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Sin Secretos

Sin Secretos

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Sin Secretos

valoraciones:
4/5 (3 valoraciones)
Longitud:
133 páginas
2 horas
Editorial:
Publicado:
Jan 14, 2020
ISBN:
9781393223313
Formato:
Libro

Descripción

Amelia no ha podido encontrar ese hombre que la enamore y que toque esa parte sensible de su corazón. Es por eso que se ha hecho a la idea de que no pasará jamás y que a lo mejor está destinada a vivir sola, algo que tampoco le disgusta. Pero desafortunadamente su padre al morir, ha dejado una cláusula en el testamento donde estipula que ella debe casarse en menos de seis meses o perderá su herencia y su posible vida independiente y acomodada.

George necesita con urgencia una mujer adinerada, es lo único que espera de la dama con quien se case. Odia la idea de amarrarse de por vida a una persona, sin embargo, está dispuesto a hacerlo después de que la mujer en cuestión, tenga una elevada posición social. Sabe que muy seguramente esto implicará una cabeza hueca que solo piense en ella misma y en frivolidades, pero bueno…uno no puede tenerlo todo en la vida.

El destino les dará a los dos una sorpresa cuando un fuerte sentimiento aflore entre ambos. Pero luego, cuando algunos secretos sean descubiertos ¿Podrá este amor ser más fuerte que la desconfianza?

Editorial:
Publicado:
Jan 14, 2020
ISBN:
9781393223313
Formato:
Libro

Sobre el autor

Amaya Evans es una escritora de género romántico con tintes eróticos. Le encanta hacer novelas con temas contemporáneos, históricos y también suele integrar en sus novelas los viajes en el tiempo, ya que es un tema que siempre le ha apasionado. Ha escrito series contemporáneas como Masajes a Domicilio, que ha gustado mucho tanto a lectores europeos como a lectores americanos. Entre sus novelas históricas de regencia tiene algunos títulos como Amor a Segunda Vista, Me Acuerdo y Corazones Marcados. También entre sus novelas históricas del Oeste Americano ha escrito la serie Novias Del Oeste, que habla sobre el tema de las novias por correo de aquella época, pero incluyendo el viaje en el tiempo. Amaya, adora escribir a cualquier hora y en cualquier lugar y siempre lleva su pequeña libreta de anotaciones por si alguna idea pasa por su mente o si ve algo que la inspira para una nueva novela. Vive feliz con su familia en un pequeño pueblo cerca de la capital, le encanta hacer postres y tiene un huerto que es su orgullo. Estoy casi segura de que si tuviera una casa enorme, tendría 20 gatos y 20 perros, porque odia salir a la calle y ver tantos animalitos sin hogar.


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Sin Secretos - Amaya Evans

SINOPSIS

1880 : Amelia no ha podido encontrar ese hombre que la enamore y que toque esa parte sensible de su corazón. Es por eso que se ha hecho a la idea de que no pasará jamás y que a lo mejor está destinada a vivir sola, algo que tampoco le disgusta. Pero desafortunadamente su padre al morir, ha dejado una cláusula en el testamento donde estipula que ella debe casarse en menos de seis meses o perderá su herencia y su posible vida independiente y acomodada.

George necesita con urgencia una mujer adinerada, es lo único que espera de la dama con quien se case. Odia la idea de amarrarse de por vida a una persona, sin embargo, está dispuesto a hacerlo después de que la mujer en cuestión, tenga una elevada posición social. Sabe que muy seguramente esto implicará una cabeza hueca que solo piense en ella misma y en frivolidades, pero bueno...uno no puede tenerlo todo en la vida.

El destino les dará a los dos una sorpresa cuando un fuerte sentimiento aflore entre ambos. Pero luego, cuando algunos secretos sean descubiertos ¿Podrá este amor ser más fuerte que la desconfianza?

Capítulo 1

La joven caminaba por el Hyde park sin mirar a nadie en especial y perdida en sus pensamientos. Era una mujer de buen ver, no muy alta, de cuerpo voluptuoso y cabello rojo fuego, que llamó profundamente su atención. La había visto más de un par de veces haciendo lo mismo en el parque y saludaba a los conocidos que pasaban. Sin embargo, no parecía tener un grupo de amigos en especial o ir al parque para verse expresamente con alguien. George solía ir allí cuando el tiempo lo permitía, para ver algunas posibles candidatas que pondría en su pequeña libreta. Allí guardaba los nombres de las mujeres que eran adineradas y también colocaba sus características físicas, como también las cosas que les gustaban y que le daban posibles formas con las que acercarse a ellas o incluso enamorarlas. Esta en especial, le gustaban los dulces, caminar al aire libre, leer y dar paseos cuando hacía sol, comúnmente a eso de las cuatro de la tarde. Jamás se había acercado a ella, por lo que ni siquiera sabía si tenía al menos una conversación inteligente, pero a esas alturas y con la necesidad de casarse, era lo que menos importaba.

La vio sentarse en una banca, mirar para ambos lados y sacar un pedazo de torta envuelto en algo y tomar un libro de su pequeño bolso. Le llamaba la atención su vestimenta. Estaba toda de negro. Seguramente guardaba luto por alguien. ¿sería una viuda rica? O tal vez habría perdido a un hermano o a su madre. George decidió que ese sería el momento perfecto para averiguarlo y caminó hacia ella, aprovechando que cuando sacó el libro, un papel cayó de su bolso y salió volando sin que ella se diera cuenta.

—Buenas tardes, milady. He visto que se le ha caído esto—le dio el papel.

—¡Oh por Dios! Es muy importante, muchas gracias.

—No hay de que—le sonrió. ¿Viene usted a menudo por aquí?

Ella lo miró algo precavida ante su pregunta.

