Disfruta de millones de libros electrónicos, audiolibros, revistas y más

A solo $11.99/mes después de la prueba. Puedes cancelar cuando quieras.

Verbedíns - La profecía de los lienzos perdidos

Verbedíns - La profecía de los lienzos perdidos

Leer la vista previa

Verbedíns - La profecía de los lienzos perdidos

Longitud:
571 páginas
8 horas
Publicado:
23 abr 2020
ISBN:
9789585107281
Formato:
Libro

Descripción

Los hermanos Silver se han separado. Daniela se ha quedado en Monte Varetto, sin terminar de entender los eventos ocurridos en La Fortaleza; Andrés ha emprendido un viaje sin sentido, que le traerá mucho dolor. La Guerra de las Tintas se ha reiniciado y los jóvenes tendrán que ver su vida, una vez más, mezclarse con un conflicto que toda su familia
Publicado:
23 abr 2020
ISBN:
9789585107281
Formato:
Libro

Sobre el autor

Dalvareze es un creador, toda su vida ha estado desarrollando contenidos. Desde hace unos cuantos años dedica sus esfuerzos narrativos a la ficción, creando mundos fantásticos basados en las realidades que nos hacen más humanos. Mundos llenos de sus propias pasiones por los libros, películas, historietas, videojuegos, series y música. Desde que nació en Carora, Venezuela, por allá el 14 de mayo de 1984, ha soñado con una carrera literaria. En este momento vive, junto a su esposa y su pequeña hija, en Bogotá. En el 2019 lanzó su primera obra literaria, Verbedíns, una saga de literatura fantástica, dedicada a enaltecer el poder de la imaginación. Seguida de tres libros infantiles enmarcados en el universo de la Galaxia Champiñón, un homenaje para los más pequeños y su capacidad de soñar e imaginar.


Vista previa del libro

Verbedíns - La profecía de los lienzos perdidos - Dalvareze

Capítulo Setenta y cinco

Pssst! ¡Pssst!… Kanisai —susurraba uno de los hombres con un hilo de voz que apenas él mismo podía escuchar.

El segundo hombre escuchaba sin problemas, pero prefería ignorarlo, hacerlo significaría abandonar su puesto de guardia.

—Kanisai… ¡pssst!

El primer hombre, con una sonrisa juguetona perdida en la noche, tomó del suelo una pequeña roca que consiguió detrás del inmenso y oxidado anuncio publicitario que usaba para esconderse. Sin mucho esfuerzo la lanzó y acertó justo en el hombro izquierdo de su compañero, exactamente dónde quería.

El segundo hombre, con rostro de queja resignada, se acercó sin perder sigilo. Agachado. Le tomó unos segundos cubrir los varios metros que los separaban.

—¿Por qué tienes que llamarme así?

Ambos estaban en cuclillas, ocultos en la azotea de un edificio de escasos dos pisos.

—¿Cómo?… ¿Kanisai?

Miraban ahora hacia una puerta en la planta baja de un edificio que estaba frente al puesto de guardia, justo al cruzar un callejón lleno de agua, sucio, basura y todo lo que escupen las puertas traseras de los comercios en una ciudad grande.

—Porque ese es tú nombre… Kanisai —dijo sonriendo.

—No, Sebastián… no.

—¡Shhhh!

Sebastián se agachó un poco más, huyendo de un sonido proveniente de la puerta que vigilaban. Falsa alarma.

—Son órdenes del Antiguo, Kanisai.

—El Antiguo nunca ordenó cambiarnos los nombres.

Sebastián sonreía ante el enojo que comenzaba a trepar la paciencia de Kanisai.

—Pero ordenó mantener el anonimato. Sobre todo, durante esta misión.

Kanisai sabía que el comentario era válido, pero no le daría la razón. Era base fundamental de su amistad el estar en desacuerdo. De todas formas, no le encontraba sentido a la misión de turno, así que… para qué pelear. Sobraría el esfuerzo.

—Tú a mí me puedes llamar —continuaba Sebastián con el juego—. Déjame pensar, déjame pensar… ¡Zapiro!… Zapiro y Kanisai.

Kanisai volteó sus ojos y lo anotó en la lista de las cosas absurdas que Sebastián acostumbraba a decir. Comenzó en silencio el camino de regreso a su puesto.

El sonido de la puerta se volvió a escuchar. Kanisai lo ignoró y Sebastián, de vista afilada, observó a un chico de no más de quince años salir en medio de la fría noche a fumarse un cigarrillo. Terrible hábito, pensó Sebastián. Quiso alertar a su amigo y vio que este se alejaba. Dio unos pasos en cuclillas y estirándose logró tocar una de las espadas cruzadas que Kanisai llevaba en la espalda. Apenas sintió el roce con sus armas, Kanisai lanzó un manotazo para capturar al culpable. Con la otra mano empuñaba la espada que sobresalía sobre su hombro derecho.

Sebastián con una seña le indicó que regresara para mostrarle lo que ocurría.

—¿Quién es él? —preguntó Kanisai al observar al chico, delgado, vestido de cocinero, con salpicaduras de sangre en el delantal, inofensivo y soportando el frío por una bocanada más de su cigarrillo arrugado.

—No, Kanisai… para ser un Arcano creo que tendrás que ser más observador.

Kanisai ignoró el comentario. Cuando escuchaba la idea de convertirse en un Arcano, solo podía pensar en eso. Toda su vida, su disciplina, su esfuerzo y el cumplimiento fiel a cada misión, todo, hasta su afán por ser un Verbedín recordado, lo justificaba ante la idea de convertirse en el sucesor de su maestro. Desearlo era contradictorio porque solo ocurriría en caso de la muerte de El Antiguo, pero sabía que el tiempo que tomase, siempre valdría la pena, era su meta de vida. Mientras tanto tenía a su maestro para aprender. Decidió regresar a su misión y observó que Sebastián le señalaba algo con el dedo.

