Disfruta de este título ahora mismo, y de millones más, con una prueba gratuita

A solo $9.99/mes después de la prueba. Puedes cancelar cuando quieras.

Réquiem del Chaco

Réquiem del Chaco

Leer la vista previa

Réquiem del Chaco

valoraciones:
5/5 (1 clasificación)
Longitud:
231 páginas
2 horas
Publicado:
Dec 16, 2019
ISBN:
9781393044307
Formato:
Libro

Descripción

Pablo Dicenta, joven médico argentino de presente halagüeño, fundador del sanatorio San Martín, decide abandonarlo todo para actuar como voluntario en una guerra ajena.

¿Qué interés tiene en ese conflicto que está devorándose a bolivianos y paraguayos? Prefiere no revelar los motivos y prepararse para desempeñar un doble rol: capitán honoris causa de Sanidad y enviado especial del diario La Capital.

El médico extranjero atraviesa el infierno verde hasta llegar a Saavedra, donde es testigo de horrendos episodios en la guerra más cruenta de América del Sur durante el siglo XX

Publicado:
Dec 16, 2019
ISBN:
9781393044307
Formato:
Libro

Sobre el autor


Vista previa del libro

Réquiem del Chaco - Javier Viveros

1

En el fortín arce

Los camilleros entraron precedidos de sus risotadas y comentarios en voz alta; el guaraní de armonía primitiva se imponía con la rotundidad de sus onomatopeyas. En los pocos meses transcurridos, la guerra había extirpado ya del pecho de ese par de soldados todo rastro de empatía. Reían indolentes, como si lo transportado en la camilla no fuera más que un hato de leña destinado a la boca ávida de un tatakua[1]. Transportaban un soldado herido, las extremidades inferiores se veían manchadas de dolor y de sangre. El practicante de medicina de la Cruz Roja Paraguaya cortó la tela del uniforme verde olivo y dejó al descubierto un revoltijo de carne y huesos, cuadro de horror pintado por el odio de la metralla. En la frente del soldado herido el sufrimiento dibujaba surcos, arrugaba sus cejas y lo tenía con los brazos cruzados sobre el pecho como si temblara de frío, a pesar del calor autoritario que derretía voluntades y moldeaba sus espejismos en las masas de aire desesperado. Las manos del hombre dejaron de oprimirse en puños: el dolor excesivo había derivado en desmayo.

Fue entonces, cuando observó sobre la mesa de operaciones a ese herido, que al doctor Pablo Dicenta se le apretó el corazón y reflexionó sobre el paso que acababa de dar en su vida. No estaba arrepentido todavía y un dejo de orgullo resplandecía aún en su mirada. Si bien podía hacer trabajos en un hospital de sangre, había pedido a sus superiores que su destino fuera la retaguardia de la línea de fuego, pues lo que más anhelaba era dar socorro inmediato a los heridos en el campo de batalla, y hacia allá se dirigía con el objetivo de salvar la mayor cantidad posible de vidas.

Esa era su misión principal, aunque no la única. Equipado con una moderna cámara fotográfica, traía también el encargo de documentar gráficamente el conflicto. La credencial que lo nombraba «enviado especial» del diario rosarino La Capital era un motivo de presunción para él. Las firmas del gerente y del director del periódico extendían sus crestas y valles de electrocardiograma al pie del documento. Enviado especial. Testigo privilegiado. Corresponsal de guerra.

Ensimismado, el doctor recordó las preguntas que se extendieron como sarampión en la ciudad de Rosario desde aquella tarde en el consultorio en la que dio a conocer su determinación a una paciente sexagenaria, que cargaba con el dudoso mérito de ser la persona más amiga de los chismes. Experimentada correveidile. El cotilleo tiene la tasa de crecimiento de una epidemia. Fue entonces que las lenguas empezaron a secretar preguntas. ¿Por qué el doctor de presente halagüeño y asegurado futuro decidía alistarse como voluntario en una guerra ajena? ¿Cómo podía el fundador del Sanatorio San Martín abandonar a sus numerosos pacientes para internarse en esos cañadones chaqueños incendiados de pólvora y de muerte? ¿Qué interés encontraba el prestigioso cirujano en ese conflicto en el que bolivianos y paraguayos se estaban masacrando por un árido fragmento de mapa?

