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Obras Completas - Edward Bach: Compiladas y comentadas por Eduardo H. Grecco, Lluís Juan Bautista y Luis Jiménez

Obras Completas - Edward Bach: Compiladas y comentadas por Eduardo H. Grecco, Lluís Juan Bautista y Luis Jiménez

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Obras Completas - Edward Bach: Compiladas y comentadas por Eduardo H. Grecco, Lluís Juan Bautista y Luis Jiménez

valoraciones:
5/5 (1 clasificación)
Longitud:
617 páginas
9 horas
Publicado:
15 may 2020
ISBN:
9789507546631
Formato:
Libro

Descripción

La obra del Dr. Edward Bach nos ofrece una herramienta terapéutica, un sistema curativo y una doctrina sobre salud, enfermedad, sanación y evolución, cuyos fundamentos se encuentran enlazados en tradiciones alquímicas, gnósticas, budistas e hinduistas. Seguir cronológicamente el recorrido que Bach va haciendo, mientras construye su propuesta y descubre sus esencias, revela la naturaleza de la existencia de un hombre que dedicó su vida a ayudar a los que "sufren y padecen".
Esta nueva edición de las Obras Completas del Dr. Edward Bach incluye cartas, notas y textos inéditos.
Al mismo tiempo, el acompañamiento de escritos de colaboradores cercanos permite dar una mejor luz a varios de sus aportes.Finalmente, los excelentes comentarios de los compiladores, así como el cuidado en la edición y presentación del libro, hacen que éste adquiera un valor de referencia para todos aquellos que dedican su vocación de ayuda con esencias florales.
Publicado:
15 may 2020
ISBN:
9789507546631
Formato:
Libro

Sobre el autor


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Obras Completas - Edward Bach - Edward Bach

editorial

Introducción

Nuestro médico está dentro de nosotros, y todo lo que necesitamos se halla dentro de nuestra naturaleza.

PARACELSO

En sus manos se encuentra esta nueva versión de las Obras Completas de Edward Bach. Hasta donde sabemos, ésta es la primera vez que se reúne y publica la totalidad de los textos, documentos y cartas del creador de la Terapia Floral encontrados hasta el momento. Sin embargo, han sido excluidas de esta edición las cartas entre Bach y su editor Charles Daniel referidas a liquidación de derechos de autor, envío y recepción de libros así como otros comentarios vinculados con contratos. Las mismas pueden encontrarse publicadas en el libro Edward Bach y Charles Daniel. Nacimiento y fundación de la la Terapia Floral.¹

La traducción al castellano, a partir de las versiones originales en inglés, estuvo alentada por el principio de ceñir el estilo a la precisión conceptual del autor. Fidelidad al texto que no supone literalidad mecánica sino, por el contrario, comprometido intento de reflejar el espíritu de un mensaje a la par que respeto por la forma en el cual éste fue plasmado de modo inicial.

Bach no era un gran escritor. Poseía un estilo directo y claro, cercano al arte de la cirugía: zanja con precisión milimétrica, no se detiene en detalles secundarios ni se regodea en movimientos estériles, avanza de la superficie a lo interior, no mira atrás, corrige sin justificarse, cierra con firmeza lo que abre y deja que el resto sea tarea para el lector.

En ocasiones, sus términos demandan cierta puntuación para que su sentido corresponda a lo que Bach deseaba expresar y, aunque su manera de escribir es abierta y sencilla, era médico y tenía una gran formación en otros campos, de modo que su lenguaje está teñido por estas circunstancias. De manera que sus textos, a pesar de la claridad que en general muestran, admiten varios niveles de comprensión e incluyen, como una constante, alusiones o referencias a corpus filosóficos, terapéuticos y espirituales, no siempre muy evidentes. Esto es mucho más palpable en los escritos ulteriores a 1928, si bien no está ausente en los anteriores.

La tarea de reunir los textos de Bach como fueron publicados en su momento, sin tomar en consideración mutilaciones, agregados y modificaciones consumados con posterioridad a su muerte –a diferencia de lo ocurrido con sus libros Los Doce Curadores y otros remedios y Libérate a ti mismo– supuso, en primer lugar, una cuidadosa labor de exégesis, y en segundo la restitución, en caso de ser necesario, de la forma primigenia que ellos ofrecían, siempre y cuando tales cambios no obedecieran a un mandato explícito de Bach, como se verifica en el caso de la Introducción de Los Doce Curadores y otros remedios. Y si bien es cierto que Bach fue un hombre de dos siglos, ya que pensaba como uno del siglo XXI, pero se encontraba confinado a escribir como uno de su tiempo, esto no habilita la transliteración de sus letras en pro de una interpretación que se profesa como más ajustada a la enunciación bachiana, pero que en realidad conduce, de modo probable, a una real deformación de su discurso.

Por una razón práctica, la totalidad de los documentos que integran estas Obras Completas, se circunscriben a textos y publicaciones florales, y documentos de todo tipo relacionados con esta materia, fechados desde 1928 hasta la muerte del doctor Edward Bach.² Los mismos se presentan divididos en dos etapas. La primera de ellas incluye una época de transición de 1928 hasta la escritura en 1930 de Cúrate a ti mismo, mientras que la segunda se extiende desde ese momento hasta la finalización de la vida de Bach y momentos cercanos vinculados con este hecho. Se incluyen en este volumen una serie de artículos y conferencias de personas cercanas a la labor de Edward Bach, que creemos permiten comprender, de un modo más pleno, su obra floral.

