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Grimorio escarlata

Grimorio escarlata


Grimorio escarlata

valoraciones:
5/5 (2 valoraciones)
Longitud:
424 páginas
7 horas
Publicado:
23 abr 2020
ISBN:
9789585107335
Formato:
Libro

Descripción

Cerca de un pueblo boyacense, en pleno campo, donde sus habitantes viven tranquilos y en paz, empiezan a ocurrir sucesos extraños: luces sin origen que parecen tener vida propia, comportamientos extraños de los animales y muertes espeluznantes sin explicación racional. Todo esto, al parecer, está ligado con un libro antiguo, tan poderoso como pelig
Publicado:
23 abr 2020
ISBN:
9789585107335
Formato:
Libro

Sobre el autor

Nació en Bogotá en 1993 y desde sus primeros años se enamoró del arte y las historias. Melómano, ávido lector de terror y fantasía. Ha participado en montajes escénicos de distintos estilos, incluyendo teatro interactivo de terror. Cursó talleres de actuación, dirección y escritura creativa. Es codirector de DOXA, colectivo artístico que realiza proyectos culturales y pedagógicos. Actualmente estudia Licenciatura en Artes escénicas y trabaja en sus próximos proyectos literarios.


Vista previa del libro

Grimorio escarlata - Rodrigo Nocove

trinidad.

Agradecimientos

A mi hermosa familia por su apoyo incondicional.

A Giselle Méndez por escuchar y leer mis historias con genuino interés e impulsarme a escribir.

A Kelly Parra por haberme introducido al género de terror y por su asesoría en los temas médicos de este libro.

A Laura Castillo por escucharme y lidiar con mis dudas y ansiedades creativas.

A Daniela Marianne González por su ayuda en la revisión de los primeros borradores y por señalarme errores que no había visto.

A Eduard Molina por sus inagotables consejos y su comprometido acompañamiento durante todo el proceso.

Al equipo de Calixta Editores, en especial a Alvaro Vanegas, por esta inmensa oportunidad y por el cariño que le ponen a cada nuevo producto.

Luces y sombras

Agosto de 1938

La Calera

Una sombría tarde de miércoles, bajo el azote de un combate de ventiscas, una niña de ocho años se internó en el bosque. Enfundada en una ruana de lana gris demasiado larga para su estatura, pero lo bastante gruesa para resguardarla del sereno, cargaba un balde vacío. Su nombre era Rósalin Barbosa, la hija única de una pareja de campesinos de treinta y tantos años, Ernesto Barbosa y Ángela León. La genética de ambos padres se podía apreciar con facilidad en el rostro de la niña: los ojos color café, la nariz recta y el mentón anguloso de Ernesto; el cabello castaño ondulado, la piel clara y el cuello alargado de Ángela. La familia vivía en una de las nueve parcelas que conformaban la extensa Hacienda San Jacinto, en la vereda El Rodeo. Allí se asentaba una prospera y bien estructurada comunidad de producción agrícola y ganadera, que marchaba bajo la dirección de sus propietarios, los esposos Gonzalo Vargas y Cecilia Ortega, que también residían allí junto a sus arrendatarios. A simple vista era fácil deducir quienes eran los patrones, pues su parcela era tres veces más amplia que las demás, y se erigía orgullosa en el centro oriente del terreno.

A Rósalin le caían bastante bien los patrones. Aunque no los viera muy a menudo, le parecían una pareja de lo más simpática y amable, siempre dispuestos a ayudar, cordiales en el trato con su familia. Aún no lograba comprender del todo cómo funcionaba el asunto del arriendo y el trabajo, pero le bastaba la idea general que con gran esfuerzo le había explicado su padre.

En cada parcela vivía una familia, con su propia casa y una holgada porción de terreno a su disposición. Allí podían cultivar, criar los animales que les fuera posible y obtener de la tierra lo necesario para su propio sustento. También podían vender productos de su cosecha haciendo tratos con los distribuidores de la Parcela Patronal, o llevarlos por su cuenta hasta la plaza de mercado. Don Gonzalo y doña Cecilia no cobraban una cuota monetaria de arriendo, pero los residentes debían trabajar como empleados en la Parcela Patronal, cuidar las zonas comunes y contribuir con un tributo ocasional de su producción. Esto consistía en permitir a los patrones tomar una pequeña canasta de productos, solo en ocasiones especiales, como aporte para preparar un almuercito de olla en el río, o un asado de integración para todos los vecinos. Algo que no ocurría más de tres veces al año.