—Por favor, no me malinterprete. Es que por lo general camino por aquí cuando vengo de mi trabajo o cuando voy a él, y la he visto en más de una ocasión.

—¿Vive por aquí?

—Mas o menos, podría decirse. Vivo en Arlington Street, aunque mi consultorio, está a unas calles de aquí, saliendo de la zona residencial.

—Pero podría tomar un camino más corto, este es mucho más largo—le dijo ella intrigada.

—Bueno tiene usted razón en eso, pero definitivamente es un camino más entretenido. Aquí puedo ver la naturaleza, y encontrarme de vez en cuando con algún conocido, mientras que, por el camino corto, solo veo charcos, fango, coches y el olor es mucho peor.

Ella sonrió—tiene usted razón.

—Mi nombre es George, doctor George Musgrove—no quiero ser impertinente, pero me gustaría saber con quién estoy hablando—nunca dejó de sonreírle.

—¡Oh por supuesto! Que maleducado de mi parte. Mi nombre es Amelia Goulding—extendió su mano. George la tomó inmediatamente—es un gusto conocerla, lady Amelia.

—Oh no, solo señorita Amelia, no soy hija de ningún conde, duque o nada por el estilo.

—Muy bien señorita Amelia, es un verdadero placer conocerla.

—Gracias—entonces observó su maletín—¿viene de hacer alguna visita?

—De hecho, sí. Estaba haciendo una consulta a un paciente que veo regularmente.

—Veo que le gusta la lectura.

—Oh sí, es un libro que me ha encantado Jane Eyre, se llama. ¿Ha escuchado de Charlotte Brontë?

—Sí, claro que sí, una de las tres hermanas novelistas.

—Adema de una mujer que habla con verdades sobre el género femenino.

—Un tema interesante en verdad—respondió George.

Ella lo miró como si estuviera midiéndolo. Como si quisiera saber si la adulaba o en verdad era para él un tema interesante. De pronto pareció recordar algo y se levantó de la banca, tomo sus coas y se despidió—ahora debo irme, tengo un compromiso ineludible, pero solo hasta ahora lo he recordado.

—Fue un gusto poder charlar con usted. Espero que podamos coincidir por aquí, otro día.

—También lo espero. Ahora si me disculpa, debo irme—se fue apresuradamente y él casi se da puños allí mismo por no conseguir al menos su dirección.

Pero al menos ya sabía que iba allí a menudo y conocía su nombre. Con esa información podría averiguar por ella fácilmente—sacó su libreta e hizo algunos apuntes. La señorita Amelia Goulding no tenía idea de que pronto volverían a tener un encuentro.

CAMINABA LO MÁS APRISA que podía, necesitaba llegar a casa para verse con el abogado de su padre. No había excusa para su olvido con un tema tan importante. Llegó casi jadeando a la casa y allí se encontró con el mayordomo que la miraba con reproche.

—Higgins, ¿ha llegado el abogado?

—Por supuesto, señorita. Ya sabe que es tan puntual como un reloj.

Ella hizo mala cara—lo sé. Debe estar molesto por tener que esperar.

—Me he tomado el atrevimiento de ofrecerle té y galletas mientras usted llegaba.

Oh Higgins ¿Qué haría sin ti? Gracias—le dijo apresurándose hacia el salón donde el abogado aguardaba. Al entrar, lo vio tomando su té, y revisando unos documentos.

—Buenas tardes, señor Pratt.

El hombre se levantó al verla—Buenas tardes, señorita Goulding—respondió con un tono severo—pensé que habíamos quedado a las dos en punto. Llevo casi media hora esperándola.

—Discúlpeme, tuve un inconveniente y se me hizo tarde—ese hombre siempre había sido así, ni una sonrisa salía de su enjuto rostro. Sin embargo, era un buen abogado y por eso su padre lo había tenido siempre a su lado. Ella podía decir que lo conocía desde que nació. —Por favor tome asiento, señor Pratt.

—He estado haciendo averiguaciones con algunos colegas y me temo que tengo malas noticias.

Ella se lo esperaba. Su padre no había sido ningún tonto, y sabía bien como hacer las cosas de tal manera que la gente siempre obedeciera su voluntad.

—El testamento no puede ser impugnado y por lo tanto debe acatarse la voluntad de su padre dentro de seis meses.

—Por Dios, abogado ¿de dónde quiere que saque un pretendiente y que me case con él en tan poco tiempo?

—Créame señorita Goulding, esos abundan, y más cuando sepan a cuánto asciende su fortuna.

—Fortuna que será de ellos y no mía.

Por supuesto que la mayor parte será de ellos, pero su padre la quería mucho y se preocupaba por usted. Él quería que se casara para que tuviera al lado a un hombre que la protegiera, pero también pensó en la posibilidad de que no fuera el mejor hombre y por eso dejó un fideicomiso, del cual podrá disponer usted, inmediatamente se case. Estará a nombre suyo y su esposo no podrá acceder a este a menos que usted lo permita. De esta manera si algo pasa, o su esposo llegara a administrar de manera errónea la fortuna, usted tampoco quedaría desamparada, como tampoco los hijos que tuviera dentro del matrimonio.

—Es un alivio, pero no soluciona mis problemas—dijo pensativa.

El bogado se levantó de la silla—lamento que las noticias no sean las mejores para usted. Ahora si me disculpa, debo irme.

—Por supuesto, nos veremos en unos días para la firma de los papeles en su oficina.

—Muy bien—se dirigió a la puerta y cuando estuvo allí la miró un momento—y recuerde; tiene solo seis meses.

—No creo que pueda. Mi futuro depende de eso.

Cuando el abogado partió, ella se quedó en la ventana mirando a lo lejos. Su padre había sabido jugar sus cartas. La conocía demasiado y

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