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Una casa en el abismo

Una casa en el abismo

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Una casa en el abismo

valoraciones:
4.5/5 (2 valoraciones)
Longitud:
266 páginas
3 horas
Publicado:
Dec 29, 2020
ISBN:
9789585107267
Formato:
Libro

Descripción

Después de pasar diez años fuera del país, Joaquín Segura regresa a Colombia a petición de su madre para pasar una navidad en familia. En este viaje, Joaquín comprenderá que se puede escapar de todo, menos del peso de la consciencia. Redescubrir a Bogotá, a su familia, y a lo que pensó que fue su vida pasada incitará a Joaquín replantearse la relac
Publicado:
Dec 29, 2020
ISBN:
9789585107267
Formato:
Libro

Sobre el autor

Jorge S. Restrepo es profesional en Estudios Literarios, magíster en Medios Internacionales y cinéfilo a tiempo completo. Después de pasar su infancia y parte de su adolescencia en Medellín, se trasladó a Bogotá, donde vivió nueve años, y desde hace una década vive en Francia. Ha sido editor literario y traductor de más de treinta libros. Escribe desde su adolescencia, pero su pánico a publicar hizo desaparecer incontables manuscritos. En los últimos años, se ha dedicado a la docencia de lengua francesa y castellana. Ha sido jurado del Festival de Cine Latinoamericano de Toulouse en dos ocasiones y posteriormente ha ejercido como miembro de la selección oficial. «Aves de invierno» es su segunda novela, en 2020 publicó «Una casa en el abismo» con Calixta Editores. Actualmente trabaja en su tercera novela y en su primer guion.


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Una casa en el abismo - Jorge S. Restrepo

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21 de Diciembre

Al cruzar la puerta del terminal internacional del aeropuerto, después de diez años sin visitar Colombia, un sentimiento de extrañeza me invadió. Primero, porque nadie había ido a recogerme, tal como lo había pedido, y segundo porque en el fondo hubiese deseado que traicionaran mi capricho y me esperaran todos: mamá, papá, y mis dos hermanas, Sandra y Raquel. Ver rostros desconocidos, y esquivar los abrazos de todos aquellos que se reencontraban con sus familias, solo aumentó el sentimiento de que quizás, solo quizás, había sido una mala idea darle gusto a mi mamá y pasar una navidad en familia después de tanto tiempo.

Nunca fui una persona apegada. El tiempo que había pasado sin pisar el país era prueba de ello y el solo hecho de regresar, así fuera por unas semanas, me hizo sentir incómodo de entrada. Había postergado el regreso durante años, siempre con la excusa de no tener suficiente dinero. Sin embargo, tras publicar mi primera novela y recibir el adelanto de regalías me había quedado sin excusa y ahora, con una aceptable cantidad de euros en la cuenta bancaria, no me quedaba de otra que comprar los pasajes. Además, mamá casi me había suplicado y si bien la idea no me enloquecía, tampoco iba a ser tan cafre de aguarle la fiesta. Lo único bueno es que ‘reunir’ a la familia no significaba que la casa estuviera llena de personas, todo lo contrario; estaríamos ella, mi padre, mis hermanas, la tía Marcia con su esposo Alfonso, el exmilitar profranquista, mi primo Santiago, el rey del emprendimiento, y por supuesto, el abuelo José y la abuela Renata, los abuelos maternos. Sería una navidad «como cuando eran niños, solo vamos a estar los que debemos estar», me había prometido mamá al teléfono dos meses antes cuando me rogó que hiciera todo lo posible por viajar.

Mi familia, en especial mis padres, siempre me reprocharon nunca haber regresado al país. Las pocas veces que nos habíamos visto en diez años fue porque ellos y mis hermanas habían viajado a Francia o a España para visitarme, nunca más allá de una semana. Ellos seguían en el tour que habían comprado y yo me quedaba tranquilo en París o en Barcelona trabajando en mis cosas. Con los años, habíamos encontrado el equilibrio perfecto para mantener la armonía familiar, ellos sabían que yo era un tipo reservado, a quien no le gustaba que se le metieran mucho en sus cosas y que prefería quedarme callado ante sus imprudencias, en especial con respecto a mi vida profesional.

