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Rodinia II - La revelación de Keid

Rodinia II - La revelación de Keid

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Rodinia II - La revelación de Keid

Longitud:
236 páginas
3 horas
Publicado:
May 15, 2020
ISBN:
9789585107212
Formato:
Libro

Descripción

Después de la destrucción de Rodinia, los Phixa están atacando de manera sistemática todas las colonias del planeta Tierra y los muertos se cuentan por miles. Lo peor es que las fuerzas de defensa humanas son muy débiles en comparación. Ahora, un hombre encontrado en un sarcófago al que nadie que lo haya tocado ha sobrevivido, es quien tiene las r
Publicado:
May 15, 2020
ISBN:
9789585107212
Formato:
Libro

Sobre el autor

Nació en Bogotá un 16 de febrero en una familia unida y numerosa. Desde muy pequeño descubrió el amor por el cine, la fotografía, la ciencia ficción y por contar historias, por lo que se convirtió en realizador audiovisual. Mientras trabajaba en cine y televisión, empleó los ratos libres para escribir historias y crear personajes, que más adelante se convirtieron en parte de un guión y una novela. Su último trabajo como guionista fue en la serie ROMA ganadora del premio India Catalina a mejor serie de ficción web 2019. Su pasión por la ciencia ficción, la mitología y espiritualidad lo llevaron a escribir Rodinia, saga de ciencia ficción que se desarrolla en un futuro en el que la especie humana experimenta el primer contacto con una civilización extraterrestre.


Vista previa del libro

Rodinia II - La revelación de Keid - Daniel G. Pérez

©️2020 Daniel G. Pérez

Reservados todos los derechos

Calixta Editores S.A.S

Primera Edición Abril 2020

Bogotá, Colombia

Editado por: ©️Calixta Editores S.A.S

E-mail: miau@calixtaeditores.com

Teléfono: (571) 3476648

Web: www.calixtaeditores.com

ISBN: 978-958-5107-20-5

Editor en jefe: María Fernanda Medrano Prado

Editor: Alvaro Vanegas @AlvaroEscribe

Corrección de estilo: Dahanna Borbón

Corrección de planchas: Nathalie Andrea Serna Gómez

Maqueta e ilustración de cubierta: Daniel Ramírez @rice_thief_

Diagramación: Daniel Ramírez @rice_thief_

Impreso en Colombia – Printed in Colombia

Todos los derechos reservados:

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño e ilustración de la cubierta ni las ilustraciones internas, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin previo aviso del editor.

Para ÉL, porque siempre cumple sus promesas, me permitió traerles la continuación de esta historia y me da lo que necesito para ser feliz.

Para mis padres Marlén y Rafael. Mis amados hermanos Julián, Joan y Natalia. Mi sobrino Rafita y mi cuñada Luz Andrea. Para Adri, Gabo y Abbu. Para Jake, el chato y Aleja. Para mis queridos amigos Esteban, Melissa y Giselly. Para Marlén González por su maravillosa amistad y su ayuda incondicional. Y para toda mi familia que amo y admiro. No me alcanzan las hojas para ponerlos a todos, pero si me ha alcanzado la vida para disfrutarla a su lado. Soy muy afortunado por tenerlos.

Para Alvaro Vanegas por su gran trabajo y paciencia, es un honor. Gracias por compartir con el mundo sus historias, su amistad y su manera de ser. El mundo necesita personas así.

Para Mafe y David los padres de la camada, y mi colega Andrés London por su amistad.

Para todos aquellos que me dieron la oportunidad de contar mi primera gran historia.

CAPÍTULO 1

Un reloj colgado en lo alto de una pared de hormigón marcaba las doce y diez de la noche. La pared hacía parte de un salón gigantesco y estaba iluminada por líneas tenues de luz cálida que caían desde pequeñas aberturas en el techo. En la pared de la derecha, había una vitrina repleta de frascos de vidrio largos, anchos y delgados llenos de sustancias de todos los colores, una pila de contenedores de plástico que advertían «riesgo biológico» y dos contenedores de metal con etiquetas de radiación. En la pared de la izquierda había un rack de servidores que abarcaba la pared de piso a techo; el mueble emitía miles de destellos que, por la ausencia de luz, parecía un cielo estrellado. En la pared restante se erguía imponente una puerta de metal reforzado que en lugar de perilla tenía un teclado numérico que estaba ubicada junto a un armario repleto de armas de asalto, granadas y dispositivos para inmovilizar. A unos metros de la puerta, un escritorio fabricado de una sola pieza de cristal oscuro, ubicado de frente miraba hacia el centro del lugar, hacia la zona donde la luz a duras penas alcanzaba a llegar. Allí, sentada en el escritorio, estaba Verónica Andrade, una mujer de 35 años con el cabello recogido hacia atrás, poco maquillaje y un uniforme militar de color verde muy oscuro.

