Disfruta de millones de libros electrónicos, audiolibros, revistas y más

A solo $11.99/mes después de la prueba. Puedes cancelar cuando quieras.

Historias cortas para antes de dormir

Historias cortas para antes de dormir

Leer la vista previa

Historias cortas para antes de dormir

Longitud:
142 páginas
1 hora
Publicado:
15 may 2020
ISBN:
9789585107106
Formato:
Libro

Descripción

El miedo, la soledad, el dolor, la desesperación, el deseo y la fascinación ante lo desconocido, todas estas emociones tan humanas y tan primitivas, que resaltan la fragilidad de nuestra condición y que son plasmadas con una pluma inteligente y fluida por Zapata en ''Historias cortas para antes de dormir'', la primera colección de este autor que pr
Publicado:
15 may 2020
ISBN:
9789585107106
Formato:
Libro

Sobre el autor

Brayan A. Zapata Pinilla (Belalcázar, Caldas, 1993). Ingeniero Financiero, especialista en Gerencia de Proyectos, amante de la literatura en especial de los géneros de terror y fantasía. Influenciado por autores como H. P. Lovecraft, Edgar Alan Poe, Stephen King y Clive Barker. En 2008 escribió su primer cuento, Infierno en el Ärtico, con el cual gana el concurso Municipal de cuento de Belalcázar, y desde entonces ha escrito distintos cuentos y relatos que ha publicado en distintas plataformas y algunos blogs literarios.


Relacionado con Historias cortas para antes de dormir

Libros relacionados

Artículos relacionados

Vista previa del libro

Historias cortas para antes de dormir - B. A. Zapata

ella.

PARÁSITO

Yo le oía toda clase de historias. Sobre brujas y demonios… Sobre un pueblo llamado Innsmouth, de casas podridas, donde la gente ocultaba seres horrendos en los sótanos y los áticos.

Cuaderno hallado en una casa deshabitada -

ROBERT BLOCH

De nuevo está a mi lado. Me sigue durante la noche a cada sitio a donde voy, me acompaña incansable en cada paso que doy, en cada tropiezo, en cada cambio de acera, en cada choque con la multitud al cruzar la calle. Al llegar a casa parece que posa su mano helada sobre la mía al tomar el picaporte de la puerta. De seguro se escabulle en el pasillo antes de que yo lo haga. Sé que me espera a pocos metros de la puerta y me observa sonriente mientras me cercioro de poner doble seguro.

Le gusta mi soledad, nuestra soledad, así lo susurra a mi oído en cada pesadilla.

Dejo mi abrigo en el perchero, la antigua calefacción a gas hace que el frio sea un poco más soportable dentro de la casa. Tiro mis zapatos a un lado y, descalza, camino sobre la alfombra que acaricia mis pies. Todo está en penumbra, le gusta la oscuridad tanto como la soledad. Como puedo, encuentro el interruptor de la luz que ilumina la cocina, escucho un gruñido casi imperceptible y su respiración golpea mi cara cuando me rodea para regresar a la sombría seguridad del pasillo. Me libro de su influencia por un rato. Debo ser rápida, no le gusta que me aleje por mucho tiempo, pero estoy exhausta para pensar en las consecuencias; si desea tirar los cuadros de la escalera como suele hacerlo ¡que lo haga!, no sería la primera vez que intenta chantajearme.

Me pregunto cuál será su aspecto; durante meses me ha torturado, me ha consumido sin piedad. En medio de la noche, mientras duermo y sueño con la oscuridad infinita por la que caigo, su voz aparece, camuflada en el vacío, o más bien como si su voz fuera la oscuridad misma. Dice que es un ángel, mi propio ángel, mi protector; dice que no debo temerle, pero su voz penetrante y gutural causa que me estremezca, mi cuerpo se congela, pierdo la noción de la ligera línea que separa lo real de lo irreal y comienzo a caer aún más deprisa. Siempre estoy despierta al caer, puedo ver lo que queda de mi cuarto alejándose en medio de la negrura Su voz no se detiene, pero es muy poco lo que logro comprender de su extraña lengua que parece más una sarta de sollozos y gruñidos ininteligibles.

De repente el presentimiento de un choque inminente alarma mis sentidos y siento cómo mi cuerpo se resquebraja al chocar con una invisible pared de sombras. Abro mis ojos y la habitación está intacta, enciendo la lámpara que reposa sobre la mesa de noche y mi aliento cálido se refleja sobre el aire helado mientras sus pasos se escuchan en el pasillo. Las sábanas a mi lado le dejan en evidencia; su frío queda impregnando en ellas y no puedo evitar excitarme un poco al imaginar su figura desconocida que me observa.

No puedo negar que temo a su naturaleza desconocida, a su presencia gélida, a la razón inexplicable de haberme elegido. Tal vez sea un ángel que ha escapado del cielo para estar a mi lado, o tal vez sea mi propio demonio que ha subido desde los confines del infierno para torturarme.

Escucho cómo una porcelana se estrella contra la pared de la sala. No sé cuánto tiempo ha pasado desde que entré en la cocina y me senté bajo la luz del bombillo de neón. Debe estar desesperado ante mi ausencia, creo que necesita de mí para sobrevivir en este mundo al que no pertenece, o puede que precise de mi energía vital para reponer la suya. No es un ángel, es un parásito, o al menos no es un ángel como suelen ser descritos; dudo que tenga enormes alas, un cuerpo perfecto, o una aureola dorada suspendida sobre su cabeza. En lugar de ello lo imagino delgado, débil, apenas capaz de caminar y tan indefenso como un niño asustadizo que vino a mí en busca de calidez, como si buscara los brazos de su madre. Con todo, no puedo evitar compadecerme de él.

