Disfruta de millones de libros electrónicos, audiolibros, revistas y más

A solo $11.99/mes después de la prueba. Puedes cancelar cuando quieras.

Guerra, amor y sangre: Romance lésbico, romance vampírico, #1

Guerra, amor y sangre: Romance lésbico, romance vampírico, #1

Leer la vista previa

Guerra, amor y sangre: Romance lésbico, romance vampírico, #1

Longitud:
192 páginas
3 horas
Editorial:
Publicado:
14 jul 2020
ISBN:
9781071549865
Formato:
Libro

Descripción

Livermore Falls es una pequeña ciudad de Maine de unos 1700 habitantes. Kristen Adams es una adolescente de diecinueve años que morirá a manos de Faith Ryan, una bella y joven mujer de carácter insolente y carismático que capta su atención a primera vista. Lo que Kristen ignora es que Faith en realidad nació en el año 936 en Northrumbia, Inglaterra. No tiene ni idea de lo que ocurrirá a partir de ahora, lo que sí sabe es que ha sido elegida y tras exhalar su último aliento en Maine, viajará a Nueva York donde descubrirá quién es ella realmente y quién ha sido todo este tiempo. Esta es la primera novela de fantasía y vampiros escrita por Kyrian y Jaime entre ciudades como Dublín, Boston, Livermore Falls y París. Un libro que vuelve al mito del vampiro y nos lo trae adaptado a nuestros tiempos.

Editorial:
Publicado:
14 jul 2020
ISBN:
9781071549865
Formato:
Libro

Sobre el autor


Relacionado con Guerra, amor y sangre

Libros relacionados

Vista previa del libro

Guerra, amor y sangre - Kyrian Malone

La edad no te protege de los peligros del amor. Pero el amor, en cierta medida, te protege de los peligros de la edad.

Jeanne Moreau

PRÓLOGO

Capítulo 1: Fuego

Capítulo 2: Sangre

Capítulo 3: El mundo de los muertos

Capítulo 4: Instinto

Capítulo 5: Reglas

Capítulo 6: Comida familiar

Capítulo 7: Vínculo

Capítulo 8: Consagración

Capítulo 9: Alice

Capítulo 10: Linaje

Capítulo 11: Cara

Capítulo 12: Despertar

Capítulo 13: Sarah

Capítulo 14: De vida o muerte

PRÓLOGO

Iba a morir.

De entre los cientos de personas que me rodeaban, yo sería quien moriría en unos cuantos minutos. No sabría decir por qué o cómo, tampoco sabía por qué ella me había elegido. Siempre había tenido dudas acerca de mi sexualidad debido a mi tendencia a sentir atracción por las mujeres, algo que nunca había experimentado hacia los hombres. Aun así, aquel estremecimiento que me recorrió al verla no fue comparable a ninguna otra sensación que hubiera experimentado antes y despertó algo en mí que no podía explicar.

Al principio me contenía y la miraba solo para asegurarme de que seguía ahí. Después, una vez nuestras miradas se encontraron, sumergiéndose la una en la otra, fue cuando sentí cómo mi corazón se agitaba en mi pecho. Una reacción física para la que no hallaba explicación alguna, pero de la que me acordaría hasta el fin de mis días, para lo cual no quedaba mucho.

Nos mirábamos a una buena distancia, yo, demasiado tímida, me las arreglaba para poder seguirla con los ojos, ella, segura, parecía esperar alguna señal por mi parte. O al menos eso quería creer...

Era posible que tuviera cinco o seis años más que yo, y a mí, en la plenitud de mis diecinueve años, me intimidaba afrontar aquel tipo de intensas emociones que se iban acumulando en el ambiente. Ella tenía de antemano un poder insospechado: el de acaparar toda mi atención, el de diferenciarse con soltura y elegancia del resto de personas entre las que flotábamos.

