERSON

Asesino o detective: no hay otra elección para un hombre.

ROBERTO BOLAÑO

La crueldad del olvido, tan necesaria para sobrevivir.

MARIO MENDOZA

Sobrevive con la memoria, antes que sea demasiado tarde, antes que el caos te impida recordar.

CARLOS FUENTES

Existió una persona que podría entenderme. Pero fue, precisamente, la persona que maté.

ERNESTO SÁBATO

No puede haber lugar más bello para morir, más digno de la total desesperación, que una novela propia.

FRANZ KAFKA

A quienes dieron vida a estos personajes. A los sacrificios que debí hacer en el camino.

A mi fiel, leal y eterno compañero de vida. Al ángel felino que ahora me cuida desde el cielo; para ti también.

A la vida, a la familia, a los amigos, al amor y a la literatura.

A lo largo de mi historia he conocido hombres que luchan contra otros en la incontrolable dualidad de querer comprender y superar sus cavilaciones y cosmogonías de un mundo viviente, cavernícola, agresivo, con tintes de maldad y suciedad. Mi caso no fue la excepción. Intenté entender la mente de otros, sin saber que terminaría por conocer la mía en toda su dimensión de flaquezas y bajezas. No sé en qué momento, ni cómo, los ruines pensamientos me carcomieron las ideas, la lucidez y la forma de proceder. Lo perdí todo en instantes. Mi vida se elevó al clímax en una ráfaga vehemente para luego caer, sin aviso de freno, al vacío. Todo esto antecedido en cierta manera por mi forma de actuar y de pensar. En una búsqueda incesante por satisfacer los anhelos y deseos de mi alma perturbada, solitaria, cargada de ira y venganza, me dirigí, de forma irracional y poco elocuente, al largo y solitario camino de la oscuridad.

Aún me pregunto qué hago aquí o quién será capaz de comprenderlo. Inclusive a mí me cuesta dilucidarlo. Este libro es el recuento de los hechos tal como sucedieron, intento no omitir ningún punto clave del relato. Al final terminé por convertirme en un escritor que busca liberarse a través de estas letras, palabras y frases que, de a poco, se transforman y convierten en oraciones, párrafos y episodios, sinónimos de oleadas intermitentes de recuerdos que van y vienen a mí de manera recia y punzante. ¿Tiene realmente algún sentido lo que trato de escribir? No lo sé, mientras pienso y reflexiono al respecto he completado un capítulo más. Este resulta siendo mi diario, mi cuaderno de anotaciones y consideraciones a través de una vida mordaz y singular. Redacto, desde algún lugar de una Bogotá voluble, nocturna, brumosa, perniciosa y decadente, los móviles que me motivaron a encontrar mi verdadera vocación. Bastará decir que soy Manuel Alonso.

«Fuimos lo que eres, serás lo que somos», era la frase que nos recibía en la entrada del Cementerio Central aquel domingo de marzo pasado por agua, frío y sombra. Siempre he pensado que una despedida no es algo fácil, ni para quien decide irse, ni para quien acepta la decisión con resignación. En medio de esa melancolía por las exequias de Danilo Espinosa, padre del más cercano y fiel amigo que la vida me ha puesto en el camino, pude comprender la magnitud del desconsuelo que es una pérdida de esa índole. Percibí en el ambiente de un lugar que ha visto las más profundas tristezas en el umbral de la muerte, la debilidad del ser humano que llora a quienes parten para siempre e, irónicamente, de aquellos que tienen la incapacidad de velar por los que aún viven. El evento, si puede ser llamado así por la aglomeración de gente que trajo consigo, no tardó mucho. Luego de que el sacerdote hiciera los ritos de rigor, el cuerpo fue sepultado en una cavidad que se abría en la pared a merced de la inclemente tempestad y los sollozos que no dejaban de emitir quienes vestían de negro. Abracé a Samuel con fuerza para dejarle saber que contaba conmigo y que, si requería de mí, podría buscarme como lo había hecho infinidad de veces; él asintió con resignación mientras yo me alejaba despacio y con sumo respeto de aquel camposanto, no sin antes notar un gesto de desolación y amargura en su rostro.