Su madre acababa de interrumpirle un divertido juego de princesas cautivas, en el mejor momento, para obligarla a hacer los mandados. Rósalin odiaba que le hicieran eso y tenía la sensación de que su madre disfrutaba con su frustración cada vez que se esfumaba de su mente una fantasía, para traerla de vuelta a sus obligaciones. Los mandados solían ser siempre los mismos: llevarle la comida a los animales y traer el agua. Sobre todo, el agua. Al igual que en las demás casas de la hacienda, ellos no tenían electricidad ni servicio de gas ni alcantarillado ni ningún otro ‘servicio público’. Esas eran cosas que solo conocía por las historias de sus padres sobre las ciudades. Pero nada de eso era necesario. En la zona boscosa, el corazón verde de la hacienda pasaba un río donde podían abastecerse de toda el agua que necesitaran. Al igual que en las demás casas, tenían unos sencillos faroles de velas recubiertas con un cubo de cristal, de robustos bordes metálicos, como única fuente de iluminación.

Rósalin solía olvidarse de sus disgustos por las interrupciones en cuanto llegaba al río. Se dejaba llevar por la belleza del paisaje para jugar a los duendes del bosque durante horas, a veces casi hasta el ocaso. Pero esta vez era diferente, nunca la habían enviado tan lejos, ni le habían encargado esa tarea en particular. Debía desplazarse hasta la parcela de Omar García y Julia Sichacá, para traer una ración de lavazas. El camino la llevaría hasta el extremo opuesto de la hacienda, atravesando la zona boscosa, cruzando el río sobre un puentecito de tablas que aún no conocía.

A pesar de que Ángela siempre se encargaba de producir su propio abastecimiento de lavazas, cada tanto llegaba el momento en que los marranos lo derrochaban todo, y era necesario ir a pedirle a alguien más. En San Jacinto la gente era tan familiar que todo el mundo conocía los ciclos de producción de sus vecinos. Siempre se sabía a dónde y cuándo ir para pedir una u otra cosa. Esa tarde solo los García podrían ayudarlos con esa cuestión. Traer las lavazas solía ser una de las obligaciones de Ángela, pero ese mismo día, unas horas atrás, había sufrido una fisura en el fémur; uno de sus tres cerdos la empujó y la tumbó sobre una verja de madera que separaba el corral de los cultivos. No tuvo más opción que recostarse en su cama por el resto del día, con la pierna vendada, mientras maldecía a esos condenados marranos, renegó de ellos y juró que los dejaría esa noche sin comer para que aprendieran la lección. Pero eso no lo decía en serio, Ángela León era una ama de casa disciplinada que nunca dejaba una tarea pendiente o sin terminar. No podía dejar a sus animales sin alimento, así que envió a su hija en su lugar.

Rósalin se adentraba en la vegetación con una lentitud calculada, cargando el balde con ambos brazos, andando con cuidado junto a la ribera. Trataba de apreciar bien su entorno y memorizar el recorrido, para no perderse, para no meter los pies donde no debía, y no lastimarse. Ascendía y descendía con pasitos cortos por los desniveles del suelo, cada vez más pronunciados, entre una maraña de maleza, chamizos y raíces pronunciadas. Con cada paso se acercaba más al extremo norte de San Jacinto y a la alambrada que limitaba con San Gregorio: la otra gran hacienda, dividida en cinco parcelas, que pertenecía a María Clemencia Díaz, una solterona de cincuenta años. En aquella hacienda las condiciones para los arrendatarios eran muy similares a las de San Jacinto; con la excepción de que su patrona sí les cobraba un monto regular por la posesión de la tierra, alegando que era justo obtener una retribución monetaria, además del trabajo, por ceder una parte de su propiedad. Rósalin solo se había cruzado una vez con esa señora, sin llegar siquiera a saludarla, pero ya se había armado una nítida imagen de ella con base en los rumores. María Clemencia era sin duda la mujer de quien peor se hablaba, a sus espaldas por supuesto, en toda la vereda.