—Ahí… ¿Ves?

Kanisai siguió la línea unos metros a la izquierda del muchacho. Allí, lo que parecía un mendigo envuelto en mantas, se escudaba del frío. Invisible para el muchacho, invisible para el mundo, pero no para Sebastián. No para Kanisai.

—Lo veo —le dijo, pero no observaba nada fuera de lo común. Ser más observador, pensó. Se fijó una vez más, centímetro a centímetro evaluó la figura en medio de la oscuridad y sus alrededores. Antes de darse por vencido observó bajo la manta, por donde deberían salir los pies del mendigo, algo extraño. Ajustó la vista y notó lo que parecía una pesuña de carnero o ¿sería muy ancha para ser de carnero?… Incluso notaba un poco del pelaje que la cubría justo encima. Supo de qué se trataba de inmediato.

—Zemigodos —dijo Kanisai con desprecio—. Detesto esa tinta.

Sebastián asintió en automático mientras dedicaba su mirada al chico.

—¿Qué está haciendo aquí? ¿Crees que esté buscando lo mismo que nosotros?

—Es normal encontrarse a un Zemi en medio de un callejón oscuro —dijo Sebastián— Puede ser una coincidencia. Espero que sea una coincidencia.

En ese momento, de entre las mantas que cubrían a la extraña figura, emergió un brazo vestido de manga blanca, manchado de rojo. ¿Sangre?, pensó el muchacho, que al fin había notado que no estaba solo. La mano se mostraba dentro de un guante un tanto grande para el brazo que la sostenía. No parecía humana a primera vista. El chico la observó con desprecio.

—Vete de aquí… vagabundo —le dijo con el cigarrillo temblando entre sus labios.

—Ahora comienza el show —le dijo Kanisai a Sebastián en el máximo silencio que pudo.

El chico le dio la espalda al mendigo para abrir la puerta. Lo hizo y al mismo tiempo se quemó el dedo mientras intentaba arrojar lo poco que quedaba de su cigarro hacia el callejón. Sin pensar sacudió la mano y sostuvo la puerta con lo primero que encontró para evitar que se cerrara.

Sebastián dio una mirada a su amigo Kanisai, quien entendió que con la puerta abierta tendrían la oportunidad de entrar al restaurante sin hacer mucho ruido. Comenzaron a prepararse.

El muchacho trataba de usar la escasa luz de un farol sobre la puerta para medir la gravedad de la quemadura en su dedo, cuando escuchó un sonido lejano. El chico miró hacia donde creía haber escuchado el ruido, con la sospecha típica que viene con cualquier sonido en medio de la oscuridad de un callejón. Creyó ver una sombra moverse, pero cuando su cerebro reconoció una figura con cuernos, supo que sería algo que había confundido. Volvió a su herida y cuando encontró el punto perfecto donde la luz le permitía examinarse, poco a poco vio, sintió e incluso escuchó el silencio de una sombra que lo devoraba. ¡El mendigo!, pensó asustado. Volteó su mirada hacia el suelo, el último lugar donde lo había visto, pero ya no estaba allí.

En su lugar, una figura de lo que él sintió serían unos tres metros de alto, ocupaba toda la escena. La recorrió con sus ojos de abajo hacia arriba y percibió sus latidos acelerarse con cada detalle de la extraña criatura que tenía en frente.

No tenía pies sino dos pezuñas de carnero gigantes que eran arropadas por el pelaje grueso de cada pierna. A su vez, un pantalón de cuero negro, deshilachado, daba la impresión de que un humano se había convertido en aquello que tenía en frente. Encima una chaqueta blanca ajustada al torso, manchada con gotas pequeñas, medianas y grandes de todo tipo de sustancias. Sacada de un manicomio. Con botones grandes desde el hombro izquierdo a la cintura, que terminaban por construir un atuendo terrorífico y sangriento en aquella criatura.

El chico había olvidado su quemadura, parecía no poder contener más la respiración. En efecto su último suspiro lo emitió al ver el rostro de un carnero, envuelto en pelaje grueso que parecía real y sintético al mismo tiempo, en un color gris muy sucio. Los cuernos daban vueltas en un ángulo distinto a un carnero normal, pero mantenían el estilo. Todo terminando en una barba de pelaje enredado que caía hasta la mitad del pecho de aquella cosa.

De su cintura colgaban cuchillos y hachas de varios tamaños. El chico cayó desmayado cuando vio la mirada muerta y disecada del carnero, que lo observaba fijamente a los ojos.

El Carnero, pensó Sebastián con el propósito de iniciar la lista mental de los enemigos que tendría aquella noche. Acostumbrado a toparse con Zemigodos en medio de la noche, Sebastián puso un pie sobre el borde de la azotea donde estaban y, cuando se preparaba para saltar, su amigo lo detuvo.

—No es una coincidencia —señaló Kanisai.

De entre las sombras emergió otra criatura. La culpable del sonido que el chico había escuchado. Mucho más ancha y con menos estatura que su compañero, pero aún imponente para cualquier hombre común. Mostraba cuernos caídos saliendo de su frente, ocultos en cabellos desordenados, sucios, propios de un animal. Sin embargo, sus ojos se podían notar demasiado humanos, una ilusión que terminaba con la fila de colmillos que delineaban su ancha quijada. Una capa gigante, manta y chaqueta al mismo tiempo, cubrían el resto de su cuerpo. Un hinchado abdomen se escapaba por el frente ocasionando una abertura que dejaba ver el metal y los mecanismos que tenía por piernas: oxidadas y anchas le hacían parecer una maquina dispuesta a arrollar con sus cuernos a quien se interpusiera en su camino.

