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Mundo Maravilloso y otros cuentos

Mundo Maravilloso y otros cuentos

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Mundo Maravilloso y otros cuentos

Longitud:
309 páginas
4 horas
Publicado:
Jan 9, 2020
ISBN:
9781393122791
Formato:
Libro

Descripción

En "Mundo Maravilloso y otros cuentos", Martín Venialgo ofrece la amalgama de su vivaz imaginación con su amplia cultura. Eventos históricos, fantasías casi futuristas, la memoria de los sacrificados mensúes en los yerbales del Alto Paraná, las calles de Buenos Aires y hasta la sátira política tienen lugar, a través de la ficción.

Esta edición bilingüe en formato digital de "Mundo Maravilloso y otros cuentos" reúne en inglés y castellano los relatos escritos en los últimos años por este prolífico autor, capaz de aportar tonalidades y ritmos diferentes y muy personales a la literatura paraguaya.

Publicado:
Jan 9, 2020
ISBN:
9781393122791
Formato:
Libro

Sobre el autor


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Mundo Maravilloso y otros cuentos - Martín Venialgo

Mundo maravilloso y otros cuentos

Martín Venialgo

Publisher logo

© Martín Venialgo. 2019.

Mundo maravilloso y otros cuentos (Edición bilingüe)

Traducción: Verónica Vázquez

Diseño de portada: Nabetse Zitro

Tiempo Ediciones & Contenidos

www.tiempoediciones.com

contacto@tiempoediciones.com

Luis A. del Paraná 513

Villa Anita - Ñemby

Paraguay

fb tw ig

@TiempoEdiciones

Composición tipográfica:

Alegreya, de Huerta Tipográfica

Lato, de Łukasz Dziedzic

ISBN digital: 9781393122791

Enero de 2020

Reservados todos los derechos. Queda prohibida la reproducción total o parcial, en cualquiera de los métodos o formas, electrónica o mecánica, incluyendo el sistema de fotocopias, registro magnetofónico o sistema de alimentación de datos, sin expreso consentimiento de la editorial. Cualquier utilización debe ser previamente solicitada.

Acosta Ñu

«Ave Caesar, morituri te salutant».

Cayo Suetonio

—Conde, ¿es necesario llegar a esto? —preguntó el general Deodoro da Fonseca.

El Conde d’Eu le dirigió una mirada entre altanera y molesta. Se tomó su tiempo en contestar. Pasado ese lapso interminable, respondió con su portugués de tonada afrancesada, esa misma tonada que era, a sus espaldas, la comidilla de sus dirigidos.

—General, somos un Imperio justamente porque no dejamos de vengarnos. El terror que producimos nos hace invencibles.

Frente a ellos estaba el coronel Pedro Pablo Caballero, jefe de la plaza de Piribebuy, maniatado. Su familia, prisionera, era obligada a observar el desenlace fatídico. La esposa del coronel Caballero fue arrastrada por los soldados negros, esos esclavos que provenían de los cafetales paulistas y cariocas. Una vez desvestida a la fuerza, un soldado macaco, tomándola de su cabellera, la hizo arrodillar frente a su marido. El comandante brasileño dio la orden. El macaco decapitó al coronel Caballero y mostró la cabeza al comandante brasileño, en lo que parecía una postal medieval. La soldadesca brasileña festejó disparando al aire.

El Conde d’Eu siguió con su estado mayor hasta el hospital de sangre. A bayonetazos, el Cuarto Cuerpo de Línea de Río de Janeiro hizo entrar a todos los paraguayos que estaban en la galería, muchos de ellos convalecientes. Hizo tapiar las puertas y ventanas y dio la orden de incendiar el reducto. El griterío de desesperación de la gente atrapada en el interior del hospital retumbaba en toda la comarca. El Conde d’Eu esbozó una sonrisa frente al acto de sadismo que estaba perpetrando. Ahora ya estaba vengando la muerte del general Mena Barreto, su subordinado y compañero de juergas. El general Deodoro da Fonseca, quien años después sería el primer presidente brasileño, no resistió la escena y se retiró del lugar.