Un segundo ruido me aleja por completo de mis pensamientos. Esta vez escucho cómo un cristal se despedaza contra el suelo. Le grito que puede destruir toda la casa, que haga lo que mejor le parezca. Un gruñido airado llega hasta mis oídos, y sin darle importancia al alboroto de mis cachivaches lanzados a través de la habitación contigua, me sirvo un vaso de leche que dejo girar menos de un minuto en el microondas. Bebo la leche despacio y dejo que su efecto relajante trabaje sobre mi cansado cuerpo. El escándalo se ha detenido, supongo que su cólera ha cesado, sabe que pronto iré a dormir y de nuevo seré suya. Dejo el vaso en el lavaplatos y subo las escaleras. Evito pensar que me sigue mientras recorro los escalones a mi cuarto. Está intranquilo, puedo sentirlo. Me meto bajo las sábanas y siento que él hace lo mismo. Cierro los ojos y trato de respirar despacio. Añoro que el sueño venga a mí, al menos las pesadillas son más soportables que su presencia. Él se revuelve inquieto en su lado de la cama y con su tacto helado comienza a recorrer mi cuerpo. Quisiera apartarlo, demostrarle que soy más fuerte que él, que su presencia me importa poco o nada, pero estoy acostumbrada a mi tortura. Me parece escuchar que susurra algo, ojalá pudiera comprenderlo. Siento la presión de su tacto sobre mi abdomen acercándose peligrosamente a mi pecho, nunca había sido tan atrevido. Siento cómo todo mi cuerpo se estremece. Toca mi rostro y acaricia mi cabello con descaro. No tengo otra opción que dejarlo hacer lo que quiera, siempre lo ha hecho.

Me parece oírlo susurrar nuevamente, su mano se cierra alrededor de mi cuello. El frío que desprende me corta la respiración más que la presión que ejerce sobre mi tráquea. Siento cómo la inconciencia me llama, pero esta vez la penumbra, que comienza a inundar mi vista mientras el aire me abandona, es distinta, reconfortante.

Espero no encontrarlo allá donde quiera que mi esencia vaya. Espero que él logre encontrar un huésped que lo satisfaga mejor de lo que yo lo hice.

LIMBO

Cuando miras hacia el abismo, el abismo también mira hacia ti.

Cita de Nietzsche en Misery -

STEPHEN KING

En definitiva, era un sueño. ¡Tenía que serlo! La sensación de irrealidad y el bucle de imágenes sin sentido que habían pasado frente a sus ojos tenían que obedecer a que estuviera soñando de nuevo. Dos años sin hacerlo ¿y tenía que suceder justo ahora? Trató de gritar una maldición, pero el chirrido incesante que azotaba sus oídos le impedía siquiera articular palabras en su mente. Su cuerpo, el real, no aquella representación de su yo mental, debía estar bañado en sudor. Experimentó una sensación lejana de humedad en su entrepierna, como si hubiese pasado el día demasiado excitada y hubiera tenido que soportar las incontables y eternas horas de oración sin darse un poco de placer. Sus sábanas debían estar empapadas.

Trató de echarle un vistazo al lugar. Abrió los ojos, no recordaba haberlos cerrado, pero, como de costumbre, nada tenía lógica en aquel universo retorcido. La habitación le era ligeramente familiar, aunque estaba segura de que nunca había estado ahí. Quizás la había visitado en otro sueño, en otra pesadilla que ya había borrado de su memoria tras plasmarla en aquel diario de sueños al que ya le quedaban pocas páginas en blanco. La pintura blanca del lugar tenía manchas de humedad que bajaban como enormes ramificaciones verduzcas y dibujaban figuras con armonía casi simétrica; el peinador de cuerpo completo sobre la pared izquierda y un oso de peluche con una oreja rota le dieron a entender que se trataba de la habitación de una niña, tal vez la suya antes de que papi tocara donde no debía, antes de que olvidara por completo su vida pasada.

Se puso de pie con mayor facilidad de la que esperaba; dio un par de pasos en dirección al balcón que hacía un par de parpadeos no estaba ahí, justo en frente, desde el que se divisaba el vasto y reconfortante mundo de matices grises que conocía tan bien; aquel mundo que mil y una veces había tratado de dibujar tras despertar, pero que solo era claro en sus pesadillas.

Apoyó sus manos sobre el barandal oxidado y dejó que se apoderara de ella el ruido ensordecedor que le atormentaba desde que arribó al reino de Morfeo; tenía la sensación de que aquello terminaría pronto, no era necesario que volteara la vista sobre su espalda, sabía que estaba ahí… el hombre sin rostro que se balanceaba hacia adelante y hacia atrás sobre sus talones.

Quiso voltear a verlo, pero ya caía desde el balcón para cuando tomó la decisión.

SOMBRAS

—Esta noche —dijo—, la luna está llena de influjos magnéticos. Mirad cómo brillan las ventanas con un resplandor plateado, como si unas manos invisibles hubieran iluminado las estancias para recibir huéspedes espectrales.

Carmilla – SHERIDAN LE FANU

Tercera noche en la misma habitación, del mismo hotel, del mismo pueblo. Mi escarabajo del 93 se niega a arrancar a pesar de haber gastado todo mi presupuesto para vacacionar en el único mecánico de este pueblo en medio de la nada. Supongo que será otro año sin tener vacaciones decentes como las de las personas con buenos empleos. ¡Maldita la hora en que decidí acomodarme a una supuesta realidad y no seguir mi

Has llegado al final de esta vista previa. ¡Regístrate para leer más!
Página 1 de 1

Reseñas

Lo que piensa la gente sobre Historias cortas para antes de dormir

0
0 valoraciones / 0 Reseñas
¿Qué te pareció?
Calificación: 0 de 5 estrellas

Reseñas de lectores