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Todavía vives dentro

Todavía vives dentro

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Todavía vives dentro

Longitud:
414 páginas
5 horas
Publicado:
27 abr 2020
ISBN:
9789585107458
Formato:
Libro

Descripción

Pilar vuelve a Colombia y descubre una caja escondida que la llevará a leer la historia de Ana, su abuela. Una historia olvidada enmarcada en eventos de una Colombia del siglo XX en la que Ana emprende una fuga impulsiva por seguir al amor de su vida, ignorando que esta aventura descabellada la llevaría a atravesar los años más difíciles de un país
Publicado:
27 abr 2020
ISBN:
9789585107458
Formato:
Libro

Sobre el autor

Fanny Velazquez es autora de dos libros electrónicos titulados How to improve your relationships in a nutshell y Loved . Nacida en México, de madre colombiana y padre mexicano. Emigró a los Estados Unidos a los 19 años para cursar estudios superiores en psicología. Trabajo como consejera por diez años y actualmente reside en Berlín con su familia. fannyvelazquez.com


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Todavía vives dentro - Fanny Velázquez

1:17

Regreso a Colombia

El naciente sol de marzo en Berlín había resucitado los árboles, los pájaros y los corazones de los berlineses que se habían dejado marchitar en el largo invierno. El privilegio de sentir el sol en la cara despertaba en nuestros rostros sonrisas. No me imaginaba que ese día soleado que anunciaba alegría recibiría una de las noticias más tristes de mi vida.

Pilar, la abuela ha muerto decía el mensaje de mi hermana por teléfono La hemos puesto en el congelador de la morgue para que te dé tiempo de comprar el boleto a casa. Estoy con los arreglos del funeral. Te hablo más tarde.

Acababa de subir por las escaleras eléctricas del subsuelo al primer piso de la estación Friedrichstraße. Al subir, con la multitud apretujándonos y antes de leer el mensaje de mi hermana, había visto por el vidrio de cristal al final de las escaleras unas hermosas cajas de madera en la tienda de la estación. Las cajas pintadas en colores sepia daban a la vista una imagen de antigüedad y una sensación de sentimentalismo, fueron ellas las que me tentaron a explorar la tienda. Pero antes de entrar, mi teléfono había sonado y después de leer el mensaje me quedé con un nudo en la garganta incapaz de ubicarme en el lugar, espacio o el tiempo de mi vida, nunca imaginé que ese día llegaría. Mi abuela había muerto y yo no había estado allí.

Los sentimientos de culpa se agolparon en mi pecho. El piso debajo de mi tembló y el ruido de los trenes y la gente desapareció, todo se detuvo. Estaba sola, sola sin la abuela que había sido para mí, sol.

La abuela había sido la roca de la familia, el centro de mi mundo, un consuelo y sobre todo mi guía. La gente pasaba a mi lado a toda velocidad, sin duda, a sus trabajos y, aunque me rodeaban la multitud con objetivos muy definidos para su día laboral, me di cuenta de que ninguno de ellos entendía mi sufrimiento. Tuve que salir de la estación para tomar una bocanada de aire frío, necesitaba algo que me hiciera sentir el cuerpo, las lágrimas me nublaban los ojos, cuando me las sequé vi como una nube perdida ocultó al sol por unos minutos. Mi día, que había empezado lleno de sol y sonrisa, de pronto se tornó dentro de mi totalmente oscuro y entre las tinieblas de ese día y el siguiente, encontré a tientas el vuelo de regreso a casa.

Dos días después me estaba metiendo al pájaro de acero que me llevaría al otro lado del océano atlántico, donde mi familia me esperaba ansiosa. Además de ellos, una caja de madera muy vieja y llena de polvo con una llave perdida me esperaba silenciosa. El funeral de mi abuela fue en la montaña, allá donde había muerto el único tío que nunca conocí y que había dejado un silencio misterioso en todos los ojos de la familia apenas se mencionaba su nombre. La caja me daría la respuesta a eso y a muchas otras cosas más.

