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La bomba de San José

La bomba de San José

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La bomba de San José

Longitud:
299 páginas
4 horas
Editorial:
Publicado:
Jun 20, 2020
ISBN:
9786074452211
Formato:
Libro

Descripción

En esta divertida y gozosa novela Ana García Bergua evoca con humor la ciudad de México de los años sesenta: una ciudad atrevida e ingenua, donde los poetas trabajan en las flamantes agencias de publicidad y los pintores ya no quieren pintar murales y las esposas ya no quieren ser obedientes, y donde los ímpetus creativos son tales que incluso un p
Editorial:
Publicado:
Jun 20, 2020
ISBN:
9786074452211
Formato:
Libro

Sobre el autor

Ana García Bergua es narradora y ensayista. Nació en la Ciudad de México en 1960. Estudió Letras Francesas y Escenografía Teatral en la UNAM. Ha publicado las novelas El umbral, Púrpura, Rosas negras, Isla de bobos, La bomba de San José y Fuego 20; los libros de relatos El imaginador, La confianza en los extraños, Otra oportunidad para el señor Balmand, El limbo bajo la lluvia y Edificio, así como los libros de crónica Postales desde el puerto y Pie de página. Muchos de sus cuentos figuran en antologías. En 1992 recibió la beca para Jóvenes Creadores del Fonca y en 2001 entró al Sistema Nacional de Creadores de la misma institución. Desde 1987 hasta la fecha ha publicado cuentos y crónicas literarias en diversas publicaciones; durante varios años escribió la columna “Y ahora paso a retirarme” en La Jornada Semanal. En 2013 obtuvo el Premio de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz por su novela La bomba de San José.


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La bomba de San José - Ana García Bergua

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1

El día en que Hugo la trajo a casa, me costó reconocerla porque no estaba maquillada como en las películas. Eso sí, llevaba ropa muy fina, aunque sencilla, de la que se empezaba a llamar sport, y se había puesto unos lentes oscuros de montura blanca. Por lo demás, traía el pelo amarrado, como cualquier muchachita de buena familia, excepto por los aretes exageradamente grandes. Hugo llevaba una semana sin pararse por la casa; lo último que había sabido era que se había ido con sus compañeros de la agencia a la Reseña de Acapulco; me enteré porque Lilia, la esposa de Néstor, me habló enseguida para contarme que los tres se habían escapado. Pensamos que habían seguido la pachanga y regresarían a trabajar el lunes o el martes, incluso el miércoles, como había pasado otras veces, pero nada. Lilia quería llamar a la policía. Yo no, tan sólo por llevarle la contraria, le dije que esperáramos. La verdad era que Lilia no me caía muy bien. Me había procurado desde antes y yo me le escapaba. Cada vez que teníamos un problema, ella veía la oportunidad de hacernos muy amigas, unidas en la desgracia como dicen, pero a mí eso no me gustaba, porque no era más que un pretexto para quejarse de su matrimonio y sus dolores de espalda. Yo creo que por eso nunca me duraban las amistades con señoras. La cosa es que hice como si nada, me puse a limpiar la casa y a remendar toda la ropa de mi niño, pero pasaban los días, Lilia no dejaba de hablar a cada rato y Hugo no regresaba. Juana se alteraba pensando que Hugo había tenido un accidente y cuando Juana percibía alteraciones en nuestra vida, la comida le quedaba muy extraña, agridulce y picante. Yo no lo creía así –las malas noticias viajan muy rápido–, pero me empezaba a angustiar: ¿qué tal que ya no volvía nunca, qué tal que me dejaba sola con mi hijo y todo, cómo le iba a hacer? Tendría que regresar a Tonalato, qué tristeza. Yo soy muy paciente, eso me habían dicho desde niña y esperé y esperé, como las princesas de los cuentos.

Entonces un día oí su llave, muy claro distinguí el sonido de su llavero con la figura de un caballo de plata maciza –se lo regaló su jefe, el señor Múzquiz– y fue así como entró con esa mujer, vestido con un traje safari de color verde claro que lo hacía parecer mucho más joven. Estaba impresionante: me gustó casi tanto como cuando empezamos a salir. Me dijo:

–Mira, Maite, ¿cómo ves quién me viene acompañando?, la mismísima Selma Bordiú.

