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Legado: 15 lecciones sobre liderazgo

Legado: 15 lecciones sobre liderazgo

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Legado: 15 lecciones sobre liderazgo

valoraciones:
3.5/5 (17 valoraciones)
Longitud:
231 páginas
Publicado:
20 ago 2020
ISBN:
9789874760401
Formato:
Libro

Descripción

Legado se sumerge en el corazón del equipo deportivo más exitoso del mundo, los legendarios All Blacks de Nueva Zelanda, para revelar 15 potentes lecciones prácticas para el liderazgo y la empresa.
Publicado:
20 ago 2020
ISBN:
9789874760401
Formato:
Libro

Sobre el autor


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Vista previa del libro

Legado - James Kerr

I

PERSONALIDAD

—Waiho mā te tangata e mihi.

Deja que otro alabe tus virtudes.

BARRE EL VESTUARIO

Nunca seas demasiado grande

como para hacer

las pequeñas cosas

que hay que hacer

Nueva Zelanda vs. Gales, Carisbrook, Dunedin, 19 de junio de 2010

Hace frío en Carisbrook, dice el centro de los All Blacks, Conrad Smith. El viento azota desde la Antártida directo a las bolas. Los afiches que anuncian el partido dicen Bienvenidos a la casa del dolor.

El head coach Graham Henry sale a caminar con Raewyn, su esposa (un ritual previo a los partidos). En la sala de desayuno del hotel, sus asistentes Wayne Smith y Steve Hansen conversan con el manager Darren Shand. Gilbert Enoka, coach de aptitudes mentales, se mueve entre los jugadores, conversando. Su gurú descalzo.

Arriba, Errol Collins, alias Possum (Comadreja), el utilero, comienza a disponer las camisetas.

Todo equipo tiene su Poss. Su función ostensible es ocuparse del equipamiento. Cuando se trata de protectores para postes y chaquetas para la entrada en calor, goma de mascar y consejos sensibles, irónicos y de entre casa, Poss es el hombre. Está ahí para ocuparse de los jugadores. En los días de partido, él extiende la camiseta negra.

La lengua maorí tiene una palabra: taonga, que significa ‘tesoro’. La camiseta negra es taonga, un objeto sagrado.

Esta camiseta negra con su helecho plateado.

Desde 1905, cuando los ‘Originales’ llegaron y arrasaron Europa, la camiseta negra capturó la esencia y las esperanzas de esta pequeña nación insular. Durante los más de cien años transcurridos, se transformó de una improvisada camisa con cordones en el cuello a la ajustada armadura hidrófuga de los gladiadores de hoy, pero en su corazón permanece igual: un símbolo de excelencia y trabajo duro, y de la capacidad de un neozelandés para convertirse, con esfuerzo, sacrificio y destreza, en el mejor del mundo.

Los líderes exitosos equilibran el orgullo con la humildad: absoluto orgullo en el desempeño, completa humildad ante la magnitud de la tarea.


Luego de un almuerzo temprano (pollo y papas al horno), los jugadores se dirigen a la planta alta en grupos de a dos y de a tres: el capitán Richie McCaw, Kieran Read, Tony Woodcock, Brad Thorn, Joe Rokocoko… Los elegidos.

Recogen su premio: pantalones negros, medias negras con tres rayas blancas, la camiseta negra con el helecho plateado. A medida que llegan las camisetas, también lo hacen las caras de partido. Los jugadores se transforman en All Blacks.

Todavía recuerdo la primera camiseta de Richie McCaw, cuenta Gilbert Enoka. Estuvo entre cuarenta y cinco segundos y un minuto simplemente con la cabeza sumergida en la camiseta.

Hoy es su partido internacional número noventa y uno.

»«

Un triunfo contra los galeses hoy no alcanza, dice un comentarista. Tiene que ser un gran triunfo.

En el estadio, las latas de cerveza repiquetean contra las vallas. Arriba retumba un helicóptero. Alguien vende camisetas.

McCaw baja del autobús. Se escucha un grito, un pōwhiri, la tradicional bienvenida maorí. Allí, un maorí solitario con una taiaha, una lanza extendida. Hay una explosión de flashes de las cámaras.

McCaw acepta el desafío en nombre del equipo.