Además se agregan notas, artículos y cartas de sus colaboradores inmediatos, datados en vida del Dr. Bach, o a posteriori de su desaparición física, que permiten ilustrar o aclarar cuestiones acerca de sus afanes, y también certificados, comentarios aparecidos en medios sobre sus libros y otros documentos que esclarecer puntos diversos de la historia, de la vida y la obra de Bach.

Cuando se consideró necesario hacerlo, junto a los textos de Bach y sus colaboradores hemos contextuado histórica y geográficamente estas producciones, para darles un horizonte y la continuidad de un recorrido que pudiera perderse sin estas observaciones. A medida que va desarrollando su descubrimiento y escribiendo sobre ello, Bach realiza un viaje material que no es casual ni carente de significado. Intentar unir, entonces, el trazado personal (su vida), con sus hallazgos (su obra) y con su itinerario (en cierta medida semejante a un éxodo) constituye una propuesta que nos conduce a alcanzar una imagen más completa de su legado.

En este sentido, nuestra mirada es más cercana a la labor de un arqueólogo que a la de un historiador. El primero, se acerca a la realidad dejando de lado las apariencias, y tomando en consideración lo que las personas hacen, a diferencia del segundo, que centra su trabajo en torno a lo que ellas han decidido contar de sí mismas. Y, en esta perspectiva, el arte clínico es más parecido al del arqueólogo que al del historiador: intenta percibir tras lo manifiesto el orden implícito que guía las conductas humanas, cree en los haceres más que en los decires, y comprende los decires como testimonios.

La obra de Bach es verbo, acción creativa, y, como tal, la consideramos y valoramos. La consecuencia natural de esta estima nos conduce a presentarla tal como aparece y en su totalidad, sin variaciones, recreaciones o amputaciones. Tener esta visión de conjunto permite descubrir puntos de inflexión, huecos, saltos conceptuales y senderos que Bach exploró pero en los cuales, por alguna razón, no siguió avanzando; direcciones de investigación que desecha sin dar explicación alguna, tal vez, alentado por aquella frase de Jesús que Lucas narra en 9:62: Ninguno que poniendo su mano en el arado mira hacia atrás, es apto para el reino de Dios.

Es interesante cómo suceden las cosas, siguiendo un cierto orden que supera el perceptivo y material y hace cierta la frase de Pascal: La suprema adquisición de la razón consiste en reconocer que hay una infinidad de cosas que la sobrepasan. Y aquí hay un ejemplo: Bach imaginaba su trabajo de ese modo, como un montañista que mira hacia adelante; en una carta del 1º de enero de 1931, Charles Daniel, quien sería su editor, dice: Estamos completamente seguros de que no lamentaremos estar vinculados con sus libros. Luego de poner las manos en el arado no miraremos atrás.

Hemos escuchado y leído comentarios acerca del joven Bach, así como atribuir a cierta inmadurez de su pensamiento todo lo que precede a sus textos finales. Esto nos parece un juicio aventurado, pues en sus escritos previos se aprecia mucha riqueza doctrinaria y terapéutica, que ilumina los posteriores. En todo investigador existe un eslabonamiento de pasos sucesivos en la vía de indagación que transita, sin que ello suponga continuidad, pero que se le hace necesario recorrer antes de alcanzar el punto de discernimiento al cual desea arribar. De todos modos, la mejor manera de decidir sobre esto es leer la integridad de su obra para poder apreciarla desde la propia visión individual.

Por nuestra parte, nos parece que haber logrado esta publicación, con la generosa colaboración de Ediciones Continente, ha dado sentido a todo lo que venimos hilvanado a través de años de búsqueda, descubrimientos, enseñanza y reflexión. Es necesario ahora dejar que el movimiento que esto inicia recorra su propio camino y fructifique allí donde corresponda dar sus primicias.

Hemos evitado la tentación de dar cuenta de la historia de Bach, así como de la coyuntura filosófica, científica y médica que le tocó vivir, y a partir de la cual construyó su propuesta. Y si bien tal perspectiva resulte significativa como manera de enmarcar una enseñanza, nos parece preferible presentar aquí la letra de Bach, con la mayor desnudez posible, para que ella resalte sobre cualquier otra cosa. Para, entonces, poder decir, como el salmista: Tu Nombre y tu memoria son el anhelo de nuestra alma (Isaías, 26,8). A lo cual cabe sumar, a nombre y memoria, palabra.

Al terminar de recopilar esta obra el maestro Lluís Juan Bautista se despidió de nosotros hacia un lugar de descanso mejor y merecido. Su muerte le impidió ver publicado éste, su último encargo de amor hacia la labor del doctor Bach. Con él la Terapia Floral guarda una deuda de gratitud muy significativa.

Nos ha correspondido a nosotros continuar y finalizar con esta labor, iniciada en conjunto, en un proyecto de trabajo compartido hace años con Lluís Juan Bautista, y contamos, para ello, con la colaboración de la maestra Laura Rabago Mejía, quien revisó la versión original y sugirió una serie de aportes a la traducción que se incorporaron al texto final.

