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Cerca del corazón salvaje

Cerca del corazón salvaje


Cerca del corazón salvaje

Longitud:
223 páginas
3 horas
Publicado:
Aug 1, 2020
ISBN:
9789500532839
Formato:
Libro

Descripción

En Cerca del corazón salvaje, la primera novela de Clarice Lispector (1943), la lengua se expande y torsiona para darle intensidad a los momentos mínimos, comunes, banales, recortados del fluir de la vida. Lispector había inventado una lengua propia, una lengua rica en metáforas inusuales, cambios metonímicos, y efectos de extrañamiento, producidos por un flujo narrativo caracterizado por la descripción alusiva y la atención otorgada a detalles sensoriales. Lispector va así construyendo una narrativa que privilegia los estados interiores por sobre los acontecimientos de una trama narrativa, da vida a objetos y situaciones mínimas, irrelevantes para cualquier trama, pero fundamentales en tanto narración de una vida. Así, la historia de Joana –la protagonista– se va hilvanando a partir de fragmentos ordenados más en torno a la construcción de una densidad psicológica que en torno a la organización de los hechos de su vida.

Acerca de Clarice Lispector:
Clarice Lispector nació en Ucrania en 1920. Muy pequeña se mudó a Brasil. Murió en Río de Janeiro en 1977. Es una de las autoras latinoamericanas más importantes del siglo XX (reconocida en todo el mundo y traducida a más de 30 lenguas). Escribió y se movió en diferentes géneros: cuentos, novelas y crónicas. Renovó la literatura brasileña tal como se conocía: renunció a las ataduras genéricas, provocó y desacomodó a los lectores, inventó un lenguaje propio, renovó los sentidos de las palabras, nos mostró el artificio de la escritura. Construyó una narrativa intensa basada en historias mínimas donde las sensaciones y los afectos son protagonistas. Expresó y mantuvo a lo largo de su obra preocupaciones universales: su pasión por la vida y, al mismo tiempo, por la inminencia de la muerte, por la soledad, la angustia, la maternidad, la infancia, el amor o lo femenino.
Publicado:
Aug 1, 2020
ISBN:
9789500532839
Formato:
Libro

Sobre el autor


Vista previa del libro

Cerca del corazón salvaje - Clarice Lispector

Joyce

Primera parte

EL PADRE

Tac-tac… tac-tac…golpeaba la máquina de papá. El reloj se despertó en tic-tac sin polvo. El silencio se arrastró zzzzz. ¿Qué decía el guardarropa? Ropa-ropa-ropa. No, no. Entre el reloj, la máquina y el silencio había una oreja escuchando, grande, rosada y muerta. Los tres sonidos estaban conectados por la luz del día y por el chirriar de las hojitas del árbol que se refregaban unas con otras radiantes.

Apoyando la frente en el vidrio brillante y frío, miraba hacia el patio del vecino, hacia el gran mundo de las gallinas-que-no-sabían que iban a morir. Y podía sentirse como si la tierra caliente, pisada, tan olorosa y seca estuviera bien cerca de su nariz, donde bien sabía, bien sabía, una u otra lombriz se desperezaba antes de ser comida por la gallina que iban a comer las personas.

Hubo un momento grande, detenido, sin nada adentro. Agrandó los ojos, esperó. No vino nada. Blanco. Pero de repente en un estremecimiento le dieron cuerda al día y todo volvió a comenzar a funcionar, la máquina trotando, el cigarrillo del padre humeando, el silencio, las hojitas, los pollos pelados, la claridad, las cosas reviviendo llenas de prisa como una tetera hirviendo. Solo faltaba el tic-tac del reloj que tanto embellecía todo. Cerró los ojos, fingió escucharlo y al sonido de la música inexistente y rítmica se irguió en punta de pies. Dio tres pasos de baile bien livianos, alados.

Entonces súbitamente miró con disgusto hacia todo como si hubiera comido demás de aquella mezcolanza. "¡Uy… uy, uy! gimió bajito, cansada, y después pensó: ¿qué va a ocurrir ahora, ahora, ahora? Y siempre la gota de tiempo que llegaba, no ocurría nada si ella continuaba esperando lo que iba a ocurrir, ¿se entiende? Alejó el pensamiento difícil distrayéndose con un movimiento de su pie descalzo en el piso de madera polvoriento. Refregó el pie espiando a través de él hacia el padre, esperando su mirada impaciente y nerviosa. No vino nada, sin embargo. Nada. Difícil aspirar a las personas como la aspiradora de polvo.

—Papá, inventé un poema.

—¿Cuál es el título?

—Yo y el sol. –Sin esperar mucho recitó:

Las gallinas que están en el patio ya comieron dos lombrices pero yo no las vi.

—¿Sí? ¿Qué tienen que ver vos y el sol con el poema?

Ella lo miró un segundo. Él no entendía…

—El sol está sobre las lombrices, papá, y yo hice el poema y no vi las lombrices… –Pausa.