Las mujeres se embelesan. Los hombres también.

Los All Blacks enfilan hacia el vestuario.

Bajo las gradas hay mesas de caballetes cargadas con linimentos, vendas y vasos de carbohidratos. Una bandera de Nueva Zelanda cuelga de la pared: la Union Jack y la cruz del sur.

No hay histrionismos. El equipo se prepara en silencio, muchos con auriculares. Arriba, 35.000 voces cantan ¡Black! ¡Black! ¡Black!.

Los entrenadores se retraen mientras los jugadores se preparan. No hay retórica exaltada. Una palabra aquí, una palmada allá. Ahora se trata solo de los jugadores. Solo de ser del equipo.

No hay más que hablar. Es hora de jugar rugby.


Resulta ser el día de Dan Carter, uno de sus mejores. El apertura neozelandés apoya dos tries, el segundo de los cuales será recordado mientras siga existiendo amor por este juego. El diez perfecto anota veintisiete puntos. Más tarde, los periódicos dirán los galeses no tienen respuestas. Los All Blacks ganan 42-7.

Carter se ha mostrado, una vez más, imprescindible. Pero, en realidad, es el momento de Richie McCaw. Hoy se convierte, estadísticamente, en el capitán de los All Blacks más exitoso de todos los tiempos.

»«

En el vestuario, las bebidas fluyen.

El recinto se llena de periodistas, políticos, auspiciantes, sus hijos, los mejores amigos de sus hijos. El Dr. Deb administra suturas. Richie McCaw sale para los medios. Unos pocos forwards tiritan dentro de grandes barriles llenos de hielo, la última palabra en técnicas de recuperación. Suena Pacifica Rap; luego, algo de reggae.

Un rato después, Darren Shand, el manager, despeja amablemente la habitación.

Queda sólo el equipo. El círculo sagrado. McCaw, Read, Thorn, Smith, Carter, Dagg, Muliaina. Todos nombres conocidos. Sentados sobre los bancos, apretados unos contra otros, parecen escolares grandulones.

Deliberan.

La sesión es presidida por Mils Muliaina, quien, lesionado, es hoy el capitán fuera del terreno. La etiqueta se asemeja a un whare, un parlamento maorí donde a cada uno se la da la oportunidad de hablar, de expresar su verdad, de contar su historia.

Muliaina cede la palabra a Steve Hansen, alias Shag, ayudante de campo, cuya evaluación es implacable y directa. Estuvo bien, dice, pero no lo suficiente. Hay mucho para trabajar en el lineout. Nos tiene que salir bien. Otros equipos no nos van a perdonar tanto. No nos dejemos llevar por el entusiasmo. No nos adelantemos a los hechos. Se vienen partidos fuertes.

Le pasa la palabra a Wayne Smith, el otro ayudante. Smithy es un hombre musculoso y tenso, de expresión inteligente y prolija. Conoce a los hombres, cómo piensan, cómo trabajan, cómo obtener lo mejor de ellos, las entrañas de este equipo. Lanza unos pocos comentarios incisivos y cede la palabra a Gilly, Nic Gill PhD, el coach de condicionamiento, que a su turno le pasa la palabra a Graham Henry, Ted, el director del equipo, el head coach. Delgado y de gran agudeza mental, el humor seco de Henry no siempre atrae a la televisión. Él es el jefe acá, el Svengali, el maestro de ceremonias de este espectáculo itinerante.

El desafío es siempre mejorar, aun si eres el mejor. Especialmente si eres el mejor.

Henry felicita a McCaw por ser el capitán de los All Blacks más exitoso de la historia. Luego le dice al equipo que hay que seguir trabajando. Queda mucho trabajo por hacer.

Muliaina exhorta a los jugadores a recordar los sacrificios que han hecho para estar en este vestuario. Por último, propone un brindis por McCaw.

¡Por Skip!, dice.

¡Por Skip!, responden los demás.

Buen trabajo, muchachos, agrega. Vamos.

»«

Aquí es cuando sucede algo que una persona ajena al círculo no esperaría.

Dos de los jugadores más veteranos —uno de ellos galardonado como el mejor jugador internacional en dos años— toman, cada uno, un largo escobillón y comienzan a barrer el vestuario. Juntan el barro y las vendas hasta formar pequeñas pilas en los rincones.

