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Project city hunter - Culpas asesinas

Project city hunter - Culpas asesinas

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Project city hunter - Culpas asesinas

valoraciones:
4/5 (2 valoraciones)
Longitud:
264 páginas
6 horas
Publicado:
23 abr 2020
ISBN:
9789585107199
Formato:
Libro

Descripción

La vida de Alejandro ha consistido en cazar criaturas nocturnas. Vampiros, hombres lobo, hojarasquines y espíritus de todo tipo han sido sus presas y sus enemigos mortales. Sin embargo, tras un regreso inesperado que ha desencadenado una serie de sucesos desastrosos, un disparo propinado por su verdadero amor le atrofia las piernas, lo deja en cama
Publicado:
23 abr 2020
ISBN:
9789585107199
Formato:
Libro

Sobre el autor

Sergio Alejandro Gómez, nació en Bogotá el 27 de Julio de 1989. Es escritor y narrador de juegos de rol. Trabajó en el proyecto de creación de juegos de rol Galaxy Sentinels y lleva más de 8 años trabajando con diferentes proyectos culturales, escritor por vocación, con amplia experiencia en varios tipos de juegos de estrategia y de mesa, apasionado jugador de cartas coleccionables. Publicó en el 2016 una compilación de poesía, Amor Etílico, una oda a los cocteles y al desamor. En 2018, después de varios años de construcción se lanzó al ruedo con la primera parte de Proyect: City Hunters. Una saga de fantasía oscura que narra la historia de cazadores de criaturas sobrenaturales en diferentes ciudades de Hispanoamérica.


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Project city hunter - Culpas asesinas - Sergio A. Gómez

sea.

Primer Prólogo:

Primera de muchas

Sentado en el borde de la cama, encorvado por el vómito. Una parte de mí recuerda esa canción de rap de un maestro de quien no puedo acordarme y un cuento mal contado con rimas que, para aquel entonces, no existían.

Recuerdo a mi madre que me grita desde el otro lado de la puerta, preocupada por saber si mis límites son claros o si es que yo soy un idiota más perdido y más borracho de lo que ella había visto antes. Hoy podría jurar que sigue al otro lado de la puerta, aún golpea la vieja madera ocre de mi cuarto preocupada en verdad porque quisiera que yo dejara de parecer un ebrio sin remedio.

—Hijo, no suenas nada bien. ¿Quieres la caneca? ¿Una bolsa? Tu abuelo está molesto contigo; estas no son horas de llegar y hemos tenido que frenarlo para que no termine por echarte de la casa.

—Cálmate, mamá, solo estoy borracho, ni que fuera la primera vez que me ves así.

—¿Qué estás haciendo?

—Acariciar la almohada, nada más.

Un hondo suspiro es lo único que marca el tempo de un silencio rítmico dentro de mi cuarto. Ella sigue de pie ahí en frente y estoy seguro de que mi cabeza va a estallarse mientras ella espera del otro lado de la puerta.

—Demasiado…

—¿Demasiado? —pregunta ella desde el otro lado de la puerta.

—Demasiado trago, muchísimo pollo… pollo que baila en el suelo… junto a mis lágrimas.

Yo no quería decirle nada de la noche, ni de los tragos, ni de la mujer a la que había llorado por la calle con mi maleta llena de botellas.

Tenía miedo de admitir que ella era mi vida, una vida perdida por la mujer y la bebida. Aunque esto se presta para malas interpretaciones: cualquiera diría que soy un borracho empedernido o un alcohólico conocido (al escribir esto he perdido el derecho de decirme Anónimo).

Al final es difícil decir cosas reales porque la verdad es que uno siempre se va por las ramas a la hora de hablar; no existen diálogos ‘reales’ acá y ese es el problema de contar historias.

A veces el problema de narrar es que cuando le dices a alguien que vas a contarle una historia le generas una expectativa.

Creo que Ramón tenía un problema similar cuando interactuamos por primera vez.

La sonrisa amable y cálida de una persona vacía siempre es la sonrisa más difícil de aceptar, pero creo que, por eso, en el fondo, él me necesitaba y yo a él. Aun así, siento que sus manos están huecas cuando las uso para escribir o para contar; he buscado darle voz a muchas de las personas que he conocido y me he dado cuenta de que los ojos de Alejandro son los más honestos, porque en su momento él estuvo lleno de algo y ahora no.

Creo que todo sería más fácil si él hubiera muerto esa noche. Ahora siento que su cabeza tiene tanto espacio… tanto aire, condones y un cuarto para dos.

