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valoraciones:
4/5 (2 valoraciones)
Longitud:
425 páginas
9 horas
Publicado:
23 abr 2020
ISBN:
9789585107236
Formato:
Libro

Descripción

César es un tipo simple atrapado en un pueblo en el que el tiempo parece haberse detenido. Vive con su tía, una mujer que se dedica a interpretar sueños y que lo detesta, entre otras cosas, porque César le resulta extraño, ya que no tiene sueños normales, como todo el mundo: él solo sueña con un cubo. César termina por aprender el arte de la interp
Publicado:
23 abr 2020
ISBN:
9789585107236
Formato:
Libro

Sobre el autor

Mercenario de la comunicación social y el periodismo. Por años guerreó en todo el espectro de las comunicaciones, desde cargaladrillos en medios y fotógrafo de naturaleza hasta profesor universitario y redactor de discursos para ministros desde la izquierda hasta la derecha. Motociclista. Papá. Colombo-alemán que no encaja ni aquí ni allá, y un apasionado por escribir y por que lo lean. El Cubo es su primera novela.


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El cubo - Sebastián Krieger

camino.

LA TÍA ARSENIA

Esa madrugada, un par de años antes, Arsenia se levantó como si nada hubiera ocurrido durante la noche. Aún en la penumbra de la hora del canto de las mirlas se calzó las pantuflas y, arrastrándolas por las baldosas hasta la cocina, encendió con el mismo fósforo, como de costumbre, la lámpara de petróleo y el fogón. En la olleta todavía había un cuncho negro que desocupó en el desagüe antes de poner a hervir agua fresca. Sintió un breve escalofrío y con los brazos cruzados sobre el pecho se cerró sobre los hombros la camisa vieja que le servía de camisón de noche. La olleta, también aporreada por los años, hirvió el agua y en pocos minutos estaba lista una ración de café negro, lo sirvió en una taza de esmalte desportillado y lo sorbió mientras fijaba la vista en el patio en tinieblas.

Ella sabía con exactitud lo que su sueño significaba, pero quiso volverlo a traer a su cabeza, lúcida y de manera coherente, para asegurar que su alcance era el mismo que había intuido antes de despertar. Cerró los ojos y el vapor cálido de la cafeína le entró por la nariz y por la boca.

Se vio a sí misma caminando erguida por un jardín de flores llenas de aromas y serenidad. Solía soñarse con frecuencia en ese sitio, entre jazmines blancos, tal vez emulando una época añeja en la que la amistad, la lealtad, la esperanza y el amor, podrían darse todavía una oportunidad en su vida. Por lo general, estos sueños terminaban con la amarga visión de un caballo negro que, indiferente a sus súplicas, engullía en pocos instantes la frescura de su jardín sagrado. De ahí en adelante, Arsenia solía verse bajo cielos tormentosos convertida en pantera; ella misma encarnando a una mujer enemiga y celosa, alguien con quien debe tenerse cautela.

Pero esta vez, a pesar de la angustia que le producía la perentoria llegada del caballo de apetito cruel, se observó catando el aroma de su huerto y acariciando la textura suave de las flores indemnes. Los capullos eran perfectos y de sus troncos brotaban racimos de uvas, sin duda alguna, presagio de mejores tiempos. Tomó uno de los frutos y lo probó, su perfume y sabor eran exquisitos. Saboreó otra uva y otra más. El caballo negro no llegó y fue ella quien terminó por comerse todo su jardín; en la medida en que devoraba todas las uvas y luego, una por una, las flores, sentía extraño su cuerpo, como si no fuera ella. Cuando por fin terminó de engullir todas las plantas se detuvo. Olía rancio, a almizcle y sudor, se vio convertida en un mendigo de hombros chupados, con la piel cochina y brotada, vieja y sin dientes. Un escalofrío recorrió su cuerpo estropeado, trató de dar un alarido, pero de su garganta brotó una carcajada deforme. El caballo había llegado, no era negro sino blanco y resplandeciente. Resopló y se arrodilló frente a ella para que pudiera montarlo.

