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Alquimia Genética: Abriendo Las Puertas Del Universo Interior

Alquimia Genética: Abriendo Las Puertas Del Universo Interior

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Alquimia Genética: Abriendo Las Puertas Del Universo Interior

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3/5 (2 valoraciones)
Longitud:
670 página
9 horas
Publicado:
Sep 1, 2020
ISBN:
9788417230241
Formato:
Libro

Descripción

 ¿Y si fuera posible comunicar con las células como si fueran habitantes de un gran pueblo? ¿Y si pudiéramos interactuar con el mundo celular para sanarlo, regenerarlo, transformar su realidad, y de paso la nuestra?

La Alquimia Genética constituye un vehículo para penetrar en las minas del inconsciente, del mundo celular, con el fin de extraer todos sus contenidos e interactuar con él, y desde allí, acceder a los estratos más altos de la esfera psíquica: los del superconsciente, los del alma, el observador que contempla desde la atalaya de su inmanencia todos nuestros montajes escénicos.

Soleika Llop lleva toda su vida investigando y practicando Astrología, Cábala, Psicología Transpersonal, Simbología, Terapia de Vidas Pasadas y Psicoanálisis, disciplinas en las que se basa la Alquimia Genética, con la que está obteniendo sorprendentes resultados.
Publicado:
Sep 1, 2020
ISBN:
9788417230241
Formato:
Libro

Sobre el autor


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Alquimia Genética - Soleika Llop

Llop

Esta no es la realidad real, la realidad real está detrás del telón, en verdad no estamos aquí, esta es nuestra sombra.

—Rumi

¡¡¡Genial!!! Tal vez sea la palabra que mejor define este libro. ¿Que me falta modestia? Seguramente, pero ahora mismo viene a la memoria una frase cuyo autor no recuerdo: "No me gustan los modestos porque la mayoría de veces tienen razones para serlo. Una vocecita pepitogrillera me dijo hace poco: Ha llegado el momento de empoderarte, nena, y de ser consciente de lo que vales". Pues eso. Lo segundo que te puedo decir sobre este libro es que es único, y lo tercero es que va a revolucionar tu vida. En él quizás descubras lo que necesitas oír –que no siempre coincide con lo que deseas oír– para llevar a cabo en tu mundo celular y en tu psique una profunda y radical transformación. Eso es lo que han logrado las personas que se han subido al carro de la nueva técnica de sanación que propongo en estas páginas.

Después de casi una década experimentando con ello y obteniendo sorprendentes resultados, he decidido hacerla llegar a un público mucho más amplio, con el que compartiré un buen ramillete de experiencias, de retazos de vida que a nadie dejará indiferente. Dichas experiencias tienen un punto en común: son hermosas, transmutadoras, algunas muy divertidas, de ellas se desprende la idea de que para sanar una psique no hace falta revivir antiguos traumas ni escenas truculentas. Ya no es necesario sufrir para crecer, eso pertenece a la antigua energía.

¿Y si fuera posible comunicar con las células como si fueran habitantes de un gran pueblo? Unos personajes que ríen, lloran, juegan, protestan, cantan, bailan, se esconden, se enfadan, aplauden, discuten, sueñan, enferman o se sanan, como cualquier persona en la vida real. ¿Y si pudiéramos mejorar sus condiciones de vida, velar por la realización de sus anhelos, transformar su realidad, y de paso la nuestra?

Propongo una forma nueva, original, creativa y divertida de penetrar en las minas del inconsciente con el fin de extraer todos sus contenidos y desde allí, dar un holosalto¹ hacia los estratos más altos de la esfera psíquica: los del superconsciente, para poder acceder a todos sus tesoros.

Con la idea de facilitar este viaje, he concebido un vehículo, una nave capaz de desplazarse entre diferentes dimensiones de uno mismo y de realizar exploraciones cuánticas: la Alquimia Genética, la cual aúna varias disciplinas: la Astrocábala, la Psicología Transpersonal, la Simbología, la TVP² y el Psicoanálisis Junguiano. Aunque, para practicar la Alquimia Genética, no es imprescindible dominar todas esas materias, porque las principales herramientas son la intuición y la imaginación, acompañadas de una apertura de mente y un afán aventurero y explorador. Leer el presente libro equivale a penetrar en esa nave, es una forma alternativa, mágica, pero efectiva de entrar en el proceso alquímico, así que prepárate para las emociones fuertes.

La Alquimia Genética es un lenguaje nuevo para comunicar con el cuerpo, para introducirse en el mundo celular e interactuar con él, con la intención de sanarlo, de optimizar su rendimiento, de rejuvenecerlo, regenerarlo si es preciso y transmutarlo. Pero es a la vez un lenguaje para comunicar con el alma y con el Yo cuántico o Yo profundo, con ese observador que contempla, impertérrito, desde la atalaya de su inmanencia, todos nuestros montajes escénicos, todos nuestros movimientos. Estamos hablando de la posibilidad de redescubrir el lenguaje perdido que permite comprender los símbolos, interpretar los sueños, las anécdotas y las sincronicidades de la vida cotidiana. La Biblia y todos los libros sagrados están escritos en este idioma oculto, en el que cada palabra esconde un significado que la trasciende. Es una lengua sin reglas, salpicada de imágenes vivas que no siempre quieren decir lo mismo, sino que se entienden desde el contexto humano de la persona. Una montaña, por ejemplo, puede indicar una elevación de la conciencia, pero también podría verse como un obstáculo, según el contexto

La Alquimia Genética es como un sueño lúcido en el que la persona es totalmente consciente de lo que percibe. Un sueño entendido como un estado de pasividad y entrega a la parte más elevada del ser con la idea de que esta puede imprimir en el psiconauta los signos que le ayudarán a entender por dónde ha de discurrir su camino y cómo responder a los dilemas que le plantea la vida

A través de la Alquimia Genética uno puede comprobar que el mundo exterior es una perfecta réplica del universo interior, que no hay diferencias entre ambos, como no sea el grado de tangibilidad del primero y el nivel de sutilidad del segundo. Son distintos niveles de una misma y única realidad. De la misma manera que el agua puede manifestarse en su forma cristalizada, como hielo, o en su forma sutilizada, como vapor. El universo interior es la plantilla del mundo exterior, en el primero mora el arquitecto que elabora los planos, en el segundo actúan el constructor, el ingeniero y el paleta.

