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De colonias a estados nacionales: independencias y descolonización en América y el mundo en los siglos XIX y XX

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De colonias a estados nacionales: independencias y descolonización en América y el mundo en los siglos XIX y XX

Longitud:
531 páginas
5 horas
Publicado:
4 abr 2019
ISBN:
9789500537872
Formato:
Libro

Descripción

Cuando pensamos en la Independencia nos vienen a la mente las figuras de los libertadores, de las batallas y de las masas movilizadas por el incentivo de la liberación en el 'tiempo heroico' de inicios de siglo XIX. Con mayor información y desarrollo teórico vemos al proceso no como una secuencia de acontecimientos circunscritos a las fronteras de los actuales Estados, sino a una realidad continental en la que se involucró el conjunto de las sociedades y los espacios iberoamericanos.
También entendemos las independencias en la perspectiva de la gestación y auge de un sistema mundial articulado por el capitalismo en ascenso. Últimamente, inclusive, hemos puesto mayor interés en la participación de las mujeres, de los indígenas y negros, de la plebe urbana y del campesinado.
Pero rara vez hemos comparado nuestra 'Guerra Magna' con una realidad que se dio más de un siglo después: la descolonización que siguió a la Segunda Guerra Mundial y condujo a la independencia de gran cantidad de países de Asia, África y el caribe.
Los procesos independentistas, alejados por más de un siglo en el tiempo, tuvieron muchos rasgos diversos. Pero también se encuentra en ellos elementos comunes que pueden observarse, puesto que en ambos casos se enfrentó al colonialismo y se dieron circunstancias que incidieron en la realidad mundial.
Por ello, vimos la oportunidad de realizar un acercamiento comparativo entre las independencias latinoamericanas decimonónicas y los proceso de descolonización que se dieron en el siglo pasado con enorme impacto en el ámbito internacional, y que cambiaron en varios sentidos la historia del mundo.

Acerca de Enrique Ayala Mora:
Es Doctor en Educación por la Universidad Católica del Ecuador y Doctor (DPhil-PhD) en Historia por la Universidad de Oxford. Profesor de Historia de América Latina de la Universidad Andina Simón Bolívar, Sede Ecuador.
Actualmente es presidente de El Colegio de América, Sede Latinoamericana.
Es investigador dede hace varias décadas de la historia social y política de su país. Miembro del Comité de la Historia de América Latina de la UNESCO y editor del vol. VII. Ha sido diputado del Ecuador por varios períodos, Vicepresidente del Congreso y miembro de la Asamblea Constituyente (1997-1998).
Publicado:
4 abr 2019
ISBN:
9789500537872
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Libro

Sobre el autor


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De colonias a estados nacionales - Enrique Ayala Mora

26.

Primera parte

ENFOQUES GENERALES

Impedimento y exilio:

Las crisis de las monarquías ibéricas en perspectiva atlántica (1807-1821)

¹

Luiz Geraldo Silva

La Guerra de los Siete Años (1756-1763)

Las crisis de los imperios coloniales ibéricos, entre fines del siglo XVIII y las primeras décadas del siglo XIX, se sitúan en un marco más amplio que apunta, según se observa desde hace décadas, hacia una perspectiva atlántica. ²

En esta escala se vivía un doble antagonismo. De un lado, en cada reino europeo específico así como en sus colonias de América, símbolos y signos monárquicos empezaban a ser confrontados con las nuevas ideas de nación ³

y soberanía

, las cuales se diseminarían, aunque fuese tímidamente, por cuerpos sociales hasta entonces urdidos por la noción de legitimidad histórica.

Del otro, se realizaban las disputas comerciales y territoriales, así como las campañas militares y estratégicas en Europa y en América, enfrentándose reinos tradicionalmente antagónicos, o aliados, como Francia, Inglaterra, España y Portugal.

La Guerra de los Siete Años (1756-1763) tuvo un impacto significativo en los imperios coloniales anteriormente referidos. Como se sabe, los conflictos tuvieron como telón de fondo la disputa entre Francia e Inglaterra por el dominio sobre el Atlántico y América del Norte. Pese a que España hubiese deseado mantenerse neutral en dichas confrontaciones, el pacto entre los Borbones celebrado en 1761 determinó el inicio de las hostilidades entre hispánicos y británicos. El cerco de los ingleses a La Habana en 1762 fue uno de los momentos más dramáticos de ese conflicto, ya que puso a América ibérica definitivamente en el espacio de la guerra.