Verónica estaba concentrada manipulando la superficie del escritorio, que a su vez servía como pantalla de computadora. Leía las delgadas líneas de texto en letra pequeña acompañadas del título «CLASIFICADO» en letras rojas. Cada página contenía la fotografía del mismo hombre de mediana edad, alto, delgado y demacrado. En casi todo su cuerpo había hematomas, cicatrices de puntos quirúrgicos ya sanados y heridas por punción, que es el rastro que dejan los pinchazos con jeringas. El hombre de las fotografías estaba siempre sobre una camilla, inconsciente, conectado por cables y electrodos a un par de máquinas dispuestas a un costado. Página tras página, un texto extenso describía el resultado de un nuevo tratamiento, pero en todas aparecía un sello con la palabra «INEFECTIVO». También había una carpeta que detallaba una serie de tatuajes hechos con efecto de relieve que dibujaban con formas geométricas entrelazadas mapas estelares, fórmulas matemáticas y escritura antigua. Cada extremidad tenía uno diferente.

A medida que avanzaba entre páginas, el mismo hombre lucía cada vez más demacrado y la piel se tornaba más oscura. En su cabeza se pronunciaba una mancha similar a una contusión que se extendía por toda la superficie visible a causa de la ausencia de cabello.

La mujer repetía como un ritual el ejercicio de tomar café y ampliar las fotos para examinarlas en detalle. Al cabo de un rato, cuando cambió la página, llevó a su boca el pocillo, se detuvo en seco y dejó caer un chorro sobre la superficie del escritorio. Verónica devolvió el pocillo al portavaso, limpió con la manga del uniforme la mancha de café y se quedó mirando aterrada. Sus ojos se abrieron más de lo normal, su pupila se dilató a medida que avanza entre párrafos. Arrugó la frente en señal de desconcierto, se echó para atrás contra el espaldar de la silla y pensó por un rato. Luego fijó la mirada en la zona de penumbra que gracias a la luz que emitía la pantalla del escritorio reveló un sarcófago que visto desde arriba tenía poco más de dos metros de altura, tal vez un metro de ancho y otro de profundidad; estaba puesto sobre una base de metal muy oxidado debido a las gotas de agua que escurrían de la superficie por efecto de la condensación.

Verónica miró el sarcófago, envuelta en la incertidumbre. Estaba sumergida en un pensamiento, en un recuerdo, en una sensación que creía haber olvidado y que solo había sentido en el momento que inició el trabajo con el sujeto que dormía dentro del sarcófago. Una sensación de terror que no tenía suficiente peso en la balanza, pero la mantenía justo en la mitad porque al mismo tiempo le generaba mucha paz. Por eso estaba enamorada de su trabajo. Por eso había hecho lo mismo durante tantos años.

Justo antes de tomar impulso para levantarse de la silla apareció un mensaje nuevo en la pantalla. Verónica lo abrió. Apareció un recuadro con una transmisión del canal de noticias. Había cinco recuadros pequeños que transmitían en vivo desde diferentes ciudades y en el más grande había un texto que decía: «en vivo desde la sede de las Naciones Unidas en Nueva York».

En el recuadro más grande estaba Khaputh, un humanoide de piel azulada y cuerpo delgado con las manos extendidas, ubicado a pocos centímetros del micrófono. No pronunciaba palabra, solo miraba hacia el público en el salón de la asamblea general de la ONU. Su frente y la superficie del cráneo eran transparentes por lo que se alcanzaba a ver el cerebro que emitía pequeños pulsos de luz que viajaban rumbo a la parte trasera de la cabeza, hacia la médula espinal. Tenía ojos grandes y azules con pupila oscura, que se extendían de forma ovalada hacia los costados; labios delgados y pequeños; tres orificios nasales y cabeza sin orejas. Estaba acompañado de otros dos humanoides un poco más pequeños que parecían escoltarlo a cada lado. Si bien los tres portaban un uniforme ceñido al cuerpo que resaltaba los músculos y una figura similar a la del ser humano, solo los escoltas tenían un casco puesto que ocultaba su rostro.

Los demás recuadros en pantalla transmitían la aparición de naves ovaladas que giraban a gran velocidad sobre las ciudades de Buenos Aires, Córdoba, Rosario y la Plata. Las naves, que tenían el diámetro de una cancha de tenis, giraban a gran velocidad mientras se formaba un remolino de nubes a su alrededor, efecto que acompañado de la luz que emitía la superficie del casco, generaba pánico y asombro entre las personas que se detuvieron para observar el espectáculo.

