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Cómo crear un ser humano

Cómo crear un ser humano

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Cómo crear un ser humano

Longitud:
496 páginas
7 horas
Editorial:
Publicado:
Mar 20, 2020
ISBN:
9788417866853
Formato:
Libro

Descripción

A todos nos han contado esa historia de que "papá pone una semillita en mamá…" y todos sabemos cómo termina: con un bebé. Sin embargo, ¿sabríamos decir realmente cómo un óvulo fecundado se convierte en un ser humano? La respuesta de la ciencia resulta incluso más asombrosa que el famoso relato.

Philip Ball explica de una manera fascinante cómo se crea, efectivamente, la vida. Y, además, cómo la ciencia es hoy capaz de reproducirla en un laboratorio. Nos introduce en los últimos avances científicos que ya evitan ciertas enfermedades congénitas, ofrecen múltiples opciones de reproducción asistida, revelan nuestro linaje genético… y tantas cosas más.

Tan irresistible es escudriñar la realidad a la escala microscópica del ADN como abstraernos en reflexiones filosóficas. Cómo crear un ser humano no es una mera discusión científica, sino que adquiere implicaciones morales y sociales, y nos lleva incluso a cuestionar nuestro sentido de la identidad: ¿qué significa ser humano?
Editorial:
Publicado:
Mar 20, 2020
ISBN:
9788417866853
Formato:
Libro

Sobre el autor


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Cómo crear un ser humano - Philip Ball

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PREFACIO

El presente libro nació de un asombroso experimento en el que me invitaron a participar, y que implicaba la transformación de una parte de mi cuerpo.

En el transcurso de su escritura, tras consultar a científicos sobre biología celular y fertilidad, embriología y medicina, filosofía y ética, caí en la cuenta de hasta qué punto la ciencia, en estos campos en particular, viene impulsada por historias.

No me refiero a historias humanas (es decir, a aquellos relatos sobre personas que se consideran fundamentales para captar la atención de una audiencia general), sino más bien a que nuestra percepción del significado de la ciencia se forma a través de las historias que tenemos de ella. Existen relatos impuestos por la sociedad sobre nuevos descubrimientos y avances, que suelen estar cortados por un patrón más antiguo. En biología –en particular, en biología del desarrollo, biología celular y biología reproductiva– estas historias provienen por lo general del mito, la ciencia ficción y la fantasía, y son a menudo alarmantes, por ejemplo: podrían inspirarse en Frankenstein, Un mundo feliz o La isla del doctor Moreau. Sin embargo, también existen historias que los propios científicos crean y reciclan. En las ciencias biológicas se da con mayor frecuencia que en el resto, esencialmente debido a que la biología es una ciencia de transformación, donde la narración importa, y donde parece que estamos obligados a hablar de objetivos y finalidades: qué es lo que quieren organismos, células y genes, y qué es lo que la evolución pretende realizar.

Un aspecto significativo del objetivo de este libro es el de presentar y explorar dichas historias. No son algo malo en absoluto. Más bien al contrario, resultan esenciales y, por lo general, ilustrativas, ya que se ajustan a la forma en la que nosotros, los humanos, le damos sentido a nuestro mundo, con el instinto que nos es propio de buscar y encontrar la causalidad, las razones que subyacen tras las cosas. Aun así, también tienen un peligro, y es que podríamos empezar a confundirlas con las propias descripciones.

Uno de los ejemplos clásicos de narración marco en biología es el concepto de Richard Dawkins sobre el gen egoísta. Dawkins tuvo que defender esta idea contra las acusaciones que sostienen que atribuye a los genes una suerte de agencia e intención, porque, por supuesto, no es más que una simple metáfora. El problema viene cuando una metáfora alcanza tal nivel de popularidad que empieza a entenderse (y, a veces, se presenta) como un relato sencillo de lo que son las cosas. Cuando Dawkins se refiere a nosotros –individuos– como las máquinas de supervivencia de los genes, no está definiendo al ser humano, sino explicando lo que se nos exige que seamos dentro de la narración del gen egoísta. La narración se utiliza para expresar un aspecto particular sobre el funcionamiento de los genes en términos evolutivos. Si esta historia no os gusta, o no la encontráis útil, no estáis obligados a aceptarla; no hay nada de real en ella. Lo mismo dijo Dawkins: en El gen egoísta admite que tenía que haberlo titulado, rigurosamente: La gran proporción de cromosoma ligeramente egoísta y la pequeña proporción de cromosoma aún más egoísta.¹ Acertó al sospechar que el libro no hubiera alcanzado tanto éxito con ese título. Mucho más adelante llegó a admitir que también podría haberlo titulado El gen cooperativo. En tal caso, el relato habría sido distinto, por supuesto, y habría servido para ilustrar otra faceta del funcionamiento de los genes.