Papá nunca aceptó que me dedicara de lleno a la escritura. Hubiera preferido que siguiera el ejemplo de mis hermanas que estudiaron derecho e ingeniería civil, respectivamente. «Carreras de futuro y estabilidad», me había dicho. Yo le di el gusto de estudiar arquitectura, pero la última vez que había diseñado un plano y tomado una regla había sido para entregar mi proyecto de grado, una vez graduado y tras ahorrar como una bestia durante los cinco años de carrera y recibir una ayuda económica inesperada, me compré un tiquete con destino a París, donde deseaba cumplir el sueño absurdo y romanticón de convertirme en poeta.

Tres meses después no tenía un solo verso que valiera la pena ser publicado y el dinero ahorrado se había esfumado entre el alquiler de los cuartos, los pasajes del metro, la cerveza y las incontables latas de atún. Eso sin contar con el choque que significa conocer París, tan deslumbrante como desigual. Cuando aterricé en Charles de Gaulle, soñaba con encontrar un apartamento con vista a la Torre Eiffel, salir a la panadería de la esquina a comprar croissants y en la tarde, ir a un café en boulevard de Saint Germain a escribir mis poemas, la típica novatada de quien llega a la ciudad. La realidad fue diferente; primero porque chapuceaba la lengua y los dos o tres cursos de francés que había tomado en la universidad solo me habían servido para comprender que sortie es salida, algo que me fue bastante útil cuando me perdía en los laberintos subterráneos del metro; y segundo, porque mi romántico apartamento soñado lo encontré en una cité de la periferia, donde compartía baño y ducha con cinco vecinos de piso y aprendí que en diez metros cuadrados lo más importante es saber economizar el espacio.

Sin un euro en la cuenta y con la visa de turismo a punto de expirar, decidí buscarle el lado flaco a la ley e inscribirme a la primera maestría que encontré. Digo torcer la ley porque es un trámite que no es posible normalmente. Para cambiar una visa de turismo a estudiante, hay que regresar al país de origen y hacer todo el papeleo desde cero. Pero cuando llegué con la inscripción a la prefectura para solicitar el cambio de visa, le conté a la agente migratoria una fábula, con llanto falso y un poco de sobreactuación, sobre el peligro que representaba para mi vida regresar a Colombia. Pero, para mi sorpresa, la mujer se conmovió y, sabiendo que podía ser sancionada, aceptó echarme una mano. Fue un golpe del destino, si la triquiñuela me había funcionado y no había sido deportado, era porque en mi destino no estaba regresar a Colombia. Busqué trabajo en lo que saliera, y así aprendí realmente a hablar francés y, en especial, a darme cuenta de que mi vida había sido una mentira hasta ese momento.

Sacando basuras de los edificios aprendí que los humanos lo único que producimos son desperdicios; como mesero, que jamás hay que tratar mal a quien te sirve la comida, o corres el riesgo de comerte una ensalada con dos o tres mocos y algún escupitajo; como taquillero del cine, que hay mucha gente que distrae su soledad en una sala oscura rodeada de desconocidos; cuidando niños, que ellos no tienen piedad al momento de corregirte: son los verdaderos maestros al momento de aprender una lengua; limpiando oficinas en la noche, que no hay mejor lugar para ponerse los audífonos e imaginar coreografías en los pasillos despoblados de esos cubículos que le roban la individualidad al ser; en fin, durante los cuatro años que viví en París arañando cada euro para irme a emborrachar los fines de semana y pagar mi romántico apartamento de diez metros, viví más que en los veintitrés años que había pasado con mis padres en Bogotá. Durante todo ese tiempo, jamás le conté a papá cómo me ganaba la vida, y no porque me avergonzara, todo lo contrario, me sentía orgulloso de ganarme la vida a los golpes, como le tocó a él, pero en el fondo, simplemente, pensé que no era problema suyo.