Yo no le creí nada. Algunas veces había llegado acompañando de gente del ambiente artístico: fotógrafos, guionistas o incluso una sobrina que trajo de Pachuca, pero nunca estrellas porque, entre otras cosas, siempre decía que las estrellas eran tontísimas y a mí ese rasgo de él me gustaba: no era un hombre fácil de impresionar con escotes o peinados. Les abrí la puerta pensando que, como siempre, el muy sinvergüenza se la había traído para que yo no llorara ni le dijera nada, como esa vez que trajo a la sobrinita de quince años a pasar las vacaciones o cuando apareció con un grupo de amigos de la infancia que se había encontrado en la plaza de toros México.

Ella entró con mucha confianza y se recostó en el sillón de la sala que daba al ventanal, dejando caer sus zapatos de tacones bajos y subiendo los pies, como si estuviera en su casa. Luego se quitó los lentes, se soltó el cabello –tenía una melena divina, como de leona, teñida de rubio muy claro– y me pidió un vaso de agua. Me le quedé mirando con atención: la verdad, era idéntica a Selma Bordiú, la mismísima, como había dicho Hugo, la protagonista de tantas películas inolvidables, aunque por cierto no me acordaba de un solo título, pero sí de su imagen en distintas caracterizaciones: como pescadora, como espía internacional y esa que nadie le creyó de ancianita asesina. Hugo entró conmigo en la cocina.

–La tuve que rescatar –me contó–, está metida en unos líos gravísimos.

–¿Pues de dónde vienes? –le pregunté.

–De la Reseña de Acapulco, fuimos a parar ahí Néstor, la Rana y yo. Ya sabes cómo nos ponemos a veces, mejor que ni me veas tan briago –Puso cara de chistoso y me dio un pellizco en la cintura–. No estás sentida, ¿verdad? Tú sabes cómo soy. Nos dieron boletos en la agencia y hasta cuarto de hotel. Te iba a avisar, pero nos fuimos a tomar unas copas y de ahí nos seguimos. Ya ni sé cómo llegamos allá, para decírtelo todo. Imagínate cómo andábamos.

Después Hugo bajó la voz y me apartó un poco, como para que Juana no nos escuchara, aunque ella, que estaba meneando una salsa de jitomate, dio un pasito hacia un lado para oír mejor.

–Selma está muy preocupada, en cuanto supo que me regresaba a México, me rogó que la trajera; si no, no estaría viva ahora. Como sea le tenemos que ayudar.

Después me besó apasionadamente: sabía a tabaco y a vermouth. Cuando me besaba así yo me perdía, me ganaba la voluntad completamente, como a esos zombies de las películas.

–Pensé que ahora sí no volverías– le dije.

–¿Cómo crees? No te librarás de mí tan fácilmente –me respondió con aires de galán.

No pude decirle nada más; sólo agradecí que mi esposo hubiera regresado. Ya sus historias eran otra cosa. Era de esperarse que si desaparecía, como siempre, volviera con algún detalle. Hasta a nuestro gato lo trajo de una borrachera, pues lo encontró llorando afuera del Prendes, pero esto de la actriz era un poco diferente. Le dije a Juana que le llevara su vaso de agua a la señora rubia. Estaba muy bien formada, supuse que era parte de su oficio. Hugo se sentó junto a ella, me guiñó un ojo y en seguida se pusieron a hablar en inglés. No sé por qué hablaban en inglés. Faltaba poco para el mediodía y me preparé para ir a buscar al niño al Instituto de Miss Rodríguez, donde estudiaba la primaria. Pensé que quizá, cuando regresara, ya no estaría la actriz y Hugo volvería a la normalidad, o por lo menos me contaría lo que realmente había hecho en esos días, sin inventar historias descabelladas, que sonaban como a película. Su ilusión en la vida era hacer una película, pero nunca había pasado de los comerciales que escribía para la agencia de publicidad. Me tardé un poco en el Instituto, hablé con la maestra de los problemas que había tenido Lorenzo a últimas fechas, pues le daba por agarrarse a golpes con un compañerito. Le dije que su papá y yo platicaríamos con el niño, para que no se repitiera; no omití que Hugo había estado ausente durante varios días, aunque me atormentaba imaginar lo que pensaría de mí. Me miró con suspicacia y antes de que preguntara más, le di la mano y me salí. En la avenida, donde daban vuelta los tranvías, me encontré a Lilia; tenía a sus niños en la misma escuela.