Tras andar un buen trecho y seguir el dulce rumor del agua, Rósalin pasó junto al meandro donde su madre se encontraba con las vecinas para lavar la ropa, dos o tres veces a la semana. A veces, Rósalin la acompañaba para ayudarle a cargar algunas prendas, y se entretenía con el ruidoso chismerío de las lavanderas, que sonaba como una bandada de cotorras diciendo cosas de lo más variopintas:

«¡Ay, este dolor de cadera me va a matar!», «aplíquese un batido de huevo con banano en el cabello y verá cómo le crece», «figúrese que anoche mi marido vio unas bolas de luz verdosa flotando en el bosque, y mi hermana también ha visto cosas raras», «me contaron por ahí que María Demencia Díaz está enamorada de don Gonzalo, y la verdad es que sí se le nota».

La niña llegó a su destino con las últimas luces del día. Los García la recibieron cordiales con una buena merienda: envueltos de mazorca con una taza de chocolate humeante. La noche cayó mientras terminaban de comer. Entonces, la enviaron de vuelta a casa con el balde más pesado que nunca, lleno de una densa viscosidad de sobras malolientes de todo tipo de verduras y carnes, las mejores lavazas de todo San Jacinto. También le prestaron uno de sus faroles y un gorrito de lana para resguardarla del frío nocturno.

Sin la luz del día, la zona boscosa lucía amenazante, intransitable, como si se enredara más a propósito, para atrapar en su red a los visitantes indefensos. Le hacía pensar en los cuentos de miedo sobre monstruosas criaturas de la noche, que acechan hambrientas en el bosque. Su madre había dejado de contarle esas historias cuando estas le causaron las primeras pesadillas, y luego las reemplazó por las canciones y las rimas para la hora de ir a la cama. Una linda melodía era siempre un buen remedio para el miedo a la noche. Rósalin tuvo que hacer uso de ese remedio para ser capaz de emprender el camino de regreso; se dispuso a entonar, una vez tras otra, una de las canciones que su madre solía cantarle para ayudarla a dormir:

Una vez hubo un juez que vivía en Aranjuez,

Fue a pescar un gran pez, uno, dos y tres.

A la orilla lo comió, y al solcito se durmió.

Y después, un, dos, tres, se volvió a Aranjuez

Su vocecita se entremezclaba con el coro de grillos y sapos que provenía de la oscuridad, fuera del círculo lumínico de su pequeño farol. De vez en cuando, el viento traía ecos lejanos del ladrido de un perro. Tras media hora de recorrido, Rósalin divisó entre la vegetación las luces parpadeantes de unos faroles, colgados frente al camino de entrada a la Parcela Patronal. Aceleró el paso y decidió andar la siguiente parte del trayecto por el sendero pedregoso, que partía del límite con San Gregorio, pasaba por el portón de don Gonzalo y continuaba comunicando las entradas de varias casas. Estaba a punto de llegar al sendero, pero un sonido imprevisto la hizo detenerse en seco. Era una voz femenina grave, ronca y destemplada, que canturreaba en una extraña jeringonza con un tono solemne. No era posible distinguir ninguna de las ¿palabras? de esa indescifrable cantaleta rítmica.

Rósalin dio tres pasos cautelosos para asomarse hacia el sendero, a través de las ramas más bajas de un cedro frondoso. El misterioso canturreo aumentaba de volumen y claridad a medida que se hacía visible la figura de una señora, bajo el halo de luz de los faroles colgados frente al portón de madera. Tenía el cabello negro, largo y desgreñado, su cuerpo parecía un tonel forrado con un vestido viejo y caminaba en un errático zigzag, arrastrando las sandalias mientras vociferaba. En su mano izquierda llevaba una botella grande de cerveza, de la que bebió un trago generoso al tiempo que se detuvo entre los dos faroles. La jeringonza se redujo a tres únicas frases cortas, que se repetían musicalmente, cada vez con más fuerza. Al mismo tiempo, el brazo rollizo de la mujer se movía en enérgicos azotes, derramaban cerveza y trazaban una cruz con el líquido sobre el portón. Del mismo modo dibujó un círculo de cerveza en el suelo y, dentro de este, una figura que Rósalin no alcanzó a reconocer. La botella no tardó en quedar vacía. La cantaleta indescifrable cesó de pronto. La mujer giró sobre sus talones y emprendió el camino de vuelta hacia San Sebastián. Rósalin alcanzó a verle el rostro. La reconoció. No cabía duda, esa señora era María Clemencia Díaz.