De camino a casa, mientras caminaba por la Calle 26 hacia los Cerros Orientales, saqué de mi abrigo una cajetilla de cigarrillos, metí uno a mi boca para encenderlo. El humo de la nicotina se entremezcló con la niebla que empezaba a marcar el caer de la noche en la singular, heterodoxa y ramera ciudad de Bogotá. Me detuve cuando llegué a la Avenida Caracas y terminé de fumar el segundo cigarrillo de aquella tarde. Disfruté como nunca esa última bocanada de humo que entraba por mi boca y se desplazaba a lo largo de mi organismo hasta mis pulmones, que si bien aún estaban en óptimo estado y funcionamiento, de seguro me traerían grandes y severos problemas de salud más adelante. Esperé a que el semáforo volviera a dar luz verde para avanzar. Una vez en camino, a mitad de la vía, me adentré en el sistema de transporte público, compuesto por estaciones tipo pecera a lo largo de diversas troncales que conectaban la ciudad de manera rápida y eficiente; Transmilenio. Me acerqué a una de las ventanillas laterales para comprar el pasaje que estaba tasado en $1.200. Ya en la fila, noté que frente a mí había un par de sujetos. Primero, estaba un anciano con traje de paño viejo y brillante con rayas blancas delgadas. Seguro también venía del cementerio, pensé. Detrás, un joven con jean negro y buzo azul claro con la capota puesta, para evitar la llovizna que aún sacudía a Bogotá y que, por su movimiento impredecible, no dejaba de chocar contra las testas de quienes pretendíamos comprar nuestro tiquete. Luego, de tercero en la fila, estaba yo, con los lentes de las gafas empañados por el frío y rociados por el agua que no había alcanzado a evitar de camino al paradero. La fila se acortó poco a poco, hasta que llegué al punto de compra; una mujer cincuentona que estaba tras el cristal de la ventanilla me atendió, se notaba malhumorada y frustrada. Tal vez la labor de atender a cientos de personas a lo largo del día le producía un fastidio inherente, sin dejar de lado el frío que golpeaba con fuerza a la ciudad y que tenía que aguantar a toda costa.

—Un pasaje, por favor —dije, mientras le alcanzaba un billete de alta denominación.

—¿No tiene más sencillo? —fue lo primero que dijo mientras me miraba a los ojos con cierto gesto retador e incómodo.

—No —sentencié con tono seco.

La mujer, al otro lado del cristal, en medio de gestos de evidente irritación, reunió un par de billetes de todo tipo de valores que sumaron el cambio exacto que debía devolverme. Acepté el dinero por entre la diminuta ventanilla de vidrio manchada de grasa y cubierta de rayones. Mientras me retiraba agradecí y guardé el dinero en el bolsillo interno de mi abrigo; no hubo respuesta. Puse mi tarjeta en el lector del torniquete y este la tragó, luego dio luz verde a una flecha que indicaba que podía continuar. Caminé a través de los vagones de concreto, lata y vidrio hasta que me detuve en la puerta de cristal en donde mi bus haría la parada. Lo esperé junto con un grupo de personas durante algunos instantes. Acto seguido, un vasto articulado de color rojo dividido por tres ejes y demarcado, en su parte superior, con el número «2» y el texto «Portal Usme» en mayúsculas sostenidas de color verde, abrió sus puertas y me dio ingreso junto con el grupo menor de ciudadanos que también debían tomar esa ruta aquella tarde. Subí, busqué una silla roja y me senté. El vehículo me transportó desde la estación de la Calle 26, por toda la Avenida Caracas, hacia el sur, hasta la Avenida de Los Comuneros, mejor conocida como calle sexta, en la localidad de Los Mártires. El recorrido no duró mucho tiempo y, al cabo de un par de minutos, ya estaba en mi destino. Para ese entonces mi barrio colindaba, a cierta distancia, con una de las ollas más grandes del país: El Cartucho, como era conocido por todos en la ciudad para hacer referencia al infierno en la tierra ubicado en pleno centro de Bogotá, en el antiguo y extinto barrio Santa Inés que, décadas atrás, vio transitar por sus calles a las familias más adineradas y de clase alta del país. Esa oficina del bajo mundo era intervenida por todos los entes gubernamentales, según decía la prensa y el mismo Gobierno nacional y distrital. Sería cuestión de tiempo para que, en los años venideros, se convirtiera en uno de los parques recreativos más importantes e insignia del centro de la ciudad, dotado de zonas verdes y con una nueva visión de vida, dejando atrás un pasado turbio y entristecedor, marcado por la muerte y las aberraciones humanas. Tendría por nombre Parque Tercer Milenio.

Para mi suerte ya no llovía, así que caminé durante algunos minutos más por entre calles y carreras, hacia el occidente, hasta que llegué a mi apartamento en el barrio El Progreso, sobre la carrera veinte con calle quinta.