Me pregunté si se trataba de mi imaginación, pero la realidad me golpeó de lleno: de entre las trescientas o cuatrocientas personas que nos rodeaban, ella me había mirado a mí. A mí. No a Tommy ni a ningún otro, solo a mí... Aunque no tuviera nada de lo que tenían todas aquellas chicas espléndidas que pululaban por los alrededores de aquel moderno bar de Portland, ese tipo de chicas a las que todos los hombres querían acompañar a la habitación de un hotel para terminar la fiesta allí.  Ni vestido llamativo, ni peinado elaborado, ni tacones de aguja, ni toneladas de maquillaje. Yo era lo que se solía llamar «una chica de pueblo», una campesina de Livermore Falls, un pequeño y desconocido pueblo de Maine a veinte minutos de Lewiston y a dos horas de Portland.

Si estaba en aquel bar, no era para pasar un buen rato ni para beber hasta la saciedad en aquella especie de «fiesta masiva», propia de los jóvenes de mi edad. Estaba allí simplemente por acompañar a Tommy y había encontrado en aquella desconocida la más fascinante de las distracciones.

Se sentaba al fondo del bar, apartada de la gente en una esquina oscura a la que llegaba la suficiente luz como para que la pudiera contemplar. Llevaba unos vaqueros y un ajustado top negro de cuello vuelto. Su tez pálida resaltaba sus finas y negras cejas y sus ojos color avellana.

De repente se levantó, se puso la chaqueta y se alejó de la barra. Entonces, algo contra lo que no pude luchar me impulsó a seguirla. Entendí la mirada que me lanzó al pasar a mi lado como una invitación. Sin decirle nada a Tommy, con quien pensaba reunirme más tarde, me levanté y me abrí camino entre los clientes hasta la salida del bar donde ella desapareció.

Fuera, el viento glacial me azotó en la cara. Me puse la capucha y metí las manos en los bolsillos de la chaqueta tiritando de frío. Parada delante de la entrada, inspeccioné con la mirada todos los rincones de mi alrededor sin éxito. Los clientes que entraban y salían chocaban conmigo al pasar, deseosos de entrar al calor del local o de volver a su vehículo. Cualquiera se habría resignado debido al frío que hacía, pero yo no. Necesitaba encontrarla, hablar con ella, saber quién era, su edad, su nombre, aunque eso significara hacer el ridículo.

Decidí rodear la fachada del bar hasta el aparcamiento. O había desaparecido como un fantasma o yo había llegado tarde. Decepcionada, me encontré sola en medio de un montón de coches aparcados. Mi audacia no se había visto recompensada y jamás había experimentado tal sentimiento de frustración.

De repente, un ruido a mi espalda me sobresaltó. Al darme la vuelta, me topé con una divina silueta a menos de un metro de mí. Era ella, mi hermosa desconocida. Su rostro parecía aún más pálido a la luz blanca de las farolas. Ambas parecíamos sorprendidas de estar mirándonos cara a cara, y sin duda ambas nos hacíamos la misma pregunta: qué hacíamos allí, aunque en el fondo, sabía que las dos conocíamos la respuesta.

Ella alargó su mano a mi mejilla y en aquel momento no supe cómo reaccionar, mi respiración se entrecortó. ¿Debía retroceder? ¿Decir algo? El frescor de su piel sobre la mía me dio la respuesta. Dejé que la palma de su mano acariciara mi rostro. Sus ojos avellana se oscurecían bajo la penumbra de la noche. Me miraban hipnóticos y penetrantes. Yo permanecía paralizada, no podía emitir ningún sonido. Mi corazón latía acelerado y me provocaba ligeros y anormales mareos. El tiempo parecía suspendido de un hilo que podría romperse al mínimo movimiento por mi parte. Inmóvil con los pies pegados al asfalto, observé cómo con su mano intentaba apartar algunos mechones de mi cara. El silencio entre nosotras pareció extenderse a nuestro alrededor. No se escuchaba ni un ruido a pesar de la proximidad de la avenida. Del mismo modo, había dejado de sentir el frío. Ella aún no había dicho una palabra y me miraba sin pestañear. Avanzó, llenando el espacio que había entre las dos y rompió el silencio por fin.

—¿Me buscabas?

