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Mitos de Chile: Enciclopedia de seres, apariciones y encantos

Mitos de Chile: Enciclopedia de seres, apariciones y encantos

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Mitos de Chile: Enciclopedia de seres, apariciones y encantos

Longitud:
1,273 páginas
17 horas
Publicado:
Jun 9, 2016
ISBN:
9789563243758
Formato:
Libro

Descripción

Después de diez años de su publicación, llega esta versión actualizada y aumentada de Mitos de Chile. Esta vez convertido en una enciclopedia de “seres, apariciones y encantos”. Esta edición se ha realizado con aportes del Consejo Nacional del Libro y la Lectura y está destinada a un público transversal y masivo a un precio muy asequible para la calidad de su edición y cantidad de páginas que requiere una enciclopedia.

La densidad cultural que habita en los relatos míticos mestizos e indígenas ha sido escasamente valorada, muchas veces desconocida y no pocas negada. Esta nueva edición de Mitos de Chile. Enciclopedia de seres, apariciones y encantos es un intento por poner en cuestión nuestra supuesta carencia de tramas simbólicas y traer a escena los infinitos y profundos recodos de los imaginarios sociales hoy vigentes.

La reedición que hoy presentamos contiene más de cien nuevas definiciones y un sinnúmero de precisiones y versiones a los relatos de nuestro primer libro. Volver a rozar estas materias, en medio de la proliferación de representaciones mundializadas, ha sido un gesto por recuperar y traer otra vez a escena la riqueza de los mundos contados. Como en su primera impresión, Mitos de Chile nos da la posibilidad de acceder a un “otro” país, el inventado en multitud de gestos luminosos y sombríos por una tradición que nos interpela en nuestras más profundas experiencias culturales. El patrimonio intangible, oral y transmitido porfiadamente, es el testimonio indudable de una memoria que nos constituye a pesar de que hayamos querido desalojarla en el prurito ilustrado de nuestra modernidad y en la soberbia individualista del neoliberalismo.

ACERCA DE LA AUTORA:
Sonia Montecino Aguirre (1954) Antropóloga y escritora, doctora en Antropología por la Universidad de Leiden, Holanda. Desde 2013 es Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales. Profesora titular del Departamento de Antropología, coordinadora del Magíster en Estudios de Género y titular de la Cátedra Género de la UNESCO, todos cargos ejercidos en la Universidad de Chile. Sus investigaciones vertidas en ensayos, artículos y obras de creación, abordan los las identidades culturales desde las relaciones de género, etnicidades y narrativas orales como campo de análisis de las estructuras sociales. Es autora de numerosos libros que han recibido importantes premios nacionales y extranjeros, entre estos: Madres y Huachos; La olla deleitosa; Mitos de Chile, editados bajo el sello Catalonia.
Publicado:
Jun 9, 2016
ISBN:
9789563243758
Formato:
Libro

Sobre el autor


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Mitos de Chile - Sonia Montecino Aguirre

Tepano.

AGRADECIMIENTOS

Mi gratitud a quienes hicieron posible la materialización de esta reedición de Mitos de Chile: Alejandra Alvear, Alejandra Carreño, Cristian Foerster, Arturo y Catalina Infante, Verónica Vergara, Bruna Trufa y Rodrigo Cabezas, y al Fondo del Libro del CNCA. A Christine Gleisner y Sara Montt de la Unidad de Cultura de FUCOA por su generosidad, y a esa institución por elegirme como jurado de los concursos literarios del mundo rural lo cual me ha permitido, por más de una década, conocer el pulso epocal de los imaginarios míticos chilenos. A Juan Ñanculef por sus valiosas correcciones y aclaraciones a muchas de las definiciones de los relatos mapuche y a Jackeline Rapu y Alfredo Tuki por sus aportes a los rapanui. A todo(as) los(as) participantes del Taller de Epistemologías Indígenas y Académicas del Departamento de Antropología de la Universidad de Chile, especialmente a Sandra Caqueo, Rosendo Huisca y Claudio Millacura porque han reafirmado afectivamente mi convicción de que los símbolos y representaciones que se han inscrito en este libro siguen vigentes y anidan conocimientos valiosos para comprendernos desde una perspectiva intercultural. A Edmundo Covarrubias, el chamán por su contribución al diálogo con los espíritus protectores de esta segunda edición. A Margarita Aguirre, mi madre, y a su madre Cristina González, por haber llenado mi infancia de mitos y metáforas en la vieja casona de Talca. A Rolf Foerster, mi compañero de caminos y narraciones, debo el amor y el apoyo incondicional a esta reescritura de los cuentos de nunca acabar.

Sonia Montecino A.

INSTRUCCIONES DE USO

La forma de leer esta enciclopedia es por orden alfabético. En la definición de cada término se ha señalado con tipografía en negrita la palabra o concepto que remite a otra entrada. Del mismo modo, se ha usado el estilo VERSALES para indicar las subcategorías dentro de una misma definición y se han usado cursivas para las palabras no españolas. Hay que hacer notar que, en su mayoría, se han castellanizado ortográficamente las entradas temáticas debido a la dificultad de utilizar un alfabeto específico, sobre todo en el caso de los términos ligados a los relatos de los pueblos indígenas, en la medida en que aún no hay acuerdo sobre el uso de tal o cual grafemario y porque nuestro interés ha sido el de difundir de modo accesible las palabras y conceptos. Cuando existen variaciones en los nombres de seres, animales u otros, los hemos señalado entre paréntesis para orientar a los(as) lectores(as) en los distintos apelativos, pero en las explicaciones hemos privilegiado el uso del término principal.

Las definiciones se han construido sobre la base de recopilaciones escritas (que se consignan en las referencias bibliográficas), orales, consultas a especialistas, así como del conocimiento personal sobre algunas materias. Por ello, se han hilado versiones y relatos que muchas veces son solo fragmentos dispersos en libros y documentos, construyendo argumentos que intentan dar cuenta de la mayor cantidad de variaciones existentes en torno al término. También, cuando se pudo y cuando los símbolos lo requerían, dada su universalidad, recurrimos a fuentes bibliográficas que nos permitieron ilustrar la extensión cultural de ciertas imágenes y seres. Del mismo modo, hemos recurrido a fuentes poéticas chilenas e indígenas que complementan o aportan nuevos giros a las definiciones, o simplemente por la verdad de su belleza. No toda la riqueza mitológica chilena está contenida en este libro, y en muchos casos los(as) lectores(as) percibirán que la definición se abre a nuevas indagaciones y que otras faltan o no están consignadas -lo cual ha sido subsanado en muchos casos en esta nueva edición corregida y aumentada-; pero, encontrarán al menos un panorama ajustado y riguroso de los universos conocidos y, sobre todo, de los desconocidos, de aquellos que ni siquiera sabemos pronunciar, pero que han sido recopilados con paciencia y asombro.