–¿Sabes algo de ellos? –me preguntó.

Hubiera preferido no contestar. Le dije que Hugo ya había regresado. Me despedí con prisas. Puso cara de angustia: por lo visto Néstor, su marido, seguía en Acapulco. La pobre sufría horrores por él.

Regresé a casa rogando que la actriz se hubiera ido, pero seguía en el sillón. Hugo había puesto El rock de la cárcel en la consola y Juana les había servido whisky y papas a la francesa en uno de nuestros platones de cristal cortado. En cuanto llegamos, Hugo llamó a Lorenzo:

–A ver, chamaco, salude a su papá y a la mismísima Selma Bordiú.

Por lo visto, le gustaba repetir lo de la mismísima.

Mi niño entró a la sala un poco desconcertado y Selma le dio un pellizco en la barbilla haciendo grandes aspavientos, como si se le hubiera aparecido un ángel o algo así.

–Pero si es idéntico a ti –le dijo a mi marido con voz grave.

Me sentí un poco ofendida: Lorenzo era igual a mí, incluso tenía, como yo, el cabello castaño. Luego me fui a la cocina, para avisarle a Juana que calentara la comida. Juana estaba muy alborotada.

–Esa señora es la artista de cine, ¿verdad? –me decía, bailoteando entre las ollas con los ojitos chispeantes. Parecía dispuesta a ofrecerle un banquete y sacar el champaña si lo hubiera, del congelador. Le dije que comeríamos lo del diario, tal como lo habíamos planeado, y me miró como acusándome de aguafiestas.

Selma seguía en la casa y hablaba muy tranquila con mi marido sobre una película de Angélica María. Me pregunté si una persona perseguida, que se estaba escondiendo, como decía Hugo, actuaría como ella, tan despreocupada. Me acordé de mi tía Clotilde, quien me había contado de un vecino allá en España que se había escondido en un clóset para escapar de los franquistas, y hasta la fecha seguía encerrado.

Al rato les dije que pasáramos al comedor. Selma Bordiú picoteó la comida dándose importancia.

–Últimamente no tengo nada de hambre –dijo, sonriéndonos como niña huérfana, pero a mí no me engañaba: el platón de las papas fritas estaba vacío y yo sabía que Hugo, cuando bebía, apenas mordisqueaba alguna cosa por amabilidad.

Me daba envidia la piel tan tersa de la actriz, dorada por el sol; era como si estuviera hecha de otra cosa distinta a las mujeres normales que una veía en la calle. Y el pelo, suave, suave, por más teñido que estuviera: quizá era peluca. Quién sabe qué edad tenía, pero aun cuando hubiera jurado, pensando en sus películas, que era mayor que yo, se veía más nueva o más cuidada, no sabía explicarlo. Y eso que no parecía estar maquillada y que, sin tacones, tampoco era demasiado alta. Cuando llegó Juana con unas gorditas muy laboriosas de chorizo y requesón que nunca nos preparaba a nosotros, sentí vergüenza de comer, de estar sentada como una simple señora de su casa, de no llevar ese día más que mi falda negra, mi blusa azul y mis zapatos de tacón bajo, y sobre todo, de no saber qué decir. No es que quisiera ser como ella, con lo que implicaba ser una mujer así, pero me sentía a disgusto en mi piel, algo que nunca me había pasado, con una envidia que no me correspondía. Hasta eso, la verdad, era simpática y contaba un montón de anécdotas de sus filmaciones bastante divertidas, especialmente una en la que el director le había cambiado el nombre a su personaje sin avisar, y todos se habían hecho bolas.