El metal de sus piernas se activó aparatosamente para poder agacharse a recoger el cuerpo del chico desmayado. Sus brazos quedaron al descubierto.

Uno estaba envuelto por el mismo pelaje de su cabello, un pelaje oscuro de búfalo. El otro rodeado de metal oxidado del cual colgaban diferentes aparatos, todos pesados en apariencia y complejidad.

El Búfalo, pensó Sebastián y lo agregó a la lista mental.

—¡Ah!… maldición —dijo—, pensé que sería una noche fácil.

El Búfalo arrojó al chico hasta el otro extremo del callejón sin ningún remordimiento. Entró al restaurante siguiendo al Carnero quien tuvo que agacharse para pasar por la puerta. Detrás de ellos, y desde las sombras, dos criaturas más, encapuchadas, les siguieron.

Sebastián saltó desde la azotea.

—Espera —dijo sin suerte Kanisai.

Rebotó de un par de escaleras metálicas y una cornisa para aterrizar justo a unos metros de la puerta que seguía abierta. Se escudó en la pared de la puerta, tratando de escuchar lo que pasaba dentro. Kanisai lo observaba; detestaba cuando tomaba acción sin discutir un plan en conjunto. Estiró su mano hacia su costado izquierdo y se sorprendió al no encontrar una bolsa pequeña de cuero que acostumbraba a vestir allí. Se lamentó por su olvido y tomó unas rocas que encontró alrededor. Las escondió en su bolsillo trasero tomó impulso, suspiró del miedo que le daba saltar y lo hizo casi con los ojos cerrados. Llegó a salvo a una escalera en el otro extremo. Prefirió evitar las maromas de Sebastián y decidió bajar con calma. Cuando llegó al suelo pudo apenas ver cómo Sebastián entraba también al restaurante y se perdía en la oscuridad. Le siguió en silencio. Era hora de pelear.

Capítulo setenta y seis

La puerta iniciaba un pasillo oscuro que poco a poco se iluminaba con una luz proveniente de lo que parecía ser la cocina. Todo estaba muy silencioso. Sebastián solo escuchaba sus pasos dentro del pasillo, que parecía alargarse a medida que lo recorría. Alcanzó el final y con mucha discreción se asomó agachado. No había movimiento en la cocina, tampoco se veían los Zemis. Solo silencio. Buscó nuevamente y vio en una esquina otro chico con la boca vendada, llorando y con los pantalones mojados. Decidió ir hasta allá. El muchacho se sorprendió de verlo allí y dio un salto hacia atrás, pero sus manos y pies atados le hicieron tropezar. Sebastián lo ayudó a sentarse de nuevo. Cuando el chico le vio el rostro y no encontró nada fuera de lo normal, respiró y comenzó a balbucear algo a través de su mordaza.

—Shhhh… —dijo Sebastián con el dedo en su boca.

El muchacho comenzó a mover su cuello desesperado para señalarle en dirección del salón principal del restaurant, el comedor.

—Si, yo sé… son muy feos.

Sorprendido con la respuesta, el chico suspiró y apoyó la cabeza en la pared que estaba detrás y volvió a llorar.

—Anda, sal de aquí.

El chico recibió una palmada suave en el rostro mientras era liberado de sus ataduras. Sebastián no quiso detenerse a pensar en las víctimas y comenzó su camino en la misma dirección que los monstruos.

En su camino a la puerta que comunicaba con las mesas del restaurante, Sebastián vio otro hombre tirado y amarrado, sus canas delataban su edad, aunque el color del cabello se le confundía con la sangre que le envolvía la cabeza. Sangre que aún brotaba desde un corte provocado detrás de la oreja. Pensó que ayudarlo llevaría mucho tiempo así que siguió su camino. Abrió la puerta sin saber lo que encontraría.

El restaurante era un círculo muy grande, con varios niveles y mesas en cada rincón. En el centro había una mesa redonda, muy grande, que servía de epicentro para la distribución del resto. Manteles oscuros sobre mesas oscuras. Luz tenue que dificultaba la vista a la distancia y lámparas apagadas sobre cada mesa. Alrededor, cientos de obras de arte desproporcionadas para los lugares que ocupaban. Todas con la intención de decorar artísticamente el lugar y ostentar el hecho de poseerlas. Sumando todo aquello, parecía más un depósito de museo. Era difícil de transitar.

Sebastián entró y notó enseguida las cuatro criaturas de pie alrededor de la mesa central. Hablando entre ellos en un lenguaje que sería imposible traducir. Ni siquiera se molestó en entender. Caminó hacia su izquierda y enseguida vio, al otro extremo del salón, la pintura que estaba buscando. Aunque estaba oscuro, para él, no sería un problema detallar desde esa distancia el relieve de cada pincelada sobre el lienzo. Siguió su trayecto en silencio mientras se preguntaba por qué estarían allí de pie sin hacer nada. Cuando estaba cerca de la pintura lo entendió. ¡No saben cuál es la pintura!

Volteó para verlos y reírse de ellos. Indiscreción que le hizo tumbar una silla que alertó, incluso, al gato que dormía tranquilo afuera en el callejón. Arrugó la cara y aceptó su nueva situación. En menos de dos segundos estaba de pie con los ojos de todos sobre él.