Tal y como reconoce implícitamente Dawkins, la biología es demasiado compleja y complicada como para verse reducida a una sola historia. Esa es precisamente la razón por la que necesitamos historias que nos hablen de ella: nos ofrecen algo a lo que aferrarnos, una forma de encontrar un camino entre los matorrales. En la mayoría de los casos, hay más de una.

Eso sí, no se trata simplemente de que debamos recordar que esto es lo que estamos haciendo. También debemos tener presente que las historias no son vehículos neutrales para la comprensión. Cuando enmarcamos algún avance médico dentro de la narrativa de Un mundo feliz, no solo estamos diciendo ¿Esto no te recuerda un poco a las incubadoras de personas del libro de Aldous Huxley?, sino también […] y deberíamos desconfiar, incluso asustarnos, de a dónde nos puede llevar. Exactamente lo mismo se aplica a El gen egoísta. El subtexto de la historia aquí es que la evolución darwiniana es inflexible, que produce un mundo lleno de obstáculos, una batalla de supervivencia de abajo arriba. Según Dawkins, esto no implica que los seres humanos sean egoístas de nacimiento; de hecho, demuestra que puede darse el altruismo entre los genes egoístas. Sin embargo, la conclusión es que el hombre es egoísta por naturaleza, y Dawkins aconseja, por esta simple razón, que deberíamos esforzarnos en romper con lo establecido y ser amables entre nosotros. De todas formas, la cuestión es que se puede hablar de la evolución darwiniana y de sus genes sin que aparezca en ningún momento el tema del egoísmo, y el cariz de la historia, entonces, sería distinto; uno en el que los comportamientos no se muestran como consecuencia emergente y quizá contraintuitiva de una estrategia genética egoísta, sino sencillamente como aspectos de la complejidad de la biología: tanto la cooperación como las estrategias predatorias más bestiales, la guerra y la paz, el amor y la crueldad. Cada una de estas palabras se encuentra cargada en las mismas proporciones de narraciones no impuestas por la propia biología.

Por esta razón, me mantendré en estado de alerta continua ante la narrativa, cuestionándome: ¿por qué esta historia y no cualquier otra?. Ya estemos hablando de cáncer o de inmunidad, de señalización celular o de ingeniería tisular, la ciencia viene empaquetada desde el principio dentro de una historia, y esto significa que le atribuimos una representación, tomamos decisiones sobre qué incluir y qué no, y sugerimos determinados objetivos, y no otros. Incluso los científicos, cuando hablan entre ellos, necesitan hacer uso en algún momento de metáforas e historias para permitir que la mente pueda asumir conceptos que, de otra forma, se le escaparían o le resultarían demasiado complicados. El único peligro de todo lo anterior, así como de las historias sobre los genes egoístas, viene cuando nos convencemos de que todo lo que hacemos es relacionar verdades objetivas.

También le sugiero que se mantenga alerta ante las historias que yo mismo pueda utilizar, ya que soy tan poco inmune como cualquier otra persona a la tendencia, a la necesidad de contar una historia y al hábito de hacer uso de instrumentos estructurados de forma inconsciente. Réteme. Prometo intentar que no me importe.

Por esta misma razón también creo que siempre es importante saber algo del contexto histórico en el que ha surgido una idea científica. Veremos, por ejemplo, que en su origen se ha considerado que la teoría celular tiene una dimensión política, y que el cultivo tisular se rige por las agendas sociales. Algunos científicos podrían pensar: Oh, pero eso era antes, y ahora nos hemos deshecho de ese bagaje y solo trabajamos con puros hechos. Pero sospecho que pocos científicos que trabajen en el campo de la fertilidad y de la infertilidad dirían esto, y claramente no deberían. Saben perfectamente que cualquier descubrimiento que hagan se refractará a través de un complejo legado social de actitudes en torno a la creación de bebés, el sexo y el género. Los genetistas trabajan en la sombra del pasado eugenésico de su campo, y esto sobrepasa el duro hecho de que un trabajo así alguna vez condujo a la esterilización forzada de lo inadecuado en muchos países y llegó a ser adoptado por los nazis. El malestar y la polémica siguen existiendo en la actualidad ante las implicaciones de la genética para cuestiones incendiarias como raza, clase, inteligencia y discapacidad. Esto significa que la cultura, pasada y presente, puede dar forma a las preguntas científicas que nos hacemos, los modelos que desarrollamos y las historias que contamos.