Esa tarde llevé al niño a comprarle los suéteres del uniforme, pues los que tenía estaban llenos de agujeros. Me tardé con la esperanza de darle tiempo a Hugo para llevarse a la actriz, o de que vinieran por ella los que la perseguían, era lo mismo. No es que fuera mala, pero quería que Selma desapareciera de la sala como fuera, igual que un sueño o un mal pensamiento. Con ella en la casa, era como si Hugo no hubiera terminado de llegar. Claro que con Hugo por la buena era mejor, más valía no armarle escándalos ni dramas, dejarlo como siempre hacer sus cosas, resolver sus asuntos con naturalidad. Hasta el momento eso me había funcionado a mí, no sé a las otras: sabía que Lilia le armaba unos dramas tremendos a Néstor y lo amenazaba con suicidarse, y que Lucila, la esposa de la Rana, lo había corrido varias veces de la casa. Yo no hacía esas cosas: la única vez que le reproché a Hugo llegar a las cinco de la mañana, muy al principio de nuestro matrimonio, me respondió con una frialdad muy dolorosa, que no pude soportar.

Total que ese día, para no regresar pronto, llevé a Lorenzo a una cafetería a que hiciera ahí sus tareas y al cine después. Él estaba feliz. Yo me logré olvidar un poco de todo el asunto con la película: era de un perro perdido que se escapaba de sus amos. Lo bueno era que al final lo encontraban. Cuando regresamos a casa, mi hijo muerto de sueño y yo con los pies hinchados, me encontré a Hugo ya en bata y piyama, la sala en penumbra. Había estado esperándonos, miraba una película en la televisión con un cigarro en la mano y un whisky con agua en la otra.

–¿Cómo les fue? –me preguntó, tras besar al niño.

Llevé a acostar a Lorenzo y me metí a mi cuarto para sacarme los pasadores y limpiarme la cara. Hugo se puso detrás de mí muy sigiloso, sin soltar el trago y el cigarro:

–Fíjate que Selma se va a quedar unos días –me ronroneó acariciándome el cuello con sus manos fuertes–, yo sé que no te importará. Nada más en lo que se calman las cosas y la dejan en paz. Juana y yo le acondicionamos mi despacho.

¡El despacho de Hugo!, pensé, qué novedad: su templo, su espacio inexpugnable, como él le llamaba, con sus revistas, sus discos de películas musicales y su cantina privada, estaría ahora invadido de los frascos de crema y el neceser rosa de Selma Bordiú. No sé por qué, pero me dio risa. Le dije que no se preocupara; mis papás me habían enseñado que a la persona en peligro se la debe auxiliar. Hugo salió muy tranquilo; yo suspiré y me fui a lavar los dientes, contenta de que por lo menos Selma no nos invadiría la sala. Tan cansada había quedado que caí en el más profundo sueño. Cuando abrí los ojos, eran las siete y me encontraba sola en la cama. Me pregunté si acaso no habría pasado así la noche, yo sola y Hugo con Selma Bordiú en su despacho, y se me salieron las lágrimas.

Al rato, Selma se sentó a la mesa del desayuno perfectamente arreglada –o eso me pareció– y me dijo que le daba muchísima pena, que esperaba no importunarnos. Luego se sirvió una rebanada de melón y antes de atacarla con el tenedor exclamó que era absurdo estar afectando la vida de una familia tan preciosa como la nuestra. No sé por qué, cuando dijo eso de la familia tan preciosa, sentí que nuestra vida era menos que poca cosa, o por lo menos aburridísima: seguro que su vida estaba llena de aventuras de lo más desaconsejables, pero muy emocionantes.

–Quizá será mejor que me vaya a un hotel –terminó diciendo, y se le escurrió una lágrima muy prudente.

Hugo, que a esa hora era incapaz de abrir la boca sin sus dos tazas de café, casi aúlla:

–¡De ninguna manera, Selma! Aquí con nosotros estarás bien protegida. Imagínate que te localizan en un hotel: ¿cómo vas a avisar que corres peligro? ¿Verdad, Maite, que se puede quedar con nosotros?

Sonaba como Lorenzo cuando me rogó que conserváramos al gato. Yo respondí que por supuesto, que no faltaba más, que Juana y yo la acompañaríamos.

–Eres un encanto, Maite, estoy segura de que seremos grandes amigas –contestó Selma, oprimiéndome el brazo con afecto.

Me sentí en una de esas películas agogó que se habían puesto de moda.

Más tarde, Lorenzo me preguntó muy bajito que quiénes perseguían a esa señora y le contesté que era un misterio: la verdad, prefería no saber.