En el fondo un lobo aúlla y yo me pregunto qué whisky beberé mañana, aún tengo mucho para decirte, sincero buscador. Al despertar, Alejandro se sentía incompleto, maldito por todas las noches que no tenía que haber dormido y notó que tenía un agujero por el que se escapaban sus emociones sin sentido ni rumbo. Tal vez sería más fácil si esa bala hubiera bastado para quitarle la vida, hubiera sido más misericorde de mi parte dejarlo con el dulce abrazo de la muerte, pero en el fondo él no me lo perdonaría, ni yo. Cuando nos quedamos vacíos nos llenamos de lo primero que encontramos y, a veces, solo nos queda llenarnos de culpas.

Segundo Prólogo:

La última noche de Gólgota

El agrio sabor de la medicina me sube con violencia por la garganta; fue una noche maravillosa como para despertar de esta manera.

María estaba preciosa, como nunca y como siempre, tan sencilla y al mismo tiempo imponente… Digna de ser extrañada.

¿Esto se siente estar muerto? ¿Despiertas en el otro mundo con el sabor de la bilis y la campanilla inflamada por los jugos gástricos?

No. El aire quiere entrar por mi nariz, pero tengo que escupir esto, tengo que deshacerme de lo que sea que tenga en mi pecho… pero duele; maldita sea mi vida, duele muchísimo. Mis manos se sienten lejanas, como si no fueran parte de mí y mi cerebro tuviera que gritarles y manejarlas con hilos invisibles que mi voluntad hala con torpeza.

¿Qué es esta mierda? Es frío y metálico, no puedo ver bien. Hace un instante la veía a ella mientras todo se tornaba rojo y luego opaco. Mi mano izquierda se siente dormida, como si fuera un palo lo que tengo desde el codo para abajo; esa cosa metálica parece un tazón, no quiero vomitar sobre mí mismo.

Lo dejo salir en el recipiente que apenas si puedo distinguir, no es mi vómito de siempre, no es la sensación desgarradora del jugo de guayaba con los fragmentos de mi última comida. La sensación irreal de una medusa que me sube por la garganta y se divide entre mi nariz y mi boca; mi pecho duele, no es un dolor punzante, pero me ahoga, no puedo moverme como quisiera y aun así mi cuerpo me asfixia y desgarra. Soy mi mayor estorbo.

Al fin sale, una masa más amarga que cualquier cosa que haya probado jamás; a medida que mi vista se aclara puedo ver el brillante coágulo negruzco que danza de un lado a otro del tazón frente a mí, una sensación de hambre y dolor me inunda desde el esófago y mi cuerpo vuelve a sentir.

—Te dije que estaría bien dejarle el tazón al lado de la cama…

Esa voz burlona…

—Bueno, casi siempre tienes razón con esas cosas, hermanito. ¿Crees que nos escuche?

Yo conozco esas voces…

—No es del todo importante. Si nos escucha, bien y si no, también. Al final nos encargamos de lo que de verdad importa: él está vivo.

¿Quiénes son? ¿Dónde los he escuchado?

—¿Y los otros? La chica nueva y los otros dos quintos de su célula de combate están abajo.

Vuelvo a extraviarme… ¡Carajo! Siento que el cansancio me va a ganar.

—Viene una guerra, hermanito, sería terrible dejarlos sin comandante o a él sin soldados. Los saludaremos a la salida.

***

Mi cuerpo se siente pesado, muy pesado; la sensación vuelve poco a poco a cada una de mis extremidades, pero lo que más me alegra es poder abrir los ojos.

Las cortinas verdosas y amplias de la sala de recuperación me dan la bienvenida al reino de los vivos y alguien está sentada a mi lado, me pregunto cuánto tiempo lleva allí María.

—Eras la única persona que quería ver al abrir los ojos —es mentira, pero no podría decirle otra cosa.

—Cursi… —Esa voz no es la de María.

—Hola, Nina.

—Hola —Creo que sin quererlo sí le dije la verdad.

Detrás de ella se abren las cortinas y llegan el resto: Ramón, Erik y Felipe. Más que proferirlas me imagino un par de carcajadas, no tengo fuerza en el pecho para reírme de su aspecto lamentable: tienen unas ojeras gigantes y unas sonrisas amplias.

La charla es un poco animada, aunque aún me duele hacer de todo. Mi cuerpo todavía se siente torpe y lento, pero al menos responde; me siento inflamado y dolorido, carajo, duele hasta respirar, pero tengo que hacerlo… Tengo que decirles que el tiempo se nos acaba porque… ¿Por qué?

María está muerta, yo estoy vivo sin entender por qué, pero algo más grande viene, más grande que todos nosotros juntos, y yo necesito advertirles, tengo que decirles…

Puedo ayudarte.

¿Elizabeth? ¿A qué horas entraste en mi cabeza?

He seguido de cerca tu condición, es más fácil monitorear tu cabeza desde dentro que desde fuera… Espero que no te moleste.

Para nada, aunque se siente raro estar así, me gusta creer que hago un monólogo cuando pienso.