Mientras el país todavía mira las repeticiones y los niños en sus camas sueñan con la gloria de los All Blacks, ellos limpian su propia mugre.

Barriendo el vestuario.

Y haciéndolo bien.

Para que nadie más tenga que hacerlo.

Porque nadie cuida a los All Blacks.

Los All Blacks se cuidan a sí mismos.

»«

Es un ejemplo de disciplina personal dice Andrew Mehrtens, anterior apertura de los All Blacks (lo que los neozelandeses llaman un primer cinco octavo) y el segundo mayor anotador de todos los tiempos.

Se trata de no esperar a que otro haga tu trabajo. Te enseña a no esperar a que te regalen las cosas.

Si en tu vida tienes disciplina personal, continúa, serás más disciplinado en el campo de juego. Si quieres que los tipos tiren juntos como equipo, necesitas esa disciplina. No buscas un grupo de individuos.

No te hará ganar siempre, señala, pero, sin duda, en el largo plazo te hará mejor como equipo.

Una colección de individuos talentosos pero sin disciplina personal, en última, instancia fracasará inevitablemente. La personalidad triunfa por sobre el talento.

»«

Vince Lombardi, el legendario entrenador de los Green Bay Packers, equipo de fútbol americano, heredó un plantel caído en desgracia. Durante años había zozobrado en el fondo de la tabla y ni siquiera sus aficionados le veían salida. Lombardi se hizo cargo del equipo en 1959. Dos años después ganaron la NFL, y también en 1962 y 1965, para luego obtener el Super Bowl en 1966 y 1967.

Su éxito, decía, se basaba en lo que él llamaba el modelo Lombardi, que comenzaba con una afirmación simple:

—Solo conociéndote a ti mismo puedes convertirte en un líder eficaz.

Para él, todo comienza con conocerse a sí mismo, con el gran yo soy, una comprensión y apreciación fundamental de los propios valores personales. Sobre ese fundamento construyó su equipo y su éxito.

Lombardi creía que a partir del conocimiento de uno mismo se desarrolla la personalidad y la integridad. Y de estas dos nace el liderazgo.

Jon Kabat-Zinn (en Wherever You Go, There You Are) cuenta una anécdota sobre Buckminster Fuller, arquitecto y pensador visionario.

Deprimido y considerando suicidarse, Fuller se hizo unas preguntas que revolucionaron su vida:

¿Cuál es mi tarea en el planeta? ¿Qué hace falta hacer de lo que yo algo sé y que probablemente no ocurra, a menos que yo asuma responsabilidad por ello?.

Estas preguntas, a su vez, inspiraron a Lombardi y pueden inspirarnos a nosotros. Pueden referirse a asumir la responsabilidad de un equipo, de una empresa o de la vida de miles de personas; o a algo tan simple como barrer el vestuario. Sea como fuere, comienza por la personalidad, y la personalidad empieza con la humildad. Al principio de cada temporada, Lombardi levantaba la pelota de cuero y decía: Caballeros, esto es una pelota de fútbol.

»«

Bajo la dirección técnica de John Wooden, el equipo de básquet de la UCLA Bruins ganó el campeonato universitario de Estados Unidos siete años seguidos desde 1967. Al principio de cada temporada, cuenta la escritora Claudia Luther, sentaba a su equipo en el vestuario y durante un largo rato —bien largo— aprendían a ponerse las medias:

—Revisen la zona de los talones. No queremos que quede ni una arruga ahí… La arruga les producirá ampollas y esas ampollas les harán perder tiempo de actividad, y si son realmente buenos, esa pérdida de actividad puede terminar con el entrenador despedido.

La lección no era, en realidad, sobre las ampollas ni sobre el tiempo de actividad ni sobre la continuidad del entrenador. Era sobre hacer bien las cosas básicas, cuidar los detalles, cuidar de uno mismo y del equipo. Era sobre humildad.

Ganar requiere talento, solía decir John Wooden. Repetir los triunfos requiere personalidad.

Igual que el head coach de los All Blacks, Graham Henry, John Wooden era maestro. No es una coincidencia.