El viaje, el dolor y la ausencia tan tangible de la abuela me dejó devastada, con un cansancio milenario y sin deseos de que continuara el tiempo. Después de días borrosos en mi mente y del entierro por fin regresamos a Medellín, donde la abuela había dado su último suspiro. Entré, casi con reverencia, al último cuarto que había hospedado a la abuela en la casa de mi madre, donde me quedaría esa noche explorando cada detalle. Quería estar sola, pero como madre joven me era imposible, tenía a mi hijo de dos años en brazos, Diego, y mi desconsuelo más grande era que mi abuela no lo había conocido. Las lágrimas me rodaron por las mejillas calientes nublando la mirada cuando me tiré en la cama de la abuela. Puse mi nariz en las sábanas viejas e inhalé hondo, fue allí donde la abuela había expirado su último aliento y quería, aunque fuera por un momento, recuperar su olor, siempre fresco y acogedor, una mezcla de rosas y comida recién hecha. La extrañaba demasiado, volver a Colombia no era lo mismo. Ella era para mi Colombia y ya no estaba allí.

Traté de hallar las palabras para pedirle perdón por no haber venido antes, pero su ausencia me hizo saber que ya era demasiado tarde. El muñeco de peluche de Diego se cayó al piso, un elefante que le había comprado en el zoológico de Berlín. Diego empezó a llorar y cuando me agaché a recogerlo la vi en la penumbra.

Era la caja que me había esperado toda la vida. La caja donde encontraría un tesoro y los secretos olvidados de una historia. Estaba escondida debajo de la cama en el rincón más oscuro del cuarto, tenía una cerradura sin llave y estaba llena de polvo. Me estiré debajo de la cama y la saqué con cuidado, le sacudí, con una camiseta vieja, las telarañas y el polvo, entonces pude leer las palabras que tenía gravadas en la madera, solo eran cuatro: Gracias a la vida, de inmediato vino a mí el recuerdo de la melodía de Violeta Parra y sonreí, la abuela la cantaba a menudo y el recuerdo de su voz ronca llenó el cuarto que ya se tornaba gris. Prendí la luz y le grité a mi hermana y a mi madre:

—¡Vengan!, ¡miren lo que encontré!

Cuando entraron, reconocieron la caja.

—Pero ¿dónde estaba?, hace años que no la veía.

—Pues si barrieran mejor ya la habrían encontrado —les dije burlona y con cariño.

Años atrás cuando aún éramos niñas habíamos visto a mi abuela guardar en ella cartas, fotos y recortes de periódico.

—No tengo idea dónde la puse, hace tantos años que no abro esa caja —dijo mi madre un poco frustrada.

Tuve unas ganas irresistibles de abrirla, pero no encontramos la llave, con mi hermana la buscamos por toda la casa sin suerte, abrimos todos los cajones, sacamos toda la ropa, esculcamos los papeles importantes, pero nada. Por fin nos rendimos y decidimos llamar al cerrajero que nos cobró una pequeña fortuna por hablarle en la noche.

Cuando se fue, nos arrodillamos al lado de ella y levantamos su tapa con suma lentitud y reverencia, la luz del foco que colgaba de un cable mal puesto nos alumbraba en la penumbra de una Medellín que ya dormía; habíamos encontrado un tesoro. No era un tesoro con remuneración financiera, era en cambio un tesoro del ayer, de los recuerdos de una historia que conocíamos por partes, eran los diarios de la abuela, las cartas de sus hijos, los certificados de nacimiento y matrimonio, álbumes con fotos, recortes de periódicos. Era la historia de nuestra familia, de nuestros orígenes, de nuestro pasado y tal vez la historia de Colombia, por lo menos la nuestra, después de todo, el lugar no significa nada si no estaban en él las personas que amamos y que nos amaron.

