Disfruta de millones de libros electrónicos, audiolibros, revistas y más

A solo $11.99/mes después de la prueba. Puedes cancelar cuando quieras.

Los macabros cuentos de los hermanos Grimm

Los macabros cuentos de los hermanos Grimm

Leer la vista previa

Los macabros cuentos de los hermanos Grimm

Longitud:
311 páginas
4 horas
Publicado:
17 nov 2021
ISBN:
9789585107472
Formato:
Libro

Descripción

Este libro recopila varios de los cuentos clásicos de los hermanos Wilhelm y Jacob Grimm, como Rapunzel, Blancanieves y La Cenicienta, así como otros no tan conocidos, con el fin de explorar la pluma más oscura de estos hermanos. Esta versión, adaptada por el escritor de terror colombiano Alvaro Vanegas, presenta las versiones más macabras de los r
Publicado:
17 nov 2021
ISBN:
9789585107472
Formato:
Libro

Sobre el autor

Los hermanos Grimm, Jacob Grimm y Wilhelm Grimm, fueron eruditos, filólogos, investigadores culturales, lexicógrafos y escritores alemanes que coleccionaron y publicaron juntos folclore y libros durante el siglo XIX. Están entre los primeros y más conocidos coleccionistas de cuentos porque popularizaron relatos orales tradicionales como La Cenicienta, El príncipe rana, Hansel y Gretel, Rapunzel, Rumpelstiltskin, La bella durmiente y Blancanieves. Su colección clásica de cuentos de hadas, Cuentos de la infancia y del hogar, se publicó por primera vez en dos volúmenes en 1812 y 1815.


Relacionado con Los macabros cuentos de los hermanos Grimm

Libros relacionados

Artículos relacionados

Vista previa del libro

Los macabros cuentos de los hermanos Grimm - Jacob y Wilhelm Grimm

Había una vez un hombre tan pobre, que pasaba apuros para alimentar a su único hijo. A veces, incluso se veían obligados a tomar sopa de piedras: recolectaba agua de charcos –porque el acceso al agua limpia era un lujo que tampoco podía darse– y la hervía en leña con algunas rocas que encontrara en los caminos. Tenía la esperanza de que el hervor matara los gérmenes en el agua sucia y de que el mismo calor le arrancara a la fuerza alguna clase de nutriente a las piedras. Varias diarreas tuvieron que sufrir, aunque en ocasiones recientes, su estómago había retenido el procaz ‘alimento’ y hasta creían percibir algo de sabor en el platillo.

Entonces un día, el hijo dijo:

—Querido padre, veo que pasas todos los días por penurias y que siempre estás cansado. Lo mejor será que me marche a buscar el modo de ganarme el pan. La verdad es que esa sopa nunca me ha gustado.

—¡Pero nunca protestaste! —dijo el padre.

—Lo hice por ti —contestó el hijo—, ¿de qué hubiera servido amargarte la vida?

Así las cosas, el padre le dio su bendición y se despidió de él con honda tristeza.

Sucedió que, por aquellos días, el rey sostenía una guerra con un imperio muy poderoso. El joven, harto de pasar hambre y con casi nulas opciones de empleo, pues poco o nada sabía hacer, se alistó en su ejército y partió para la guerra. Tal vez romperles la crisma a desconocidos y asesinar hijos y padres ajenos, no sería tan difícil. Solo esperaba que de eso se tratara la guerra.

Y sí, de eso se trataba, pero aquello era mucho más complicado de lo que imaginaba. En el primer combate con el bando enemigo, se vio en gran peligro y apenas pudo escapar de él. Las balas volaban a diestra y siniestra y él podía escucharlas con toda claridad. Primero una especie de zumbido a veces lejos, a veces muy pero muy cerca; y luego la detonación. Esos sonidos, cada vez con más frecuencia, eran seguidos por un quejido, a veces un grito ahogado y luego el sonido hueco de un cuerpo que se desplomaba: el sonido mismo de la muerte.

