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Más allá del coronavirus: ¿El fin de los tiempos?

Más allá del coronavirus: ¿El fin de los tiempos?

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Más allá del coronavirus: ¿El fin de los tiempos?

valoraciones:
5/5 (1 clasificación)
Longitud:
310 páginas
4 horas
Editorial:
Publicado:
27 oct 2020
ISBN:
9788499176062
Formato:
Libro

Descripción

¿Qué pasará en el futuro inmediato? ¿Cómo cambiará la economía, la tecnología y la salud?
Este libro da respuestas a todo lo que nos ha sobrevenido y tal vez podría estar por llegar, reflejando en paralelo las catástrofes, conspiraciones y profecías que nos ayudan a entender mejor los cambios que ya está anticipando el mundo en que vivimos. Todo será distinto. Probablemente ya lo sabíamos, pues el concepto de fin de los tiempos alude en las principales religiones a un nuevo paradigma.
Lo que expone el autor debería hacernos reflexionar acerca de la hipocresía y autocomplacencia de nuestra sociedad que parece querer autodestruirse. ¿Seremos los mensajeros de esta destrucción? ¿Están sonando las trompetas del apocalipsis?
• ¿Qué papel jugará la Inteligencia Artificial en el futuro inmediato?
• Las principales pandemias que han asolado a la población a lo largo de la historia.
• ¿Nuevo Orden Mundial o Nuevo Caos Mundial?
• El impacto de la pandemia en el medio natural.
• Recordando los tsunamis más devastadores.
• Cuando Covid es por culpa del 5G.
• Las profecías de los grandes visionarios como Nostradamus, Rasputín, Edgar Cayce, etc.
• El absoluto control de la humanidad por parte de los llamados "amos del mundo".
• Las amenazas que vienen: 2050 el año clave de la extinción.
"Un libro que nos invita a pensar y que nos da las claves para mantener activa y despierta la conciencia."
Münchner Merkur
"Klaus Ducker acierta en su diagnóstico, revelando todo aquello sobre el coronavirus que va más allá de la mera apariencia, acercándonos a la realidad y alejándose de oportunistas interpretaciones."
Bayerische Nachrichten
Editorial:
Publicado:
27 oct 2020
ISBN:
9788499176062
Formato:
Libro

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Más allá del coronavirus - Klaus Ducker

INTERÉS

"Y en el año de los gemelos (2020) / Surgirá una reina (Corona) / Desde el Oriente (China) / Que extenderá su plaga (virus) / De los seres de la noche (Murciélagos) / A la Tierra de las siete colinas (Italia) / Transformando en polvo (matando) / a los Hombres del crepúsculo (ancianos) / Para culminar en la sombra de la ruindad (hundimiento total de la economía)".

No es más que un anticipo. No es más que uno de los muchos textos que han ido apareciendo los últimos meses, especialmente en redes sociales. Y es que, como suele pasar cuando surgen ciertas desgracias globales, no hay duda que Covid-19 lo es, siempre hay alguien que se ocupa de recordarnos que eso ya había sido anunciado.

Pues no, eso es falso. Como falsas (o no) son muchas de las noticias que hablan de mutaciones genéticas por culpa de la pandemia, que por cierto hay quien dice ha sido inoculada aprovechando las redes de 5G. ¿Podemos estar tranquilos con la que está cayendo? Las malas lenguas dicen ni siquiera quién lo ha provocado lo está. Así que ¿tranquilos? Pues no, ¿para qué engañarnos? Nos estamos abocando al fin. Sí, al fin de los tiempos o al fin de un tiempo, como se prefiera. Pero en definitiva, estamos en el sendero de la muerte. ¿Cuál? La de una forma de ver y entender la vida, la sociedad, la economía, el trabajo, el ocio y hasta la política. Y si no me creen, al tiempo.