Al otro extremo del jardín, César la observaba en silencio, petrificado, pero con el anhelo de correr tras ella. Estaba descalzo, signo claro de que pronto sufriría grandes humillaciones. Un bastón reposaba en su mano, pero en vez de sostenerlo, lo atornillaba al piso. Arsenia, desde el lomo de su imponente equino se tapó las orejas con las manos y advirtió que tras su sobrino un tábano enorme acechaba con un zumbido monstruoso, pero no quiso prevenirlo del peligro inminente y salió galopando por una llanura sin límites.

Las mirlas cantándole al amanecer desde las copas de los árboles no le habían permitido a Arsenia comprender el sentido de su ensoñación, sin embargo, había entendido lo suficiente: era claro lo que vendría para ella, si soñarse trepada sobre un corcel brioso e impetuoso es un indicio de fuertes deseos de sexualidad, dominar o no al caballo equivalía a su capacidad de someter los sentidos y pasiones. Durante largos años de soledad, se había tenido que contentar con pasiones tan insubstanciales como efímeras; su sueño le revelaba que en adelante sería ella quien mandaría a su montura. En cuanto al tábano… peligro en la vida real. Por suerte, no era a ella a quien amenazaba la mosca enorme sino a su sobrino, quien ya condenado a un difícil y cercano futuro, indefenso y anclado al piso, solo estaba en capacidad de verla partir liberada y al galope.

Esa madrugada, Arsenia se había levantado como si nada hubiera ocurrido durante la noche, pero cuando constató despierta el significado de lo que acababa de soñar, se sintió más amargada que el café en sus manos estremecidas.

—Maldita sea…

Habría querido llorar a rienda suelta, por ella, por su jardín de jazmines destrozado, por sus hombros estrechos y sus pechos marchitos bajo una camisa desgastada, por el desamor. Habría querido dejar escapar al menos una lágrima de dolor, la primera en décadas. Llorar su soledad, su dependencia de César, así no quisiera admitirlo; por eso en su sueño se había cubierto las orejas. Quería ser libre como el jinete en la llanura, sin límites, sin la compañía de su sobrino para ser feliz, sin ese estorbo que amaba con vergüenza, pero ahora, con un terrible dolor, tendría que renunciar a él. Su sueño le repasaba, con cruda ironía, que se le había pasado la vida por delante. ¿Era demasiado tarde para ella? De pronto, ya podría ser libre, tan libre como el mendigo que se ha deshecho incluso de los lastres del cuerpo, de los principios y del pudor. Pero la verdad sin antídoto era que en los sueños de Arsenia los jazmines no florecían dos veces.

No había terminado de sorber su taza, cuando sintió que, en el cuartico al lado de la cocina, César se estaba sacudiendo de sus propios sueños. Poco le importaba lo que en las noches a su sobrino le cruzara por la cabeza; él alguna vez le había contado sobre el cubo y ella se había burlado de ese sueño tan tonto, no esperaba más de él. Solo era evidente una cosa: un cubo es una metáfora para expresar rigidez mental, nula creatividad y, sobre todo, sumisión. En otras palabras, ver un cubo en sueños es síntoma de falta de espíritu, una prueba de que alguien lleva una vida aburrida. Como si fuera poco; un cubo simboliza las pasiones materiales. Algo más que normal para un muchachito ensimismado y sin plata en un pueblo dominado por la envidia, pensaba Arsenia, sin sospechar del enorme peso que años más tarde tendría el cubo para ella misma.

Aturdido, César cruzó descalzo a la cocina en la media luz del amanecer y de la lámpara de petróleo.

—Buenos días, tía —dijo medio dormido, aunque con reverencia, como desde niño había aprendido a dirigirse a ella.