Mis tímpanos vibraron al son de una voz áspera, pero dulce al oído. Medité todas las respuestas que podía darle. Pero solo una me pareció la más obvia: «Sí», la estaba buscando. ¿Por qué otra razón habría salido a aquel aparcamiento sola y tan tarde? Lo cierto era que ya no lograba organizar la secuencia de mis pensamientos, ni tampoco advertir la anormalidad de la fría temperatura de su piel. Era incapaz de apartar la mirada de ella, como si su presencia se tratara de un espejismo. Me atreví por fin a pronunciar algunas palabras:

—Sé que esto puede parecer estúpido...

Me perdí en mi propia respuesta y me sentí obligada a explicarme. Aunque por lo general no era de naturaleza tímida, aquella noche estaba siendo una excepción. Necesité varios segundos para recuperar la seguridad antes de continuar hablando:

—Quiero decir, lo es, ya lo sé, pero antes me has mirado y...

Definitivamente, no conseguí explicarme. Ella permanecía ahí, impasible ante mis balbuceos y eso solo me hacía enredarme más. Había hablado como si fuera idiota. ¿Por qué diablos no me hacía ella una señal? ¿Por qué no decía nada que pusiera fin a aquel ridículo malentendido? Todo lo contrario, permanecía quieta delante de mí con una mirada distante e incluso parecía disfrutar de la situación. Volvió a poner su mano sobre mi mejilla y con la otra me acarició el pelo. Yo me quedé paralizada con las plantas de las zapatillas pegadas al asfalto. Por fin se decidió a responder, yo esperaba que me liberara de mi incomodidad.

—¿Y bien?

Eso solo tuvo el efecto contrario. Aquella breve pregunta no hizo más que acentuar mi estado. ¿Cómo podía escapar de aquella confusión en la que me había hundido?  ¿Y qué podía responder a ese: «y bien»? Intenté romper aquel nuevo silencio:

—No soy de aquí... Vivo en Falls.

Como siempre, ninguna reacción por su parte. Y, sin embargo, parecía concentrada en mis labios, atenta a cada palabra mientras me inmovilizaba con su penetrante mirada. De repente, sin mediar palabra, acercó su cara a pocos centímetros de la mía. Mi corazón latía tan fuerte que resonaba en mis oídos. Ella se acercó un poco más hasta que sus labios se posaron sobre los míos. Me quedé paralizada ante aquel dulce contacto, el cual consiguió aliviar toda la tensión de los últimos segundos. Me sumí en un estado febril, en una especie de caos que entumeció mi espíritu. Aun así, respondí a su beso, a aquel delicioso primer contacto que ella me brindó y al que no pude resistirme.

Aquella situación no tenía sentido. No la conocía, ni siquiera sabía su nombre, pero sus labios eran como un imán para mis besos. Cerré mis labios sobre los de ella. Mi aliento se volvió cálido y entrecortado, pero la situación podía conmigo, me dejé llevar, como si una corriente incontrolable tirara de mí. De repente, ella se apartó un poco y me empujó contra la puerta de un coche, después pegó su cuerpo al mío sin darme tiempo para recuperar el aliento. Los mareos se volvieron incontrolables. Tommy jamás me creería, estaba segura, pero en aquel momento que estaba viviendo, Tommy no tenía lugar. El perfume envolvente que emanaba de aquella desconocida que se apretaba contra mí me hacía olvidar hasta mi nombre.

Las emociones me invadieron, temblaba entera. Un calor inusual invadía mi cuerpo, enrojecía mis mejillas y me hacía ignorar el frío ambiental. Su rostro estaba pegado al mío y sentí de repente cómo sus labios comenzaban a deslizarse lentamente sobre mi cuello, cerrándose sobre mi piel. Lo que no sabía en ese mágico instante, era que aquella dulce sensación sería el principio de una lenta agonía.  Me sofocaba al sentir su cuerpo totalmente pegado al mío. Quizá aquello no era más que un sueño, pero uno del que me negaba a despertar. Mis dedos se cerraron sobre su nuca, probando la fría suavidad de su piel. 

—¿Tienes frío? —murmuré con voz tímida.

Ella no respondió, pareció ignorar mi pregunta.

—Dime por lo menos... cómo te llamas.

