Disfruta de millones de libros electrónicos, audiolibros, revistas y más

A solo $11.99/mes después de la prueba. Puedes cancelar cuando quieras.

Cuadros de la naturaleza

Cuadros de la naturaleza


Cuadros de la naturaleza

Longitud:
689 páginas
9 horas
Publicado:
29 nov 2019
ISBN:
9788490979068
Formato:
Libro

Descripción

Alejandro de Humboldt (Tegel, 1769- 1859) es uno de los máximos representantes del Siglo de las Luces en el campo científico. Es muy difícil encontrar un personaje histórico que rivalice con él en la asociación inconfundible de su nombre con la geografía. Eminente científico, se forma en física, geología, astronomía, botánica y meteorología. En nuestro país su legado fue ampliamente difundido gracias a la traducción que, en 1876, Bernardo Giner de los Ríos realizó de Cuadros de la Naturaleza, edición que presentamos actualizada en esta nueva colección.
Tras obtener un permiso del ministro español Urquijo, Humboldt emprende un viaje científico al continente americano, cuyo resultado sería una ingente cantidad de obras científicas que ayudaron a comprender la realidad americana en muchas de sus vertientes. Sus escritos se consideran un antecedente inmediato de la geografía humana; se interesó por el estudio de las culturas prehispánicas y asentó los inicios del posterior desarrollo científico americano. Su doctrina social y política influirá también en el pensamiento de muchos líderes independentistas.
Cuadros de la Naturaleza ofrece la visión humboldtiana de la ciencia geográfica, cuyo objeto de estudio son los fenómenos terrestres, incluyendo al hombre, al tratar de descubrir el orden existente en las apariencias caóticas de la Naturaleza y las conexiones que se dan entre fenómenos distantes pero que obedecen a una misma causa. Humboldt utiliza un método empírico de observación sistemática que, por medio del raciocinio, debe conducir a la explicación causal de dichos fenómenos y a su comparación con otros similares. Pero su método no es la simple observación neutra; para él, al igual que para los grandes románticos prusianos, como Schiller y Goethe, la contemplación de la Naturaleza es fuente de placer estético y un camino para su comprensión. En Cuadros de la Naturaleza se enfatiza el goce que embarga al viajero cuando mira, con ojos admirativos, los grandes paisajes de las cordilleras americanas, sus selvas, sus ríos y los restos de las civilizaciones antiguas, sin que por ello se deje llevar por construcciones ideales basadas en la especulación.
Publicado:
29 nov 2019
ISBN:
9788490979068
Formato:
Libro

Sobre el autor


Vista previa del libro

Cuadros de la naturaleza - Alexander von Humboldt

CUADROS DE LA NATURALEZA

DE

ALEJANDRO DE HUMBOLDT

Traducción de Bernardo Giner

Colección dirigida por Joaquín del Moral Ruiz

La Naturaleza transformada por la acción humana deviene en paisaje histórico. 

Analizar esta interacción en el tiempo requiere una orientación multitemática que esta colección, Historia y Paisaje, aborda en dos series: Estudios y Clásicos.

Ilustración de cubierta: Humboldt en Venezuela, Friedrich Georg Weitsch (1806), National Portrait Gallery, Berlín.

Las imágenes reproducidas en esta edición cuentan con la autorización de la Biblioteca Nacional - Madrid

Primera edición: diciembre, 2003

© Los Libros de la Catarata, 2003

Fuencarral, 70

28004 Madrid

Tel. 91 532 20 77

www.catarata.org

Alejandro de Humboldt

ISBN: 978-84-9097-906-8

IBIC: HBTP

Reservados todos los derechos. No se permite reproducir, almacenar en sistemas de recuperación de la información ni transmitir alguna parte de esta publicación, cualquiera que sea el medio empleado —electrónico, mecánico, fotocopia, grabación, etc.—, sin el permiso previo de los titulares de los derechos de la propiedad intelectual.

ADVERTENCIA A LA EDICIÓN

La presente edición de Cuadros de la Naturaleza, de Alejandro de Humboldt, reproduce la primera traducción al español de esta obra, que espléndidamente realizó Bernardo Giner de los Ríos, hermano de Francisco Giner, fundador en 1876 de la Institución Libre de Enseñanza. Su trabajo se basó en la edición francesa de 1866, traducida por M. CH. Galuski (París, L. Guérin), que había sido aprobada por el propio Humboldt.

Nuestra colección Historia y Paisaje, serie Clásicos, reedita nuevamente la que fue la primera edición íntegra de esta obra en nuestra lengua, publicada en 1876 en Madrid por el editor, impresor y librero Gaspar.

Se ha procurado mantener inalterada la frescura del texto traducido en giros y expresiones, caso de las transcripciones que se hacen de los nombres propios de la pléyade de científicos enumerados que, en este punto, se coloca en la mejor tradición de nuestros clásicos del Siglo de Oro. La ortografía ha sido actualizada y el texto corregido allí donde ha sido preciso, como en los apellidos incorrectos, fechas de ediciones inexactas, errores tipográficos de diversa índole, modernización de ciertas denominaciones y términos geográficos.

La razón de conservar esta edición se justifica por la influencia que ejerció dicha obra del geógrafo alemán, junto con Cosmos, en la configuración de la moderna geografía española. En ella hay que destacar el influjo que tuvo la visión gineriana del paisaje —imbuida de la ideas humboldtianas sobre la combinación de inteligencia, emoción e imaginación para entenderlo— y que se plasmó en la acción educativa desarrollada por la Institución, particularmente a través de las excursiones practicadas por profesores y alumnos en la madrileña Sierra de Guadarrama entre finales del siglo XIX y primeras décadas del siglo XX¹.

Joaquín del Moral

Director de la colección Historia y Paisaje

PRESENTACIÓN

Joaquín del Moral

Director de la colección Historia y Paisaje

Bosquejo biográfico

Friedrich Wilheim Heinrich Alexander von Humboldt nació un 14 de septiembre de 1769 en la residencia campestre que sus padres poseían en Tegel, localidad próxima a Berlín, capital del reino de Prusia, y falleció el 6 de mayo de 1859 en el mismo lugar.

Su familia pertenecía a la pequeña nobleza —su padre era barón— y estaba imbuida por los valores humanísticos y científicos propugnados por la Aufklärung (Ilustración), promovida en Prusia por Federico II, lo que sin duda influyó para proporcionarle una sólida base educativa. Además, la situación social familiar le confirió un marco ideal para que sus inquietudes intelectuales juveniles fructificaran en una vertebrada formación científica, acompañada por una inteligencia brillante, gran capacidad de trabajo y una curiosidad irrefrenable, que le encaminó a codearse desde muy joven con lo más granado de la intelectualidad berlinesa.

Estudió Geografía y Economía en la Universidad de Frankfurt, Física en la de Göttingen, además de Meteorología, Astronomía y Botánica, y cursó Geología en Freiburg y estudios de ingeniería en la Academia de Ingenieros de Freiberg. Entre 1787-1788 formó parte de dos expediciones, una a través del Rhin y otra viajando por Inglaterra, Francia, Bélgica y Holanda, que le dieron a conocer en los círculos científicos.