Veía caer a sus camaradas de todos lados y al sucumbir también el general, los demás se dispusieron a emprender la fuga. Pero él, a quien la vida propia le importaba poco y, en ese orden de ideas, la de los demás le importaba nada, se adelantó y los animó diciendo:

—¡No vamos a permitir que se hunda nuestra patria!

Sus compañeros se llenaron de valentía y siguieron a su joven líder, se lanzaron a la pelea y aunque murieron varios más –soldados desconocidos que al igual que el protagonista de esta historia ni siquiera entendía en realidad las razones para estarse matando unos a otros– derrotaron al enemigo.

Aquella victoria heroica llegó a oídos del rey, así que lo hizo venir ante él. Cuando lo tuvo enfrente y pudo hacerle unas cuantas preguntas, confundió su indiferencia y ausencia total de empatía con valentía, así que, como el rey veía el mundo solo en términos de riqueza, lo ascendió por encima de todos, y le dio grandes tesoros convirtiéndolo en el hombre más importante del reino.

El monarca tenía una hija hermosísima, de esas bellezas que casi hacen doler los ojos, pero muy caprichosa y, por qué no decirlo, un poquito fastidiosa –bastante, en realidad–. Había hecho voto de no aceptar a nadie por marido y señor, a menos que prometiera antes solemnemente que en caso de morir ella, se haría enterrar vivo en su misma sepultura:

—Si de verdad me ama —decía la princesa siempre tan llena de sí misma—, no deseará seguir viviendo sin mí —y en su tono se adivinaba con facilidad su absoluto convencimiento, como si sus palabras constituyeran una verdad tan obvia que hasta perdía su tiempo mencionándola.

Pero no todo era arrogancia de su parte, algo de demencia tal vez, pero no arrogancia, pues ella se comprometía a hacer lo mismo si moría antes su esposo. Hasta aquel momento, el singular y macabro voto había ahuyentado a todos los pretendientes, pero su hermosura impresionó en tal grado al joven, que, sin pensarlo un instante, pidió su mano.

—¿Sabes la promesa que has de hacer? —le preguntó el rey.

—Sí, debo ser enterrado con ella en la tumba si muere antes que yo —respondió el mozo—. Mi amor es tan grande que no temo a ese peligro.

El rey, dentro de sí, sabía que su más grande héroe de guerra no estaba enamorado de su hija, en realidad amaba verla, amaba el empaque, la amaba, mejor dicho, como se ama un objeto hermoso que solo sirve de adorno y para inflar el ego de su poseedor. No obstante, no quiso poner trabas en aquella incipiente relación, pues en secreto, sentía un profundo rechazo hacia su hija, a quien no había criado para ser una imbécil narcisista que confundía el amor con la estupidez ciega. Dio entonces su aprobación y el dinero de los impuestos fue invertido en gran parte en una boda fastuosa, digna de un par de dioses.

Los recién casados vivieron una temporada felices y contentos, se dedicaron a gastar el dinero del pueblo en comida y viajes, pero como no hay felicidad completa, la princesa se enfermó de gravedad.

Un día cualquiera, después de pasar el día caminando por los enormes campos verdes llenos de árboles frutales que pertenecían al rey, volvieron al palacio para descansar y tal vez humillar a un par de criados solo por diversión. Sin embargo, antes de abrir los enormes portones del palacio, la reina sintió ganas de vomitar y fueron tan repentinas que no pudo contenerse. Lo que salió de su cuerpo no fue solo comida, también unos coágulos oscuros y grumosos. El nuevo príncipe no pudo evitar desplegar una mueca de asco, a lo que la princesa reaccionó con una furia irrefrenable que la obligaron a proferir todo tipo de insultos, algunos, incluso, desconocidos en esa época.

Atónito, el príncipe no supo qué decir y después de unos segundos intentó acercarse para consolarla y acompañarla a su habitación.

—Solo necesitas descansar un poco —dijo.

La princesa curvó los labios hacia abajo, molesta aún, luego su expresión cambió de repente y entonces volvió a vomitar. Esta vez sobre el inmaculado y radiante traje de color lila que el príncipe acaba de mandar a hacer. Él logró contener, gracias a la divina providencia, una carcajada delirante que quiso salir de su garganta.