EDUARDO H. GRECCO - LUIS JIMÉNEZ

1 Eduardo H. Grecco, Lluís Juan Bautista y Luis Jiménez, Ed. Continente, Buenos Aires, 2012.

2 Esto forma el tronco central de los textos aquí incluidos, aunque se agregan algunos previos a esta fecha con la finalidad de dar cuenta del recorrido de pensamiento de Bach hacia las esencias florales.

Textos preflorales

La razón de la inclusión aquí de algunos artículos y conferencias del doctor Edward Bach que tratan sobre temas homeopáticos y de investigación clínica bacteriológica se debe a que, por su naturaleza, brindan información importante del recorrido intelectual que va realizando, paso a paso, hacia el descubrimiento final de la Terapia Floral. Los mismos han sido comentados y se les agregan notas aclaratorias con la finalidad de que su lectura resulte más significativa para quienes no poseen una formación específica en estos temas.

1920

La relación de la terapia de vacunas con la homeopatía

Bach estaba viviendo en esa época un profunda transición personal y profesional. Había ingresado a la masonería y transitaba hacia la homeopatía, no tanto porque su motivación fuese hacerse practicante de esta profesión, sino más bien, por el hecho de que veía en esta medicina una herramienta para replantear sus intereses sobre la inmunología, las razones del enfermar y del curar y, en especial, reformular la metodología de preparación de sus vacunas intestinales. En ese tiempo, justamente, Bach dicta una importante conferencia sobre el tema.

CONTEXTO Y COMENTARIOS

La relación de la terapia de vacunas con la homeopatía es, entonces, el título de un relato presentado por Bach en abril de 1920 en la Sociedad Homeopática de Londres y luego publicado en el British Homoeopathic Journal (Periódico Británico de Homeopatía). Es interesante destacar que Bach había ingresado al mundo homeopático sólo un año antes, lo cual era poco tiempo como para tener un aval riguroso sobre el tema en el cual se explaya: las vacunas desde una concepción homeopática. Si bien Bach tenía por entonces una considerable experiencia con vacunas como recurso terapéutico, es a partir de su contacto con la homeopatía que el modo como las preparaba y el uso de las mismas cambia radicalmente, y nos referimos a esta nueva manera de elaborarlas y administrarlas al señalar la limitada práctica de que disponía en 1920.

En marzo de 1919 Bach comienza a trabajar en el Hospital Homeopático de Londres como jefe del laboratorio de análisis clínicos. Más puntualmente, su cargo era de bacteriólogo y patólogo. Allí lee, por primera vez, el Organon de Medicina de Hahnemann que le produce un singular impacto intelectual y que, a la par de abrirle horizontes, le confirma algunas de sus propias ideas sobre la salud, la enfermedad y el arte de curar. A partir de allí, por una serie de deducciones, llega a la conclusión de que en la toxemia intestinal (tema en el cual trabajaba desde hacía años) la causa (el veneno producido por bacterias que se encuentran en el intestino) era equivalente a la psora de Hahnemann. Con esta certeza inició una nueva fase en sus investigaciones, preparando vacunas con una metodología homeopática, vacunas que prueba en pacientes, esta vez por vía oral, repitiendo las dosis sólo en caso de que los efectos de la anterior hubieran desaparecido. Los resultados obtenidos fueron muy alentadores. Aquí también se nota la influencia de la técnica prescriptiva homeopática, que permitió a Bach resolver algunos de los problemas que se le presentaban en la aplicación de las vacunas con la modalidad médica alopática de ese momento.

Sin embargo, el método de preparación de vacunas se asemeja al homeopático sólo en cuanto a la dilución a escalas decimales, pero no a la potenciación propiamente dicha, que consiste en el sacudimiento de la dilución determinada cantidad de veces, estipulada por Hahnemann.

Tal era el marco que tenía en mente el público asistente a esta conferencia y ese panorama muestra las dificultades que Bach debía enfrentar para transmitir sus convicciones, en donde sin renunciar a su propio trabajo lo pudiera integrar en este nuevo campo para él, en el cual se internaba; en parte, a esa situación particular puede estar aludiendo Bach en el último párrafo de la conferencia.

El texto es también muy interesante para comprender las perspectivas con las que Bach pensaba en esa época, y cómo iba cambiando su paradigma en torno de la medicina, aunque aún se encontraba muy lejos de la Terapia Floral.

LA RELACIÓN DE LA TERAPIA DE VACUNAS CON LA HOMEOPATÍA

Señor presidente:

¿Me permite, a modo de introducción, decirle cuán orgulloso estoy de haber sido invitado a leer esta ponencia ante vuestra Sociedad? Aunque comparativamente joven, he estudiado medicina alopática durante trece años y la he estado practicando en uno de los más importantes hospitales de Londres durante siete años, antes de ser designado miembro de esta institución,³ en marzo pasado, de manera que he tenido la hermosa oportunidad de estudiar la medicina alopática en sus diferentes posibilidades. Me es imposible referirles cuánto me ha impresionado la ciencia de la homeopatía y los resultados que ha logrado.