Todos los inventos de los que gozamos en la tercera dimensión o 3D, el mundo físico, han sido creados con base en un diseño sacado de los planos sutiles, lo que el físico David Bohm llamaría el orden implicado. Existe pues una tecnología de la conciencia prefiguradora de su homónimo en 3D. Por ejemplo, el teléfono es la réplica de la telepatía, Internet lo es del Innernet, una vasta red de conciencia que une a todos los seres humanos. Los cohetes interestelares son la réplica de los agujeros de gusano sutiles que podemos crear para pasar de una dimensión a otra. No se trata tanto de crear esta tecnología de la conciencia como de acceder al plano de realidad de la cual emana. Esa es una de las aplicaciones de la Alquimia Genética.

¿Y si pudiéramos disponer de un escáner interior que nos ahorrara ser sometidos a una radiación exterior perjudicial para poder observar el funcionamiento de nuestros órganos? ¿Y si existiese, en los planos sutiles, la posibilidad de recibir una radioterapia para pulverizar un tumor sin que nuestro cuerpo corriera el peligro de achicharrarse? ¿Y si fuera posible manejar un programa de photoshop capaz de modificar la propia imagen y de moldear el cuerpo a la carta? ¿Suena a ciencia ficción? Desde luego, lo mismo que si en la Edad Media a algún visionario se le hubiera ocurrido hablar de cohetes interestelares. Todo ello es posible, y ha sido comprobado, a través de la Alquimia Genética. Pese a todos los conocimientos que hemos acumulado, pese al grado de extrema sofisticación tecnológica que hemos alcanzado, lo que sabemos del ser humano y de sus auténticas capacidades no es más que un tímido boceto del diseño completo. Apenas si estamos empezando a vislumbrar –en petit comité, es decir, en foros aún bastante minoritarios– la posibilidad de convertirnos en dioses creadores capaces de diseñar su realidad.

¿Qué es la Alquimia? La Alquimia es ante todo un cambio, es modificar el estado de las cosas, es un proceso a través del cual puede lograrse la permutación de la forma –aquí se trataría de formas mentales– mediante la acción de la luz. Practicar la Alquimia es pasar de un estado de conciencia a otro más elevado, aporta las claves para saber transformar los viles metales –nuestras sombras: rabias, rencores, odios, emociones conflictivas, complejos, etc.– en oro puro.

En este sentido, el oro representaría la sabiduría que adquirimos cuando somos capaces de transmutar dichas sombras. El oro está zodiacalmente regido por el Sol, que en Cábala, representa la conciencia y la voluntad; cuando actuamos desde la conciencia, nos volvemos seres áuricos. Jung dijo que el verdadero objetivo de los alquimistas no era transmutar la materia, sino liberar al alma de la materia. Es decir, liberarla de los apegos materiales. Desapegarse es dejar de creer que las cosas me ocurren a mí, como entidad separada, es desidentificarme y enfocar mi conciencia hacia la relación que establezco con otras personas o con el mundo en general.

La transmutación pasa por la decodificación/descodificación y modificación del ADN sutil, esto es precisamente lo que se hace a través de la Alquimia Genética. Se trata de mutar desde un estado de enfrentamiento a un estado de comprensión y de que el ego adquiera una mayor consciencia y para ello, no se trata tanto de evolucionar como de realizar un salto cuántico a una vibración más elevada. La transmutación solo se puede llevar a cabo en el plano tridimensional, no es posible hacerla en los planos adimensionales, porque en ellos no existe la dualidad. Por eso, transmutar es modificar el ADN, es transformarse en un ser de mayor vibración, es una metamorfosis.

Einstein dijo en una ocasión que para resolver un problema es preciso situarse en un nivel inmediato superior al mismo. En lugar de enfrentarlo directamente, uno ha de acudir a una visión expandida. Para que la Alquimia se produzca, son necesarios tres elementos:

Una materia susceptible de ser transformada: los patrones psicológicos conflictivos, los apegos, el sarro emocional.

El crisol, en este caso, la propia persona.

La fuerza impulsora capaz de provocar la reacción, esto es, principalmente, la capacidad de amar sin condiciones, sin límites.

En la Terapia de Alquimia Genética, estos tres elementos se conjugan para ayudar a la persona a dar un salto de conciencia que permite acceder a una nueva dimensión del ser, a un nuevo horizonte risueño, lleno de luz y color en el que uno reencuentra su propia esencia, vuelve al lugar que le corresponde, y por lo tanto, descansa, como decía San Agustín.

En síntesis, podríamos decir que la Alquimia Genética es una metodología de probada eficacia cuyo fin último es propiciar la ascensión y la reunificación de la psique, de manera que todos los pueblos que moran en ella acaten la voluntad del Padre, del Yo divino, abriendo paso hacia la Nueva Jerusalén celestial, un estado de conciencia paradisíaco desde el cual uno puede edificar la mítica torre que une el cielo con la tierra, mencionada en el Apocalipsis de Juan. Permite además conectar con el multiverso personal³ y teletransportarse al futuro o al pasado y crear, desde ese punto (el pasado), un nuevo holograma, una nueva realidad susceptible de modificar positivamente el presente, como lo hacía el protagonista de la película Regreso al Futuro. Otra de las virtudes de la Alquimia Genética es que favorece el desarrollo de la inteligencia intrapersonal –llevarse bien con uno mismo– e interpersonal –llevarse bien con los demás– y permite estructurar y cartografiar el genoma sutil humano, compuesto por 144 estancias, debidamente repertoriadas en el presente libro. Teniendo todo ello relación con la famosa cifra de las 144.000 personas que se salvan, mencionadas en la Biblia.

Cuando un autor inicia un proceso creativo, como por ejemplo el de escribir un libro, a menudo empieza estableciendo un diálogo con una vocecilla que se manifiesta a su conciencia. A veces esta le dicta lo que tiene que escribir, o va dirigiendo los pasos del escritor de manera que encuentre el material necesario para su obra. J.K. Rowling, la genial creadora de Harry Potter, contó que al escribir su primer libro ya tenía en la mente que iban a ser siete volúmenes, y así ha sido. De alguna manera, esta camada yacía en su interior desde el principio. Lo único que tuvo que hacer fue ponerse en contacto con esa vocecilla y dejar que el material fluyera hacia su pluma.