Sé por experiencia que existe un tipo de lector que piensa: Eso no me importa, ¡dime solo lo que dice la ciencia!. Si eres uno de esos lectores, esta es mi humilde respuesta: No puedo darte ‘solo ciencia’, porque esta ya viene acompañada de una historia. En este campo –que considero impresionante, perplejo, a veces inquietante– nunca se puede hablar ‘exclusivamente de ciencia’.

Es imposible que cómo crear un ser humano sea una pregunta meramente científica. Eso es lo que la hace tan interesante.

1 Dawkins, R. (1976): The Selfish Gene, Oxford, Oxford University Press, p. 35.

introducción

MI CEREBRO EN UNA PLACA

En el verano de 2017 me sacaron un trocito de brazo que se convirtió en un rudimentario cerebro en miniatura. Con este libro pretendo darle sentido a esa extraña experiencia.

Un caluroso día de julio de aquel año estaba tumbado en una camilla del Instituto de Neurología del University College de Londres (UCL) cuando el neurocientífico Ross Paterson me extrajo un pedacito de hombro con el equivalente quirúrgico de un minidescorazonador de manzanas. Una pequeña dosis de anestesia local logró acabar con el dolor; para mi gran alivio, apenas hubo sangre.

Bañado en una solución de nutrientes de un tubo de ensayo, ese pedacito de mi carne fue la semilla de lo que, ocho meses después, tendría el aspecto de un cerebro diminuto.

Mi propio minicerebro, formado por una pequeña amalgama de neuronas, tenía el tamaño de una lenteja. Se conectaron entre sí formando una red densa y podían enviarse y recibir señales como hacen las neuronas. No diré que estuvieran pensando; seguramente esas señales no fueran mucho más que chispas aleatorias, ruido incoherente sin ningún significado. Sin embargo, nadie sabe realmente lo que pasa dentro de un minicerebro, como tampoco sabemos lo que ocurre en el cerebro en desarrollo de un feto cuando su tamaño es comparable al de un guisante.

Este proceso de cultivo de nuevos tejidos a partir de un trozo de brazo no es la forma de creación de un ser humano, pero algún día podría convertirse en la base para hacerlo.

No está clara la razón por la que alguien, aquí y ahora, pudiera considerarlo una buena idea. Pero la cuestión no es que llegue un día en el que las personas, como los ciudadanos de Un mundo feliz de Aldous Huxley, se generen a partir de glóbulos de células en los tarros de alguna fábrica de humanos distópica. La cuestión es que una perspectiva así ha dejado manifiestamente de ser imposible. Solo considerar esta cuestión podría darnos motivos para revisar nuestras ideas sobre lo que creemos que somos. El hecho de que un trocito de tu cuerpo se haya cultivado hasta convertirse en un minicerebro en una incubadora a ocho kilómetros de distancia de la ciudad, hace que nos demos cuenta, de manera bastante visceral, de por qué la necesidad de esa revisión recae ahora sobre nosotros.

Mi minicerebro bajo el microscopio

Me explico.

Los neurocientíficos Selina Wray y Christopher Lovejoy se encargaron de cultivar, alimentar y guiar a mi minicerebro en el UCL. En eso consiste su trabajo. Quieren entender cómo se desarrollan los cerebros y, en particular, por qué algunas mutaciones genéticas envían ese proceso de forma incorrecta y desencadenan el arranque de enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer. Estas enfermedades, a las que muchos de nosotros nos enfrentaremos –se estima que cerca de un millón de personas en Reino Unido vive con algún tipo de demencia–, son en parte consecuencia de la edad, pero también pueden tener raíces genéticas. Algunas mutaciones genéticas confieren una susceptibilidad particular a las demencias, y existen demencias hereditarias de aparición temprana que pueden afectar a algunas personas incluso en su treintena. Mi cerebro en una placa se cultivó como parte de un proyecto amplio y ambicioso con el nombre de Created Out of Mind [‘Creado fuera de la mente’], fundado en 2016-2018 por Wellcome Trust para modificar la forma en que la sociedad entiende la demencia y desarrollar nuevas herramientas de evaluación del valor de intervenciones basadas en el arte destinadas a personas que viven con estas enfermedades.

El objetivo de Selina y Chris es que, al estudiar la actividad de los genes en minicerebros cultivados a partir de tejidos de personas con esas mutaciones genéticas, puedan llegar a entender mejor las causas y, en última instancia, descubrir indicios que puedan dar lugar a posibles curas. Los científicos que investigan los factores genéticos que están detrás de la enfermedad neurodegenerativa de Huntington ya han concluido que la consecuencia nefasta de un gen particular implicado en la enfermedad puede atenuarse con medicamentos que interceptan la conversión del gen en una proteína propensa al plegado erróneo. Es esta forma errónea de plegado la que produce la cicatrización y destrucción del tejido cerebral. Otros centran su trabajo en vacunas que podrían prevenir o eliminar las masas de proteína mal plegada en el cerebro que parecen desencadenar la enfermedad de Alzheimer en sí.