–No te preocupes –le dije–, sólo estará aquí unos cuantos días, hasta puede ser divertido. En una semana, esto se acaba y regresamos a lo de siempre.

Pero no fue una semana. Hugo regresó, como siempre, a su trabajo en la agencia. Eso sí, nunca había sido tan puntual con la hora de salida: cumplía con su horario de oficina y a las dos ya estaba con nosotros; incluso se traía trabajo a casa de sus campañas publicitarias, y Selma le sugería frases y canciones. Selma se comportaba un poco como la sobrina que Hugo trajo esa vez: se dedicaba a arreglar una cantidad sorprendente de ropa que traía en una maleta y a probarse distintas combinaciones y maquillajes. También leía y hablaba durante horas por teléfono con sus amigos, o eso me decía. Y en la tarde, cuando Hugo volvía del trabajo, platicaban de cine o de libros ellos dos, haciendo muchas bromas como eso de hablar en inglés –para que Selma practicara– o en un idioma inventado que a Lorenzo le daba mucha risa, o con amigos que venían de visita. Selma incluso veía el futbol con Hugo y con Lorenzo, y se entusiasmaba con los goles.

Pasaron los días y la casa se empezó a llenar de gente. Al principio eran pocos y tímidos: gente que conocíamos por la agencia de publicidad, alguna amiga de Selma que le llevaba ropa, cosméticos, encargos. Más tarde empezaron a aparecer en la puerta mensajeros con regalos que se iban acumulando en los estantes del despacho de Hugo en lugar de sus libros, los cuales, apilados, comenzaron a invadir el pasillo en desorden y a provocar que todo mundo se tropezara con ellos: osos de peluche, flores de papel, botellas de Grand Marnier e incluso unas maracas. A todo el mundo se le suplicaba la mayor discreción sobre la presencia de Selma en nuestra casa, como si fuera posible semejante cosa. No tardaron en comenzar las llamadas de los periodistas. Juana recibió órdenes estrictas: no sabía quién era Selma Bordiú, aquí era un convento de clausura y las monjas habían hecho voto de silencio.

–No sabe lo que me cuesta averiguar qué quieren de comer –les decía Juana para dar mayor verosimilitud a esa historia. Era Selma la que se la había inventado.

El hecho es que a diario estaba Selma hablando por teléfono en el despacho de Hugo con personas que yo no conocía: aquella gente que la visitaba y a la que recibía como si estuviera en su casa, aunque me repitiera cada tanto lo agradecida que estaba de que la dejara quedarse con nosotros. Hugo llegaba directo de la oficina todos los días a preguntar dónde estaba Selma. Ni te imaginas con quién hablé, le decía, o a quién me encontré.

Yo, al paso de los días, empezaba a cansarme de todo eso que parecía una rara obra de teatro y me preguntaba cómo podía Hugo organizar una cosa así en nuestra propia casa, una cosa que parecía arrastrar nuestra vida; pero disimulaba lo más que podía, por buena educación, y me sentía incapaz de decirle nada: estaba como sumida en un pasmo perpetuo, un llanto a flor de piel que se transformaba en risa o en cualquier otra cosa, y sólo reaccionaba a lo inmediato. Nunca habíamos visto a Hugo tan seguido, la verdad, y poco a poco la casa se fue convirtiendo en un manicomio, más aún cuando mi marido anunció, a mitad de una reunión de cocteles que Juana y yo tardamos dos horas en preparar, que por fin iba a escribir un guión para que Selma lo protagonizara.

–Aquí como me ven, me voy a aventar el tiro de hacer una película –dijo levantando su martini.

Ese día pensé que Selma estaría con nosotros para siempre, como si fuera una parte de Hugo, como si yo me hubiera casado también con ella. Me tomé como cuatro cocteles y creo que dije un montón de incoherencias. Sumadas a las que ya decía todo el mundo, pasaron desapercibidas.