Al escribir el presente libro, he tenido la ocasión de conectar con esa voz interior, que me ha ayudado a encarrilarme para realizar este trabajo. En el Capítulo 2 he reproducido el diálogo que he mantenido con esta porción de mi ser, un especie de coach⁴ cósmico, que comulga con la mayoría de mis tendencias. En efecto, es bromista, divertido, y me coloca a veces delante de mi realidad de forma jocosa. Tuvo que ingeniárselas para crear una estrategia antidispersión, ya que este ha sido mi principal problema al redactar el libro.

Alquimia Genética, ADN sutil, constelación celular, conexión con el pueblo celular, acceso a la quinta dimensión, Nueva Jerusalén, ascensión, Archivos Kuman, fractales psicológicos, creación de un avatar de sanación, conciencia celular, Sun Gazing interior, teletransportación cuántica, Radiofrecuencia, fractalidad ascendente y descendente, Biocomunicación, sanación cuántica, holosalto, Ángeles, Maestros Perfiladores, transmutación, tecnología de la conciencia, magia crística, Astrocábala, campos morfogenéticos de conciencia, Archivos Akáshicos, bifocalización de la conciencia, arqueología interior, iniciación, agujeros negros, cirugía psíquica, nueva estética celular: mesoterapia etérica, viajes interdimensionales, genética de onda, construcción de la Innernet, una red interior de comunicaciones para poder chatear con el Yo cuántico o con el propio multiverso, nueva ADSL: Alianza Divina Simétrica Liberada… Pasen y vean, todo esto y mucho más.

No te asustes con esta lista de términos raros, la expongo para que te vayas familiarizando con ellos porque van a marcar tendencia, es de lo que se va a hablar en este tercer milenio. Los explicaré uno por uno para que sepas exactamente lo que significan y los puedas utilizar en tu día a día. Estos contenidos son como celulitas que forman un gran cuerpo, el de este libro. Son como personajes de una obra teatral y han tenido que realizar ingentes esfuerzos para aprender a convivir juntos en un mismo espacio. Porque lo cierto es que cada uno reclamaba sus cinco minutos de gloria, sus mimos y atenciones. Ha sido todo un reto lograr que se manifestaran de forma ordenada, respetando el turno de palabra, porque cada uno es consciente de su importancia y reivindica su parcela. Por fin ha llegado el momento de la puesta de largo, de vestirlos de gala para levantar el telón y presentarlos en sociedad.

Este libro se dirige a todos los públicos, a toda persona interesada en su crecimiento personal y especialmente a terapeutas de toda índole.

En unos momentos en que la sociedad está demandando profundos cambios, se pueden ofrecer dos tipos de respuestas, que corresponden a dos tipos de modelos: el vertical y el horizontal. El primero viene desde lo alto, o mejor dicho, desde el núcleo del ser, el segundo llega a través de las circunstancias exteriores, de las sacudidas sociales o telúricas. Abogo por el primero, ante todo por comodidad, no me gusta despeinarme… como no sea por puro placer.

Esta obra tiene otra particularidad: que dos de sus Capítulos: el 7, el que incluye los ejercicios y el 11, que contiene una descripción de las 144 estancias, no están en el libro, sino para descargar desde la página web www.istharlunasol.com.

Y ello por dos razones: primero, para aligerarlo. Y en segundo lugar, porque que van surgiendo constantemente nuevos ejercicios, a través de las TAG o de las meditaciones y trabajos personales que realizo. Las ilustraciones son obra del diseñador e ingeniero de sistemas Gabriel Viero.

El hecho de publicarlos en una Web me permite ir añadiendo nuevos contenidos, de manera que el lector pueda tener acceso a ellos a medida que van apareciendo, no teniendo que esperar para ello una próxima publicación. Por otro lado, este nuevo proceder –combinar ambos medios de difusión– le da un carácter mucho más vivo al libro, hace que respire, es como si tuviera pulso.

Recuerda: habrá en tu vida un antes y un después de haber leído este libro, si te subes a la nave de la Alquimia Genética, lograrás reunir esas partes de ti que antes estaban dispersas, conocerte mucho mejor, auto sanarte y optimizar tu potencial, dándole salida de forma más eficaz.

N. del editor: para las palabras o términos marcados con (*), encontrará una explicación en el Glosario incluido al final del libro.

La mejor reforma que podemos introducir en la sociedad en que nos movemos es nuestra propia reforma.

—Cómo Descubrir al Maestro Interior. Kabaleb

La olla de la poción mágica

Me gustaría empezar por contar cómo fueron mis inicios, cuáles han sido los pasos que he seguido para alcanzar el punto G… Me refiero a G de genética, o…tal vez G de gloria… , o quizás G de grandioso, o G de gozo, G de grato, y lo dejo ahí porque voy a parecer un niño que ha encontrado un pito... Bueno, lo cierto es que a través de la estimulación de este punto G, uno puede alcanzar un orgasmo cósmico.

Mi aventura terapéutica empezó a gestarse en la olla en la que caí de pequeña, como Obelix. Los ingredientes de la poción mágica fueron la Cábala, la Astrología, la Mitología griega, la Biblia, la simbología, entre otras cuestiones. Mis hermanos y yo desayunábamos, comíamos, merendábamos y cenábamos envueltos en estos perjúmenes.

Para entrar en materia, me viene a la memoria una escena de mi tierna adolescencia, que ahora me parece hilarante pero que en aquel entonces no lo era tanto: mi hermana Milena y yo estábamos pelando patatas, quitando como podíamos las protuberancias de los tubérculos cuando, de repente, irrumpió nuestro padre en la cocina y nos dijo con voz estentórea y el semblante muy contrariado:

¡Así nooooo! ¡Así noooooo! ¿Pero cómo puede ser que transforméis una cosa redonda, una forma perfecta, en algo cuadrado e imperfecto? ¡Así nooooo! ¡Las formas redondas son las que han sido pulidas por la naturaleza, lo cuadrado es algo que tiene aristas, que es imperfecto!

Nos quedamos un poco traumatizadas y durante una temporada nos resistimos mucho a pelar patatas (era una buena justificación, je je). Mi padre tenía métodos pedagógicos muy sui géneris, aprovechaba los detalles más anodinos de la vida cotidiana para instruirnos. Ahora, con la perspectiva del tiempo, puedo entenderlo y reírme con ello, pero vivirlo no fue nada fácil.