Hasta donde yo sé, no tengo genes que me hagan susceptible de una aparición temprana de Alzheimer. Sin embargo, el objetivo del proyecto Brains in a Dish [‘Cerebros en una placa’], coordinado por el artista Charlie Murphy, era el de explorar y explicar una investigación como esta mediante la respuesta de sus participantes. Bien, este es mi libro.

Debería explicar con claridad lo que implica el término minicerebro. Algunos investigadores lo han rechazado, y entiendo sus razones. Las neuronas humanas que crecen de esta manera en un cultivo celular no pueden generar un cerebro, ni siquiera en su forma fetal temprana. Pero estas células nerviosas empiezan a crear, bajo la dirección de su programa genético propio, algunas de las características que muestra un cerebro en desarrollo real. Se vuelven especialistas en alguno de los numerosos tipos de células –no solo de neuronas– que se encuentran en nuestros cerebros maduros. Además, adquieren algunas de las estructuras anatómicas de este órgano: las capas bien definidas de las neuronas vistas en la corteza, los pliegues y las circunvoluciones de los tejidos. Es casi como el dibujo que hace un niño de una persona: no se parece mucho, pero se entiende lo que intenta dibujar. Se percibe su potencial de mejora. Un término más neutro que define estas estructuras celulares cultivadas en laboratorios es el de organoide: las células construyen algo que tiene el aspecto de una representación rudimentaria de un órgano del cuerpo, reducido a escala. Es posible cultivar organoides similares a hígados, riñones, retinas, intestinos, así como cerebros, todo en una placa, fuera del cuerpo. Mi pregunta es qué significa esto para la medicina, la biología fundamental, la filosofía y para nuestro sentido de la identidad.

Ningún manual pudo darme una explicación sobre cómo debería sentirme con respecto a mi minicerebro. Por supuesto, la preocupación por su bienestar no era algo capaz de quitarme el sueño; esa masa de tejido creada a partir de mi propia piel no pasó a tener la categoría de una persona. Pero les tenía un cariño extraño a esas células, que hacían lo posible por cumplir una función en ausencia de la influencia orientadora de su origen somático.¹ Se veía implicada una intimidad peculiar, una sensación de potencial que en un principio no estaba presente en el minúsculo trozo de carne que me extirparon del brazo y colocaron en un tubo de ensayo. Era algo más que una cuestión de subsistencia de células, se trataba de la vida en todo su esplendor, gloria proliferante, derramada desde una parte de mí.

Resulta complicado no vestir a la biología con intenciones, objetivos, deseos y necesidades, incluso cuando las células y los organismos simples parecen autómatas que responden involuntariamente a las señales de su entorno (algunos podrían decir que esto también se aplica a los humanos). Así funciona la naturaleza.

Sin embargo, ver estas células en pleno trabajo en una placa de Petri es admitir que la vida existe mediante la acción. Se trata de un proceso en el que el cambio es la única constante: cambio impregnado de dirección, más o menos limitado a una trayectoria que la evolución ha guiado y ha dado lo que parece casi indistinguible de un objetivo, hasta que la muerte hace que ese cambio se deslice inexorablemente hacia la decadencia y la disolución entrópica. No existe una definición científica consensuada de vida, pero algo así –si es posible– no significaría mucho si no reconoce este aspecto dinámico, esta interacción de patrón predeterminado y contingencia histórica. Suena banal decir que mis células extirpadas hayan adquirido vida propia, pero lo más novedoso y notable de la ciencia que está detrás de los organoides es que tenemos el conocimiento y el poder de influir en la dirección que toma la vida.

Mis células cutáneas (fibroblastos) cultivándose en una placa de Petri (in vitro), tras haber sido extraído de mi brazo un trozo de tejido cutáneo

Lo que verdaderamente requiere explicación es el hecho de que cultivaron mi minicerebro a partir de un trozo de mi brazo, es decir, a partir de células cutáneas. Esto último no suena como algo posible. Hasta hace apenas una década la mayoría de los biólogos pensaron lo mismo. Los descubrimientos que cambiaron esta visión han transformado la biología celular, planteando todo tipo de posibilidades médicas para la regeneración de órganos y tejidos, y han abierto nuevas vías para la investigación básica en embriología, desarrollo y concepción. Estos descubrimientos y sus aplicaciones son la parte esencial de este libro.