Varios fueron testigos de esta escena y en poco tiempo, princesa y príncipe fueron los protagonistas de toda clase de habladurías, que al final fueron inofensivas, pues la princesa tardó solo dos semanas en morir. No hubo médico o anacoreta que diera con la cura o, cuando menos, con alguna clase de diagnóstico, y la princesa se fue secando como una hoja de otoño, hasta que de ella y su belleza solo quedaron los recuerdos de un príncipe que sufrió con ella cada instante de ese suplicio. En parte porque su objeto amado se extinguía ante sus ojos y, por otra parte, porque veía venir, con la muerte de la princesa, su propio fin.

Como a cualquiera con dos dedos de frente, le horrorizaba la idea de ser sepultado en vida, si había de morir, prefería que fuera de un golpe, sin dolor, en un instante, pero no había escapatoria posible. El rey había mandado poner centinelas en todas las puertas para que el príncipe no pudiera escapar de su destino y varios vigías que estuvieran pendientes de que ni se le ocurriera suicidarse.

Pero tuvo algo de suerte, la princesa no fue enterrada como cualquiera de sus súbditos. Llegado el día en que el cuerpo de la princesa debía ser bajado a la cripta real, el príncipe fue conducido a ella y, tras él, se cerró la puerta con llave y cerrojo. Junto al féretro había una mesa y con ella cuatro velas, cuatro hogazas y cuatro botellas de vino. No moriría asfixiado con un montón de tierra de cementerio en la nariz y la boca, pero, cuando consumiera todo, habría de morir de hambre y sed. Le cambiaron un mal por otro mal.

Lo primero que pensó fue beberse todas las botellas de vino y, ebrio hasta la médula, romper alguna de las botellas y cortarse la yugular. Pero entonces descubrió allí dentro que se aferraba a la vida con obstinación, así que, aunque sentía una gran tristeza y el dolor llenaban su corazón, se empeñó a comer solo un pedazo de pan y a beber solo un sorbo de vino al día para hacerlos durar.

Un día en que sentía a la muerte más cerca que nunca, vio salir de uno de los rincones de la cripta a una serpiente blanca que se acercaba con sigilo al cuerpo de su esposa. Convencido de que venía para devorarlo, sacó la espada y exclamó:

—¡Mientras yo esté vivo, no la tocarás!

Y la partió en tres pedazos.

Al cabo de un rato salió del mismo rincón otra serpiente, que enseguida retrocedió al ver a su compañera muerta y despedazada. El príncipe creyó ver una expresión de desconcierto en su semblante, pero eso tal vez era producto del hambre y el desespero. La segunda serpiente regresó a los pocos momentos; llevaba en la boca tres hojas verdes. reunió entonces los tres segmentos de la serpiente muerta y extendió en cada herida una de las hojas. De inmediato quedaron unidos los trozos; el animal comenzó a agitarse: había recobrado la vida y, feliz –eso imaginó el príncipe–, se retiró junto con su compañera. Las hojas quedaron en el suelo y al desgraciado que había asistido a aquel suceso, se le ocurrió que quizás las hojas milagrosas que habían devuelto la vida a la serpiente tendrían también virtud sobre las personas. Las recogió y extendió una en la boca de la difunta y las dos restantes, en sus ojos.

En un principio no vio nada, pero pronto le pareció que la piel, marchita y de un enfermizo color marrón, adquiría poco a poco otro color. Se fijó bien y espero. Pronto llegó a la conclusión de que había sido su imaginación, así que, sin más, se acostó a dormir, pues ahora estaba todo el tiempo cansado.

Un día después, o tal vez algunas horas, no podía estar seguro del paso del tiempo, despertó y notó enseguida que el cadáver de su esposa lucía radiante, incluso mejor que en sus mejores tiempos cuando estaba viva. El príncipe, sorprendido, se quedó mirando a su esposa durante varios minutos, hasta que, de repente, la princesa respiró, abrió los ojos y dijo:

—¡Dios mío! ¿Dónde estoy?

