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Susurros inocentes

Susurros inocentes

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Susurros inocentes

Longitud:
145 páginas
2 horas
Publicado:
31 mar 2020
Formato:
Libro

Descripción

Melancólico y testarudo, Asher Ellison sacrificaría todo por proteger a la mujer que desea en su vida, incluso si tiene que alejarse. Tomar a su alma gemela implicaría ponerla en un peligro mortal, y el sensual hombre oso preferiría pasar por mil infiernos, antes de dejar que le ocurriera algo a ella. Su vida es simple. Vacía. Solitaria. Pero su cruel existencia no es nada en comparación con el peligro que Kira podría enfrentar si él permanece cerca.
Pero alguien no está de acuerdo con eso. Cuando Kira es secuestrada, Asher se da cuenta de que podría haber cometido un terrible error. Y cuando ella es lanzada prácticamente en sus brazos, su corazón y su mente comienzan una guerra. Su corazón, y su oso, desean a su pareja, desean tenerla para siempre… y al diablo con las consecuencias.
Con una mirada en los ojos oscuros de Asher, Kira sabe que está en más problemas que solo un simple secuestro. Asher es mucho más peligroso que sus enemigos. Ella lo ama, pero él la rompió en millones de pedazos. Y el corazón destrozado de Kira nunca sanó. Verlo de nuevo es una tortura. Pero enfrentar la amenaza de su vida sin el poderoso Asher a su lado no es una opción. Aunque la ansiedad en su destrozado corazón sigue estando allí.
Con el amor y el destino en guerra, Kira y Asher tendrán que mover cielo y tierra para enfrentar sus demonios… y dar una segunda oportunidad a su emocionante y apasionado romance.
Susurros inocentes es una emocionante y sensual aventura, y la tercera entrega de la serie Guardianes Alfa. Si amas a los cambiaformas con una atracción por mujeres voluminosas, los romances con suficiente magia para que se te erice la piel y un deseoso final feliz, ¡haz click ahora!

Publicado:
31 mar 2020
Formato:
Libro

Sobre el autor


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Susurros inocentes - Kayla Gabriel

ahora!

1

Dominic Pere Mal Malveaux pensaba en los eventos de los últimos meses mientras se encontraba en el final del mundo, aquel hermoso lugar donde la orilla de Nueva Orleans se extendía a las afueras, hasta desembocar en el río Mississippi. Este sitio en particular era adorado por los residentes, un lugar para caminar por la margen del agua. Un buen lugar, incluso, para celebrar una fiesta o maravillarse con la belleza de la costa de Louisiana. O pensar sobre la vida y sus propios desaciertos, como era el caso.

Pere Mal deslizó sus manos por su traje, ignorando la forma en que la húmeda brisa marina lo abofeteaba. Tomó un profundo aliento y observó un bote remolcador guiando a una nave río abajo. Por un momento, sintió una extraña punzada de celos hacia la nave. Él quería esa clase de guía, la necesitaba. Una y otra vez, invocó a los espíritus de sus ancestros, quienes normalmente atendían su llamado.

Pero ahora… se rehusaban a responder. Desde aquella desastrosa noche en el primer cementerio de St. Louis, sus ancestros se habían mantenido en silencio. Cuando los invocaba, podía sentirlos, sabía que estaban presentes. Pero no le decían nada. Ningún consejo, ningún vistazo al futuro o al pasado. Ningún tipo de ayuda, solo un fuerte estoicismo.

Parecía que los Guardianes Alfa no solo habían arrancado a la Primera y Segunda Luz de las garras de Pere Mal, sino que también habían logrado humillarlo frente a los ojos de sus ancestros. Sus manos se comprimieron en apretados puños mientras miraba a través del río, luchando para mantener su compostura.

No había nada que deseara más que destruirlos, acabar con esos malditos ursos, quemar su altamente protegida casa comunal hasta no dejar nada. Pero no, aún no podía hacerlo. Pronto necesitaría a la Primera y Segunda Luz. Por ahora, debería sentarse y esperar a que ellos se sintieran cómodos, permitiendo que su seguridad creciera libremente.