Marzo 10 de 2002

Querida hermana:

Lamento no haberte podido responder antes. Han sido días bastante atareados en mi vida, el trabajo en la universidad y los casos particulares me tienen algo colapsado. Es difícil alternar entre calificar los cortes académicos del semestre de tantos alumnos y asesorar a los clientes nuevos que vienen en busca de ayuda. Además, Samuel, espero que lo recuerdes, sufrió una pérdida bastante dolorosa, su padre murió hace un par de días y hoy fue el sepelio, así que lo estuve acompañando en estos momentos tan devastadores para él. Te cuento que he estado visitando constantemente a nuestros padres luego de dictar algunas clases. Veo una leve mejoría en papá, que al menos logró reconocerme esta vez. Mamá, por su parte, sigue decaída y no logra hilar sus ideas e interpretaciones, pero estoy seguro de que la próxima vez estará mejor.

Espero saber pronto de ti también y deseo que sigas llevando una plácida vida en Florencia.

Te quiere, tu hermano Manuel.

A mediados de esa época en la que mi vida aún estaba en un camino de quietud y serenidad, ejercía mi rol como docente catedrático de derecho en una prestigiosa universidad del centro de Bogotá, además, alternaba el tiempo con trabajos independientes como asesor jurídico en casos particulares de amigos, colegas o ciudadanos que así lo requirieran. En medio de las obligaciones laborales debía también atender el cuidado de mis padres, quienes estaban internados en el hogar geriátrico San Ramón, en el sur de la ciudad. Mi hermana, exiliada en el extranjero, me ayudaba con la mensualidad y algo más mientras que yo me encargaba de velar por ellos cuando la precipitada rutina me lo permitía. En general, para los primeros años del nuevo milenio llevaba una vida muy tranquila y productiva. Me caractericé, desde muy niño, por ser un lector empedernido, me gustaba leer sobre gran variedad de temas como novelas, poesía, cuentos o crónicas sin dejar de lado los temas políticos de actualidad, filosofía y deportes que me llamaban mucho la atención. Entre mis obras favoritas estaban Crimen y Castigo de Fiódor Dostoievski, El Extranjero de Albert Camus y La Muerte de Iván Ilich de León Tolstói. Cabe resaltar que siempre me gustó ahondar en la literatura rusa, ya que, históricamente, le ha brindado a la humanidad una excelente camada de escritores con obras dignas y fantásticas de interpretar. Otro de mis pasatiempos preferidos era ir a la sala de proyección del Teatro Fundadores a ver películas policíacas y detectivescas. Recuerdo bien haber leído de joven, mientras estudiaba en la universidad, un reportaje del periódico El Visualizador en donde se explicaba que los estadounidenses incursionaron en el mundo de las producciones cinematográficas gracias a estos referentes europeos. No lo entendí sino hasta unos años más tarde, cuando aprehendí la magnitud y su significado.

Semana tras semana mi día iniciaba muy temprano, a excepción de los jueves en los que dictaba mis clases en la jornada de la tarde. Salía de mi apartamento sobre las cinco y cincuenta de la mañana; mientras iba de camino al paradero hacía mi reflexión diaria y estructuraba gran parte de las obligaciones del día. Una vez en la Avenida Caracas, esperaba en el paradero del costado occidental el bus ejecutivo de color negro con líneas rojas laterales que era el encargado de transportarme hasta mi destino en el centro. En la parte inferior derecha del panorámico un característico letrero de madera indicaba las principales vías y barrios de su trayecto: «Calle 6, Carrera 3, Calle 19 y Germania». El vehículo, algo curtido, rucio y reflejo del devenir de la obsolescencia, casi nunca llevaba sillas vacías, por lo que había que hacer el esfuerzo de ir de pie durante gran parte del transcurso. Luego de un recorrido de cerca de media hora, si los trancones ya nacientes de Bogotá lo permitían, me bajaba en la última parada, justo en la rotonda del Parque de Los Periodistas, desde donde debía caminar un par de cuadras hasta mi lugar de trabajo en la calle veintiuna con carrera quinta, en la Universidad Central. En ese lapso alcanzaba a fumar un cigarrillo, tomar un tinto, recibir el periódico gratuito en la esquina de la calle diecinueve, saludar a colegas y llegar al salón de clases sobre las seis y cincuenta de la mañana, presto a dejar de lado los problemas y las preocupaciones personales ajenas al claustro académico.