Arsenia no le contestó, como siempre. Sin embargo, por primera vez le alcanzó una taza de café. Acostumbrado a la permanente frialdad de su tía, ante semejante acto de cordialidad pensó que no se despertaba. Algo muy serio había pasado o iba a pasar para que ella le ofreciera algo más que desprecio. Quiso preguntarle el motivo de su amabilidad, pero se aguantó, ya que sabía que cualquier palabra de más o mal dicha podría provocar la ira desmedida de esa señora con la que solo compartía sangre y años de resentimientos. Así que tomó el pocillo y lo sorbió recostado contra la mesa, en silencio, con los ojos clavados en el fondo del caldo oscuro y espeso, en espera de que le soltara qué estaba ocurriendo.

—César —soltó por fin, tranquila y lento para no tener que repetir nada—, busque la valija que era de su papá y tenga lista su ropa.

—¿Qué? —respondió perplejo, temiendo que ese día lo botara a la calle por algo malo que no recordaba. El sabor amargo del café se le atragantó en la boca del estómago y tuvo pavor de verse sin rumbo, arrastrando por las calles una maleta desocupada.

—No se preocupe —contestó la tía con un pellizco de ironía porque intuía a la perfección los miedos de su sobrino—. Usted todavía está muy desmañado para andar solito por el mundo, pero bien sabe que mis sueños no se equivocan.

Esa fue la frase que sentenció el final de la conversación, lo que Arsenia profetizaba en sueños se cumplía al pie de la letra. No obstante, fueron tantas preguntas las que en un instante le saltaron a César a la cabeza que no pudo contener su intriga.

—Tía, por favor explíqueme por qué tengo que...

—¡Vaya aliste la ropa! —lo cortó de tajo— Solo obedezca.

Sin terminar el café, César cruzó resignado a su habitación para sacar del armario sus dos pantalones y tres camisas.

Con los párpados entrecerrados para evitar que el polvo le cayera en los ojos, bajó de encima del armario la vieja maleta de cuero y la puso sobre la cama. La abrió sin esfuerzo y con pesadez guardó sus prendas dentro; no alcanzaban a ocupar ni la mitad del viejo cofre con manija de pasta. Guardó también un deshojado diccionario ilustrado que había sacado de la anémica biblioteca de la escuela y el cuaderno en el que apuntaba frases sueltas cuando asistía a clases con las monjitas. Abrió el único cajón de su mesita de noche y sacó su preciada posesión: la piedra blanca con forma de dado a la que le faltaba una esquina. El pedrusco estaba frío y esa sensación en la mano calmó un poco la ansiedad y el hastío que le provocaban el desdén de la tía Arsenia y la incertidumbre por el intempestivo cambio que se le venía encima. Apretó la roca y la puso dentro de la valija antes de cerrarla y de pasar las dos correas de cuero para ajustarla; quién sabe cuándo y en dónde volvería a destaparla.

El resto de la mañana lo pasó con normalidad, a pesar de que no paraba de preguntarse el motivo para tener listas sus pertenencias. Se aseó, hizo el oficio: barrer, trapear, lavar la loza, llevar la comida a los perros, y se preparó, como todos los días, para caminar hasta la finca y ver por el ganado. Recorrió el camino que salía del poblado, paralelo a la quebrada transparente y a un alambre con púas, que separaba potreros en los que se intercalaban cultivos de caña de azúcar y vacas pastando. En la medida en que el sendero se iba angostando y encharcando más, las reses y los cultivos daban paso a parches de maleza y bosque. Después de tres horas largas, la trocha cruzaba un cúmulo de piedras oscuras y cubiertas de matorral que marcaba el inicio de la propiedad y terminaba, unos pasos más adelante, en una choza de tablas que daban la impresión de estar suspendidas en el aire.