Tras acabar la maestría en periodismo cultural, que tardé el doble de tiempo cursando, de nuevo me quedé en el limbo burocrático. Debía encontrar un trabajo en mi área de experticia para poder solicitar una visa de trabajo, pero solo era un arquitecto que no sabía diseñar ni un baño, con una maestría en periodismo cultural sin ninguna salida profesional clara. Pasé una infinidad de currículums en ambas áreas, siempre recibiendo la misma respuesta «su perfil no encaja con el puesto solicitado, y le deseamos suerte en sus futuras búsquedas de empleo». A eso se sumaba que estaba en una relación tóxica, como siempre en mi vida, y en nuestra última discusión, un poco ebrios, ella decidió atacarme con unas tijeras de punta redonda. Claramente, después conciliamos nuestras diferencias de la única forma posible: follando. ¿Por qué diablos el sexo en las relaciones tóxicas es mejor que en las sanas? Me quedaban dos meses para que se vencieran mis papeles y nada en mi vida tenía un rumbo definido. Por esos días mi hermana menor, Raquel, viajó a París a un congreso en la Unesco en el marco de un intercambio universitario, y me habló de un amigo suyo en Barcelona que tenía una pequeña editorial. Siempre quise mucho a Raquel, a sus veinticuatro años ya iba a congresos internacionales mientras yo me la pasaba de bar en bar sin lograr terminar mi primera novela, la quería porque ella me veía tal cual era, siempre fue la única que supo leerme y nunca me cuestionó nada, a diferencia de Sandra y de mis padres que siempre tenían un comentario con doble intención para hacerme sentir como un culo.

El hecho es que, tras la partida de Raquel, decidí escribirle a su amigo en Barcelona, le conté sobre mi situación, pero no recibí respuesta de su parte. Una semana antes de quedarme oficialmente indocumentado, decidí jugarme una última carta: si el tipo no me contestaba el correo, me le aparecería en su oficina y le diría de viva voz lo que le escribí. Con los pocos ahorros que tenía, compré un tiquete de avión de bajo costo y viajé a Barcelona. Había anotado la dirección que me aparecía en Google de la editorial y al llegar me topé con un edificio en pleno barrio gótico. Era un edificio de apartamentos, común y corriente. Timbré donde decía Domenech/Editorial y una voz adormilada me contestó.

—Buenos días, soy Joaquín Segura, el hermano de Raquel Segura. Le escribí un correo electrónico hace unos días postulando…

El interruptor de la puerta sonó y la empujé.

—Tercer piso, puerta de la izquierda —dijo el tipo.

Subí las escaleras en caracol. Era uno de esos típicos edificios de Barcelona que desde el exterior de la fachada son una joya arquitectónica y por dentro pareciera que se cae a pedazos. Las escaleras traqueaban a cada paso, las paredes tenían la pintura gastada y un olor a humedad invadía el ambiente. Cuando llegué a la puerta de la izquierda del tercer piso, un hombre de mi edad, en esqueleto y boxers me esperaba.

—¿Eres el hermano de Raquel? —preguntó entre un bostezo y con un tufo de dos días, mínimo.

Asentí decepcionado cuando Raquel dijo «pequeña editorial», jamás imaginé que se refería a una empresa de una sola persona en un apartamento del edificio más podrido de Cataluña.

—Sigue, sigue. Disculpa el desorden, ayer di una fiesta y hasta ahora me repongo. Te ofrecería algo de beber, pero creo que nos lo hemos acabado todo anoche.

—No hay problema. Hace unos días…

—Sí, sí, recuerdo haber leído tu correo. Olvidé responderlo. Buscas trabajo, ¿no? Pues bueno, en la editorial solo hay un empleado: yo. No sé qué te habrá contado tu hermana, pero por ahora no tengo presupuesto para contratar a nadie.