»«

Otro hombre notable fue el entrenador de fútbol americano Bill Walsh, quien también se consideraba a sí mismo primero un maestro y luego un líder.

Entre 1979 y 1989, Walsh condujo a los San Francisco 49ers, que pasaron de ser una banda de perdedores a convertirse en una de las grandes dinastías de la historia de ese deporte gracias al empleo de una filosofía similar. Walsh creía que sin personalidad no se llega a ningún lado. La personalidad es esencial en los individuos y la suma de las personalidades la columna vertebral de un equipo ganador.

Crea las pautas de funcionamiento más elevadas que puedas, desarrolla la personalidad de tus jugadores, desarrolla la cultura de tu equipo y, como afirma el título del libro de Walsh, el resultado llega solo.

Stuart Lancaster, actual head coach de rugby de Inglaterra, le dijo al escritor Mark Reason: Walsh sabía que si estableces una cultura superior a la de tu adversario, triunfas. Por lo que, en lugar de obsesionarte con los resultados, concéntrate en el equipo.

El desafío de todo equipo es construir un sentido de unidad, de dependencia de unos con otros, decía Vince Lombardi. Porque la pregunta, por lo general, no es cuán bien se desempeña cada persona, sino cuán bien trabajan juntas.

La personalidad colectiva es vital para el éxito. Concéntrate en lograr la cultura indicada y los resultados llegarán.

»«

Owen Eastwood es un hombre con muchos talentos. Es abogado y entre sus clientes están los All Blacks. También trabajó como consultor para los Proteas de Sudáfrica, el Comando de la OTAN y otras organizaciones en programas de creación de cultura. Eastwood usa la ecuación:

—Desempeño = Capacidad + Conducta

La forma en que te conduces, sostiene Eastwood, hará surgir lo mejor o lo peor de tus capacidades, y esto se aplica tanto a equipos y empresas como a individuos. Los líderes crean el entorno adecuado para que surjan los comportamientos. Ese es su rol primario.

El comportamiento ocurre en dos ámbitos, continúa: el público y el privado.

El ámbito público se refiere a aquellos momentos de la vida de un jugador en los que está bajo protocolo de equipo (en un entrenamiento, durante un partido, de viaje o en actividades

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Reseñas

Lo que piensa la gente sobre Legado

3.3
17 valoraciones / 2 Reseñas
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Reseñas de lectores

  • (5/5)
    Excelente libro lo que mas me llamo la atención fue cual legado dejaré para la posteridad; y el mejor legado es mi familia.
  • (4/5)
    This book came highly recommended by a number of coaches whose opinion I respect, even though it is yet another business book which touts their own brand of motivation/leadership credentials. This book is unique because it tries to document the keys to success of one of the most mythical teams in world sports: the All Blacks of New Zealand. Indeed, their story has a magnetic attraction for those coaches who are believers in the simplicity and honesty of the All Black approach to working playing, and conducting their work. Since the book is already a best seller by the time I got to it, I fully expected a slick, by the book business tome, structured to present a lesson each chapter and the ubiquitous anecdotes which support the central point that the author wished to make. Most business books seem to come off as insincere as they tried to make their points. Mr. Kerr, however, has an unadorned style. He takes his own advice in regard to the power of telling a story and tells the story of the All Blacks sincerely and adroitly.Some comments on the structure and style of the book. Mr. Kerr jumps in both feet right away, there are fifteen numbered chapters which are neatly summarized in the sixteenth, and the first unnumbered, chapter. Each chapter ends with a final summary page which succinctly encapsulates the lesson with an aboriginal saying and a short catch phrase. This structure allows the reader to easily reach back into the chapters and get the idea behind each chapter, as well as use the summary to create their own environment from these ideas.The chapters though are the gold of the book. Each chapter contains a good number of anecdotes and descriptions of what the All Blacks coaches did to create their unique culture and belief system. It is refreshing to read this book because the anecdotes are relayed without overly dramatizing the stories. In other words, Mr. Kerr does not rely on being overly dramatic to sell books. I recommend this book to anyone who are inspired by the mythology of the All Blacks, want to know the philosophy and a bit on the implementation of the ideas in real life but want to be spared the usual business/leadership book treatment.