Abreviaturas empleadas:

Doc. Documento

Ms. Manuscrito

Rec. Recopilación

Comp. Compilación

c/p Comunicación personal

s/f Edición publicada sin fecha

s/e Publicación sin referencia a editorial

o/p Observación personal.

PREÁMBULO A LA SEGUNDA EDICIÓN

Sonia Montecino A.

La densidad cultural que habita en los relatos míticos mestizos e indígenas ha sido escasamente valorada, muchas veces desconocida y no pocas negada. Esta nueva edición de Mitos de Chile. Enciclopedia de seres, apariciones y encantos -cuya primera versión tuvo la valiosa colaboración de Diego Artigas, Luz Phillippi y Alexandra Obach- es un intento por poner en cuestión nuestra supuesta carencia de tramas simbólicas y traer a escena los infinitos y profundos recodos de los imaginarios sociales hoy vigentes. Estoy convencida que nuestros monumentos, fuera de la cordillera (esa madraza como diría Gabriela Mistral), son el conjunto de narraciones creadas en los antiguos tiempos precoloniales y en el conflictivo devenir temporal de lo que hoy día llamamos Chile. El patrimonio intangible, oral y porfiadamente transmitido, es el testimonio indudable de una memoria que nos constituye a pesar de que hayamos querido desalojarla en el prurito ilustrado de nuestra modernidad y en la soberbia individualista del neoliberalismo.

Han transcurrido largos años desde la primera edición y solo el anhelo de escritura me ha dado la fuerza y la energía para proseguir luego de que innumerables accidentes -archivos que se borraban sin causa y que obligaban a comenzar de nuevo, por ejemplo- y otros avatares afectivos, creativos y laborales, se confabularan para inducir a abandonar el esfuerzo. También la obsesión por archivar nuevas o antiguas referencias y la ansiedad (pero también el placer) que produce el estar en una investigación interminable jugaron en el tiempo de elaboración de esta versión corregida y aumentada. Aprendí ahora, eso sí, con mi amiga Jaki Rapu, que es imprescindible conjurar a los seres de los relatos antes de re-escribirlos y hacerlos visibles en la plenitud de sus imaginarios.

La reedición que hoy presentamos contiene más de cien nuevas definiciones, y un sinnúmero de precisiones y versiones a los relatos de la primera edición. Volver a rozar estas materias, en medio de la proliferación de imaginarios mundializados, ha sido un gesto por recuperar y traer otra vez a escena la riqueza de los mundos contados. Ya sea a través de nuevas pesquisas de terreno, de la amplia producción textual de relatos tradicionales, datos, informaciones recogidas en la vida diaria, sus términos se volvieron a llenar a lo largo de más de una década, tal vez haciendo mímesis con el sentido profundo de versión que remite a tornar, volver. Hemos cambiado del título la palabra magia por apariciones, toda vez que en la relectura y reescritura de la enciclopedia se dejaron ver en toda su extensa potencia, las apariciones de personas, espíritus, animales o cosas como un motivo dominante en la narrativa mitológica. Pero, igual que en la primera edición convocamos a las fuerzas invisibles, a los seres, que trastocan la realidad moldeándola y configurándola. Del mismo modo a los encantos, esa cualidad de transmutación y permanencia de estados infinitos de extraña existencia inmaterial o animada, que se prodigan para hacernos ver que tras las cosas puede haber espíritus o humanos y que nada está porque sí en el mundo, que nada, finalmente, es lo que parece. Es así que las apariciones irrumpen en esta enciclopedia para recordarnos que existen fronteras, pero también diálogos entre las comunidades que convergen con sus imaginarios.

Esta enciclopedia nos confronta a un modo particular de hablar sobre las cosas nuestras. La geografía se convierte en algo más que una clasificación de elementos de un territorio, cada montaña, cada cerro, cada piedra está animado o poblado por historias y muchas veces por antepasados(as), por seres que viven o vivieron en sus oquedades. Cada estrella tiene su memoria y esos fulgores son huella de antiguos sucesos. Lo mismo ocurre con los mares, ríos, lagos y lagunas: el agua posee también sus fuerzas, personajes, espíritus tutelares, monstruos. Aguas y cumbres son la residencia de formas que nos amenazan o cuidan. Hay además un Chile subterráneo, el de las cuevas de los brujos que se extienden de norte a sur, en un imperio impensable e invisible; somos un país de ciudades y seres encantados que solo pueden verse en determinados días y a ciertas horas. Los animales y pájaros se desplazarán en sentido transversal y longitudinal, corriendo como el zorro y volando como el cóndor a lo largo y ancho de los relatos. Bichos extraños, ancianos y ancianas excéntricas, sombras, viudas, fantasmas, enanos y gigantes, entes de la noche; personajes ambiciosos, ávidos por encontrar tesoros, riquezas, que hallan la muerte, que pactan con el Diablo y sus derivados malignos; princesas y príncipes chilenos, entre otros, animan pueblos y localidades.

Asimismo, en este Chile de mitos, el amor tiene un espacio, frustrado a veces, consumado y feliz otras, violento en figuras como el Trauco o en las diableses rapanui; los enamorados se desplegarán en los caminos, se esconderán o vivirán para siempre encantados, murmurándose sus secretos. Nuestra religiosidad popular y nuestras formas de entender la muerte nos abrazarán con milagros, animitas, santos y santas cercanos y amables; el Demonio no será tan terrible y hasta sabremos cómo conjurarlo. En definitiva, el Chile de los mitos es también un país numinoso, plagado de epifanías, de mundos monstruosos y bellos, de animales tutelares y aves predictoras.

Sigo concibiendo este libro desde la idea de que los mitos son un caudal en donde moran, a veces ocultas a veces visibles, nuestras más profundas nociones y sentidos sobre la existencia. Es el espacio donde la fantasía, el sueño y la razón se anudan y amalgaman, y en esa conjunción dan cuenta de la historia conflictiva que nos define. Desde allí apreciamos la capacidad explicativa y estética de los mitos, pero también de las fábulas, los cuentos, los diversos relatos (clasificados y nombrados de manera específica en cada tradición cultural), las canciones, los poemas, es decir de todas aquellas fórmulas del lenguaje que sirven para pensar. Cada una de las definiciones que presentamos expresa una reflexión, una advertencia, nos hablan de las causas y orígenes de las cosas, de vivencias acumuladas en el tiempo. Así comprendidas podemos vencer el exotismo o la folklorización a las que las hemos confinado. 