—No es culpa de ella. Solo me dio su contacto, y decidí venir como un recurso desesperado. Si dentro de una semana no tengo un trabajo en Francia o donde sea, me tocará regresar a Colombia y es lo último que deseo en este momento. Estas son mis patadas de ahogado.

El tipo me miró y dejó escapar una sonrisa. Había comprendido que estaba frente a un caso igual de patético a él. Un tipo de veintiocho años sin futuro, apostando por lo primero que se le apareciera. Él se encargaba de descubrir nuevos talentos que le generaban más pérdidas que ingresos, pero tenía un instinto para saber ver en las personas sus capacidades y llevarlas al máximo.

—Pues mira, yo le tengo mucha estima a tu hermana…

—Disculpe que lo interrumpa, ¿pero de dónde conoce usted a Raquel?

El tipo estalló de risa.

—Hombre, que, si no te ha contado ella, menos te lo diré yo. Solo te diré que nos conocemos de un viaje que hice a Colombia hace ya un tiempo.

No necesitaba decirme más. Todo estaba más que claro.

—Bueno, te decía que le tengo mucha estima a Raquel, y me quedaría un mal sabor de boca no echarte una mano después de ver que te has pegado el viaje hasta acá. No te puedo proponer un puesto como tal, ni un salario. Pero si es solo por una cuestión burocrática, te puedo ofrecer un cargo de becario y te hago las cartas que necesites. Eso sí, lo que es el pago de la seguridad social y todo lo demás, corre por tu cuenta.

Le ofrecí mi mano para que la estrechara, y así fue como Jordi Domenech y yo nos convertimos en socios de papel, en un comienzo, y de la vida en lo que vendría después.

Me mudé a Barcelona una semana después y dejé París atrás, como si lo que tuve que aprender allí ya estuviera asimilado, con ese absurdo pensamiento de que todo nuevo comienzo nos evitará cagarla de nuevo. Pero en mi caso, tengo un talento innato para las cagadas de todo tipo.

En ese corto tiempo me las arreglé para dejar mi romántico apartamento de diez metros, y convencer al propietario de no ponerme una multa por avisarle sobre la fecha, empacar en dos maletas todas las cosas inútiles de las que uno se llena con el tiempo, terminar la relación tóxica con mi novia –con lanzada de zapatos, uno que otro plato sobre la cabeza y sexo de despedida–, pedirle prestado dinero a un amigo para pagar el otro tiquete de avión a Barcelona y llegar a instalarme al apartamento de Jordi mientras encontraba un trabajo de verdad y mi propio lugar para vivir. Como lo había prometido, Jordi se encargó de todo el papeleo burocrático y a las pocas semanas tenía mi situación migratoria de nuevo en orden, al menos por seis meses.

Barcelona me hizo bien, no solo por su clima, por el mar, por el constante ambiente de fiesta en la ciudad y por su movimiento incesante, sino porque había encontrado, al fin, mi lugar en el mundo. En París había sido feliz, pero nunca me sentí realmente cómodo. En Barcelona, por el contrario, y a pesar de trabajar en lo mismo que en París —limpiando oficinas en las noches ‘en negro’, es decir sin contrato alguno— jamás me sentí ajeno a lo que me rodeaba, por más de que me cruzara de vez en cuando con un catalán raizal que me ignoraba si no hablaba su lengua, podía hablar en mi idioma y conocer la movida cultural y literaria que me encaminaron de nuevo en mi sueño de convertirme en escritor. En París, con todo y lo que esa ciudad significa, jamás pude pasar de la página cincuenta de una novela, en Barcelona, en cambio, escribía y escribía sin parar. Otra cuestión era si era algo de calidad literaria o no, pero el solo ejercicio de escribir se fue agudizando a medida que pasaban los días. Jordi se dio cuenta de que era un buen lector y me propuso ser el evaluador de los manuscritos que le llegaban para que él pudiera dedicarse de lleno a la edición y a las cuestiones administrativas de su empresa. Semanalmente, debía presentarle tres o cuatro informes de lectura de los manuscritos. Siendo evaluador me di cuenta de que mucha gente escribe, pero no sabe escribir y aprendí que un libro es mitad trabajo creativo del autor y la otra mitad es todo el serrucho que debe echarle el editor para que el resultado final sea medianamente legible. En las fiestas que Jordi ofrecía a sus pocos autores, que a decir verdad eran más amigos suyos que otra cosa, comencé a reconocer al tipo que no sabía poner comas, al que escribía nombres sin utilizar las mayúsculas y a la que la palabra sintaxis seguro le parecía perteneciente a la jerga odontológica. Trabajando con Jordi desmitifiqué la figura del escritor. El escritor no es un genio, ni mucho menos una fuente de erudición, incluso, en muchos casos difícilmente hila una idea con otra, es solo una persona perdida en el mundo, cuyo único mapa para moverse dentro de él son las palabras.

