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El rostro de piedra

El rostro de piedra

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El rostro de piedra

Longitud:
622 página
9 horas
Editorial:
Publicado:
Jun 20, 2020
ISBN:
9786074455489
Formato:
Libro

Descripción

A decir de Paul Valéry, lo que más asombro le causaba en la memoria no era que volvía a decir el pasado, sino que alimentaba el presente: le daba réplica o respuesta, le ponía palabras actuales en la boca. Es de esta forma como Eduardo Antonio Parra traza en su novela, El rostro de piedra, el retrato acucioso, revelador y humano de un personaje que
Editorial:
Publicado:
Jun 20, 2020
ISBN:
9786074455489
Formato:
Libro

Sobre el autor

Eduardo Antonio Parra (León, Guanajuato, 1965) ha sido becario del Sistema Nacional de Creadores y de la fundación John Simon Guggenheim. Es autor de las novelas Nostalgia de la sombra, El rostro de piedra y Laberinto y de nueve libros de cuentos. En 2000 ganó el Premio de Cuento Juan Rulfo que convoca Radio Francia Internacional. Su libro Tierra de nadie ha sido traducido al inglés, francés y portugués; Los límites de la noche se tradujo al francés, y otros de sus cuentos han aparecido, además de en estos idiomas, en italiano, alemán, danés, húngaro, esloveno y búlgaro. Colabora con regularidad en suplementos culturales y revistas de circulación nacional con crónicas, relatos, ensayos y reseñas críticas. La recopilación de relatos Sombras detrás de la ventana (2010) obtuvo el Premio de Literatura Antonin Artaud, otorgado por la Embajada de Francia en México.

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El rostro de piedra - Eduardo Antonio Parra

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LA ÚLTIMA MARCHA (Palacio Nacional, 1872)

Para María Elena Caballero y Antonio Parra, mis padres, quienes respectivamente me contagiaron su pasión por la literatura y su amor por la historia

para Claudia, compañera en esta travesía hacia el pasado, y para Fedro Carlos Guillén, cuya generosa hospitalidad hizo posible la escritura de este relato

PASEOS NOCTURNOS

(Palacio Nacional, 1871)

Un vibrar intenso, incisivo: el batir de las alas de una mosca que se estrella y se vuelve a estrellar contra el vidrio de un espejo al confundirlo con una ruta de huida. O el galope de cientos de caballos durante el fragor de una batalla. O el murmullo de la muchedumbre abarrotando las calles y plazas de la ciudad, de todas las ciudades de la nación: gargantas que gritan y exigen, que ofrecen apoyo incondicional, dan aliento, aclaman, que hablan suavecito para convencer, que se pronuncian contra el supremo gobierno con un plan revolucionario o apoyan sus iniciativas con las armas en la mano, que declaran la guerra en otras lenguas para mutilar el territorio nacional, que corean vivas o mueras según las conveniencias del momento: un zumbido sordo. Y estampas descosidas, sin orden ni secuencia: cuadros teñidos de sangre, rostros severos en torno a la mesa donde se deciden los destinos de la patria, titulares de prensa, muecas de angustia e incertidumbre, pero también expresiones de alegría, de esperanza, de odio y de amor. Sí. Imágenes donde es posible contemplar en la mirada de los otros las máscaras que uno ha encarnado, los hombres que ha sido. Eso es la memoria, piensa Juárez. Eso y nada más. Lo raro es que vino a descubrirlo ahora, después de la muerte de su esposa, cuando un insomnio tenaz lo arroja de la cama noche tras noche a deambular por los pasillos del palacio como si esperara encontrar entre las sombras, o en ese terco zumbido que lo acompaña, la solución a las tribulaciones de un país cuya característica más visible es que no tiene solución.

Mientras recorre la oscuridad iluminada tan sólo de trecho en trecho por alguna lámpara que olvidaron retirar los hombres a las órdenes del gobernador del palacio, se pregunta si sus antecesores pasaron por lo mismo las noches en que todo parecía desmoronarse entre sus manos. ¿Habrá sentido esta agitación del aire alrededor de la cabeza el mulato Vicente Guerrero cuando sus adversarios querían regresarlo a las sierras del sur?, y don Valentín Gómez Farías ¿concibió al caminar por estos salones su visión de un México mejor, libre, democrático, acorde con la época? Los rostros de los antiguos inquilinos del edificio desfilan ante su mirada, serenos unos; crispados, temerosos otros, y Juárez los vislumbra sobre un fondo de oscuridad, estudia sus gestos y ademanes, trata de penetrar sus pensamientos y descubrir en ellos al hombre desnudo, sin dobleces, que nunca mostraron a los otros pero que contenía sus rencores y miedos verdaderos, sus mezquindades y grandezas secretas: sus verdades hondas. Los imagina, los piensa, desmenuza los detalles conocidos de sus existencias en un intento por confundirse con ellos, suplantándolos en la mente, hasta que recuerda que las sombras y los rincones del edificio deben albergar también los ecos del repiqueteo de la pierna falsa de Santa Anna. Hace un alto en mitad del pasillo con el fin de alejar esa idea. No, a ése no hay nada que aprenderle. Si acaso a no cometer los mismos errores, Pablo.

Cesa el ruido de sus pasos. La calma preñada de susurros se apodera del aire: un grillo canta a lo lejos, quizás en el primer piso; en una oficina cercana se escuchan rasguños de roedor, el viento raspando los tejados, el ulular de un tecolote, un centinela que ronca durante su guardia. El presidente entrelaza las manos a su espalda y reanuda la marcha con lentitud, casi con cautela. Repasa en silencio, moviendo apenas los gruesos labios como si musitara una plegaria, las últimas discusiones sostenidas con sus ministros ahora que han renunciado al gabinete para convertirse en sus opositores Sebastián Lerdo de Tejada y José María Iglesias, sus hombres de mayor confianza durante los últimos años. Ambos lo abandonaron para sumarse a las filas de quienes quieren arreba­tarle el mando de la nación, obligándolo a organizar de nuevo el gobierno para poder resistir en su puesto, esta vez en la batalla de las urnas electorales, sin el apoyo de Margarita, su compañera de toda la vida.