Como he tenido la oportunidad de ser testigo de los resultados e incluso he trabajado con algunos de los más destacados médicos de la antigua escuela, y como he podido ver lo suficiente en medicina para comprender su valor, y con la suficiente experiencia para convertirme en un escéptico de todo, puedo brindar mi ofrenda alopática ante el altar de vuestra ciencia diciendo que ustedes obtienen curas no soñadas por la profesión médica en general; que una gran cantidad de casos considerados casi sin esperanza por los alópatas se ubican entre vuestros más brillantes éxitos; que sus resultados son tales que ningún otro hospital en Londres podría intentar igualar, y finalmente que faltan palabras para describir la maravilla y el genio de Hahnemann, un gigante de la medicina a quien no se ha podido, hasta ahora, igualar.

Parece increíble que un solo hombre, hace cien años, en épocas oscuras de la medicina, haya podido descubrir no sólo la hasta ese momento inconcebible ciencia del remedio semejante, sino el poder de la dosis potenciada y, además, el método perfecto de administrar las dosis.

Parece igualmente increíble que cualquier médico científico pueda leer el Organon de Hahnemann sin comprender que está leyendo la obra de un gran maestro. La observación sagaz de los hechos, el registro exacto de los resultados y las deducciones magistralmente obtenidas allí a partir de, deducciones que hoy ha vuelto a descubrir la ciencia, después de un siglo de trabajo, habrían hecho del Organon un libro extraordinario si hubiese sido escrito en esta época.

Esta noche deseo discutir la relación de las vacunas con la homeopatía. Antes de comenzar me gustaría mencionar dos cuestiones. Primero, de ninguna manera deseo hacer comparación alguna entre la terapia homeopática y la de vacunas. Mi único deseo es mostrar que las vacunas son una rama moderna de la ciencia médica extraordinariamente acabada y muy relacionada con vuestros propios métodos, y que de acuerdo con los buenos resultados obtenidos podría ser de valiosa consideración como una confirmación moderna de las verdades de la homeopatía.

Segundo, no deseo juzgar las vacunas por la opinión general de cómo se usan hoy en día. Hablando a grandes rasgos, son un fracaso desesperanzador comparado con lo que deberían realmente ser, y esto se debe a varias causas. Quienes preparan las vacunas carecen del conocimiento suficiente con respecto a los métodos correctos para hacerlo, y el resultado entonces es un producto muy inferior a lo deseable. Tomemos como ejemplo las vacunas comerciales, desarrolladas por grandes empresas a gran escala, comenzando de lo que se conoce como subcultivos, que son organismos criados primaria y directamente a partir de la lesión patológica sobre un medio de cultivo, luego vueltos a criar en otro medio de cultivo, a menudo varias veces en sucesión, siendo el objetivo, por supuesto, obtener un mayor rendimiento. Un tubo de organismos puede provenir de París o de los Estados Unidos y ser sembrado en cientos más, hasta que los organismos hayan sido tan maltratados por esos métodos antinaturales, que los organismos de los últimos cultivos difícilmente podrían reconocerse como parecidos a los del primer cultivo. De esta manera se han alterado mucho, no en la forma, sino en cuanto a las posibilidades virulentas y posibilidades patológicas.

Ahora, el experto sabe que los cultivos primarios solos –que son los cultivos criados a partir del material patológico– son de óptimo valor. Lo mencionado, sumado a otros grandes errores, reduce enormemente la eficacia de las vacunas que se suministran al mercado médico. Entonces, nuevamente, el médico que usa las vacunas a menudo no sabe nada de las leyes e indicaciones de la terapia de vacunas. Él obtiene una dosis a partir de un farmacéutico o un bacteriólogo, con un mínimo de indicaciones, y ciegamente aplica las dosis que harían a un experto enloquecer; repite la dosis equivocada, ya sea demasiado tarde o demasiado temprano y, por decir lo menos, obtiene un resultado muy pobre, e incluso, a veces, habría sido mejor para los pacientes que las vacunas nunca hubiesen sido inventadas. Si ustedes consideran que las vacunas requieren de mucho cuidado y experto manejo, y mientras exista tal desesperanzada confusión al respecto, los resultados obtenidos continuarán generando serias dudas en la profesión con respecto a su valor. Es como si sugirieran entregar arsénico a un médico alópata sin brindarle mayores instrucciones sobre su uso.

El parecido de la terapia de vacunas con la homeopatía es muy estrecho, tanto que surge otra pregunta: ¿no son idénticas? Deseo discutir la semejanza según los siguientes enunciados:

1) La naturaleza de la sustancia usada.

2) La dosis.

3) Isopáticas u homeopáticas.

4) La necesidad de un remedio semejante.

5) Los tipos de remedios.

6) Los métodos de uso.

Naturaleza del remedio

Los remedios homeopáticos son de tres tipos:

1) Venenos de animales e insectos

2) Jugos vegetales

3) Sustancias inorgánicas y sus sales

Tomemos el primero. Los venenos de animales e insectos consisten prácticamente en sustancias tóxicas que derivan de la proteína, generalmente separada en sus derivados más altos. Son albumosas y proteosas. Hoy sabemos que tales substancias son extremadamente parecidas o idénticas a las toxinas de las bacterias. Sería químicamente imposible distinguir entre el veneno proteoso de la serpiente y la toxina de la difteria. Estos venenos pueden dar cuenta de la anafilaxis, y cuando se los administra adecuadamente pueden causar la muerte más rápidamente que la estricnina o el ácido prúsico. Observamos entonces que esta clase de remedios es extraordinariamente cercana o idéntica a las toxinas de las bacterias.