La finca, llamada «La Mina» por un supuesto yacimiento colonial de esmeraldas, era la raquítica herencia familiar de los Escobar. Ubicada al borde de una gran montaña tapizada de selva, era administrada a distancia por la tía Arsenia, y además de suelo escarpado y poco fértil ofrecía una extraña sensación de desequilibrio a quien la visitaba. A César no le gustaba el sitio, aunque casi a diario tenía que recorrerlo para llevar las tres vacas a tomar agua y confirmar que no hubiera nada anormal. Era como si la cercanía del bosque oscuro, el zumbido de los insectos, el calor pegajoso y el borbolleo crónico de la quebrada originaran un fastidio invisible que terminaba por agotar a cualquiera. La expresión trasnochada de los animales enfermizos arrancando maleza era evidencia de que allí la tierra no era buena. Era tal la desazón, que en La Mina no se amañaban ni los pájaros que cruzaban sobre el predio en escasas ocasiones para esculcarles las garrapatas a los rumiantes.

Ningún encargado de intentar el cultivo de cualquier cosa había durado más de una semana en la choza de madera. La construcción había sido levantada años atrás por Fabioquevedo, el único labriego que pudo convivir con la sombra de esa perturbación intangible. Los demás se alejaban al muy poco tiempo, afectados por extraños males y temores, y con la convicción de no querer regresar nunca más. La esposa de uno de los cuidanderos, por ejemplo, enfermó de repente al tomar un limón del limonero, eran pasadas las cinco de la tarde de un día de todos los santos, cuando se antojó de limonada para acompañar el plato de arroz con frijoles que en las noches compartía con su marido, pero al tocar la fruta en el arbusto sintió una punzada de hielo que le recorrió desde los dedos hasta la planta de los pies. Con la violencia de un rayo, el frío lacerante la tumbó, le torció la cara y le secó las piernas. No valieron inyecciones ni rezos, tampoco los oficios de Fabioquevedo, llamado de urgencia para que intentara devolverle movimiento a las articulaciones petrificadas y flexibilidad al rostro desfigurado.

Fabioquevedo. Así pronunciaba su nombre cuando se lo preguntaban mientras estiraba la mano dura para saludar, siempre mirando al piso. Heredó de su madre indígena la experticia en aplicar remedios desconocidos y muchas veces eficaces, pero también en desafiar a la muerte con la frialdad de un condenado a la silla eléctrica. Descalzo y sin linterna recorría solo y de noche la espesura de la selva, por el simple gusto de respirar niebla, de ver crecer los hongos luminosos sobre troncos húmedos y de oír el croar de cientos de ranas. Solía regresar con hierbas o algún fruto en el bolsillo, y cuando Arsenia no alcanzaba a enviarle a tiempo las provisiones de la semana, al amanecer, bajaba a su choza con suficiente carne de monte para la olla: gallinetas, pavas, zainos, puerco espines y hasta dantas pequeñas. Los campesinos de los predios cercanos solían buscarlo cuando a las mujeres se les aparecían alacranes entre las ollas, cuando los niños tenían fiebres altas, cuando el ganado se llenaba de gusanos o cuando una culebra se metía debajo de la cama. Una vez, César, aún niño, lo vio agarrando una enorme serpiente venenosa por la cabeza, y con una tranquilidad infinita, la mano izquierda siempre en el machete, se la acercó a los ojos y la olió.

—El demonio —le sonrió el hombre mientras el reptil resoplaba y no se decidía a lanzar su ataque—. Este es el demonio —reiteró con ternura, pero con tanta firmeza que una vez estuviera suelto ese diablo venenoso lo único seguro era salir corriendo.

—¿Cómo hace para que no lo muerda? —quiso saber César, hipnotizado con el poder que emanaba.

Fabioquevedo le volvió a sonreír.

—Te puedo enseñar —le murmuró después de unos segundos—, no más tienes que hacer todo lo que yo diga.

—¡Claro que sí!

Y la primera lección, al mismo tiempo que enrollaba la serpiente en un costal, consistió en contar, uno:

—Cuando te topes con el demonio, da primero un paso hacia atrás, así sabrá que respetas su poder.