Perteneció al llamado círculo de Weimar, integrado por el filósofo y escritor Friedrich Schiller (1759-1805), el poeta y novelista Johann Wolfgang Goethe (1749-1832) y también por su hermano Wilhelm von Humboldt (1767-1835), estadista —fue ministro de Cultos (Educación) entre 1809-1810—, además de filólogo y fundador de la Universidad de Berlín.

La herencia de su madre, fallecida en 1796, le proporcionó una considerable fortuna que le permitió dedicarse a emprender viajes científicos a través del mundo, que era lo que más ansiaba.

Espoleado por su interés en conocer directamente el continente americano emprendió viaje al Reino de España en 1798 para obtener el correspondiente permiso real que le permitiera viajar a las posesiones ultramarinas españolas. En nuestro país permaneció hasta junio de 1799, siendo recibido por los Reyes en Aranjuez. Mientras tanto conoce a destacados miembros de la Ilustración española. Finalmente, tras obtener el permiso, firmado por Mariano Luis de Urquijo, Secretario de Estado y del Despacho de Carlos IV, y mientras se traslada a La Coruña, puerto en el que había de embarcar, le quedó tiempo para medir la altura de la meseta castellana y realizar interesantes estudios geológicos. Seguidamente y en compañía del médico y naturalista francés Aimé Bonpland exploró Centroamérica —costas e interior de Venezuela, ríos Amazonas y Orinoco, Colombia y Ecuador—, la cordillera de los Andes, la isla de Cuba y, a renglón seguido, México y Estados Unidos, en donde tuvo un encuentro con el presidente Jefferson en 1804.

Regresó a Europa con una valiosa colección de rocas y plantas americanas que le serían inestimables para continuar sus estudios sobre el clima y la vida animal, la morfología de los volcanes, las características de las corrientes marinas y el magnetismo terrestre. En 1805 se publica su Ensayo sobre la geografía de las plantas y en 1808 Cuadros de la Naturaleza, una de sus obras cumbre. Y tras más de veinte años de intensos trabajos finalmente concluye la edición (1834), en treinta volúmenes, de los estudios que reflejan las conclusiones científicas de sus viajes americanos (Relation historique du voyage aux régions équinoxiales du Nouveau Continent…).

De vuelta a Berlín combinó las misiones diplomáticas al servicio de Prusia con la realización de expediciones a lugares apartados y la elaboración de su obra científica. En 1829 emprende un nuevo viaje científico, desde los Urales hasta Siberia, lo que le reporta nuevos conocimientos y experiencias que magistralmente sintetizados en cinco volúmenes dejó plasmados en su Cosmos (1845-1862).

En esta obra presenta una visión global de la Tierra, en donde gran variedad de formas y de fuerzas conviven en unidad y armonía. Precisamente la descripción integral de nuestro planeta como un organismo vivo le iba a convertir en uno de los científicos más reputados del siglo XIX, en tanto la totalidad de su obra ejercería notable influencia en los más diversos ámbitos del conocimiento científico. Con K. Ritter es el inspirador de la nueva geografía europea del siglo XIX, basada en la explicación sistemática y científica².

Alejandro de Humboldt podemos decir, finalmente, que constituye un reputado ejemplo de lo que en el pensamiento científico contemporáneo vino a significar la unión entre la Ilustración y el Romanticismo.

Alcance de su obra y significación de Cuadros de la Naturaleza

Humboldt probó la unidad geológica de la Tierra tras las observaciones y estudios realizados en el continente americano, y sus investigaciones sobre los animales y plantas de aquellas latitudes resultaron decisivas para el progreso de las ciencias naturales y, en particular, de la climatología. En este aspecto son notables sus croquis o esquemas realizados para estudiar las temperaturas. Por otro lado, datos y observaciones, recogidos mediante una metodología positivista, quedaron representados en multitud de tablas, cuadros estadísticos, dibujos o mapas que ilustran todos sus escritos y que contribuyeron a realzarlos y enriquecerlos.

La unidad del mundo físico es la idea principal que preside la obra humboldtiana: lo que pretendo básicamente es trazar un cuadro general de la Naturaleza, que permita abarcar el conjunto de todas las fuerzas que concurren a animarla, señala el propio Humboldt en Cosmos. Naturalmente en el ámbito de las ciencias humanas su correlación es la unidad del género humano. Pero ambas no son realidades estáticas sino en permanente evolución, en consonancia con las proposiciones del pensamiento científico del siglo XIX con las que Alejandro de Humboldt se siente perfectamente identificado, como elocuentemente precisa en un pasaje de su obra más trascendental³:

Del mismo modo que, en las elevadas esferas del pensamiento y del sentimiento, en la filosofía, la poesía y las bellas artes, es el primer fin de todo estudio un objeto interior, el de ensanchar y fecundizar la inteligencia, es también el término hacia el cual deben tender las ciencias directamente, el descubrimiento de las leyes, del principio de unidad que se revela en la vida universal de la naturaleza. Siguiendo la senda que acabamos de trazar, los estudios físicos no serán menos útiles a los progresos de la industria, que también es una noble conquista de la inteligencia del hombre sobre la materia. Por una feliz conexión de causas y de efectos, generalmente aun sin que el hombre lo haya previsto, lo verdadero, lo bello y lo bueno se encuentran unidos a lo útil. El mejoramiento de los cultivos entregados a manos libres y en las propiedades de una menor extensión; el estado floreciente de las artes mecánicas, libres de las trabas que les oponía el espíritu de corporación; el comercio engrandecido y vivificado por la multiplicidad de los medios de contacto entre los pueblos, tales son los resultados gloriosos de los progresos intelectuales y del perfeccionamiento de las instituciones políticas en las cuales este progreso se refleja. El cuadro de la historia moderna es, bajo este respecto, capaz de convencer a los más porfiados.

Esta perspectiva requiere un procedimiento de observación científica que evalúe semejanzas y diferencias entre los diversos elementos estudiados. Es el método comparado, que ya está presente en el Ensayo sobre la geografía de las plantas y magistralmente desplegado en Cuadros de la Naturaleza.

Humboldt era hijo de la Ilustración, pero era también un hombre de talante apasionado, que participaba de los ideales propugnados por el movimiento romántico, los cuales en el campo de los sentimientos, que en el hombre ejerce la contemplación de la Naturaleza, tan bien había expresado su amigo Goethe en Werther. Precisamente esta comunión entre emoción y deseo de conocimiento dará lugar en su obra, y particularmente en Cuadros, a una reflexión sobre la naturaleza del paisaje, que requerirá para comprenderla tanto de las ciencias físicas y naturales como de las ciencias humanas. Además, conviene recordar que en el paisaje existen muchos elementos procedentes de la cultura y de la estética, que explican también su evolución.

Esta doble interacción entre lo físico, la Naturaleza, y la acción humana, la Historia, es la gran aportación del sabio prusiano a las investigaciones actuales sobre la historia del paisaje. Desde esta perspectiva, todavía en construcción, los estudios sobre la evolución del paisaje bien pueden contribuir a la cimentación de una sólida historia social en donde sin duda tendrán un lugar destacado⁴.