Aunque dichas tecnologías de transformación de células se hayan celebrado en la prensa popular, a veces en términos apasionantes e hiperbólicos, no estoy del todo seguro de que se hayan reconocido sus implicaciones filosóficas –se podría decir incluso psíquicas– más amplias. Este es uno de sus profundos mensajes: cada parte de nosotros mismos se puede convertir potencialmente en cualquier otra, incluyendo un ser humano completo.

Esto, quisiera añadir, es más de lo que la ciencia ha demostrado hasta ahora. Hay que leer la letra pequeña, y para cumplir la última parte de la ganga pueden necesitarse más ingredientes. De todas maneras, somos más plásticos de lo que nunca nos podríamos haber imaginado. Y darse cuenta de ello es la culminación de los avances y los descubrimientos médicos que han tenido lugar a lo largo del último siglo, que también hemos procesado exclusivamente del modo en que siempre procesamos los descubrimientos que no sabemos cómo plantear. Es decir: lo hemos enmarcado en torno a miedos, fantasías y ficción.

Por ejemplo: puede que mi cerebro en una placa evoque inmediatamente imágenes de Frankenstein. Además, también he hecho referencia a Un mundo feliz, esa nueva concepción de la historia de Mary Shelley para la era de la industrialización y de la cultura de masas. Estas dos novelas siguen estando entre las favoritas, como puntos de referencia cultural sobre los avances biomédicos que perturban y aturden la mente. Pero alguna de las posibilidades que he observado con seriedad y de las que he realizado un análisis sobrio en el contexto de la transformación celular y del crecimiento organoide nos envía de vuelta a otras ficciones especulativas. Por ejemplo:

Sí que cabe la posibilidad de cultivar un cerebro humano en el cuerpo de un cerdo. Una de las razones por las que esto me ha parecido tan perturbador es que aún conservo el vivo recuerdo de la primera vez que vi la escena de la película de Lindsay Anderson de 1973, Un hombre de suerte, en la que… Bueno, si aún no la habéis visto, dejad que me detenga aquí.

Es factible cultivar cada uno de los órganos del cuerpo humano por separado fuera del propio cuerpo en una especie de recipiente (in vitro), para después unirlo y formar una persona, o lo suficiente de una persona para que sea, digamos, un personoide. Y es precisamente así como se crearon los primeros robots, en la obra teatral de 1921 de Karel Čapek, R.U.R.

Filósofos, moralistas y neurocientíficos se ven en la actualidad obligados a debatir lo que podría significar la creación de un cerebro humano adulto en una cuba. ¿Podría estar consciente? ¿Tendría una realidad autónoma interior? La referencia a la cultura popular indicada aquí, que los filósofos han adoptado con entusiasmo friki, es sin duda alguna las películas Matrix de las hermanas Wachowski.

Me gustaría aclarar que ningún investigador ve la mínima posibilidad de que algo de lo anterior suceda en un futuro próximo, ni tiene una buena razón para intentar que pase. Ya me detendré en ello más adelante, pero mi intención aquí no es la de contar historias de terror de considerable impacto y estremecedoramente grotescas en un ataque de señuelo y engaño. Lo que importa es que, ante un conjunto de posibilidades imaginables tan desorientadoras y perturbadoras, parece que necesitemos historias así para poder encuadrar nuestros pensamientos. Solo eso vale la pena considerarlo. ¿Qué es lo que motiva y da forma a estas narrativas?

En mi opinión, es una consideración que a primera vista puede parecer extraña: no nos sentimos a gusto en nuestra propia carne.

Pero ¿seguro –os preguntaréis– que habitamos nuestra propia carne? Pongo estas palabras en vuestros labios porque suenan familiares, no parece ser un planteamiento extraño. Aun así, una frase como esta sirve más para separarnos que para unirnos a nuestra carne. ¿La habitamos? ¿De la misma forma en que una persona habita su casa? En tal caso, ¿qué somos nosotros? Se trata del antiguo dualismo cartesiano: la separación entre la mente y el cuerpo o, como algunos pueden haber dicho alguna vez, entre el cuerpo y el alma.

Por supuesto, independientemente de eso, ¡no nos sentimos a gusto en nuestra propia carne! Cómo rechazamos sus funciones habituales, excrecencias, olores y fluidos. Con qué ímpetu intentamos remodelarla, con qué terror observamos su decrepitud. Cómo nos reunimos para ver películas como Hellraiser y Saw o, en el extremo más sofisticado del mercado del body horror, prácticamente cualquiera de las primeras obras de David Cronenberg. La carrera de Gunther von Hagens, con sus cadáveres plastificados, se basa en una exploración ingeniosa de nuestra fascinación horrorizada. Muchos artistas, desde Marc Quinn (que esculpió con su propia sangre y con la placenta de su bebé) hasta Marina Abramović, han creado intentos que a menudo son audaces, dolorosos y nauseabundos para ayudarnos a comprometernos con nuestra materia prima.