A unos metros de allí y escondido entre los escombros, viendo toda esta masacre, estaba Filomeno Patiño, un niño de catorce años que había perdido a toda su familia por el ataque enemigo. Sigilosamente se arrastró y pudo escapar a la vigilancia brasileña, embelesada con el incendio del hospital. Llegó al río Piribebuy y, nadando entre los cadáveres, pudo vadearlo. Corrió hasta llegar a una picada en una isleta y se introdujo. Sintió un chiflido. Entre la maleza reconoció a su vecinito, Juan Almirón, de su misma edad. Llegó jadeante al lado de él y se desplomó exhausto. Su amigo le hizo una seña para que se mantuviera en silencio. A su lado estaba, impávido, un teniente del ejército paraguayo. Portaba dos cananas cargadas de municiones y una carabina corta Spencer que había sustraído del cadáver de un soldado brasileño. Era el teniente Andrés Esquivel. Luego de recuperar el aire, el teniente les dijo en voz baja:

—Vamos en silencio por esta picada para eludir a las tropas brasileñas.

Luego de algunas horas, salieron de la picada a un camino de carretas, donde se veía huir lo que quedaba del ejército paraguayo y la población de civiles que escapó de la masacre. Parecía un ejército de espectros. En ese momento unos jinetes iban abriendo paso a una carreta que portaba las enseñas de Paraguay e Irlanda. Dentro del carruaje iba una figura de rostro cansado y abatido, con su cabellera pelirroja suelta. Era Alicia Lynch. Filomeno y Juan se miraron incrédulos. Creían que la madama no existía, que era una leyenda. Y nunca habían visto una cabellera pelirroja. El teniente Esquivel simplemente se quedó mirando como la carreta se perdía en la lejanía. Luego continuó la marcha acompañado por los chicos. Se les sumó un grupo de campesinas que también habían perdido todos sus familiares en Piribebuy. Gracias a estas mujeres pudieron comer algo pues las provisiones ya no abundaban.

El 15 de agosto de 1869 llegaron a Acosta Ñu. El teniente hizo un alto y les dijo a los chicos y a las campesinas que siguieran el éxodo.

—¿Qué va a hacer usted, teniente? —le preguntó Filomeno.

—Voy a pelear mi propia batalla. No voy a estar subordinado a comandantes que están en huida, que tendrían que estar aquí, para morir con su tropa.

—Teniente, si escuchan lo que usted dice, lo van a fusilar.

—Nadie fusila a un muerto. Mañana, a esta hora, estaremos todos muertos. Lo que sí puedo es elegir cómo voy a morir.

Un silencio sepulcral dominó el ambiente. Viendo esto, el teniente les hizo una seña y se sentaron a la sombra. Todos estaban expectantes.

—Les voy a decir lo que les va a suceder si van con lo que queda del ejército. Filomeno y Juan irán a la primera línea y serán destrozados por la artillería de los macacos. Las mujeres también estarán en el campo de batalla y correrán la misma suerte. Si alguna queda con vida serán prisioneras de los brasileños y serán pasadas a degüello o serán violadas, no por los nobles comandantes perfumados sino por los infantes negros que huelen a bosta. Y si aun así quedan con vida, lo más seguro es que parirán un mulato dentro de nueve meses. Eso es lo que va a pasar. Y no vale la pena esconderse porque no tenemos más provisiones y estamos rodeados. Tenemos que morir de la mejor manera, como patriotas.

Juan levantó su mano.

—Yo me quedo con usted, teniente.

Una a una fueron levantándose las manos. El teniente Esquivel se puso de pie y les indicó que lo siguieran. Fueron a través de una picada que luego de una hora los depositó frente a una gran planicie. Esa planicie era conocida como Acosta Ñu. El teniente se parapetó detrás de una gran roca. Estaban en una ladera con una caída de cuarenta o cincuenta metros, lo que le daba a cualquier beligerante una posición táctica excelente. Abajo estaba el ejército brasileño, ya con los cañones en formación para el ataque del día siguiente. El teniente comenzó a explicar su plan.

