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La Última Locura de la Fortuna: Series Fortunas del Destino, #10

La Última Locura de la Fortuna: Series Fortunas del Destino, #10

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La Última Locura de la Fortuna: Series Fortunas del Destino, #10

Longitud:
233 páginas
5 horas
Publicado:
1 dic 2019
ISBN:
9781071516935
Formato:
Libro

Descripción

UN GIRO DEL DESTINO...

La señorita Katherina Elliott lleva una vida sencilla, enseñando a niños pobres, tal como lo hicieron sus padres antes que ella. Kate sabe poco del pasado de su familia: solo que cada tres meses, un misterioso benefactor le envía suficiente dinero como para pagar las crecientes facturas de la escuela. El sobre es entregado por el abogado al otro lado de la calle, un hombre que Kate sabe que no debería querer pero que no puede evitarlo.

Lord Joshua Stuart, el segundo hijo del duque de Beaufort, nunca ha encajado con el resto de su familia. Aunque tiene una oficina en Bond Street, siempre ha preferido trabajar en Cheapside, donde puede marcar una verdadera diferencia. No tiene nada que ver con su atractiva y dulce vecina al otro lado de la calle, o eso se dice a sí mismo. Pero cuando la escuela de Kate se ve amenazada, Joshua sabe que debe ayudarla.

Mientras Joshua y Kate trabajan para salvar la escuela, se hacen más carcanos, hasta que ya no se puede negar su mutuo amor. Su búsqueda los lleva a la famosa adivina, Madame Zeta, quien tiene la llave del pasado de Kate. Pero cuando el destino de Kate se entrelaza con el de Madame Zeta, ya nada será igual. ¿Su amor por Joshua sobrevivirá a los giros de la fortuna, o terminarán siendo la última locura?

Publicado:
1 dic 2019
ISBN:
9781071516935
Formato:
Libro

Sobre el autor

USA Today Bestselling Author Christina McKnight writes emotionally intricate Regency Romance with strong women and maverick heroes. Christina enjoys a quiet life in Northern California with her family, her wine, and lots of coffee. Oh, and her books...don't forget her books! Most days she can be found writing, reading, or traveling the great state of California. Sign up for Christina's newsletter and receive a free book: eepurl.com/VP1rP Follow her on Twitter: @CMcKnightWriter Keep up to date on her releases: christinamcknight.com Like Christina's FB Author page: ChristinaMcKnightWriter Join her private FB group for all her latest project updates and teasers! facebook.com/groups/634786203293673/


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La Última Locura de la Fortuna - Christina McKnight

Prólogo

Oxfordshire, Inglaterra

Diciembre 1814

Los tempestuosos vientos invernales azotaron la gruesa capa de lana de Madame Zeta, tirando de los pliegues raídos y permitiendo que un frío helado alcanzara la delgada tela de su blusa y falda desgastadas. Las duras temperaturas inglesas durante los meses más crudos habían dejado de afectarla desde el día en que su hija, Katherina, fue arrancada de su seno.  

Nada —ni la falta de un hogar, la blusa raída, el cabello enmarañado, ni las botas desgastadas— le causaba dolor. Carecía de necesidades mucho más esenciales que las meras posesiones. Su corazón había sido robado.

Antes, el órgano había latido con tanta vitalidad que había temido que su pecho no pudiera contener su amor. Ahora, estaba vacío. Estéril. Sin nada que no fuera odio, aversión y una determinación nacida de años de búsqueda interminable, ansia implacable y noches en vela soñando con su venganza.

Desde su lugar en lo alto de la cima de la propiedad, miró hacia la entrada de los Jardines Shrewbury.

Una vez había sido un lugar en el que había deseado vivir y formar una familia con su esposo, Pierce.

Sin embargo, cuando ella llegó, ese sueño le fue arrebatado tan rápido como su nombre.

Después de tantos años bajo el disfraz de Madame Zeta, es probable que no reconociera su antiguo nombre si alguien lo pronunciara... no es que alguien, a excepción de Lavinia, conociera su verdadera identidad.

A'laya De Vere, la Condesa de Holderness.