Esa noche no dormimos. Mi hermana, mi madre y yo pasamos horas leyendo, recordando, hablando de todos los momentos buenos y malos que habíamos experimentado en la finca de la abuela. Recordamos el sabor amargo de sus purgas que nunca pudieron hacer salir una lombriz del intestino, como la abuela aseguraba que sucedería y nos reímos a carcajadas; por momentos, el cuarto se llenaba con un manto de luto con los nombres de los muertos en nuestro pasado y del presente, terminábamos llorando a mares abrazadas para después sonarnos la nariz que nos escurría. Mi abuela, era la persona que yo más había amado, fue una madre para mí en los años difíciles de la pubertad. Nuestro lazo era parte de la unión femenina más fuerte en la familia, era el lazo que nos había enseñado del amor en todas sus formas y que pasaba de una generación a otra.

En el baúl, esa noche, también encontramos la Biblia de la abuela, era una Biblia vieja con pastas de piel café oscuro, la cual estaba bien subrayada. Allí estaban anotados los nombres de los muertos de la familia y leerlos nos erizó la piel, imaginé el dolor tan grande que la abuela debió de haber sentido al escribirlos, lo comprendía nítidamente ese día después de haberla enterrado a ella. Con un lapicero escribí al final de estos el nombre de la abuela «Ana Torres» y la fecha.

Además, dentro de la Biblia, encontré en ella una lista amarillenta de nombres que no reconocí, el título, en el centro de la hoja solo decía «Desaparecidos», al final del nombre decía la edad. Eran nombres de niños o jovencitos. Años después, hasta que leí hoja por hoja los diarios de la abuela, comprendí su significado. Supe entonces, que también esos nombres habían manchado de dolor el corazón de la abuela.

Sin saberlo, ese día había abierto la ventana secreta a su vida, a la historia de nuestra familia y de una Colombia olvidada por nuestra generación que gritaba de dolor en las páginas de esos libros y cartas, eran las guerras de la abuela, las que había visto con sus ojos y luchado su vida entera. Era una historia de amor y pérdida, de triunfo y lágrimas, de traiciones y venganzas. Ahora nosotras la teníamos en las manos, a la luz de la luna y de un foco demasiado opaco que alumbraba el cuarto con una luz cansada, esos diarios eran la médula central de nuestras raíces y yo supe de inmediato que las necesitaba más que nunca.

Había emigrado a Berlín tan solo dos años atrás, me sentía fuera de mi entorno, como una planta con las raíces al viento que fue arrancada del lugar donde creció para ser trasplantada a otra parte del mundo, era difícil volver a encontrar terreno firme. Siendo honesta, en ese momento, me sentía perdida en un país que no comprendía y un idioma que no lograba entender, con la nostalgia perpetua del extranjero y dudando mucho de mí misma, tal vez, por eso, esa caja aquel día se convirtió en mi tesoro.

Mi hermana y mi madre no quisieron quedarse con nada de su contenido. Después de que yo las miré con cara de súplica, mi madre entendiéndolo todo, me dijo:

—Llévate todo, es tuyo, quizá de allí saques por fin tu libro —Sonrió y me dio el abrazo más largo que jamás nos dimos. Supe de inmediato que era nuestro pacto familiar. Ahora estaba en mis manos terminar mi parte.

Hoy desempolvé su primer diario. Se titulaba: Recuerdos de mi niñez y desde que empecé a leer no pude pensar más en mí.

Primera Parte

La Huida

La noche de mi fuga era nublada y me encontró temblando en cama. -Escribió la abuela-. Había apagado la luz del cuarto y esperé acostada bajo una luna ausente que se desaparecía entre cortinas de nubes grises y aparecía, de vez en cuando, como queriendo que la recordase para volverse a esconder. La noche sin estrellas me tenía nerviosa, mi corazón agitado palpitaba muy fuerte y mis manos sudaban. Aun así, trataba cuidadosamente de pensar en todo lo que tenía que hacer antes de salir de casa, esa noche dejaría a mamá y a don Gustavo, mi padrastro nuevo, que me había quitado la esperanza de cumplir los sueños que mi padre había visualizado para mi vida.