La cabeza del humanoide se encendió. Apareció estática en todos los recuadros y se escuchó un pitido agudo. Las naves se detuvieron en seco y emitieron una onda de energía que se expandió y arrasó con todo lo que encontró a su paso. La fuerza fue equivalente a la explosión de una bomba de hidrógeno. Levantó por los aires a personas, automóviles y escombros, hizo pedazos a los edificios y resquebrajó el pavimento de las calles. Hasta las nubes se movieron hacia los costados formando un anillo gigante en el cielo. Un hombre que huía salió disparado hacia la cámara que transmitía desde la ciudad de Córdoba y el recuadro se puso en negro. Las imágenes de los demás recuadros se cayeron una tras otra y después pasó lo mismo con la del canal de noticias.

Un frío recorrió su espalda, como si alguien o algo la estuviera mirando desde la penumbra. Como si una energía invisible detuviera su avance, como si algo no la dejara salir del lugar. El sentimiento tardó un rato hasta que se escuchó la alarma de emergencia. Se levantó y salió rumbo al comedor.

Allí un grupo de cincuenta soldados miraban sin parpadear la transmisión de noticias de una cadena internacional. Ninguno pronunciaba palabra. De vez en cuando intercambiaban miradas de asombro que al final regresaban de nuevo al televisor que transmitía las imágenes en vivo de la destrucción en las ciudades de Montevideo y Asunción.

—¿Qué hacen aquí? —gritó Verónica—. ¡Todos a sus puestos!

Los soldados obedecieron la orden.

Un joven que hacía parte del grupo de nuevos reclutas, siguió sin despegar la mirada del televisor. Verónica lo tomó del brazo y le dio un tirón con fuerza.

—¿Qué hace, soldado?, ¿no escuchó la alarma?

—Mi madre —respondió el muchacho con voz temblorosa—, mi madre vive en Montevideo.

Verónica cambió su expresión de autoridad a compasión.

—Recuerda tu entrenamiento —le dijo—, aquí tenemos un deber que cumplir, en Montevideo las autoridades se harán cargo. Ve por tu chaleco, tu arma y luego asciende a la superficie. Tenemos que proteger la base a toda costa.

El Joven asintió y salió del lugar con desgano.

Arriba, en la superficie, cientos de soldados corrían de un lado para otro. Las puertas del hangar, edificio que estaba ubicado a un costado de la entrada, se abrieron para dar paso a dos aviones Pampa X que aceleraron rumbo a la pista de despegue. Un grupo de soldados se ubicó en las trincheras de la entrada de la base y alistaron sus armas. En el horizonte se podía ver la silueta de las montañas debido a una serie de destellos que provenían de la ciudad que estaba detrás.

Verónica se detuvo en la puerta del búnker. Recordó las imágenes que había visto en el noticiero y en seguida comprendió que los destellos provenían de la ciudad donde solían ir a traer provisiones cada dos meses. Corrió hacia un tráiler que estaba parqueado al lado de un edificio de tres pisos que tenía en el techo tres antenas parabólicas. Empujó la puerta con fuerza, ingresó y examinó con rapidez el interior. Se sentó frente a un computador que estaba destinado a la comunicación de los soldados con sus familias y digitó su código de identificación para hacer una video llamada.

En la pantalla apareció el rostro de un hombre que tan pronto la vio sonrió.

—Hola amor —dijo en tono nostálgico.

—Hola— respondió Verónica y procuró controlar su respiración para no alertarlo.

—Creí que solo tenías permiso de comunicarte con nosotros hasta diciembre, de haber sabido que ibas a llamar no habría dejado que Yahir se durmiera.

—¿Dónde estás?

—En el avión, saliendo de San Diego.

—Pero ¿por qué en un avión?, ¡ya deberías estar en México!

—Mi madre —hizo una pausa—, mi madre falleció hace dos días. Le dio un infarto mientras dormía.

Verónica exhaló y agachó la cabeza.

—Lo…lo siento mucho. Debí llamarte antes solo que…

—Tranquila —repuso el hombre—, sé cómo es tu trabajo. ¿Qué es ese ruido?

—Es la alarma de emergencia. Al parecer hay un ataque en todo el territorio argentino.

—¿Ataque?, ¿ataque terrorista?

—No —respondió la mujer y se quedó pensando—. Creo que son ellos, tal vez por lo que pasó en el Instituto de Ciencias Aplicadas.

—Tienes que salir de ahí. ¡Tienes que salir ya! Tu lugar es con nosotros en Kenorland. Olvida las ordenes, tu cargo o lo que pueda hacer el gobierno. Tienes que venir y estar con nosotros.

—Lo sé —respondió Verónica y miró con melancolía el rostro de su esposo—. Pero primero debo asegurarme de que todos estén bien aquí. Es mi responsabilidad.

—Verónica, por favor.