Aunque, desde que recibió la confirmación de que el duque había muerto, dejando a su único hijo, Pierce como aparente heredero, ahora era la Duquesa de Shrewbury, si alguna vez quería reclamar un título tan mancillado.

Se burló de la idea.

Preferiría perecer antes que tomar el nombre y el título de un hombre al que despreciaba. Nunca sería conocida como cualquier otra cosa que no fuera Madame Zeta.

Pero que no daría por ser la señorita A’laya Banesworth, hija de un barón empobrecido de Nottinghamshire, Inglaterra. Querida hija de Eugene y Chloe Banesworth, Lord y Lady Oderton. Si hubiera escuchado las advertencias de su madre y no hubiera caído bajo el hechizo traicionero de Pierce, jamás se hubiera casado con el conde de ese entonces, dejado la propiedad de su familia, tenido su hija, ser abandonada y su bebé robado de su seno.

Su pecho se apretó, como lo hacía a menudo cuando permitía que sus pensamientos se desviaran hacia su último día viviendo como una dama educada en los Jardines Shrewbury.

Si no hubiera sido tan tonta en su juventud, Zeta todavía tendría un corazón. Estaba agradecida de que su madre no hubiera vivido lo suficiente como para ver qué tan efímera y simple se había convertido Zeta.

Desafortunadamente, no tenía la astucia necesaria para evitar que su mundo se fracturara ante sus ojos. Su propia madre, viva o no, habría estado tan indefensa en lo que respecta a la vieja Duquesa de Shrewbury.

Zeta había pagado un alto precio por su locura desde el día en que creyó en las mentiras de Pierce y confió en que su madre cuidaría de ella y de Katherina.

—Mi niña. —Una mano, ligera como una pluma pero tan familiar como cualquier cosa, aterrizó en el hombro de Madame Zeta—. ¿Te he fallado?

Se volvió hacia Lavinia, la anciana que había sido una madre para ella desde el día en que había tomado bajo su ala a Zeta hacía tantos años. Hambrienta, rota y casi muerta, Zeta no había querido más que morir cuando el cochero de Shrewbury la tiró cerca de la caravana de Lavinia. Sin embargo, Lavinia le había dicho a Zeta que un día se reuniría con su Katherina. Ambas mujeres se habían aferrado a esa proclama del destino. Para Zeta, era una esperanza profundamente enterrada y, a veces, dolorosa, mientras Lavinia declaraba que la fortuna era una profecía destinada a hacerse realidad.

En ese momento, con Zeta maltratada y destrozada tanto por dentro como por fuera, había decidido vivir... aunque solo fuera para ver el rostro de su hija una vez más antes de que terminaran sus días en este mundo.

Con cada año que pasaba, era Lavinia quien se acercaba a su final, no Zeta. Y nunca estuvieron cerca de encontrar a Katherina.

Desafortunadamente, ella no poseía un corazón, si lo tuviera, se fracturaría cada vez más al ver el declive constante de la amable anciana.

¿Cuántas veces había insistido Zeta en viajar a los Jardines Shrewbury para ver si Katherina había regresado a la casa de la familia de su padre? ¿Cuántas veces Lavinia se había unido a Zeta en la cresta en la que ahora se encontraban, con vistas al lugar que Zeta había esperado llamar hogar? No, no Zeta. A'laya había deseado llamar hogar a los Jardines Shrewbury. Pero A’laya y su tendencia a ver lo bueno en todos se habían ido.

Para siempre.

Madame Zeta fue lo suficientemente sabia como para saber que si alguna vez esperaba volver a ver a su hija, necesitaba encontrarla. Y como las cosas habían resultado a menudo para Zeta, nada era fácil o costaban un gran esfuerzo.

Mientras estaban de pie en la cresta, los dedos de Lavinia se apretaron en el hombro de Zeta.

—Nunca quise fallarte, mi querida niña.

—No me has fallado —murmuró Zeta, colocando su mano en los fríos dedos de Lavinia y apretando suavemente—. Me he fallado a mí misma... y a Katherina.