Ángela se recuperó de su lesión un par de meses después y no tardó en retomar todas sus obligaciones, pues su esposo apenas podía cumplir con las propias y había mucho trabajo atrasado, a pesar de la comprometida ayuda de Rósalin. Los roles eran claros. Era Ernesto quien debía trabajar extensas jornadas en las zonas comunes y en casa de los patrones: ordeñar las vacas, castrar animales, recoger la cosecha y cargar los bultos. Por su parte, Ángela hacía las labores domésticas y trabajaba en sus propios cultivos: papa sabanera, papa pastusa, papa criolla, cubios, arracacha, entre otras cosas. Casi nunca tenían un excedente de la cosecha para vender, pero siempre les bastaba para estar bien alimentados. Después de una década de matrimonio, Ángela había aprendido a disfrutar de su rutina y sus tareas, al menos algunas de estas. Su favorita era por mucho ir al río a lavar la ropa.

Esa tarde nublada del 31, volvió al río cargando su costal de prendas sucias, al esperado encuentro con sus vecinas. En el transcurso de esa jolgoriosa sesión de lavado, se puso al día con todos los chismes de sus amigas, y no tan amigas, y con las pequeñas noticias que más adelante marcarían un punto de inflexión en la vida de toda la hacienda.

Como siempre, el parloteo fue frenético:

«El jugo de papaya con sábila sí que es bendito para subir las defensas», «mi marido volvió a ver las bolas de luz, y dice que pueden ser señales de una guaca que está enterrada por ahí», «escuché que doña Cecilia ya se enteró de que María Demencia es la moza de don Gonzalo, a lo mejor esa señora le hace ‘cosas raras’ al patrón para que se fije en ella».

Mientras tanto, Rósalin estaba sola en casa pasando el tiempo a su gusto. Ya había hecho los oficios que le había encomendado su madre, y podía utilizar como campo de juego toda la parcela. La casa era pequeña, sí, y se veía muy simple con sus muros de ladrillos sin pintar, con su techo recto de tablas anchas, sus dos estrechos niveles, dos habitaciones, una cocinita de leña y un comedor; pero a Rósalin le gustaba jugar a que ese era su castillo, y que su huerta y sus corrales eran su reino. Su hogar siempre fue el escenario perfecto para incontables aventuras imaginarias.

En ese instante se encontraba preparando un banquete real entre el barro que inundaba los surcos de la huerta, amasando postres y pasteles de barro. De repente sintió que una gélida punzada recorría su espalda de abajo hacia arriba, todo su cuerpo se estremeció. Alzó la vista, y se encontró de frente con un enorme perro negro. A primera vista tenía el aspecto de un labrador, pero, a juzgar por sus facciones prominentes, bien podría estar enrazado con un pitbull, un rottweiler o quien sabe qué otra raza, como la mayoría de los perros criollos en esa región. Este la observaba fijo, sin hacer otro movimiento que el leve vaivén torácico de la respiración. Tenía una mirada penetrante y unos hipnóticos ojos rojizos con un tenue resplandor de brazas.

Rósalin sintió que, de un modo inexplicable, ese brillo la invitaba a acercarse, la cautivaba, le hizo estirar la mano para tocar ese lacio pelaje, pero el perro esquivó la caricia retrocediendo unos cuantos pasos y luego unos cuantos más, alejándose poco a poco de la casa. Ella no tardó en ponerse de pie para perseguir al animal, que la conducía hacia el interior de la zona boscosa, donde algunos vecinos decían ver bolas de luz flotantes.

La noción del tiempo era más difusa a medida que se adentraban en la vegetación. Podría haber pasado un minuto o quizá varias horas, era difícil decirlo. Fue suficiente para que la niña tropezara, se enredara con la maleza que crecía entre los árboles y cayera de bruces en varias ocasiones. Mientras tanto, el perro se internaba más en el bosque, agitaba la cola y caminaba sin inmutarse, como si la misma vegetación le abriera el paso; cada tanto se detenía un instante para girar la cabeza, como si quisiera cerciorarse de que la niña aún estuviera detrás de él. Ella sabía lo que eso significaba: él quería llevarla a algún lugar específico. Con cada paso, el camino se hacía más difícil de transitar y la vegetación más tupida. La maleza era como una telaraña viva luchando por retener a su presa. Cada vez se filtraba menos la luz del sol por entre las ramas, entrelazadas como un nido de serpiente entre un follaje cada vez más espeso. Pero a Rósalin no le importaba nada de eso porque un fulgurante ardor en el pecho, de frenéticas palpitaciones, la impulsaba a lanzarse sin mente a la aventura. Parecía estar ocurriendo algo como en los mejores cuentos de hadas.