Obras principales de Alejandro de Humboldt

Cuadros de la Naturaleza. Traducción de Bernardo Giner. Madrid, Imprenta y Librería de Gaspar, editores, 1876.

Cuadros de la Naturaleza, según la edición definitiva, anotada y ampliada por el autor. Traducida por Javier Núñez de Prado, con un prólogo de Emiliano M. Aguilera. Barcelona, Gráficas Diamante, 1961. Esta traducción se hizo sobre la 3ª edición francesa y carece de notas.

Cosmos. Ensayo de una descripción física del mundo. Traducción de B. Giner y J. de Fuentes. Madrid, Imprenta de Gaspar y Roig, editores, 4 tomos, 1874-1875.

Relation historique du voyage aux régions équinoxiales du Nouveau Continent fait en 1799, 1800, 1801, 1802, 1803 et 1804 par Alexandre de Humboldt et Aimé Bonpland, rédigé par A. de Humboldt. París, Schoell, Maze, Smith und Gide fils, 30 vols., 1814-1825.

Examen critique de l’histoire de la géographie du Nouveau Continent, et des progrès de l’astronomie nautique aux XVe et XVIe siècles. París, Gide, 2 vols., 1814-1834.

Sitios de las cordilleras y monumentos de los pueblos indígenas de América. Traducción de Bernardo Giner, Madrid, s. e., 1878.

Ensayo político sobre el Reino de Nueva España. Estudio preliminar, revisión del texto, notas y anexos de J. A. Ortega y Medina. México, Porrúa, 1966.

Ensayo sobre la geografía de las plantas acompañado de un cuadro físico de las regiones equinocciales. Prefacio de José Sarukhán e Introducción de Charles Minguet y Jean-Paul Duviols. México, Siglo XXI, 1997.

Ensayo político sobre la isla de Cuba. Estudio introductorio y edición de Miguel Ángel Puig-Samper, Armando García González y Consuelo Naranjo Orovio. Aranjuez, Ediciones Doce Calles/Junta de Castilla-León, 1998.

Bibliografía escogida

Beck, Hanno: Alexander von Humboldt, México, Fondo de Cultura Económica, 1971

Biermann, Kurt R.: Alexander von Humboldt, México, Fondo de Cultura Económica, 1990.

Botting, Douglas: Humboldt y el Cosmos. Vida, obra y viajes de un hombre universal (1769-1859), Barcelona, Ediciones El Serbal, 1981.

González Bueno, Antonio: La expedición botánica al Virreinato del Perú (1777-1788), Barcelona, Lunwerg, 1988.

Labastida, Jaime: Humboldt ciudadano universal, México, Siglo XXI, Editores, 1999.

López-Ocón, Leoncio: Un naturalista en el panteón. El culto a Humboldt en el Viejo y el Nuevo Mundo durante el siglo XIX, Cuadernos Hispanoamericanos, nº 586 (abril de 1999), pp. 21-33.

Melón y Ruiz de Gordejuela, Amando: Alejandro de Humboldt, su vida y obra, Madrid, Ediciones de Historia, Geografía y Arte, 1960.

Minguet, Charles: Alejandro de Humboldt ante la Ilustración y la independencia de Hispanoamérica, en Alberto Gil Novales (ed.), Homenaje a Noël Salomón. Ilustración española e independencia de América, Barcelona, Universidad Autónoma de Barcelona, 1979, pp. 69-79.

Naranjo Orovio, Consuelo: Humboldt y la isla de Cuba en el siglo XIX, María Pilar San Pío y Miguel Ángel Puig Samper (eds.), Las flores del Paraíso, Barcelona, Lunwerg, 1999, pp. 121-138.

Peset, José Luis: Ciencia e independencia en la América española, en Antonio Lafuente, Alberto Elena, María Luisa Ortega (eds.), Mundialización de la ciencia y cultura nacional, Aranjuez, Doce Calles, 1993.

Terra, Helmut de: Humboldt. The Life and Times of Alexander von Humboldt, 1769-1859, New York, Octagon Books, 1979.

VV AA: Alejandro de Humboldt y el mundo hispánico. La modernidad y la independencia americana, Miguel Ángel Puig Samper, coord., Debate y perspectivas. Cuadernos de Historia y Ciencias Sociales, Madrid, Fundación Histórica Tavera, 2000.

INTRODUCCIÓN:

ALEJANDRO DE HUMBOLDT Y LOS ‘CUADROS DE LA NATURALEZA’

Miguel Ángel Puig-Samper y Sandra Rebok

Instituto de Historia. CSIC

Los primeros años de un sabio prusiano, Alejandro de Humboldt

Alejandro de Humboldt nació el 14 de septiembre de 1769 en el denominado por él como castillo del aburrimiento, en Tegel, muy cerca de Berlín, un mediano palacete en el que discurrió su infancia, siempre acompañado por su hermano mayor Wilhelm⁶. Su padre fue un importante personaje palaciego, chambelán del rey de Prusia, y su madre, Elisabeth Colomb, una mujer adinerada que parece que marcó profundamente la personalidad de su hijo. La influencia de Joachim Heinrich Campe, un educador al que la bibliografía humboldtiana no trata demasiado bien, parece evidente. Su afición a la literatura de viajes, y el haber sido él mismo un escritor de más o menos éxito con la publicación de su particular Robinson, tuvo que influir necesariamente en la imaginación del joven Alejandro. Sabemos hoy también que Campe fue un destacado miembro de la masonería alemana, y está claro que Humboldt adquirió bastantes principios ideológicos de esta asociación. Asimismo tuvo como segundo profesor a Gottlob C. Kunth, quien, al parecer, dejó su impronta en la adquisición de algunos valores éticos, en la enseñanza de la filosofía rusoniana y en el aprendizaje de otros idiomas. Este elemento se considera muy relevante en el éxito de ambos hermanos en los círculos culturales de la época, incluidos los judíos berlineses que al parecer influyeron de manera importante en la educación de Alejandro, especialmente la tertulia de Marcus Herz y su esposa Henriette, un espacio cultural privilegiado en el Berlín ilustrado.

El propio Alejandro de Humboldt dejó trazada su peripecia vital en los siguientes años en la biografía que presentó en 1799 al ministro español Mariano Luis de Urquijo en el escrito Noticia sobre la vida literaria de Mr. de Humbold (sic), comunicada por él mismo al Barón de Forell⁷, en el que comenta que después de haber disfrutado de una educación muy cuidada en la casa paterna y de la enseñanza de los sabios más distinguidos de Berlín, acabó sus estudios en las universidades de Gotinga y Frankfurt. Destinado entonces a la carrera de hacienda estuvo durante un año en la Academia de Comercio de Hamburgo, establecimiento dedicado tanto a la instrucción de negociantes, como a la de las personas, que debían servir al Estado en la dirección del comercio, de los bancos y de las manufacturas. Más tarde estuvo matriculado en la famosa Academia de Minería de Freiberg, en Sajonia, un lugar que se convirtió en el centro de la formación de la elite científico-técnica europea y donde además recibió las enseñanzas del prestigioso geólogo Abraham Werner. El éxito que tuvo la primera obra de Humboldt sobre las montañas basálticas del Rhin hizo que el barón de Heinitz le contratase para su departamento en la dirección de Minas. Efectuó por entonces un viaje de mineralogía y de historia natural por Holanda, Inglaterra y Francia bajo la dirección de George Forster, célebre naturalista que había dado la vuelta al mundo con el capitán Cook. Según Humboldt, a él le debía la mayor parte de los conocimientos que poseía antes de su viaje americano.