La segunda clase corresponde a los jugos vegetales. Aquí también debemos hacer una reflexión. Las bacterias son proteínas por naturaleza, además de proteínas vegetales, de modo que nuevamente debe haber una relación estrecha entre los jugos vegetales y las vacunas. No es inconcebible que el remedio de un caso particular pueda ser la droga que más estrechamente corresponde a la toxina causante de la enfermedad y, en cierta manera, neutraliza el veneno o estimula el cuerpo para superar sus efectos. El tercer grupo es más difícil de distribuir o clasificar.

Mientras que varios elementos –como el sodio, el potasio, el carbono, etc.– están representados en la proteína bacteriana, hay otros como el zinc o el plomo que nunca entran en la composición de las vacunas. Incluso aquí la discrepancia puede no ser tanta como parece a simple vista, porque elementos, tales como el fósforo presente en la proteína, puede representar a su grupo, incluyendo el arsénico y el antimonio. Por tanto, con excepción de la relativamente pequeña cantidad incluida en el grupo 3, se percibe de inmediato un parecido incluso en los compuestos de los remedios y las vacunas.

La dosis

Se ha probado que las vacunas tienen un efecto beneficioso cuando son potenciadas;⁷ esto se aplica no sólo a vacunas autógenas que se preparan para casos especiales, sino también para remedios concentrados (stock remedies) tales como el influenzinum, el medorrhinum, la tuberculina, etc. Así como éstas son usadas en tamaño de dosis homeopáticas, del mismo modo las vacunas pueden efectuar la cura en tales dosis similares. En las vacunas administradas en la forma usual por jeringa hipodérmica la dosis es mayor, pero incluso en estos casos la cantidad total es muy pequeña. Por ejemplo, el peso total del colibacilo, dado usualmente como una dosis inicial, seria alrededor de 1/200.000 mgm, que correspondería aproximadamente a la potencia 7 u 8x del arsénico. Nuevamente, por el método de preparación de vacunas es imposible evitar potenciarlas hasta un cierto punto, y, como acabo de decir, hasta alrededor de 7 u 8x,⁸ de manera que la potenciación juega un cierto papel. Se observa otra semejanza en que la dosis perfecta varía enormemente en los distintos casos. Un caso de septicemia, por ejemplo, puede reaccionar perfectamente a una dosis de 5 milésimas o 10 milésimas de estreptococos, otro caso similar en otros aspectos, requiriendo 20, 30 milésimas o más. También en enfermedades crónicas los pacientes reaccionan marcadamente a 1 milésima de sus organismos intestinales, incluso de manera notable, otros necesitaron 10 o 20 milésimas para dar igual respuesta.

Homeopática o isopática

Todavía queda por resolver a cuál de las vacunas referidas anteriormente pertenece.

1) De ninguna manera son ciertamente isopáticas⁹ porque en su preparación perdieron ciertas características de su estado original; los organismos son incapaces de reproducirse o de reproducir toxinas, etcétera.

2) Los organismos en una vacuna están tan cambiados que son incapaces de producir la enfermedad que causaban originalmente, aunque como remedios homeopáticos provocar ciertos síntomas. No importa cuánta vacuna tifoidea se le administre a un individuo, ello no ocasionaría la enfermedad, aunque podría ocasionar dolor de cabeza, dolor de espaldas y temperatura a partir de una dosis relativamente pequeña.

3) Nuevamente, los organismos muy estrechamente aliados al germen causante de una enfermedad particular pueden ser beneficiosos cuando son usados como vacuna. De esta manera, cualquier variedad del gran número de estreptococos es beneficiosa en una infección producida con un estreptococo específico. Tanto, que el stock de cepas casi siempre se usa en casos graves, aunque las diferentes variedades tienen caracteres diferentes, como puede mostrarse en su tamaño, forma y su fermentación cuando se probaron en azúcares diferentes. Nuevamente, la inmunización con organismos tifoideos produce una cierta resistencia a la paratifoidea y otros bacilos estrechamente afines, y la sangre de los pacientes, que han tenido tifoidea o que han sido inoculados contra ella, aglutinará los sueros de los bacilos de la disentería o paratifoidea.

La necesidad del remedio semejante

En la terapia de vacunas, como en la homeopatía, el remedio debe ser semejante.¹⁰ Sería inútil usar un estreptococo para curar una tifoidea, o un estafilococo para la disentería; la vacuna debe contener gérmenes idénticos o muy estrechamente ligados al organismo causante.

El resultado de una dosis

Aquí vemos la más sorprendente analogía entre los grupos de remedios.