No quiere pensar en ello. Observa las sombras del palacio y ocupa la mente por unos instantes en el balance de finanzas rendido por Matías Romero, su ministro de Hacienda, y en las cartas que deberá dictar a su yerno Pedro Santacilia con objeto de allegarse el respaldo de algunos gobernadores y comandantes militares. Analiza los comentarios desconfiados de su compadre Ignacio Mejía, ministro de Guerra, con respecto a la nada sigilosa conspiración de los partidarios de Porfirio Díaz, en otros tiempos el buen Porfirio, quienes preparan un alzamiento en caso de que su candidato pierda las elecciones. ¿Será ése mi sino?, se pregunta en el umbral de una habitación amplia donde se distinguen muy pocos muebles entre las sombras. ¿Que todos mis partidarios cercanos terminen transformándose en enemigos al final de la jornada y alcen sus armas contra mí? Da un paso dentro de la habitación, pero en cuanto advierte que se trata de la antesala de uno de los ministerios vuelve a salir y retoma la caminata por el amplio corredor que rodea el hueco del patio central. Hasta hace poco incluso Lerdo e Iglesias me eran leales por completo. Ambos son mi hechura: funcionarios civiles alejados del mando militar. Pero también a Lerdo le ganó la ambición por el poder, e Iglesias se fue tras él. Por lo menos ellos no cuentan con cañones que apuntar contra mi gobierno.

Recorrer los andadores del palacio vacío, entrar en las estancias habitadas por rumores de otras épocas, asomarse a los recintos principales y extraer de ellos resonancias de los debates entre mandatarios, ministros, generales y legisladores que dieron pie a bandos o leyes, subir y bajar las escaleras, respirar el aire fresco de los jardines e intuir en las salas de espera los problemas urgentes del pueblo le otorga seguridad, le da la fuerza necesaria para continuar su mandato. Es como si la nación se situara detrás de él con el puño en alto amenazando a sus contrarios igual que ocurrió durante la guerra contra los franceses, como si el pasado cobrara consistencia para respaldarlo en sus decisiones y se mezclara con el presente y el futuro para situarlo a él, Benito Pablo Juárez García, en una especie de tiempo sin tiempo, en la eternidad que necesita para construir el país que hay en su cabeza. Pero reconócelo, Pablo, el peso de este país y este pasado amenaza con vencerte. Es entonces cuando hay que pensar en otras cosas. Las que sean.

Delimitado por un solo muro, con el vacío en el extremo contrario, el corredor amortigua el eco de su caminar y por un instante el presidente se recuerda niño, descalzo, recorriendo las veredas de la Sierra de Ixtlán en compañía de su perro y rodeado por un rebaño de borregos. La imagen de sí mismo hace más de cincuenta años le provoca un sentimiento difícil de definir: algo entre la tristeza y la ternura; cercano a la nostalgia, pero distinto. Camilo, su fiel criado desde hace tiempo, le ha dicho que sus simpatizantes cuentan varias historias sobre su infancia y que al pasar de boca en boca en voz del pueblo esas historias han comenzado a transformarse en leyendas. Como la vez que estuvo usted a un tris de ahogarse en la Laguna Encantada, patrón. O como la de que su huida del pueblo fue para librarse de la tunda que le iba a dar su tío Bernardino por haberle perdido un borrego. Mientras prosigue su paseo nocturno, Juárez se dice que casi no recuerda los rasgos de su tío Bernardino y que a estas alturas, más de medio siglo después, ya no se reconoce en aquel niño pastor. Sólo queda presente en su memoria el anhelo irresistible que lo llevó a abandonar su caserío en la sierra para descender barrancas y quebradas de San Pablo Guelatao a la ciudad de Oaxaca, en una marcha que se extendió mucho más allá de las catorce leguas iniciales y que, ahora lo comprende, aún no ha concluido. Dios, ¿cuánto me falta por recorrer, por aguantar? Su corazón se acelera y un repentino cansancio le debilita las corvas. La vista se le nubla. Busca a tientas la balaustrada de granito que separa el corredor del vacío y apoya en ella los codos. Dios, llevo más de cinco décadas resistiendo sin parar. Si lo hubiera sabido aquel día…

Una brisa fresca viene del cielo y le acaricia la cara provocándole una leve sensación de alivio. Levanta la vista adonde entre jirones de nubes titilan unas cuantas estrellas. No hay luna. Abajo, el patio central del palacio se halla hundido en un inmenso charco de tinta negra, mas entre la cerrada oscuridad Juárez cree distinguir las facciones de un rostro al mismo tiempo amado y temido: el bigote denso, los ojos de brillante azabache, la boca sonriente con un dejo de crueldad. Porfirio, se dice. ¿Por qué lo miro en todas partes?, ¿por qué no puedo dejar de pensar en él? Sacude la cabeza para alejar la visión, pero cuando de nuevo sólo ve vacío en la oscuridad la idea permanece adherida a su mente. Porfirio también era mi hechura. Se le llenaba la boca para asegurar que mi pensamiento dirigía sus acciones. Usté dígame qué es lo que hay que hacer, don Benito, y yo lo hago. Ya sabe, siempre cuente conmigo para lo que disponga. Acataba mis órdenes sin discutirlas, incluso durante la última guerra, cuando hombres de todas sus confianzas intentaban voltearlo en mi contra. Pero la tentación del poder es terrible. Si lo sabré yo. No, el buen Porfirio esta vez no se resignará a la derrota electoral como hace cuatro años. Sus partidarios han crecido en número desde el 67, se siente fuerte y va a alzarse contra el gobierno legítimo. Por eso andan tratando de alborotar a la gente desde ya los tales Ireneo Paz, Justo Benítez y Manuel Zamacona con sus dichosos periódicos que nadie lee. ¿Por qué en este país no habrá buenos perdedores? Cómo han cambiado las cosas. Antes teníamos que cuidarnos de los mochos, de los moderados y de los extranjeros; ahora incluso de los nuestros, de los que juraron lealtad absoluta, de los mismos liberales puros. Porfirio finge estar muy quietecito, según él labrando la tierra en su hacienda cañera de La Noria, como si en el gobierno no supiéramos que ha construido entre los cañaverales una maestranza donde fabrica municiones y armas por si le vuelvo a ganar la presidencia. Es menester tenerlo bien vigilado.