 Estoy consciente que en muchos casos las definiciones, sobre todo las que provienen del mundo indígena, son traducciones -traiciones como sabemos- y ello da cuenta de la historia colonial que nos configura. Falta aún para que podamos construir esta enciclopedia con las distintas lenguas que han elaborado los mitos y será tarea de los(as) que me precedan en esta aventura el hacerlo efectivo. Por ahora, hemos intentado ser fieles a la tradición oral cuando de allí hemos recogido el material, y asimismo cuando lo hemos recopilado de otros(as) autores(as) del pasado y del presente. Una enciclopedia es un archivo infinito donde se ordenan, encajan y ensamblan alfabéticamente palabras, materias e idiomas y por ello constituye un horizonte colectivo. Confío en que más adelante se irá completando con la pluralidad de voces que hoy lo animan como en sordina. 

Como en su primera edición, Mitos de Chile nos da la posibilidad de acceder a un otro país, el inventado en multitud de gestos luminosos y sombríos por una tradición que nos interpela en nuestras más profundas experiencias culturales. Sin duda que la religiosidad, entendida en el sentido mistraliano de recurso constante de la presencia del alma (Mistral, 1967) se esculpe en cada uno de esos gestos haciéndonos comprender que no solo la religión oficial y occidental es ejemplo del prístino trabajo de la mente para construir una explicación y un destino humano. Anhelamos, entonces, que esta enciclopedia sea el punto de partida, la puerta hacia el deseo de dejarse arrastrar por un torrente que cae del cielo y que mana por la tierra mil veces construida y hablada en el idioma de los(as) mestizos(as) chilenos(as) y en el español apropiado, de los(as) aymara, mapuche, canoeros(as) y cazadores australes y rapanui.

Julio, 2015.

DESDE LA CONVERSACIÓN DE LOS ANTEPASADOS

Elicura Chihuailaf Nahuelpan

Pichikonagen chi zugu nvtram kaken welu ayekan chi pu kom zugu nu. Welu fey mu kvme kimlu ti vlkantu trokiwvn. Fillantv pvram niel chi mogen, welu pichike inakan zugu nu wilvf tripachi kvtral, pu ge mu, pu kvwv mu. Luku mu metanieenew ñi kuku allkvken wvne ti kuyfike zugu tati aliwen egu ka kura ñi nvtramkaken ta kulliñ ka ta che egu

Agradezco a mi amiga Sonia Montecino y a la editorial Catalonia por el privilegio que me han otorgado al invitarme a escribir algunas líneas acerca de su Mitos de Chile. Enciclopedia de seres, apariciones y encantos. Un libro que, me parece, se inscribe como parte importante en la oralitura: la escritura al lado de la oralidad de los y las mayores y, por lo mismo, de los antepasados; la escritura que rememora, escucha y se empeña en fijar -con la máxima cercanía posible (en la realidad de sus transformaciones)- las cadencias de sus memorias. Lo que Sonia alude como sus resonancias, armonías, bramidos y retumbos

Se trata de una tarea ardua y compleja, individual y colectiva, pues, en la innegable fragilidad de la memoria, requiere de un elemento fundamental: la Conversación, cuyo arte radica precisamente en el querer y aprender a Escuchar. He ahí -tal vez- la gran dificultad, más en un tiempo en que la prisa neoliberalista ha relegado en el reducto de lo poco utilitario la pausa de dicho ejercicio 

Largos años han transcurrido y solo el anhelo de escritura me ha dado la fuerza y la energía para proseguir luego de que innumerables ‘accidentes’ —archivos que se borraban sin causa y que obligaban a comenzar todo de nuevo, por ejemplo— y otros avatares —afectivos, creativos y laborales— se confabularan para inducir a abandonar el esfuerzo, dice Sonia en el inicio de su obra; resume así -de manera prístina y bella- las vicisitudes del oficio de escribir, y nos revela a su vez un aspecto moderno de la fragilidad de la memoria: la virtualidad 

Generosa, me parece, su decisión de reunir parte de los pensamientos selk’nam, tehuelche, mapuche, rapanui, aymara, chileno, en un diálogo con formato de enciclopedia que, no dudo, será un aporte en la conciencia imprescindible y urgente de la necesidad de valoración de la conversación en la diversidad, en un país -aún llamado Chile- tan obstinado en negar su hermosa morenidad, en la que habita gran parte de su más profunda sabiduría. No es un hecho casual que desde la morenidad de su pueblo hayan surgido adelantadas y adelantados como Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Pablo de Rokha, Violeta Parra, Víctor Jara, entre otros / otras 

En muchas de sus páginas, este Mitos de Chile. Enciclopedia de seres, apariciones  y encantos se torna un relato maravilloso, porque recoge parte del siempre sorprendente Libro de la Naturaleza. Este mediodía, en la ventana del otoño, mientras con mi mujer y nuestra hija Kallfvray mirábamos la lluvia y el viento que conversaban sobre las ramas de un laurel…, de entre ellas voló, hasta un matico que está apegado en el lado oriente de la Casa Azul que habitamos, un colorido pájaro carpintero que inició su golpetear sobre una reseca rama del arbusto medicinal. En lo real e imaginario de esta enciclopedia, dice (alumbrando una soterrada lección): Verano e invierno pasa en su oficio de taladrar árboles. Respetuoso del mundo vegetal, que por otra parte constituye su propia casa, circunscribe su acción de artesano a los árboles viejos o enfermos (Valle 1995)

Su lectura me remite a las conversaciones de mis abuelos y de mis padres, a la senda de mi infancia en Kechurewe, la comunidad en la que nací y crecí y en la que vivo desde hace ya años; a las noches de más oscura oscuridad cuando -desde el entorno de nuestra ruka o desde el ventanal del segundo piso de nuestra casa de madera- solíamos atisbar la aparición de la Anchimallen / Antvmalen / la Niña del Sol, que es una luz, como llama de fuego (semejante a un fuego fatuo), una niña que salta, que juega, que va y viene recorriendo un área bien definida a orillas de un bosquecillo en el bajo de nuestra colina. Se dejaba ver sobre todo en noches de verano, pero también en noches de invierno sin lluvia, para luego adentrarse en la arboleda (¿sabrá que los niños la seguimos aguardando?, me digo)

Cuando en la enciclopedia de Sonia leo acerca del arco iris, Akáinik / Akainij, en la visión de mundo selk’nam y yánama: Así, el arco iris nunca pudo enderezarse y se dirigió al cielo con su hijo, donde aún restablecen los hermosos colores con que pintaba su cuerpo. Yai, su hijo, es el segundo arco iris, más pequeño y tenue, que a veces acompaña a su padre en el cielo (Gusinde, 1990), ¿cómo no recordar la Memoria de nuestro antepasado -el Lonko-Pascual Koña?: A veces aparece el sol mientras que está lloviendo; ‘anchv mawvn / lluvia con sol’ se llama este fenómeno. Cuando pasa eso, hay relmu / arco iris, que se extiende en forma arqueada por el firmamento. Algunas veces se halla acompañado de un segundo arco iris, llamado ‘lawv mollfvñ / sombra de sangre’; no tiene colores tan pronunciados ni sube tan alto en el cielo. Nosotros, los ancianos / los niños mapuche habitamos en la riqueza del principio de Relmu e intentamos descifrar en los Pewma (los Sueños) el misterio de su otro extremo, también colorido principio o final. ¿De dónde venimos, hacia dónde vamos?