Dicenta había optado por dar una respuesta contundente. Es una decisión ya tomada. Y me guardo los motivos. Sabía que iba a resultarles imposible comprender que todo se había iniciado mucho antes, en la infancia, en ese tiempo en el que muy usualmente suele empezar a escribirse el futuro de cada uno. Entendió que no valía la pena decirles que, de pequeño, su padre le había leído La Ilíada y La Odisea y que él, por cuenta propia, se había devorado toda la mitología griega.

En el antiguo Patio del Mercado, por gestiones del doctor Juan Álvarez, en ese tiempo secretario de la Municipalidad de Rosario, empezó a construirse la biblioteca municipal. Y desde su inauguración en 1912 serían pocas las tardes en que el niño Pablito no fuera visto con la mirada clavada en las páginas de historia y literatura. Épica. Siempre épica. Homero. Cantar de Mio Cid. Gilgamesh. Napoleón. La Araucana. Arjuna. Beowulf. Eneas. Tasso. El magno macedonio. Caupolicán. La Canción de Rolando. Sturluson. El paraíso perdido. Bhagavad Gita. Excalibur y Tizona. Bucéfalo y Babieca. En su mente había una idealización de la guerra, un anhelo de gloria militar, así como una admiración desmedida hacia las figuras forjadoras de la patria.

Sabía que a Aquiles le ofrecieron la terrible disyuntiva de una vejez apacible y gris o una vida corta pero llena de gloria. Y así como el divino Pélida de los pies ligeros, también él se había inclinado por la segunda alternativa. Aunque tenía la esperanza de poder terminar mejor parado, mezclando ambas opciones: pretendía salir con gloria y al mismo tiempo hacer que sus treinta y cuatro años de vida lograran extenderse a varias décadas más. Quería también saber si esas historias de heroísmo inmenso que, según se decía, los paraguayos desplegaron durante la Guerra contra la Triple Alianza tenían base en la realidad. Y veía en su voluntariado una manera de expiar la parte de culpa que le correspondía por la mala decisión de sus mayores que, junto con brasileños y uruguayos, se habían aliado para exterminar al pequeño país mediterráneo.

En la balanza estuvieron, por supuesto, las palabras de sus familiares y amigos. La cara de infinita tristeza de su madre, las súplicas de unos pocos y las advertencias del resto. Mirá que no son muchos los que regresan enteros de la guerra. Si los bolivianos te toman prisionero vas a ser fusilado, te van a acusar de ser un mercenario argentino al servicio del Paraguay. Agarrame fuerte, hijo, porque este podría ser nuestro último abrazo. Vamos a estar esperando tu retorno cada día, hermano. Reconsideralo, por favor, Pablo: quedate. Es una decisión ya tomada. Y me guardo los motivos.

En todo eso reflexionaba el doctor mientras una tibia caliente de sangre e intemperie lo miraba con furia desde la fractura expuesta del soldado tendido sobre la mesa de operaciones, en un sitio que parecía completamente ajeno al contexto, una carpa sanitaria inferida de la realidad como un solecismo, en medio de la biodiversidad poderosa del Chaco paraguayo. El herido había sido transportado desde la mismísima línea de fuego, a cuya retaguardia el doctor debía ir a colocarse con la Sanidad de la Primera División. Le sorprendió la distancia recorrida por el soldado, lo habían traído desde Saavedra a Alihuatá y de allí hasta Arce, quizá por la gravedad de su lesión, tal vez porque en los puntos anteriores sus colegas estaban desbordados ya de pacientes, viéndose por ello obligados a despacharlo de modo urgente hasta el siguiente punto de su recorrido, teniendo por destino final un hospital de Asunción.

Con el dorso de la mano izquierda, en un movimiento que tenía algo de relámpago, Dicenta se sacudió el sinuoso par de gusanos que reptaban ya en las cercanías de su rodilla. Tendido bocarriba, el herido mantenía los ojos cerrados. El doctor removió dos rojos trozos de metralla y los depositó en un ángulo de la mesa. La extracción de balas, esquirlas y fragmentos de huesos iba a ser la operación que más frecuentemente efectuaría en el Chaco.

De pronto, el herido despertó del sueño a la pesadilla. Su pierna izquierda no tuvo suerte: fue preciso amputarla. Giraba la Cabalgata de las valquirias en el fonógrafo mientras el hueso enhiesto era mordido en rítmico vaivén por los caninos en fila de la sierra. Había firmeza en la mano que la empuñaba y que a continuación retiraba con cuidado el tejido blando, evidencias calladas de que ya nada sería como antes. Los discos de música clásica de la Deutsche Grammophon servían como una cortina para camuflar mínimamente los gritos de los soldados sometidos a operaciones, para que los otros heridos alojados en las carpas contiguas no se contagiaran del desaliento, prólogo usual de tantos entierros.

