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Para hacer historietas

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Para hacer historietas

Longitud:
417 páginas
2 horas
Publicado:
19 may 2020
ISBN:
9789972519789
Formato:
Libro

Descripción

La primera edición de Para hacer historietas es de 1978 y nació de la experiencia de los talleres que Juan Acevedo impartió en el entonces naciente Villa El Salvador. El libro alcanzó repercusión internacional gracias a sus ediciones españolas, alemanas y brasileñas. Agotado hace más de 20 años, se publica ahora en su octava edición, nuevamente en el Perú; no obstante haber sido revisado y ampliado por su autor, conserva el espíritu original cuyo método y propósito es democratizar el lenguaje de la historieta.

Publicado:
19 may 2020
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9789972519789
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Libro

Sobre el autor


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Para hacer historietas - Juan Acevedo

Para hacer historietas

Juan Acevedo

Para hacer historietas

—octava edición—

Prólogo de César Arróspide de la Flor y de Javier Coma

Serie: Arte y Sociedad, 8

©  JUAN ACEVEDO

©  IEP INSTITUTO DE ESTUDIOS PERUANOS

    Horacio Urteaga 694, Jesús María. Lima 15072

    Telf.: (51-1) 200-8500 / Fax: (51-1) 332-6173

    Correo-e: libreria@iep.org.pe

    www.iep.org.pe

    ISBN: 978-9972-51-978-9

    Primera edición: Lima, Instituto Nacional de Investigación y Desarrollo Educativo, 1978

    Segunda edición: Lima, Tarea Educativa, 1980

    Tercera-séptima edición: Madrid, Editorial Popular, 1981-1992

    Octava edición: Lima, IEP, 2019

Asistente editorial:                    Yisleny López

Diagramación:                          Silvana Lizarbe

Carátula:                                  Gino Becerra

Cuidado de y revisión de texto:   Odín del Pozo

Ilustraciones no firmadas:          Juan Acevedo

Viñetas de carátula:

1.a y 2.a viñeta desde la izquierda (superior): detalle de «TITO. Paracuellos del Jarana, 1951», Carlos Giménez.

3.a y 4.a viñeta desde la izquierda (superior): detalle de «Mafalda», Quino (Joaquín Lavado).

1.a viñeta desde la izquierda (inferior): detalle de «Snoopy», Charles Schulz.

2.a viñeta desde la izquierda (inferior): detalle de «Contrato con Dios», Will Eisner.

Ilustración en color: «El Cuy», Juan Acevedo.

Viñeta de contracarátula: «El Cuy», Juan Acevedo.

Digitalización: Proyecto451

El editor declara haber hecho todo lo posible para identificar a los autores y propietarios de los derechos de las imágenes que se reproducen y usan como ejemplos artísticos en este libro; cualquier omisión es involuntaria. El editor agradece a los propietarios de los derechos de autor por haber autorizado el uso de las imágenes incluidas en esta edición. Asimismo, agradeceremos toda información que permita rectificar o corregir cualquier crédito para futuras ediciones.

Queda prohibida la reproducción total o parcial por cualquier medio mecánico o digital sin permiso expreso del editor.

Acevedo Fernández de Paredes, Juan

Para hacer historietas. 8.a ed. Lima, IEP, 2019. (Arte y Sociedad, 8)

1. HISTORIETAS; 2. METODOLOGÍA; 3. CARICATURAS; 4. TÉCNICAS; 5. CÓMICS

W/ 05.05.02/A/8

A Enrique y Julieta,

mis padres

Prólogo

[a la primera edición]

Desde el siglo XIX en que irrumpió el maquinismo, y el desarrollo científico transformó las maneras de operar los servicios habituales de la sociedad, en esta aparecen nuevas formas culturales, nuevos comportamientos y nuevas profesiones y oficios que alteran, poco a poco, la fisonomía y el ritmo de la vida individual y colectiva, sus posibilidades y su variedad de recursos.

La prensa y el periodismo fue una de las primeras áreas beneficiadas por el proceso de perfeccionamiento técnico. Se multiplicó el tiraje de los diarios; se aceleró cada vez más el ritmo de las impresiones, estas se hicieron más nítidas y mejor compuestas para la fácil lectura, etc. Tales perfeccionamientos, sin embargo, trajeron aparejados mayores costos. La prensa diaria, sostenida por sus suscriptores, tuvo que procurar la multiplicación de estos y, como tal esfuerzo resultó insuficiente, se recurrió a los avisos por los que las empresas comerciales aseguraron la promoción de sus productos.