Ese día no hubo más instrucción y, con razón, César estaba algo decepcionado. No obstante, desde ese momento cada encuentro con el maestro iba sumando pizcas de conocimiento: no mirar al demonio a los ojos, cargar un ajo en el bolsillo izquierdo del pantalón, dos hojas de hierbabuena en forma de cruz en los zapatos y una pluma de garza azul en el sombrero. Pero el infortunio le cayó de sorpresa y el pupilo no terminó nunca de aprender los secretos para domar serpientes.

Desde la muerte de Fabioquevedo, supo que nadie podría reemplazarlo, y que la comezón misteriosa que emergía de La Mina, jamás tendría quién la mantuviera a raya. Por el contrario, lo que César no sabría era el motivo por el cual Arsenia evitaba visitar la finca. No consistía en que la larga caminata le hiciera doler la gota y las várices, pues bien podía pedir prestada una mula o en que se le revolviera la nostalgia de tiempos pasados. La verdad era que en La Mina había vivido una de las peores experiencias de su vida, y que hoy, a pesar del aplomo que le daba su enorme conocimiento sobre esa realidad que se camufla de lo cotidiano y que solo se deja intuir en sueños, recordar esa noche le erizaba la nunca y le helaba las manos.

Ocurrió poco después de que ese mestizo de pocas palabras, de machete en la cintura y mirada abismal fuera contratado para reanimar el terreno abandonado de La Mina, y Arsenia, aún con edad para hacerse ilusiones de levantar niños y un marido propio, se cautivó con él. Pero tal vez por no entender los gestos e insinuaciones de la tía, o porque no le gustaba, Fabioquevedo ignoró a Arsenia. Parecía interesarle la cría de ganado y la construcción de una casita con el mínimo de comodidades para evitar al máximo la necesidad de bajar al pueblo. Una vez estuvo terminada la cabaña de tablas, y asombrada porque a diferencia de los peones anteriores, Fabioquevedo no había salido huyendo de la desazón desconocida de ese terreno contiguo al monte, Arsenia se arriesgó a hacer su movida de amor.

Una tarde, con gran esfuerzo por no embarrarse sus mejores zapatos y la faldita encendida, caminó las tres horas de trocha con la excusa de llevarle algo de sal para las bestias. Se presentó de improviso en la cabaña. La puerta estaba cerrada, llamó con recato, pero el hombre no se hallaba en el terreno, como pudo comprobarlo después de gritar su nombre varias veces a las cuatro direcciones. Decidió esperarlo y, suspirando, se sentó frente a la puerta en un banquillo improvisado con una tabla y dos piedras. Allí, ansiosa y acurrucada bajo el cobertizo, padeció por primera vez ese extraño malestar que emanaba de la tierra. Sintió un fuerte deseo de salir corriendo, pero su apetito por varón y su ilusión de remendar su soledad fueron más fuertes y no se movió, seguro Fabioquevedo estaría cerca, bajando con su machete frutos del monte que más tarde, y en la intimidad, le llevaría a la boca.

El cielo se pintó rojizo y Arsenia percibió con mayor ímpetu los quejidos de la quebrada y el mal humor de la maleza que la rodeaba. Se dio cuenta de que los mosquitos le picaban las piernas con ensañamiento y que las plantas de los pies le punzaban por la incomodidad de su butaca. Se levantó. Mortificada por la idea de tener que caminar de noche las tres horas hasta el pueblo, suspiró una vez más y lo volvió a llamar en vano. Entró en el refugio de madera, allí encontraría resguardo de los zancudos y del miedo profundo que brotaba de la tierra; también algo para el estómago. Todavía guardaba la ilusión de que Fabioquevedo llegara con su machete al cinto y que pudiera darle una merecida sorpresa después de su jornada.