Son muchas las razones que explican esta ambivalencia hacia los aspectos somáticos de la existencia humana, expresada de forma rei­terada en todas las culturas y épocas: con piercings y tatuajes, rituales de embalsamamiento y entierro, tabúes elaborados y restricciones quirúrgicas normativas. Sin embargo, las nuevas ciencias de cultivo y transformación de nuestro tejido celular quizá nos confrontan con el principal desafío de la relación con nuestra carne, mostrándonos lo último en desmembramiento: una reducción de la persona a la célula.

Hubo un tiempo en el que podíamos desestimar esto. Por supuesto, las células son nuestros bloques fundamentales, pero no lo son más que las proteínas, los átomos o los cuarks. Si nos eliminasen un pedazo de nuestro material celular, ¿qué más daría? Ya no formaría parte de nosotros, sino que se trataría de un deshecho, independiente y muerto, que pronto estaría putrefacto y condenado a los microbios y a la entropía.

Que cultiven tu piel para tener neuronas que se ensamblan en un cerebro organoide es una forma bastante convincente de descubrir lo obsoleta que está esa noción. En especial cuando miramos a través del microscopio y nos damos cuenta de que no es un simple truco de conservación. La vida en esa escala es multitudinaria y próspera, y tiene una especie de plan.

¿Vida? ¿La vida de quién?

No precisamente la mía –y, sin embargo, ¿de qué otra persona podría ser? Esas células son autónomas–, pero entonces, ¿por qué solo son mías las células que aún tengo en el brazo, en mi verdadero cerebro (la necesidad de ese adjetivo específico aún me deja perplejo), en el flujo de mi sangre y en mi corazón palpitante? Acepto así poco a poco la verdad inevitable: soy una colonia de células, cuya cooperación me permite respirar hondo, cuya comunicación me produce un sentimiento de identidad y excepcionalidad.

Eso es lo fundamentalmente desconcertante de nuestra propia carne. Yo crecí como colonia a partir de una única célula, y no estamos del todo seguros de dónde (o cuándo) poner la etiqueta del yo en esta abundante montaña.

Las nuevas tecnologías celulares nos impiden seguir ignorando esto. No voy a pretender que sé cómo normalizarlo, pero creo que hay una extraña clase de liberación que puede venir de la mano de dejarnos inquietar por ello.

1 Somático es un término recurrente en el texto. Simplemente significa ‘corpóreo’ o ‘relativo al cuerpo’.

i

Pedazos de vida

Células, pasado y presente

"Ex ovo omnia".

Eso anunciaba el frontispicio de Exercitationes de generatione animalium (1651) de William Harvey, doctor inglés del siglo xvii y en su día médico de Jacobo I de Inglaterra. En él expresaba la convicción (y nada más que eso) de que todos los organismos vivos provienen de un huevo.

El lema de William Harvey (Todo viene de un huevo) en el frontispicio de su tratado de 1651 sobre la generación de animales

Eso no es del todo cierto: numerosos organismos vivos no se originan así, como las bacterias y los hongos. Nosotros, en cambio, sí. Al menos, así lo hemos hecho hasta ahora. Ya no doy por sentado que así seguirá siendo.

Huevo es un término extraño para nuestras partículas generativas y, de hecho, Harvey tenía una idea vaga de lo que quería decir con ello. Dicho en sentido estricto, un huevo es simplemente la vasija que contiene la célula fecundada, el cigoto en el que los genes masculinos de un espermatozoide se combinan con los genes femeninos del óvulo. Aun así, es fácil pasar por alto el elevado atrevimiento de la propuesta de Harvey en una época en la que nadie (incluido él mismo) había visto nunca un óvulo humano, y una explicación del origen humano con un proceso similar al de las aves y al de los anfibios podía sonar descabellada.

La veracidad de la visión de Harvey solo podría percibirse en cuanto la biología adquiriese la idea de la célula, la unidad fundamental de los organismos vivos. Esa visión suele atribuirse al compatriota y casi contemporáneo de Harvey, Robert Hooke, que hizo el uso más productivo del entonces recién inventado microscopio en las décadas de 1660 y 1670. Hooke percibió que una fina tira de corcho estaba compuesta de compartimentos minúsculos que él denominó células. Suele decirse que esto es una alusión a las salas de claustro (en latín: cella, ‘sala pequeña’) de los monjes, pero Hooke, en su lugar, hizo un paralelismo con las celdillas de un panal de abejas que, a su vez, derivan probablemente de la analogía monástica.