El animal se detuvo en seco, se dio la vuelta y le clavó la mirada. Rósalin sintió de pronto que el tiempo se detenía y los sentidos se le apagaban. Ya no percibía el roce del viento sobre su piel ni podía escuchar los murmullos del bosque. Vio entonces que el mundo a su alrededor dejaba de existir de manera gradual, se difuminaba y se sumía en una profunda y compacta negrura. Lo único que resistió al apagón y se mantuvo visible fue el resplandor de los ojos del animal; tan brillantes, tan relajantes, tan hermosos… De repente la criatura empezó a hablarle.

No se escuchaba como un sonido proveniente de la boca del can, sino más bien, una voz que provenía del interior de su propia cabeza, como si pudieran conversar con el pensamiento. La voz masculina aflautada y simpática le dijo:

—Rósalin, me alegra mucho que hayas decidido acompañarme hasta mi casa, me llamo Lito.

¿Qué estaba ocurriendo?, ¿cómo era posible que un perro le hablara y supiera su nombre? Antes de que empezara a preguntar el animal le respondió. No solo era capaz de conversar con pensamientos, podía leerlos, aunque no le fueran emitidos.

—¿Que cómo sé tu nombre? No es la primera vez que nos vemos, ¿no te acuerdas? —susurró con gentileza la voz—. El día que fuiste por las lavazas escuchaste unos ladridos ¿verdad? Ese era yo. Quería jugar contigo. Y al fin me has permitido el gusto de conocerte. Te diré mi secreto. Yo no pertenezco a este mundo, vengo de un hermoso reino mágico lleno de maravillas, como nunca has soñado. Algún día podrás viajar allá, conmigo. Allá te enseñaré a volar como un hada y podrás ver la magia de todas tus fantasías. Podrás hacer los más deliciosos pasteles y los más imponentes castillos. Podrás traerle a tu familia la felicidad absoluta. Pero aún no estás lista para ir. Te daré un regalo para que aprendas música, pues la música es alimento para el espíritu, y si logras dominarla, tu alma estará lista para la gran aventura. Debes comprometerte con eso y debemos ser amiguitos por siempre. ¿Estás de acuerdo?

Era increíble. Su madre le había contado decenas de historias repletas de hadas y fantasía. Siempre había deseado que pudieran suceder en la realidad, a pesar de las advertencias aguafiestas de su madre: «todo eso son mentiras Rósalin. Es solo para que te relajes y te quedes dormidita». Pero su madre tenía que estar equivocada. En ese momento su sueño se volvía realidad. Estaba experimentando autentica magia. Llena de un incandescente júbilo, y con una sincera y profunda sonrisa infantil, Rósalin aceptó la tentadora propuesta de Lito. Al fin y al cabo, era el más adorable perrito que hubiera conocido. Además, era mágico y podía hablar. Nada mejor podría pasar.

Poco a poco, el manto negro se iluminó y dejó entrever las siluetas de la vegetación. Los sonidos y sensaciones del bosque fueron retornando poco a poco. La criatura desapareció mimetizada entre las sombras que proyectaban los jorobados cedros sobre el suelo, y dejó atrás una pequeña bolsa de tela entre la tierra. Rósalin se agachó y la abrió con cuidado, adentro había una curiosa ocarina de barro que parecía hecha a mano y tenía la forma de un gracioso rostro canino.

Tal vez fue producto de la magia. Tal vez en realidad su alma se estaba alimentando y tenía una mayor perspectiva de las cosas. En ese momento, sin necesidad de palabras o de escuchar voces, Rósalin tuvo la absoluta certeza de que ese instrumento era el sello de su alianza. De una u otra forma, Lito estaría con ella siempre, mientras lo mantuviera en su poder.

Dos semanas después, los patrones de las dos haciendas sorprendieron a toda la comunidad con la toma de una decisión escandalosa, que afectaría hasta las más íntimas fibras los vecinos. La relación de cordialidad y mutuo apoyo, que solía existir entre San Jacinto y San Gregorio, se resquebrajó con profundas grietas de desconfianza e hipocresía.

Esa mañana, Ángela estaba sirviendo un copioso desayuno, con tamales, chocolate y pan, cuando su marido empezó a darle vueltas al tema.

