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Amar para crecer
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Amar para crecer
Libro electrónico184 páginas2 horas

Amar para crecer

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Información de este libro electrónico

Tati, ¿tú te amas? Tras ponerle fin a una relación tóxica que rompió mi corazón, hui del amor hasta que, entre rituales y lecturas, alguien me preguntó cuánto me amaba. Y es que, al menos hasta entonces, yo no había considerado otro espectro del amor más que el romántico. Desde niñas soñamos con ser princesas y encontrar a un príncipe encantador si
IdiomaEspañol
Fecha de lanzamiento23 abr 2020
ISBN9789585107359
Amar para crecer
Autor

Tati Celi

Tati Celi es profesional en administración de empresas por la universidad Externado de Colombia, se ha dedicado por más de siete años a su trayectoria profesional como empresaria donde entró en contacto con la inteligencia emocional y el empoderamiento femenino. Desde entonces, decidió emprender una segunda etapa profesional enfocada en la comprensión y el desarrollo del amor propio, del empoderamiento y el potencial humano, todo desde su propia experiencia.

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    Amar para crecer - Tati Celi

    editor.

    Mi historia

    Quién soy?, ¿por qué me atrevo a hablar del amor propio?, ¿por qué me estás leyendo? Soy Ángela Tatiana Celi Nontoa, pero puedes llamarme Tati Celi.

    Como les sucede a muchas personas, el amor se ha llevado gran parte de mi energía; he tenido relaciones buenas y malas, para nunca olvidar y para nunca recordar. Tal parece que, aunque podamos llegar a tener éxito en varios aspectos, el área amorosa es muy importante en nuestra vida. Incluso pensamos que es obligatorio estar en una relación y, si no es así, ‘deberíamos’ estar en busca de nuestra pareja ideal, eso es lo que esperan de nosotros quienes nos rodean. La sociedad nos enseñó que tener pareja significa ‘estar bien’ y que debemos tener ‘algún problema’ si estamos solteros.

    En mi trayectoria, me cuestioné todas las creencias que me hacían iniciar y permanecer en una relación que no me hacía sentir feliz, por eso aquí te cuento los pasos que seguí para superarlas.

    Me he dado cuenta de que todo lo que he vivido en mis relaciones amorosas no ha sido casualidad; a continuación, quiero mostrar cómo todas ellas me han dado lecciones y me han conducido al lugar en el que estoy hoy: un estado de felicidad, paz y plenitud; donde, ante todo, amo y a partir de ese sentimiento he decidido en qué relación quiero estar. Definí qué es el éxito para mí y trabajo día a día por mis sueños, sé que soy capaz de cumplir todo aquello que me proponga.

    ¿Serà que el amor no es para mì?

    Seguro has escuchado, en varias ocasiones, las experiencias de mujeres que tienen su primer novio en el colegio, que vivieron una historia de amor hermosa y romántica, sin embargo, yo no fui una de ellas. Cuando estuve en el colegio, conocí chicos que me gustaban, pero para ellos era invisible, no me notaban ante ninguna circunstancia. Hacía mi ‘mejor’ intento para que se fijaran en mí, salía con su grupo de amigos a la espera de que pudiéramos iniciar nuestra propia historia, a pesar de eso, parecía que mi destino no era conseguir pareja y, mucho menos, estar con quien quería.

    En este momento me da risa y mucha vergüenza la forma en que pensaba, esperaba que una relación iniciara de la nada, como en los cuentos de hadas donde el ‘príncipe’ queda flechado con una mirada. Pero, aunque hoy me río, no tener la atención de quien me gustaba era lo peor que me podía pasar en ese entonces.

    Fui una estudiante promedio durante el bachillerato, sobresalía en las asignaturas que me gustaban, cursaba extracurriculares y hacía deporte, incluso llegué a resaltar en tenis cuando lo practiqué. Era una niña dedicada, responsable y de carácter fuerte, pero había algo que me atormentaba todos los días: mi cuerpo. Durante mi infancia y adolescencia tuve sobrepeso, aunque era algo controlable, en este momento era la raíz de todos mis ‘males’ porque consideraba que la forma en que lucía era la razón número uno por la que los chicos que me gustaban no me prestaban atención.

    Creía que mi físico era lo único que me definía. Recuerdo que me ponía de pie frente al espejo a criticar mi cuerpo, me decía llorando: «si no tuviera esta barriga horrible…», «si no tuviera los cachetes tan grandes…», «si mis piernas no fueran tan gordas…» o «si mi cola no estuviera llena de celulitis, él se fijaría en mí».

    La falta de amor propio me hizo empezar dietas en las que buscaba resultados inmediatos, incluso llegué a padecer trastornos alimenticios. Un día, mi mamá descubrió uno de los regímenes que seguía y me obligó a comer, en ese momento sentía que ella solo iba en contra de mis objetivos, que no entendía que dejar de comer era lo mejor que podía hacer.

    Luché contra mí misma, contra mi cuerpo y contra mi bienestar; lo peor de todo es que ningún chico se fijó en mí. A pesar de ser una joven inteligente, soñadora, capaz, decidida, linda y completa. Me pregunto por qué sentía que no merecía amor por mi cuerpo, por la imagen distorsionada que tenía de mí.

