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Hacienda Patria, la novia de K'osñipata

Hacienda Patria, la novia de K'osñipata

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Hacienda Patria, la novia de K'osñipata

valoraciones:
4/5 (1 clasificación)
Longitud:
76 páginas
1 hora
Publicado:
16 oct 2020
ISBN:
9786124397097
Formato:
Libro

Descripción

Hacienda Patria, la novia de K'osñipata, de Rubén Iwaki Ordóñez, nos cuenta la vida de Antonio Yoshimori Iwaki. En Kagoshima, Japón, Iwaki responde a un peculiar llamado que lo lleva a un lejano y desconocido país: el Perú. Acompáñelo desde su inicial arribo al puerto de Mollendo hasta su llegada a la selva del oriente del país: K'osñipata, Paucartambo, Cusco; un lugar a la altura de sus sueños. Ahí, funda la próspera hacienda Patria, desde donde afrontará el día a día con entereza, generosidad y sabiduría.

Publicado:
16 oct 2020
ISBN:
9786124397097
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Libro

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Hacienda Patria, la novia de K'osñipata - Rubén Iwaki Ordóñez

El embarque y la travesía

Yoshimori Iwaki, de Kagoshima, prefectura muy al sur del país del sol naciente, nació un 29 de noviembre de 1889 en una familia de agricultores. Segundo de tres hermanos, era muy entregado a la lectura y la investigación empírica de los fenómenos de la naturaleza, costumbre que lo acompañaría el resto de su vida, ya que hasta en su nueva patria, la hacienda Patria, en K'osñipata, Paucartambo, Perú, seguiría «devorando» de forro a tapa cuanto libro y revista de edición japonesa le llegaba por vía consular.

Acabada la primaria, Yoshimori tuvo que dejar los estudios para dedicarse a la agricultura, al igual que sus padres, abuelos y bisabuelos. Las necesidades del pueblo japonés para cubrir los requerimientos de la familia eran apremiantes, y por eso muy pocos continuaban sus estudios secundarios y menos aún los universitarios. Él y su familia cultivaban arroz, el «pan nuestro» de las culturas orientales, un cereal semisagrado que, aparte de constituir su primer sustento alimenticio, consideran digno de honra y cuyo desperdicio evitan escrupulosamente.

Corrían los años de la segunda década del siglo xx, cuando llegó hasta su aldea la noticia de que el gobierno de su señor emperador había establecido un convenio con su par de un lugar muy lejano llamado Perú, en las costas del sur del continente americano; un país de incalculables riquezas que no tenía la población suficiente como para explotarlas; y que las inscripciones estaban abiertas para todo aquel ciudadano japonés, varón o mujer, o incluso la familia entera, que quisiera aventurarse en procura de la conquista de su porvenir. El gobierno ofrecía transportarlos en buques de vapor sin costo alguno hasta dejarlos en su destino, y el Estado peruano los acogería con los brazos abiertos.

Es muy fácil comprender que, para la juventud y el pueblo en general, en aquellos tiempos en que las comunicaciones eran incipientes todavía, la existencia de un país llamado Perú no formara parte del conocimiento popular, salvo del de aquellos habitantes de las grandes urbes, como Tokio, Osaka o Nagoya, dedicados al estudio de alguna materia vinculada con las culturas antiguas. Pero tales personas, en aquellos tiempos, debieron de haber escaseado.

Es por ello que solamente los más intrépidos y decididos se inscribieron en la nómina oficial. De la pequeña aldea de Antonio Yoshimori, solo se animaron su amigo Hatanaka y él. Llegado el día de las despedidas, Yoshimori abrazó a su madre viuda, un gesto que poquísimas veces había manifestado, debido principalmente a su temperamento y a su carácter muy reservado; a su hermano mayor, ya con familia; y a la tercera hermana, aún adolescente. En esas circunstancias, la palabra «sayonara» cobra melodía, y se transforma en la música de la poesía de una sola palabra.

El día señalado, se hicieron presentes en el puerto más próximo junto a más de trescientos comprometidos, desde entonces, en el inicio de un sueño nuevo y grandioso. El barco de vapor abrió sus puertas, dejó pasar al contingente de personas con un saco de ilusiones sobre el hombro, hizo sonar su silbato y se sumó a la cadena de embarcaciones que, desde algún tiempo atrás, conducía migrantes japoneses hacia el Perú.

Las embarcaciones no eran entonces tan grandes como las actuales, y los pasajeros excedían la capacidad estimada. Por eso, tenían que acomodarse en pasadizos y hasta en la bodega. Durante el día, la cubierta rebosaba de gente. En cuanto amanecía, todos querían salir a respirar aire no contaminado. Adentro, todos dormían apiñados, si es que podían hacerlo. El capitán los organizó en cuatro grupos que rotaban por turnos para hacer uso de la cubierta de la nave, ya fuera para respirar aire puro o pasarse la hora vomitando. Casi todos sufrían de mareos intensos, pues la experiencia de viajar en altamar les era totalmente nueva. Nunca antes en sus vidas habían subido a un barco y de pronto se hallaban surcando los mares y los océanos, durante seis largas e interminables semanas.

El barco les aseguraba el agua y una muy rigurosa ración de alimento, por cuenta de su gobierno. Pero de forma extra cada uno llevaba algo de alimento no perecible. Yoshimori tenía unas papas que había recogido del huerto poco antes de salir de casa, pero como las había llevado crudas no las pudo comer, y todas llegaron intactas y sanas. En buena hora el destino o algún designio de la naturaleza operó en tal circunstancia, haciendo que las papas se convirtieran en semillas, que luego fructificaron con el nombre de «unkucha». Ahora se encuentra esta variedad de papa en todos los mercados de las regiones de Cusco y Madre de Dios.

Había, pues, que ser muy austeros en el momento de alimentarse, para que las reservas les duraran hasta que pudieran llegar y empezar a trabajar inmediatamente para conseguir sustento. En ocasiones, ocurrían conatos de pelea por el espacio que debían ocupar y sobre todo por la alteración del sistema nervioso, que se veía afectado por la enorme presión de las circunstancias del

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