No quería levantar sospechas en los oídos de mi madre que era más astuta que yo y que siempre iba un paso adelante, todo tenía que ser muy silencioso. Vivíamos en una casa vieja de tres cuartos, con paredes mal pintadas y un baño exterior en el patio interno de la casa; éramos cinco, pues don Gustavo, que por aquel entonces ignorábamos su paradero, tenía tres hijos que en su desaparición repentina dejó con mi madre.

Había tardado tres semanas en abrir el protector contra ladrones de mi ventana que toda casa en Medellín portaba por miedo. Serruchaba la varilla en las mañanas cuando todos, menos el bobo, se iban al trabajo o a la escuela, el bobo que era hijo de don Gustavo me observaba con cuidado, pero como no sabía hablar no me podía delatar. Por fin un día antes del día señalado la abrí por completo y vi que por el hueco me cabía la cabeza, calculé que si me cabía la cabeza me cabría el cuerpo.

—¿Qué tienes? —me preguntó Mamá en la cena, me había notado nerviosa toda la tarde.

Me quedé muda por unos segundos tratando de adivinar qué responderle.

—Problemas en el trabajo, es todo. Hay muchos chismes de que van a despedir a varias personas —Le mentí y salí de la cocina sin esperar respuesta.

Me apresuré a mi cuarto. Algunas veces yo creía que mi madre tenía la habilidad de leer mis pensamientos, me purgaba a menudo con ungüentos asquerosos, en especial después de que conoció a Juan Carlos, mi novio, creía que con eso expulsaría, además de los parásitos, mis demonios, calmaría mi carácter rebelde y mi amor prohibido. Mi única rebeldía era estar enamorada.

La noche me sorprendió con un nudo de nervios que trataba de ocultar en vano, pensaba, con una nostalgia silenciosa, en cómo me hubiese gustado tener a mi madre en mi boda, esa era la historia que había soñado desde niña para mí, pero el amor lo había revuelto todo. Mi madre no quería a Juan Carlos, nuestras familias eran de partidos políticos diferentes que por aquellos días se odiaban hasta la muerte. El sol naciente por aquella época descubría con su luz cada mañana a las personas que habían sido asesinadas por razones políticas la noche anterior, eran cientos. El terror circulaba por las calles, era la época mejor conocida en Colombia como los años de la Violencia. Pero, para mí, ni la violencia, ni nadie me impediría escapar esa noche de casa. Apagué la luz pretendiendo dormir, sentía que mi corazón se salía de mi pecho, era el día más importante de mi vida. Esa noche, me casaría a escondidas.

Abrí la ventana a las once de la noche, no sin antes asegurarme de haber dejado un bulto de almohadas en mi cama, la casa estaba en silencio y sabía que todos dormían. Tenía una mochila pequeña con mi vestido y un par de tacones negros para esa noche que arrojé del otro lado de la ventana antes de salir, hicieron un ruido tan fuerte que me dejó inmóvil por varios segundos.

Mi madre gritó desde su cuarto:

—¿Quién?

Escuché sus pasos en el pasillo, rápidamente regresé a la cama, me quedé muy quieta mientras escuchaba a los grillos del patio y haciéndome la dormida. Fue la espera más larga de toda mi vida. Tenía apenas quince años.

Mi padre

Ninguna historia de amor comienza en las cenizas, de hecho, es como mirar al sol incandescente que lo invade todo y a la misma vez nos ciega por completo, embriagándonos. La mía no fue distinta, por ser un amor prohibido tomó un matiz de aventura delirante desde el principio, comenzó sin que yo comprendiera quien era en realidad, pocos años después de que el suelo debajo de mis pies se hubiera desmoronado precipitadamente. Fue solo el amor lo que hizo sentirme otra vez en tierra firme.