En sus momentos finales, la monarquía portuguesa, cuya neutralidad había sido igualmente postulada, también se vio implicada en las tensiones políticas y militares que transpusieron las fronteras continentales y se extendieron por el mundo colonial. Las guerras luso-castellanas en la América meridional, iniciadas en 1763 y agravadas entre 1774 y 1777, no son meras hostilidades endémicas en la región del Río de la Plata, sino más bien uno de los resultados de la Guerra de los Siete Años

. A todos los imperios coloniales implicados ese conjunto de tensiones les supuso gastos militares colosales, así como significó reformas y concesiones que ampliaron el espacio político de sus vasallos americanos, fuesen criollos blancos o estuviesen vinculados al sistema de castas.

La Guerra de los Siete Años reveló debilidades estratégicas de metrópolis y colonias y, tras la suscripción del tratado de París, en febrero de 1763, según el cual los territorios de Canadá, Guadalupe, Martinica, Florida y Cuba fueron renegociados entre franceses, ingleses y españoles, se hizo necesario implementar reformas. Pese a que los programas reformistas de los imperios coloniales aquí en cuestión hayan sido amplios, y que todos ellos implicaron distintas ideas y prácticas dirigidas hacia la regeneración de sus respectivas monarquías, no fueron, en lo esencial, distintos en dos puntos.

El primero, el fuerte énfasis en la defensa militar. En el caso de España hay una clara relación entre los sucesos de 1762 y el ambicioso programa de reformas militares, comerciales, administrativas y fiscales conocido como reformas borbónicas. Aunque algunos de sus componentes, sobre todo los comerciales, hayan surgido antes de 1762, es posible sugerir que los fundamentos de dichas reformas se encuentran esencialmente en el plan militar

. El Reglamento para las milicias de infantería y caballería de la isla de Cuba, de 1769, luego extendido a Nueva Granada y Nueva España, para promover la reorganización de las milicias y su régimen disciplinario, así como otorgarles fuero militar y otras prerrogativas, los planes de fortificación de Veracruz, Campeche, Cartagena y La Habana, y el sustancial aumento de número de los batallones fijos, constituyen los aspectos centrales –y seguramente los más dispendiosos– de las reformas borbónicas ¹⁰

. Hasta cierto punto, eso implicaba enviar tropas peninsulares y oficiales veteranos españoles para comandar fuerzas en América, pero la mayor parte de esas fuerzas se basaba en el reclutamiento de americanos. Desde entonces, España había dispuesto una parte sustancial del control militar de sus colonias en manos criollas. ¹¹

También Inglaterra y Portugal emprendieron reformas significativas después de 1763, sobre todo en el área militar. En el caso británico, había una evaluación negativa de las milicias americanas por parte de las autoridades de Londres, así como les resultaba molesto el enorme contingente de exsoldados de la Guerra de los Siete Años, para quienes no había un empleo definido. Así, después de la paz de 1763, Inglaterra exportó para sus colonias de América un ejército totalmente metropolitano, lo que le resolvió no solo un problema americano, sino también uno doméstico. ¹²

En cuanto a Portugal, por fin emprendió un conjunto de reformas militares tras la invasión de sus fronteras, a fines de 1762, por fuerzas españolas y francesas. Fue breve su participación en los años finales de la Guerra de los Siete Años, pero representó una profunda inflexión en los asuntos militares lusitanos, de la que resultó una amplia reforma de la estructura militar llevada a cabo por el conde de Lippe, un general experto e ilustrado de origen alemán que había servido a la Corona británica. Con la reforma, financiada por el conde de Oeiras, el futuro marqués de Pombal, se creó en Portugal un cuerpo militar moderno, además de códigos de jerarquía, patentes y funciones, sistemas de representaciones mediante galones y atributos de comandos y obligaciones regulares. También hubo inversiones en el sistema de fortificaciones y en el sistema de reclutamiento y aprendizaje. De la participación en la guerra de 1762 resultó asimismo la creación del Erario Regio. Como consecuencia de tal hecho se sabe que entre 1762 y 1776, o sea, a lo largo de la guerra luso-española en el sur de Brasil y de la realización de las reformas, los gastos militares representaron el 49,6% de los gastos globales del Estado portugués. ¹³