A los seis meses y satisfecho con mi desempeño como evaluador, Jordi me ayudó a renovar los papeles con un contrato a tiempo indefinido. Eso sí, nada cambiaría: el pago reflejado en el contrato era una ficción y el dinero que aparecía justificado en los desprendibles de pago me era girado los primeros de cada mes, pero yo lo debía regresar en cuatro cuotas y en efectivo para evitar sospechas. Jordi siempre tenía un amigo que le ayudaba en esas triquiñuelas y aunque yo cada rato le preguntaba si no se iba a meter en un problema por mi culpa, él siempre respondía lo mismo: «Que no seas pesado, hombre». Yo seguía pagando de mi bolsillo la seguridad social y el aporte a la pensión, pero ya con ese contrato, mi visa de trabajo estaba asegurada. Éramos una sociedad en la que él se ahorraba tiempo de lectura y yo aseguraba no tener que regresar a Colombia. No sé si Jordi había sido el mejor polvo que Raquel se echó en la vida, pero seguro fue el que salvó la mía. Tras seis meses de hospedarme en la sala de Jordi, al fin pude encontrar un apartamento cerca de la estación de metro Urgell, no era muy grande, apenas veinte metros con una gran ventana al patio del edificio, pero el hecho de no tener que compartir el cagadero y la ducha con todo el mundo después de cinco años justificaba todo.

Dos años después, le pegamos al perro con Jordi. Una tarde recibimos el manuscrito de una mujer que firmaba con el seudónimo Alondra. Era una historia de ciencia ficción ambientada en la Guerra civil española, en la que los republicanos les ganaban a los nacionalistas –reptiles que venían del espacio exterior y tenían a Franco como líder lagarto–, gracias a la ayuda de una flotilla de rebeldes intergalácticos. Era una historia traída de los cabellos, pero tan bien escrita y documentada que no dudé en recomendársela a Jordi para que le ofreciera un contrato de exclusividad a la autora. El dictador Lagarto, que salió publicado con el seudónimo de la autora que quería proteger su identidad y su privacidad, se convirtió en un fenómeno de ventas y de la nada, Domenech Ediciones estaba en boca de todo el mundo. Jordi por fin tuvo el dinero para pagarme un sueldo y me ofreció, ahora sí en papel, convertirme en su socio. Claramente, en una editorial es más lo que se gasta que lo que ingresa, pero al fin tenía un salario fijo de dos mil euros al mes y una estabilidad económica. Solo tardé siete años en lograrlo y al momento de festejar mis treinta años, había vencido, a medias, a mi padre. No me había convertido en un escritor, pero sí había encontrado un empleo gracias a los libros. Sin embargo, a la única que le contaba todo lo que me ocurría era a Raquel, ni mis padres ni Sandra sabían cómo me ganaba la vida y prefería que siguieran pensando que limpiaba oficinas. Pensaba que, si se enteraban de mi éxito, algo encontrarían para reprocharme y no deseaba su mala onda encima de mí.