Supongo que no era el tipo de profesor que los jóvenes querían tener. A pesar de solo tener treinta y dos años, mi personalidad y mi forma de pensar eran anticuadas y poco amigables. A lo largo de mi vida y de mi carrera socialicé y me relacioné solo lo necesario; era el prototipo de hombre que disfrutaba la soledad y el ensimismamiento constante, ya que allí encontraba el mejor refugio para la reflexión y la paz interior. Mi rostro era inexpresivo y parecía estar de mal genio la mayor parte del tiempo. Tal vez esa fue la razón por la que solo tuve tres grandes amigos a lo largo de mi vida: si bien poca era la cantidad, era excelsa la calidad. El más cercano y con el que compartí una amistad que, con el pasar de los años, se convirtió en hermandad, fue con Samuel Espinosa. Bogotano laborioso y de familia humilde, era, de lejos, mi mejor amigo. Nos conocimos desde el colegio, corría el segundo año de la década del ochenta cuando coincidimos al entrar al bachillerato. Desde entonces y hasta siempre fue una amistad muy equilibrada. De chicos, los dos nos la pasábamos de arriba para abajo por las calles del barrio La Uribe, en Usaquén, al norte de la ciudad. Hacíamos muchas cosas juntos: los trabajos del colegio, conquistábamos chicas, salíamos a jugar fútbol o baloncesto, fumábamos en las fiestas y, en general, nos dábamos el hermano varón que nunca tuvimos. De adolescentes y en la adultez las cosas no cambiaron mucho, seguimos siendo unidos, a pesar de que cada uno emprendió su camino por separado atendiendo obligaciones personales y profesionales. La amistad maduró y se fortaleció de una buena manera. Cuando la situación lo requiriera, cualquier día, a cualquier hora, estábamos el uno para el otro de forma incondicional.

El segundo gran amigo era Nelson Ceballos, a quien conocí gracias al entorno universitario mientras la efervescencia de la carrera de derecho nos obligaba a ampliar nuestro campo conceptual y social con la memorización de un amplio léxico legal y judicial. Nelson siempre fue un tipo centrado y frío, pocas veces demostraba sus emociones o sentimientos. «Sin duda tiene madera para la profesión», rumoreaban en los pasillos de la universidad los otros compañeros y colegas. Era un apasionado por el fútbol, en parte, debido a su estancia en Turín cuando era un infante. Una ciudad azotada por la pasión y dividida en dos grandes bandos: Los Toros y Las Cebras. Su padre era piloto y su madre se dedicaba a la comercialización de perfumes de alta gama para las más prestigiosas boutiques de Europa. De cariño le decíamos el «Italo», en referencia a su remarcada cercanía con dicho país. Alguna vez me enseñó un par de palabras y oraciones en ese idioma que terminé por olvidar, como muchas otras cosas que, sin darnos cuenta, dejamos de lado, algunas veces sin proponérnoslo. Nos graduamos al tiempo cuando llegó su momento. Él se especializó en derecho internacional, por obvias razones, mientras que yo me decanté por la rama penal. Las conversaciones con Nelson eran profundas, entretenidas y podían durar horas; hablábamos sobre fútbol, compartíamos algunas opiniones y discrepábamos en otras, pero, al final, siempre terminábamos en risas.

Por otro lado, Jaime Bueno completaba el grupo de mosqueteros, ¡y vaya que hacía justicia a su apellido! Ya que si una palabra podía definirlo era esa. Mi camino y el de Jaime se cruzaron cuando teníamos diecisiete años. Fue en el Ejército Nacional. Los dos prestamos el servicio militar a la par. Él fue mi sostén en la milicia cuando la flaqueza mental y física me cobraban factura. Era un tipo que para ese entonces parecía de treinta años, tenía una barba frondosa, era acuerpado y macizo, reía y hablaba lo necesario; era sobrio y no solía temerle a casi nada ni nadie. Jaime hacía parte del equipo de reportería del Ejército hacia finales de la década de los fiesteros y violentos años ochenta. Fue para esas fechas que entablamos nuestros lazos de amistad, relación que llevó a que me enseñara sobre fotografía. Me registré como auxiliar de reportería en el Ejército, concursé con otros interesados en aplicar al cargo y, al final, gracias a la influencia de Jaime, me quedé con el puesto.

Teníamos a nuestro cargo labores como la de fotografiar a los sargentos y generales para la edición impresa de los boletines mensuales. Asimismo, hacíamos reportajes de las bajas que lográbamos a lo largo del trimestre. Con el tiempo, la viveza nos llevó a montar nuestro propio negocio, eso sí, a escondidas de los superiores. Jaime y yo nos dedicábamos a tomar fotografías a otros compañeros. Eran retratos que hacíamos con las cámaras instantáneas que cogíamos sin permiso. El pago era bueno, Jaime se quedaba con el sesenta por ciento y yo con el porcentaje restante. De a poco, el negocio creció bastante. Cada soldado quería un recuerdo en físico de su estancia allí y nosotros estábamos dispuestos a dárselo: algunos se las regalaban a sus novias, otros a sus padres y, los más solitarios, solo las guardaban en sus camuflados o debajo

Has llegado al final de esta vista previa. ¡ para leer más!
Página 1 de 1

Reseñas

Lo que piensa la gente sobre Bogocturna

5.0
1 valoraciones / 0 Reseñas
¿Qué te pareció?
Calificación: 0 de 5 estrellas

Reseñas de lectores