    A los diecisiete años pensaba que el amor no era para mí. No sentirme merecedora causaba en mí un sentimiento de ansiedad que, a su vez, me hacía comer para llenar vacíos; la situación empeoró, porque no solo odiaba mi aspecto físico, sino que me odiaba a mí por no poder parar de comer. Ahora, más de diez años después, me parece absurdo escribir lo que pensaba, pero, en ese entonces, en realidad era un problema.

    Vivía entre la depresión por no tener el cuerpo de mis sueños, la ansiedad de comer y el odio a mí misma por no ‘cerrar el pico’. Había situaciones que solo me causaban más peso. Recuerdo que los peores planes eran aquellos en los que debía estar en vestido de baño, tenía pavor de que mis amigas vieran ese cuerpo ‘horrible’ y que, por algún motivo, dejaran de hablarme; a veces, familiares también me recordaban lo gorda que estaba y que debía cuidarme. Entonces me obsesioné por completo con mi físico y perdí la esperanza de tener una vida buena por ello.

    Al graduarme del colegio, la situación no mejoró. Antes de iniciar la universidad, tuve la oportunidad de estudiar inglés en Inglaterra y allí mi relación con la comida empeoró: me culpaba por no tener el cuerpo que quería y lloraba sin control, después, para llenar el vacío que sentía, comía y así empezaba el ciclo de nuevo. Por fortuna, volví a Colombia, empecé los estudios universitarios y me pude enfocar en algo diferente a mi apariencia. Mi prioridad ya no era mi cuerpo, sino el estudio y así, poco a poco, perdí el exceso de peso que alcancé fuera del país.

    Nunca llegué a sentirme cien por ciento feliz con mi cuerpo, pero, por lo menos, ya no era el centro de atención. Le dediqué mi energía a otras cosas en las que sí veía con facilidad resultados como mis estudios: obtuve varias becas por mis buenas calificaciones. Creo que, para entonces, ya me había resignado y creía que el amor no era para mí.

    Te he contado un poco de mi vida con detalles que nadie sabe, pero, ahora, quiero que pienses en tu historia e identifiques cómo estás. Utiliza un par de minutos para responder las siguientes preguntas en una hoja blanca o en tu agenda favorita:

    No importa si has tenido o no pareja, ¿piensas que el amor no es para ti?

    ¿Qué te hace sentir que no mereces amor?

    ¿Sientes que no mereces alguna otra cosa en tu vida?, ¿por qué?

    Es muy importante que empieces a identificar si te quieres, si no escuchas las necesidades de tu cuerpo y los mensajes que te envía el corazón. Si identificaste algún obstáculo, no te preocupes porque a lo largo del libro vamos a trabajar en ellos. El objetivo es que puedas ser una persona más confiada de sí misma y que se sienta merecedora de la vida de sus sueños.

    El primer amor

    Los meses transcurrieron y todo iba bien. Ya no me sentía mal con mi cuerpo porque no le prestaba ningún tipo de atención, lo único importante en aquel entonces era la universidad, pensaba que era la única responsabilidad que tenía, así que quería hacer lo mejor posible.

    Todo cambió una noche de fiesta, cuando mis amigas del colegio me presentaron a un chico que conocieron mientras yo estudiaba en el exterior. Aún recuerdo la ropa que él vestía, su personalidad extrovertida que llamaba la atención y lo cool que me parecía. No hablamos durante toda la noche, pero, ya hacia el final de la celebración, nos dimos cuenta de que por alguna casualidad ya éramos amigos en Facebook y él había seguido mi viaje a través de las fotos que subía en la distancia.

    Iniciamos una amistad y mis sentimientos por él emergieron, sin embargo, aunque esperaba que él me correspondiera, había algo que no me tranquilizaba: volví a ver mi cuerpo como un obstáculo, me preguntaba si yo sería suficiente esta vez o si mi físico sería mi enemigo de nuevo.

    Por fortuna, después de algunos meses, comenzamos una relación muy linda en la que los dos aprendimos a amar por primera vez en la vida. Él, a quien llamaremos Roberto, me demostró que yo sí valía y que era merecedora de amor real sin importar el cuerpo que tuviera. Él me enseñó que lo importante no era cómo me veía ante una persona, sino la conexión que tuviera con ella. Empecé a entender que no podía definir mi valor en la relación según los kilos de más que tuviera, sino por los momentos que compartía con él.

    Como en cualquier relación, todo era armonía, paz, amor y respeto al principio. Nos queríamos, no había duda. Y, por increíble que parezca, la niña que lloraba frente a un espejo pensando que nunca recibiría amor por su cuerpo, mantuvo una relación de cinco años con su primer novio.

    Sin embargo, las personas cambiamos, olvidamos las razones que nos hicieron escoger a alguien como nuestra pareja y empezamos a esperar de ella más de lo que está dispuesta a ofrecernos. No me malentiendas, Roberto y yo tuvimos una relación real, extraordinaria, inolvidable y llena de aprendizaje, a pesar de la inmadurez que podíamos tener a los

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