Además, había un segundo objetivo central para ser alcanzado a través de las reformas posteriores a la Guerra de los Siete Años, que solo no existía en los reinos ibéricos. En Francia, desde el reinado de Luis XIV, así como en Inglaterra, desde la Revolución gloriosa, se habían creado distintos sistemas de relaciones entre el rey y las instancias de poder que se situaban abajo y al lado de la monarquía –las cámaras, en el caso inglés, y las cortes, en el caso francés–, lo que resolvía, por distintas vías, el problema del absolutismo. Sin embargo, el caso de los reinos ibéricos era muy distinto. En el nivel político las reformas borbónicas y pombalinas buscaron lo que François-Xavier Guerra llamó el abandono de la estructura política plural de la monarquía a favor de la uniformidad de las instituciones y desprecio de las Cortes. ¹⁴

Dicho de otra forma, hacia la primera mitad del siglo XVIII en España y Portugal se intenta solapar lo que este mismo historiador llama pactismo, es decir, el hecho de considerar la relación entre el rey y el reino como una relación bilateral que implica derechos y deberes recíprocos que ambas partes deben respetar. ¹⁵

En contrapartida, se favorecía un tipo de gobernación en la cual ocupa posición central la idea de soberanía regia, considerada como un potentado supremo y absoluto que domina la sociedad, y que existe fuera de ella, y por encima de sus leyes. ¹⁶

Evidentemente, había muchos puntos comunes en los programas reformistas portugués y español. En ambos se buscaba racionalizar y administrar el Estado de acuerdo con los principios modernos de las luces; ambos pusieron énfasis en el regalismo, o sea, en la subordinación de la Iglesia al Estado; asimismo en ambos la Compañía de Jesús fue perseguida. Al buscar la uniformidad del individuo, marca típica de la Ilustración, tanto la monarquía portuguesa como la española tenían como objetivo restringir los poderes de las corporaciones, de los grupos, de las instituciones, incluso de la alta nobleza. Sin embargo, hay una diferencia central en el plan de reformas de los reinos ibéricos, que explica, desde entonces, las distintas trayectorias en las crisis del antiguo régimen y en la era de las revoluciones. De un lado, la corona española estableció sus reformas mediante un proceso de observación directa y comparación sistemática de prácticas y concepciones vigentes en los imperios británico y francés del Caribe. Llegó a financiar visitas exploratorias a los centros esclavistas de producción agrícola de esos imperios. ¹⁷

Uno de los resultados indirectos de tal proceso fue el abandono paulatino de la perspectiva legal y tradicional de considerar América como un conjunto de reinos de la Corona de Castilla, con sus instituciones y autoridades propias y la tendencia cada vez más fuerte a considerar los reinos de Indias como colonias. ¹⁸

Así, se abandonaba la idea de una comunidad hispánica existente en los dos hemisferios, viviendo bajo lo que Elliott llamó monarquía compuesta, ¹⁹

Hespanha, concepción corporativa de la sociedad ²⁰

y Guerra, estructura política plural de la monarquía, ²¹

es decir, una formación definida por un contrato acordado entre el rey y los reinos, estuviesen situados en América o en Europa.

Pies de página

1

El autor agradece a Terumi Koto Bonnet Villalba, quien realizó la traducción del presente artículo.

2

Ver Anthony McFarlane, Independências americanas na era das revoluções: Conexões, contextos, comparações, en Jurandir Malerba, organizador, A independência brasileira: Novas dimensões, Río de Janeiro, FGV, 2006.

3

Ver José Carlos Chiaramonte, Metamorfoses do conceito de nação durante os séculos XVII e XVIII, en István Jancsó, organizador, Brasil: formação do Estado e da nação, San Pablo-Ijuí, HUCITEC / UNIJUÍ / FAPESP, 2003.

4

Ver François-Xavier Guerra, A nação moderna: Nova legitimidade e velhas identidades, en István Jancsó, organizador, Brasil: formação do Estado e da nação, San Pablo-Ijuí, HUCITEC / UNIJUÍ / FAPESP, 2003.

5

Ver François-Xavier Guerra, Modernidad e independências: Ensayos sobre las revoluciones hispánicas, Madrid, MAPFRE, 1992; Juan Carlos Garavaglia, Os primórdios do processo de independência hispano-americano, en István Jancsó, organizador, Independência: História e historiografia, San Pablo, HUCITEC / FAPESP, 2005.

6

Allan Kuethe, Decisiones estratégicas y finanzas militares en el siglo XVIII, en Juan Marchena Fernández y Manuel Chust, coordinadores, Por la fuerza de las armas: Ejército e independencias en Iberoamérica, Castelló de la Plana, Universidad Jaume I, 2008, p. 88-89.