—¡Hola! —dijo a sonrisa completa. Igual no esperaba obtener ninguna respuesta de los rostros inexpresivos y grotescos de los Zemis—. Yo soy Zapiro —Mientras hablaba daba pequeños pasos en dirección a la pintura.

—¿Quién es él? —dijo el Búfalo metálico dirigiéndose al Carnero.

Para Sebastián fue imposible reconocer siquiera alguna palabra o gesto.

Los ignoró mientras seguían hablando.

—¿Qué tinta?… es mejor preguntar —dijo el Carnero inmóvil.

—¿Qué tinta? —preguntó entonces el Búfalo.

—Ravener.

El Búfalo volteó en dirección al Carnero. Sorprendido por la respuesta.

—¿Ravener?… Solo son mujeres ¿No?

—Por eso —dijo el Carnero.

El Búfalo tardó unos segundos en entender el sarcasmo. Cuando lo hizo, una carcajada profunda, grave, proveniente desde el centro de la Tierra llenó el lugar. Una risa que tomó por sorpresa a Sebastián, en especial, por el eco que lograba salir de aquella extraña criatura. Dio un último paso con disimulo y tomó un cuadro pequeño de la pared.

En ese momento uno de los Zemis, que había permanecido encapuchado, levantó su mano derecha. El Búfalo detuvo su carcajada de inmediato. Sebastián reconoció que ese encapuchado era el líder del grupo. Lo observó tratando de ver debajo de la capucha. No hizo falta, pues él mismo la removió en cámara lenta.

Lo primero que Sebastián notó fue el rojo intenso y macabro que rellenaba el iris de sus ojos: saltones, delineados con una línea gruesa de color negro, esféricos, de párpados ocultos y aplastados por la presión de su propia forma. Una mirada demente que acentuaba la extraña sonrisa que su rostro era incapaz de borrar. Una sonrisa, al parecer, tallada en madera con la forma precisa de un muñeco que solo existe en pesadillas. Un rostro impoluto que, a pesar de no contar con cuernos, pelaje o protuberancias amenazantes, resultaba elocuente en ejercer su liderazgo. Sebastián prestó atención, la mirada del Muñeco lo requería, mientras este se removía la capa que cubría el resto de su atuendo. Una camisa de cuadros, impecable, arremangada hasta el antebrazo, interrumpida por un par de tirantes que sujetaban sus pantalones de cuero negro. Un látigo marrón rodeaba su cintura, esperando el momento de ser necesario.

Sebastián tenía poco respeto por aquella tinta, los Zemigodos y su dramatismo, pero aquella criatura logró hacerlo entrar en alerta. Sería inocente subestimar sus habilidades y nunca abandonaba la importancia de una misión. Sabía que estaban todos allí por lo mismo, recuperar uno de los Lienzos perdidos. Tendría que elaborar rápido un plan para salir con el menor daño posible. Tomó el cuadro pequeño y lo puso debajo de su brazo.

—Detente —dijo el Muñeco con una voz ronca, aguda y mucha calma.

Esta vez Sebastián sí entendió lo que decía. Había usado un lenguaje común.

—El cuadro… —continuó— es de nosotros.

—¿Este?

—…

El Muñeco lo observaba. Torciendo la cabeza un poco. Tenebroso.

—Está bien. Está bien —dijo Sebastián mientras se acercaba hasta el Zemi más cercano que aún no se mostraba debajo de su capucha —Sería tonto ponerme a discutir con ustedes. Los grandes Zemigodos. Aquí tienes.

Sebastián necesitaba ver lo que se ocultaba debajo de aquella capucha. La criatura era considerablemente más pequeña que el resto, que él incluso. Pero resultaba indispensable para el plan en su cabeza conocer de quién se trataba. Tendría que poder imaginar lo que haría aquel cuarto integrante para evitar cometer un error costoso. Sin embargo, la criatura permaneció inmóvil. Solo un pico de ave se asomaba de entre las sombras y solo el ojo entrenado de Sebastián podría reconocerlo. Supo que tenía que cambiar su estrategia.

Cuando el Búfalo decidió moverse para tomar el cuadro, Sebastián notó algo que le hizo cambiar de opinión.

—Aunque… pensándolo mejor.

El Muñeco era el único que parecía entender lo que Sebastián hablaba y situó su mano sobre el látigo en la cintura.

—Hemos venido desde muy lejos por este lienzo y mi jefe… bueno, digamos que se molestaría si regresamos con las manos vacías.

El Muñeco y todos los Zemigodos permanecían inmóviles. Sin importar el lenguaje, la tensión en la sala se palpaba y el enfrentamiento se hacía inminente. Una pelea que los Zemis contaban como ganada ante aquel flaco que no parecía tener ninguna tinta.

—Es lógico, claro, que yo solo no puedo con… —Sebastián comenzaba a contar con su dedo, consumiendo el mayor tiempo posible— uno, dos, tres y ¡cuatro! grandes guerreros.

El Carnero se hacía a un lado y escogía el hacha entre tantas armas afiladas guindando de su cintura. La tensión crecía.

—Pero la verdad es que no estoy solo…

El Muñeco comenzó a buscar dentro de la sala oscura, con disimulo, incrédulo.

—¡Hoy! Y solo por hoy —continuaba Sebastián— Tengo la suerte de contar con la ayuda de… ¡El Kanisai!

Mientras gritaba el nombre de su compañero, revelaba con sus brazos la posición donde este trataba de ocultarse. Kanisai se dejó mostrar en la tenue luz y saludó con su mano izquierda. No dejaba que su rostro mostrara su molestia con Sebastián por arruinarle su plan. Con su mano derecha contaba las piedras que había tomado en la azotea. Cinco eran las piedras y seis las lámparas en el techo que apenas iluminaban el restaurante. Deseó haber tenido el mismo número. Tendría que improvisar un poco.