—Estás conmigo, esposa querida —le respondió el príncipe, que ahora, ante la amarga soledad que lo invadía y la horrible muerte que le esperaba, sintió por primera vez un verdadero amor ante su esposa resucitada.

Procedió a contarle todo, incluso cómo se las había arreglado para volverla a la vida. Luego le dio todo el pan y el vino que le quedaba –que no era mucho en realidad–, y cuando la princesa hubo recobrado algo de vigor, la ayudó a levantarse e ir hasta la puerta, donde ambos se pusieron a golpear y gritar tan fuerte, que los guardias los oyeron y corrieron a informar al rey. Este bajó en persona a la cripta y ordenó que abrieran la puerta. Su sorpresa fue enorme cuando se encontró con la pareja sana y llena de vida, aunque sintió una ligera decepción cuando volvió a ver a su hija, angustia que guardó en lo más profundo de su mente para actuar acorde a las circunstancias y abrazar a su hija con afecto.

El joven príncipe guardó las tres hojas de la serpiente y las entregó a su criado personal, al que le dijo:

—Guárdalas con el mayor cuidado y vela para que siempre estén sanas. ¡Quién sabe si algún día podamos necesitarlas!

Todo parecía color de rosa, pero no, la vida no funciona así, y mucho menos la muerte. Se había producido un cambio en la esposa resucitada. Parecía como si su corazón ya no sintiera afecto alguno por su marido. Transcurrido algún tiempo, él quiso emprender un viaje por mar para ir a ver a su viejo padre y a pesar de la obvia apatía de la princesa, los dos esposos embarcaron. Ya en el barco, ella olvidó el amor y fidelidad que su esposo le mostró cuando le salvó la vida y comenzó a sentir una inclinación hacia el capitán, quien tenía un corazón tan malvado como el de ella; era como verse en un espejo y para la princesa no había nada más fascinante que contemplar su propia imagen. Un día, en que el joven príncipe se hallaba durmiendo en la cubierta, la princesa llamó al capitán. Luego, ella cogió a su marido por la cabeza y el otro por los pies para arrojarlo al mar. Lo hicieron de manera tan natural que el príncipe adormilado no cayó en la cuenta de lo que estaba sucediendo sino hasta que fue demasiado tarde como para resistirse, pues ya estaba en aire, en caída libre a un mar implacable.

Cometido el crimen, dijo la princesa al marino:

—Regresemos ahora a casa, diremos que mi esposo murió en el viaje. Yo te alabaré y elogiaré ante mi padre a tal punto que él te dará su consentimiento para que te cases conmigo y te hará heredero del reino.

Pero la princesa no solo era malvada, como rara vez veía más allá de sus narices, ni siquiera notó que el fiel criado que había sido encargado por el príncipe de cuidar las maravillosas hojas había presenciado la escena. Él bajó al agua en un botecito, sin ser advertido por nadie, y se dirigió hacia el cuerpo de su señor, quien había resistido por poco el golpe contra las aguas gélidas, pero había soportado muy poco la bravura de aquel mar ominoso. Lo puso a toda prisa dentro del bote y remó para alejarse de los traidores. Tan pronto como se sintió a salvo sacó las tres hojas milagrosas que llevaba siempre consigo, las extendió en los ojos y boca del príncipe, y él, que había muerto solo minutos antes, pronto mostró señales de vida. Luego se tomó unos minutos para recuperarse mientras fraguaban un plan.

Poco después, los dos se pusieron a remar con todas sus fuerzas, de día y de noche, y con tal rapidez navegaron, que llegaron a la presencia del rey antes que la princesa y el capitán. Este, asombrado al verlos regresar solos, les preguntó qué les había sucedido. Afirmar la perversidad de su hija supuso en cierta forma un alivio, pues a veces se sentía un ser desalmado a causa de la repulsión que le causaba, pero, por otro lado, no dejó de tomarlo por sorpresa. Dijo:

—No puedo creer que haya obrado con tal vileza, pero pronto la verdad saldrá a la luz. Por el momento, escóndanse en una cámara secreta y siéntanse como en casa mientras el barco vuelve.