Por dentro, la casita tenía mucho mejor aspecto. Arsenia encendió una lámpara de queroseno, colgada justo al lado de la puerta y vio complacida el piso de tablas limpias, ordenados al lado de la estufita a gasolina los trastos –dos olletas y un sartén aporreadas pero brillantes– y doblada una muda de ropa de trabajo sobre una mesita improvisada con maderos. Advirtió también loza lavada, un pequeño radio de pilas y tres recipientes de vidrio ámbar. Con curiosidad destapó el primero; contenía una mezcla espesa de aceite y hierbas maceradas, reconoció su aroma a anís, árnica y tal vez algo de menta. Seguro sería para frotar heridas de bestias o personas que requirieran del fascinante conocimiento de Fabioquevedo. Tapó el frasco con cuidado y abrió el segundo solo para cerrarlo otra vez por el hostigante olor a ajo y rosa silvestre que llenó la habitación; otro remedio. El tercer envase, más liviano que los anteriores, contenía unas semillas que no reconoció al poner a contraluz el recipiente, podían ser pepitas de girasol o almendras partidas. Lo destapó y metió la nariz, pero el aroma no era de almendras, sino de animal muerto. Con una mueca se lo retiró de la cara y trató otra vez de identificar su contenido al frágil brillo de la lámpara. Descubrió que las pepitas eran polillas, escarabajos, cucarachas, gorgojos y hormigas a los que, con paciencia, les habían arrancado alas, paticas y antenas. Con asco tapó el frasco y no quiso imaginar los motivos por los que coleccionaba estos repugnantes bichos.

Con el olor a muerto aleteando en la nariz, Arsenia repasó las paredes de la cabaña. Colgado de una puntilla, un espejito manchado adornaba los listones pelados debajo, en una repisita una cuchilla de afeitar, un cepillo de dientes despelucado y un jabón azul. ¿Para quién se embellecerá Fabioquevedo? ¿para mí?, fantaseó y de sus ojos escapó un breve destello. La pared de enfrente, a solo unos escasos pasos, tenía una pequeña ventana cubierta con vidrio y una sencilla cortina hecha con un costal de fibra de fique. La noche y la intranquilidad espiaban desde afuera. Sus ojos volvieron a los trastos para cocinar y a los tarritos ordenados junto a la vieja cocineta, con temor de volver a hallar pedazos de insectos, pero con la esperanza de dar con algo para entretener su estómago, repasó uno por uno sus contenidos: un cuncho de sal, otro de café y restos de azúcar; los demás estaban vacíos. O Fabioquevedo se alimenta de aire o se morirá de hambre si no hace pronto el esfuerzo de bajar al pueblo por mercado, concluyó al mismo tiempo que se reprochaba por no haber empacado al menos un pan antes de enrumbarse tras su quimera de amor. Resignada, prefirió seguir curioseando la intimidad de la casa, tarde o temprano él tendría que llegar.

Avanzó hacia la puerta de la única habitación, la corrió y la tenue luz le mostró una estrecha cama de tablas cubierta con una cobija de lana roja. No había nada más en la habitación, ni mesita, ni libro, ni siquiera una vela. Sin embargo, fue allí en donde sintió con más intensidad la presencia cálida y cariñosa de Fabioquevedo. Estaba en el aire, en la cobija curtida y en los maderos duros en que se recostó. Por fin había quedado afuera esa extraña sensación de tormenta inminente, esa piquiña invisible, esa certeza de que alguien estaba mirando. Se sentía segura aquí y no le importaba cuan lejos estuviera del pueblo, de su casa, de su alacena y de su propia cama. Bocarriba, percibía cada una de sus vértebras reposadas sobre la dura litera. Apoyó la cabeza en la manta suave y respiró con calma. Cerró los ojos e imaginó la expresión de Fabioquevedo al encontrarla en su lecho. Una sonrisita pícara le marcó la cara y se vio a sí misma jugando con su cabello en un prado bajo el cielo radiante. Sabía que estaba comenzando a soñar y comprendía que el cielo no es otra cosa que la propia representación de la mente; verse bajo un cielo azul y despejado es indicio de felicidad y despreocupación, tal como se sentía en ese preciso instante. Si ahora aparecieran pétalos de flores cayendo del cielo, contaría con la suerte necesaria para realizar su deseo de estar con Fabioquevedo, pensó antes de perder del todo la conciencia.