Palpa el bolsillo interior de su levita y saca uno de los habanos que Pedro Santacilia mandó traer de Cuba. Lo presiona con las yemas de la diestra para probar su consistencia y en su mente destella el recuerdo de cuando en el año 54 en Nueva Orleáns se ganaba la vida como torcedor de puros que después vendía en los tugurios del puerto. Un acceso de nostalgia le entreabre una sonrisa interna al escuchar el crujido de las hojas de tabaco. Coloca el puro bajo su ancha nariz y se pregunta si lo que extraña de ese tiempo es la juventud, o estar exento de las responsabilidades que comenzaron a agobiarlo desde que regresó de aquel destierro, cuando se integró a las fuerzas del general Juan Álvarez en la Revolución de Ayutla para acabar con la dictadura de Santa Anna, mas no da con una respuesta certera. ¿No extrañas ese vivir al garete, Pablo, sin otra obligación que confeccionar unas cuantas decenas de cigarros al día y luego asistir por la noche a casa de Melchor Ocampo donde se reunía la junta revolucionaria de Nueva Orleáns a conspirar contra Santa Anna mientras bebían, fumaban y soñaban con el poder? Reconócelo, había algo liberador en llevar a cabo un trabajo manual en tanto la mente permanecía divagando, en no tener que tomar decisiones ni dar órdenes. Fue tan sólo poco más de un año, pero valió la pena, ¿no?

Sí, por un lado valió la pena, se dice. Pero fue muy difícil soportar la lejanía de mi mujer y mis hijos, la ausencia de noticias prontas sobre la situación del país y, sobre todo, la idea de que si me encontraba fuera de México era porque Santa Anna había vuelto a la presidencia aclamado por el pueblo después de que por su ineptitud habíamos perdido la mitad de nuestro territorio. El viento levanta un traqueteo rítmico en el tejado del palacio y Juárez se estremece al pensar en los pasos de una pata de palo. Sonríe ante lo absurdo de sus temores, mas la sonrisa se le borra del rostro al recordar los versos de la oda que Francisco González Bocanegra, el autor del himno nacional, escribió a la pierna mutilada del dictador para recitarlos durante el entierro solemne del despojo en medio de mil honores. Intenta entonces pensar en algo más agradable, y como no lo consigue se lleva de nuevo el puro a la nariz.

El aroma del tabaco cubano le llena las fosas nasales, le trae de inmediato a la memoria el tiempo que gobernó el país desde el puerto de Veracruz, del 58 al 60, con aquellas interminables veladas de calor bochornoso en compañía de Ocampo, Miguel Lerdo de Tejada, Juan Antonio de la Fuente, Matías Romero y Manuel Ruiz, cuando todo el porvenir de su proyecto de nación se cifraba en resistir, promulgar las Leyes de Reforma y ganar la guerra contra los conservadores. De su pecho escapa un breve suspiro. Se pone el habano en la boca y lo sostiene con los dientes mientras hurga en los bolsillos en busca de un fósforo. Encuentra uno y las palabras del doctor Ignacio Alvarado resuenan en su cabeza: No debería usted fumar, señor presidente. No olvide que los últimos ataques estuvieron a punto de dejarlo paralítico, o de matarlo. No juegue con su vida. México lo necesita vivo y sano. Permanece indeciso un par de segundos, con el cigarro entre los dientes, apretando el fósforo con los dedos. Es cierto, al sobrevivir a los ataques del año anterior se propuso dejar de fumar, beber lo menos posible y someterse a un régimen estricto para recuperar la salud. Se lo prometió a Margarita. Pero Margarita murió tres meses después del ataque, cuando él ya se había recuperado, el 2 de enero de este 1871, y ya no tiene quien lo haga cumplir su promesa. Por lo menos ahora camino bastante todas las noches, aunque sea sin salir de estas paredes. Además me doy muy contados gustos, tan pocos que de hecho el placer está desterrado de mi vida, ¿no crees, vieja? De nuevo levanta la vista al cielo: los retazos de nubes se han unido entre sí hasta cubrir todas las estrellas. Indio con puro: ladrón seguro, le dijo una vez Melchor Ocampo en son de broma al verlo fumar, y el dicho le dio tanta rabia que estuvo a punto de responder con un insulto. Se quita el cigarro de la boca, pero en cuanto lo hace el rumor que tan bien conoce comienza a abatirse sobre sus tímpanos, vibra, zumba cada vez más constante. ¿Será una señal?, ¿la muerte avisándome su arribo? Entonces sin pensarlo raspa la cabeza del fósforo en el granito de la balaustrada. Un chasquido llena el silencio al tiempo que la chispa se expande, suelta un tufo a azufre quemado e ilumina el corredor por breves instantes hasta convertirse en la pequeña flama con que Juárez enciende el cigarro.