En este momento, él necesitaba herir a los Guardianes de una manera más sutil. Los dos guardianes unidos a la Primera y Segunda Luz tenían a sus parejas encerradas y seguras, sin manera sencilla de violar esas defensas. El tercer guardián había desaparecido…, un evento desafortunado, ya que Pere Mal podría mover montañas con tal de poner sus manos sobre un dragón realmente vivo y respirando. Incluso si no lograra someter a la criatura, aún podía vender su sangre, dientes y escamas por un precio inimaginable.

Eso dejaba al cuarto guardián, del que Pere Mal dudaba si su membresía era oficial o no. Por suerte, había visto venir al nuevo, y había preparado un plan con el fin de asegurarse de que no fuera un problema por mucho tiempo. Tomando su teléfono móvil de su bolsillo, ojeó entre sus contactos y luego presionó la tecla para llamar.

—Monsieur —obtuvo una respuesta inmediata de un hombre, su acento alemán marcado ralentizaba sus palabras—. ¿Cómo puedo servirle?

—Aún tienes a la chica de la que hablamos antes, ¿cierto? —preguntó Pere Mal.

Ja, por supuesto.

—Necesito que la lleves a una residencia en Esplanade.

Hubo una pausa.

—No lo comprendo —respondió el hombre.

—Te enviaré la dirección en un mensaje de texto. Quiero que la dejes en el patio delantero, de la forma más indiscreta posible.

—Monsieur, ¿planea liberarla? Ella podría demoler por completo la ciudad con solo pensarlo, si las condiciones fuesen las correctas.

Pere Mal frunció el ceño.

—Eso no sucederá. Ella se encuentra dormida en este momento; es inútil para mí hasta que sea… digamos, activada. Para que eso suceda, necesito que dejes de hacerme preguntas y solo sigas mis órdenes.

—Claro que sí, señor.

—Tan pronto como tenga confirmación de que ha sido entregada, te transferiré los fondos como habíamos acordado —dijo Pere Mal, perdiendo el interés.

—Señor, si me permite…

Pere Mal colgó la llamada y devolvió el teléfono móvil al bolsillo de su traje. Mirando a lo lejos, sobre el agua, se sintió satisfecho por primera vez en días. Pronto, sus días de denigración ante los pies de sus ancestros, buscando más poder e influencia, llegarían a su fin. Todo lo que él necesitaba era un poco más de dominio, y ya había puesto su plan en marcha. Alejándose del río, Pere Mal sonrió.


Tout vient à point à qui sait attendre.

Lo bueno se hace esperar, ¿n’est-ce pas? Lo bueno se hace esperar.

2

Si la ceremonia iba a ocurrir esa noche, se estaba acabando el tiempo. Asher Ellison revisó su reloj y observó que eran las once y cuarenta y tres. Diecisiete minutos para la media noche, en el mes con la luna más llena. Diecisiete minutos para cambiar su destino del predecible futuro, donde terminaría atado al protectorado paranormal de Nueva Orleans. O no, quizás.

—No sabemos nada de Asher. No tenemos conocimiento, no tenemos control. No es así como me gusta mantener mis operaciones en curso. —Rhys Macaulay se cruzó de brazos mientras mantenía firme su postura, una muestra típica de dominio. Rhys era la definición del diccionario de un hombre oso, alto, musculoso y un poco agresivo si lo sentía necesario. Asher no envidiaba a los compañeros de Rhys en batalla.

—No podemos esperar más por Aeric. Han pasado ya tres meses. No sabemos cuándo volverá o si lo hará… Y en parte, no disfruto de la idea de obligar a un dragón a hacer algo contra su voluntad —Mere Marie respondió, mirando de frente al enorme gigante pelirrojo que estaba de pie frente a ella en una postura desafiante. Un brillante rayo de luna los salpicó a través del jardín, iluminando la escena. La hora del hechizo se acercaba; la ceremonia estaba próxima a comenzar.

Asher estaba a unos cientos de metros de distancia, observando a la pequeña y energética reina vudú discutir con el guardián líder Rhys Macaulay, pero podía entender la mayor parte de las palabras de su conversación. En su antiguo trabajo, leer labios era una habilidad vital; era bueno saber que no había perdido esa destreza desde que dejó la inteligencia militar...

