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Entre dos ríos

Entre dos ríos

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Entre dos ríos

valoraciones:
5/5 (1 clasificación)
Longitud:
94 página
1 hora
Editorial:
Publicado:
Jun 20, 2020
ISBN:
9789874647474
Formato:
Libro

Descripción

Entre dos ríos es una novela breve sobre el amor entendido no solo como motivo romántico sino como ocasión de un aprendizaje en el que se anudan preguntas vitales en torno a la libertad, el cuerpo, la familia y los vínculos. Pero esta novela de aprendizaje es también un relato de viaje: entre el río Uruguay y el río Limay, de Neuquén a Entre Ríos, la narradora relee las cartas que sus abuelos se enviaron mientras eran novios y a partir de ese lenguaje ajeno y familiar a la vez, que pone al amor en una dimensión no solo afectiva sino también histórica, se pregunta sobre la duración del romance, sobre su cruce siempre difícil con los doméstico y, ante todo, por el deseo.
Editorial:
Publicado:
Jun 20, 2020
ISBN:
9789874647474
Formato:
Libro

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Entre dos ríos - Romina Zanellato

A Gloria y Luis

Estaba deseosa de permanencia, supongo que necesitaba que algo me recordara lo efímera que es la permanencia.

Patti Smith, M Train

Un ceibo solo en el campo. Al rato aparece un grupo más y después una hilera de ceibos silvestres acompaña la ruta. Acá adentro hace frío pero estoy segura de que afuera hay humedad y treinta grados. Acabamos de cruzar un río ancho y manso desde un puente naranja, de esos elevados como los que hay en las películas. Parece una imagen de otro país. El campo se ve infinito con manchas de pasto amarillo, arboladas de copas como nubes verdes y lagunas de lluvia marrón. Al lado mío, una chica llora en silencio.

La había visto en Retiro, con su enterito negro de lunares blancos como los que yo usaba de nena en Neuquén. Desde que se sentó en su butaca está hecha un ovillo, cerrada. Nos deja a todos afuera, aunque soy la única pasajera que lo nota. Tiene la frente pegada a la ventana, solo puedo ver cómo le caen las lágrimas al brazo y se deslizan por los pelos hasta aterrizar en su ropa. Gotas gordas. No emite sonido ni queja. Me parece un llanto de resignación. No le digo nada, capaz no lo haga nunca. Que en este viaje, al lado mío, ocurra este cuadro mudo, no puedo más que tomarlo como un presagio.

Los ceibos siguen corriendo a ambos lados del micro. En la casa neuquina de mi abuela había uno, protagonista en el medio del patio, a modo de premio y manifiesto. Notable. Las señoras del barrio se frenaban para preguntarle cómo era posible que creciera ahí, con el frío y el desierto. Aurora, si estaba de mal humor, usaba su cinismo para contestarles que con amor alcanzaba. Si estaba en un buen día respondía la verdad: requería cubrir el tronco con nailon en invierno para protegerlo de las heladas, apuntalar las ramas grandes, podarlo con cuidado y, sobre todo, sostener la estricta prohibición a los nietos de treparlo. De lo que no se hablaba era del agua, bien preciado y ausente en ese suelo. Había que regarlo demasiado.

La flor del ceibo es de terciopelo rojo, y sale del árbol en forma de ramillete desbocado, exuberante de color y textura. Parece una lengua como la de los Rolling Stones pero por la velocidad de este micro se transforma en rayas coloradas sobre el pasto quemado del litoral. Se me aparece una imagen deforme y lejana en la memoria, siento la flor sin aroma sobre mis dedos. Soy esa niña que las junta del suelo -jamás las arranca- y las destroza de a poco en pasos estrictos: primero le saca el tallo y la vaina, que también es roja y al abrirla tiene como una baba de flor que amaso entre mis yemas hasta que desaparece. Después el pétalo, lo froto con el dedo, tanto que el terciopelo se trasluce. Va y viene el dedo, sintiéndose flor, haciendo del contacto una única sensación, textura. Sin color, la estructura carnosa se disuelve completamente. Se termina el erotismo.

Recién, cuando el micro se acercó al río, que me lleva a Concepción del Uruguay por primera vez, me di cuenta de que también luce así de carnoso. Un río marrón como un pétalo rojo. Un río turbio de sedimentos, como un recuerdo.

Son las ocho y afuera recién atardece. La del asiento de al lado no llora más, parece dormida. Por su ventana veo la tierra opaca y el degradé pastel del cielo. De vez en cuando irrumpen en mi campo visual unos árboles apretados, fugaces. Acá se escuchan los tiros de una película de acción, los mocos del nene de adelante y el berrinche sostenido hace media hora de un bebé en el último asiento. Del otro lado está el sol, yéndose con dos rayos rosados que se clavan como flechas a unas nubes sobre el horizonte, pompones teñidos de violeta. Ni siquiera intento dormir.

Se sacude el micro en la ruta pero yo estoy quieta en mi asiento, mirando para afuera. Sospecho de mi calma. Voy al lugar del cual mis abuelos escaparon, sin saber para qué. No sé mucho de la historia ni cómo se fueron. Se me ocurre que siempre la mejor forma de huir es en tren. Al recorrido hay que vivirlo a una velocidad en que la mente pueda asimilar el trayecto. Como ahora, que estoy amasando la posibilidad sobre un Chevallier.

Los ceibos pasan y yo sigo de cuerpo inmóvil pero con la mirada movediza, como un perro encandilado sobre la ruta. Se escucha el

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