Como si en realidad se hubiera tratado de un insecto, tras la primera bocanada el zumbido disminuye, se aleja y alrededor del presidente vuelven a escucharse los sonidos del silencio: uno de los muros cruje, en el piso inferior resuenan los pasos de algún guardia en su ronda de vigilancia, un ave aletea en la copa de un árbol, otra vez el grillo. Él oye sin escuchar, concentrado en las sensa­ciones de su viejo y pequeño cuerpo que responde al estímulo del tabaco con latidos duros y breves descargas nerviosas. Trata de mantener la mente vacía, alejando de sí los recuerdos que parecen empeñados en bombardearlo con imágenes tristes, angustiantes. Fija la mirada en un punto vago de la oscuridad al otro extremo del patio y aspira y expele el humo perfumado como si fuera el único acto que valiera la pena. No repara en los pasos marciales que suben las escaleras y luego se acercan poco a poco, ni en el círculo de luz mustia que flota un metro por encima del piso, sino hasta que ya está junto a él.

–Perdone, señor presidente –dice el militar con acento nervioso tras subir y bajar el quinqué. Juárez reconoce la insignia del uniforme.

–Dígame, cabo.

–Nada, señor. Es que oí un ruido y vi un resplandor, y no sabía que su excelencia estaba por aquí. ¿Quiere que ilumine su despacho?

–Sólo salí a caminar. No podía dormir –su voz es grave y entera, igual que siempre, sin rastros del cansancio que le aqueja el cuerpo.

El militar coloca la lámpara en la balaustrada y las sombras se apartan para estremecerse después en el fondo del corredor. El hueco del patio sin embargo continúa negro. Juárez fuma. Expulsa el humo hacia el frente en una línea recta que con la luz adquiere un tono ferroso, acerado, al penetrar la oscuridad. Entonces cae en la cuenta de que el punto en que había fijado la mirada es el salón donde estuvo recluido por órdenes de Ignacio Comonfort cuando éste era presidente y él no quiso secundarlo en el golpe que dio en contra de la Constitución del 57. Ahí empezó todo, se dice.

–Lo acompaño, si gusta, para que tenga luz. Está muy oscuro.

–Se lo agradezco, cabo, pero conozco el palacio. No necesito luz.

–Es cierto, dispense usted. Me retiro.

Con paso lento el soldado camina de regreso a su puesto de vigilancia en el primer piso. La luz difusa del quinqué parpadea y palidece conforme se aleja, disolviendo la silueta del portador en la negrura incluso antes de que llegue a las escaleras. Después sólo se escuchan los tacones de sus botas en las baldosas. Esa lámpara necesita aceite, se dice el presidente. En cualquier momento se apaga. Cuando llegan al primer piso, los taconazos del guardia se aceleran rumbo a la caseta del portón principal, y Juárez piensa que no hay nada que imprima más prisa en quienes trabajan en el palacio que la oscuridad de noches como ésta, pues siempre han corrido rumores de que en el edificio se aparecen fantasmas. Muchos aseguran haber visto los espectros de antiguos mandatarios y ministros. ¿Y si se me presentara uno?, se sonríe. ¿Quién sería? Guerrero me daría curiosidad, lo mismo que Guadalupe Victoria. Bustamante, ni frío ni calor. Al único que no me gustaría toparme es a Santa Anna, pero todavía vive. Él sí que tendría muchas razones para tratar de espantarme, igual que Miguel Miramón y Maximiliano.

Detiene la enumeración mental de sus antecesores y enemigos. De pronto ha advertido que la historia de México y su historia personal tienen en común un aspecto en el que nunca había reparado: ambas son una larga galería de fantasmas. Con excepción de Antonio López de Santa Anna, que parece empeñado en vivir tanto como Matusalén, casi todos los demás actores del devenir del país se hallan bajo tierra. Lo mismo que la mayoría de mis adversarios, se dice. Echa una mirada a la oscuridad a su alrededor, a los pasillos desiertos donde las sombras se retuercen con el empuje del viento. Quizá sus espíritus atormentados sí penan por aquí, piensa. Quizá se trate de algo más que una simple leyenda. Da unos pasos con cuidado, procurando amortiguar el sonido de sus tacones con el fin de no perturbar la paz del palacio, y a lo lejos, en un rincón donde las puertas de dos recintos casi se unen para ahondar la negrura en una suerte de vacío perfecto, sus ojos descubren una silueta inmóvil. A pesar de que los latidos dentro de su pecho se aceleran, el presidente se mantiene sereno y aguza la vista. Sí, se trata de la silueta de un hombre corpulento, un poco más alto que él, con cabeza redonda y hombros anchos. No se mueve. Luce como si contemplara la nada con la frente alta, en una actitud de orgullo más allá de la muerte. ¿Comonfort?, se pregunta Juárez. ¿Eres tú, Nacho? Aventura unos pasos más, moviéndose de lado para cambiar de perspectiva, y conforme se acerca la silueta modifica su aspecto: es un busto sobre una cómoda de toscos labrados que alguien sacó de uno de los despachos. Juárez fuma y aparta la mirada del rincón. Se siente un tanto ridículo. Me estoy dejando llevar por las habladurías de la gente ignorante. El único fantasma en estos corredores soy yo. Pero desde aquel ángulo el mueble y la escultura eran muy semejantes a él. Ignacio Comonfort. Vuelve a fumar, pensativo. Si me topara alguna noche con su espectro, ¿me asustaría?