Si me lo propongo, puedo hacer que llueva o que salga el Sol.

Aquella bravuconada marcaría profundamente mi mundo infantil. Al pronunciarla, mi padre no midió conscientemente su alcance, o tal vez sí... Bueno, en realidad da lo mismo, es difícil saberlo, a menos que intente perseguirlo por el astral para preguntárselo.

Si quiero, puedo desaparecer ahora mismo.

Esa era otra de las sentencias lapidarias de aquel ser enigmático que me inspiraba una mezcla de temor y respeto. Se me ocurrió la brillante idea de chivarme a mis abuelos maternos. Ellos eran franceses, mi padre, un existencialista hispano que cogió las de Villadiego en cuanto los mandos militares de su regimiento, en el servicio militar, le pidieron que se encargara de redactar para el cuartel una revista pro Franco. Cantar las alabanzas del dictador no entraba en sus planes, así que emprendió la huida y desde su Gerona natal cruzó a pie los Pirineos sin más bagaje que su diploma de la Escuela de Periodismo y un par de bocadillos de fuet.

Al alcanzar el territorio fronterizo, buscó una estación de tren, su meta era París y mientras elucubraba sobre la posibilidad de colarse en el próximo convoy –ya que su pecunio tenía la misma consistencia que su fervor patriótico– se le acercó una pareja de la Guardia Civil. Y sucedió algo que mi padre siempre había calificado como un milagro cuando nos lo contaba, a mis hermanos y a mí, con los ojos empañados: antes de que los cancerberos tuvieran ocasión de pedirle que se identificara –ya que un individuo medio descamisado, sin afeitar y sin maletas, llamaba un poco la atención– se le acercó un hombre al que nunca había visto antes. De edad indefinida, porte elegante y mirada bondadosa, le dio una palmada en el hombro, como si fueran amigos de toda la vida. Los guardias le preguntaron: "¿Conoce Ud. a este hombre?, refiriéndose a mi padre, y el señor elegante contestó: Pues claro, trabaja para mí, es mi capataz". Aquellas palabras bastaron para que la pareja uniformada se alejara de la estación y prosiguiera por otros derroteros sus controles rutinarios.

Los altavoces anunciaron la próxima llegada del tren y antes de que mi padre tuviera tiempo de agradecerle su noble gesto, el hombre de la mirada bondadosa le deslizó unos billetes en el bolsillo y le dijo: "Toma, aquí tienes para costearte el viaje, ve a París, en busca de tu destino". Mi padre, embargado por una intensa emoción e incapaz de pronunciar una sola palabra, se levantó como un resorte de su asiento y se dirigió a toda prisa hacia la taquilla para hacerse con el billete antes de que se le escapara el tren. Aquel misterioso benefactor desapareció tan raudo como había llegado. Mi padre no lo volvió a ver nunca más. Si los ángeles existen –pensó– ese debe ser uno de ellos.

Llegó a París con una mano delante y otra detrás pero, dado que sus recursos imaginativos e intelectuales no eran tan escasos como los económicos, tardó muy poco tiempo en conectar con los círculos existencialistas de españoles en el exilio, con artistas, escritores, gente creativa en general.

Iba trampeando como podía para hallar dónde comer y dónde dormir, hasta que fue a parar a Sèvres, una comunidad de meditación creada por un tal Frère Mikael, que más tarde fue conocido como Omraam Mikael Aivanhov. En su finca de Sèvres, Omraam impartía clases de filosofía, de Astrología, de meditación. En aquella comunidad, en la que al principio prestaba sus servicios como lavaplatos, mi padre se inició en el camino espiritual, o mejor dicho, empezó a recordar su profundo bagaje, y conoció a mi madre, que a la sazón era una seguidora de Frère Mikael. El Maestro Omraam era un hombre carismático y sabio. Recuerdo que, con unos cuatro o cinco años, mis padres me pusieron a hacer la siesta en una de las estancias de su casa y me desperté con un ataque de llantos, entonces el Maestro me sentó sobre sus rodillas para calmarme, me pareció muy dulce y tierno. Mis padres hicieron grandes descubrimientos filosóficos a su lado, allí empezaron (al menos en esta vida) a interesarse por la Astrología.

Mi progenitor alternaba Sèvres con la Biblioteca Sainte Geneviève de París, la cual era, en su opinión, la más completa en lo que a temas esotéricos se refería. Y acudió a ese lugar con mucha asiduidad, hasta agotar toda la temática astrológica, filosófica, mística. Todo lo que olía a metafísica en aquel templo de la cultura pasó por sus manos.

Yo, de todo aquello, me enteré cuando entré en la adolescencia, momento en que mi padre empezó a contarme parte de su historia. Hasta entonces, lo tenía por un bicho bastante raro, capaz de hacer salir el Sol, o la lluvia, o de esfumarse al estilo Houdini. La reacción de mis abuelos al enterarse de sus supuestas habilidades fue la que cabía esperar: estaban convencidos de que su yerno tenía alguna neurona atrofiada. Con los años, yo iría descubriendo poco a poco la profundidad y la originalidad de su pensamiento y el alcance del mensaje, que estaba llamado a dejar tras de sí antes de regresar a su amada patria celestial, un lugar del que prometió no volver.

Ha dejado una docena de libros publicados y muchos más por publicar, tocando temas que versan sobre el funcionamiento del alma humana y de la maquinaria cósmica, sobre interpretación de Evangelios, del Apocalipsis, del Génesis, sobre sueños, Numerología, Astrología empresarial. Hasta escribió una novela –La Maleta– y obras de teatro. Ahora, desde la distancia, entiendo lo que quería decir con lo de hacer salir el Sol, se refería al Sol de la conciencia, ese sería además el eje principal de toda su obra.

En los años de mi edad preadulta, renegué de las elucubradas paternas y maternas y me dio por estudiar Ciencias Políticas, en París. Soñaba, desde pequeña, con ser diplomática. La diplomacia sirve para armonizar posiciones enfrentadas o relaciones entre países, gobiernos o diversos estamentos de la sociedad. Pero, en mi ignorancia juvenil, no caí en la cuenta de que aquel afán era metafórico, lo que yo estaba llamada a armonizar no eran las relaciones entre diversos países, sino entre el cielo y la tierra, entre los chakras superiores y los inferiores, entre la mente y el corazón.