La realidad siempre supera a la ficción. Si entendemos como ficción las conspiraciones, las sociedades secretas que las gestionan, las fake news e incluso profecías, quizá pensemos que hay un rayito de esperanza. Sinceramente, creer que esto es un mal sueño y que dentro de unas semanas o meses, despertaremos felices y apaciguados para pisar las flores y canturrear nuestra dicha, es que no estamos sabiendo ver la realidad. Esto se acaba y ya estamos en el ocaso.

¿Se acerca el fin del mundo? Pues sí y no. Y es que todo depende de cómo formulemos la pregunta. Si entendemos que el fin del mundo es el fin del planeta, es evidente que este sucederá de forma inevitable, aunque seguramente cuando eso ocurra la humanidad –en caso que haya sobrevivido a la pospandemia o a otras que vendrán– ya no estará aquí. Hará miles de años que o habremos emigrado cósmicamente –luego de terratransformar, como poco la Luna y Marte- o nos habremos extinguido como especie. Y es que lo normal (porque nos guste o no, somos una especie animal de este mundo) es que como especie nos habremos extinguido.

Uno respira tranquilo al saber que por ahora el fin del mundo nos queda lejos, pero el aire vuelve a faltar –cual profecía de peste enviada por los dioses- al ver la realidad.

No, no es un sueño, es una maldición. La muerte está por todas partes. Por primera vez hemos logrado pandemizar de verdad el planeta. Hubo otras pandemias, en efecto, pero la globalidad en la que vivimos ha multiplicado exponencialmente la actual.

Por tanto, la pregunta es: ¿se acerca el fin de la humanidad? Siendo optimistas diríamos que sí, al menos en lo tocante a la concepción que teníamos de ella, pero no como extinción en masa. Claro que si nos ponemos el gorro del realismo, el tema va a peor. Y terminar, terminar, del todo, pues parece ser que no. Pero terminar mucho peor de cómo estamos es lo que viene. Solo hace falta ver los datos reales a nivel socioeconómico (de salud mejor no hablar). Bueno sí, los datos de salud son escalofriantes, los mismos estudios que nos vaticinaban con cierta cautela probabilística que hasta octubre o noviembre en países como España no tendríamos una segunda ola ya no sirven. Mira por donde parece ser que ya ha llegado esa segunda ola y debemos prepararnos porque el surfeo pandémico va para largo. Mejor no pensar en cuando vengan los fríos del cambio estacional y la gripe de otoño e invierno. Y no es por desanimar, pero los estudios reflejan que esto no termina en 2021, sino que la secuencia de olas, mayores, menores e intermedias no lleva hasta 2024 como poco.

¿Vacuna? Permita el lector que esboce una sonrisa descreída. Creer que la vacuna milagrosa, preparada deprisa y corriendo en poco menos de un año, nos salvará de todo, cuando lo normal es tardar entre cinco y ocho años para desarrollar una vacuna eficiente, es tener mucha fe. Claro que si el virus, como parecen indicar los amantes de la teoría de la conspiración, ha sido creado en laboratorio, la vacuna ya existe. ¿Por qué no se aplica? Tal vez porque a algunos se les vería mucho la intención (por no decir el plumero) y porque primero se deben realizar ciertos ajustes, como por ejemplo hundir unas cuantas economías a nivel mundial, exterminar una parte de la población, eliminar determinadas libertades, inocular miedo y psicosis global, además de modificar determinadas leyes. Y una vez listo todo ello, cuando los que orquestan los hilos (y no son precisamente inocentes profetas) decidan que ha llegado el momento, parar la maquinaria que habrá logrado instaurar el Nuevo Orden Mundial.