Tras algunas experiencias útiles para el ahorro de combustible en el cocimiento de sal y después de haber publicado una pequeña obra relativa a este asunto, el rey le envió a Polonia y al sur de Alemania para estudiar las minas de sal gema de Wieliczka, Hallein, Berchtesgaden, etc. Además, tras la incorporación a la Corona de Prusia de los Margraviatos de Franconia, el rey le nombró director de minas de estas provincias, en las que la explotación estaba descuidada desde hacía siglos. Fue durante esta estancia continuada en las minas cuando hizo una serie de experiencias, bastante peligrosas, sobre los medios de volver menos nocivas las mofetas subterráneas y salvar a las personas asfixiadas. Publicó también durante este período una obra de botánica, Flora fribergensis specimens, la fisiología química de los vegetales, traducida a numerosas lenguas, y un gran número de memorias de física y de química, contenidas en parte en los periódicos de Francia e Inglaterra. A la vuelta de Polonia acompañó a Karl August von Hardenberg, antiguo director de la administración prusiana en Franconia, en sus negociaciones políticas, que el rey le había encargado poco antes de la paz de Basilea.

Un acontecimiento que marcó la vida de Alejandro de Humboldt fue la muerte de su madre en 1796, un suceso que por una parte le trastornó y por otra supuso la posibilidad de iniciar su vida de viajero científico. Tras varios intentos frustrados de viajar a Italia y de pasar después a Francia, estudiaba la posibilidad de viajar a África o, quizá, a América.

Según sus propias palabras:

Teniendo un ardiente deseo de ver otra parte del mundo y de verla con la referencia de la física general, de estudiar no solamente las especies y sus caracteres, estudio que se ha hecho casi exclusivamente hasta hoy día, sino la influencia de la atmósfera y de su composición química sobre los cuerpos organizados; la formación del globo, las identidades de las capas (estratos) en los países más alejados unos de otros, en fin, las grandes armonías de la Naturaleza, tuve el deseo de dejar por algunos años el servicio del Rey y de sacrificar una parte de pequeña fortuna al progreso de las Ciencias. Solicité mi licencia, pero S. M., en lugar de concedérmela, me nombró su Consejero Superior de Minas, aumentando mi pensión y permitiéndome hacer un viaje de historia natural. No pudiendo ser útil a mi patria en una ausencia tan grande, no acepté la pensión, dando las gracias a S. M. por una gracia, menos acorde a mi poco mérito, que al de un padre, que gozó hasta su muerte de la confianza más distinguida de su Soberano⁸.

Para preparar su viaje reunió una escogida colección de instrumentos científicos para poder determinar la posición astronómica de los lugares, la fuerza magnética, la declinación y la inclinación de la aguja imantada, la composición química del aire, su elasticidad, humedad y temperatura, su carga eléctrica, su transparencia, el color del cielo, la temperatura del mar, etc.

Humboldt, en su autobiografía, describió sus últimas experiencias antes del viaje americano con las siguientes palabras:

Habiendo hecho por entonces algunos descubrimientos sorprendentes sobre el fluido nervioso y la manera de estimular los nervios por agentes químicos, aumentando y disminuyendo la irritabilidad a voluntad, sentí la necesidad de hacer un estudio más singular de Anatomía. Con este objeto estuve cuatro meses en la Universidad de Jena y publiqué los dos volúmenes de mis Experiencias sobre los nervios y el proceso químico de la vitalidad, obra cuya traducción ha aparecido en Francia. Me trasladé de Jena a Dresde y Viena para estudiar las riquezas botánicas y para entrar nuevamente en Italia. Los sucesos de Roma me hicieron desistir de este proyecto y encontré durante mi estancia en Salzburgo un nuevo método para analizar el aire atmosférico, método sobre el cual he publicado una memoria con Vauquelin. Al mismo tiempo acabé la construcción de mi nuevo barómetro y de un instrumento, que he llamado antracómetro, porque mide la cantidad de ácido carbónico contenido en la atmósfera. Con la esperanza de poder llegar hasta Nápoles, partí hacia Francia, donde trabajé con los químicos de París durante cinco meses. Leí numerosas memorias en el Institut National, contenidas en los Annales de Chimie, y publiqué dos obras, una sobre las mofetas de las minas y los medios de volverlas menos dañinas, la otra sobre el análisis del aire⁹.

El viaje americano de Humboldt y su preparación en España

El Directorio francés decidió por aquella época hacer un viaje alrededor del mundo con tres buques bajo el mando del capitán Baudin, al que Humboldt fue invitado por el ministro de Marina. Se preparaba ya para partir hacia el Havre cuando la falta de fondos hizo fracasar este proyecto. Decidió entonces irse a África para estudiar el monte Atlas; aguardó durante dos meses a su embarcación en Marsella, pero los cambios políticos ocurridos en Argel le hicieron renunciar a este proyecto y tomar el camino de la península a fin de solicitar la protección de S. M. Católica para un viaje a América, un deseo que según algunos autores estaba ya en su pensamiento desde su juventud, lo que explicaría además el hecho de que aprendiera algo de español en secreto.

Una vez instalado en Madrid, en febrero de 1799, el encargado de negocios de Prusia, David de Tribolet-Hardy, le puso en contacto con la persona clave que podría lograr la aprobación de un proyecto como el que pretendía Alejandro de Humboldt: la exploración de la América española. Se trataba del barón Phillip de Forell, embajador de Sajonia en Madrid, mineralogista distinguido y amigo personal del ministro Mariano Luis de Urquijo. La actuación del embajador sajón fue providencial para Humboldt, que logró con rapidez la protección política y estableció los vínculos científicos necesarios para la preparación del viaje americano. Según un informe del embajador danés en Madrid, Herman de Schubart, la alianza de Humboldt con el barón de Forell se extendió además al embajador holandés Johan Valckenaer, quien, se piensa, formaba parte de un comité secreto que asesoraba al ministro Urquijo y a la reina María Luisa en los asuntos políticos más delicados, además de su relación con el príncipe de Parma, casado con la infanta M.ª Luisa, que Humboldt calificó de planta exótica de la corte madrileña por su sabiduría y conocimientos científicos.

En el campo de la ciencia, Humboldt pudo llegar de la mano del propio barón de Forell al Real Gabinete de Historia Natural, institución científica con la que el embajador de Sajonia colaboraba con sus colecciones mineralógicas y en la que incluso había logrado colocar como colectores a dos alemanes, Juan Guillermo y Enrique Talacker. Además parecía evidente el aprecio por la mineralogía alemana del director efectivo del Real Gabinete de Historia Natural, José Clavijo y Fajardo, si tenemos en cuenta que hacía poco tiempo había enviado una expedición mineralógica a Chile y Perú dirigida por los hermanos Heuland, sobrinos del gran coleccionista Jacob Forster, y había promovido al catedrático de mineralogía en Madrid, Cristiano Herrgen.