—Esos cañones que ven en formación son los de 75 mm de la marca alemana Krupp. Son letales. Van a destrozar a todos los que estén en la vanguardia paraguaya. Y son los que comenzarán el ataque. Lo harán con la táctica napoleónica de comenzar el fuego por el primer cañón de la izquierda y luego, de a uno, sucesivamente lo harán los otros hasta llegar al último de la derecha. Esta táctica les da dos ventajas: por un lado, cuando el fuego vuelva a comenzar por el cañón de la izquierda, los artilleros ya habrán visto el efecto que produjo el primer cañonazo y, si fue desacertado, pueden corregir el segundo disparo. Y los que están enfrente, en este caso nuestros compatriotas, van viendo cómo van volando por el aire los cuerpos destrozados de los que están a su derecha, sabiendo que el próximo cañonazo va a venir para ellos. Eso produce una baja moral terrible.

Los chicos escuchaban absortos, como si estuviesen oyendo un cuento. A algunos las lágrimas empezaron a correrles por el rostro. Antes de proseguir su relato, el teniente les dio una breve reseña de quién fue Napoleón y aseveró:

—Nosotros también usaremos una táctica napoleónica. Estamos en muy buena posición y contamos con dos ventajas, la sorpresa y la iniciativa. Atraeremos a lo mejor del ejército brasileño para nuestra batalla: la caballería riograndense.

—¿Por qué son los mejores? —la que hizo la pregunta fue una chica de nombre Irupé.

—Porque es un cuerpo de élite. No admiten negros ni mulatos. Son todos descendientes de los mercenarios teutones que durante la guerra contra la Confederación Argentina fueron contratados por el Imperio de Brasil para las batallas. Brasil perdió la batalla principal contra Argentina en Río Grande del Sur y los mercenarios fueron licenciados. La mayoría no volvió a Europa y se quedaron en la región. Por eso, esos jinetes gauchos son en su mayoría rubios. En verdad, el ejército brasileño es un ejército de castas. Toda la comandancia pertenece a la nobleza y la mayoría de las tropas son hombres blancos, pero la infantería de primera línea, la que es carne de cañón, está integrada por negros y mulatos. La mayoría son esclavos y no se juntan con las otras fuerzas. Saben que son los primeros en morir y, cuando termina la batalla, son los primeros en tomarse venganza con los prisioneros. Son los parias del ejército brasileño.

El sol estaba cayendo sobre el lugar. Irupé quitó de una bolsa de arpilleras un charque que dividieron para que alcanzara para todos. Sería como una especie de última cena.

—Somos trece personas, espero que sea de buena suerte. No nos dejemos llevar por la leyenda —propuso el teniente.

—¿Con qué arma nos defenderemos? —preguntó una de las campesinas.

—Esta es una carabina Spencer que tomé de un soldado muerto brasileño. Es muy moderna y dispara más de veinte balas sin cargar de nuevo. Tengo como sesenta balas, lo que servirá para iniciar el ataque. La caballería brasileña tendrá que escalar por la ladera, lo que va a dificultar su accionar y tendré tiempo para matar a varios de ellos. A los que lleguen a destino, los enfrentaremos con esas cañas a las que les haremos una punta en bisel. Ustedes estarán formados en grupo de a dos. Uno detrás de otro con las cañas puntiagudas. Y allí nos guiaremos por el instinto de los caballos y no por el nuestro. La ventaja que tiene el jinete lancero es que, cuando ataca, el soldado que está de pie se hace a un costado porque cree que el caballo va a atropellarlo. Ese es el instante que el lancero aprovecha para chucear o degollar con su sable. Pero, si uno se queda parado, el caballo, por instinto, nunca va a atropellar al de a pie, hace un movimiento brusco, aun contra la voluntad del jinete, al que hace perder la estabilidad. Ese instante es el que aprovecharemos para lancearlo.

—¿Y por qué está tan seguro de que será la caballería y no la infantería la que va a atacarnos?

—Justamente por este rifle Spencer de repetición. Solamente lo usa el ejército brasileño, es muy moderno. Nosotros, los paraguayos, tenemos unos fusiles a chispa de la época del virreinato. De un solo tiro y que hay que cargar de nuevo, lo que lleva un tiempo enorme. Cuando los brasileños vean que hay una lluvia de balas, van a creer que aquí hay varios tiradores y no se van a arriesgar a mandar la infantería que debe escalar despaciosamente y puede ser blanco fácil. Mandarán a los caballos, que pueden arribar más rápido esta pendiente. Pura lógica militar.