No creí que fueras de los que piensan las cosas en exceso.

¿Has visto más?

…No…

Entonces sabes lo que quiero hacer, ¿verdad?

Sí, y puedo ayudarte… Puedo dejar que ellos vean.

—Escuchen, tengo que decirles algo —digo en voz alta después de un momento.

El grupo guarda silencio casi de inmediato cuando levanto la voz, no lo había notado, pero sueno carrasposo, aún debo tener secuelas por la herida de bala en medio del pecho… o por ella.

—Hemos cargado con muchas cosas desde que estábamos en la jungla. Hemos resguardado algo que nos forzamos a dejar en el pasado.

Estiro mi mano en busca de la de Nina y la tomo con delicadeza. El entumecimiento causado por la anestesia aún me hace doler todo el cuerpo, pero su mano se siente fresca sobre la mía. La miro a los ojos, sin dejar duda de la seriedad de este asunto.

—Si vas a pelear de nuestro lado tienes que saberlo… Tienes que saberlo todo. No puedo solo contarte porque no le haría honor a lo que pasó, sería injusto que solo te dijera las cosas y… Elizabeth está de acuerdo conmigo. ¿Estás lista para… ver?

—Sí.

Los ojos de Nina no me muestran dudas… pero tienen algo extraño que no logro reconocer. Aun no sé tanto de ella, pero cada vez me gusta más tenerla al lado; no obstante, tengo que estar dispuesto a mostrarle la peor parte de mí.

—Adelante, te mostraré el preludio del peor día de mi vida.

***

La pequeña cabaña escondida en la ladera apenas si tiene luz, la familia que cuidaba de la pequeña loma la abandonó hace ya muchísimo tiempo, temerosos de que aquellos que pretendían tomar esas tierras por ‘causas revolucionarias’ decidieran que tratar de mantener el hogar de sus abuelos era un acto de apoyo al gobierno corrupto.

El lugar ya no pertenece a nadie, ni a militares, ni a paramilitares, ni a guerrillas ni a nadie, ni siquiera a las cinco personas que lo habitan en este momento. Ellos solo están de paso, siempre están de paso. No obstante, una calurosa y apresurada discusión se desarrolla entre ellos.

—No podía creerlo al principio, pero es evidente que nos han visto la cara de huevones desde un principio —comenta Alejandro en medio de un resoplido, vestido con el uniforme camuflado en pixeles de dotación por parte del ejército, en frente de él varios papeles desordenados: evidencia fotográfica recogida por otras personas y por él mismo.

—Tiene que haber una explicación para esto…

—¿Tienes alguna buena excusa que ellos puedan darnos? Me encantaría oírla, Anita.

Ana Paola es francotiradora profesional y maestra en combate, no obstante, siempre ha tenido un extraño problema al socializar, sus conversaciones rayan entre lo imprudente que había aprendido de sus amigos y una tierna y natural timidez a la hora de hablar; en su tono de voz siempre se nota su esfuerzo por no hablar más de lo necesario, así que suele lucir como una persona introvertida para el resto. Sin embargo, Gólgota es su familia y enfrente de ella está quien considera como su hermano mayor, su líder de escuadrón. Lo que en cualquier otro momento le habría hecho susurrar para sí misma una respuesta ingeniosa, en ese momento solo la puede impulsar hacia adelante; aunque temblorosa.

—No se me ocurre nada, pero ellos también tienen derecho a hablar, ¿no? Tú mismo lo dijiste, todos tienen derecho a hablar.

Alejandro agacha la cabeza ante su compañera, aún se siente asqueado por las fotografías que tiene enfrente y lo que tuvo que suceder para conseguirlas. Pero no puede debatir sin más la lógica de su compañera. La confianza lo es todo en el frente, pero confiar de más es una desventaja táctica para individuos tan solitarios como ellos.

—No creo que haga falta escucharlos, Anita —menciona Erik con un tono amable y autoritario. Viste el uniforme muchísimo más holgado y lleva la cabeza rapada al ras; su atención no está del todo fija en su compañera, sino en poner algún tipo de orden a las fotografías frente a él—. Esto es muy similar a un ritual, la posición de las piezas y la cantidad encajan con antiguos rituales mayas para el Dios de la lluvia. No obstante, la presencia de otros elementos hace evidente la santería haitiana y… Dios santo, no tengo idea de que más han usado, pero de seguro es algo grande.

—Eso no puede ser —dice Felipe, quizá el único miembro del equipo que no ha cambiado mucho en apariencia respecto al presente. Él revisa su teléfono celular conectado a una pequeña antena portable que le da mejor señal de internet que cualquier módem—. Nosotros no existimos para esto, no somos perros de guerra. Se supone que somos lo que define la distancia entre lo que de verdad es antiguo y peligroso y la gente del común, no puedes seguir con eso, Alejo, es lo que el enemigo quiere que veas —continúa el joven informante, quizá fuera el menor de los miembros, pero su cerebro les había sido de utilidad en el pasado.