Al pensar en su antecesor inmediato, la mirada de Juárez atraviesa las sombras y se posa de nuevo al otro lado del patio, en la sala que hizo para él las veces de prisión durante los últimos días del 57 y los primeros del 58, el claustro improvisado adonde entró como titular de la Suprema Corte de Justicia y de donde salió como primer mandatario del país. Desde entonces ha estado ahí muchas veces en reuniones de trabajo y actos oficiales, sin permanecer más tiempo del necesario en él y sin examinarlo para ver qué ha cambiado y qué continúa igual que en aquellos años. Ve ahora, Pablo. La noche es propicia para que te compares con quien eras hace tres lustros, cuando por vez primera el poder estuvo a tu alcance y te propusiste aferrarte a él con toda tu fuerza porque no había otra forma de salvar a México de los retrógradas que pretendían mantenerlo en el oscurantismo y el abuso constante del pueblo. Sí, ese poder que aún no sueltas y que no soltarás por más Porfirios y demás generales y políticos que se alcen en tu contra. Si te desprendieras de él, ¿qué sería de esta pobre nación?

Da otra chupada al habano y yergue el cuerpo para reiniciar la caminata. En la torre de la catedral un bronce tañe llenando el aire con vibraciones cortas, y Juárez no necesita contar las campanadas para advertir que se acerca el amanecer. Duda un poco sobre cuál dirección seguir. Podría regresar a sus habitaciones, donde la ausencia de su esposa le haría el resto de la noche insoportable. También podría ir al despacho presidencial, encender luz y entretenerse hasta los primeros rayos del sol reacomodando en su archivo los fajos de correspondencia reciente, o reanudando esas memorias dedicadas a sus hijos que dejó inconclusas hace años. Pero nada de eso lo atrae. Mientras sigue el trazo de la balaustrada de granito y rodea el cubo donde el aire se ennegrece, piensa que debió haberle pedido la lámpara al guardia. Al aproximarse a la entrada de su antiguo calabozo, una vibración sorda cerca sus oídos en un coro impreciso donde de momento no reconoce ninguna voz. Gira el picaporte. Los goznes rechinan. Adentro lo recibe un tufo a aire encerrado y polvo, pero el presidente Juárez no lo nota porque sus tímpanos zumban otra vez con los rumores de la memoria.

LA ÚLTIMA PRISIÓN

(Palacio Nacional, 1857-1858)

Fue un 17 de diciembre: imposible olvidar la fecha cuando tú, Benito Pablo Juárez García, indio zapoteco de pura raza, miembro de una de las castas inferiores de la Nueva España desde el momento de tu arribo a la vida, oriundo de una ranchería olvidada en las montañas de Oaxaca, conseguiste burlar el destino que otros habían trazado para ti, como lo hicieron antes con tus antepasados, para abrazar con manos, piernas, uñas y dientes la historia de la nación que de ahí en adelante no avanzaría ni retrocedería sin el impulso de tu voluntad. Sabes que todos lo recuerdan, y lo recordarán las generaciones futuras tal como está impreso en tu memoria: ese día de 1857 se inició el último retiro forzoso, el marasmo del que surgiría el caudillo definitivo del siglo, la última prisión de Benito Juárez determinada por otros, porque después ya no habría en el país palabra por encima de la tuya. En ese salón se llevó a cabo un parto. O mejor, una metamorfosis: la oscura oruga que fue confinada a aquel ostracismo emergió de él con las alas brillantes que otorga el poder emanado de la Constitución. A partir de ese día ni tú ni México serían los mismos, Pablo.

Las condiciones se habían dado durante los últimos años, después de tu regreso al país tras el exilio en Nueva Orleáns. Santa Anna había huido del territorio mexicano debido al empuje de la triunfante Revolución de Ayutla cuyas cabezas eran Ignacio Comonfort y Juan Álvarez, con quien tú colaborabas de manera estrecha. Luego de ocupar un ministerio en el gobierno provisional de Álvarez, donde junto con Melchor Ocampo hiciste sentir a todos el empuje del Partido Liberal puro, al tomar Comonfort el poder te envió a gobernar Oaxaca para librarse de tu influencia directa en el gabinete y acaso también para mantenerte lejos mientras los legisladores redactaban la nueva Constitución. Pero estabas seguro de que no sería por mucho tiempo: poco a poco, sin ningún ruido, sin alardes de inteligencia como los de Ocampo y Miguel Lerdo de Tejada, sin escritos ni declaraciones escandalosas en la prensa, te ibas volviendo imprescindible. Habías abonado el terreno con buen fertilizante y pronto recogerías la cosecha.

Desde tu despacho en el palacio de gobierno de Oaxaca, o desde la sala de la casa donde otra vez convivías con Margarita y los hijos luego de tres años de separación, seguías los debates en el Congreso a través de la prensa y de una nutrida correspondencia con tus agentes en la ciudad de México, y enseguida te diste cuenta de que tus ideas habían calado hondo en gran parte de los diputados jacobinos. Ni reuniendo todas sus fuerzas en un bloque los moderados y conservadores podían hacerles frente. La ley sobre fueros que el pueblo conocía como Ley Juárez fue una de las primeras en ser agregada al documento; lo mismo la Ley Lerdo, que golpeaba duro a la Iglesia al desamortizar los bienes de manos muertas. Después de eso ya no tenía importancia que los mochos se revolvieran como gatos panza arriba con el fin de poner obstáculos a la libertad de cultos ni a las demás iniciativas democráticas: incluso ausente de la capital, habías obtenido un triunfo completo. Los empleados del gobierno, tus familiares en casa, tus amigos te veían caminar por las calles de Oaxaca con el semblante inconmovible de siempre, y no se imaginaban que por dentro la emoción te cimbraba. Recuérdalo, Pablo. Todos tus planes se realizaban, tus cálculos habían sido certeros. Sólo faltaba que Ignacio Comonfort te invitara a formar parte del nuevo gabinete como encargado de la política interna del país.