La noche ya cubría toda la zona, una luna llena iluminaba Acosta Ñu. Un cantar de grillos y chicharras amenizaba la charla. Finalmente, el teniente reflexionó:

—Chicos y chicas, somos el flanco izquierdo del ejército paraguayo, el único que, tal vez, mañana logre producir bajas a los macacos. El que sepa rezar, que rece, el que no sepa rezar, que recuerde a sus familiares muertos. Endurezcan sus corazones, superen el miedo, porque nuestro accionar tal vez sea relatado en el futuro y sirva para que nuestra patria no desaparezca de la faz de la tierra.

—¿Tiene familia, teniente?

—Tenía. Fueron asesinados por los macacos cuando entraron a Asunción. Mis padres, mi señora y un pequeño hijo de menos de un año. Teníamos un mercadito que era atendido por mi familia. Los brasileños lo saquearon y mataron a todos, incluso a mi hijito. Quedé yo solo y ya no tengo mucho que perder.

Hubo un breve paréntesis. Los grillos y las chicharras seguían con su concierto.

—Esta guerra, que en verdad terminó hace mucho, tal vez sirva para algo. Si alguno de ustedes queda con vida, va a relatar la verdadera historia, porque los vencedores contarán su historia distorsionada y los vencidos también contarán su historia, igualmente distorsionada. Pero ustedes vieron todo con sus propios ojos: si alguno queda con vida, que cuente la verdadera historia.

El 16 de agosto de 1869 amaneció radiante. El teniente comenzó a cortar el cañaveral y, con su sable, les hizo punta a las cañas. Cuando tuvieron una buena cantidad, las acomodaron al borde del islote donde estaban refugiados. En ese instante, los tamborileros brasileños comenzaron el batir del parche de sus instrumentos. La banda militar tocó la marcha imperial. Era el comienzo de la batalla. Los brasileños estaban formados al estilo prusiano: la infantería en líneas separadas de veinte hombres y la caballería a sus flancos. Los alazanes de los riograndenses brillaban al sol. Al terminar de tocar la banda militar, todo el ejército brasileño tenía un tazón de metal con coñac. El Conde d’Eu, acompañado por su estado mayor, desfiló frente a sus tropas. Hizo una parada y levantó una copa para brindar con los soldados. Luego de brindar, arengó deseando larga vida al Emperador. El griterío de los más de veinte mil brasileños resonó en aquella planicie. Los brasileños estaban dispuestos a terminar con sus rivales, en la que sería la última batalla de relieve de esta guerra fratricida.

El teniente Esquivel miró la disposición del ejército paraguayo en el campo. La vanguardia estaba conformada por niños, mujeres y ancianos. A un costado, alrededor de cuatrocientos soldados al mando del general Bernardino Caballero estaban formados en corralito, al estilo británico. Hubo un momento de silencio, que pareció eterno. Los artilleros metieron el cepillo para limpiar el cañón, luego, con el atacador introdujeron el proyectil. El primer cañón del flanco izquierdo atronó. El proyectil, al impactar, levantó por los aires a más de treinta paraguayos, destrozándolos. Los demás artilleros fueron disparando por turno, convirtiendo el campo en una verdadera carnicería. La planicie comenzó a incendiarse y los gritos de desesperación se oían a lo lejos. Los chicos lloraban y el teniente los calmaba. El cañoneo cesó después de una hora. Los brasileños esperaron a que parte de la humareda se disipara. Luego de unos minutos, el comandante dio la orden. Los tamborileros comenzaron nuevamente a golpear los parches para iniciar el avance de la infantería y la caballería. El teniente Esquivel dio la orden.

—Chicos, a tomar posiciones, cada uno con una tacuara. Uno detrás del otro, de a dos.