Sigue siendo diplomacia, pero de otra índole y para practicarla, no es necesario estudiar política, al menos no la terrenal. Así que, cual hijo pródigo, volví al redil trascendentalista⁵ y dejé la política. Y entonces me dediqué a bucear en la fornida biblioteca de mis progenitores. De todas formas, tampoco me he alejado demasiado de aquella vocación de juventud, ya que la palabra política viene del griego polites, que significa ciudadano, por lo tanto, la política es el arte de la ciudadanía, es decir, de la convivencia y ahora mismo de lo que más me ocupo es de promover la armonía y la óptima convivencia entre los ciudadanos del pueblo celular de la gente, a través de la Alquimia Genética. ¡Cuántos errores podemos llegar a cometer por interpretar en un sentido literal lo que la vida nos está transmitiendo de forma metafórica!

Mi madre, igual que mi padre, era una gran entendida en Cábala y a veces la utilizaba como arma arrojadiza. Cuando discutían, en vez de platos, a veces se tiraban letras hebraicas a la cabeza:

No entiendes nada, "guapitó" –decía mi madre con impecable acento parisino– toda la cjeación empieza con el Aleph, que es el soplo pjimojdial.

La que no se entera eres tú, Madeleine, el Yod es el que marca los comienzos porque es la creación tangible dentro de un contingente y además es la primera letra del Tetragrammaton, el nombre divino

Probablemente, ambos tenían su parte de razón, dependiendo del punto de mira. Recuerdo que una ocasión en que mi padre dejó aflorar en demasía su vena machista, mi madre le espetó:

En la pjóxima encajnación, yo sejé el hombje y tú la mujej, Enjique, y entonces te entejajás de lo que vale un peine…

Que sepas, Madeleine, que no te daré ese gusto porque no pienso volver a encarnar contestó mi padre, muy seguro de sí mismo.

Mi madre era un ser difícil de describir, era una gran poetisa, dominaba con mucho arte el idioma de Molière, escribía textos muy profundos sobre Cábala, tan profundos que solo los entendía ella. Un día en que estaba muy inspirada me dijo:

La energía es una en su esencia y dos en su manifestación, es atemporal. Para existir, para tener consciencia de sí misma, ha de encarnarse.

Tardé más de veinte años en captar en verdadero sentido de sus palabras. Ella decía a menudo que los textos del Kybalión eran más que suficientes para entender toda la dinámica del universo y que uno puede emplear en ello toda una vida. Tres décadas después soy capaz de alcanzar la profundidad de sus diatribas filosóficas, pero mi trabajo me ha costado.

Mi madre era un ser muy peculiar, durante la mayor parte de su vida, siempre la vimos leer el mismo libro de Cábala, uno de Carlos Soares. Mis hermanos y yo habíamos calculado –con sorna– que debía leer una palabra por mes, a menos que leyera una y otra vez la misma frase hasta triturarla, atomizarla, fragmentarla y luego tragarla, pasarla por el cedazo de su lógica (una lógica muy poco terrenal) y regurgitarla. Y al día siguiente, vuelta a empezar, seguía leyendo la misma página. Desde la distancia y la madurez comprendo que ella poseía un mundo interior tan amplio que poca falta le hacían las informaciones y datos que venían del exterior, todo lo que necesitaba para entender el mundo lo buscaba en sus propios archivos. Y esta es una semilla que plantó en mis hermanos y en mí, y que ha dado muchos frutos. No me refiero a leer un solo libro durante toda nuestra vida, pero sí a buscar muchas respuestas en el interior.

Hacia los cuarenta y muchos, a mi madre se le despertó una vocación tardía de pintora, en este campo también destacaba mucho, porque pintaba estructuras futuristas, extraterrestres, pertenecientes a dimensiones lejanas, algo así como los círculos de las cosechas, pero en dibujo y con rotuladores o pinceles. Seguramente contenían importantes claves, pero nadie en la familia ni en el entorno era capaz de descifrarlas. Sus cuadros formaban parte de su ser, eran como retazos de su alma, por ello, se negaba a exponerlos o a venderlos, suponiendo que hubiera encontrado algún otro ente exobiológico dispuesto a comprarlos. El padre de mis hijos le decía con retintín: "Tú pintas aquí (designando una salita de la casa de mi madre) y expones allí (refiriéndose al salón), y ella le contestaba: Imbéciiiiiiiiile heureux, no entiendes nada de nada" y la conversación solía acabar en una sonora carcajada.

Mi madre tenía un sentido del humor muy sui géneris. Bueno, en realidad no había nada en lo que ella no fuera extremadamente peculiar. Recuerdo una ocasión en que necesitó un certificado de matrimonio para realizar un trámite, le pedí a un abogado amigo mío que me ayudara a conseguir el papelito en los juzgados de Madrid (donde mis padres se casaron). Aquel hombre hizo mil y una gestiones y no hubo manera de conseguir el dichoso papel porque ella no aparecía inscrita en ningún registro. Mi amigo desistió y me acabó diciendo: "¿Sabes lo que pienso? Que tu madre es una extraterrestre". Creo que no iba muy desencaminado.

En los trabajos de Alquimia Genética que realizo, de los que hablaré en los próximos capítulos, accedo a menudo a los archivos de la conciencia. Expondré a continuación una meditación que hice hace un par de meses y que me ayudó mucho, de rebote, a profundizar en mi relación con mi madre. Y digo de rebote porque el propósito de mi meditación era investigar y recabar información de los mencionados archivos sobre el tema de las células madre, para poder dar un paso más allá en la sanación.

Me introduje en la Capa 12 de mi ADN sutil –veremos más adelante lo que son esas Capas– y esto fue lo que percibí:

Fui transportada a una sala rodeada de inmensos cuarzos, me dio la impresión de estar en el interior de la Tierra. Delante de cada cuarzo, vi un maestro emitiendo un OM. Había en total veinticuatro maestros, me vi a mí misma formando parte de este Consejo, en otra dimensión de mi ser.

—Habladme por favor de las células madre.

Hacen lo mismo que una madre, generan nuevas células, ellas son las que dan las órdenes a toda su prole, ahí es donde se sitúan las órdenes para actuar. Es como si la célula madre fuera el general de un ejército y las demás células los soldados. Cuando quieres arreglar algo que no funciona en un cuerpo, hay que dirigirse al general, no a los subalternos. Lo que hacen mayormente todas las técnicas alternativas de sanación es curar las heridas de los soldados, ofrecerles una mejor calidad de vida, o una sesión de relax en un balneario de lujo, masajes, sesiones de estética, todo ello les reforzará momentáneamente, pero no van al origen.