7

Ver Dauril Alden, Royal Government in Colonial Brazil: With Special Reference to the Administration of the Marquis of Lavradio, Viceroy, 1769-1779, Berkeley, UCP, 1968; Kenneth Maxwell, Marquês do Pombal: Paradoxo do Iluminismo, traducción de Antônio de Pádua Danesi, Río de Janeiro, Paz e Terra, 1996.

8

Allan Kuethe, The Status of the Free Pardo in the Disciplined Militia of New Granada, The Journal of Negro History, vol. 56, nº 2, abril de 1971.

9

A. Kuethe, Decisiones estratégicas.

10

John Elliott, Empires of the Atlantic World: Britain and Spain in America (1492-1830), Nueva Haven, YUP, 2006, p. 299.

11

Juan Marchena Fernández, Ejército y milicias en el mundo colonial americano, Madrid, MAPFRE, 1992.

12

J. Elliott, Empires of the Atlantic World, p. 300-301.

13

António Camões Gouveia y Nuno Gonçalo Monteiro, A milícia, en António Manuel Hespanha, coordinador, vol. 4, José Mattoso, director, História de Portugal, Lisboa, Estampa, 1998, p. 181.

14

F.-X. Guerra, Modernidad e independencias, p. 73.

15

F.-X. Guerra, Modernidad e independencias, p. 72.

16

F.-X. Guerra, Modernidad e independencias, p. 73.

17

J. Elliott, Empires of the Atlantic World, p. 323.

18

F.-X. Guerra, Modernidad e independencias, p. 81.

19

J. Elliott, Empires of the Atlantic World, p. 323.

20

António Manuel Hespanha y Ângela Barreto Xavier, A representação da sociedade e do poder, en A. M. Hespanha, coordinador, O Antigo Regime, p. 114-122.

21

F.-X. Guerra, Modernidad e independencias, p. 72.

La dependencia del Brasil

Aunque en el caso portugués hayan surgido análisis sobre las relaciones entre metrópoli y colonia, así como sugerencias para profundizar sus vínculos, no parece que estas se hayan anclado en el campo político, sino sobre todo en el nivel económico, y algunas de ellas, paradójicamente, fueron producidas por memorialistas nacidos en Brasil y no en Europa. Un ejemplo es el famoso Ensaio económico sobre o comércio de Portugal e suas colônias, de José Joaquim da Cunha de Azeredo Coutinho, publicado por primera vez en 1798. Coutinho nació en Campos de Goitacás, capitanía de Río de Janeiro, en el seno de una familia esclavista y propietaria de ingenios de azúcar. Se hizo obispo de Olinda y, luego, de Elvas, y se destacó como memorialista y ardiente defensor del rescate de africanos para América. ²²

Sin embargo, en todas las memorias y análisis de la segunda mitad del siglo XVIII y de los primeros años del siglo XIX abundan nociones según las cuales el Brasil era más rico que su metrópoli, y esta, aun siendo deudora, debería hacer que reconociera su dependencia. A ese respecto, Coutinho afirmaba que Brasil era la colonia más rica y próspera de Portugal, ya que las demás sólo tienen como objeto el comercio, mientras que América tiene como objeto la cultura y el comercio conjuntamente. Al comparar distintos imperios coloniales, también señala que América del Norte solo tiene una producción al año debido a los muchos fríos y nieves, y las colonias del Caribe están sujetas a horribles tempestades y a huracanes de vientos. Por último, determina que el bajo Perú y la sierra de los Andes son prácticamente estériles. De este modo, Portugal debería reiterar su posición subordinada y deudora en relación a su hija americana, más rica y poderosa, y su acreedora: Las colonias de Portugal, concluye el esclavista ilustrado, cuanto más acreedoras son, tanto más estarán atadas y más dependientes. ²³

Pero es con un hombre de Estado, D. Rodrigo de Souza Coutinho, primer conde de Lindares –un hidalgo perteneciente a la vieja nobleza por el lado paterno, hijo de madre brasileña nacida en Minas Gerais–, que Brasil adquiere estatus propio. Alrededor de 1798, cuando era secretario de Marina y del Ultramar, D. Rodrigo envía a la Junta de Ministros un documento en el que declara que son los dominios de América que forman propiamente la base de la grandeza de nuestro augusto trono. Desde este punto de vista, pasa a considerar lo que llamó principios generales que deberían formar un sistema político para reunión y consolidación de las inmensas y distantes partes de la Monarquía. Argumenta que Portugal reducido a sí mismo sería en poco tiempo una provincia de España, y enfatiza, tal como antes lo había hecho Azeredo Coutinho, que Portugal no era sino un almacén para el comercio de Europa con otras tres partes del mundo y que su feliz posición en Europa sirve de centro al comercio del Norte y mediodía del mismo continente. Por último, menciona Souza Coutinho el sacrosanto principio de la unidad, primera base de la Monarquía que se debe conservar con el mayor celo, a fin de que el portugués nacido en las cuatro partes del mundo se considere portugués y como tal, sólo se acuerde de la gloria y grandeza de la Monarquía. Así, pues, proponía la reorganización administrativa de las provincias de América, que se denominan con el genérico nombre de Brasil, con base en lo que denominó de sistema federativo, el más análogo a la situación de Portugal en el mundo. ²⁴