Auguro que esta enciclopedia -que Sonia Montecino generosamente ofrece como un cobijo de la memoria de los seres, apariciones y encantos de nuestras culturas (nuestras visiones de mundo)- no solo será referencia insoslayable para todas y todos quienes en esta larga y angosta faja de tierra deseen y se decidan a asumir la tarea de reconocer de una buena vez su identidad / su verdadera almidad, sino que también regalará espacios de frescura y humildad en las aulas de lo denominado académico 

Nuestros antepasados nos están diciendo que el primer espíritu mapuche vino desde el Azul del oriente, desde donde se levantan la Luna y el Sol. Por eso el Azul (Kallfv, Kalfu, Kalfú) es el color principal para la cultura, para el pueblo mapuche; pero ellos / ellas nos están diciendo también que en el jardín del mundo habitan –y son imprescindibles- todos los colores. Esos que ya asoman desde Mitos de Chile. Enciclopedia de seres, apariciones y encantos para que conversemos desde la ternura de sus diversidades

Infinitas gracias por tu trabajo hermoso y profundo, estimada Sonia, te digo, mientras la lluvia aquí en Kechurewe me pregunta: Pewmaymi, Pewmatuymi? ¿Soñaste, qué soñaste? Y busco una respuesta en los días en que empiezo a vislumbrar las primeras imágenes de mi infancia a orillas del fogón de la ruka, la casa familiar en nuestra comunidad. En el centro de sus llamas las pequeñas tormentas del Sol, y en su humareda el misterio de Wenuleufv / el Río de Cielo, mientras en el constante chisporroteo de los leños nacían y morían las estrellas. Lo cotidiano e inmediato es la réplica / la resonancia (el zumbido) -del pasado y también del futuro- de lo que sucede en este instante en el universo infinito; está diciendo nuestra gente.

Kechurewe, comuna de Kumko

País Mapuche, Luna de los Brotes Cenicientos (Otoño), 2015

EL MITO COMO ESCENARIO POLÍTICO

Diamela Eltit

Sonia Montecino ha elaborado un mapa cultural pormenorizado y asombroso en el que se deposita y consigna una forma de conocimiento. Y, más aún, este trabajo nos permite atisbar una manera ritual de estar en el mundo que nos compete y nos interpela.

La cultura occidental se comprende desde su contundente mitología. Es la presencia de esa mitología la que se ha transformado en uno de los monumentos más consistentes para ordenar y validar, precisamente, lo que se entiende como pensamiento occidental. Entonces, la política de esta enciclopedia apunta, justamente, a poner de relieve la materia primigenia sobre la que se organizan los imaginarios sociales mestizos.

Así, el texto ilumina un conjunto de relatos que han permanecido soterrados y que ahora convergen pluralmente para mostrar la dimensión de su rol estructurante en la subjetividad del sujeto. Aún más, con la actualización del mito que nos presenta la autora es posible observar cómo este crece y se expande rearticulándose en la contemporaneidad.

Entonces, la propuesta a la que invita esta obra implica reconocer cómo y en cuánto el universo simbólico chileno se engarza con la mitología producida por los pueblos originarios y, desde allí, parece indicarnos que el mestizaje que nos define excede el nexo puramente sanguíneo para establecerse, especialmente, en la esfera de una cultura que emana de las tradiciones mixtas que pueblan el territorio.

Porque el discurso mítico convoca a las zonas arcaicas. Es una narración que nos retrotrae hasta ese espacio antiguo, inexpresable, habitado por la confusión y la complejidad, invadido por las imágenes más inesperadas que, no obstante, están allí para desplegar no solo el misterio filosófico del origen, sino también para organizar la sede del placer o la pesadilla. Una zona arcaica dotada de una relevancia absoluta a la que el mito se encarga de darle una forma, un cuerpo, un nombre para contrarrestar así su amplia materia sutil a la vez que caótica.

De la misma manera que el psicoanálisis elaborado por Sigmund Freud se abocó a señalar la existencia del inconsciente, utilizando el escenario lingüístico como un instrumento para desentrañar la masa primitiva y revuelta de la psique individual, los mitos que atrae esta enciclopedia-tapiz parecen dar cuenta de un trasfondo cultural movedizo que, en tanto negativo social, permiten atisbar el modo y el modelo en que se cursan, paradójicamente, las lógicas culturales. Porque la publicación de esta obra pone sobre el tapete social una ya larga disyuntiva en torno a la pertenencia cultural de América Latina y, muy particularmente, las marcas fluctuantes que organizan la identidad chilena.

Así, Mitos de Chile. Enciclopedia de seres, apariciones y encantos construye una línea de sentido que transita por fronteras interculturales. Marca una senda limítrofe, en cuanto muestra el denso acopio con que los pueblos originarios organizaron los soportes que les permitieron comprender y comprenderse sumergidos en un inestable aquí y ahora.

No parece posible obviar que el aquí y ahora de los pueblos originarios resultó contaminado por la hegemonía occidental. Fue permeado por una sintaxis diversa plagada de imágenes ajenas. Sin embargo, a pesar de esa brusca colisión, más allá de su parcial sincretismo, independientemente de su supresión en la esfera de los poderes centrales, logró asentarse en un vértice cultural. Un aquí y ahora que sigue operando de modo marginal para nutrir la formación de una subjetividad que, aun en su pluralidad, mantiene áreas específicas que dan cuenta de una posición comunitaria. Porque en este texto es posible pesquisar amplios haces de sentidos culturales que son perceptibles con la misma fuerza que yace en la presencia de la mancha callana que se desplaza, en esta enciclopedia, desde el cuerpo hasta la lengua para modificarla e interceptarla.

Pero, y esto resulta crucial en el trabajo de Sonia Montecino, también la imaginación mítica de los pueblos originarios horadó el trazado occidental, lo trizó en la medida en que pudo implantar una huella alterna que se movilizó desde lo remoto hasta la más violenta y saturada contemporaneidad.