Al día siguiente llegó el barco y la impía mujer se presentó ante su padre con un semblante triste. Él le preguntó:

—¿Por qué regresas sola? ¿Dónde está tu marido?

—¡Ay, padre querido! —exclamó la princesa—. Ha ocurrido una gran desgracia. Durante el viaje mi esposo enfermó de repente y murió, de no haber sido por la ayuda que me prestó el capitán del barco yo también lo habría pasado muy mal. Estuvo presente en el acto de su muerte y puede contártelo todo.

—¿De qué enfermó?

—No tengo idea, pero de su piel surgieron ampollas verdes y amarillas que poco después estallaron y dejaron salir un pus viscoso y maloliente. Al final, el dolor era tanto que me rogaba que acabara con su vida, pero yo, que soy una mujer de Dios, no me sentí capaz de hacerlo, así que tuve que sufrir cada segundo de su agonía. En cierto modo, fue mi manera de resarcir todo lo bueno que hizo por mí cuando estuve enferma.

—Eres una mujer buena —dijo el rey con voz impostada.

—Hago lo que puedo, querido padre —contestó la princesa que apenas pudo reprimir una carcajada.

El rey la observó durante unos segundos. A veces se preguntaba de dónde había salido esa mujer, pues su esposa, ahora difunta, siempre había sido buena y generosa.

—Creo que mereces un premio, una recompensa por tanto amor y abnegación —dijo el rey.

A la princesa se le iluminaron los ojos.

—No creo merecer nada, padre, pero aceptaré lo que quieras darme con humildad.

—Muy bien —dijo el rey—. Voy a resucitar al difunto —agregó y mandó salir a los dos hombres.

La princesa no pareció entender en un primer momento, ni siquiera cuando tuvo a su marido enfrente. Pero entonces, de repente, entendió y supo en ese instante, que su destino era la muerte, ni más ni menos. Sin otra opción, cayó de rodillas e imploró perdón, pero a su padre ya no había manera de ablandarlo y a su esposo, que ahora la contemplaba como si no la reconociera, al parecer no le importaba.

—No hay perdón. Tu esposo se mostró dispuesto a morir contigo y te devolvió la vida. En cambio, tú lo asesinaste mientras dormía y ahora recibirás el pago que merece tu acción —sentenció el rey.

Fue enterrada junto con el capitán, en uno de los tantos campos que colindaban con el palacio. Solo dejaron afuera sus cabezas y luego fueron embadurnados con miel para que toda clase de bichos voladores y rastreros se dieran un festín con sus cabezas. De ellos no quedó casi nada, no había hojas mágicas que resucitaran aquellos dos despojos.

El rey y la reina del imperio de Aburrilandia vivían en paz con sus doce hijos, todos varones. Sí, leíste bien, doce hijos y ninguno de ellos una mujer.

Un día, el rey, harto de ver tantos hombres en su palacio que pasaban su tiempo rascando sus partes íntimas y eructando mientras hurgaban su nariz, dijo a su esposa:

—Si en tu próximo parto nace una niña, deberán morir los doce mayores para que la herencia sea mayor y quede el reino entero para ella.

La reina fingió escandalizarse, pero la verdad era que a ella también la tenían hasta las narices ese montón de zánganos buenos para nada. Así que después de desplegar la mejor de las actuaciones para no quedar como una monarca despiadada –eso era labor del rey–, aceptó la disposición.

El rey hizo construir doce ataúdes y llenarlos de virutas de madera, además puso en cada uno, una almohadilla. Luego dispuso que se guardasen en una habitación cerrada

Has llegado al final de esta vista previa. ¡Regístrate para leer más!
Página 1 de 1

Reseñas

Lo que piensa la gente sobre Los macabros cuentos de los hermanos Grimm

0
0 valoraciones / 0 Reseñas
¿Qué te pareció?
Calificación: 0 de 5 estrellas

Reseñas de lectores