Así, por atender a la gente que se iba apareciendo en la sala, convocada por Hugo y Selma para participar en la película, ya fuera trabajando o prestándoles dinero para producirla, empecé a perder por completo el sentido de lo que era mi vida anterior, el orden de las cosas que solía hacer, aunque no dejaba de mantener la casa limpia y todo arreglado. Un día incluso me olvidé de ir por Lorenzo al Instituto de Miss Rodríguez y tuvieron que llamarme de la escuela para decirme que el niño estaba ahí, jugando solo en el patio. Pero sobre todo Juana estaba enloquecida: decía que nunca había tratado con tantos artistas, como ella le llamaba casi a cualquiera que se apareciera en el quicio de la puerta con lentes oscuros o zapatos blancos de charol. Se esmeraba en preparar cocteles, molía para Selma mascarillas de pepino o de aguacate y a ciertas horas había que guardar silencio para que meditara. Pronto nos encontramos imaginando escenas de la película de Selma durante las comidas. La película se trataba, hasta el momento, de una actriz perseguida por una banda de mafiosos: más o menos lo que todo mundo se imaginaba que le pasaba.

Pero la verdad no me terminaba de hacer nada de gracia el asunto. En las noches intentaba hablar con Hugo sobre el tema, preguntarle con cuidado cuándo se iría Selma, si se quedaría hasta que hicieran la película, pero él se ponía simpático o me encerraba en el cuarto para besarme apasionadamente, convenciéndome con sus ademanes y sus caricias, que me da pena contar, de que me amaba igual o más que siempre.

–¿No te la pasas bien, Maite? La casa está muy alegre desde que tenemos aquí a Selma. Y la música, ¿no te gusta? Ya casi no oíamos música y ahora mira, tú misma pones el disco de La chica de Ipanema a cada rato. Pobrecita Selma, piensa en lo que está pasando, encerrada, perseguida, con lo que le gusta pasear y viajar, que la admiren. Tú y yo nos tenemos uno al otro, tenemos a Lorenzo, pero ella no tiene a nadie.

Y yo que quería tener otro bebé, una niña para completar la parejita, pero los embarazos no se me lograban.

Cuando le preguntaba a Hugo qué le pasaba a Selma, él no contestaba directamente:

–Creo que es una cosa política, pero eso no importa; nunca hemos ayudado a nadie, qué nos cuesta ayudar a una gran artista, darle una razón para seguir adelante. Porque el cine no es sólo un negocio, Maite, es un arte admirable, algo que los simples mortales tardaremos mucho en reconocer.

–Eso sí, pero ¿no podemos tener un día tranquilo, como antes?

Al discutir tratábamos de bajar la voz para que Selma, encerrada en el despacho, no escuchara. Me costaba mucho no exaltarme, sobre todo cuando me daba cuenta de que Hugo no había contestado a mis preguntas. Si me exaltaba un poco de más, Hugo me miraba desde esa lejanía que tanto me lastimaba, se salía a la sala en penumbra a fumar uno de sus Viceroy y se ponía a escribir febrilmente en la mesa del comedor. Una noche descubrimos a Lorenzo oyéndonos en el pasillo, con ese piyama de globos que le quedaba grande, y desde esa vez me contuve de gritar o llorar, para no preocupar al niño o alejar a mi marido. Con el tiempo empecé a sospechar que para Hugo lo más importante era tenerla con nosotros en el departamento, ver a toda esa gente y hacer la película.

Una vez me encontré a Selma jugando con Lorenzo en el baño. Lorenzo estaba sentado muy serio en el lavabo y Selma lo peinaba de raya en medio y le ponía brillantina. De entrada me pareció muy simpático; luego me di cuenta de que le había pintado unos bigotes con su lápiz negro de ojos. Lorenzo la miraba extasiado:

–Estás igualito a Jorge Negrete –le decía Selma.

El niño preguntó, muerto de la risa, que igualito a quién. Luego ella le dio un gran beso en el cachete y Lorenzo se dejó, encantado. A mí no siempre me permitía abrazarlo y besarlo así. Eso ya no me gustó.

Empecé a temer que no hubiera sitio para mí en la casa: había pasado ya cerca de un mes, Selma se la pasaba encerrada hablando por teléfono, recibiendo a sus amigos y cambiándose de ropa. Juana ponía la lavadora tres veces al día sólo para Selma, quien se arreglaba mucho y se metía a la regadera seguido: ¿de qué estaría sucia?, me preguntaba yo, mirando aquella piel rosada, tan tersa que no se podía adivinar su edad de golpe. Porque tenía aspecto de adolescente y a la

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