No parece inocente que este importante texto se edite justo en los momentos en que las identidades locales son interrogadas por los efectos de homogeneidad que promueve la tecnología globalizada. La globalización cerca y asalta lo local e implanta la pertenencia a una ventana tecnológica como imperativo de universalismo.

Desde luego, esta enciclopedia se inserta en este debate. Y el despliegue de su imaginario textual rebate una cierta ingenuidad alborozada con que se revisten los promotores del discurso globalizador en tanto panacea de un incierto desarrollismo de impronta neoliberal.

Y, más aún, esta enciclopedia pone de manifiesto su carácter transgresor, porque evidencia su empeño por institucionalizar un discurso tradicionalmente segregado del escenario social. Un discurso que ha permanecido en las orillas reservadas al folklore en tanto patrimonio de las culturas populares —siempre bajo sospecha en una sociedad organizada mediante una fuerte jerarquización—.

Pero ahora, Sonia Montecino, desde la contundencia de esta obra, otorga estatuto académico a un discurso que ha permanecido disperso y fragmentario. Utiliza la enciclopedia como dispositivo para llevar adelante una tarea cultural de reparación e inserción oficial de una parte de la subjetividad chilena. Y, con este gesto, repiensa los efectos arrasadores de la globalización y se interroga en torno a los embates neocoloniales que buscan apropiarse de las subjetividades locales.

El gesto de dimensionar aquello que la historia cultural ha signado como residual abre una perspectiva analítica de considerables proporciones. Posibilita una manera de leer el modo en que se han formulado, en el interior del territorio, las zonas de prosperidad o de miedo amparadas en los mitos que extraen su esplendor de la naturaleza. Posibilita, también, integrar las zonas discursivas desmanteladas por las operaciones mediante las cuales se formó la nación allá en los albores del siglo XIX. Porque la nación fue regida por un conjunto de discursos oficiales que se empeñaron en desalojar del mapa nacional a los pueblos indígenas en tanto productores de saber y de sentido.

Hoy, hasta esta enciclopedia acuden las imágenes más alucinantes. La figura del monstruo que rige y sobrevuela la forma del mito alcanza en este texto toda su visibilidad. Michel Foucault afirma que en el monstruo se combina lo imposible y lo prohibido, una mezcla que interroga la naturaleza en su estado más atroz y apela a la intervención jurídica. El mito no rehúye lo ominoso. Al revés, circula por las zonas ultraoscuras de la imaginación hasta alcanzar un correlato en el Hombre Chancho o en el Imbunche para indicar así las formas en las que se refugia el mal.

El miedo encarnado en lo monstruoso —lo imposible y lo prohibido— encuentra una estructura en figuras que lo citan y lo concitan. Y de esa manera se neutraliza. Porque en la medida en que se disponga de un relato, de un nombre, de una figura, el miedo adquiere un límite, pierde su carga individual y se origina, así, una cota cultural.

Entonces, esta enciclopedia da cuenta, además, de una forma de exorcismo colectivo en el que el mito se erige como el gran intento por interpretar una forma de habitar. Una manera que solo parece posible desde el pensamiento mítico cuyos límites, siempre imprecisos, se topan con la leyenda, los cuentos o las ceremonias.

Con la publicación de Mitos de Chile. Enciclopedia de seres, apariciones y encantos, Sonia Montecino marca un nuevo hito cultural en su impecable producción. Abre un dispositivo textual en que palpita lo humano y lo divino unidos por una impresionante zona de metáforas que asaltan, brillan y deslumbran.

Julio, 2003

UNA INAGOTABLE FUENTE DE SORPRESAS

Carla Cordua

En el mundo de los libros, los diccionarios y las enciclopedias poseen una condición original. Pues no llegan nunca a estar ya leídos aunque sean continuamente consultados. ¿Cómo se las arreglan para lograr este efecto que los mantiene actuales y siempre parcialmente a la espera de agotarse? Su secreto depende de que no se componen de capítulos sucesivos que conducen a un fin que pondría término a la lectura. Constan más bien, los diccionarios y enciclopedias, solamente de entradas que son, hasta cierto punto, independientes entre ellas y que se mantienen disponibles cada una por su cuenta, sin rivalizar entre ellas. Diccionarios y enciclopedias poseen una cierta intemporalidad que solo demuestra ser provisoria cuando aparece una segunda edición de ellos que los corrige y los supera en contenido. Esto es lo que le ha ocurrido a mi ejemplar siempre actual y disponible de Mitos de Chile: Diccionario de seres, magias y encantos de Sonia Montecino. Acaba de ser destronado de su permanente vigencia y constantes servicios por una enciclopedia que lo abarca y supera. Una nueva generación de ejemplares que vino a mostrar que el mío adolecía de secretas carencias que jamás echamos de menos y, cosa que tampoco notamos antes, que compartía con nosotros la condición de tener los días contados.

Para mí estos mitos de Chile cuidadosamente reunidos por Sonia Montecino significaron una inagotable fuente de sorpresas y también el reencuentro con lo que ya había escuchado contar desde mis primeros años de vida. De cualquier modo el gran número y la variedad extraordinaria de los mitos y leyendas recogidos en esta enciclopedia sobrepasaba con mucho al grupo de ellos que me resultaba muy familiar. Yo me crié en el Alto Biobío, una tierra rica en personajes, leyendas, misterios y situaciones fantásticas, a las que fui introducida desde la más temprana edad. Las mujeres mapuche pehuenche que ayudaron a mi madre a criarme seguían hablando diariamente en los términos provenientes de sus leyendas, ritos y fiestas y estrechamente ligados a estos. Para ellas y para mí sus narraciones, explicaciones y maneras de pensar no eran una colección de representaciones primitivas o del pasado remoto, sino el modo contemporáneo correspondiente a la situación rural entonces presente que compartíamos. Las cosas del campo, la cercanía de los animales, el crecer y el morir de las plantas, los cambios de la luz en el espacio abierto con la visita del viento y de las lluvias, todo sucedía y efectuaba sus funciones habituales iluminado por las narraciones en las que lo fantástico hacía las veces de una explicación suficiente. Solo bastante más tarde aprendí a sorprenderme ante aquellas misteriosas representaciones de mis compañeras de juego, que las iban recordando oportunamente en su lengua natal. Era del otro idioma, del cual llegué a entender algunas expresiones indispensables, que procedían los personajes y los hechos extraordinarios responsables de la vida que llevábamos en el sur montañoso del país.