Pero el espléndido cielo azul se desvaneció ante una desagradable sensación en la boca. A pesar de que ya había padecido muchas veces este mal sueño, otra vez se veía impotente, con angustia y desagrado porque se le caían los dientes. Dormida, su lengua percibía como boquetes la ausencia de caninos e incisivos; y las muelas estaban flojas, cubiertas de huecos o babosas. Era evidente que tenía miedo, miedo a envejecer, a perder sus energías y a lo poco que los años estaban dejando de su limitada belleza. Se sintió avergonzada y frustrada, y con un miedo profundo que no provenía de algo o alguien en su sueño. Arsenia sintió miedo de ella misma, miedo a esa en quien se había convertido.

Y ocurría algo aún más perturbador en ese mal sueño, era como un zumbido, lejano al comienzo, pero después se aproximaba e invadía con violencia todo el espacio. El ruido amarillo provenía del suelo y Arsenia, aturdida, agachó los ojos para intentar reconocer qué lo originaba. Vio que sobre el piso de tablas había una pequeña piedra con forma de dado. Un dado, tal vez me esté dejando llevar por el azar, intervino su perpleja conciencia, pero no era ese el sentido del sueño. Quiso tomar la piedra con la mano, la veía como si estuviera en el fondo de una corriente de agua fría helándole los tobillos y corriéndole por las piernas. Un escalofrío la dejó sentada en la cama. Era tarde, la lámpara de querosén seguía encendida y Fabioquevedo no había llegado.

Temblando por la impresión, se esforzó por calmarse e interpretar ese extraño sueño. Tenía hambre, pero sabía que en la cocina no había nada, y de solo imaginarse afuera, tanteando en la oscuridad y el malestar en busca del limonero que le había helado el rostro a la mujer del antiguo labriego, prefirió permanecer hambrienta pero amparada en la cama. Trató de recrear otra vez su sueño para comprender, pero lo único que recordaba era el terrible frío, aquel que presagiaba como la aproximación de una desgracia. Y el zumbido. De inmediato lo asoció con comadreos y habladurías, lo que la tranquilizó un poco: seguro en el pueblo ya se percataron de mi ausencia y ya corre un buen chisme sobre mi paseo a la finca, se dijo. Sin embargo, en el fondo sabía que un zumbido tan intenso y con un resplandor casi dorado podía significar algo muy grave, tan peligroso como el poder de una terrible maldición.

Otra vez intentó pensar en algo agradable, en su casa, en el patio con flores, hasta en todo lo que compraría si se llegara a ganar la lotería, tal vez un viaje por el mundo para hospedarse de por vida solo en los hoteles más caros, todo con tal de dormir de nuevo. Pero no hallaba sosiego, daba vueltas en la estrecha litera, que ahora percibía mucho más incómoda y dura en la espalda. Sentía frío, pero si se cubría con la cobija comenzaba a sudar; las picadas de los mosquitos durante el atardecer le producían comezón, y por oleadas retornaba el olor a insectos muertos en el frasco. Le molestaba incluso el ruido que producía su cuerpo, el latido de su corazón y cada bocanada que le silbaba en la nariz en busca de los pulmones. La cintura le tallaba y de la larga caminata de esa mañana se le habían hinchado los pies, que le dolían como una cadencia de agujetas húmedas y frías. Decidida a volver a dormir, aflojó su cuerpo lo más que pudo, se concentró en poner su mente en blanco y lejos de la dura cama, tragó saliva por última vez y suspiró hondo. Los trazos de un cielo despejado aparecieron otra vez.

Como un relámpago oscuro y potente, un leñazo seco se reventó en la puerta de la casa. Arsenia se tensó con una patada de miedo en el estómago. Quedó inmóvil, el corazón galopando casi en la garganta. ¿Quién habría dado semejante golpe?, ¿llegó Fabioquevedo?, ¿estaría enfadado?, ¿borracho? El estrépito fue seguido por un breve silencio que pareció un siglo.