Con el vendaje meticuloso concluía Dicenta su primera intervención quirúrgica en el teatro de operaciones; le seguirían centenares más con el correr de los días. El herido estaba fuera de peligro. Acuclillado al lado del valijín de las medicinas, el doctor extrajo de su interior la cámara que como el instinto de conservación lo acompañaría inseparablemente durante toda la campaña. Tomó un par de fotografías al hombre recientemente intervenido. Al rato, ordenó a los enfermeros que lo llevaran a una de las carpas adyacentes, allí aguardaría hasta el momento de ser transportado nuevamente.

El capitán de Sanidad honoris causa Pablo Dicenta guardó la cámara y extrajo su diario de guerra; se había prometido escribir en sus hojas lo más interesante que le sucediera y sus reflexiones sobre los acontecimientos vividos en el día a día. Escrupulosamente anotó: El 2 de diciembre de 1932, en la Sanidad Militar del fortín Arce, no lejos de la línea de fuego de Saavedra, hice una amputación alta de pierna izquierda: primera vida ganada a la Muerte.

Miró detenidamente a su alrededor, vio la mesa de operaciones: madera inconmovible. Examinó con la mirada el escaso material del que disponían (apósitos, pinzas de disección, éter, sal inglesa, agujas de sutura y alcohol para esterilizar las tijeras), entendió que todo iba a ser desafiante, contempló con parsimonia las orugas de mariposa que arrastraban sus tres centímetros de vida hirsuta sobre la superficie caliente de sus polainas. Esos insectos se atareaban en una invasión tenaz, se colaban por lugares imposibles, podía hallárselos entre los tambores de gasa, los paquetes de algodón y las botellas de antisépticos. Con el lomo de su diario de guerra, golpeando como un autómata, el doctor los aplastó y el líquido verde que soltaron instaló un olor desagradable en el aire de la carpa claustrofóbica.

Estoy ya hasta los tuétanos metido en este infierno. Si bien esta frase podía figurar cómodamente en el diario de guerra, Dicenta no la escribió allí, solo la pensó y la dijo en voz alta, como dirigiéndose a un interlocutor invisible. El médico argentino tenía muy dentro de sí la sensación o más bien la certeza de que había cruzado el umbral, de que estaba ya en el corazón en llamas de una guerra entre paraguayos y bolivianos y sabía también que simplemente no había vuelta atrás.

2

Rieles de ares

Eran las diez de la mañana en el puerto de Rosario. Mucha gente había ido a despedirlo; el doctor Dicenta se mostraba risueño, muy comunicativo, se movía de un lado a otro, dando y recibiendo abrazos. Entre pacientes, familiares y amigos, eran aproximadamente cuarenta las personas congregadas a su alrededor para celebrar su decisión de partir a la guerra en apoyo al Paraguay.

Estaban allí sus dos hermanas y sus cuatro hermanos. Juntos los ocho Dicenta. No se encontraban ausentes algunos simpatizantes de la causa guaraní. Silvio Maldonado, el cónsul del Paraguay, dio un vibrante discurso de gratitud, ponderando su «alto humanismo y desinteresado gesto». Sabían que el doctor llevaba consigo una misión de paz y de amor hacia sus semejantes, además de su demostrada pericia de cirujano. Rotaban las manecillas sobre las muñecas izquierdas. El tiempo pasaba y no había rastros del Washington, barco de la carrera que hacía el viaje entre Buenos Aires y Asunción. Entretenido como estaba, conversando con sus allegados, no molestó al doctor ese retraso de su viaje hacia la capital paraguaya.

Recibió medallas de la Virgen y buenos deseos estampados en diminutas piezas de papel. Rogamos a Nuestra Señora del Rosario te acompañe en todo momento. Formulo votos para que Dios en su misericordia infinita te proteja. Que la Virgen del Carmen nunca te desampare. También recibió lágrimas, palmaditas en la espalda y deseos de saludable y pronto retorno.

Ella también estaba allí, por supuesto, la mujer más importante de su vida: su madre.

Has llegado al final de esta vista previa. ¡Regístrate para leer más!
Página 1 de 1

Reseñas

Lo que piensa la gente sobre Réquiem del Chaco

5.0
1 valoraciones / 0 Reseñas
¿Qué te pareció?
Calificación: 0 de 5 estrellas

Reseñas de lectores