El teniente tomó posición apoyando su carabina sobre una roca. Un jinete, portando el estandarte del Cuarto Regimiento de Caballería de Río Grande, se puso al frente para iniciar el movimiento envolvente. El teniente apunto y disparó. El disparo hizo volar la masa encefálica del portaestandarte. Otro jinete bajó del caballo para recoger el estandarte y también recibió un balazo que lo hirió de muerte. Un capitán señaló el lugar de donde provenían los disparos. Una docena de jinetes comenzó a escalar bajo los disparos del teniente. Solo tres llegaron a la cima. Los chicos los esperaron en formación y lancearon los caballos. Los jinetes cayeron y fueron atacados y muertos por los niños, pero dos chicos murieron en esta refriega. Al ver que algunos caballos bajaban sin jinetes al campo de batalla, un capitán dio la orden de que subiera otra cuadrilla. Esta vez, eran alrededor de veinte. El teniente gritó, arengado a los chicos, mientras disparaba y hacia rodar jinetes y caballos.

—¡Recuerden a sus padres, recuerden a sus hermanos, recuerden a sus amigos!

Esta vez llegaron siete jinetes a la cima. Nuevamente atropellaron temerariamente y varios de ellos fueron derribados. Dos jinetes quedaron a caballo y degollaron algunos niños. Esquivel mató a uno de los jinetes de un tiro certero. Al final, todos los brasileños fueron muertos, pero solo quedaron con vida él, Filomeno e Irupé. Y sin balas. Esquivel les dijo a ambos que se ubicaran junto a él con sus tacuaras. Dejó el rifle y sacó su sable. Sabía que iban a subir de nuevo. El capitán, esta vez, decidió subir con un contingente de jinetes mayor. Mientras escalaba se percató de que ya no había disparos. Al llegar a la cima encontraron a los tres paraguayos. No atacaron. Como vieron que no tenían más balas los rodearon. El capitán reconoció la insignia de Esquivel. Se adelantó y le exigió rendición.

—Teniente, le exijo que se rinda a las fuerzas imperiales de Don Pedro II.

—Capitán, le pido un último deseo. Yo no voy a rendirme pero estos chicos sí. Peleamos defendiendo el flanco izquierdo del ejército paraguayo. Y, si es posible, que estos chicos sean tratados como prisioneros de guerra, con todas las garantías que ello conlleva. Yo voy a clavar mi sable aquí y le pido que, una vez que me ejecute, me entierren aquí junto a estos diez niños que murieron peleando. Yo sé que usted, como buen militar, puede hacerlo.

El capitán riograndense quedó pensativo. En la planicie, la batalla estaba llegando a su fin. Finalmente dijo:

—Petición concedida. Que los chicos den un paso al frente.

Filomeno e Irupé se adelantaron. Dos jinetes bajaron de sus caballos y, con cabestros, ataron de las manos a ambos. Ya eran, oficialmente, prisioneros del Imperio de Brasil. El teniente Andrés Esquivel fijo su vista en la planicie de Acosta Ñu. La batalla había terminado. El general Bernardino Caballero, quien años después sería presidente del Paraguay, con lo que pudo, se retiró por retaguardia. Ahora solo quedaban, en medio de la humareda, los infantes brasileños ultimando a los niños, ancianos y mujeres que prefirieron no rendirse. El capitán nuevamente se dirigió a Esquivel.

—Le doy una última oportunidad de rendirse.

—Capitán, no voy a rendirme. Proceda como buen militar.

Nuevamente cayó sobre ellos un silencio pesado. Luego el capitán dio la orden.

—Petición concedida.

El capitán hizo una seña a un jinete. Este se adelantó y desenfundó un revólver. El disparo certero acabó con la vida del teniente Andrés Esquivel.

Dicen los pobladores de aquel valle que, en algún lugar de la ladera, hay once cruces hechas de caña y un sable clavado. Que Filomeno e Irupé, una vez liberados por el ejército brasileño, cuidaban el sitio y relataron el episodio, que fue pasando de generación en generación.

Tal vez pueda ser exagerado el relato, tal vez no. El relato de trece patriotas que dieron el ejemplo de no huir, quedándose a pelear la propia y última batalla.