—Puedo inventar otra ahora mismo: Sol, vení a jugar conmigo. Otra más larga:

"Vi una nube pequeña

pobre de la lombriz

creo que no la vio".

—Lindas, chiquita, lindas. ¿Cómo se hace una poesía tan bonita?

—No es difícil, es solo ir diciendo.

Ya había vestido a la muñeca, ya la había desvestido, la imaginó yendo a una fiesta donde brillaba entre todas sus otras hijas. Un coche azul atravesaba el cuerpo de Ariete, la mataba. Después venía el hada y su hija vivía de nuevo. Su hija, el hada, el coche azul no eran sino Joana, de lo contrario sería muy aburrido. Siempre se las arreglaba para colocarse en el papel principal exactamente cuando los acontecimientos iluminaban una u otra figura. Trabaja seria, callada, con los brazos a lo largo del cuerpo. No necesitaba acercarse a Ariete para jugar con ella. Incluso desde lejos poseía las cosas.

Se divirtió con los papeles. Los miraba un instante y cada papel era un alumno. Joana era la maestra. Uno de ellos bueno y otro malo. Sí, sí, ¿y entonces qué? ¿Y ahora, ahora, ahora? Y nunca surgía nada si ella… listo.

Inventó un hombrecito del tamaño del dedo índice. De pantalón largo y corbata. Ella lo usaba en el bolsillo del uniforme del colegio. El hombrecito era una perla de bueno, una perla de corbata, tenía la voz gruesa y decía desde adentro del bolsillo: Majestad Joana, ¿podéis escucharme un minuto, solo un minuto podrías interrumpir vuestra continua ocupación?. Y declaraba después: Soy vuestro siervo, princesa. Solo ordena y lo haré.

—Papá, ¿qué hago?

—Andá a estudiar.

—Ya estudié.

—Andá a jugar.

—Ya jugué.

—Entonces no molestes.

Dio una carrerita y se detuvo, mirando sin curiosidad las paredes y el techo que rodaban y se desmoronaban. Anduvo en puntas de pie, pisando solo las tablas oscuras. Cerró los ojos y caminó, con las manos extendidas, hasta encontrar un mueble. Entre ella y los objetos había algo, pero cuando agarraba algo con la mano, como una mosca, y después miraba –incluso teniendo cuidado para que nada se escapara– solo encontraba su propia mano, rosa y decepcionada. ¡Sí, yo sé, el aire, el aire! Cerca no servía, no explicaba. Ese era uno de sus secretos. Nunca se permitió contar, ni siquiera a papá, que no conseguía agarrar aquella cosa. Todo lo que valía más exactamente para ella no podía contarlo. Solo hablaba tonterías con las personas. Cuando le contaba a Ruth, por ejemplo, algunos secretos, después odiaba a Ruth. Lo mejor era incluso callar. Otra cosa: si tenía algún dolor y si mientras le dolía miraba las agujas del reloj, entonces veía que los minutos contados en el reloj iban pasando y el dolor continuaba doliendo. O si no, incluso cuando no le dolía nada, si se quedaba frente al reloj mirándolo, lo que ella no estaba sintiendo también era mayor que los minutos contados en el reloj. Ahora, cuando ocurría una alegría o una rabia, corría hacia el reloj y observaba los segundos en vano.

Fue hasta la ventana, arañó una cruz en el alféizar y escupió en línea recta. Si escupiera una vez más –ahora solo podría hacerlo a la noche– el desastre no ocurriría y Dios sería tan amigo de ella, pero tan amigo que… ¿Qué qué?

—Papá, ¿qué hago?

—Ya te dije: ¡Andá a jugar y dejame!

—Pero ya jugué, te lo juro.

Papá se rio:

—Pero jugar no termina….

—Sí termina.

—Inventá otro juego.

—No quiero jugar ni estudiar.

—¿Qué querés hacer, entonces?

Joana meditó:

—Nada de lo que sé…

—¿Querés volar? Pregunta papá distraído.

—No –responde Joana. Pausa. —¿Qué hago?

Papá esta vez truena:

—¡Golpeate la cabeza contra la pared!

Ella se aleja haciéndose una trenza en los cabellos lacios. Nunca nunca sí sí, canta bajito. Aprendió a hacer trenzas uno de esos días. Va hacia la mesita de los libros, juega con ellos mirándolos a la distancia. Ama de casa marido hijos, verde es el hombre, blanco es la mujer, rojo puede ser hijo o hija. ¿Nunca es hombre o mujer? ¿Por qué nunca no es hijo ni hija? ¿Y ? Ah, había muchas cosas enteramente imposibles. Podía quedarse tardes enteras pensando. Por ejemplo: ¿quién dijo por primera vez así: nunca?

Papá termina el trabajo y va a encontrarla sentada, llorando.

—¿Qué pasó, chiquita querida? –la toma en los brazos, mira sin susto la carita ardiente y triste– ¿Qué pasó?

