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La familia del Sol

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La familia del Sol

valoraciones:
5/5 (2 valoraciones)
Longitud:
268 páginas
2 horas
Publicado:
11 mar 2013
ISBN:
9786071612700
Formato:
Libro

Descripción

El libro de Julieta Fierro y Miguel Ángel Herrera considera los aspectos generales del funcionamiento del Sistema Solar, así como la descripción del Sol como el motor que genera el orden planetario.
Publicado:
11 mar 2013
ISBN:
9786071612700
Formato:
Libro

Sobre el autor


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La familia del Sol - Julieta Fierro

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I. El inicio

1. El descenso de Kukulkán

EN EL SURESTE de la República Mexicana, a poco más de 100 km de la ciudad de Mérida, Yucatán, se yerguen las imponentes ruinas de la ciudad prehispánica de Chichén-Itzá: la boca del pozo de los itzaes, en lengua maya. Cientos de turistas las visitan día con día, atraídos por su enigmática belleza; al acercarse los equinoccios de primavera (21 de marzo) y de otoño (22 de septiembre) el número de visitantes aumenta de manera impresionante, y han llegado a sobrepasar las 200 000 almas en los días precisos de los equinoccios. ¿Qué tienen de especial esas fechas? ¿Qué es lo que atrae a tales multitudes?

Se trata del célebre fenómeno conocido como el descenso de Kukulkán, un maravilloso juego de luces y sombras que arquitectura y naturaleza, unidas, nos ofrecen sólo en esas fechas, en la pirámide conocida como El Castillo.

El espectáculo es fascinante. Al amanecer, la luz del Sol y la sombra de la arista noreste de la pirámide se combinan para producir la imagen de una serpiente (Kukulkán) sobre una de las paredes de la escalinata norte. Y ése es sólo el principio. Ante el asombro del espectador, la imagen de la serpiente, que en sí misma ya es algo maravilloso, no permanece estática, sino que va descendiendo lentamente a lo largo de la escalinata conforme avanza el día. ¡Kukulkán desciende a la Tierra!

FIGURA 2. La pirámide de El Castillo, en Chichén Itzá, durante un equinoccio. En el costado de la escalera izquierda aparece una sombra que se mueve a lo largo del día. La parte iluminada y la cabeza de piedra, situada en la parte inferior de la escalera, simulan una serpiente.

Horas después, al atardecer, el proceso se invierte y la imagen de Kukulkán asciende majestuosamente por el muro opuesto de la misma escalinata hasta que, finalmente, el espectáculo concluye con la puesta del Sol, dejando en el afortunado espectador un recuerdo imborrable.

Es indudable que el descenso de Kukulkán tiene un efecto emotivo directo sobre el espectador. Pero no es el único. También despierta en él una gran admiración y un profundo respeto por los astrónomos mayas, cuyos precisos conocimientos de los movimientos de los astros permitieron diseñar un espectáculo tan increíble. Esos conocimientos tuvieron que surgir de un cuidadoso estudio del cielo y, según veremos, no fueron privativos de las culturas de la Antigüedad. Son consecuencia del interés del hombre por el Universo en que vive y por cada una de sus partes: por el Sol, por la Luna, por los planetas y por las estrellas. Son, en fin, los cimientos de esa formidable estructura que hoy llamamos astronomía.

2. Los planetas entran en escena

Es indudable que los primeros hombres tuvieron que dedicar la mayor parte de su tiempo a la lucha por la supervivencia. Y cazando animales o huyendo de ellos, resguardándose de la lluvia, protegiéndose de los rayos o temblando de miedo ante terremotos, incendios e inundaciones, poco tiempo les debe haber quedado para la contemplación del cielo. A pesar de ello, no debió de transcurrir mucho tiempo antes de que se dieran cuenta de que había un objeto en el cielo que jugaba un papel preponderante en sus vidas: el Sol, cuya sola presencia en el firmamento infundía bienestar y seguridad y cuya ausencia, en cambio, provocaba desconfianza y miedo. Es, así, fácil de imaginar la angustia con que deben haber presenciado cada puesta de Sol, temerosos ante la posibilidad de que su desaparición fuese definitiva, e igualmente fácil es imaginar la esperanza y la avidez con que habrán contemplado el horizonte a la espera de cada nuevo día. Fue a través de esta contemplación como, poco a poco, se fueron familiarizando con los astros y sus movimientos, y fue este conocimiento el que habría de conducir, a la larga, al descubrimiento de los planetas.

La palabra planeta se deriva del griego (πλανητα), que significa (cuerpo) errante, vagabundo. ¿Por qué se utilizó ese término para describir ciertos astros? ¿Qué tenían de especial? Para comprenderlo veamos primero cuáles son los movimientos más evidentes de los astros que aprecia un observador desde la Tierra.