El escuchador

Asunción, paraguay, 2018. Epifanio García se acomodó en el mullido sillón de comando. Ya llevaba tres meses en esa nueva empresa japonesa de comunicación. Se dedicaba a escuchar a la gente porque ya las personas no hablaban entre sí. Todo era por medio de celulares y empezó a cundir un síndrome de aislamiento. Los japoneses fueron los primeros en captar eso y lo usaron para ganar dinero. Pusieron centros de atención de llamadas para que la gente pudiese hablar con alguien, en este caso, con los operadores. Epifanio atendió la primera llamada del día.

…alguien se quiere ir, alguien quiere volver, alguien que está atrapado en el medio de un recuerdo, esto ya lo vi, esto ya lo escuché, ella no quiere ser amiga de un chico de este pueblo…

—Escuchador, siempre es agradable comenzar el día con un buen blues, sobre todo en este tiempo de basuras musicales, ¿está de acuerdo conmigo?

—Siempre es lindo escuchar un blues —respondió Epifanio—, pero en gustos musicales no hay nada escrito. Una curiosidad: ¿por qué me llama escuchador?, yo soy un operador.

—Digamos que me gusta inventar palabras, como lo hacía el escritor Carlos Fuentes. Me parece que escuchador suena mejor que operador, en su caso específico.

La voz, sensual, era la de una mujer. Lo raro era que no podía ubicar el lugar de donde venía la llamada. Ni la tonada, que sonaba neutral. Estaba bloqueado el registro, seguramente era un hacker. Podía cortar a los cinco minutos que era el tiempo mínimo. Miró a su jefe, quien también escuchaba la conversación y le hizo una seña de que siguiera.

—Usted sabe que puedo cortar a los cinco minutos o antes, si no puedo localizar el origen de la llamada. Tendría que decirme cuál es su ubicación para que podamos seguir esta charla.

Una carcajada respondió al otro lado de la línea.

—No pienso darle mi ubicación, tendrán que conseguirla ustedes. Pero no podrán, pues soy más hábil que todos en esto. Además, lo mejor está por venir.

—¿Qué es lo mejor que está por venir?

—Digamos que hoy estoy con talante justiciero. ¿Qué me diría usted de una esposa que engaña a su marido?

—Que no está en lo correcto, por supuesto.

—Y eso se agrava si la mujer lo engaña con el párroco del barrio, lo cual la hace merecedora de un castigo ejemplar.

Epifanio García hizo un paréntesis. No sabía hacia donde iba la conversación. Miró a su jefe, quien le señaló que siguiera mientras trataban de localizar la llamada.

—Dígame qué clase de castigo y quién va a ser el encargado de ejecutarlo.

—Yo, por supuesto. Escuchador, usted es de la Nippon Service, una empresa que se jacta en ser líder en tecnología y, sin embargo, no pueden localizar mi llamada. Para ver si son verdaderamente buenos, les daré la dirección donde encontrarán ajusticiada a esta mujer.

Todos en el recinto quedaron helados. Epifanio reaccionó.

—Usted no puede estar hablando en serio, de seguro es una broma de mal gusto.

—Si es de mal gusto o no, lo van a dilucidar pronto. A esta mujer la van a encontrar en un edificio de departamentos en Humaitá y 15 de Agosto. Si se apuran, pueden salvarla. No tienen más de diez minutos para ello.

Hubo un silencio sepulcral en la línea, luego la voz se despidió.

—Lo dejo, escuchador. Ha sido un placer platicar con usted. No va a ser la última vez. Y siempre comenzaré mi conversación con un buen tema de blues. La clase nunca hay que perderla.

La conversación terminó. Epifanio García fue rápido a la cabina de su jefe. Trataron de encontrar alguna explicación a lo ocurrido. Llamaron a la Policía para pasar las novedades. Epifanio le pidió permiso a su jefe para ir al lugar y verificar.

Cuando llegó al lugar, ya la Policía estaba haciendo su trabajo. Dándose a conocer, pudo subir al tercer piso donde estaba el inspector Artemio Valdez, quien lo condujo a una habitación. La vista era aterradora. Una mujer, colgada de los pies de una roldana, estaba totalmente desnuda y con el pecho abierto. Su corazón yacía en el suelo. Epifanio quiso salir del lugar, pero el inspector lo detuvo. Le señaló una frase que estaba escrita en la pared, seguramente con la sangre de la mujer.

«Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio» (mateo 5:27).

Una vez afuera de

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