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El cuento de la serpiente verde
El cuento de la serpiente verde
El cuento de la serpiente verde
Libro electrónico44 páginas46 minutos

El cuento de la serpiente verde

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La serpiente verde forma parte de una obra poco conocida de Goethe, Conversaciones de emigrados alemanes (1795). La idea surgió de sus pláticas con su amigo Schiller, aunque probablemente influyeron en él los relatos legendarios y tradiciones que tanto le gustaban. Es una narración fundamental porque de ella surge todo el Romanticismo fantástico alemán (Tieck, Chamisso, Arnim , Hoffmann), y por extensión casi toda la literatura fantástica decimonónica, de Poe a Maupassant, de la novela gótica a los cuentos de fantasmas. La serpiente verde es pura literatura maravillosa, puro mito y pura poesía. Difícil de entender pero deslumbrante en sus formas y en su gran despliegue imaginativo. Goethe simplemente lo denominó Cuento. Este cuento poético, extrañísimo, donde los personajes peregrinan entre piedras preciosas, en busca de su propia salvación, camino de extrañas arquitecturas, es uno de los relatos más originales de Goethe, que deja al lector en la duda sobre si es un cuento esotérico o simplemente un bello cuento poético.
IdiomaEspañol
Fecha de lanzamiento22 dic 2019
ISBN9788832955347
El cuento de la serpiente verde
Autor

Johann Wolfgang Goethe

<p>Johann Wolfgang Goethe, hijo de una familia de la alta burguesía, nació en Francfort en 1749, y murió en Weimar en 1832, universalmente reconocido y admirado. Entre una fecha y otra no sólo se extienden dos grandes revoluciones históricas, sino que la Ilustración, a través del <i>Sturm und Drang</i> y del clasicismo, ha dado paso al Romanticismo, que marcará el rumbo del hombre moderno. La vida de Goethe no se limitó a ser un reflejo privilegiado de todas estas conmociones, sino que participó activamente en casi todas ellas. Su novela de juventud <i>Las penas del joven Werther</i> (1774) causó sensación en toda Europa. En 1775 se estableció como consejero del duque Karl August en Weimar, ciudad que ya sólo abandonaría ocasionalmente. Un viaje a Italia (1786-88), durante el cual versificó su <i>Ifigenia en Táuride</i> (1787), y la amistad con Schiller moderaron su ímpetu juvenil, asentando el ideal humanista.</p> <p>Del clasicismo de Weimar que constituye una de las cumbres de la literatura alemana. Pero su curiosidad abarcó también la geología, la biología, la botánica, la anatomía y la mineralogía, como se ve en obras como <i>La metamorfosis de las plantas</i> (1790) o <i>Teoría de los colores</i> (1810). Su obra maestra en dos partes, <i>Fausto</i> (1772-1831), aglutina espléndidamente todas las etapas de su carrera. En <i>Poesía y verdad</i> (1811-1830) dejó testimonio de su juventud. Alba ha publicado también, a modo de crónica de su vejez, <i>El hombre de cincuenta años / Elegía de Marienbad</i> (1807; ALBA CLÁSICA núm. LVI) y la narración bocacciana <i>Conversaciones de emigrados alemanes</i> (1795; ALBA CLÁSICA núm.- LXXXV).</p>

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    El cuento de la serpiente verde - Johann Wolfgang Goethe

    VERDE

    EL CUENTO DE LA SERPIENTE VERDE

    Johann Wolfgang Goethe

    En su pequeña choza, ante el gran río cuya corriente habíase acaudalado por una fuerte lluvia y que desbordaba sus riberas, estaba el viejo barquero descansando y durmiendo, rendido por las labores del día. Le despertaron fuertes voces en medio de la noche; escuchó que unos viajeros querían ser trasladados.

    Al salir delante de la puerta vio dos grandes fuegos fatuos flotando encima del bote amarrado y le aseguraron que se hallaban en los más grandes apuros y que estaban deseosos de verse ya en la otra orilla. El anciano no se demoró en hacerse al agua y navegó con su destreza acostumbrada a través del río mientras los forasteros siseaban entre sí en un lenguaje desconocido y sumamente ágil, y estallaban, de vez en cuando, en fuertes carcajadas saltando por momentos en los bordes o en el fondo de la barca.

    —¡Se balancea el bote! —Exclamó el viejo—. Si estáis tan inquietos puede volcarse. ¡Sentaos, fuegos fatuos!

    Estallaron en grandes carcajadas ante esta advertencia, se mofaron del anciano y se pusieron más inquietos que antes. Este soportó con paciencia sus malas maneras y, en poco tiempo, arribó a la otra orilla.

    —¡Aquí tenéis! ¡Por vuestro esfuerzo! —exclamaron los viajeros y, al sacudirse, cayeron muchas y resplandecientes piezas de oro dentro de la húmeda barca.

    —¡Santo cielo! ¿Qué hacéis? —Exclamó el viejo—. Me exponéis al más grande apuro. Sí una de estas piezas hubiera caído en el agua, el río, que no soporta este metal, se hubiera levantado en terribles olas devorándonos al bote y a mí, ¡y quién sabe cómo os hubiera ido! ¡Tomad de nuevo vuestro dinero!

    —No podemos tomar nada de lo que nos hemos desprendido —respondieron ellos.

    —Entonces, encima me dais el trabajo de tener que recogerlas y llevarlas a enterrar bajo tierra —dijo el viejo, inclinándose para recoger las piezas de oro dentro de su gorra.

    Los fuegos fatuos habían saltado del bote cuando el viejo exclamó:

    —¿Y dónde queda mi paga?

    —¡Quien no acepta oro tal vez quiera trabajar gratis! —exclamaron los fuegos fatuos.

    —Tenéis que saber que a mí sólo se me puede pagar con frutos de la tierra.

    —¿Con frutos de la tierra? Los detestamos y nunca los hemos disfrutado.

    —Y sin embargo no os puedo soltar hasta que me hayáis prometido traerme tres coles, tres alcachofas y tres grandes cebollas.

    Los fuegos fatuos hicieron por escurrirse en medio de bromas pero se sintieron atados al suelo de manera incomprensible; era la sensación más desagradable que jamás habían sentido. Prometieron satisfacer en poco tiempo la demanda del anciano; éste los despachó y partió. Ya se encontraba muy lejos cuando a sus espaldas le gritaron:

    —¡Viejo! ¡Escuchad, viejo! ¡Hemos olvidado lo más importante!

    Ya se había alejado y no los escuchaba. Se dejó llevar río abajo por el lado de esa misma orilla, donde decidió enterrar el peligroso y bello metal; era una región montañosa donde el agua nunca podía llegar. Allí, entre altos picachos, encontró un profundo abismo, donde arrojó el oro, y se volvió a su choza.

    En ese precipicio estaba la hermosa serpiente verde, que se despertó a causa del tintineo de las monedas despeñadas. Apenas vio las doradas obleas, las devoró de inmediato con gran avidez y buscó con mucho cuidado todas las piezas que se habían

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