—No tengo nada que hacer. Nunca nunca sí sí.

Todo era como el ruido del tranvía antes de dormirse, hasta que sienta un poco de miedo y se duerma. La boca de la máquina se había cerrado como una boca vieja, pero aquello venía apretando su corazón como un ruido de tranvía; solo que ella no iba a dormirse. Era el abrazo del padre. El padre medita un instante. Pero nadie puede hacer algo por los otros, tenés que ayudarte sola. Anda tan suelta la niña, tan flaquita y precoz… Respira apurado, balancea la cabeza. Un huevito, es eso, un huevito vivo. ¿Qué va a ser de Joana?

EL DÍA DE JOANA

La certeza que le doy al mal, pensaba Joana.

¿Qué sería entonces aquella sensación de fuerza contenida, lista para explotar en violencia, aquella sed de emplearla con los ojos cerrados, entera, con la seguridad irreflexiva de una fiera? ¿No era solo en el mal que alguien podía respirar sin miedo, aceptando el aire y los pulmones? Ni el placer me daría tanto placer como el mal, pensaba sorprendida. Sentía dentro de sí un animal perfecto, lleno de inconsecuencias, de egoísmo y vitalidad.

Se acordó de su marido que posiblemente la desconocía en esa idea. Trató de recordar la figura de Otávio. Sin embargo, apenas sentía que él salía de la casa, ella se transformaba, se concentraba en sí misma y, como si él solo la hubiera interrumpido, continuaba lentamente viviendo el hilo de la infancia, lo olvidaba y se movía por las habitaciones profundamente sola. Del barrio quieto, de las casas alejadas, no le llegaban ruidos. Y, libre, ni ella misma sabía lo que pensaba.

Sí, sentía dentro de sí un animal perfecto. Le repugnaba dejar un día ese animal suelto. Por miedo quizás a una falta de estética. O temor a alguna revelación… No, no –se repetía–, es necesario no tener miedo de crear. En el fondo de todo posiblemente el animal le repugnaba porque aún había en ella el deseo de agradar y de ser amada por alguien poderoso como su tía muerta. Para después entonces pisarla, repudiarla sin contemplaciones. Porque la mejor frase, siempre aún la más joven, era: la bondad me da ganas de vomitar. La bondad era tibia y leve, olía a carne cruda guardada hacía mucho tiempo. Sin pudrirse enteramente a pesar de todo. La refrescaban de cuando en cuando, la aderezaban un poco, lo suficiente para conservarla como un trozo de carne tibia y quieta.

Un día, antes de casarse, cuando su tía todavía vivía, vio un hombre goloso comiendo. Había espiado sus ojos, brillantes y estúpidos, intentando no perder el menor gusto del alimento. Y sus manos, sus manos. Una de ellas tomando el tenedor hincado en un pedazo de carne sangrienta –no tibia y quieta, sino vivísima, irónica, inmoral–, la otra crispándose en el mantel, arañándolo nerviosa en el deseo de comer ya un nuevo bocado. Las piernas bajo la mesa le marcaban el compás a una música inaudible, la música del diablo, de pura e incontenida violencia. La ferocidad, la riqueza de su color… Enrojecida en los labios y en la base de la nariz, pálida y azulada bajo los ojos pequeños. Joana se estremeció erizada bajo su pobre café. Pero no sabría después si fue por repugnancia o por fascinación y voluptuosidad. Por ambas, seguramente. Sabía que el hombre era una fuerza. No se sentía capaz de comer como él, era naturalmente sobria, pero la demostración la perturbaba. La emocionaba también leer las historias terribles de los dramas donde la maldad era fría e intensa como un baño de hielo. Como si viera a alguien beber agua y descubriera que tenía sed, una sed profunda y vieja. Tal vez fuera apenas falta de vida: estaba viviendo menos de lo que podía e imaginaba que su sed pedía inundaciones. Tal vez apenas algunos tragos… Ah, he aquí una lección, he aquí una lección, diría la tía: nunca avanzar, nunca robar antes de saber si lo que querés robar existe en alguna parte honestamente reservado para vos. ¿O no? Robar vuelve todo más valioso. El gusto del mal –masticar rojo, tragar fuego endulzado.

No acusarme. Buscar la base del egoísmo: todo lo que no soy no puede interesarme, hay una imposibilidad de ser más allá de lo que se es –y sin embargo me supero incluso sin el delirio, soy más de lo que soy normalmente–; tengo un cuerpo y todo lo que haga es continuación de mi comienzo; si la civilización de los Mayas no me interesa es porque nada tengo dentro de mí que se pueda aunar a sus bajorrelieves; acepto todo lo que viene de mí porque no tengo conocimiento de las causas y es posible que esté pisando en lo vital sin saberlo; es esa mi mayor humildad, presentía.

Lo peor es que podría tachar todo lo que pensaba. Sus pensamientos eran, después de erguidos, estatuas en el jardín, y ella pasaba por el jardín mirando y siguiendo su

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