—El Kanisai es uno de los guerreros más legendarios de todo el mundo. Nadie conoce su edad, pero, por su destreza, se cree que tiene más de quinientos años…

Sebastián sabía que los Zemis, por sobre todas las cosas, tienen un afán por las historias retorcidas detrás de cada personaje y por eso pensó que, mientras se preparaba para su maniobra, un poco de espectáculo les podría ayudar.

—Un ser inmortal que nació con una espada en la mano y desde muy corta edad se convirtió en el terror de los opresores y un héroe de los oprimidos. Un samurái de los tiempos modernos, si prefieren.

Kanisai ni quisiera miraba a Sebastián, quien disfrutaba de solo imaginar todo lo que estaría pensando su amigo. Todos los Zemis sin entender lo que escuchaban voltearon a ver al hombre de poca estatura, cuyas espadas cruzadas sobre su espalda no lograban intimidar a nadie. De samurái solo tenía la apariencia asiática. Para los ojos de un carnero sacado de un cuento de terror, un búfalo del infierno y un muñeco que solo existe en pesadillas, Kanisai no sería una amenaza.

—Ha visto tantas cosas horribles que es incapaz de sonreír, llorar o sentir cualquier emoción a la que nosotros las criaturas normales estamos sometidos. Su rostro petrificado es la prueba irrefutable de que en el mundo existe la maldad y él es el responsable de corregirla.

El Muñeco entendía lo que Sebastián trataba de hacer y volteó en su dirección.

—Dicen que no trabaja por y para nadie —continuó Sebastián, apurando el discurso—, pero existe una sola cosa, una palabra que lo hace enfurecer…

El resto de los Zemis miraban a Sebastián y decididos dieron un paso en su dirección, cuando apurado gritó:

—¡Zapiro!

Antes de terminar la frase, Kanisai lanzó al mismo tiempo las cinco rocas que tenía en la mano acertando a las cinco lámparas más lejanas. En medio de un salto sacó la espada con su mano derecha y golpeó el único bombillo que quedaba encendido. Aterrizó sobre la gran mesa redonda que estaba en medio de todos los Zemis, quienes aún se protegían del estruendo causado por las lámparas impactadas. Sebastián lanzó el cuadro que llevaba en la mano sobre la criatura encapuchada. El golpe lo hizo caer sobre su espalda descubriendo en efecto un rostro lleno de plumas, que sostenían un extraño pico de ave color vinotinto.

Al mismo tiempo, con su espada de madera roma y no la de metal afilado, Kanisai golpeó a las tres criaturas restantes al mismo tiempo. Todos aún trataban de ubicarse en la oscuridad y por eso el golpe, sorpresivo más que fuerte, los tumbó al suelo. Sebastián ya se había devuelto por el cuadro correcto. Había pensado en darles uno equivocado para evitar la pelea, aunque nunca es posible evitarla. Estaba ya bordeando el círculo central en dirección a la salida, cuando sintió un fuerte golpe en el brazo derecho, que también lo halaba hacia atrás. El látigo, pensó. Notó cómo le rodeaba el brazo y se sorprendió al ver al otro extremo al Muñeco. Sintió su corazón acelerarse un poco.

Con la espada afilada, Kanisai cortó el látigo. Aquello provocó una ira tremenda en el líder de los Zemis logrando que el resto reaccionara del golpe que habían recibido y comenzaron su ataque.

Sebastián, libre del látigo, se adentró en la cocina, para comprobar que el chico se había esfumado y, con él, el viejo también había desaparecido. Kanisai usando la espada de madera lanzaba sillas y mesas en dirección del Carnero y el Búfalo, quienes torpemente chocaban al tratar de alcanzarlo. Situó una mesa en la entrada a la cocina mientras comenzaba su carrera de escape.

—¡¡¡Kanisai!!!

Escuchó a Sebastián gritar desde el extremo del pasillo, mientras él estaba en el callejón fuera del restaurante. Corrió y comenzaron ambos a cerrar la puerta. No sin antes notar que el Búfalo, con rostro de toro furioso, los observaba desde la cocina y comenzó a correr en su dirección. Con cada paso ganaba más velocidad. Apenas si cabía en el pasillo.

Sebastián había sacado el cuadro del marco y los trozos de madera los usó para trabar la puerta. Se escuchaban los pasos violentos del Búfalo desde adentro, cual tren que no se detendrá hasta arrollarte. Se apartaron y comenzaron a trepar por las escaleras colgadas en la pared. Cuando lograron subir un par de metros se escuchó la explosión esperada de la criatura con la puerta, que poco sirvió para detenerla. Los pedazos del marco que pretendían sostener el portón salieron volando por todos lados y la enorme figura, incapaz de detenerse, terminó estrellada contra la pared al otro extremo del callejón.

Sebastián llegó rápido al tope y esperaba por Kanisai mientras enrollaba el Lienzo para guardarlo dentro de un pedazo de cuero que sacó de los bolsillos de su pantalón. Al cabo de unos segundos su compañero lo alcanzó. Se puso de pie chequeando que su atuendo estuviese bien, quitando el exceso de polvo.

Abajo se escuchaba en una lengua ajena, al Carnero y el timbre de voz peculiar del Muñeco. Molestos y sin ninguna pista de adónde se habían ido.

—Excelente… Ya tenemos 35.

Anotó Sebastián en un cuaderno de notas que sacó de otro de sus bolsillos.