Los románticos europeos, inconformes con el creciente racionalismo que invadió el siglo XVIII de su historia, combatieron la amenaza de lo más nuevo tratando de recuperar su pasado lleno de leyendas populares, de mitos religiosos, de personajes que ahora comenzaban a aparecer a veces fantásticos, otras veces soñados. Convencidos del valor insustituible del origen, sede de lo puro y auténtico que los llamados avances de la civilización corrompen, los románticos no ven en la manera popular de pensar el efecto de una carencia de educación. Al contrario, según ellos la nueva ola que hinchaba la autoconciencia de las disciplinas filosóficas y las ciencias de la naturaleza amenazaba ahogar la originalidad de cada pueblo. La fidelidad al entendimiento mítico del mundo era la manera de conservar y honrar el pasado al que los hombres debían el haber llegado tan lejos como creían estar en la actualidad. El orgullo racionalista moderno negador de la deuda impaga con sus propios orígenes en la variopinta religiosidad popular sufriría las consecuencias de su miope parcialidad. Pues los modernos serían incapaces de recuperar la naturalidad y la confianza en la existencia terrena con auxilio de la que los pueblos antiguos poblaron el mundo conocido. 

Ya no somos románticos, pero aún somos capaces de imaginar metas lejanas que piden la intervención de condiciones y de sucesos inverosímiles y probablemente fuera de nuestro alcance para llegar a ser efectivas. Aún recaemos en creencias infundadas como los persistentes mitos que han acompañado al fabuloso progreso continuo de la técnica durante todo el siglo XX. Aún le reservamos un pequeño lugar en nuestras vidas a la fantasía de la coexistencia de lo mejor y lo peor en la forma sensible de ángeles y demonios con los que tratar libremente para conseguir sus favores extraordinarios. 

En más de un sentido creemos poder exigir que Mitos de Chile: Enciclopedia de seres, apariciones y encantos, como se titula esta nueva edición del libro de Sonia Montecino, no debería estar agotado nunca. Esta exigencia nuestra tiene varias dimensiones. Pues nos referimos no solo a su presencia constante en las librerías, sino en primer lugar a su condición de estupendo resultado de la investigación y la organización de los contenidos por su autora. Asimismo cuentan la riqueza y la variedad del tema elegido por ella, el cual es tratado siempre con respeto y cariño. Sin duda la autora ha tenido en cuenta la presencia entre nosotros de muchos connacionales para quienes este libro contiene una exposición de ciertas tradiciones plenamente vigentes, a quienes no queremos aislar, apartándolos del todo de la mentalidad moderna vigente en las ciudades grandes del país, que no tienen por qué gozar de un privilegio de exclusividad. Queremos que esta mentalidad actual conozca y considere debidamente los caminos espirituales y los recursos anímicos de los pueblos originarios del territorio conquistado por Europa en la costa del Pacífico sur de las Américas.

 Acabo de visitar Chiloé y de recibir allá el regalo de un pequeño libro anónimo que contiene un panorama de las creencias que, aunque el escrito llama supersticiones, son todavía convicciones de muchos habitantes de la isla. En efecto Chiloé: Historia, Mitología, Artilugios y Costumbres (Ediciones Victor Naguil, Ancud, s/f), presenta y explica la vida chilota para que continentales y extranjeros, que suelen entenderla mal, se orienten en alguna medida. Allí he encontrado al Ten-Ten Vilú y al Cai-Cai Vilú que mantienen una permanente lucha prehistórica relativa a la cuestión de si Chiloé está unido o separado del continente. El Vilú malo es Cai-Cai, un espíritu de las aguas en forma de culebra, que ordenó hace milenios la subida de las aguas, que, inundando las tierras bajas, dejaron separado a Chiloé del continente. El otro Vilú, la culebra Ten-Ten ataca a Cai-Cai y logra vencer a su enemigo, pero este no fue un triunfo cabal: los campos de batalla no regresaron a sus límites primitivos. Hasta hoy, me cuentan en Chiloé, los que cultivan las tierras costeras de la isla grande y de las muchas islas pequeñas que rodean a la mayor, miran la subida y la bajada de las aguas a la luz de esta antigua narración. En la Enciclopedia de Sonia Montecino las tres páginas dedicadas a los Vilú Cai-Cai y Ten Ten, ofrecen una abundante y variada información sobre este par de incansables luchadores, relacionándolos con la creación del mundo, el comportamiento de las aguas marinas en general, la lluvia y los vientos. A veces se cuenta que Ten-Ten es una culebra de los montes, que salva a los hombres y a los animales de las inundaciones organizadas por Cai-Cai. Tal como si se tratara de nuestro propio diluvio universal. También se cuenta en la Enciclopedia que Cai-Cai provocó las inundaciones para matar a los extranjeros, cosa que no les parece mal a todos. Y que Ten-Ten tuvo que crear los montes y la cordillera y así, mientras el agua subía, se erguían en medio del mar promontorios de tierra en los que se refugiaban los sobrevivientes.

Abril, 2015.

 MITOS DE CHILE

Abuelares

(Gentilares, ánimas benditas, ánimas del purgatorio, abuelitos)

Entre los aymara se utiliza la palabra abuelares, abuelito o abuelitos para designar a los espíritus (almas) de las personas que han fallecido hace mucho tiempo, pero que fueron conocidos en vida por algunos de sus descendientes. Se les llama también almas viejas. Los abuelares tutelan, protegen y favorecen a su comunidad, para lo cual requieren de la atención de sus miembros, pudiendo castigar a quienes los olvidan (Victoria Castro, c/p; Van den Berg, 1985).

Abuelito Huenteao

(Huentreao, Huentreyao, Huentellado, Wentrellao, Quiluch)

Es un espíritu mediador entre los humanos y las divinidades, conocido y venerado en los territorios huilliche (su figura se desplaza desde lago Ranco hasta Chiloé) (Guerra et al., 1999). De acuerdo a Juan Ñanculef, Huenteao sería un espíritu (gen) tutelar del océano que se inscribe en la relación del ser humano mapuche que respetando el lafquén (mar) debe solicitar permiso para obtener de él los alimentos que requiere (c/p). 

Vive encantado en una piedra en Pucatrihue, cerca de Osorno, y hasta allí peregrinan sus creyentes, quienes le rezan y solicitan su permiso para celebrar un nguillatún o rogativa. Huenteao responde a estas peticiones con sonidos que emanan de la roca. Se piensa que este espíritu domina el océano, sus peces, mariscos y algas, y que cuando se le ofrenda comida retribuye en abundancia con productos marinos. Para algunos es el santo patrono de los huilliche, dueño del Sol, del agua y de todas las fuerzas del mundo; enseñó a conservar las tradiciones, a saber cuándo había que hacer nguillatún y cómo orar para que la cultura mapuche no desapareciera (Foerster, 1985).