Lo curioso es que en paralelo a todo esto, tenemos sobre la cabeza y también bajo los pies, otras amenazas, esas anunciadas durante largo tiempo por profetas y visionarios. ¿Son ciertas esas predicciones? De nuevo debemos hacer ciertas precisiones. Puede que ellos imaginasen el fin de un mundo basándose en sus creencias, dogmas y hasta miedos. Dudo mucho que fueran capaces de imaginar el fin de los tiempos que nos está tocando vivir y que, insisto, va a peor. Puede también que percibieran señales, un catastrófico final. De todo ello nos ocuparemos oportunamente, pero eso, lo profético, no es lo más relevante. Lo que de verdad importa es que, como iremos viendo a lo largo de las siguientes páginas, las posibilidades que nos llevan a él son cada vez mayores: cambios en el clima, aceleración de los procesos de deshielo, movimientos sísmicos, amenazas imparables de meteoritos, meteorología cada vez más adversa. Vamos que, ¿quién necesita una pandemia orquestada por sociedades secretas que operan en siniestros laboratorios con todo lo que nos ofrece nuestra casa madre de natural?

Si hablamos de fin del mundo como planeta tenemos que contemplar la existencia de la mal llamada lotería cósmica o si se prefiere, aquellos hechos que pueden suceder de una forma natural como el gran terremoto que todavía no se ha producido y que se prevé sea de intensidad 10 u 11 (a escala 12 partiría la Tierra). Y eso podemos decir que es una minucia si lo comparamos con los datos que nos hablan del crecimiento de la meteorología adversa, cada vez más fuerte, más frecuente y más letal. ¿Casualidad? Tenemos respuestas para todos los gustos y aunque nos ocuparemos de ellas oportunamente, sirva como avance mencionar las que nos dicen que los efectos del clima adverso son una venganza de un ser vivo, la Tierra. Están las que defienden que los cambios climáticos han sido provocados en laboratorio por seres humanos guiados por intereses oscuros y las que sentencian que irremediablemente lo que está ocurriendo se debe al mal trato que le estamos dando al planeta: causa-efecto. Por cierto, una causa/efecto que algunos creen que en realidad es una manipulación realizada por seres humanos. Y para quien no lo crea, que lea con atención lo relativo al programa Haarp.

A tenor de lo que estamos viviendo en todo el mundo, lo que parece claro es que nuestra forma de civilización, tal y como la tenemos organizada hasta ahora, se está tambaleando. Nos dirigimos –aunque tal vez todavía no lo estamos viendo claramente– hacia el cambio más relevante en décadas. Un cambio que será apocalíptico o no, en función de la capacidad que tenga la humanidad de enfrentarse a las nuevas situaciones. Un enfrentamiento que, de producirse, dicen los sociólogos será muy distinto a otras épocas, será muy digital, muy desde la clandestinidad y desde casa, bombardeados por el control del 5G.

Sin duda estos tiempos y los que llegarán dentro de un año o dos (por muchas vacunas que inventemos) serán un apocalipsis, un fin de los tiempos con referencia a lo que estuvimos viviendo hasta diciembre de 2019.

La forma de ver y entender la vida ya ha cambiado. Estamos sumergidos en un nuevo paradigma que nos supondrá muchas modificaciones como especie. Hay quien incluso cree que en cinco o seis años, ni nos acordaremos de cómo vivíamos antes, tal vez porque habremos normalizado tanto la nueva normalidad que relativizaremos los esfuerzos que ahora estamos haciendo. Quizá suena a exageración pero la verdad es que allí donde miremos la forma de vivir ha sido alterada. Claro que como veremos oportunamente no ha sido la primera pandemia y seguramente no será la última.

Sea como fuere está ocurriendo y por si con la Covid-19 no tuviéramos ya suficiente, debemos recordar que otro número en ese bombo de la lotería cósmica es el gran tsunami que puede producirse en el Atlántico (no, no es una profecía, sino un estudio científico) y que debe arrasar más de la mitad del continente americano y la mayoría del europeo en una primera fase y provocar suficientes alteraciones como para que todo el planeta o lo que es la vida de la especie humana quede en un recuerdo. Y eso por no hablar del meteorito que se espera impacte con nuestro planeta y que dejaría lo de la extinción de los dinosaurios en un juego de niños.