Esbozo de células de Robert Hooke en corcho, visto desde el microscopio

Sin embargo, resulta errónea la creencia popular de que Hooke estableciera la base celular de todo organismo vivo. No cabe duda de que Hooke viese células, pero no tenía razones para suponer que el tejido del corcho tuviese algo en común con la carne humana. De hecho, Hooke imaginó que las células del corcho son meras vías de transporte de fluidos por todo el alcornoque. Aquí la célula solo es un vacío pasivo del tejido de la planta, una idea muy distinta del concepto moderno de una entidad llena de la maquinaria molecular de la vida.

Todavía más provocativas fueron las observaciones que en 1673 hizo el mercader de telas holandés Antonie van Leeuwenhoek, argumentando que los organismos vivos pueden ser de tamaño microscópico. Leeuwenhoek vio los llamados animálculos multiplicarse en agua de lluvia; la mayoría eran organismos unicelulares que ahora se denominan protistas y que son de mayor tamaño que la mayor parte de bacterias. Os podéis imaginar lo desconcertante que fue darse cuenta de que en el agua que bebemos abundan estos seres, aunque no lo es tanto como la comprensión naciente de que las bacterias y otros pequeños organismos invisibles están en todas partes: en nuestra comida, en el aire, en nuestra piel, en nuestras vísceras.

Leeuwenhoek contribuyó a esa última percepción cuando descubrió animálculos en el esperma. Fue esa una de las sustancias que el secretario de la Real Sociedad de Londres, Henry Oldenburg, le sugirió al holandés que examinara tras recibir su comunicado sobre el agua de lluvia. Leeuwenhoek examinó el semen de perros, conejos y hombres –incluido el suyo– y observó organismos similares a renacuajos que avanzaban con un movimiento de la cola parecido al de una serpiente, tal y como lo hacen las anguilas al nadar en el agua.¹ ¿Eran lombrices parasitarias? ¿O podrían ser las mismas semillas generativas? Después de todo, estaban ausentes en el esperma de machos que carecían de la habilidad de procrear: chicos jóvenes y hombres muy mayores.

Vemos aquí la tendencia recurrente a imponer características humanas familiares en lo que es manifiestamente nuestro pero no como nosotros. El médico francés Nicolas Andry de Boisregard, experto en parásitos diminutos y entusiasta del microscopio, alegó en 1701 que podría considerarse que las lombrices espermáticas tuvieran la figura formativa del feto: una cabeza con una cola. En 1694, el microscopista Nicolaas Hartsoeker esbozó una ahora icónica imagen de un humanoide fetal diminuto con una cabeza enorme, recogido en el interior de la cabeza de un espermatozoide; no era, como se afirmó en ocasiones, una reproducción de lo que él creía ver, sino una representación figurativa de lo que se imaginaba que había allí.

Esta fue una de las manifestaciones más explícitas de la llamada teoría preformacionista del desarrollo humano, según la cual el cuerpo humano está íntegramente formado desde el principio de la concepción y sencillamente se expande en tamaño: una extrapolación a escala más pequeña del crecimiento desde la infancia hasta la edad adulta. Según esta imagen, el óvulo femenino planteado por Harvey siguió percibiéndose de la manera prejuiciosa en la que Aristóteles entendió el papel esencialmente pasivo de la mujer en la procreación: un simple receptáculo del homúnculo suministrado por el hombre.

El homúnculo en esperma, tal y como lo imaginaba Nicolaas Hartsoeker

Sin embargo, se trataba de una visión diferente a la que había concebido Harvey, en la que el cuerpo se desarrollaba desde el huevo inicialmente desestructurado. Al igual que Aristóteles, Harvey pensaba que el semen desencadenaba este proceso de emergencia que Aristóteles había imaginado como una especie de coagulación de un fluido dentro de la hembra. La idea de que el embrión se despliega de esta manera, en lugar de expandirse simplemente desde un homúnculo preformado, era conocida como epigénesis. Estas visiones rivales de formación del embrión durante el siglo xviii y principios del xix –argumentadas con estudios en el microscopio y, en particular, con investigaciones del desarrollo relativamente accesible de pollitos dentro del huevo– acabarían con la hipótesis preformacionista. Los embriones desarrollan sus rasgos de forma gradual, y la pregunta para los embriólogos era (y sigue siendo) cómo y por qué se produce esta estructuración de los tejidos.