Y lo hizo, pues estaba obligado a incluir a un representante de los liberales puros para contrarrestar a los moderados dentro del palacio y a los conservadores en el ámbito de la opinión pública, las componendas y conspiraciones. Tú no habías albergado ninguna duda de que serías el elegido. El tibio Comonfort no poseía las agallas para llamar a Melchor Ocampo o a Miguel Lerdo de Tejada, quienes con su cultura y facilidad de palabra lo habrían aturdido desde las primeras juntas de ministros. Se decidió por el callado y modesto indígena vestido de negro que en vez de aplastar a sus oponentes en una discusión prefería establecer acuerdos, encontrar los puntos medios; el que se llevaba bien con casi todos y podía contener a los jacobinos más radicales; el zapoteca de rostro de piedra, quien si acaso excitaría el desprecio de la gente decente de la capital, el racismo de los criollos y el resentimiento del clero, pero le haría la vida llevadera al interior del gobierno. Conocías a Comonfort, lo habías estudiado con cuidado durante las pocas semanas que participaste en la campaña de Ayutla y los primeros meses después del triunfo de esa Revolución. No te fue difícil detectar sus muchas debilidades. Lo considerabas un individuo bondadoso pero inepto, bien intencionado pero demasiado influenciable como para llevar a México sobre los hombros. Y si se trataba de alguien que se dejaba manejar por los demás, ¿qué mejor que estar cerca y dirigirlo tú? ¿No, Pablo? Por eso, porque sabías que tu presencia era necesaria para él, en cuanto recibiste su llamado pusiste tus condiciones sobre la mesa: aceptarías el Ministerio de Gobernación sólo si se te consideraba como candidato a la presidencia de la Suprema Corte de Justicia, cargo que la reciente Carta Magna señalaba como virtual vicepresidencia de la República.

Tal como lo habías pensado, Comonfort dudó. Una cosa era tenerte como el ministro que atemperara los bandos extremos del Partido Liberal y otra muy distinta designarte su sucesor en caso de que él muriera o dejara la presidencia. Pero lo convencieron las razones que le expusiste en una carta: como moderados y conser­vadores no se cansarían de exigirle que diera marcha atrás con los logros del movimiento de Ayutla, sobre todo en lo que se refería a la nueva Constitución, la vicepresidencia de un miembro del partido de los puros aseguraría esos logros en caso de que el mandatario se sintiera tentado a abandonar el poder de modo temporal agobiado por las presiones. Además, tu nombramiento en la Suprema Corte también sería un elemento disuasivo en caso de que los militares, azuzados por el Partido Conservador, decidieran pronunciarse contra el gobierno, pues ¿de qué serviría tumbar a Comonfort si la presidencia iba a quedar en manos de un liberal de los más radicales, con lo que la Constitución y las nuevas leyes estarían a salvo?

Fue Ponciano Arriaga quien te escribió para hacerte saber que el presidente había aceptado las condiciones y tu candidatura estaba en curso, ¿recuerdas? Mientras leías la carta el corazón se te desbocó entre las costillas, aunque tu rostro mantuvo su geometría sobria. Se trataba del Poder, con mayúsculas. No una diputación ni un gobierno estatal, sino los hilos que movían el aparato nacional. Al fin estaban al alcance de tu mano. Serías a un tiempo ministro de Gobernación y presidente de la Suprema Corte de Justicia. Por encima de ti sólo estaría un hombre, y ese hombre era débil y dubitativo, sin los tamaños necesarios para mantenerse en el puesto que la nación le había encomendado.

Esa tarde, al llegar a tu casa, observaste a tus hijos con un orgullo inmenso mientras jugaban en la sala. No les dijiste nada, pero si hubieran sabido leer las rudas facciones de su padre en aquel instante habrían comprendido que se hallaba más que satisfecho de haberles abierto un camino muy distinto del de sus ancestros. En el futuro la rama de los Juárez-Maza florecería llena de colorido por encima de un árbol genealógico gris cuyas raíces, tronco y ramas bajas se habían perdido por siglos en la nada. Cuando tu mujer salió de la cocina para recibirte, tan sólo la abrazaste muy fuerte, como no lo habías hecho quizá desde el día de tu boda. Ella lo comprendió todo y, en tanto trataba de aplacar las cerdas tiesas de tu coronilla con la palma de la mano en una caricia cálida y cotidiana, acercó la boca a tu oído y casi en un susurro transformó su satisfacción en dos frases: Me hace deveras feliz que lo hayas conseguido, Juárez. Estoy orgullosa de ti.

La temporada de lluvias había quedado atrás y el viaje a la capital fue, si no agradable, al menos libre de contratiempos. Un pequeño piquete de soldados resultó suficiente para ahuyentar a los salteadores, y por el camino sólo se veían campesinos en faena y limosneros que se acercaban a los jinetes con la mano extendida. Antes de entrar en la capital, la diligencia hizo un alto en la garita de San Lázaro, adonde había ido a recibir a Juárez un grupo de miembros de su partido entre los que se encontraban sus paisanos Matías Romero y Manuel Ruiz, quien había sido designado ministro de Justicia por Comonfort. Ahí Juárez despidió a la escolta y cambió de coche para seguir en compañía de sus amigos: no deseaba llamar la atención. En el trayecto, mientras lo ponían al tanto de los chismes que daban vida a los mentideros políticos, él contemplaba la ciudad de México. Siempre se había sentido extraño en aquellas calles de empedrado defectuoso, sucias, atestadas de indios y léperos cuyo aspecto lo sumergía en una sensación desoladora. Tanto en las barriadas miserables como en las zonas aristocráticas el elemento que daba unidad a la urbe era el hedor: basura, bosta de caballo, desperdicios, agua puerca, deyecciones humanas y cadáveres de animales plagaban las acequias y los declives. Las casonas de los poderosos pretendían defenderse de los efluvios callejeros inundando sus balcones con tiestos de flores, pero se trataba tan sólo de un paliativo, pues de sus mismas cocinas emergía un punzante olor a fritanga que venía a añadirse al caldo vaporoso del exterior.