No obtuve respuesta. Fue entonces cuando un intenso dolor me arrancó del delicioso estado en el que me hallaba. No estaba soñando, sentí con certeza cómo sus dientes se hundían en mi carne, dejando mi cuerpo completamente postrado. Poco a poco, las emociones que se habían ido acumulando en mí se esfumaron. Sentí cómo me rodeaba con su brazo y aquellos tenues mareos de placer se fueron tornando en algo cercano al desmayo. De repente mi mano se aferró a su cabello, mis párpados me parecían pesados. Dejé escapar un gemido. Ella no se movió, mantuvo su abrazo sobre mi cuerpo, sus labios sobre mi cuello. Me temblaban las piernas y mis fuerzas me abandonaban conforme pasaban los segundos. En un momento de lucidez, me di cuenta de se estaba bebiendo mi sangre. La sola idea me hizo temblar. No podía creerlo. Intenté removerme entre sus poderosos brazos. Después, se enderezó. Su mirada clara parecía atravesarme el alma. ¿Estaba a punto de perder el espíritu o estaba siendo presa de las alucinaciones?  Aquella joven que tenía delante parecía una especie de ser etéreo propio de un cuento para niños. Sus pupilas dilatadas dejaban entrever unos iris de azul intenso, aunque habría jurado que hacía unos minutos eran de color avellana. Sus labios entreabiertos se habían tornado púrpuras y revelaban dos caninos afilados. Me había mordido y la vida me abandonaba. Sentía cómo se evaporaba con cada una de mis exhalaciones, pero lo extraño era que no sentía miedo. Después de todo, ¿tenía algo más preciado o valioso que perder? Miré a mi ejecutora y a pesar de todo seguí vislumbrando en ella una belleza feroz a la par que funesta. Si Dios existía, se me había aparecido bajo la forma más embaucadora y cruel posible...

Mis párpados se entrecerraron, el frío se apoderó de mí. Ella me acostó en el suelo de asfalto y me apretó contra sí. A pesar del estado en el que me hallaba, pude observar cómo se mordía el interior de la muñeca. Después la puso sobre mis labios y el gusto metálico de su sangre me bajó por la garganta. Traté de girar mi rostro en vano. Cuanta más sangre tragaba, más aumentaba un retorcido dolor en mi vientre. Aquel dulce sueño se había convertido en una horrible pesadilla. De algún modo, mi cuerpo exhausto parecía estar volviendo a la vida. Los espasmos contraían mi estómago con violentos dolores y oprimían mis pulmones. Me costaba respirar. Cada inspiración me abrasaba la tráquea y me extenuaba todavía más. Entré en pánico, posiblemente debido a un instinto de supervivencia que despertó en la vana esperanza de acabar con mi sufrimiento. Ella me sujetaba firmemente contra sí para impedir que me moviera y mis temblores cesaron. En aquel preciso momento habría podido jurar que los latidos de mi corazón se ralentizaron en mi pecho. Mi cuerpo demasiado débil dejó de reaccionar y el intenso dolor se fue atenuando poco a poco. Mis párpados se cerraron y lo último que vi fue la penetrante mirada de mi asesina.

Capítulo 1: Fuego

La muerte nunca me había dado miedo. No era para mí más que la imagen abstracta que representaba el fin de la vida. Solía imaginármela como en las novelas fantásticas, vestida con una larga túnica negra y apareciéndose para segar las vidas de las personas mayores, de los desafortunados o de los imprudentes. Nadie me había advertido de que en realidad llevaría unos vaqueros y un top negro de cuello vuelto.

Abrí los ojos perturbada por un sonido rotatorio, constante y ensordecedor que hacía eco a mi alrededor. Me incorporé rápidamente, me encontraba en medio de una fábrica abandonada. No había nada excepto olores desagradables, humedad y posiblemente moho.

Estaba viva... Esa fue mi segunda verificación. No sabía dónde estaba, ni

Has llegado al final de esta vista previa. ¡ para leer más!
Página 1 de 1

Reseñas

Lo que piensa la gente sobre Guerra, amor y sangre

0
0 valoraciones / 0 Reseñas
¿Qué te pareció?
Calificación: 0 de 5 estrellas

Reseñas de lectores