—Fabioquevedo, soy Arsenia. Me agarró la noche esperándolo aquí —exclamó asustada, esperando que él le contestara. Empero, la respuesta fue aterradora, otro estruendo hizo temblar los maderos de la casa. Petrificada, la tía oyó que la puerta salía volando a punta de patadas, mientras que uno o varios asaltantes entraban en tropel a la cabaña. La lámpara de petróleo se reventó contra una pared, los frascos sobre la mesita estallaron con violencia y sus contenidos viscosos huyeron por entre tablas y pedazos de cristal. En cualquier momento se abriría la puertica de madera de la única habitación y ella quedaría indefensa frente a la furia espantosa que azotaba las paredes derribando el espejito y la repisa con los implementos de aseo.

Con el corazón a punto de detonar, se acurrucó en el piso y buscó refugio debajo de las tablas de la cama. Aquel escondite era ridículo, pues no había forma de encubrirse ni de escapar. Con gran esfuerzo especuló en la alternativa de defenderse de su brutal agresor y temblorosa atinó a tomar uno de los travesaños de la cama. Lo apretó con las manos heladas contra el pecho y sintió su superficie dura y con astillas. Ya vendría por ella.

Afuera, el feroz alboroto se ensañaba con los peroles de la cocina que volaron y rebotaron con enfado, una y otra vez, hasta quedar estrujados e irreconocibles. Adentro, Arsenia esperaba en silencio percibiendo cómo vibraban las paredes con cada trancazo. Vencida, se dio cuenta de que en toda su vida no hallaría un momento más propicio para aprender a rezar y, aferrada a su madero áspero, balbuceó las primeras palabras de un padrenuestro incompleto. Era como si toda la cabaña se doblegara ante esa fuerza que era más oscura y pesada que la noche misma. Tiritando y entumecida debajo de la cama, Arsenia pasó las horas interminables. La cocineta voló a través de la única ventana con vidrio y rebotó afuera entre piedras y pedacitos de cristal. La cama se sacudió con cada patada en los postes de los que aún se agarraban unas pocas tablas, hasta que oyó el pavoroso rugido del techo desplomándose.

Cuando no quedaban ya trastos por aporrear o listones por partir, ella y su habitación eran lo único que aún permanecía entero, escuchó que los impactos perdían aliento. Empezó a clarear y en la breve rendija, bajo la puerta, reconoció la tímida luz del alba. Los golpes ahora se percibían como si arrojaran palos desde más lejos, rocas y escombros contra la única pieza sobreviviente. Amaneció por fin y las pedradas cesaron. Arsenia estaba exhausta, tenía el cuerpo frío y rígido, pero estaba viva. Sin moverse bajo las tablas y con la mirada clavada en la rendija no entendía por qué. Hizo un esfuerzo descomunal para ponerse de pie, sin soltar el madero se acercó a la salida y esperó. Silencio. Con un miedo terrible, estiró una mano y la puerta se abrió. Antes de avanzar hacia lo que figuraba un campo de guerra, volvió a esperar. Y cuando emergió de la única habitación, buscando esquirlas en el piso para no tropezar, volvió a quedar petrificada: sobre la mesita de madera había tres frascos, el radio de pilas y una muda de ropa doblada; al lado de la cocineta, ordenados los trastos y los tarros con cunchos de sal, azúcar y café. Colgada del techo, junto a la entrada, la lámpara de petróleo todavía encendida, y de una puntilla en la pared de enfrente un espejito sobre una cuchilla de afeitar, un cepillo de dientes despelucado y un jabón azul. La luz se colaba por la ventana a través del vidrio y la cortinita de fibra de fique.

Arsenia tardó lo que pareció una perpetuidad para comprender que debía salir corriendo de ese lugar. Una vez sus piernas se pusieron en movimiento no paró hasta llegar a su casa, a su cama y a su almohada, en donde lloró en silencio. Desde entonces se negó a volver a La Mina, desde

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