Dadme un ejemplo para que os entienda mejor.

Imagina un ejército de romanos a quienes, en sus momentos libres, les hacen la manicura, la pedicura, les ponen rulitos y los perfuman. Pero en cuanto salgan de la sala de estética, tendrán que reanudar sus actividades bélicas porque su función es recibir órdenes de su superior jerárquico y cumplirlas. Si reciben la orden de invadir territorios ajenos (caso del cáncer) tendrán que cumplir con las órdenes. Las sesiones de cuidados pueden ser como un tiempo muerto que ofrece la posibilidad de pensar en nuevas estrategias pero si no reciben la orden de la célula madre (del general) de cambiar de estrategia o de rumbo, seguirán con su misma tarea.

¿Y lo que hace que el general dé nuevas órdenes es que la persona tome conciencia y cambie de estrategia en su vida?

—Eso mismo, si se comporta en su vida exterior como un soldado llano que actúa a las órdenes de un superior –que puede ser un médico, unos familiares o conocidos– que le aconsejan que tale todos los bosques como medida preventiva contra los incendios (es un suponer), entonces su mundo celular hará lo mismo y seguirá creando células tumorales (en el caso del cáncer). En cambio, si la persona toma el mando de su historia, concienciándose del momento en que empezó la célula madre a dar órdenes perjudiciales, se opera un cambio estratégico que desemboca en la curación total.

—Pero eso significaría que la célula madre puede dar órdenes de crear patologías?

—Evidentemente, pero estamos hablando de las células madre sutiles, cada persona trae una herencia genética sutil, piensa en los patrones que te transmitió tu propia madre.

Es cierto, algunos eran muy válidos, otros no tanto.

—Ella transmitió esa información a su prole, pero vuestras almas (de tus hermanos y tuya) se sintieron atraídas por esa madre por algo, ya lo sabes, porque en vuestra memoria celular ya estaban preescritos esos patrones. Para sanarlos, tenéis que tomar conciencia de ellos en cada uno de vosotros y luego agradecer a vuestra madre que se prestara a ejercer ese papel. La célula madre es fecundada por el Padre –celestial– y transmite la información que este le proporciona. Cualquier sanación verdadera pasa por el reconocimiento de la madre, y por ende, del padre. La célula madre es la Gran Madre del Universo, la que da la forma, no solo al niño, sino a las experiencias en general, en 3D, ahí está el meollo de la cuestión. Acudiendo a ella, uno no solo sana su cuerpo, sino también su psique, su economía, sus relaciones, su trabajo, su creatividad, su relación con sus hijos, etc. Para poder actuar desde la célula madre de un paciente primero tienes que estar en armonía con tu propio hogar, con tu familia, con tus padres, esa es la base de todas las sanaciones.

Entonces me vino un flash intuitivo y me di cuenta de que mi madre, a través de sus pinturas, se conectaba con otros planetas, otras galaxias y dimensiones y que ella plantó en mí –y en mis hermanos– esa semilla, seguramente de forma inconsciente. Pero esa es la base que me ha servido de levadura madre (nunca mejor dicho) para mis propias conexiones con otros planos de conciencia. Después de haber comprendido esto, pedí a mis guías que me conectaran, utilizando las técnicas de la TAG, con el espíritu de mi madre, sentí que ella estaba a mi lado y le pregunté:

¿Hola Mamita, me siento muy feliz de haber podido conectar contigo, podrías decirme cuál fue tu origen?

—Mu (Lemuria), igual que tú, yo echaba mucho de menos mi hogar, me costaba acoplarme a la Tierra, encarné por encargo de unos seres de luz muy poderosos con el fin de daros vida a tus hermanos y a ti, esa fue mi principal misión, todo lo demás era bastante irrelevante, por eso me fui relativamente pronto (con sesenta y ocho años).

—Siento haber tardado tanto tiempo en entender todo esto, Mamita. A partir de ahora te prometo que conectaré contigo más a menudo.

—Mon bel amour (mi bello amor, ella solía llamarme así) no sé por qué dices esto, porque yo nunca me alejo de ti, podemos comunicarnos en cualquier momento.

Sus palabras produjeron en mí una honda emoción, estaba penetrando en una nueva dimensión de su ser, y de mi ser. Me sentí muy triste por haberme atrevido a juzgarla en mi adolescencia, pero también en mi edad adulta. De repente, empezaron a encajar todas las piezas del puzzle. Emitir un juicio es ver las cosas desde la inmediatez, sin perspectiva, cuando se perciben de forma global y desde el corazón, o mejor dicho, desde el fondo del alma, uno comprende que nadie tiene derecho a juzgar ni a criticar a nadie. Porque todo tiene siempre una razón de ser y forma parte de un gran plan de luz.

En aquel instante, surgió una cascada de imágenes y recuerdos, fue como si hubiera abierto un baúl que llevaba tiempo esperando que descubriera sus contenidos. Recordé que –según me contaron– cuando se puso de parto (su primer parto, soy la mayor de los cuatro hermanos), mi padre se encontraba viajando para cubrir un reportaje –era periodista– entonces ella sola cogió un taxi hacia la clínica y apenas unas horas después de haber dado a luz, cogió otro taxi de vuelta y regresó a su casa sola, conmigo en brazos. Todo ello da una idea de su inmensa fortaleza, su valentía, y esa es otra semilla que nos transmitió a mis hermanos y a mí. Muchas veces lo hemos comentado entre nosotros: "Somos como tentetiesos, por mucho que nos tumbe la vida, siempre nos acabamos levantando y con fuerza redoblada, porque eso es lo que ella hacía".