Mi amor por Juan Carlos nació en los años más violentos de una Colombia donde la sangre corría como un río desbordado en sus calles. Tal vez nuestro encuentro no habría sido tan intenso y necesario si no hubiera sido por mis pérdidas, la guerra en todo el país era entre los liberales y los conservadores, que entre la gente común se les conocía como los rojos y los godos para abreviar las palabras complicadas. Nuestra familia no fue exenta de ese terremoto de violencia.

El mundo por aquellos días, sin yo saberlo, se destrozaba en la guerra universal más cruel que existió jamás en la historia de este planeta, supe de ella por la maestra de nuestro pequeño pueblo, que lo había leído en el periódico. Para mí, la guerra o la muerte en esos años de mi niñez no significó mucho hasta que me la topé de frente, mi primer encuentro con ella, de los muchos que vendrían después, fue por el hombre a quien más he amado, mi padre.

Él había sido un soldado veterano, herido en la guerra entre Perú y Colombia para luego convertirse en campesino, con su dinero ahorrado en la guerra había comprado una pequeña finca a don Esteban, un terrateniente temido por todos en el pueblo. Papá sembraba café y le daba lo suficiente para vivir una vida modesta. Tenía descendencias indígenas, unos brillantes ojos negros, nariz ancha, mediana estatura, hombros fuertes, pelo negro y muy lacio. Contrario a su cultura, tenía unas carcajadas que llenaban el aire con fuerza, era alegre por naturaleza y había tres cosas que le gustaban mucho: bailar, leer y hablar con sus amigos del partido liberal. Era un hombre sin educación, solo sabía leer, pero era un autodidacta por naturaleza, leía libros prestados y le pedía al cartero, que solo llegaba los jueves al pueblo, que le trajera periódicos viejos de la ciudad. Por esto mismo, me inscribió en la escuela rural a los siete años para que «Sea educada, no como yo» decía a menudo. Leyendo de todo fue que mi padre descubrió las ideas y postulados del partido liberal, se convirtió en un liberal en un pequeño pueblo llamado, irónicamente, Peque, el cual era regido por el cura totalmente conservador.

Peque era un pueblo, al noreste de Colombia, que había sido pacífico por un tiempo, casi todos sus habitantes se conocían por nombre, estaba rodeado por majestuosas montañas con un verde perpetuo por las frecuentes lluvias, contemplarlas en su gloria te erizaban la piel y te hacían sentir muy insignificante en un mundo divinamente hermoso y casi virgen. En mis años más tiernos, recuerdo que aquel páramo de paz me hacía despertar cada mañana con la dulzura de los niños felices y un sonido lleno de pájaros melódicos y libres, los techos de sus casas eran rojos, la mayoría de ellas pintadas de blanco, el sol salía y las iluminaba hermosas en la hora dorada.

Peque tenía una parroquia azul al lado de la plaza principal que tenía como dirigente a un cura regordete, rabioso y amargado por haber sido mandado por el obispo a ese pueblucho sin futuro, como él abiertamente lo decía. Las malas lenguas decían que él era uno de los principales líderes en planear los asesinatos de los que no eran partidarios de sus creencias religiosas o su partido político, se había encargado de armar la muchedumbre para cerrarle el paso a los hijos de Lutero, que una vez intentaron invadir el pueblo con literatura religiosa.

Me convencí con los años de que mi padre no era un hombre muy prudente. Decía mi madre que sus años de soldado lo habían hecho brabucón e insensato, era impetuoso para hablar y no le importaba empezar discusiones apasionadas de política en los bares o en las calles sin temor alguno. Yo, que no entendía qué era la política, nunca consideré sus pláticas en casa con sus amigos peligrosas, estaba totalmente cegada por el manto de la inocencia y como mi padre era mi héroe, un día declaré en la escuela con mucho orgullo:

—¡Nosotros somos liberales!

La maestra me miró con recelo y ojos de buitre, y dijo en voz alta:

—Yo soy católica y conservadora. En este salón no hay lugar para niñas liberales, los liberales no deberían vivir en Peque.