—¡Don Gonzalo se chifló! —vociferó Ernesto mientras luchaba con el nudo que mantenía cerrado su tamal. Le dedicó una mirada a su mujer—. Parece que tus amiguitas tenían algo de razón, imagínate que ya se divorció de doña Cecilia, y dizque ya quiere casarse con María Demencia.

—Eso se veía venir, pero… ¿Cómo van a hacer con las tierras de la hacienda si están a nombre de los dos? —inquirió Ángela con mucha más consternación de la que creía sentir—. ¿Cómo van a hacer con la tal separación de bienes y todo eso?

—¡Yo qué sé! Me imagino que alguna parte de San Jacinto se va a volver parte de San Gregorio. Los patrones no han hablado del tema, pero eso es lo que dice todo el mundo.

—¡Cómo detesto a esa María Demencia! Es obvio que le mandó a hacer algo a don Gonzalo. Dios quiera que nuestra casa no pase a ser de ella.

—¿Y qué fue ese ‘algo’ que le mandó a hacer?

—Creo que un… trabajo.

—¿Un trabajo?

—Sí, un amarre o una sopa de calzón, algún hechizo.

—¡Esos son cuentos de viejas! El tipo es un idiota y ya. Pero estoy de acuerdo: no quiero tener que rendirle cuentas a ese tonel con peluca.

En ese instante Rósalin apareció en el comedor frotándose los ojos con las mangas de su pijama lanudo. La conversación se detuvo mientras crecía como una nube de tormenta en la mente de Ángela. Desayunar con su hija solo la distrajo por un rato de ese incómodo pálpito. Su vida iba a cambiar sin remedio, aunque se quedara en San Jacinto y no fuera tocada por María Demencia, porque todo su entorno se iba a transformar. Lo sabía, lo sentía.

Al día siguiente, Ángela despertó cansada, como si no hubiera dormido más que unos segundos. Mientras sus sentidos iban retornando a la realidad, un doloroso escozor se intensificaba en su espalda. Sentía unos pinchazos palpitantes que la obligaron a ponerse de pie y dar brincos hacia el tocador. Se levantó el camisón, dio tres cuartos de vuelta y revisó entre los omóplatos de su reflejo. Su piel lechosa estaba atravesada por un rasguño vertical rojizo. Se veían con claridad las marcas de tres dedos, con pequeños rastros de sangre seca. No era una herida peligrosa o que necesitara de atención médica, pero sí era una clara muestra de agresión. Su primer pensamiento fue que ella misma se la había hecho mientras dormía, pero no había manera de retorcer sus brazos, sin dislocarlos en el intento, que le permitiera llegar a ese lugar y en ese ángulo.

Ernesto se levantó de la cama en ese instante, lagañoso y despeinado, y se acercó al espejo junto a su esposa, con su típico semblante de ternero bobalicón. Ahí estaba la respuesta. ¿Quién más podría haber sido?

—Ernesto, una pregunta —dijo Ángela con impostada calma—. ¿Qué fue lo que USTED me hizo anoche?

Lo estaba tratando de ‘usted’ a propósito. No importaba cuánta fuerza, cuánta verraquera y hombría se esforzara en demostrar Ernesto Barbosa en cada situación, ella sabía que en el fondo había una criatura temerosa y vulnerable, como todas, y sabía qué llagas presionar para dejarlo indefenso. Ya era un código de pareja: cada vez que Ángela León trataba de ‘usted’ a su marido, significaba que iba a permanecer enojada y hostil con él, semanas enteras de ser necesario, hasta que él estuviera quebrado rogándole perdón. Siempre funcionaba, porque ella solo se enojaba así cuando estaba segura de tener la razón y porque el varón, Ernesto Barbosa, no era capaz de soportar de indiferencia de su mujer.

Ángela estudió su reacción: el hombre quedó atónito e hizo una mueca de interrogación con los ojos bien abiertos, mientras observaba el rasguño que ella le señalaba. Se quedó en silencio unos segundos con su cara de babieca.

—Yo no le hice eso, mujer —gruñó Ernesto mientras se empezaba a limpiar las lagañas.

—¿Cómo qué no? Anoche, antes de dormirme, no lo tenía.

—Entonces se lo hizo usted misma.

—No me crea tan estúpida. Yo puedo aceptar que USTED me lo hiciera dormido y sin intención, aunque me parezca raro, pero no me venga a decir que soy yo la de la culpa.

—¡Ya le dije que yo no fui! Yo no soy el que pega patadas cuando duerme y, además, anoche dormimos de espaldas, porque usted me dijo que no la tocara. Siempre es lo que USTED dice. No me venga con sus cuenticos para hacerme sentir mal.

