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Clandestino
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Libro electrónico102 páginas1 hora

Clandestino

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Información de este libro electrónico

El papá de Magui ya no está en casa, se ha marchado sin dar ninguna explicación. Ella lo espera frente a la ventana, pero pasan los días y no regresa.
El mundo de Magui se torna confuso y la promesa de volverlo a ver comienza a desaparecer. Sin embargo, las mariposas que de cuando en cuando llegan a posarse en la higuera que su padre plantó donde ella nació logran que conserve la esperanza de que un día su familia se vuelva a reunir. Una historia de amor familiar en tiempos de cambios políticos difíciles.
IdiomaEspañol
EditorialEdiciones SM
Fecha de lanzamiento1 dic 2019
ISBN9786072436220
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    Clandestino - Andrés Acosta

    Acosta, Andrés

    Clandestino / AAndrés Acosta ; ilustración de Karina Cocq. – México : Edición digital SM, 2019 (El Barco de Vapor. Naranja ; 84 M)

    ISBN: 978-607-24-3622-0

    1. Libertad – Novela infantil. 2. Exilio – Literatura infantil

    Dewey 863 A36

    Para la niña que vivió esta historia,

    y para quienes la siguen viviendo.

    Esta obra se realizó con el apoyo del Sistema Nacional de Creadores de Arte (SNCA)

    CLAN

    Papá se acercó

    y, para que nadie más lo escuchara, me susurró al oído.

    —Tengo algo que decirte.

    —¿Un secreto?

    —Sí, un secreto: eres una breva.

    —¿Una beba?

    —¡No! Que tú eres una breva y ellos unos higos. No se lo cuentes a tus hermanos, a los tres los quiero igual, pero tú eres distinta —dijo mientras me levantaba en brazos.

    —¿Adónde vas?

    —Ni siquiera yo lo sé.

    —¿Pero mañana me llevarás a pasear en bici?

    —¡Qué más quisiera! Tendrá que ser otro día.

    —¿Mañana no regresas? ¿Adónde vas? ¡Ya es noche!

    En vez de contestar, me miró con ojos nublados; yo sentí los míos húmedos y calientes. Mamá tuvo que separarme de él, a quien me aferraba, porque presentía que no lo vería en largo tiempo. Me encerraron en el cuarto porque iban a hablar y, por más que pegué la oreja a la puerta, no entendí nada, sólo murmullos, pues hablaban bajo, en secreto; hubo un revuelo sin gritos ni escándalo. No me gustaba nada lo que sucedía… ¿Por qué papá había metido un poco de ropa hecha bola y una barra de pan en su mochila? Creí que se iba de campamento y no me quería llevar, ¡por ser la más chica!, pero pronto me di cuenta de que tenía que tratarse de otra cosa, de algo que implicara peligro. ¿Un terremoto? ¿Habría un gran sismo que tirara las casas como cuando yo todavía no nacía? ¿O haría erupción el volcán? ¿Quedaríamos convertidos en estatuas de piedra? Estaba acostumbrada a sismos y erupciones desde bebé; si algo así sucediera, ¡mejor que nos fuéramos todos! ¿Por qué nada más se iba él? En definitiva, algo andaba mal y yo estaba confundida.

    Me escondí en mi lugar secreto, en el fondo del ropero, entre la ropa y los tenis que ya no usaba, pues ahí me sentía protegida. No escuchaba nada, ni a mis papás ni a mis hermanos y, estaba tan oscuro, que no necesitaba cerrar los ojos para imaginar cosas, así me vi con papá caminando bajo la sombra de los árboles, en un día de campo. ¡Había cambiado de parecer y me llevaba con él! Me sentía feliz, podía escuchar el canto de los pájaros, sentir cada mariposa que volaba rozando mi nariz, incluso percibí su mano en la mía, apretando mis dedos, conduciéndome por un sendero que nos acercaba hacia un claro.

    Sin embargo, nunca hubo tal paseo y me quedé dormida dentro del ropero. Mamá casi se infarta cuando entró a darme el beso de las buenas noches y no me vio; me buscó incluso debajo de la cama, hasta que mi hermana le dijo dónde podía estar escondida. Desperté mientras me jalaban los pies para sacarme a rastras de entre la bola de ropa vieja que se había convertido en mi nido.

    Cada tarde, me sentaba

    en mi silla de madera, frente a la ventana. Me sentaba muy derecha, a esperar. Mientras mamá andaba apurada, remendando ropa, preparando comida para el día siguiente, yo esperaba. Mientras mis hermanos veían tele, jugaban y se correteaban a gritos, yo esperaba frente a la ventana. Sin embargo, papá no aparecía como cuando regresaba de la universidad y yo salía a recibirlo para que me diera un abrazo antes que a nadie.

    Mi bicicleta estaba tirada en el patio, mojada por el rocío de la noche, y poco a poco le aparecían unas pecas de óxido. No quería usarla, como protesta, no montaría mi bici mientras papá no apareciera en la ventana.

    —¿Ya hiciste la tarea?

    —¡Ya!

    —¿Segura? ¿Qué haces ahí sentada la tarde entera? ¡Ponte a hacer algo! ¡Ayúdame a secar los platos!

    Mis hermanos pasaban corriendo a mi alrededor y me jalaban las trenzas, ¿por qué no me dejaban en paz? En esos momentos, me estorbaban. Imaginé cómo serían las cosas si no existieran: para empezar, yo estaría tranquila, esperando a papá y, cada vez que mamá preparara flan, yo podría comer una rebanada más gorda. Es más, comencé a pensar que, por culpa de ellos, papá no estaba en casa, algo malo debieron hacer para que se fuera y no quisiera regresar. ¡¿Por qué tenía hermanos mayores?! ¡Qué castigo! Estaba tan enojada que no me aguanté decirles que me estorbaban.

    —Pues, para que lo sepas, nosotros ya estábamos antes de que tú llegaras —señaló mi hermana, con la mano en la cintura.

    —Sí, tú eres la nueva, tú sobras. ¡Nosotros llegamos primero! —apoyó mi hermano, que le siguió la corriente nada más porque sí.

    —Lo que pasa es que ustedes son unos… ¡unos higos!

    Ellos se miraron entre sí, luego me miraron sin saber qué responder. ¿Qué clase de insulto era ése? ¿Unos higos ? Siempre se burlaban de mí a la menor provocación, pero esta vez, como no entendían a qué me refería, se ofendieron de verdad.

    —¡Oye, mamá, Magui nos está diciendo de groserías!

    —Sí, mamá, nos dijo muy feo: que somos unos hijos…

    Mamá no estaba de humor para hacerla de réferi ni soportar peleas, nos regañó parejo y nos puso a barrer y a limpiar mientras ella cocinaba, por mi culpa no habría tele ni radio ni nada. Mis hermanos me sentenciaron.

    —¡Nos la vas a pagar, Magui!

    Mientras revolvía el polvo del suelo con la escoba, de aquí para allá y luego bajo la alfombra, yo no dejaba de mirar por la ventana; papá seguía sin aparecer, afuera sólo estaba la higuera que cuidaba tanto. ¡Pobre higuera!, de tan olvidada, hasta se veía triste; el aire agitaba sus hojas y, de pronto, el cielo se puso gris y comenzó a

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