Se cuenta que el Abuelito Huenteao fue un joven muy virtuoso. En tres ocasiones acompañó a sus hermanos hasta la costa, pero no recolectaba con ellos los alimentos del mar, la última vez que fue desapareció. Durante un año sus hermanos lo buscaron desesperadamente, hasta que lo encontraron encantado en el mar, sentado en una silla de oro, junto a una bella mujer que batía las aguas mientras lo peinaba. Era una especie de sirena, una mujer encantada, mitad humana y mitad pez, de pelo largo y dorado a la que se nombra como la dueña del mar y nacida del agua (Cañas, 1911).

En otras versiones Huenteao es descrito como un hombre de la costa que desde niño se destacó por su sabiduría —habló a los pocos meses de nacido— y que al quedar viudo protagonizó un gran conflicto con su hijo, por celos. Más tarde, desapareció en el mar, siendo conducido por una sirena al océano, donde hasta el día de hoy reside (Gissi, 1997).

Otros sostienen que el Abuelito Huenteao vivía en Pulotre con dos hijos, uno casado y otro soltero, y que, dolido y arrepentido de abusar sexualmente de su nuera, quiso castigarse a sí mismo y partió lejos a sufrir por los caminos, decidido a habitar en el mar. Así cruzó montes, bosques, esteros, subió y bajó cerros hasta llegar a una cumbre en Pungoncol donde por fin descansó. Desde ahí contempló Pulotre y gritó fuerte el nombre de su hijo soltero, Ena: ¡Ena, pasado mañana me vas a buscar!, repitió tres veces, y el hijo lo escuchó. Prosiguió el camino y por la noche llegó a Pucatrihue, a un lugar llamado Carrico. El Abuelito Huenteao reposó en un sector donde crecía el árbol prensa luma, se apoyó en él y dejó su espalda marcada allí. Por eso este lugar es sagrado y hay que brindarle ofrendas. Con nuevas energías alcanzó hasta un sitio denominado Rodeo Bonito, cuyo nombre proviene de la existencia de un árbol arqueado semejante al que se utiliza en las rogativas, el cual es objeto de rituales y dones. Tras descansar en ese lugar, el Abuelito continuó su caminata hasta arribar a Lonco Waca y bajar al mar de Pucatrihue, donde se sentó en una piedra llamada Wechosoca. A la semana después, llegó Ena y el Abuelito se alegró al verlo. Ya había construido una casa, en la que guardaba luche, cochayuyo y abundantes frutos del mar; su hijo había traído otros alimentos, entre ellos harina tostada (miltrín), que ambos compartieron. Al día siguiente, Ena marchó y el Abuelito Huenteao, quien le había pedido que volviera, cargó su caballo con mariscos y diversas especies del mar. Ena regresó feliz con todos los alimentos y contó a la familia del paradero del padre. Se dice que en el segundo de sus viajes, su padre ya tenía una mujer. Cuando Ena la vio, el Abuelito Huenteao la mandó a buscar agua para que cocinara y como tardó en regresar, le informó a su hijo: Son gente de otro vivir, no son como nosotros. La mujer nunca más apareció. Ese día el Abuelito le contó a su hijo que no retornaría a Pulotre, pues ya tenía otra compañera. En el tercer viaje, Ena llevó mucha comida a su padre, pero ya no lo encontró y regresó a su casa entristecido y sin productos del mar. El Abuelito Huenteao se había casado con la mujer y se encantó con ella en Pucatrihue, viviendo en la piedra sagrada, su casa (Manquel, 1996).

Otros sostienen que, en su viaje hacia la costa fue dejando distintas huellas que expresaban su infinita fatiga. Mientras su hijo lo buscaba, Huenteao encontró una mujer, a la que luego abandonó para dirigirse a un islote. Ya en el promontorio, envuelto por una espesa bruma, de pronto, el abuelito se durmió, para luego quedar encantado en aquel lugar (Ojeda, 2005).

Hay quienes aseguran que el Abuelito Huenteao vivió hace más de tres siglos atrás en el sector norte de San Juan de la Costa, cerca de Huamputue. Su familia vivía desgracias tras desgracias, condenada a la fatalidad como prueba de su fe a Ngenechén, quien lo había elegido a él y a los suyos como guardianes místicos del pueblo huilliche. Un día de primavera, el Abuelito Huenteao se despidió de sus parientes y partió a la cordillera en busca de trabajo y prosperidad. Se perdió en los bosques por varias semanas hasta que, desorientado y casi sin fuerzas, llegó al mar. Como pudo se aproximó a un pequeño islote donde descansó. Al rato, el mar rugió, una densa bruma cubrió el islote y encantó al Abuelito Huenteao (Pinol, 1996).

También se ha pensado que el Abuelito era oriundo del sector norte de la costa y que de niño vagaba por las comunidades, donde era rechazado hasta que un día desapareció. Asimismo, hay otros que aseveran que hubo, hace mucho tiempo, una época en que los huilliche despilfarraban los alimentos y vivían en anarquía; por ello sobrevino un diluvio y Ngenechén decidió encantar a Huenteao en una roca (Ojeda, 1997a).

El culto al Abuelito Huenteao aparece en Chiloé en 1935. En la isla se sostiene que su espíritu domina el mar, pero su poder también se extiende sobre el frío, el calor, las cosechas, las enfermedades, la vida y la muerte. Se le invoca en los lepunes (ceremonias propiciatorias) y se le representa con una rama de laurel. Se ha dicho que Huenteao se enamoró de una sirena con la cual engendró al primer quiluche dando así origen a la humanidad. De esta manera, se denominará quiluche, al grupo de hombres que peregrina hasta el mar con una rama de laurel en la que se posará Huenteao. Al descansar allí, Huenteao se transfigura en la rama y en esa condición es trasladado a la ceremonia. En el lepún, la vara es asperjada con la sangre de los animales sacrificados para el rito (Cárdenas, 1996; Cañas, 1911).

Los huilliche piensan que tres fueron los hijos que Huenteao procreó con su esposa sirena: dos hombres y una mujer (Guerra et al., 1999); asimismo, se dice que tiene un nieto, Pichicalfuqueo, cuya conversación causa tristeza. Las constantes desobediencias y peleas entre sus vástagos producen los truenos que desde la piedra de Pucatrihue se propagan por toda la tierra (Guerra et al., 1999). Hace mucho tiempo Huenteao se vio obligado a casar a su hija con el glotón Canillo para evitar que este tapara el Sol y los mapuche murieran de hambre (Foerster, 1985). Se sabe que después rescató a su yerno del Huecuve (fuerza negativa) quien lo había atrapado y encerrado en la cordillera. Canillo se había llevado con él toda la comida, enviando plagas que estaban aniquilando a los humanos. Huenteao preparó entonces un ejército dirigido por el Sargento Millalicán, quien recuperó a Canillo y lo encantó posteriormente en una roca para que no continuara haciendo el mal.