Y puestos a seguir animándonos, cabe decir que es un grave error tener en mente solo la última gran extinción de los dinosaurios de hace 65 millones de años. Veamos.

En total, conocemos cinco grandes extinciones masivas, desde la del Ordovícico-Silúrico, hace unos 439 millones de años, a la más reciente de todas, la del Cretácico-Terciario (la de los dinosaurios). Entre estos dos extremos encontramos la gran extinción del Devónico-Carbonífero, hace 359 millones de años, la del Pérmico Triásico, hace 251 millones de años y la del Triásico-Jurásico, hace 210 millones de años. Por cierto, se calcula que en cada una de estas ocasiones, entre el 75 y el 95 por ciento de todas las especies que vivían en el momento de la extinción desaparecieron para siempre. Datos como esos deberían hacernos sentir muy bien por lo afortunados que hemos sido como especie. Al menos hasta ahora.

Regresemos al cielo y a sus regalos cósmicos. La aparición de un cuerpo celeste que impacte de forma devastadora es un clásico temido (y hasta profetizado con el clásico fuego del cielo) que podría volver a ocurrir. Al fin y al cabo el cielo cae diariamente sobre nuestras cabezas, otra cosa es que lo haga en partículas que son inofensivas.

Por suerte, para temas como estos contamos con la paz interior que de cuando en cuando nos ofrece la NASA que tiene catalogados –pero no controlados– a muchos de los cuerpos celestes que se acercan a nuestro planeta. De hecho en el momento de redactar estas líneas se ha producido la visita cercana del asteroide 2020D que ha transitado a 5,5 millones de kilómetros ¿lejos? Sí claro, pero la NASA lo ha catalogado como PHA es decir como potencialmente peligroso. ¿Cuál es el motivo de citar a ese meteorito inofensivo? Sencillamente que se había descubierto pocas semanas antes de poder determinar su paso cerca nuestro. Es decir, se trata de recordar que, pese a los programas de defensa planetaria, nuestro control sobre la existencia de los objetos celestes que pueden impactar es más bien pobre. Pero no nos quedemos en el cielo porque tal vez la realidad sea que en realidad, el apocalipsis, somos nosotros.

La vida contempla la evolución y la extinción. La extinción es lo natural, para dejar paso a otras especies y formas de vida. Ahora bien, el ser humano siempre ha temido que se le acabe el mundo su mundo y nuestro comportamiento, real y no solo espiritual, nos conduce a ser, más que el apocalipsis, los favorecedores de él, gracias a las guerras, a la investigación armamentística, a las destrucciones de los ecosistemas, la sobreexplotación y a la facilidad que tenemos en contribuir a la extinción de las especies, por citar solo algunos ejemplos.

Los profetas siempre han hablado de una gran peste apocalíptica. Estamos preocupados por la Covid-19, pero no pasemos por alto que hace años que los científicos nos recuerdan que tarde o temprano el virus de la gripe aviar mutará, pasará al ser humano y padeceremos una pandemia a escala mundial. Eso por no hablar de los virus que siguen durmiendo bajo los hielos y que con el cambio climático, el mismo cambio que estamos generando nosotros, pueden despertar. Quedémonos con un nombre: permafrost. Y no, no es un producto tecnológico, es la capa de terreno que está permanentemente congelada en algunas regiones del planeta. Tiene una edad geológica de unos 15.000 años y en su interior los científicos han encontrado virus de la viruela, de la gripe española, de ántrax… ¿Qué virus que todavía no sabemos cómo actúan duermen aguardando mejores tiempos?

Animémonos, si todo lo anterior nos pone en situación de alarma, tranquilos que todo puede ir a peor. Al final el objetivo no es saber cuándo, el cuándo es ahora y desde hace tiempo. El objetivo es saber qué y cómo estamos viviendo y viviremos nuestros paulatinos y sucesivos fines de los tiempos.