—Yo sé lo que vi, Felipe. Asmo y Deus están detrás de estos ataques, estoy seguro.

—Cállate —replica Felipe con un ademán de manos, seguido de Erik que se sobresalta tras la mención de esos nombres—. No puedes andar por la vida acusando a nuestros jefes y directos superiores sobre ese tipo de cosas. ¡Si se dan cuenta de que estás diciendo ese tipo de cosas…! Tal vez morir sea el menor de los problemas.

—¿Acusando a nuestros jefes, Alejito?

La voz oscura, surgida del rincón más alejado de la casa, hiela por un instante la espalda de todos los presentes. El individuo de 1’75m camina despacio dentro del cuarto; lleva su pecho descubierto y la piel cubierta de tatuajes reluce por el sudor. Él suele entrenar como si se tratara de una rutina religiosa. El individuo entra secándose el sudor con un pedazo de tela blanca mientras respira pausado, para calmar poco a poco su ritmo cardiaco.

—Maicol, tú y yo vimos estas imágenes, tú las viste antes que ellos y del lugar de donde salieron, ¡no puedes negar que es evidencia contundente!

—Sí puedo —dice el sujeto con el rostro tranquilo y un poco más limpio, mientras mantiene una calma aterradora que lo convierte en el centro de atención—. Es evidente que es una trampa que alguien nos habrá puesto con la intención de dividirnos, ya hemos visto madremontes que usan sus habilidades para hacernos ver cosas, hojarasquines que hacen ruidos y otras artimañas para distraernos, no nos olvidemos de los chamanes que se han vendido a las guerrillas y todos sus trucos sucios, es obvio que alguien podría proponerse jugar con nosotros, ya sea con un truco humano o sobrenatural.

Alejandro mira a su mejor amigo a los ojos, lleno de furia mientras aprieta con fuerza los puños. El tono sereno de Maicol le hace bajar la mirada un momento, se siente cada vez más como un imbécil a medida que hablan.

—¿Qué aconseja hacer, segundo al mando? —le dice a regañadientes ante la mirada atónita de Felipe y Erik.

—Tenemos un trabajo que hacer, quedarnos quietos mientras dudamos no nos va a hacer bien alguno. Confiemos en nuestros jefes, estoy seguro de que al final de esto tendremos una respuesta y ellos no nos van a decepcionar.

—Maicol, si hacemos esto y Alejandro tiene razón, será una masacre, no salvaremos a nadie y tal vez muchos mueran —responde Erik, preocupado.

—Tenemos nuestras órdenes, profesor, Asmo y Deus nos las confiaron. Solo podemos confiar en nuestros jefes.

—¿Acaso no viste las evidencias? —pregunta Felipe y agita los papeles ante Maicol, quien se ha ido vistiendo a medida que habla, sin hacer caso alguno de la tensión de sus compañeros.

—Ya te lo dije, es un truco, las órdenes son absolutas, Pipe, esto es lo correcto.

—Pero Maicol…

—Basta —dice Alejandro, cortante, con un tono de voz de mando que ninguno de ellos reconoce en principio. Su puño aún se mantiene apretado, las siguientes palabras le rasgan la garganta, tal vez solo porque son una falacia, o quizás porque, en su interior, la duda es más grande de lo que puede mostrar—. Maicol tiene razón, en misión no podemos dudar de nuestras órdenes, lo que nos mandan a hacer y quienes combaten a nuestro lado son lo único que tenemos. Tal vez Asmo y Deus son nuevos como jefes, pero tenemos que creer que aún tienen nuestros mejores intereses en mente.

—¡Alejo! —exclaman los dos de golpe, listos para interrumpir la decisión de su líder.

—No permitiré una revuelta contra una decisión de nuestro comandante de campo —dice Maicol en una voz un poco más fuerte, pero todavía con el tono tranquilo y animado que ha mantenido durante toda la conversación—. Ustedes dos no son los que se ensucian las manos, encárguense de su parte y dejen que nosotros hagamos la nuestra.

—Maicol… Lo estás haciendo otra vez —lo comenta Ana Paola, abrazada a su rifle como una niña pequeña que se aferra a su osito de peluche.

—¿A qué te refieres?

—Estás sonriendo… Igual que cuando estás a punto de matar a alguien.

Maicol se palpa el rostro un momento, siente cómo sus dientes se asoman entre sus labios y cae en cuenta de la tensión de su cuerpo, su compañera tiene razón, él está emocionado, quiere ir al frente.

***

—… Asaltamos el campamento a la

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