—De 120 —dijo Kanisai aún inconforme con la misión— y tuvimos suerte.

—¿Qué pasó? Salió todo bien, ¿no?

—Podrían no haber sido unos tontos Zemis. Quizás algo peor. No es bueno improvisar tanto. No va con nuestras maneras, con nuestras enseñanzas. No es lo que El Antiguo hubiese querido. Somos afortunados al no tenerle aquí.

Algo de razón tenía su amigo.

—El Antiguo quiere que recuperemos los Lienzos perdidos de la Profecía y apenas estamos comenzando… Pero tienes razón.

Kanisai suspiró, terminó de arreglar sus espadas. En el lado derecho la de madera roma, en el lado izquierdo la afilada, la mortal, la que prefería no usar nunca.

—Y no me llames así… —le pidió a Sebastián mientras comenzaba a correr sobre las azoteas.

—Tienes razón… ya no te diré más Kanisai. Ahora eres… ¡El Kanisai! El defensor de las pobres almas. ¡El iiiinmoooortal!

El Kanisai sonrió. Sobre todo, por la ventaja que llevaba. Su regreso terminaría en una habitual carrera donde siempre vencía a Sebastián.

Capítulo setenta y siete

El primer copo de nieve del año comenzó su descenso en el momento en el que Daniela menos quería celebrarlo, a pesar de que siempre había sido su época favorita del año: Invierno. De pequeña adoraba los regalos, propios de las festividades, las vacaciones, el comienzo de un año nuevo. Luego de la muerte de sus padres entendió que el frío justifica la nostalgia y sentía una alegría, muy íntima, al poder caminar con su tristeza sin tener que dar explicaciones, sin máscaras. La soledad y el espacio que dejaba el invierno en las calles lograba acompañarla en su afán por detener un poco la vida. Quizás más despacio sería más fácil vivirla.

Recordaba la sabiduría de El Tío, cuando siempre después de la primera nevada decía: «ven chicos, no importa lo que pase en el mundo, la nieve siempre será blanca».

Cuando el diminuto copo alcanzó a aterrizar en el antebrazo izquierdo de Daniela, le hizo volver su mirada perdida para verlo desaparecer. Con su mano derecha limpió su brazo y supo que este sería su nuevo recuerdo, y allí, mientras el resto de los presentes asistían al funeral de El Tío, se convenció de que, a partir de ahora, hasta la nieve dejaría de ser blanca.

Todos los presentes vestían abrigos gruesos y largos menos Daniela, a quien el afilado frío parecía no perforarle la piel. Todos vestían de negro menos ella, igual nadie se atrevería a decirle que sus jeans y sweater blanco estarían fuera de lugar. Por lo menos la bufanda que había tomado resultó ser la más oscura de su closet, en combinación con el gorro montañero que cubría con poca elegancia su cabeza. Nada importaba.

Ante la ausencia de cualquier tipo de familiar y la distancia que generaba el muro emocional de Daniela, por alguna razón que todos desconocían, el profesor Tamura había tomado el rol de anfitrión y se encargaba de los visitantes conforme iban llegando. A los más atrevidos explicaba con lujos de detalles la terrible enfermedad que había afectado a El Tío.

Su desaparición se explicaba como un acto de bondad con sus sobrinos, para evitar que lo viesen en su etapa más delicada y terminal. La huida de Andrés se entendía como un acto rebelde típico de su edad, una búsqueda por alejarse de aquella espantosa realidad. Un escape hacia el hogar de unos parientes lejanos, según mentía Tamura con total confianza.

Finalmente, el profesor justificaba su amistad con El Tío cuando este, al sentirse tan enfermo, quiso probar la medicina oriental. Mentira que encajaba perfecto con el prejuicio de que su apariencia le otorgaba sabiduría infinita sobre todo lo que ocurre y se practica en aquel lado del mundo.

Con cada mentira, Tamura imaginaba a El Tío cayendo al suelo, víctima de la trampa que no había podido ver ¿Por qué? ¿Cómo un Arcano con semejantes habilidades, cae ante tan solo un puñado de chicos aprendices? ¿Estaría el Pardú Yeoman detrás de todo desde el principio? Las dudas y el resentimiento rebotaban en su mente mientras trataba de reconciliarse con el destino, sin importar lo que estuviese pensando, contaba a los asistentes con gran habilidad, la historia que había fabricado con la ayuda de Milgred. De todas formas, nadie de los presentes se atrevería a cuestionar nada. Todos conocían y querían a El Tío pero nadie podría contar los detalles de su vida. Tal como el mejor de los Arcanos, su especialidad radicaba en estar ausente en medio de todos, así mismo como reposaba aquel día, dentro de su ataúd.

Mientras todos los presentes, apenados, trataban de ocupar el menor espacio posible alrededor de las palabras perdidas del pastor que narraba la ceremonia, un enorme búho violaba las reglas del sigilo y ululaba con voz de león. Volando en círculos cada vez más pequeños, cerrados y a menor altura.

Todos, menos Daniela, miraban al elegante animal con discreción. El pastor seguía su ritual con los ojos cerrados, aportando dramatismo al vuelo casi ceremonial del búho. El pastor terminó su protocolo con un «Amén» que nadie respondió y, en sincronía perfecta, el búho posó sus dos garras con suavidad de venado sobre el ataúd, mientras giraba su cuello para recibir las miradas perplejas de todos los presentes, quienes ocultaban el miedo detrás de un silencio sepulcral.