Con tono de burla, el casi adolescente Matías Romero le informó a Juárez que la principal influencia conocida sobre el primer mandatario era su madre, una anciana muy golpeada de pecho que por instrucciones de su confesor, el padre Francisco Miranda, intentaba convencer a su hijo de echar abajo las leyes que perjudicaban al clero.

–Le llora y le suplica que por la salvación de su alma anule la Constitución –rio Romero–. Y hay quien dice que el presidente Comonfort ya está convencido de que, si la legislación se mantiene tal cual, él acabará en el infierno.

–Nacho no puede pensar así, Matías. Exagera usted, o los que se lo contaron. Él es creyente, no fanático.

–Puede ser, don Benito. Pero muchas personas lo han escuchado decir que la nueva Carta Magna es una monserga que nomás presenta trabas para el Ejecutivo.

–Eso sí lo creo. Y quizá no ande tan errado… –Juárez miró la lejanía y dejó la frase inconclusa–. De cualquier modo, un presidente no debería decir esas cosas. Cómo se nota que se le escapa el verdadero valor del documento.

–O ese valor no le despierta el menor respeto –intervino Manuel Ruiz–. ¿No crees, Benito?

Tanto Romero como Manuel Ruiz continuaron develándole el confuso panorama de la política conforme se acercaban al centro y crecía el bullicio en las calles: hombres y mujeres se trataban con insultos en castellano y náhuatl, los expendedores de comida anunciaban a gritos su mercancía y coches y caballos se estorbaban el paso unos a otros provocando altercados entre jinetes y conductores. ¿Aquí es donde voy a vivir?, se preguntó. Apenas había dejado Oaxaca y ya comenzaba a extrañar la paz y el aire limpio que se respiraba allí. Sin embargo, estaba seguro, la ciudad de México era su destino. En ella aprendería a manejar con firmeza el país, que en realidad no conocía pero habitaba su mente en forma de abstracción. Desde ahí pugnaría por sujetar a todos los mexicanos a las nuevas leyes con el fin de que nadie estuviera al margen de ellas y ni un hombre se sintiera con mayores derechos que los demás. De eso se trataba. Por eso habían trabajado él y sus compañeros de partido desde hacía varias décadas. Y ahora que habían conquistado el primer objetivo no pararían hasta conseguirlos todos.

Cuando al caer la tarde el coche dejó atrás los jardines de la Alameda ya ninguno de sus ocupantes hablaba. Juárez parecía mirar con ojos atentos el trajín de la ciudad, los palacios de los señores del dinero, las escasas transformaciones urbanas desde la última vez que estuvo ahí, pero su cerebro procesaba con cuidado cada uno de los datos recién adquiridos. ¿Fue en esos instantes, Pablo, mientras veías a las damas elegantes sacarle con paso tímido la vuelta a los gañanes en una esquina de la calle de Plateros, que comprendiste toda la fuerza latente contenida en la Carta Magna, las posibilidades de poder que emanaban de su conjunto de normas?, ¿o fue un rato más tarde, en tanto descansabas del viaje en tu habitación del hotel, cuando tu mente se iluminó con la idea de que si la nueva Constitución estaba siendo rechazada por el clero, los mochos y los moderados, y hasta por el mismo presidente, defenderla no sólo era un acto de fe en la legalidad, de valor civil ante los conservadores, sino también una estrategia que podría otorgarte muy buenos dividendos políticos? La importancia del documento no se reducía a su contenido de normas: era un parteaguas en la historia de la nación, un símbolo, una bandera: tu bandera. Tenías que abrazarte a ella, arroparte con sus páginas, consustanciarte con su espíritu hasta que todos los mexicanos los concibieran como uno solo: Juárez y la Constitución: Juárez es la Constitución: la Constitución es Juárez. Era la única manera de que los hombres que la habían creado, los mejores de México, se colocaran junto a ti para darte su apoyo.

Sus compañeros se despidieron de él a las puertas del hotel Iturbide, ya con la noche cerrada. El ex gobernador de Oaxaca se registró y subió las escalinatas de mármol rumbo a su habitación pensando que el edificio era magnífico, aunque lo ponía algo incómodo saber que dentro de sus muros se había alborotado la corte del emperador en los primeros años de la década de los veinte: zánganos felices con la nueva independencia, envueltos en dignidades espurias mientras el pueblo se moría de hambre. El cuarto que le había reservado el gobierno era sobrio, pero con todo lo necesario para vivir con comodidad hasta que rentara una casa cerca del palacio. Dejó en la silla tapizada de terciopelo la levita, el sombrero, la corbata y el bastón, se lavó las manos y la cara en el aguamanil de porcelana, tomó una lámpara de bronce y escribió una rápida esquela a Margarita comunicándole su llegada sin percances. Después se recostó en el lecho a meditar. Tiene razón Comonfort, se dijo. La Constitución es deficiente, incompleta y está llena de agujeros por las concesiones a los retrógradas. También es cierto que antepone demasiadas trabas al Ejecutivo. No es sino el maquillaje que precisaba el rostro de la nación para verse joven y moderno. Pero existe, y se perfeccionará. Entre otras cosas, gracias a ella ahora los liberales estamos en el poder, y yo tan cerca de la presidencia, sin necesidad de asonadas ni pronunciamientos como los de la bárbara casta militar. Cuando no se deja espacio a la inteligencia, nomás se escucha el estruendo de los cañones y el crepitar de la fusilería; pero la Carta Magna establece un campo de juego diferente. Con ella México es mejor. Antes de caer rendido por la fatiga del viaje redactó varias cartas dirigidas a sus correligionarios con el fin de pedirles que se prepararan para cualquier cosa: no creía que Comonfort permaneciera mucho tiempo a cargo de la primera magistratura. Él, por su parte, se había preparado para la tormenta política desde antes de salir de Oaxaca.