Nunca pensé que esa hubiera sido una amenaza y contesté sin vergüenza:

—Ni las maestras feas tampoco.

Lo que causó la carcajada de los alumnos y los gritos de la profesora:

—¡Te me sales del salón ahora mismo! ¡Niña grosera, así no se le contesta a la maestra!

Corrí afuera con los ojos vidriosos y caminé por el pueblo sin rumbo por varias horas hasta que vi a mis compañeros regresando a casa, no quería que mis padres supieran que me habían echado de clase. Llegué a casa y mi padre, que por esa época estaba cosechando café, hizo un descanso para comer con nosotros. Cuando lo vi, se me quebró la voz y fui corriendo hasta sus brazos, me le senté en las rodillas y le dije:

—Papá ¿verdad que no tiene nada de malo ser liberal?

—No, Ana —contestó—, los liberales defienden a personas trabajadoras como nosotros, personas comunes sin mucha tierra, quieren que personas como tú puedan estudiar y salir adelante.

—Tengo miedo, papá, de que te pase algo.

—¿Y por qué piensas eso?

—Porque la maestra ha dicho que los liberales no deberían vivir en Peque.

—Se equivoca, lo liberales van a ganar la siguiente elección, ya verás. Además, tu padre es fuerte. Fui soldado y se cómo defenderme.

Sonreí de oreja a oreja y me le tiré a su cuello con mis brazos aún frágiles de niña. Mi padre estaba lleno de sudor, olía a café, tabaco y pasto, pero no me importaba su olor, era mi papi. Nunca sospeché que esa conversación sería una premonición de su futuro.

Muchas fueron sus historias de la guerra y le gustaba contármelas siempre antes de dormir, se tiraba en el piso al lado de mi catre. Él tenía la premonición extraña de que mi vida podría ser difícil porque yo había nacido en 1932, dos años después de que comenzó la guerra, pero siempre terminaba la frase diciendo:

—No importa cuán difícil sean tus pruebas, Ana, siempre recuerda que sales de ellas más fuerte y no importa lo que se te atreviese en el camino, tú vas a salir adelante porque después de todo no en vano te apellidas Torres.

Una noche como esas me contó de su mejor amigo, Miguel Cerrante, me lo contó con lágrimas en los ojos y me conmoví mucho escuchándolo. Mi padre nunca lloraba.

—Miguel era mi mejor amigo desde que éramos niños, jugábamos en la tierra con carritos de madera que nos hacía mi padre y los arcos que mis tíos todavía usaban para cazar venados. Cuando estalló la guerra, tal vez para salir un poco de la pobreza, nos enlistamos en el ejército. Ya para entonces había conocido a tu madre que vendía todos los domingos, después de misa, flores en el pueblo, ponía su puestecito de venta al lado de un músico desafinado, una señora bizca que vendía dulces de leche y un gringo loco que regalaba panfletos y vendía Biblias, el cura lo echó de inmediato, aquí no quieren a los hijos de Lutero que básicamente son los protestantes, luego te explico que es ser protestante, pero no nos desviemos del tema. Me enamoré de tu madre y me la robé a caballo un día soleado, tu madre me ama mucho porque la libré de un padre al que le gustaba el trago y que le pegaba mucho. Sin yo saberlo, antes de partir a la guerra, ella estaba embarazada de ti ya de cuatro meses, cuando regresé, estuve seis meses en un hospital recuperándome de las heridas, eras una bebé de casi un año; te quise desde el primer momento que te vi.

Entonces se inclinaba sobre mi cabeza y me besaba en la frente, era mi parte preferida.

—Pero te estaba contando de Miguel y me desvié de la historia. Miguel me salvó de morir en la guerra y si no hubiera sido por él no estaría aquí a tu lado contándote esta historia.

—¿Y dónde está Miguel?

—A eso iba, ¿conoces a Santiago?

—Si, ¿el huérfano?