—Pronto, me habré ido. Pero tu tiempo y tu búsqueda están lejos de terminar.

—No...

Lavinia reaccionó ante su negación.

—Es el camino de las cosas, el camino de la vida, como muy bien sabes.

Ante las palabras de Lavinia, el collar, lo único que le quedaba a Zeta de su antigua vida, además de su angustia, se sintió caliente en su cuello.

Ambas habían viajado por toda Inglaterra y Escocia. En sus viajes, hablaron, (a veces acurrucadas en un carruaje congelado, envueltas en pieles, otra vez antes de un gran incendio en las primeras horas de la noche en las afueras de Londres, y más recientemente en la costa de Dover durante un período especialmente cálido en medio del verano), del día en que se reuniría con Katherina. En ninguna de sus cavilaciones, Lavinia había estado ausente al lado de Zeta cuando encontraran a Katherina.

Juntas. Las dos. Como lo habían hecho desde que la mujer había rescatado a Zeta de la carretera y la había tomado sin hacer preguntas.

La mirada fija de Lavinia recorrió los extensos terrenos verdes de los Jardines Shrewbury, sabiendo del infernal tormento que Zeta había soportado a manos de la cruel ama de la finca, aunque Lavinia siempre fue demasiado compasiva para hablar de ello en voz alta.

—Todavía siento, en lo más profundo de mi alma, que tu Katherina te será devuelta.

—Al igual que yo. —Zeta había pasado toda su vida adulta regalando fortunas a quienes podían desprenderse de una moneda y a muchos que no podían. Había aprendido mucho de Lavinia, incluida la habilidad para leer a la gente: sus deseos, sus miedos y sus corazones—. Nunca dejaré de buscarla.

—Eso es bueno, mi niña. —El ligero peso de la mano de la mujer se resbaló del hombro de Zeta, y sintió que Lavinia se deslizaba de este mundo. Zeta pasó cada día, sabiendo que era un día menos al lado de Lavinia.

Los arbustos a su izquierda crujieron, y apareció una mujer no mucho mayor que Zeta.

—Regresa al campamento —le susurró Zeta a Lavinia, asintiendo hacia la colina por el área boscosa que daba refugio a su caravana de los espectadores—. Mantente abrigada. Regresaré pronto.

Lavinia miró a la mujer mientras se acercaba, pero afortunadamente accedió, girándose lentamente para regresar con los demás.

—¿Miladi? —La recién llegada se apresuró hacia Zeta. Vestía con el atuendo de los sirvientes de Shrewbury, con el cabello lacio y castaño atado a la nuca. Gotas de sudor se formaban en su frente a pesar del frío de finales de diciembre—. Miladi, ¿es usted?

Habían pasado años desde que Zeta fue confundida con una dama, a pesar de haber sido criada para tomar su lugar en la alta sociedad londinense.

»¿Lady Holderness? —dijo la criada, deteniéndose ante ella, sus ojos se estrecharon en Zeta. Observó su aspecto desaliñado, aunque debió haber encontrado algo que reconoció cuando su mirada se posó en el rostro deteriorado por el clima de Zeta.

—No he respondido a ese nombre en muchos años. Pero sí, soy yo. —Zeta miró a su alrededor, temerosa de que su marido, el desgraciado bribón, tuviera a alguien cerca para detenerla, o expulsarla de la propiedad de Shrewbury—. ¿Quién es usted?

—Miladi, fui yo quien...

Los recuerdos volvieron como una daga a su alma.

—Ayudaste a la duquesa a juntar mis cosas antes de que me echaran de... Shrewbury. —Casi dijo —casa—, pero la finca que se encontraba debajo no era más su casa que la carreta en el que había estado viajando durante casi dos décadas.

Su casa había estado con su madre y, luego, con Katherina.

La mujer bajó la cabeza, claramente avergonzada.

—No, miladi. Yo, de ninguna manera quería ayudar a la duquesa. Pero no tenía opción. Nunca me dieron una opción si deseaba mantener mi posición.

Zeta miró a la mujer, sabiendo que decía la verdad, pero no estaba dispuesta a permitir que sus acciones fueran perdonadas tan fácilmente.