1) La reacción a una dosis es enormemente mayor en pacientes susceptibles que en pacientes no susceptibles. Si una dosis medicinal potenciada de sepia se administra a un individuo normal, no sucede prácticamente nada, pero en un paciente que sufre de síntomas de sepia (sepsis) la misma dosis tendrá una influencia profunda. En el caso de las vacunas, un individuo normal puede tolerar una dosis de 100 milésimas de estreptococos con poca o ninguna molestia; pero si a un paciente que sufre de neumonía estreptococica se le administrara una dosis similar, tendría una reacción violenta, que en muchos casos sería fatal. En la tifoidea, 500 o 1.000 milésimas de bacilos se administran al individuo normal como dosis preventiva, pero al tratar a un paciente con la enfermedad, se usaría una centésima o una milésima.¹¹

2) En la enfermedad también se sostiene nuestra comparación. Los resultados de una dosis de vacuna son: si la dosis es muy pequeña no sucede nada, o una leve mejoría; si la dosis es perfecta, la mejoría es completa; si es levemente grande, se manifiesta un pequeño agravamiento y después una mejoría; si es muy grande, el agravamiento continúa. Si un centenar de casos de neumonía recibieran una primera dosis de vacuna en la forma habitual, en algunos la temperatura bajaría a lo normal en seis u ocho horas, la dosis perfecta para esos casos; en otros habría un leve aumento y luego disminuiría; en algunos sólo un pequeño descenso en la temperatura y en otros no se manifestarían cambios.

En la terapia de vacunas sabemos que cualquiera de las secuencias anteriores depende del tamaño de la dosis, y todo lo que debemos hacer es encontrar la cantidad perfecta; no hay duda del remedio equivocado cuando la vacuna se prepara a partir del paciente o se ha identificado el organismo. Cualquiera de esos resultados puede seguir a una dosis homeopática. En las vacunas tenemos una importante señal que ayuda materialmente a juzgar la exactitud de una dosis; concretamente, la reacción local, que es la hiperemia que se produce en el lugar de la inoculación, y que si es perfecta es más o menos del tamaño de una moneda de media corona. Habitualmente, una reacción local menor que ésta significa una sobredosis; si es mayor, lo inverso. Esta reacción local también sirve para determinar el tiempo de espera para repetir la dosis, porque siempre y cuando la reacción local continúe siendo visible puede darse por sentado que la dosis todavía está funcionando. En casos agudos cualquier aumento de temperatura se asociará con la desaparición de la hiperemia local.

Una de las mayores dificultades en las vacunas es estimar la dosis inicial, porque la medida necesaria para dar el resultado perfecto varía ampliamente según los casos. Por lo tanto, siempre es sabio administrar una dosis que provoque poco efecto, a fin de evitar cualquier reacción severa, ya que no conocemos ningún antídoto. Siempre es más fácil repetir una dosis mayor si después de algunas horas la dosis primaria parece ser demasiado pequeña, que superar los efectos de una sobredosis.

Métodos de uso

Al respecto, nuevamente las leyes son idénticas, y si todos los bacteriólogos hubiesen adherido estrechamente a las reglas establecidas por Hahnemann, las vacunas serían infinitamente más beneficiosas que las administradas en la actualidad con la frecuencia, por algún método rutinario, de una vez a la semana o cada diez días. ¡Es una lástima! La guía para repetir la dosis de vacuna es: Nunca repetir hasta que haya certeza que ha cesado la mejoría, o después de diez o doce horas o más en casos graves, o después de semanas o meses en la enfermedad crónica. Es por ignorar este principio fundamental que más de un médico ha renunciado a la vacuna por considerarla inútil.

El médico que repite una vacuna de la neumonía mientras está bajando la temperatura como resultado de la primera dosis, no sólo está en riesgo de perder todo el valor de la dosis número uno, sino que a menudo corre riesgo la vida del paciente. En la enfermedad crónica, más de un caso promisorio que ha comenzado a mejorar definitivamente, ha arruinado toda posibilidad por una repetición precipitada. Entonces, nuevamente, en casos graves, si es necesario repetir la dosis, se las puede suministrar cada ocho horas o más, mientras que en casos crónicos, deben transcurrir semanas o meses antes de que pueda llevarse a cabo una repetición en forma segura.

Tipos de remedios

Existen dos tipos distintos de vacunas: agudas y crónicas. En las enfermedades agudas el organismo necesario para la cura es el germen particular hallado en la lesión local causante de la enfermedad. Así, en una neumonía el esputo provee el germen correcto; en la cistitis, la orina; en los abscesos el pus, etc., y la inoculación de la vacuna, hecha a partir de la fuente, efectuará la cura siempre que el caso no haya avanzado mucho.

En la enfermedad crónica es totalmente diferente; en esos casos no sólo nos estamos manejando con lesiones locales, de cualquier tipo, sino además con una profunda causa subyacente que conduce al individuo susceptible a una enfermedad prolongada. Esta causa se halla en un veneno crónico a partir de varios organismos que viven en el tracto intestinal, de modo que en la enfermedad la finalidad es librar al individuo de los organismos intestinales y sus toxinas. Es sorprendente, en casos antiguos, que después de que dichas toxinas han sido eliminadas con una vacuna, desaparece la enfermedad crónica y se aclaran completamente las lesiones locales que permanecían por diez o más años. Cuánto se parece esto a los tipos de remedios homeopáticos.