Recordé también que ella siempre decía que necesitaba una luz especial para poder conectarse y pintar, pues lo mismo me ocurre a mí, ya que también necesito unas condiciones especiales de silencio y tranquilidad para poder meditar. Este detalle de la luz especial lo recordamos con mucha sorna cuando nos reunimos los cuatro hermanos, ya que esto la impulsaba a trasladarse bastante a menudo de piso, siempre en busca de la luz ideal para pintar. Y resulta que la mayoría de veces eran pisos muy altos y sin ascensor, y entonces nos tocaba –sobre todo a mis sufridos hermanos Tristán y Lorenzo– trasladar sus centenares de cuadros, que pesaban una tonelada cada uno. Y rezábamos para que encontrara al fin esa iluminación perfecta. Me saltan las lágrimas de la risa al rememorar aquellas escenas, porque con mi padre nos tocó trasladar miles de libros, kilos y kilos de libros (¡¡¡no sé quién dijo que el saber no ocupa lugar, pero puedo afirmar con rotundidad que estaba totalmente equivocado!!!) y con mi madre, cuadros y más cuadros, todo ello formaba parte de nuestro karma.

Cuando ella decidió despedirse de su traje episódico y volver a su manada celestial, lo primero que hicimos fue desmontar todos los marcos de los cuadros y sus respectivos cristales para que dejaran de ser una amenaza para nuestros riñones y espaldas. Al escribir estas líneas, sentí la necesidad de buscar entre montañas de viejos papeles algunas cartas de mi madre, es como si una voz interior me lo estuviera pidiendo. Y contra todo pronóstico (tengo centenares de carpetas y cuadernos), las encontré en pocos minutos y descubrí, anonadada, una carta suya del año 1988 en la que me daba una clase magistral de Cábala, que entonces no supe entender, y de la que me había olvidado por completo. Ahora, al releerla, he sido capaz de captar todo su contenido, o eso creo, y he tomado real conciencia –me faltaba un hervor en ese sentido– de quién era ese gran ser que me transmitió la vida. Y no deja de ser curioso que eso ocurriera justo cuando empecé a investigar sobre las células madre, y además en la lunación de Libra, que corresponde a mi Casa IV solar (soy Cáncer), todo encajaba a la perfección.

Reproduzco a continuación una parte de aquella extensa carta, que la entienda quien pueda, o mejor dicho, quizás no se trate de entender sino de sentir la tremenda carga lumínica que contienen sus palabras, más allá de su sentido aparente. Cabe precisar que el Aleph es la primera letra del alfabeto hebraico y corresponde en Cábala al signo de Aries, es puro Fuego, es luz pura y el Yod –otra letra– representa la manifestación, la cristalización de esa luz.

"Mon bel amour, creo que he empezado a comprender la Cábala y cuando digo comprender, no me refiero a una captación de orden intelectual sino a una comprensión inmediata de orden vital, que sale de una revelación inmediata. Sentí el choque decisivo e irreversible, en los primeros minutos en los que descubrí El Código Hebraico de Carlos Soares. Entendí, por fin, que el Aleph, el principio de todos los principios, la esencia de todo, se interpreta a sí misma en su creación. Lo cual equivale a decir que no hay un Dios supremo tal y como lo han fabricado los pequeños humanos a su imagen y semejanza, un Dios que mira su creación, la juzga, para luego castigar o recompensar. El Aleph no es un dios, es la energía viva para siempre jamás y siempre libre, aunque esté encerrada en un ser humano. Aleph es la vida del todo, la vida y no la existencia (Yod).

Aleph no tiene ninguna forma porque la forma excluye otras formas, no hay pasado, no hay futuro. El Aleph vive en el todo pero en su estado puro no existe porque toda existencia está sometida al tiempo, lo que nace muere algún día. Lo único que espera es volver a vivir en el ser humano individual, todo el juego de la creación se reduce a esto: una lucha a muerte entre el Aleph y el Yod, ambos juegan uno con el otro y contra el otro. El Yod es el Aleph encarnado, condicionado, es por tanto el contrario del Aleph. El Aleph es una energía que destruye, el Yod es una energía que reconstruye incansablemente para perdurar, para seguir existiendo y proliferar según los mismos moldes.

El Aleph puede ser captado pero nunca sin antes haber provocado una catástrofe vital, una devastación psicológica. Entonces es cuando puede resurgir del humano en una fracción de segundo que no pertenece al tiempo y que luego se escapa de nuevo. Pero entonces has vuelto a la vida porque sus vibraciones liberan en ti una energía viva que no pertenece a tu universo psicológico. Te transformas en un ser creador si así lo deseas y de forma en que lo deseas. Pero entonces se presentan dos peligros:

1) Identificarte con tu obra o identificarte con el creador que hay en ti, eso equivale a rebajar y degradar esta energía libre y viva, poniéndola al servicio de la pequeña personalidad temporal y entonces te crees que eres un profeta y metes la pata.

2) Que las fuerzas estructuradoras de la Tierra (el Yod) vuelvan al galope para organizar, estructurar esta vida fresca, para darle una forma, para hacerla durar, hacer que sea aprovechable en el sentido material. La revelación que fue hecha a Moisés está contenida en el Yod-He-Vav-He, que significa: la existencia (hecha vida, transformada en vida) fecunda a la vida, eso no es fácil de comprender. O sea que es de nuestra pequeñez que tienen que surgir todas las maravillas. Es de nuestra existencia tan limitada, tan frágil, tan movida, tan tonta y tan lerda que puede resurgir el Aleph, energía universal, vida del todo en las innumerables galaxias y dimensiones.

El Aleph es una energía que vive de morir y que muere de vivir. Sin el Aleph no habría vida, no habría nada, pero sin el Yod tampoco, no habría existencia ni forma, ni tiempo, porque la existencia es tiempo. La vida de cualquier cosa está aprisionada en su forma. La vida del Aleph muere a sí misma cuando la encerramos en una forma cualquiera, pero el Aleph vive precisamente de su muerte. Eso no es fácil de expresar, máxime cuando nuestro lenguaje es el vehículo de todos los malentendidos del mundo porque las palabras solo son comprensibles e interpretadas sobre la base comparativa de nuestros recuerdos, imágenes e impresiones. La palabra no es la cosa, el mapa no es el territorio. El lenguaje solo tiene aplicación en el mundo material, para que, si deseas un kilo de prunas, no te sirvan un kilo de sal o un kilo de cemento. Fuera de eso, es un instrumento de confusión en cuanto se toca la raíz del misterio de la vida. No existe una verdad absoluta, un bien, un mal absolutos, sino una absoluta relatividad. No se puede descubrir la verdad pero se puede intentar descubrir las falsas ideas, ver de qué estamos hechos, de qué cantidad monumental de identificaciones múltiples uno está compuesto. De automatismos individuales y colectivos. Nos identificamos con una raza, con un color, una familia, un sexo, una función, una situación, unas emociones, unas circunstancias. Con todo esto montamos un circo, somos permanentemente un auténtico circo.