Destaco aquí que esta es la propuesta defendida muy tardíamente en el imperio español, por cierto, como correctivo a las duras políticas llevadas a cabo después de la restauración de Fernando VII, como se verá más adelante.

Por otro lado, la América portuguesa gana un estatus aún más elevado a medida que los patrones políticos de la era de las revoluciones ganan cuerpo. Las revoluciones americana, haitiana, francesa y, como consecuencia de esta última, la emergencia del consulado napoleónico, aparte de la retomada de las hostilidades entre Francia e Inglaterra en la década de 1790, crean un complejo tablero de ajedrez en el mundo atlántico, en el cual Brasil pasa a desempeñar un papel fundamental no solo para Portugal, sino también para sus tradicionales aliados británicos.

Fracasada la coalición de las potencias europeas contra Napoleón y firmado el tratado de Badajoz en enero de 1801, en que Portugal pierde Olivença en Europa y una parte del norte de Brasil, aparte de tener impedida la presencia de barcos británicos en sus puertos, ²⁵

D. Pedro José de Almeida Portugal, marqués de Alorna, propone a D. Juan que engañe a Francia y Castilla amenazando marcharse a América. Le señaló que el príncipe regente tenía un gran imperio en Brasil y que quizás el mismo enemigo que ahora ataca con tantas ventajas tiemble y cambie sus proyectos si él les amenaza con irse para ser emperador en aquel inmenso territorio. Según el mismo Alorna, con la instalación de bases en la América portuguesa, se puede fácilmente conquistar las colonias portuguesas y enterrar en poco tiempo a todas las potencias de Europa. Sin embargo, si la farsa no convenciese a franceses ni a castellanos, D. Juan podría efectivamente retirarse a sus Estados de Brasil y la nación portuguesa seguiría siendo nación portuguesa. Aunque sin obtener entonces consenso para su propuesta, fue a D. Rodrigo de Souza Coutinho a quien, en 1803, le tocó proponer a sus compatriotas que después de devastado por una larga y sanguinolenta guerra, todavía le queda a su soberano y a sus pueblos crear un poderoso imperio en Brasil donde se vuelva a reconquistar lo que pueda haber perdido en Europa. De forma realista, el conde de Linhares hacía notar que la permanencia de D. Juan en Europa provocaría la abdicación de Vuestra Alteza Real a su Real Corona, la abolición de la Monarquía o una opresión fatal como la que generalmente se dice que sufren los napolitanos. Se temía asimismo la dilaceración de los vastos dominios de la Corona de Vuestra Alteza Real en las islas contiguas a Europa, en América, en África y en Asia, que ya eran codiciadas por los ingleses para compensar la falta de comercio con Portugal. Se trataba, además, de territorios que los franceses querían tomárselos. ²⁶

Al entrever el destino de Portugal, el conde de Linhares avizoraba, y con detalles, la futura trayectoria española.

Pies de página

22

Sergio Buarque de Holanda, Obras econômicas de José J. da Cunha de Azeredo Coutinho (1794-1804), San Pablo, Companhia Editora Nacional, 1966.

23

Sergio Buarque de Holanda, Obras econômicas de José J. da Cunha de Azeredo Coutinho (1794-1804), San Pablo, Companhia Editora Nacional, 1966, p. 153-154.

24

Maria de Lourdes Viana Lyra, A utopia do poderoso império. Portugal e Brasil: bastidores da política (1798-1822), Río de Janeiro, Sette Letras, 1994, p. 70-73.

25

Valentim Alexandre, Os sentidos do império: Questão nacional e questão colonial na crise do antigo regime português, Porto, Afrontamento, 1993, p. 125.