La toxemia intestinal bacteriana es más interesante e importante. Si se examinan las heces de los individuos que sufren la enfermedad, se encuentran ciertos organismos que pueden considerarse anormales, y a partir de varios síntomas del paciente es posible predecir en cierta medida qué tipo de organismo se aislaría. Así, los individuos que padecen de temores inusuales –tales como miedo al fuego, a las alturas, a las multitudes, al tráfico– tienen casi invariablemente un organismo del grupo de los bacilos paratifoideos. La persona muy tensa, nerviosa, con expresión ansiosa, a menudo de mirada fija, con frecuencia tiene un bacilo del grupo proteus. El paciente que a simple vista parece estar en perfecto estado de salud y tiene alguna enfermedad crónica seria, como tuberculosis, a menudo tiene organismos del tipo coli mutable. La gente que se golpea y sangra fácilmente por lo general posee un tipo de germen de la disentería, etc. Si se aplicara una vacuna del organismo aislado, a partir de uno de estos pacientes, los resultados serían típicamente homeopáticos, como se define a continuación.

Luego de la dosis sigue un período de latencia de cuatro horas a seis o siete días. Más tarde se manifiesta la reacción o agravamiento de todos los síntomas presentes en el paciente, durante doce horas y hasta cuatro o cinco días, o a veces más. A esto sigue la mejoría de todos los síntomas, comenzando con los últimos en aparecer durante la enfermedad, aunque durante este período los síntomas más antiguos en la historia del caso, que pueden haber estado latentes durante un largo tiempo, pueden manifestarse y finalmente desaparecer. En los casos de artritis reumatoide y neuritis, he visto en varias oportunidades aparecer dolores durante este período en el que los pacientes señalan no haberlos padecido desde la niñez. Tales síntomas me permiten señalarle al paciente con confianza que estamos al alcance de una cura completa.¹²

Tomemos como ejemplo la epilepsia. Después de la primera dosis, aunque se la administre en un momento que, según la experiencia previa, no se ha anticipado ningún ataque, comúnmente se produce un ataque correspondiente al agravamiento o, como lo llamamos, una reacción. Ésta va seguida de un intervalo más largo que el habitual para que el paciente esté libre de ataques, y la segunda dosis no se administra hasta que tenga lugar un ataque o una amenaza de ataque.

También existen puntos en común en relación con el agravamiento entre las vacunas y los remedios.¹³ Ante la aplicación de una vacuna la reacción ideal es breve. En general, ninguna reacción significa que no hay respuesta y tampoco un valor curativo; una reacción prolongada siempre se entiende como un caso de difícil naturaleza. Desconozco vuestra opinión acerca del siguiente punto, pero después de administrar las vacunas yo en lo personal siempre prefiero tener un corto agravamiento que una mejoría instantánea, ya que, salvo algunas excepciones, creo que la cura en el caso anterior es más completa.

La toxemia intestinal corresponde de la manera más sorprendente a la psora¹⁴ de Hahnemann. Toda esa maravillosa lista de síntomas, tales como fatiga, pérdida de apetito, palidez, pérdida de energía, tics nerviosos que describe, están presentes en un individuo que no está enfermo, según el sentido general, y quien al ir al médico resultaría que está neurótico y que sólo necesita un cambio de aire, pues está sano físicamente. Podemos probar que esos síntomas, que realmente son precursores y pertenecen al comienzo de la enfermedad, se deben a este veneno crónico del intestino; cuando se elimina el veneno el paciente supera rápidamente todos los síntomas menores. Además, en cuanto a la enfermedad misma, si esta toxemia subyacente se puede eliminar, no hay necesidad de tónicos, estimulantes o descanso; siempre y cuando la enfermedad no esté muy avanzada, la naturaleza, liberada del veneno, podrá pronto erradicar todas las lesiones.

En casos de enfermedad crónica es sorprendente cómo, después de dos o tres dosis de una vacuna obtenida a partir de un organismo simple del intestino, mejora la condición general y el paciente se restablece. He visto un caso de psoriasis, con una permanencia de siete años, desaparecer después de dos dosis, y en una epilepsia de siete años que tenía ataques todos los meses, continuar por más de doce meses libre de ataques como resultado de una inoculación. Este tipo de vacunas son las que corresponden más estrechamente a vuestras drogas antipsóricas de larga acción. En la enfermedad grave por supuesto se necesita un remedio antipsórico, pero, como ustedes saben, el paciente tiene que ser salvado del estado grave por medio de vacunas de rápida acción, que son las vacunas hechas a partir de la lesión local, y luego puede dársele atención a las vacunas de larga acción como precaución ante una infección posterior. Sería bastante inútil dar una de esas vacunas tóxicas intestinales en la neumonía, por ejemplo, porque el paciente probablemente estaría muerto mucho antes de que pudiera observarse el beneficio de la vacuna. Pero, habiendo salvado a vuestro paciente por medio de una inoculación de pneumococos o estreptococos, hechos a partir del esputo, después de la convalecencia es importante encontrar el organismo intestinal y administrar las dosis que elevarán la resistencia general contra la enfermedad en todas sus formas. De esta manera he intentado señalarles la extraordinaria similitud de la rama más moderna de la ciencia médica con las enseñanzas de la homeopatía: en la composición, en la medida de la dosis, en el resultado de una dosis, en los métodos de uso, en los tipos de remedios. A través de todo lo que vemos existen muchas características en común.