Esa fue una ofensa muy personal, que él le gritara y la tildara de mentirosa y artera. El ardor del rasguño aumentó y le calentó la sangre, hasta en las sienes, hasta hacerla estallar en un chillido furioso:

—¡Ah! ¡Ahora yo salí a deberle! ¡Qué descarado!

—¡Ay ya, cállese la jeta que me ve a hacer llegar tarde al trabajo! Tengo que ir a partirme el lomo por USTED.

El último disparo fue certero. Ángela se quedó en silencio, dolida, mientras él salía sin decir más y azotaba la puerta. ¿Cómo podía su amado echarle en cara su trabajo con los patrones, como si ella no tuviera mucho qué hacer también y como si ese esfuerzo no valiera nada?

La pareja solía cuidarse de no pelear en presencia de Rósalin, de hacerlo en privado, pero esta vez ninguno de los dos pensó en la niña en el momento de alzar la voz. Rósalin había madrugado a estudiar la melodía del Juez de Aranjuez con la ocarina, y se quedó como un tempano cuando escuchó la gritería en la otra habitación, justo al otro lado de la pared sobre la que recargaba su espalda. La niña tardó unos segundos en asimilarlo, luego se derritió en un aluvión de lágrimas.

Esa tarde Ernesto volvió a la hora de la cena, con noticias imprecisas sobre el asunto de las tierras:

—Según entendí, como don Gonzalo es propietario del 50 % de la hacienda, se va a quedar con la mitad de las tierras, o sea, con las cuatro parcelas que están más cerca de San Gregorio. De eso nos salvamos.

—Gracias a Dios —Suspiró Ángela aliviada, mientras degustaba el aroma de su taza de aguapanela.

—Sí. Pero eso no es todo —continuó Ernesto y se sentó a la mesa—, escuché que van a reconstruir San Gregorio aprovechando las tierras nuevas, aunque los patrones no han dicho nada de forma… oficial.

—¿Qué va a pasar entonces con la gente que vive ahí?

—Ni idea. Los García creen que les van a permitir seguir viviendo ahí, pero van a tener que asumir las reglas y condiciones de María Demencia, y trabajar para ella porque ahora están en su hacienda. Pero hasta ahora todo es suposición.

Pasaron los días y se confirmaron las palabras de Ernesto. Don Gonzalo anunció que las familias de las tierras en cuestión podían quedarse y trabajar para él, que nadie iba a ser desalojado. Las alambradas que dividían las haciendas fueron modificadas, y ahora se atravesaban por la mitad de la zona boscosa para dejar claro quién dominaba ahora la región.

En el transcurso de veinte días, se esfumaron tres de las nuevas familias de San Gregorio: los Alméciga, los Rodríguez, y los Agredo; nadie en San Jacinto volvió a verlos. Según las palabras oficiales de Gonzalo y María Clemencia, esas familias no pudieron llegar a un acuerdo con ellos sobre las nuevas condiciones y prefirieron entregar sus tierras para mudarse a un nuevo hogar. Solo los García se quedaron en su hogar y aceptaron el cambio.

Las tres parcelas abandonadas habían pertenecido a las mejores amigas de Ángela. Con la nueva distribución de tierras, las mudanzas inesperadas y la creciente desconfianza, la sociedad de lavanderas chismosas perdió numerosos miembros y todo rastro de iniciativa para seguir reuniéndose. El lavado de ropa en solitario se convirtió en lo habitual. Los encuentros eran esporádicos y siempre producto de coincidencias. Nunca se llegaban a encontrar más de dos mujeres a la vez.

En esos días, Ángela se topó con Inés Pérez, su vecina más cercana, ‘sobreviviente’ de San Jacinto, y descubrió alarmada que cualquier intento de chismorrear, se convertía en un desfile de malas noticias, sin rastro del humor que solía acompañar esos encuentros.

Sin embargo, hubo más chismes que nunca:

«Nadie los vio irse, ni los García», «mi marido dice que de seguro los obligaron a desalojar a las malas. Alguien le contó que las tres familias recibieron cartas de amenaza para que se fueran», «anoche escuchamos voces en el bosque, al otro lado de la alambrada, donde mi marido vio las luces verdes; estoy segura de que eran María Demencia y sus amigos, buscando la guaca», «de seguro esa vieja ya había planeado todo, para

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