—¿Dónde está mi hija?

La mirada de la criada volvió a la de Zeta.

—No lo sé. No soy más que una criada en Shrewbury.

—¿Mi marido entonces?

Las mejillas de la mujer se pusieron blancas, a pesar del viento helado.

—La última vez que nos llegaron noticias, él vivía en el continente después de un sórdido incidente en Londres.

—¿No ha regresado desde la muerte de su padre?

—No, miladi, aunque el rumor implica que podría haber seguido los pasos del duque y la duquesa. —Bajó su tono a un susurro antes de continuar—: Que el Señor los bendiga en su sueño eterno.

Zeta casi resopló ante la oración de la criada.

—¿Quién cuida la finca en la ausencia de Lord Holderness? —Insistió ella, sin permitirse contemplar esa pieza de información—. Debe haber alguien, un primo o un pariente lejano, que se haya presentado para reclamar el título y las tierras.

—No, miladi. Lord Holderness, es decir el heredero de Shrewbury, todavía tiene que reclamar su título. Sin embargo, nadie discute si vive. Es decir, nadie a quién le importe — respondió la criada—. Nuestros salarios son pagados por el administrador. Algunos de los criados han sido liberados de sus puestos. Solo unos pocos, los necesarios para mantener los Jardines, se han quedado. He escuchado que el administrador está en contacto con un abogado en Londres.

—Me gustaría hablar con él, el administrador. —Zeta asintió con la cabeza a la mujer. Ella,  después de todo, era la legítima esposa de Pierce. En su ausencia, tal vez podría... — Llévame con él.

La criada negó con la cabeza.

—Me temo que no es bienvenida en Shrewbury. La duquesa dejó muy en claro eso antes de que falleciera, y los criados recordaron su orden cuando visitó al duque hace varios años. El magistrado debe ser llamado si pone un pie en tierra de Shrewbury.

Los hombros de Zeta se tensaron cuando una fría indignación se asentó en sus entrañas. Se movió para mirar más allá de la doncella a la finca de abajo.

—¿El magistrado ha sido llamado entonces?

¿Cómo había creído alguna vez que podía criar a su hija en un lugar tan desagradable y poco grato donde incluso los criados temían por su futuro?

Aunque quería localizar a su hija desesperadamente, Zeta no podía poner en peligro a Lavinia y su gente. La habían acogido, le habían dado de comer y le habían dado un lugar para dormir. No sería responsable de que su presencia fuera informada al magistrado, y lo que sea que probable y rápidamente sucedería, si Zeta se atrevía a desafiar los últimos deseos de la duquesa.

—Por supuesto que no, miladi. —La criada retorció los dedos de sus manos, sus ojos como platos, suplicándole a Zeta que le creyera—. Mi nombre es Augusta. La he visto mirar pero no había podido ser capaz de hablar con usted.

—¿Por qué quieres hablar conmigo ahora? ¿Qué ha cambiado? —Zeta no era tan tonta como para creerle a la criada, no después de la traición de su empleador—. He regresado a Shrewbury tan a menudo como pude, pero nadie me ha ofrecido ayuda.

—Los sirvientes... —La criada se mordió el labio y apretó y aflojó las manos a los costados—. Los sirvientes tienen miedo.

—¿De qué? —Exigió Zeta.

—No qué, miladi. A quién. —Ella miró por encima del hombro y hacia la mansión como si temiera que la hubieran escuchado.

Sin la duquesa aquí, solo quedaba una persona a quien temer. Pierce.

—¿Y no tiene miedo de su ira?

—Lo tuve por muchos años, pero nunca he olvidado a su hija...

—Como tampoco lo he hecho yo —espetó Zeta.

—Deseo ayudarle a encontrarla.

Zeta aún no estaba convencida de que la criada tuviera algo que ofrecer.

—¿Por qué ahora? Cuando no ayudaste antes.