—¡Pues él es el hijo de Miguel!, por eso lo quiero mucho y, aunque no te gusta que lo invite a casa a comer de vez en cuando y te pones celosa si le doy un dinerito, es mi deber. Él es como mi sobrino, Ana.

—Pero huele feo y le va muy mal en clase.

—Eso no importa, es el hijo de mi mejor amigo y tengo una deuda de honor con su familia.

—¿Y su padre?

—A su padre lo acusaron, falsamente, de espía sin tener pruebas y el comandante lo mando a fusilar. A mí me tenían en el campo de batalla, si no yo no lo hubiera permitido. Miguel era un buen soldado, valiente, más fuerte que yo y querido por los demás, pero alguien que tenía influencia con el capitán, quien le tenía envidia, lo acusó y ordenó matarlo sin razón.

Mi padre guardó silencio, cuando volteé a ver su rostro noté que tenía la mirada ausente, los ojos rojos y llenos de lágrimas, me paré a abrazarlo y él me sentó en sus piernas. Cuando por fin pudo hablar me dijo:

—Cuídate de las mentiras, Ana, aún eres muy pequeña y no conoces la maldad en este mundo, la avaricia y los celos.

—Pero si ya tengo doce, casi trece —Le argumenté orgullosa.

—Para mí siempre serás pequeña —dijo Papá—. Nunca te pelees con alguien si no tienes pruebas suficientes para acusarlo, no hagas juicio sobre las personas sin saber si lo que dijeron de ellas es verdad, por eso yo perdí a mi mejor amigo injustamente.

—Pablo —gritó mi madre desde la cocina—deja a la niña que mañana tiene escuela, ya tiene que dormirse.

Mi padre se levantó del suelo y me besó la frente. Supe que eran las ocho porque las campanas de la iglesia sonaron, mi padre apagó la vela que alumbraba mi cuarto y salió dejándome en la oscuridad. Vi con claridad las estrellas brillando por mi ventana abierta. Siempre me la dejaban así para que entrara el viento fresco de la noche y oxigenara mi cuerpo, decía él. Ese día me propuse ser más buena con Santiago.

Santiago

Todo sucedió tan rápido que hay veces no lo creo por mí misma. A la salida de la escuelita del pueblo, mis compañeros de escuela le empezaron a tirar piedras a Santiago, se burlaban de él porque no había llevado la comida que acostumbrábamos a comer en el recreo, además, porque había llevado unos pantalones remendados que le quedaban demasiado cortos. En la entrada de la escuela se habían amotinado alrededor de él para jalarle entre todos los pantalones hacía arriba aplastándole los testículos, ellos le llamaban «calzón romano», lo hicieron llorar y cuando lo soltaron lo persiguieron por la plaza que estaba frente a la escuela, tirándole piedras y gritándole.

—¡Maricón! ¡Brinca charcos!, y se reían a carcajadas.

Cuando vi lo que sucedía grité muy enojada:

—¡Paren ya! ¡Le voy a ir a decir a la maestra, ya verán!

Se quedaron atónitos, todos me respetaban por ser de las mejores estudiantes, pero yo nunca había defendido a Santiago. Hasta ese día.

Caminé hacia Santiago a quien se le había caído la libreta en la entrada de la plaza, pero por el temor a las pedradas siguió corriendo, recogí la libreta y vi de reojo que mis compañeros me veían incrédulos y mudos. Alcancé a Santiago corriendo y se la entregué.

—Toma, creo que es tuya. Mi padre me contó anoche lo de tu padre Miguel. Lo siento mucho, Santiago.

Me miró también sorprendido.

—No te preocupes, estamos bien —me dijo con calma.

—Me dijo también que era su mejor amigo y se querían mucho —Intervine cuando noté que no sabía que más decir.

—No lo sabía, tu padre solo me había dicho que lo conoció en la guerra.

Noté su inseguridad y su tristeza anidada ya por muchos años en los ojos, era el claro reflejo de su alma. Sentí enojo por mí misma, por no haber hecho algo antes y por mis compañeros que se deleitaban en hacerlo llorar.

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