26

M. de L. V. Lyra, A utopia do poderoso império, p. 110-111; V. Alexandre, Os sentidos do império, p. 131-132.

1808: impedimento y exilio

Sin embargo, por esos años, la creencia en la tradicional alianza franco-castellana había engendrado situaciones inesperadas en el lado español. En marzo de 1808 Fernando VII promueve el motín de Aranjuez con el objetivo de derribar al omnipresente ministro Godoy e imponer la abdicación de Carlos IV. No solo obtiene la fidelidad del pueblo español de ambos hemisferios, sino que abre el tema de la regeneración de la monarquía española. Su creencia en una alianza con Napoleón se revela ingenua, ya que este estaba lejos de ser el tradicional aliado Habsburgo o Borbón. Su abdicación y prisión, así como el nombramiento de José Bonaparte como rey español, engendran una situación inusitada entre las monarquías europeas. El rey considerado legítimo se hallaba vivo, pero, por su abdicación, estaba impedido de gobernar. De ese modo, en la mentalidad pactista dominante, la soberanía de la nación volvía a los pueblos y a sus formas de representación típicas del Antiguo Régimen: la ciudad, la cámara y, más modernamente, la junta de gobierno. ²⁷

Esa concepción, arraigada en la tradición del pactismo español, ocurre simultáneamente en Europa y en América. En ambos contextos se discutió la fidelidad al monarca abdicado, pero, al mismo tiempo, se reconoció que, en su falta, o ante la vacatio regis, el poder volvía a estar en los pueblos. ²⁸

Sin embargo, la América española y la Península revelan un proceso de alejamiento que desde entonces tiende a profundizarse y que se hace flagrante en Cádiz, después de 1810. Distintamente del reconocimiento de dependencia portuguesa en relación a Brasil, la Junta Suprema Central instalada en Sevilla parecía ir, según Guerra, contra todo lo que las Indias habían sido en las leyes y en el imaginario de los americanos, ²⁹

mientras subraya, en enero de 1809, que los vastos y preciosos dominios que España posee en las Indias no son propiamente colonias o factorías como las de otras naciones. O sea, la América hispánica constituía, en el límite, algo apenas más elevado que colonias y factorías inglesas o francesas del Nuevo Mundo, y nada más.

Algo distinto ocurrió en Portugal. A pesar de que había simpatizantes de la causa francesa en el viejo reino, y de que el mismo príncipe regente se revelaba vacilante en cuanto a sus antiguos enemigos, travestidos de una modernidad a la vez revolucionaria y expansionista, el partido anglófilo demostró tener más fuerza, y superó al primero. ³⁰

Más que la inminente invasión de las tropas de Junot, fue la presión inglesa la que sacó a Portugal de su tradicional pretensión de neutralidad, impulsando a la corte a emigrar a Brasil, gracias a la sustancial ayuda militar británica. Una flota de treinta barcos amparados por una escuadra británica trasladó a D. Juan y su extensa comitiva a América, en un viaje que comenzó en diciembre de 1807 y acabó en enero del año siguiente. ³¹

La tesis del poderoso imperio, defendida por Souza Coutinho en 1803, gana así fuero de realidad irremediable. Al desembarcar en Río de Janeiro en 1808, D. Juan fue saludado como emperador del Brasil, y su corte, según el mismo documento, levantará la voz del seno del nuevo imperio que creará. Toda Río de Janeiro en fiesta asistía a la triunfante entrada del primer soberano de Europa en la más afortunada ciudad del Nuevo Mundo, la sede del Nuevo Imperio Lusitano, que Vuestra Alteza Imperial vino a crear en la América Meridional. ³²

Pies de página

27

F.-X. Guerra, Modernidad e independencias, p. 118-123.

28

J. C. Garavaglia, Os primórdios do processo, p. 209-210.

29

F.-X. Guerra, Modernidad e independencias, p. 135.

30

V. Alexandre, Os sentidos do império, p. 138-147

31

Kristen Schultz, Versalhes tropical: Império, monarquia e a Corte Real Portuguesa no Rio de Janeiro (1808-1821), traducción de Renato Aguiar, Río de Janeiro, Civilização Brasileira, 2008, p. 109-112.

32

M. de L. V. Lyra, A utopia do poderoso império, p. 117-118.

Libre comercio

El 28 de enero de 1808, de paso por la capitanía de Bahía, D. Juan decreta el fin del sistema colonial. Gracias a la representación según la cual se hallaba interrumpido y suspenso el comercio de esta Capitanía, ordena que no sólo mis vasallos, sino también los [...] extranjeros puedan exportar para los Puertos que les parezca ser de beneficio del comercio y agricultura, de modo de promover todo y cualquier género y producción colonial.

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