La ciencia aún puede progresar más. Se puede probar que los remedios de nuestra escuela corresponden en formas todavía desconocidas a los distintos venenos del cuerpo enfermo; se puede demostrar que el remedio particular para un cierto conjunto de síntomas es el que corresponde más estrechamente a la toxina o veneno causante de tales síntomas; puede incluso demostrarse en el tiempo de qué manera actúan los remedios y de cómo son capaces de neutralizar o estimular el cuerpo para neutralizar los venenos.

Mientras tanto, debería entenderse que la ciencia de una forma totalmente diferente está confirmando los principios de la homeopatía. Deberíamos honrar a Hahnemann por haberse anticipado a la ciencia por más de un siglo.

Hoy, la actitud de la profesión médica en general es la de observar la homeopatía. Pero, como seguramente pronto ocurrirá, cuando se reconozca y aprecie en general que toda la investigación moderna en manos de los alópatas está demostrando y orientándose hacia las leyes de Hahnemann, entonces la homeopatía será reconocida como la ciencia maravillosa que es.

Que todos los miembros de vuestra Sociedad puedan sentirse orgullosos de estar entre los pioneros; sentirse seguros que no se desviarán ni un ápice de las leyes fundamentales de su gran fundador. Porque la ciencia les está probando en detalle el remedio semejante, la dosis única, el peligro de la repetición apresurada.

Habrá una lucha entre la homeopatía antigua y la nueva; veamos que la antigua reciba su parte del crédito, que su estandarte sea mantenido en alto y, fieles a sus enseñanzas, la nueva sea sumergida en el flujo de la ciencia que simplemente es el resultado del trabajo de Hahnemann.

Nota aclaratoria

3 Se refiere a la Sociedad Homeopática de Londres, que lo había aceptado como miembro. (Nota de los comps.)

4 Aquí Bach alude a tres pilares de la medicina homeopática: la ley de lo semejante, la potenciación de los remedios y el concepto de dosis que en notas a pie de página, más adelante, se explican. (Nota de los comps.)

5 El Organon de la Medicina Racional fue el libro de Hahnemann publicado por primera vez en el año 1810, que Bach leyó a su ingreso en el Hospital Homeopático de Londres, en su versión inglesa traducida y comentada por el doctor William Boericke, un entusiasta homeópata que también trabajaba con las sales de W. H. Schüssler, tema sobre el cual escribió Los doce remedios de los tejidos (1902). (Nota de los comps.)

6 En esta categoría pueden incluirse ciertos remedios que están preparados con productos patológicos como la tuberculina de Koch (T.K., Medorrhinum, (producto patológico de la gonorrea), Carcinosinum (del tumor canceroso), Siphyilinum (de la sífilis), Influenzinum (de la gripe). Más abajo Bach los menciona en el rubro de las vacunas. (Nota de los comps.)

7 Hahnemann descubrió que trabajando con la misma sustancia tóxica pero diluida aumentaba su poder. A medida que ejercía una mayor dilución y la sucusionaba, la acción terapéutica aumentaba. De modo que en base a esta experiencia estableció un proceso de preparación de remedios consistente en la realización dos operaciones sucesivas: dilución y dinamización. Este último paso consiste en agitar vigorosamente la dilución para liberar los principios activos de la sustancia en cuestión. A esa agitación vigorosa, tomando el frasco que contiene la sustancia diluida, con el puño cerrado y golpeándolo cien veces –en las diluciones centesimales– contra una superficie dura y elástica (como un libro de tapa dura), lo cual provoca una gran agitación molecular que produce la dinamización, se denomina sucusión). En las farmacias homeopáticas actuales, se sigue utilizando este sistema para preparar remedios homeopáticos hasta la potencia 30c, recién después se comienza a utilizar el dinamizador homeopático para potencias homeopáticas más elevadas (200c, 1000c, 10.000c, 50.000c, etc.). El dinamizador es un aparato mecánico que realiza la dilución en la dosis deseada y la sucusión agitando la sustancia diluida y reproduciendo la misma fuerza del golpe del puño contra una superficie dura y elástica, que es el requisito solicitado por Hahnemann.

Así, por ejemplo, si se quiere preparar un remedio a la 10 centesimal se toma una gota de la tintura y se diluye en 99 gotas de solución alcoholizada y, posteriormente, se lo agita y de ese modo obtenemos la 1ª centesimal. De esta solución se saca una gota y se vuelve a mezclar con otras 99 de solución alcoholizada y se agita y así se obtiene la 2ª centesimal. Esta operación se repite de forma idéntica hasta llegar a la 10ª. Estos principios de preparación de los remedios ya habían sido estudiados por el alquimista Basilio de Valetín que en su libro El carro triunfal del antimonio (1610) en donde se refiere al método de sucusión y dilución. Este maestro escribió varios libros vinculados con temas alquímicos y dada la naturaleza se su enseñanza puede considerarse un antecedente de la técnica de preparación homeopática y floral. (Nota de los comps.)

8 Esto equivale a 8 decimal que es una forma de preparación homeopática distinta de la centesimal con el mismo proceso descrito en la nota 4 pero con una base de 10 en lugar de 100. (Nota de los comps.)

9 Por isopática se entiende la preparación de un autonosode obtenido a partir de sustancias de la enfermedad en curso

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