Los diarios, para cumplir su cometido, necesitaban ser atractivos; suscitar la curiosidad y satisfacer los apetitos del gran público. La creciente sed de lucro atenuó, cada vez más, la preocupación acerca de qué orden eran y en qué nivel se ubicaban esos apetitos. Apareció así el diario «mercancía» en el mercado de consumo, premunido de diversos motivos de atracción para el lector. Uno de ellos, por ejemplo, fue el de los folletines o novelas por entregas, que aseguraban, mediante el «suspenso», al comprador asiduo atrapado por su propia curiosidad; otro atractivo fue el de las ilustraciones, que se hicieron más frecuentes; también la distribución ingeniosa del material de lectura, etc. Y como estos, otro instrumento de seducción fue la «historieta», la que habría de pervivir y asumir, como ahora, aún desprendido del diario mismo, la categoría de medio autónomo de comunicación masiva.

Es importante, aparte de exponer las características técnicas relativas a la factura misma de ella, como enseñanza «para hacer historietas», finalidad específica del presente libro, precisar las razones que la sustentan como una «especie cultural». Es decir, apreciarlas como una «forma», de las muchas que genera una cultura respondiendo a una manera de ser, una actitud o una psicología peculiar de los componentes de una sociedad dada; en este caso, la exigencia de un tipo de comunicación.

Se trata de precisar su naturaleza y fisionomía propias, definidas en el siglo XX con una consistencia que traspasa los límites de lo efímero y de lo circunstancial, y que da a la historieta una categoría superior a la de una simple moda. Ciertamente, aparece y se consolida como expresión de una faceta psicológica del hombre moderno. Ello explica su universal difusión y la proliferación de una bibliografía abundante en torno a sus contenidos y alcances sociales, constituida por libros, artículos, ensayos, revistas especializadas, etc.

En primer término, podemos percibir que la «historieta» se inserta dentro del fenómeno típico de gravitación decisiva de la «imagen» en la cultura actual. El hombre de hoy es motivado en su vida cotidiana por el mundo de imágenes que, más que en cualquiera otra época, lo envuelve a todas horas. No es por casualidad que el cine, el arte de la imagen móvil por excelencia, aglutine las multitudes en sus salas y que, desbordándolas, penetre, merced a la televisión, en los hogares y en toda suerte de locales. También se reconoce su enorme influencia como instrumento pedagógico.

Por otra parte, los afiches, los avisos luminosos, las fotonovelas, etc., son los instrumentos de más eficaz penetración en la imaginación y las mentes de los pobladores de la urbe, por lo que las nuevas generaciones nacen y crecen bajo el impacto de las imágenes que proyectan. Las historietas atrapan la fantasía de los niños y dan vida, poco menos que real, a sus personajes y héroes. No podría explicarse cabalmente su éxito si no se tuviera en cuenta esta condición del imperio de la imagen en la vida contemporánea.

Igualmente, no es posible una exacta comprensión del «fenómeno historieta» si no valoramos un rasgo también esencial de la vivencia colectiva que afecta a todas las manifestaciones de nuestra época: su ritmo cada día más acelerado. La historia no discurre hoy, diríamos, acompasadamente; se precipita, su dinamismo nos desborda. La información, la promoción, las realizaciones todas deben ser sintéticas y veloces para ser efectivas en el gran público, porque el ritmo interior de la persona no soporta la lentitud en sus vivencias, así como exige la proyección exterior de estas en imágenes. Como tantas otras especies culturales, las historietas reducen a chispazos la narración visual, el discurso verbal, el gesto. Participan del ritmo acelerado del ambiente. Son normalmente breves o tienden a serlo siempre.

Dentro de estos parámetros de época hemos de apuntar, además, los propósitos más significativos de la comunicación historietística, los cauces habituales de sus «transferencias» de mensaje. Las historietas empezaron siendo simples instrumentos de entretenimiento, bromas gráficas destinadas al esparcimiento del hombre atareado y tenso del mundo de los negocios que necesitaba algunos minutos de distensión para sus nervios; del burguesito frívolo, que eludía la reflexión sobre problemas inquietantes; o del hombre de la calle, que no tenía acceso a más altas fuentes de distracción. La acogida por el público de este medio de índole puramente psicológica develó su eficacia como instrumento de comunicación de buen humor, y sin duda fue por este éxito que se acuñó la denominación inicial de «comics», en el idioma propio del país en el que había surgido: los Estados Unidos.

Pronto, pues, de tal develación derivó la iniciativa de dar al medio de comunicación intrascendente un contenido de mayor alcance. Así empieza a utilizarse, en un nivel que traspasa el puro propósito festivo, para la propagación de una mentalidad estandarizada y la instauración de una concepción del mundo que coincideron y corresponde a la expansión del capitalismo industrial. Es la época de los «héroes» de la historia norteamericana, de los «tarzanes», del «Superman» y sus amigos, que delinean la imagen pragmática, potente y triunfalista del sistema.

Sin embargo, de acuerdo con la dialéctica de expansión del imperialismo, aparece en su propio seno —como tenía que ser— la actitud crítica y contestataria frente a la dominación capitalista. Sobre todo, en los nuevos ámbitos geográficos conquistados por la historieta en Europa y América Latina, donde se empezaron a producir creaciones propias, según su contexto y sensibilidad. Y más todavía, como es de suponerse, cuando tales creaciones abordaron los ámbitos de esa otra geografía, ideológica y mentalidad del mundo socialista.