Paralelamente, Humboldt establecería relaciones científicas con los químicos Louis Proust y Domingo García Fernández, quienes con el botánico Cavanilles y Herrgen estaban a punto de publicar la primera revista científica española, los Anales de Historia Natural. Para completar sus conocimientos, Casimiro Gómez Ortega, por entonces director del Real Jardín Botánico, le permitió conocer el contenido de las floras americanas elaboradas en las expediciones científicas que los gobiernos ilustrados habían enviado a América, especialmente las dirigidas a Perú y Nueva España. También llegó a conocer a Juan Bautista Muñoz, el ilustre historiador que en esos años organizaba el Archivo General de Indias y preparaba su Historia del Nuevo Mundo; a José Chaix, un astrónomo distinguido que había trabajado con Delambre y Méchain en las operaciones de medición del arco de meridiano en España y que fue uno de los principales colaboradores de Humboldt, así como al grupo de marinos ilustrados, que en su mayor parte estaban relacionados con el Depósito Hidrográfico de Madrid, donde se elaboraba la principal cartografía náutica de la época y que dirigía el marino José Espinosa y Tello, más tarde sustituido por Felipe Bauzá, otro de los corresponsales más activos de Alejandro de Humboldt.

En cuanto a su trabajo científico en España, sólo apuntaremos que su exploración de la península fue mucho más limitada que la americana, ya que aunque encierra datos y observaciones referentes a la geografía, la climatología y la geología peninsular de sumo valor, incluyendo el descubrimiento científico de la meseta, que luego ampliará en Canarias, no ofrece la visión global, holística, que aparecerá en su obra americana. Quizá fuera demasiado pronto, o simplemente la escala peninsular le ofrecía un interés menos amplio, aunque suficiente para ensayar su imponente colección de instrumentos científicos¹⁰.

Sobre su audiencia en la corte española para presentar su proyecto de viaje americano, gestionada por el barón de Forell, embajador de Sajonia, el gran colaborador de Clavijo y de Herrgen en el Real Gabinete de Historia Natural y en el nuevo Real Estudio de Mineralogía, ha quedado el testimonio que él mismo recuerda en su Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente:

Fui presentado a la corte de Aranjuez, en el mes de marzo de 1799. El rey se dignó acogerme con bondad. Le expuse los motivos que me inducían a emprender un viaje al Nuevo Continente y a las islas Filipinas, y presenté una memoria sobre esta materia al secretario de Estado. El caballero de Urquijo apoyó mi solicitud y logró allanar todos los obstáculos. El proceder de este ministro fue tanto más generoso cuanto no tenía yo nexo ninguno personal con él. El celo que mostró constantemente para la ejecución de mis proyectos no tenía otro motivo que su amor por las ciencias. Es un deber y una satisfacción para mí consignar en esta obra el recuerdo de los servicios que me prestó¹¹.

Hay una carta del barón de Forell, fechada en Aranjuez el 11 de marzo de 1799 y dirigida a Mariano Luis de Urquijo, en la que el embajador de Sajonia presentaba el proyecto de Humboldt, convencido de que el permiso para visitar los dominios españoles en América daría como fruto un gran avance en los conocimientos científicos del mundo natural. Forell solicitaba la protección de Urquijo, que ya había dado pruebas de su interés en el progreso de las ciencias, tanto para Alejandro de Humboldt como para Aimé Bonpland, el botánico francés que le acompañaría a lo largo de su viaje. Asimismo, el embajador pedía que se entregase la memoria al rey Carlos IV y, en caso de aprobación, solicitaba la expedición de los pasaportes y de las cartas de recomendación necesarias para que el sabio prusiano pudiera pasar a América con los instrumentos adecuados para sus observaciones. Además, Alejandro de Humboldt presentó una Memoria al rey Carlos IV, en la que manifestaba sus intereses científicos. Resulta extremadamente interesante que Humboldt solicitase el permiso para penetrar en el Nuevo Mundo alegando la perfección de los nuevos instrumentos de medición de los fenómenos atmosféricos, pero sobre todo haciendo hincapié en su particular obsesión, repetida en numerosas cartas a sus amigos: la formación del globo, la medida de las capas que lo componen y el reconocimiento de las relaciones generales que unen a los seres organizados, objetivos que contrastan con lo señalado en el pasaporte y en el permiso especial de Urquijo, que destacaban el estudio de las minas, una empresa más práctica para los gobernantes españoles.

Respecto a la financiación de su viaje, el propio Humboldt aclaró unos años más tarde al Journal de Bordeaux que lo había hecho a sus expensas, aunque con la protección magnánima del rey de España durante los cinco años que había durado el viaje, algo que sin duda implicaba el ahorro de determinados gastos pero no la necesidad de disponer de un presupuesto propio. Sabemos que desde Barcelona había solicitado a Kunth dinero para instalarse en Madrid, y el 4 de abril de 1799, ya en Madrid, le comentaba que el marqués de Iranda, miembro del Consejo Real de Hacienda y uno de los hombres más distinguidos de Europa, le trataba como un padre y le facilitaría todo lo necesario para su viaje.

Para conocer el viaje americano de Humboldt y Bonpland, la mejor fuente es el relato que él mismo escribió, el cual se conserva en la American Philosophical Society en Filadelfia¹². Según el propio Humboldt, los dos viajeros zarparon de La Coruña con la fragata española Pizarro rumbo a las islas Canarias, donde ascendieron al cráter del pico del Teide y realizaron experimentos para el análisis del aire. En julio llegaron al puerto de Cumaná en América meridional. Visitaron en 1799 y en 1800 la costa de Paria, las misiones de los indios chaymas, las provincias de Nueva Andalucía, de Nueva Barcelona, de Venezuela y de la Guayana española. En enero de 1800 salieron de Caracas en dirección a los bellos valles de Aragua. Desde Portocabello atravesaron al sur las inmensas planicies de Calabozo, del Apure y del Orinoco, los Llanos.

Descendieron el río Apure, que desemboca bajo los 7º de latitud en el Orinoco; remontaron este último río, pasando los célebres raudales de Maipures y Atures, hasta la boca del Guaviare, para después cruzar por tierra a las fuentes del famoso río Negro, que bajaron hasta San Carlos. Desde aquí consiguieron llegar a Esmeralda, cerca de las fuentes del Orinoco. Regresaron a Cumaná por las planicies de Cari y las misiones de los indios caribes. Después de una estancia de algunos meses en Nueva Barcelona y Cumaná, nuestros viajeros llegaron a La Habana.