Lo que hay que hacer es dejar que maduren lo más rápido posible los frutos. ¿Cómo? Pues cuestionándose todo, a uno mismo y a las propias creencias y fantasías místicas constantemente, dándose uno cuenta de que no sabe absolutamente nada sobre el misterio de la existencia. Solo podemos saber que existe otra realidad aparte de la que vemos, otros universos, otras dimensiones a las que estamos ligados por una parte de nuestro ser. Eso, suponiendo que hayamos sido capaces de forjarnos un alma, pudiendo decir que somos una emanación temporal de esa alma.

El Aleph no es un Dios, es una energía que se mueve en la creación, que entra en ella. No es una momia que observa lo que está ocurriendo sino una energía que encarna, que se vuelve carne, que se sumerge en su soporte, tan a fondo que acaba enterrada y que luego hace falta que pasen milenios para que resucite y vuelva a retomar el vuelo. Pero el habitáculo, el cuerpo del cual surge, queda deslumbrado, fecundado y se transforma en una individualidad y hará lo que sea capaz de hacer. De lo que se trata, no es de huir en un universo espiritual fabricado pieza por pieza por la imaginación y los miedos de cada uno, sino de intentar tomar conciencia de lo que uno es, ahora, en el momento presente y de no identificarse con nada de nuestra personalidad y circunstancias, gustos, tendencias e ideas. No se trata de rechazarlas, sino de constatar, penetrarlas como con un estilete, lo más profundamente posible. Pero nada es posible sin el conocimiento de la Cábala, del código hebraico. Su estudio constituye en sí mismo una revelación, un derrumbamiento de las estructuras psicológicas en profundidad, es un asunto estrictamente personal. En realidad no hay ni dios (exterior) ni maestro, ni enseñanza, solo uno mismo y los demás, que se encuentran en el mismo tren. Y a cada uno le toca espabilarse con su vida. Si te sientes feliz con lo que haces, está bien, pero nunca pienses que eres poseedora de una verdad universal que se encuentra fuera de ti. Tu verdad universal, la única que posees, eres tú misma, con todos tus errores, tus caídas, pero también con tus conquistas y realizaciones, tu comprensión..."

Bocatta di cardinale, puro delicatesen del Club del Gourmet…

Durante unos meses, mi madre vivió en una casa que necesitaba unas reformas, mis hermanos (sobre todo ellos porque yo vivía lejos en aquel momento) y yo la ayudamos en esa tarea en los fines de semana en que podíamos. Recuerdo que en una ocasión depositaron en su casa unos tubos que estaban destinados a contener unos cables eléctricos. No dio tiempo a montarlos aquel día, así que mis hermanos pensaron en hacerlo el siguiente fin de semana. Pero cuando regresaron se encontraron con una sorpresa: los tubos –eran flexibles– habían sido utilizados por un vecino muy entrometido de mi madre para… regar las plantas. Lo cual los había dejado inutilizables para cualquier otro uso. Al recordar esta y otras anécdotas que parecían sacadas de una obra del teatro del absurdo, mis hermanos y yo casi nos desencajamos las mandíbulas de tanto reír, literalmente hablando. Pero había un simbolismo interesante: lo que hacía falta canalizar en aquella casa no era la luz sino el agua (las emociones).

Por otro lado, no era de extrañar el vínculo de mi madre con el Teatro del Absurdo, porque ella había sido en su juventud una de las primeras actrices de Ionesco, uno de los mayores representantes –junto con Samuel Beckett– de este tipo de teatro. Y muchas veces me había dicho que su auténtica vocación era la de payaso. Ahora acabo de entender mi inclinación a hacer payasadas, a sacarle a punta a cualquier situación o a tener risa fácil, nunca había pensado en esta relación causa-efecto.

Mis hermanos y yo estábamos muy familiarizados con la jerga metafísica desde la más tierna edad. Un día, una profesora de primaria llamó a mis padres muy preocupada, para informarles de que mi hermana decía cosas muy raras en clase: hablaba de reencarnación a los niños y eso los asustaba. La reacción de mis padres (en familia) fue la siguiente:

Me alegro mucho, hija, ya que eso demuestra que haces bien tu trabajo, así los niños del cole se enteran de lo que probablemente nadie más les contará nunca.

Cuando mis hermanos y yo nos quejábamos del trato que nos dispensaban los profesores (cosa que ocurrió en más de una ocasión en el Liceo Francés de Barcelona), mis padres les escribían cartas recriminándoles su falta de coherencia y su incompetencia, aduciendo que el destino se lo cobraría, o sea que les amenazaban ¡¡¡hasta la próxima existencia!!! Teníamos fama de ser una familia un tanto peculiar, valga el eufemismo.

Me viene a la mente otra anécdota que va en esa línea, me encontraba viajando en un vagón de metro, con mi hermano pequeño, que entonces contaba con tres añitos. Era el centro de todas las miradas porque era (y sigue siendo) muy guapo y gracioso. Me preguntó:

Tata, ¿dónde bajamos, en la próxima encarnación?

Aquella pregunta, totalmente exenta de ironía o de segundas intenciones ya que provenía de una mente infantil, resumía el ambiente en el que crecimos mis hermanos y yo. Durante muchos años, mi padre aprovechó el desayuno de los domingos para contarnos las hazañas de los grandes héroes mitológicos, y lo hacía con grandilocuencia e histrionismo, poniendo mucha emoción en cada palabra, de manera que, subidos en las alas de su imaginación, salíamos volando hacia cada escenario. Recuerdo que casi podía palpar a Ulises atado al mástil, a Penélope tejiendo y destejiendo, al caballo de Troya abriendo sus entrañas y soltando a todos los guerreros.

Nos hacía partícipes de las aventuras mitológicas hasta llegar a un punto álgido y entonces nos decía: "Si queréis saber cómo sigue la historia, ahí tenéis el libro de la Ilíada, el de la Odisea o la Eneida, en tal capítulo encontraréis el desenlace". Y no nos quedaba más remedio que ponernos a leer para calmar la comezón de nuestra curiosidad. Y cuando acabó con la Mitología, empezó con la Biblia.

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