Los siguientes días, al tiempo que el nuevo gabinete se estrenaba en las funciones de gobierno, la capital se sumergía en la incertidumbre. En diversas oleadas las habladurías se transformaban al pasar de boca en boca, pero todas reconocían la certeza del golpe de Estado que se iba fraguando en los cuarteles, en los salones burgueses, en los púlpitos y hasta en los despachos del Palacio Nacional. Juárez rindió protesta como ministro de Gobernación, y quince días más tarde el Congreso lo declaró titular de la Suprema Corte. Aunque había poco trabajo en su despacho, el ex gobernador continuó escribiendo misivas para poner sobre aviso de lo que se avecinaba a todas las fuerzas del Partido Liberal. Con tantos preparativos, apenas si tuvo tiempo de rentar una pequeña vivienda en la calle de Santo Domingo y de amueblarla con lo indispensable con el fin de recibir a su familia para las fiestas de fin de año. A principios de diciembre, cuando los rumores sobre un complot entre Comonfort y el general Félix Zuloaga, cuyo objetivo era derogar la Constitución mediante un levantamiento castrense, ya no dejaban lugar a dudas de su veracidad, Juárez tomó posesión de la presidencia de la Suprema Corte de Justicia. Entonces se sintió por fin seguro. Ya no importaba que Comonfort conspirara contra su propio gobierno: ahí estaba él, habilitado como vicepresidente del país para sortear el temporal. A partir de ese día se dedicó a observar su entorno, esperando que el tiempo y las debilidades humanas hicieran la labor que lo conduciría a su destino.

Por eso, cuando Comonfort lo llamó a su despacho y, después de quejarse de que el país se hallaba estancado y el gobierno carecía de facultades para sacarlo del atolladero en las condiciones actuales, en presencia de Manuel Payno le dijo que urgía un cambio de política en su administración, Juárez estuvo sereno. Ni un músculo de su cara se alteró mientras pensaba que el presidente denominaba cambio de política al asesinato de la Constitución, sin valor para decir las cosas por su nombre. Comonfort puso fin a su discurso invitando a su ministro de Gobernación a tomar parte en el golpe, con un tono de súplica y una mueca contrita en el rostro redondo que hicieron que Juárez se imaginara a la primera madre del país pidiendo perdón al padre Miranda por haber parido a un hereje. Estuvo a punto de sonreír, pero se mantuvo serio en su respuesta.

–Te deseo éxito y felicidad en tu camino, Ignacio –dijo–. Pero yo no te voy a acompañar en él.

Saliste del despacho presidencial con la certidumbre de que algo andaba mal en la cabeza de Comonfort, si se había atrevido a tratar de integrarte a la conspiración, ¿recuerdas, Pablo? El hombre había perdido el piso, sin duda. Iba derecho al barranco y quería arrastrarte a ti, que eras quien resultaría más beneficiado con su caída. Te felicitaste por haber hecho unos cálculos tan exactos sobre él y optaste por aguardar en tu ministerio que se precipitara lo inevitable. Pero aún debías torear a los miembros del Congreso que planeaban adelantarse al presidente para dar su golpe primero, e intentaron sumarte a sus filas. Eso no lo habías previsto. Sin embargo, les diste largas alegando ignorancia acerca del asunto, para regresar a la aparente abulia desde donde observabas el panorama. Renunció Manuel Ruiz al Ministerio de Justicia y Juan Antonio de la Fuente al de Relaciones. El gobierno se desmoronaba y tú permanecías al acecho, presto a saltar al ruedo en el momento preciso con el fin de reunir los despojos.

El 17 de diciembre de 1857 por la mañana, tras desayunar un pocillo de café y un par de frutas, Benito Juárez salió de su casa para dirigirse al palacio. La calle de Santo Domingo estaba húmeda y fresca a causa del rocío de la madrugada, y el tezontle de las casas lucía rojizos fulgores de piedra preciosa. Antes de llegar a la primera esquina, el ministro de Gobernación saludó con amabilidad a la mujer que regenteaba un puesto de tamales, y el aroma proveniente del cazo le inundó las encías de saliva. Iba a detenerse junto al calor del anafre cuando vio doblar por la siguiente calle a una pareja de militares altos y corpulentos. Terminó la espera, se dijo al advertir una mueca de vergüenza en el de mayor grado, un teniente de la guardia presidencial de apellido Valdés a quien conocía de vista. No hay duda, vienen por mí. Y continuó caminando hacia ellos.

–Debe usted acompañarnos al palacio, señor ministro.

No hubo necesidad de más palabras. Estaba claro que traían órdenes del presidente, pues ninguna asonada que diera la autoridad a otro había surgido hasta esa mañana. Mientras se preguntaba si lo conducirían ante la presencia de Comonfort o directo a uno de los calabozos del edificio, Juárez caminó delante de los soldados para no alarmar a la gente, que habría hecho conjeturas si lo hubiera visto reducido entre los dos gigantes uniformados. La idea del calabozo le recordó las tinajas de San Juan de Ulúa, el peor encierro que había sufrido, y un estremecimiento le sacudió la espina dorsal. No, se dijo. Entonces eran otras las condiciones. Ahora soy parte del gobierno general y mi suerte será distinta. Después de cruzar las puertas del palacio, el teniente Valdés se adelantó para marcar el camino, y Juárez sólo pudo ver su enorme espalda, un

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