Humboldt permaneció tres meses en la isla de Cuba, donde se ocupó de medir la longitud de La Habana y de la construcción de hornos en los ingenios. Estaba a punto de salir hacia Veracruz cuando falsas noticias sobre el viaje del capitán Baudin le hicieron cambiar de plan, ya que esperaba unirse a su expedición en Guayaquil o en Lima y visitar con él la Nueva Holanda y las islas del Pacífico. Humboldt salió de Batabanó en marzo de 1801, costeó el sur de la isla de Cuba y fue a parar a la embocadura del río Atrato. Descansaron en el río Sinú y tuvieron una vuelta penosa a Cartagena, en Colombia. Humboldt permaneció unas semanas en los bosques de Turbaco y remontó en cuarenta días el río Magdalena. Desde Honda subieron hasta Santa Fe de Bogotá, la capital del Reino de Nueva Granada. Las extraordinarias colecciones del sabio José Celestino Mutis, la grande y majestuosa catarata de Tequendama, las minas de Mariquita, de Santa Ana y de Zipaquirá o el puente natural de Icononzo son las curiosidades que detuvieron a Humboldt y a Bonpland hasta el mes de septiembre de 1801. Después, emprendieron el viaje a Quito, pasando por los Andes de Quindío. Desde la ciudad de Cartago, en el Valle del Cauca, bordearon el Chocó y por Buga llegaron a Popayán, donde escalaron el cráter del volcán de Puracé, para trasladarse después a Quito, donde estuvieron cerca de un año.

Su llegada a esta capital se produjo en enero de 1802. Emprendieron expediciones por separado a las montañas nevadas de Antisana, de Cotopaxi, de Tunguragua y del Chimborazo. En todas sus expediciones tuvieron de compañero a Carlos Montúfar, hijo del marqués de Selva Alegre de Quito, que estaba muy interesado por el progreso de las ciencias. Montúfar, después de haber acompañado a Humboldt en el resto de su expedición por Perú y el Reino de Nueva España, pasó con él a Europa. Tras haber examinado el terreno descompuesto en el terremoto de Riobamba de 1797, pasaron por los Andes de Azuay a Cuenca. El deseo de comparar las quinas descubiertas por Mutis en Santa Fe, y las de Popayán, la Cuspa y el Cuspare de Nueva Andalucía y del río Caroní con la quina de Loja y del Perú, hizo que prefirieran no seguir la ruta abierta de Cuenca a Lima, sino pasar —con inmensas dificultades por el transporte de sus instrumentos y colecciones— por el bosque de Saraguro a Loja, y desde allí a la provincia de Jaén de Bracamoros. Desde Cajamarca bajaron a Trujillo, en cuyos alrededores se encuentran las ruinas de la inmensa ciudad peruana Mansiche. Siguieron las áridas costas a Santa, Huarmey y Lima, donde permanecieron algunos meses.

Desde Lima nuestros tres viajeros pasaron por mar a Guayaquil —lugar en el que fue redactado el borrador del Essai sur la géographie des plantes—, desde donde emprendieron el viaje a México. Navegaron hasta Acapulco, puerto occidental del Reino de Nueva España. Humboldt tenía en principio previsto hacer una estancia de sólo unos meses en México y acelerar su vuelta a Europa, pero las circunstancias le obligaron a estar un año en Nueva España.

Los viajeros subieron de Acapulco a Taxco, famoso por sus minas, y desde allí, por Cuernavaca, llegaron a la capital de México. Esta ciudad, que entonces contaba con 150.000 habitantes, situada en el terreno del antiguo Tenochtitlán, entre los lagos de Texcoco y Xochimilco, era sin duda comparable con las más bellas ciudades de Europa, en opinión de Humboldt. Los grandes establecimientos científicos, como la Academia de Pintura, de Escultura y de Grabado, el Colegio de Minería o el Jardín Botánico, eran instituciones que hacían honor al Gobierno que los había creado. Tras una estancia de unos meses en el valle de México y después de haber fijado la longitud de la capital, Humboldt y sus acompañantes visitaron las minas de Morán y de Real del Monte y el Cerro del Oyamel, donde los antiguos mexicanos fabricaban cuchillos de obsidiana. Poco después pasaron por Querétaro y Salamanca a Guanajuato, una ciudad de 50.000 habitantes que era famosa por sus minas.

Desde Guanajuato regresaron por el valle de Santiago a Valladolid, en el antiguo reino de Michoacán. Bajaron de Pátzcuaro en dirección a la costa del océano del Pacífico a las planicies de Jorullo. Llegaron casi hasta el fondo del cráter de este gran volcán de Jorullo, donde analizaron el aire sobrecargado de ácido carbónico. Regresaron a México por el valle de Toluca y en los meses de enero y febrero de 1804 llevaron sus investigaciones hacia la vertiente oriental de la cordillera. Midieron los Nevados de la Puebla, el Popocatépetl y el Iztaccihuatl, el gran Pico de Orizaba y el Cofre de Perote. Tras una corta estancia en Jalapa, se embarcaron en Veracruz con rumbo a La Habana. Recogieron las colecciones que habían dejado en 1801 y tomaron la vía de Filadelfia para volver, en julio de 1804, a Francia. En Estados Unidos visitaron la American Philosophical Society y Humboldt tuvo la oportunidad de conocer al presidente Thomas Jefferson, a quien suministró abundante información sobre los territorios recorridos en su exploración, especialmente de los mexicanos.

Una colección de 6.000 especies diferentes de plantas, de las que una gran parte era nueva, observaciones mineralógicas, astronómicas, químicas y morales fueron el resultado de esta expedición, que quedó además reflejado en multitud de obras impresas, aunque haya que destacar su Voyage aux régions équinoxiales du Nouveau Continent y sus Ensayos políticos sobre Cuba y Nueva España, en los que Humboldt hizo los más grandes elogios de la protección con la cual el Gobierno español quiso apoyar sus investigaciones.

La nueva etapa de Humboldt en Europa

Tras los primeros meses de estancia en París para iniciar su trabajo científico, Humboldt se trasladó en 1805 a Italia. Allí pudo ver a su hermano Wilhelm —entonces embajador ante el Vaticano— y hacer algunas observaciones en el volcán Vesubio junto a Louis J. Gay-Lussac y Leopold von Buch, este último su compañero de estudios en Freiberg. Después volvió a Berlín, ciudad en la que recibió todo tipo de honores y fue nombrado chambelán del rey de Prusia, cargo en el que ejerció como consejero y diplomático en una situación bélica con Francia muy delicada por la ambición política de Napoleón. Fue la época en la que Humbodt redactó la primera versión de sus preciosos Cuadros de la Naturaleza (Ansichten der Natur), antes de poder regresar en 1808 a su querido París, donde continuaba su obra editorial y mantenía reuniones con amigos de la talla de Berthellot, Gay-Lussac, Arago, Chateaubriand, etc. Ya había publicado en París su importante Ensayo sobre la geografía de las plantas (1807), preparaba la edición de sus Ensayos políticos sobre Cuba y Nueva España, publicaba artículos en diferentes revistas científicas francesas y acometía la empresa editorial de la publicación del Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente.

Esta situación pudo mantenerla hasta 1827, fecha en la que marchó a Berlín por orden expresa del rey de Prusia Federico Guillermo III, con el que colaboró estrechamente en la corte de Potsdam. Poco después impartió las conferencias que le hicieron célebre en su tierra y que serían el germen de su futura obra de madurez, Cosmos. Humboldt dio un primer ciclo en la Universidad de Berlín de 61 lecciones de geografía física, entre el 3 de noviembre de 1827 y el 26 de abril de 1828, con tanto éxito que tuvo que hacer otro ciclo de 16 clases sobre el cosmos, entre diciembre de ese año y abril de 1828, en la Singakademie de Berlín¹³.