Bueno, era hora de dejarlo todo atrás y volverse a levantar. Había sido suficiente con tener que fingir su propia muerte por temor a que los Marines se dieran cuenta de la clase de súper hombre que tenían en sus manos. La primera idea de los militares al descubrir a los cambiaformas fue la de convertirlos en armas, de alguna forma… Incluso Asher temblaba al pensarlo, y casi nada en el mundo podía hacerlo temblar. Era de piedra, por dentro y por fuera, de cabo a rabo, de esa forma lo había moldeado su entrenamiento. Sus antiguos jefes estarían muy, pero muy orgullosos.

Se acomodó detrás de la pared de ventanas y puertas francesas que llevaba del área comunal de la mansión hacia el jardín, esperando. Esperaba que Rhys y Mere Marie llegaran a un acuerdo, esperaba la llegada de Gabriel.

Asher esperó bastante. Se había entrenado en el arde te la meditación durante los momentos de calma o conversaciones, pasando su tiempo analizando y planeando. Esta batalla de gritos entre Mere Marie y Rhys había continuado por más de veinte minutos, y no había nada que hacer sin Gabriel. Mientras Asher observaba la discusión desde fuera, revisó todos los potenciales escenarios en su mente.

Duverjay, el mayordomo de la mansión, encendió la luz de la cocina. Súbitamente, el punto de vista de Asher sobre la discusión desapareció, reemplazado por su propia imagen. Oscuro cabello corto, estilo militar, empezando a tornarse plateado en las patillas, ojos marrones oscuros, casi negros, una boca carnosa y músculos duros y flexibles de pies a cabeza. Su cuerpo era un arma bien aceitada; su mente, más filosa que el cuchillo más mortífero y aun así…

Su reflejo mostraba algo que le preocupaba. Un toque de fatiga, eso era algo normal. Pero había algo más siniestro, también, algo sombrío que lo debió haber sorprendido. No era algo específico, era la falta de algo… Asher tenía que admitir que, fuera lo que fuese, había estado creciendo por años. Desde aquel entonces…

—¿Aún siguen peleando? —La voz de Gabriel sobresaltó a Asher en su meditación. El alto y moreno inglés apareció junto a Asher, enfocando sus ojos mientras miraba hacia afuera. Todavía vestía su uniforme de patrulla, pantalones negros con una camiseta negra bajo un chaleco antibalas. Ya no tenía sus armas, sin embargo, cargaba su bolso negro de gimnasio.

—Sí, pero parece que Rhys se dio por vencido, como siempre —respondió Asher.

—Genial. Ahora sí está resuelto —dijo Gabriel, tomando su bolso y sacando un fajo de brillante terciopelo negro. Lo lanzó al pecho de Asher—. No toques la daga hasta que te lo diga, a menos que te agrade la idea de tener menos dedos.

Asher aceptó el arma envuelta en tela con cuidado, siguiendo a Gabriel mientras trotaba hasta el jardín. Asher dudó desde el principio, callando a la pequeña voz que protestaba en contra de hacer una promesa tan importante a los guardianes. Su fobia al compromiso no era nada nuevo, y ya había decidido su propio camino.

Una vez que Asher Ellison tomaba una decisión, seguía firme en ella. Era un principio de su personalidad, parte de lo que lo hacía seguir adelante en los momentos más difíciles de su vida. No dudaba, no se arrepentía o vacilaba; ya había elegido su camino y lo seguiría hasta el amargo final. Sin excepciones.

Apretando su mandíbula, Asher siguió por el sendero hasta el jardín trasero mientras la luz de la luna lavaba sus preocupaciones.

3

Había algo muy, muy mal con Kira Hudson. Ella estaba segura de eso.

Hundida en una silla plegable de metal, inclinada sobre la única ventana en el oscuro y húmedo sótano, observó sus manos. Estaban amarradas en frente de sí; la cinta adhesiva irritaba sus muñecas; el nuevo guardia le había dicho con seriedad que cualquier intento de escape resultaría en algún tipo de castigo muy doloroso, y eso ya era inútil de todas formas.

Kira había sido arrancada de las calles en Baton Rouge cuatro días atrás... ¿O eran cinco?

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