En ese momento las llantas del avión se despegaron de la pista y la aeronave se elevó en el cielo de San Diego.…

—Prométeme —prosiguió el hombre—, que vas a salir de ahí y nos vamos a encontrar en la colonia.

—Te lo prometo —dijo Verónica con voz entrecortada—. Dale un abrazo a Yahir por mí.

—Está bien —dijo el hombre y miró al niño que dormía en la silla de al lado. Yahir tenía siete años, pero lucía grande para su edad, tenía el cabello enmarañado y corto como el de su padre, pero de tono rubio claro como el de su madre. Estaba profundo, desgonzado hacia la ventanilla donde las luces de la ciudad se hacían cada vez más pequeñas—. Haz lo que tengas que hacer.

Verónica asintió.

—Te amo.

—Yo también te amo, Guille.

Una luz intensa ingresó por la ventanilla del avión y se proyectó en el rostro de Guillermo. El hombre giró la cabeza y se acercó a la ventanilla con cautela. Encontró una nave que giraba a toda velocidad sobre la ciudad y que emitía una luz tan fuerte que parecía haberse hecho de día.

—¿Qué pasa? —preguntó Verónica al ver el rostro de su esposo.

Guillermo y los demás pasajeros se acomodaron para ver el espectáculo de luz. El tiempo pareció detenerse. Los cientos de personas en el avión entraron en pánico y comenzaron a gritar. Yahir se despertó por el ruido y abrazó a su padre que parecía hipnotizado por la luz. El niño se dio cuenta de que en el celular estaba el rostro de su madre, entonces sonrió y extendió la mano.

La nave ovalada que seguía acelerando en la cima de un rascacielos de la ciudad de San Diego se detuvo en seco y emitió una onda que redujo los edificios a escombros y se extendió junto a una nube de humo que se llevó consigo todo a su paso. Las luces de los postes en toda la ciudad se apagaron al mismo tiempo y solo quedó la luz de la nave que junto a la de los vehículos que volaban por los aires, parecían cenizas que saltan luego de atizar el fuego.

—¿Guillermo? —preguntó la mujer.

El hombre no respondió. Se quedó mirado el escenario de destrucción mientras la onda se expandía rumbo al avión. Entonces soltó el celular y se abalanzó sobre el niño. La onda impactó la aeronave y la lanzó con fuerza hacia un costado. Las maletas que estaban en los contenedores del pasillo cayeron por todos lados en la cabina. Las luces titilaron y la potencia de los motores aumentó.

—¡Guillermo! —gritó la mujer mientras miraba aterrada la imagen que transmitía la cámara. Guillermo abrazaba con fuerza al niño para protegerlo de las maletas que golpeaban a los demás pasajeros.

El piloto trató de retomar el control, la aeronave dio un par de vueltas en el aire y en lugar de precipitarse a tierra se elevó por la fuerza del viento que generó la onda. Todas las alarmas en la cabina de control se dispararon. Las máscaras de oxígeno se desplegaron, pero ninguno pudo alcanzarlas. Una maleta golpeó la cabeza de Guillermo y lo dejó inconsciente.

Verónica sin poder hacer ni decir nada observaba el escenario de destrucción mientras el teléfono rebotaba por las paredes de la cabina hasta que se cayó la señal. La mujer se cubrió la boca, empezó a temblar y sus ojos se llenaron de lágrimas. En su mente solo estaba el rostro de pánico de su esposo, acompañado del sonido del llanto de su hijo que con los gritos de las demás personas en la cabina describían con certeza el destino fatídico del avión.

Hubo una fuerte explosión.

Verónica cayó al suelo junto a los trozos de cristal de las ventanas que estallaron. El estruendo la aturdió durante un par de segundos. Escuchó un pitido muy agudo que poco a poco se fue disipando. Se agarró del escritorio y se puso de pie, se limpió un hilo de sangre que bajaba por su frente y miró por el orificio que quedó donde antes había estado la ventana.

Un grupo de soldados corría de regreso al búnker a medida que disparaban con sus armas hacia el cielo como si no tuvieran un objetivo claro. La mujer tomó un par de radios que estaban tirados en el suelo y salió del vehículo a toda prisa.

Una nave similar a las que atacaron las ciudades apareció en el cielo de la base. A pesar de tener menor tamaño, no dejaba de ser imponente. Los aviones Pampa le dispararon desde diferentes flancos con ametralladoras y misiles, pero ningún impacto le causó daño. En tierra un pelotón de treinta soldados le disparaba con ametralladoras de alto calibre, pero las balas rebotaban contra el casco. La nave enemiga se inclinó hacia el frente y desplegó un cañón. Un rayo de energía salió disparado a tierra incinerando a los soldados, las ametralladoras pesadas

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