Solo Alejandro notó que se trataba del mismo búho que había alertado a Yeoman en aquella bienvenida majestuosa, ahora macabra, ofrecida a los miembros de La Fortaleza. Pero incluso su mente inquieta, estaba agotada de buscar respuestas, la muerte de El Tío quizás no significaría para él lo mismo que para Daniela, pero le arropaba el corazón con una sombra de dudas y miedo tan grande que lograba bajarle los hombros. Observó al búho acomodarse y erguir un poco más el pecho y prefirió mirar a Daniela. Sus ojos parecían apuntar en su dirección, pero estaban tan perdidos que Alejandro comenzó a pensar en dónde podría estar esa mirada. Pensó en Andrés y supo que allí, al lado de su hermana, era donde más hacía falta.

Javier era quien había encontrado a Daniela en el piso de la habitación de El Tío, desmayada con la carta de Andrés cerca de su mano. No entendía por qué todo estaba tirado sobre el suelo y la ventana rota. Solo la había levantado y acostado de nuevo en la cama. Daniela había despertado un par de horas más tarde para nunca volver a hablar. La única comunicación que mantenían con ella se limitaba a frases típicas de una vida que debe continuar. «La comida está lista». «Me voy, pero Míster K. se queda. «Milgred hizo lentejas». "Alejandro dormirá aquí esta noche en la sala de abajo». «Javier va a comprar comida ¿Quieres algo?» Ninguna lograba sacar una sola palabra de la boca de Daniela. «Dani, es hora de irnos al funeral». Solo movimientos autómatas de resignación.

Andrés hubiese podido hablar con ella, pensaban todos. Míster K. esperaba con paciencia que ella decidiera compartir lo que quisiera, Javier sentía pavor de dirigirle la palabra y Alejandro moría por tener la valentía de acercarse.

Cuando por accidente pasaba cerca de ella, sentía una presión en el pecho apretujándole el alma. Presión que disminuía solo al alejarse. Había decidió imitar a Míster K. y dejar que el tiempo, el único que parece querer estar en todos lados, arreglara la situación.

El búho agitó sus alas para sorpresa de algunos de los presentes, quienes dieran unos pasos atrás y otros decidieran comenzar su partida. Ya la nevada comenzaba a cubrir con delicadeza todo alrededor y los empleados del cementerio a descender el ataúd.

Desde afuera todo lucía como cualquier otro funeral, quizás hasta más concurrido que otros del pueblo, pero para Tamura y Milgred resultaba un acontecimiento decepcionante. La muerte de un Arcano significa uno de los hitos más importantes en el universo Verbedín y el hecho de que nadie, hubiese respondido al protocolo que Tamura había iniciado, significaba que la situación estaba peor de lo que imaginaban.

—Tu cara deja ver preocupación —susurró Milgred a espaldas de Tamura.

Tamura la escuchó y volvió al semblante muerto habitual de su rostro.

—¿Acaso no debería estarlo?

—Mmm…

—Tienen que responder, Milgred… —dijo Tamura buscando una compañera de esperanza. No la consiguió.

Tamura hablaba tratando de no mover su boca, pues nunca se sabía cuándo un Sinn podía estar escuchando. Decidió no mencionar nada más y quiso que aquel triste momento llegara a su fin, que aquella gente que no sabía nada de nada se fuese para poder continuar. Tenía mucho por hacer y luego de cinco días se sentía cada vez más solo.

El sonido de las pisadas comenzó a escabullirse con las últimas personas abandonando el lugar en total silencio. En el carro de Alejandro, junto a su chofer, estaban Javier y Milgred esperando por Míster K. y Daniela para volver a la vieja casa de los Silver. Tamura ya había desaparecido en su antiguo y pequeño vehículo.

Daniela seguía sentada en la misma posición, estuvo allí pero nunca fue parte de la ceremonia y parecía no haberse percatado de que todos se habían ido, incluso el ataúd de El Tío reposaba ya en el fondo, mientras los empleados se preparaban para terminar el trabajo.

Unos metros más atrás, Míster K. la observaba pensando si aquel momento sería una buena oportunidad para acercarse. No quiso debatirlo mucho y con el cuidado de quien no quiere despertar a un bebé, se sentó en la silla al lado de Daniela. No obtuvo reacción.

—Yo nunca conocí a mis padres —dijo Míster K.

Daniela lo escuchó, ella escuchaba todo, pero no encontraba en sus circuitos internos la motivación para responder nada.

—Uno de los monjes del monasterio donde crecí, me tomó como su hijo y se ocupó de mí.

Daniela seguía inmóvil.

—Recuerdo el día de su muerte todo el tiempo y… luego de algunas semanas recuerdo que decidí convertir sus memorias en momentos felices.

Míster K. hizo una pausa para ver si el mensaje, su recomendación, llegaba a algún lado. Nada. Siguió:

—Él me enseñó muchas cosas, me educó, me mostró a Dios y me mostró al hombre. Incluso…

Míster K. pensó haber encontrado un buen tema de conversación.

—Me enseñó todo lo que sé sobre los Verbedíns.

Esa última palabra provocó la primera reacción que Míster K. había visto en Daniela en mucho rato. Con algo de desprecio volteó la mirada. Le había molestado escuchar tan solo la palabra Verbedíns. Míster K. retrocedió lo que pudo sin levantarse de la silla. Daniela se puso de pie y buscó algo en su bolsillo trasero izquierdo del pantalón. Míster K. como si no quisiera observar notó que sacaba de allí un papel doblado, sin fuerza y con total desprecio lo tiró en dirección al hueco en el suelo todavía sin cerrar. El viento no permitió que alcanzara su objetivo y, para cuando alcanzó el suelo, Daniela ya se había alejado lo suficiente para que Míster K. se animara a recoger el pedazo de papel. Lo tomó del suelo, lo desdobló y leyó entre las arrugas viejas:

Imaginatio, est clavem ad aspiciens

Capítulo setenta y ocho

990… —susurraba al vacío.