—No podía interferir antes con la duquesa presente. Ahora, sin el duque y la duquesa, es diferente. Los criados, todos nosotros, estamos preocupados por nuestras posiciones. Si el hijo del duque no regresa a su casa, ¿qué pasará con la mayoría de nosotros y Shrewbury? El administrador no puede seguir pagando a los criados como lo hace, sin que el señor presida la casa.

La tensión endureció los hombros de Zeta cuando se recordó que la gente de Shrewbury no era su preocupación. Tal vez, hace mucho tiempo, lo eran. Pero ahora no... ni nunca. Solo la idea de encontrar a Katherina atrajo a Zeta a Shrewbury, no un afecto o preocupación equivocado por los sirvientes de la finca.

»Puedo escuchar en los alrededores de Shrewbury. Tal vez preguntar por la bebé.

Zeta entrecerró los ojos en la criada, desafiándola a jugar con sus emociones un segundo más.

»No soy la única que la recuerda a usted y a la bebé. Otros nunca fueron leales al duque y la duquesa, aunque ninguno lo admitiría abiertamente. Puedo convencerlos. Juntos, podríamos encontrarla.

Zeta nunca había sido bendecida con algo ni siquiera cercano a la buena fortuna, si eso era lo que Augusta le estaba otorgando ahora y no otra mentira o un hilo de esperanza que pronto se rompería. Su mente le dijo que ignorara a la mujer y renovara su búsqueda, pero su corazón... su corazón la empujó a aceptar esta simple amabilidad, incluso si la oferta de la doncella resultaba infructuosa al final.

»Puedo enviarle un mensaje si escucho algo —prometió la mujer—. Puede llevar tiempo, pero tengo fe en que alguien hablará sobre el tema. Alguien sabrá qué ha sido de su hija.

—Gracias. Volveré a Oxfordshire tan a menudo como sea posible —ofreció Zeta. La única información que había podido obtener desde que la duquesa la había echado de Shrewbury era la mención de un Vicario Elliott. El nombre había demostrado ser inútil una y otra vez. En todos sus viajes, Zeta nunca había encontrado a nadie con ese nombre, ni había conocido a una sola alma que supiera del vicario o su familia.

Sin embargo, la esperanza, sin importar cuan pequeña fuera, no escaparía del alcance de Zeta.

Hace mucho tiempo, se había jurado encontrar a Katherina, o morir en el intento.

No estaba preparada para morir, ni se había dado por vencida en la búsqueda de su hija, no en todos los años que había estado buscándola.

Capítulo Uno

Londres, Inglaterra

Septiembre 1821

Lord Joshua Stuart, segundo hijo del Duque de Beaufort, saltó de su carruaje afuera de su oficina en Cheapside y le indicó a su cochero que se fuera. Los periódicos matutinos desechados y los residuos de basura se encontraban en la calle llena de gente, y dos perros callejeros escarbaban buscando su próxima comida. La placa chirrió en lo alto, y Joshua hizo una nota mental para engrasar la bisagra y pulir la señal de hojalata que decía simplemente: Abogado.

La mañana era cálida, lo que significaba que la tarde probablemente sería sofocante en los diminutos confines de su oficina. En días como este, Joshua anhelaba ayudar a todos aquellos que lo necesitaban en su oficina de la calle Bond. Sin embargo, los menos afortunados, los que necesitaban trabajar cada hora del día para mantener la despensa abastecida, el carnicero pago y el sebo ardiendo, no tenían tiempo ni fondos para viajar a través de la ciudad hasta la oficina del abogado que había abierto el tío de Joshua, hace casi treinta y cinco años.

Joshua sacó la llave de su bolsillo y la deslizó en la cerradura, notando por primera vez resistencia cuando la giró. Con un poco más de fuerza, giró la llave y Joshua entró en su edificio. La campana que había colgado en lo alto sonó cuando la puerta se abrió y se cerró detrás de él.

Su asistente, Henry Portstall, no llegaba a trabajar hasta dentro de una hora más o menos. La rutina de Joshua consistía en llegar temprano, organizar sus tareas del día y pasar unos minutos solo antes de que el día se pusiera más agitado.

A diferencia de su oficina en Bond Street, esta pequeña habitación, y la oficina aún más pequeña repleta de carpetas de

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