Por esos días mis padres y mis hermanas viajaron a uno de sus tours y me visitaron unos días en Barcelona. Raquel aprovechó para visitar a Jordi y agradecí haberme mudado de su apartamento, por mucho que quisiera a mi hermana, aún no estaba listo para escuchar sus orgasmos desde el cuarto del lado. Me inventé que había pedido permiso en la empresa de limpieza en esos días para pasar tiempo con ellos y cada vez que intentaban sacarme información sobre mis cosas, yo respondía con evasivas. Tiempo después, sin poder sostener más la mentira y sin encontrar una justificación válida sobre el porqué había comenzado a enviarles dinero, les conté todo. Papá no dijo nada, lo cual ya era algo positivo.

Esa había sido la última vez que nos reunimos los cinco y ya habían pasado tres años.

Ahora, saliendo por la puerta del terminal internacional del aeropuerto en total soledad para abordar el taxi con destino a mi casa, me sentí llegando de nuevo a un país desconocido, donde las personas hablaban una lengua diferente y en donde no tenía un solo sueño por cumplir. Regresaba al lugar del que siempre quise huir.

Es interesante comprobar cómo los edificios cambian a medida que dejamos de verlos. Había crecido rodeado de todos esos edificios, y ahora, diez años después, me parecía verlos por primera vez. Así como el individuo se transforma en la distancia, las ciudades se transforman también durante su ausencia, esa masa de concreto, vidrio, asfalto, buses, carros y humo que era Bogotá cuando me fui, no había cambiado. Pero algo diferente encontraba en cada una de estas cosas, como en el rostro de las personas, con sus mejillas rojas por el frío y con la mirada cada vez más desconfiada. A través de la ventanilla del taxi, volví a ver los Transmilenios con sus pasajeros apretujados como en una lata de sardinas y me sorprendí de la cantidad de motos que había inundado las calles. Era un enjambre que el taxista debía esquivar de vez en cuando al ritmo de Tropicana, que me sorprendió que ya fuera una emisora de reggaetón y no de salsa. Quise pedirle el favor de bajarle el volumen a la radio, pero no me atreví, a la larga, si bien yo era el cliente, él era el dueño del carro y tenía todo el derecho de escuchar su música al volumen que le viniera en gana. A la altura de la calle veintiséis con treinta apareció el primer embotellamiento, sin embargo, fue ligero, era diciembre y muchas de las personas ya estaban de vacaciones. Pasamos frente a El Campín, donde mi abuelo tantas veces me llevó a ver a Santa Fe sin lograrme convencer de ser hincha de su equipo y me percaté de que el techo del Coliseo Cubierto ya lo habían reparado, al menos en parte. Ahora parecía un platillo volador auspiciado por Movistar. Por más de que llevara años sin volver a mi ciudad, no me perdía, sabía por dónde íbamos, la ciudad había cambiado, pero sus rutas no. Las calles de las ciudades en las que vivimos se vuelven parte de nuestra memoria.

Cuando pasamos el puente de la ochenta, entramos por fin al barrio en el que crecí: el Polo. Las mismas casas enormes seguían allí, sembradas en la tierra, con sus puertas de garaje metálicas y sus fachadas pintadas de blanco. Pasamos por el viejo Carulla, que había lavado su fachada y ahora parecía un supermercado VIP

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Reseñas

Lo que piensa la gente sobre Una casa en el abismo

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Reseñas de lectores

  • (5/5)
    Me encantó!!! Ver mi país reflejado en las letras de esta historia, con sus tradiciones e idiosincrasia, fue genial. Además, es un libro muy reflexivo, nos pone a pensar y analizar sobre nuestras vidas y cómo nuestras vivencias y experiencias inciden en las decisiones que tomamos, buenas o malas, para nuestro futuro. Un libro que nos habla de los arrepentimientos y del perdón tanto a otros como a nosotros mismos. Excelente lectura. :)