En 1829 tuvo además la oportunidad de hacer su anhelada expedición a Asia central —como él mismo quiso llamarla¹⁴—, aprobada por el zar Nicolás I —quien le impuso el más absoluto secreto sobre las condiciones de esclavitud de muchos campesinos—, y contó con el decisivo apoyo del ministro ruso de Hacienda, el conde Georg von Cancrin. El viaje surgió tras la negativa de las autoridades británicas a autorizarle un viaje a la India, tal como Alejandro de Humboldt deseaba para comparar la constitución geológica del continente asiático con la de América meridional. Estuvo en este viaje acompañado por el mineralogista alemán Gustav Rose, el zoólogo Christian Gottfried Ehrenberg y su criado Seifert. El nuevo periplo comenzó el 12 de abril de 1829, y el célebre Humboldt fue recibido con todos los honores por la corte imperial rusa en San Petersburgo, tras pasar por los países bálticos. Hay que recordar que Humboldt era miembro de honor de la Academia de Ciencias de San Petersburgo desde 1818. Recorrieron un itinerario que les llevó a Moscú, Nizhnyi Novgorod, Kazan, Perm y los Urales, montes en los que Humboldt debía encontrar diamantes para el zar. Después se dirigieron a Tobolsk, Barnaui, el Altai y la frontera china, desde donde regresaron hacia Omsk, Quirguiz y Kazaj para llegar a Astracán, en las orillas del mar Caspio. Hizo observaciones en el lago Elton, que se encontraba cubierto de sal, y visitó las colonias alemanas del Volga. El 3 de noviembre del mismo año los expedicionarios llegaban a Moscú, vía Tula, tras un extraño viaje que daría a conocer en su obra sobre Asia Central en 1843. Habían recorrido, como apuntaba el propio Humboldt, aquellas inmensas estepas como si hubieran navegado por un interminable océano terrestre, en el que habían medido la temperatura y la humedad del aire, las variaciones del magnetismo y habían calculado la posición astronómica de los lugares visitados, sin mencionar los estudios geológicos y mineralógicos, que darían poco después como resultado el hallazgo de los deseados diamantes para el zar.

Como ha indicado Philippe Babo, quizá el viaje asiático no fuera tan fructífero como el americano, pero dio a Humboldt la posibilidad de establecer mejor las comparaciones entre el Nuevo Mundo y el Viejo, y, sobre todo, de demostrar su idea de unidad de la Naturaleza, que perseguía desde hacía tantos años. Además, Philippe Babo insiste en la bondad del método comparado, la llamada geografía comparada o geognosia, caracterizada por el estudio de la influencia de la geografía física sobre las sociedades humanas y las interacciones de los fenómenos naturales; una disciplina de la que considera a Humboldt el fundador junto a Karl Ritter, así como el precursor de Haeckel en ecología. Le llama padre de la exploración de Asia central y cree que pudo desear también ser conocido como el ‘Nuevo Marco Polo’¹⁵. En el estudio preliminar de Minguet a la edición francesa de Tableaux de la Nature, destaca como objetivo principal del viaje de Humboldt el estudio de la construcción de la Tierra o, como lo llama Humboldt, la Física del Globo. La obra de Humboldt hay que considerarla novedosa y creadora: entre sus descubrimientos, como indica Minguet, destaca el haber sido el primer sabio en señalar la identidad estructural de la corteza terrestre en los dos hemisferios. Hay que recordar su obsesión por este tema desde el Memorial al rey Carlos IV hasta el conocido como Testamento literario. Además le considera como el primer sabio que supo agrupar de forma sintética los caracteres físicos generales de las dos Américas, tal como aparece en las descripciones de los sistemas montañosos en Cuadros de la Naturaleza. El método de geografía comparada utilizado por Humboldt le permite elaborar continuamente analogías geográficas (los llanos, las pampas, las depresiones amazónicas, etc.).

En 1845 comenzó la publicación de Cosmos, cuyo cuarto volumen no llegaría hasta 1858, un año antes de la muerte del genio en Berlín, el 6 de mayo de 1859, quien ya preparaba un quinto tomo de su obra de síntesis. En el prefacio de Cosmos hacía una referencia explícita a una de sus obras más queridas, los Cuadros de la Naturaleza, como modelo de descripción artística y científica de la Naturaleza:

La débil esperanza que tengo de obtener la indulgencia del público descansa en el interés que ha manifestado hace tantos años por una obra publicada poco después de mi vuelta de México y los Estados Unidos, con el título de Cuadros de la Naturaleza. Este libro, escrito primitivamente en alemán y traducido al francés, con raro conocimiento de ambos idiomas, trata bajo puntos de vista generales de algunas ramas de la geografía física, tales como la fisonomía de los vegetales, de las sabanas y de los desiertos, y el aspecto de las cataratas. Si ha sido de alguna utilidad, débese menos a los conocimientos que en él han podido encontrarse que a la influencia que ha ejercido en el ánimo y la imaginación de una juventud ávida de saber y pronta a lanzarse a lejanas empresas. He procurado hacer ver en el Cosmos, lo mismo que en los Cuadros de la Naturaleza, que la exacta y precisa descripción de los fenómenos no es absolutamente inconciliable con la pintura viva y animada de las imponentes escenas de la creación¹⁶.

Los Cuadros de la Naturaleza: ciencia y estética en la obra de Humboldt

Rastrear los orígenes de una obra tan querida por Alejandro de Humboldt no es una tarea fácil, aunque sí hay algunos indicios que demuestran cómo había elementos en su ideología científica desde muchos años atrás que ya apuntaban hacia este ensayo que intentaba la combinación de ciencia y estética en la comprensión del mundo natural.

En opinión de Alberto Castrillón, el concepto de cuadro define en Humboldt la relación entre naturaleza física y naturaleza humana y la presentación primera de un paisaje. El cuadro transmite la síntesis que contiene la unidad bajo la diversidad de la Naturaleza y es su expresión material. La ponderación de un referente fisonómico en un territorio dado sirve, en Humboldt, para organizar el espacio según criterios estéticos que incluyen al hombre en la selección y en la disposición de su objeto de estudio, modificando sus criterios de percepción y ampliando su escala de observación. Este modelo de conocimiento que es el cuadro es adoptado por Humboldt, pero procede de la filosofía de Kant, para quien el conocimiento comienza por los sentidos, pasa por el entendimiento y se acaba en la razón¹⁷.

La importancia de los sentidos ante el asombro producido por la Naturaleza también se encuentra en una obra de Bernardin de Saint-Pierre, Études de la Nature, quien influyó mucho en Humboldt, incluso en la idea de la geografía de las plantas, y que además esboza ya la idea de los Cuadros:

[...] las descripciones, conjeturas, apreciaciones, visualizaciones, objeciones, dudas, y hasta mis ignorancias, todo lo he recogido y he dado a estas ruinas el nombre de Estudios, como un pintor llamaría los estudios de un gran cuadro al cual no ha podido dar la última pincelada¹⁸.