Así que, ánimo y bienvenidos.

No hay que ser alarmistas. Tampoco es necesario que nos pasemos el día pensando en el momento en que llegará el fin. Pero, como suele decirse en matemáticas, los números cantan: estamos amenazados. La posibilidad real de que nuestro mundo, o como mínimo la concepción que tenemos de él, cambie de forma radical, es un hecho prácticamente incuestionable. Los profetas, los conspiranoicos, los medios y hasta los científicos lo dicen. Y ahí es cuando la cosa se complica. No se trata de una visión, de una intuición o creencia, se trata de ciencia.

Sin caer en alarmismos de profetas o visionarios, que también los hay, ni en teorías catastrofistas o milenaristas (que pasado el milenio siguen apareciendo año tras año), tenemos motivos más que suficientes para estar «flemáticamente» preocupados. Los científicos han hablado, y, a diferencia de místicos o augures, la suya no es una revelación de origen divino, mágico o iniciático, sino fruto del estudio y análisis concienzudo de que algo está pasando.

Tenemos sobre nuestras cabezas, y también bajo los pies, según sea el caso, motivos reales y bastante plausibles para padecer una hecatombe que arrase nuestra cultura, especie y hasta planeta. La realidad es que un cambio climático, una epidemia global –¿les suena?– o el impacto de un meteorito podrían acabar con nuestro sistema de civilización, y eso es ya en sí el fin de nuestro mundo conocido.

LAS AMENAZAS QUE VIENEN

Debemos prepararnos. Cuando los agoreros anuncian la oscuridad total, el fin de los días, la peste generalizada o la hecatombe para el ser humano, no siempre hablan de una zona concreta del planeta, sino que muchas veces parecen referirse a él de forma generalizada. La ciencia, también piensa en global.

Un grupo de científicos convocado por el prestigioso diario inglés The Guardian efectuó análisis reales sobre la posibilidad del fin de nuestro mundo. Sus predicciones no son nada halagüeñas. Van desde las posibles catástrofes naturales producidas en nuestro mundo, hasta aquellas otras que tienen un origen exterior (como podría ser el impacto de un meteorito), y abundan también en la posibilidad del fin de nuestro mundo a causa de la acción humana. Lo peor de todo es que si miramos en conjunto, vemos que el apocalipsis ya está en marcha.

EL BAÑO CÓSMICO DE LA MUERTE

Siempre hemos tomado como referencia al Sol. Para los profetas, que se apagase o que nos inundase de rayos de fuego abrasadores eran las posibilidades más plausibles. No es que el Sol se apague, que lo hará dentro de mucho, mucho tiempo, en caso que no explote antes por un impacto no previsto. El tema para la ciencia no está a corto plazo en el Sol, o al menos no en el nuestro.

Hay otro peligro más frecuente y hasta peor: de cuando en cuando una estrella gigante de nuestra galaxia se convierte en una supernova. Dicho así suena bonito, desde luego el espectáculo visual astronómico sería excepcional. Lo malo es que la transformación implica la explosión total y absoluta de una estrella gigante. La última explosión detectada corresponde a la SN 1979 C. Es la de una estrella que explotó en 1979, se descubrió en el 2001 y en la actualidad sigue emanando su brillo. ¿Y si pasa de nuevo? ¿Y si estamos en el lugar equivocado en el momento justo de ese baño cósmico de muerte?

Una antigua predicción de los iroqueses afirma que «un día explotará una estrella y su luz llegará hasta nuestro horizonte cegando nuestros ojos». ¿Un simple mito? Difícilmente los chamanes iroqueses podían tener conocimiento de la existencia de supernovas, pero la ciencia sí.

Un nuevo estudio de un equipo internacional de científicos encabezados por Brian Fields, de la Universidad de Illinois, ha indicado este 2020 que ha encontrado las evidencias que sugieren que la gran extinción que se produjo en la Tierra en el

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