Las observaciones de los primeros microscopistas no suscitaron por aquel entonces una creencia de que la vida sea fundamentalmente celular. La idea de que las células son un componente general de la materia viva no se propuso hasta principios del siglo xix, momento en el que la introdujo el zoólogo alemán Theodor Schwann: Existe un principio universal de desarrollo de las partes de organismos elementales, escribió en 1839, y dicho principio se encuentra en la formación de células.

²

Schwann desarrolló estas ideas mientras trabajaba en Berlín bajo la supervisión del fisiólogo Johannes Müller. Entre los compañeros de Schwann en el laboratorio de Müller se encontraba Matthias Jakob Schleiden, con el que colaboró en el desarrollo de la teoría celular. El interés principal de Schleiden eran las plantas, que a través del microscopio mostraban mejor que tenían tejidos compuestos por un entramado de células cuyas paredes constituían barreras físicas muy marcadas. Esta estructura no resultaba evidente en todos los tejidos animales (en especial en el cabello y en la dentadura), pero Schwann y Schleiden estaban convencidos de que la teoría celular podría ofrecer una visión unificada de todo organismo vivo.

Schleiden consideraba que las células se generaban espontáneamente dentro de los organismos, un eco de la idea de generación espontánea de materia viva que muchos científicos aún aceptaban a principios del siglo xix. Sin embargo, otro de los estudiantes de Müller, Robert Remak, pudo demostrar el error, probando que las células proliferaban dividiéndose. El hallazgo de Remak lo popularizó –sin atribución alguna– otro protegido de Müller, Rudolf Virchow, a quien se le suele reconocer el mérito en la actualidad. Todas las células, concluyó Virchow, derivan de otras células; tal y como lo dijo de forma harveyana: "omnis cellula e cellula". Las nuevas células se crean a partir de la división de las existentes, y crecen entre las divisiones sucesivas, de manera que esta serie de fragmentaciones no da lugar a compartimentos cada vez más pequeños. Virchow propuso que toda enfermedad se manifestaba como una alteración de las propias células.

Virchow era el tipo de persona que solo el siglo xix podía haber generado, y de hecho quizá solo Alemania y su idea de Bildung [‘formación’, ‘educación’], un cultivo del intelecto que favoreció la aparición de polímatas como Goethe y Alexander von Humboldt. Virchow estudió Teología antes de formarse en Medicina en Berlín. Mientras se consolidaba como patólogo y médico destacado, también se convirtió en activista político y escritor, y se vio involucrado en las revueltas de 1848. Como para demostrar que en aquel momento nada era sencillo, este eminente biólogo y religioso agnóstico se oponía profundamente a la teoría de la evolución de Charles Darwin, de la que su estudiante Ernst Haeckel fue el principal defensor en Alemania.

Virchow, por tanto, tocaba muchos palos; pero en su opinión eran solo diferentes partes del mismo palo. La influencia de la política, la ideología y la filosofía en la ciencia siempre resulta más clara en retrospectiva, y en pocos campos resulta tan evidente como en la fisiología del siglo xix. Para Schwann, cada célula es, dentro de ciertos límites, algo Individual, una Totalidad independiente: una idea endeudada con la celebración del individuo propia de la Ilustración.³ La célula era una entidad viva –en palabras del fisiólogo Ernst von Brücke en 1861: un organismo básico–, lo que significaba que organismos superiores eran una especie de comunidad, una colaboración de tantas vidas microscópicas autónomas de forma análoga a la concepción popular del Estado nacional como la acción colectiva de sus ciudadanos.⁴ Por otra parte, la convicción de Schwann de la naturaleza celular de toda vida, que implicaba una base estructural compartida por animales y plantas, se veía motivada por su simpatía hacia la tradición filosófica romántica alemana que iba en busca de explicaciones universales.

Para Virchow, esta creencia en tejidos y organismos como colectivos celulares era algo más que una metáfora: se trataba de la expresión a pequeña escala de un principio que se aplicaba al ámbito político y social. Estaba convencido de que una sociedad saludable era aquella en la que cada vida individual dependía de las demás y no necesitaba un control centralizado. Una célula […], sí, es una persona de verdad y, en realidad, una persona ocupada y activa, escribiría en 1885.Lo que la persona es a gran escala, lo es la célula –y quizá incluso mucho más– a pequeña escala.⁶

La vida misma, entonces, le mostró a Virchow lo inoperativa y equivocada que era la doctrina centralista del estadista prusiano Otto von Bismarck que, por aquel entonces, trabajaba con vistas a la unificación de los estados alemanes. En cada oportunidad que tenía, Virchow atacaba las políticas de Bismarck y denunciaba sus tendencias militaristas, enfureciendo de tal forma

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