—991…

—992…

Lo que más detestaba era el poco tiempo para poder arreglarse, asearse, prepararse. En su vieja vida, apenas unos meses atrás, Rebeca dedicaba un buen par de horas a lograr el balance perfecto. Hoy se hacía necesario una rutina física extensiva, tal como se la habían recomendado. Por eso, para completar las 1000 repeticiones abdominales, no tenía oportunidad de siquiera cambiar su camisa.

—995…

—996…

—997…

En cada movimiento sentía los golpes recibidos durante los últimos días. Escogía el lugar más recóndito del complejo para su rutina. Raonic se lo había enseñado como un último favor antes de tomar cada uno su lugar. Allí tenía la privacidad para quitarse la camisa, el reloj, las botas y hasta las medias. Solo mantenía un sujetador negro, carente de todo estilo, además de los pantalones que le ayudaban a combatir el frío que la altura, la hora y la época provocaban. Prefería aquello a pasar todo el día con el uniforme de conejo sudado.

—998…

—999…

—¡1.000! —dijo finalmente en voz más alta y tomando conciencia de que su cuerpo se adaptaba cada vez más a la cantidad, la hora y la exigencia de ejercitarse a las 4:30 am. Tomó del suelo primero su reloj. Los minutos resultaban valiosos para todos en La Fortaleza, en especial para los conejos. Se sorprendió al ver que solo eran las 5:15. Tan solo le había tomado 30 minutos completar las mil repeticiones. Récord personal. Se sintió bien consigo misma y un poco tonta por alegrarse con algo que parecía natural al resto de sus compañeros.

Miró sobre la muralla de piedra en dirección del inmenso valle cubierto de bosque, extendido a lo largo del muro oeste. Suspiró tratando de absorber el silencio, el frío y la soledad que apreciaba cada vez más. Cerró los ojos para encontrar mayor concentración y la imagen que le invadió la privacidad fue El Tío en el suelo ensangrentado. Fue solo una fracción de segundo pues de inmediato volteó la mirada, abrió los ojos y continuó con su rutina. Terminó de ponerse su ropa. La detestaba. El olor, el peso, el color y la textura, cada hebra le resultaba una tortura para su cuerpo. Agitó su cabello que recogía en una cola de caballo práctica y nada más. Con sus manos trató de exprimir el exceso de sudor de las puntas. Observó su reloj y pudo borrar a El Tío, la culpa y la rabia de su mente. Se emocionó de nuevo por los minutos extras y decidió que tomaría una ruta distinta al área común. Cualquier cosa para retrasar su horrible rutina de limpiar en la cocina.

En el piso seis de La Fortaleza, alguna vez se había topado con un pasillo custodiado por una puerta compuesta por barras de metal, de aspecto medieval. Días atrás había notado que estaba abierta por primera vez, y pensó que sería un excelente momento para curiosear sin ser vista, regañada o gritada con cualquier insulto desgastado que tenían para los conejos. No importa nada ser una liebre, podría ser hasta una ardilla o cualquier animal de estos que utilizan aquí, pensaba, igual se sentía como el peor de los roedores. La puerta estaba abierta.

Apenas cruzó el pasillo el aire se tornó pesado, en sincronía con la oscuridad que parecía tragarse el espacio. No más de veinte metros tomaba el pasillo ancho. Al final de estos se dividía en ocho puertas pequeñas. Cada una daba entrada a pasillos más pequeños. Trató de hacer silencio y le pareció escuchar algo a través de la puerta número tres y sin miedo continuó caminando. Cualquiera hubiese regresado de inmediato, pero cuando Rebeca se concentraba en algo, no había superstición que la hiciera volver. El pasillo donde caminaba parecía terminar en un fondo oscuro sin salida. Cuando creyó dar los últimos pasos, notó un destello parpadeante, amarillento, sobre el piso de piedras. Mientras caminaba se daba cuenta de que las paredes, el piso, el olor y la humedad eran cada vez más pesados, como si fueran más añejos. Aquella sección de La Fortaleza se sentía sin cambios, original. Aunque el resto del internado mantenía su apariencia rocosa, esta sección oculta lucía tenebrosa, dispuesta para agendas más oscuras. Conforme Rebeca disminuía la velocidad de sus pasos se convencía de que aquella zona estaba intencionalmente desatendida. Dentro de los habitantes de La Fortaleza, nadie querría ir a un lugar con tantas imperfecciones. El destello se convirtió en luz amarilla constante. Por el movimiento de las sombras se sabía que provenía de una llama natural. Cuando la pudo ver, notó la antorcha colgada de la pared sobre una base de hierro que terminaba en un rostro de pantera, terrorífico, que sostenía en su hocico la mecha inundada del fuego. Antiquísimo. Sentía que entraba en otra época mientras una cámara llena de más puertas en semicírculo se descubría en frente de ella. Una prisión, pensó Rebeca. Estaba en lo cierto.

Algunas puertas adicionales para continuar lo que ya era un laberinto. Las celdas, los calabozos, parecían vacíos con las puertas entreabiertas. Solo dos

Has llegado al final de esta vista previa. ¡Regístrate para leer más!
Página 1 de 1

Reseñas

Lo que piensa la gente sobre Verbedíns - La profecía de los lienzos perdidos

0
0 valoraciones / 0 Reseñas
¿Qué te pareció?
Calificación: 0 de 5 estrellas

Reseñas de lectores