Si se observa el firmamento durante un par de horas, en una noche despejada, es fácil percatarse de que las estrellas se mueven; pero no al azar, cada una por su lado, sino todas exactamente de la misma manera (de este a oeste), de tal forma que sus posiciones y distancias relativas son siempre las mismas. En otras palabras, si un grupo cualquiera de estrellas forma, en un momento dado, cierta figura en algún lugar del cielo, horas más tarde las mismas estrellas seguirán formando exactamente la misma figura, sólo que ésta se habrá desplazado, como un todo, hacia el oeste. Este hecho ya era bien conocido hace al menos 10 000 años, e indujo a los hombres primitivos a agrupar a las estrellas en figuras, según su conveniencia e imaginación. Estas figuras invariables se conocen, hoy en día, como constelaciones. En la actualidad sabemos que su lento desplazamiento en el cielo (de este a oeste) es simplemente el reflejo de la rotación de la Tierra sobre sí misma en sentido opuesto (esto es, de oeste a este). Pero los primeros hombres creían que la Tierra estaba inmóvil así que, para explicar este comportamiento, se vieron obligados a suponer que las estrellas estaban incrustadas en un enorme cascarón esférico —la bóveda celeste— que giraba alrededor de la Tierra. En síntesis, para ellos las estrellas estaban fijas y, por ello, las constelaciones eran inmutables. Si parecían moverse era tan sólo porque la bóveda celeste, en su constante giro alrededor de la Tierra, las acarreaba consigo.

FIGURA 3. Los persas agrupaban así las estrellas de la constelación de Acuario, hacia el año 1650.

Es conveniente notar que, dado que con las estrellas visibles a simple vista se pueden construir innumerables figuras diferentes, lo más probable es que cada tribu prehistórica haya tenido sus propias constelaciones de acuerdo con su muy particular forma de vivir y de pensar. De hecho, las que usaron las grandes culturas del pasado eran, en general, diferentes de las actuales y diversas entre sí. Pero lo que aquí nos interesa no es la evolución de las constelaciones, sino el hecho de que, mientras identificaban a las miles de estrellas fijas, los hombres primitivos identificaron también unos cuantos objetos celestes que se movían respecto a ellas con desplazamientos caprichosos e impredecibles. Obviamente, estos objetos no estaban fijos en la bóveda celeste puesto que se desplazaban entre las estrellas, y estos astros errantes, estos vagabundos del cielo, son los planetas.

3. Los primeros

El descubrimiento de los planetas se pierde en la bruma de la Prehistoria. Sólo sabemos que cuando las primeras civilizaciones comenzaron a establecerse, hace poco más de 5 000 años, ya se habían identificado siete. Estos siete fueron conocidos por todas las grandes culturas del pasado, por lo cual se les suele llamar los siete planetas de la Antigüedad. Son, con sus nombres actuales, el Sol, la Luna, Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno, que recuerdan los días de la semana.

FIGURA 4. A diferencia de las estrellas, que permanecen en posiciones fijas unas con respecto a otras, los planetas describen trayectorias caprichosas en la bóveda celeste, vistos desde la Tierra.

Es posible que la inclusión del Sol y la Luna entre los planetas sea vista con extrañeza ya que, hoy día, no se les considera como tales. Pero hay que recordar que, en la Antigüedad, se llamaba planeta a cualquier astro que se desplazara respecto a las estrellas fijas; y como este comportamiento lo presentan los siete objetos mencionados, entre ellos el Sol y la Luna, estos últimos fueron incluidos en el grupo. Más adelante veremos que el término planeta tiene, hoy día, un significado más restringido, que excluye tanto al Sol como a la Luna.

El temprano reconocimiento de estos siete cuerpos se debió, sin duda, a que son fácilmente identificables a simple vista, lo cual queda corroborado por el hecho de que tuvieron que pasar más de 20 siglos para que, ya con la ayuda del telescopio, se añadiera uno más a la lista (Urano). Después se descubrieron dos más (Neptuno y Plutón, este último ya en el siglo pasado), pero esa parte de la historia la veremos a su debido tiempo.

Es muy probable que nunca logremos averiguar cómo y cuándo se descubrieron los primeros planetas. Sin embargo, algo se puede decir al respecto, utilizando tan sólo un poco de lógica y de sentido común.

De los siete, el que se desplaza más rápidamente entre las estrellas es la Luna. Su movimiento es tan veloz que son suficientes unas horas de observación para detectarlo. Como, además, su brillo, sus dimensiones y sus cambios de apariencia (las fases) la convierten en un objeto particularmente conspicuo, es más que natural atribuirle el honor de haber sido el primer planeta que se identificó.