La influencia de Bernardin de Saint-Pierre en la idea de los cuadros parece evidente, ya que el propio Humboldt reconoce su continua lectura de Paul et Virginie durante el viaje americano, obra en la que el autor nos dice:

Me he propuesto grandes proyectos con esta pequeña obra. He tratado de pintar suelo y vegetales diferentes a aquellos de Europa. Nuestros poetas han suficientemente colocado sus amantes al borde de arroyuelos, en las praderas y bajo el follaje de hayas. Yo los he querido sentar al borde del mar, al pie de las rocas, a la sombra de los cocoteros, de los platanales y de los limoneros en flor. Sólo faltan los Teócritos y los Virgilios de la otra parte del mundo para que tengamos cuadros al menos tan interesantes como los de nuestro país¹⁹.

Además del modelo literario de Bernardin de Saint-Pierre, la apariencia de la primera edición fue voluntariamente semejante al Hermann und Dorotea de Goethe, como comenta Humboldt en una carta a su editor J. F. v. Cotta, fechada el 14 de febrero de 1807²⁰; y la inspiración para el título era obviamente Ansichten vom Niederrhein, de su amigo G. Forster. La idea de cuadros estaba sin duda en el ambiente científico y literario del cambio de siglo, ya que incluso en una carta de Mariano Luis de Urquijo al barón de Humboldt, fechada en San Ildefonso el 2 de agosto de 1800 —que parece la respuesta a una de Humboldt del 29 de septiembre anterior, en la que comenta las observaciones de Humboldt—, indica que había leído con el más vivo interés todo lo que le había descrito en torno a sus observaciones astronómicas y de historia natural. Urquijo destacaba el admirable laboratorio que la Naturaleza guarda en su seno y las descripciones del sabio prusiano, quien era capaz de "describir con dulzura y una delicada sensibilidad todos los cuadros (tableaux) que ella [la Naturaleza] le presenta y las modificaciones que él percibe". Urquijo hacía saber a Humboldt que no dudase de la dulce emoción que le producían todos los detalles de la belleza de la Naturaleza en aquellos lugares y de sus habitantes²¹.

Humboldt comenta en Cosmos que el intento de elaborar un cuadro general de la Naturaleza es tan difícil que en lugar de limitarnos a describir en detalle las riquezas de sus formas tan variadas, nos proponemos pintar los grandes conjuntos²².

Como se puede ver en el modelo de corte geográfico del Chimborazo, la geografía de las plantas y la clasificación influyen definitivamente en el estudio del paisaje. Asimismo, la impresión total del cuadro está muy determinada por lo que Humboldt llama el ornamento vegetal:

Si es verdad que el carácter de cada región depende a la vez de todos los detalles exteriores, si los contornos de las montañas, la fisionomía de las plantas y de los animales, el azul del cielo, las figuras de las nubes, la transparencia de la atmósfera, concurren a producir lo que se puede llamar la impresión total, hay que reconocer también que el ornamento vegetal con el cual se cubre el suelo es el determinante principal de esta impresión²³.

La posición geográfica no determina la forma de las plantas de una zona precisa, pero la semejanza entre especies indica semejanzas en las condiciones en que se desarrollan. En el corte del Chimborazo se quiere representar un modelo en el que se expresa cómo a cada nivel de altitud y de línea isoterma le corresponde un tipo específico de plantas, que variarán en las diferentes regiones del globo, que a su vez determinarán la distribución de los animales. También quiere Humboldt tener en cuenta la intervención humana, ya que ésta influirá decisivamente en la distribución vegetal. La fisionomía de las plantas, una idea ya desarrollada en la conferencia dada en 1806 en la Academia berlinesa Ideen zu einer Physiognomik der Gewächse²⁴, va acompañada de las condiciones físico-químicas, su distribución geográfica en ocasiones, sus asociaciones, etc. e incluso de consideraciones estéticas, en los cuadros de la naturaleza que elabora Humboldt. Destacará el placer del análisis y las sensaciones en la indagación científica, insistiendo en la inclusión del hombre en la naturaleza.

Para comprender un poco más la mirada de Humboldt en sus Cuadros de la Naturaleza podríamos establecer una comparación entre los cuadros humboldtianos y los planos cinematográficos. La mirada del primer plano en el que podemos reconocer al individuo aislado con todos sus detalles sería equivalente al estudio de la planta aislada con todos sus elementos anatómicos al modo más estrictamente linneano, tal como lo representaban artísticamente los pintores de las expediciones científicas españolas del siglo XVIII. En un plano medio podríamos reconocer las asociaciones vegetales, la vida animal asociada, las modificaciones introducidas por el hombre, la situación geográfica, la altitud, etc., en un cuadro preciso que sin duda podría explicar la zona descrita con bastante exactitud. En el plano distante, que podríamos llamar cuadro-paisaje, los elementos precisos del cuadro anterior se difuminan, aunque seríamos capaces de distinguir si se trata de un desierto, una estepa o una selva, por los caracteres fisionómicos generales e incluso por el sentimiento estético que provoca.

El cuadro humboldtiano suma los tres elementos descritos en los tres planos, aunque quizá dé más importancia al último por considerarlo más elevado desde el punto de vista filosófico, ya que reúne arte, ciencia y sentimiento estético²⁵. Hay una cita del Ensayo sobre la geografía de las plantas que es muy elocuente:

El simple aspecto de la naturaleza, la vista de los campos y los bosques, producen una alegría que se diferencia esencialmente de la impresión que produce el estudio particular de la estructura de un ser organizado. Aquí, es el detalle lo que nos interesa y lo que excita nuestra curiosidad, allá es el conjunto, las masas, lo que agita nuestra imaginación. ¿Qué impresión diferente causa el aspecto de una vasta pradera bordeada de algunos grupos de árboles, y el aspecto de un bosque tupido y sombrío mezclado de encinas y de abetos?²⁶.

Cabría añadir con Minguet que los Cuadros de la Naturaleza están escritos en una lengua elegante y concisa, en la que, en ningún momento, el rigor científico altera la emoción estética y la sensibilidad romántica de un sabio maravillado por la belleza y la grandeza de la naturaleza²⁷.

El Prefacio de Humboldt a la primera edición de Cuadros de la Naturaleza

Quizá sea en el prefacio o prólogo de la primera edición de los Cuadros de la Naturaleza, donde mejor pueda comprenderse la idea con la que Alejandro de Humboldt elaboró esta obra que ambicionaba compatibilizar el arte y la ciencia en una síntesis nueva:

Ofrezco con cierto temor al público una serie de trabajos cuyo pensamiento nació en mi espíritu ante las grandes escenas de la naturaleza, en el océano, en medio de los bosques del Orinoco y de los llanos de Venezuela, en las montañas desiertas de Perú y de México. Algunos fragmentos fueron escritos en los mismos lugares; de manera que después no he tenido más que fundirlos en una sola obra. La visión del conjunto de la naturaleza, la comprobación de la acción común de todas las fuerzas, la renovación del

Has llegado al final de esta vista previa. ¡Regístrate para leer más!
Página 1 de 1

Reseñas

Lo que piensa la gente sobre Cuadros de la naturaleza

0
0 valoraciones / 0 Reseñas
¿Qué te pareció?
Calificación: 0 de 5 estrellas

Reseñas de lectores