La actitud crítica en los contenidos otorga a la historieta, en todas sus formas y niveles, la categoría de un instrumento para cuya eficacia concurren la adecuación de su naturaleza a la psicología peculiar del poblador de la gran urbe y la capacidad de penetración subliminal de su lenguaje aparentemente intrascendente. Precisa hacer conciencia de esa eficacia para valorizar, en todo su mérito, la tarea de adiestrar historietistas que, sin prejuicio de acceder en cualquier momento a la jerarquía del realizador artístico por el acierto expresivo y perfección del trazo, puedan, premunidos de su arma gráfica, ser colaboradores efectivos en la campaña de edificación del nuevo orden social que reclama hoy el mundo.

Enseñar a hacer historietas significa, así, promover en su real sentido un aspecto importante de la creatividad cultural. La cultura es el fruto de un quehacer humano, y por tanto libre, privativo de la persona, que se ubica por encima de todo determinismo del contexto pero, que al mismo tiempo, no es arbitrario sino congruente con él. Esto quiere decir que su dinamismo, su originalidad individual y su destino comunitario, con los consecuentes peligros de una demasía individualista o una demasía gregaria, discurre entre los riesgos del dogmatismo o de la anarquía. Pero en orden a salvar y lograr el equilibrio entre estos dos polos, el dinamismo cultural es susceptible de ser inspirado, orientado y clarificado.

La creatividad del historietista, sin embargo, como la de todos los hombres en algún nivel y forma creadora de cultura, debe quedar a salvo, a través de todas las prescripciones pedagógicas que se impartan, de toda amenaza de desnaturalización, distorsión o manipulación de su vuelo imaginativo. La más leve perturbación de su libre expresividad atentará contra la autenticidad de su mensaje. Pero también su abandono a un espontaneísmo sin norte y sin vuelo la pone en riesgo de agostarse y esterilizarse. Por eso, en toda área de la cultura es legítimo «enseñar a hacer»; aún más, es aconsejable. Acaso más allá aún: es una responsabilidad de quien pueda hacerlo.

Tal responsabilidad deriva no solo de un compromiso con los demás, sino de un compromiso con nosotros mismos. Es responsabilidad que no acaba al hundir la simiente en el surco abierto de otras conciencias, sino que, como todo acto generoso, revierte en el benefactor. El que puede enseñar lo hace en virtud de una capacidad que, como toda capacidad, reiteramos, entraña un compromiso con uno mismo: desarrollarla hasta su plenitud. Y ningún camino más apto para enseñar que «volver a aprender» enseñando, como dice Juan Acevedo en la introducción de su libro, a propósito de su experiencia y la de otros participantes en el Taller de Historietas, organizado en Villa El Salvador.

El primer fruto de esta experiencia fue la convicción de que es necesario observar, detenida y acuciosamente, la realidad que nos circunda para conocerla profundamente y, como consecuencia, vivirla y expresarla con autenticidad. Pero esto, entiéndase bien, desde una conciencia crítica que nos permita ser objetivos y evaluar esa realidad circundante en todas sus virtualidades, en todos sus logros y en todas sus carencias; conciencia crítica que nos haga idóneos y nos otorgue autoridad para juzgarla y para influir y participar en decisiones que la afecten. Para ello, precisa dominar el instrumento de que disponemos, en este caso el de la comunicación a través de la historieta. Precisa ser dueño de una técnica que nos permita liberar de toda traba la expresión del mensaje. Así, este en ningún momento quedará un ápice frustrado y logrará su total eficacia constructiva y esclarecedora.

De este modo se alcanzará la meta a la que se refería la revista Crítica, publicada por el Centro de Comunicación Popular de Villa El Salvador y citada en la introducción del libro: «se trata no tanto de difundir cultura, sino de ir creando nuestra propia cultura desde las bases, comunicándonos unos a otros lo que sentimos y queremos». No vacilamos en adelantar la referencia porque juzgamos que es todo un programa de acción. Observemos que en tal programa no aparece, como prioritario e imprescindible, la perfección del dibujo o el cumplimiento cabal de exigentes requisitos de realización formal, siempre deseables por cierto.

Lo que cuenta, en primer término, es la fidelidad al mensaje humano y social, no el cumplimiento de un propósito específicamente artístico. Esto no excluye una realización estética, deseable repetimos, que puede darse en el preciso perfil de una caricatura, en la intencionalidad satírica de un gesto, en el humor implícito de una leyenda o en la sonrisa optimista de un personaje. Como toda acción del hombre que alcanza, en alguna medida, la perfección de su propósito, irá allegando, junto con otros valores, este del arte, en cuanto a plenitud del ser. Así irá surgiendo espontáneamente —también en el mundo de la historieta— como expresión de nuestra identidad nacional en proceso lento y profundo, una imagen auténtica de lo peruano en un verdadero arte popular.

César Arróspide de la Flor (*)

* César Arróspide de la Flor

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