FIGURA 5. Movimiento aparente del Sol respecto de las estrellas. Observando su posición respecto de las estrellas fijas en días sucesivos, puede comprobarse que cada día sale cuatro minutos después que las estrellas, junto a las que se encontraba el día anterior. (Dibujo de Alejandra Bernal.)

El segundo en la lista debe de haber sido el Sol. Aunque, obviamente, se le prestaba más atención que a la Luna, su movimiento entre las estrellas es mucho más difícil de percibir (es 12 veces más lento), siendo necesarios varios días de observación para detectarlo. ¡Un momento!, diría el lector: ¿Cómo es posible darse cuenta de que el Sol se mueve respecto a las estrellas, si cuando está en el cielo las estrellas no son visibles? Esto es totalmente cierto pero, a pesar de ello, hay varias maneras de hacerlo. La más sencilla y, por ende, la que probablemente evidenció por primera vez su movimiento, consiste en observar por varios días consecutivos su salida o su puesta (en el léxico astronómico, a la salida de un astro se le designa como orto y su puesta como ocaso, términos que usaremos a partir de este momento). Cualquier persona puede hacer el experimento. Supongamos, por ejemplo, que observamos un amanecer y que, hacia el este, más o menos por donde va a salir el Sol, conseguimos localizar una estrella muy cercana al horizonte. Unos minutos más tarde habrá amanecido y la estrella en cuestión ya ni será visible. Si al día siguiente (o, mejor dicho al siguiente amanecer) observamos con atención la misma estrella, exactamente a la misma hora que el día anterior, notaremos que su posición respecto al horizonte ha cambiado; se localizará un poco (muy poco) más arriba, más alta en el cielo. Y si seguimos contemplando amaneceres comprobaremos que cada día la estrella se va localizando más alta en el cielo en el momento del amanecer. De hecho, cada día transcurrirán cuatro minutos más que en el anterior entre el orto de la estrella y el del Sol. Y como la estrella es fija, es inevitable concluir que el que se mueve es el Sol, el cual, por lo tanto, fue para los antiguos un planeta.

Aquí cabe mencionar, antes de proseguir, que cuando la salida de un astro cualquiera coincide con la del Sol, los astrónomos dicen que tiene lugar el orto helíaco de ese astro: orto porque se refiere a su salida y helíaco porque lo hace con el Sol (Helios, entre los griegos). Más adelante veremos que el orto helíaco de Sirio, la estrella más brillante a simple vista, tuvo un papel muy importante en el antiguo Imperio egipcio.

4. Los verdaderos planetas

Los cinco objetos restantes son verdaderos planetas; esto es, son planetas de acuerdo con la definición actual, a diferencia del Sol y la Luna que, con el tiempo, cambiaron de categoría. De los cinco, Venus fue, sin duda, el primero que se identificó como planeta, ya que, por un lado, su movimiento respecto a las estrellas es relativamente rápido (sólo Mercurio es más veloz) y, por el otro, es el objeto más brillante del cielo después del Sol y la Luna. Es tan espectacular que en innumerables ocasiones se le ha tomado por un platillo volador. Es más, la mayor parte de los reportes de ovnis que se han recibido —y se siguen recibiendo— son simples confusiones con él, lo cual demuestra, de paso, que el hombre actual está muy poco familiarizado con el cielo. En síntesis, Venus es el objeto volador no identificado más común y más identificado.

Los planetas que se descubrieron en cuarto, quinto y sexto lugar deben de haber sido Marte, Júpiter y Saturno, respectivamente. De los tres, Marte es el que llega a ser más brillante (auque, en promedio, Júpiter lo supera), el que se mueve más rápido entre las estrellas y, por si todo esto fuera poco, su color rojo intenso resulta mucho más notable y atractivo que el blanco amarillento de Saturno. La lógica indica, por tanto, que fue el cuarto en la lista.

Entre Júpiter y Saturno tampoco hay duda. Júpiter es siempre más brillante y su movimiento respecto a las estrellas es dos veces más rápido que el de Saturno, así que, en orden de descubrimiento, Júpiter debe de haber sido el quinto y Saturno el sexto.

De todo lo anterior se desprende que Mercurio tuvo que ser el séptimo y último en descubrirse. ¿Es razonable esta conclusión? La respuesta es un rotundo sí. Mercurio es, en efecto, el planeta más difícil de ver a simple vista. Y no, como podría pensarse, porque sea muy débil ni porque su movimiento entre las estrellas sea muy lento (llega a ser 10 veces más brillante que Saturno y es el planeta que se mueve más rápido), sino porque se mantiene siempre tan cerca del Sol que se ve opacado por su fulgor. De hecho, nunca se le puede ver en un cielo totalmente oscuro. Sólo llega a

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