La hueste que posee Huenteao está compuesta de vientos, tempestades, lluvias y temporales. Con ella lucha contra las fuerzas malignas, tanto en el plano de la energía sobrenatural, como también da potencia a los huilliche para vencer a sus enemigos. Se cuenta que cierta vez otorgó poder a un hombre pequeñito que fue muerto por los españoles: de cada gota de su sangre apareció un mapuche y entonces se levantó un ejército completo que venció a los conquistadores. Asimismo, cuando se lo solicitaban, él hacía emerger de la roca los grandes vientos y tempestades que hundían las embarcaciones de los españoles.

Hay recuerdos de un día en que Huenteao pidió pan a una mujer egoísta que se lo negó. El Abuelito quiso saber cómo alimentaba a sus hijos, a lo que esta respondió, mintiendo, que no los tenía y que los ruidos que se escuchaban provenían de sus chanchos. Más tarde, cuando ella fue a ver a sus hijos, los encontró convertidos en cerdos.

Muchas veces se ha querido destruir la morada de Huenteao en Pucatrihue, pero los intentos han sido vanos. Un colono alemán que trató de hacerlo, murió al estrellar su avión en la roca que estaba oculta tras una densa niebla; otro que quiso instalar una población se internó en el agua para medir sus profundidades, pero el mar se levantó y lo encerró por tres días, al cabo de los cuales prometió no regresar ni tocar jamás la roca; lo mismo ocurrió con unos huincas —personas no huilliche— que trataron de dinamitarla.

A Huenteao también se lo asimila a un profeta porque cada vez que va a ocurrir alguna desgracia brinca desde la piedra donde está encantado un caballo blanco que danza en la playa escondiéndose luego en su guarida. Así fue anunciada la venida del terremoto de 1960. Huenteao a veces se hace escuchar por medio del sonido de una banda que entona hermosas melodías (Foerster, 1985). Otras veces el Abuelito se presenta a través de sueños (peuma), como el que tuvo una machi que visitó su morada en Pucatrihue y vio que su casa estaba muy bien equipada y, sobre todo, que tenía una gran cocina, además de una enorme despensa con cochayuyo, luche, mariscos y pescados (Carmela Romero, c/p).

En Pucatrihue se siguen celebrando periódicamente las rogativas en la piedra del Abuelito Huenteao. El poeta Jaime Huenún recrea algunas oraciones propiciatorias, de salud, agua y fertilidad: Abuelito Huenteao / entréganos tus aguas / Danos el alimento / ocúltanos del mal / Abuelito Huenteao / contempla nuestro trigo / Nosotros como el sol no tenemos amanecer (2003) y desde un hablante que asume la voz de Huenteao: "Si debo decir algo diré el peso de la piedra en que me han convertido mis paisanos. Mojado por la espuma, lejos de las sementeras y los caminos, nido soy de las gaviotas, el duro territorio de los caracoles y otros animalitos del mar…El turbio remolino de los tiempos nos aparta nuevamente. De piedra e invisible, eterno en la vejez a la que estoy condenado, hablo solo bajo el cielo del amanecer"(2012).

Acamahuetado

Se dice de una persona que posee mucha fuerza y resistencia y que no siente frío ni calor, facultades que los chilotes atribuyen a que ha comido raspadura de cacho de Camahueto (Cárdenas, 1996).

Acarreadores

Especies de "pájaros humanos" que en Chiloé tenían la misión de trasladar de una cueva a otra a los brujos ancianos, y a los que poseían altos cargos en la Recta Provincia o de transportar los cuerpos de algún muerto para que ellos cenaran. Eran nombrados por la Mayoría luego de comprobar su capacidad de vuelo y fortaleza. No se les podía derribar fácilmente y ostentaban el poder de cruzar los mares en medio de grandes tormentas. Cierta vez, la noche de un martes, un hombre limpio (no involucrado en asuntos de brujería), fiscal de su iglesia, tumbó a un acarreador de un tiro de escopeta. Al día siguiente, los mariscadores encontraron el cadáver de un conocido lugareño que llevaba un chaleco amarillo decorado con unos extraños dibujos y en el pecho una lámpara pequeña llamada chonchón. Eso les indicó que se trataba de un acarreador. Entre Quicaví y Butacheuques un tráfico de acarreadores era visible, sobre todo en invierno, debido a las luces que eran atisbadas moviéndose de una isla a otra (Soto, 1997).

Acchen

Juan Ñanculef estima que se trata de una palabra mapuche que significa "chispas de fuego", se trata de aquellas que vuelan desde los incendios o desde los fogonazos de las erupciones volcánicas y que pueden causar un siniestro muy lejos de donde fueron originadas (c/p). Espíritu maligno que los tehuelche pensaban habitaba en los volcanes o en los témpanos, y que provocaba el rugido de los hielos cuando se desprendían de los ventisqueros (Echeverría, 1988).

Aceite humano

En Chiloé los brujos lo utilizan como combustible para encender la luz del makuñ, o chaleco que les sirve para volar, y también para alimentar el farol que porta el caballo marino cuando ellos lo montan (Romo, 1989; 1997). En la tradición campesina de la zona central, en Talca, se decía que el aceite humano era buscado y extraído por las brujas en los cementerios y guardado en botellas. Podía servir para sanar a enfermos graves, pero también para tirarlo en las puertas de las casas y hacer un mal.

Acümtuhue

(Amkümtuwe)

Entre los mapuche es un veneno que tiene la propiedad de secar a las personas. Consiste en aserrín que se obtiene raspando huesos humanos y se le da a la víctima mezclado con harina tostada (Alvarado, 1988). 

Achachila

El término achachila significa abuelo y personificación de la divinidad andina, antepasado y difunto desconocido (Mamani, 2002), también se refiere al iniciador de una familia (Girault, s/f). Representa, entre los aymara, a los grandes espíritus protectores de su pueblo y de cada comunidad local. Están asociados con el pasado inca (Gavilán y Carrasco, 1999) y viven en montañas y cerros. Con las achachilas existe una relación filial, pues se trata de ancestros lejanos que permanecen cerca de la comunidad, vigilan la vida de los suyos, comparten sus sufrimientos y sus penas y les colman de bendiciones que son pagadas con ofrendas y oraciones (Van den Berg, 1985). Hay quienes sostienen que las achachilas moran en distintos lugares geográficos del altiplano, en sitios concebidos como dadores de vida, por lo cual se les debe rememorar en las distintas ceremonias ofrendándoles comida y rezos (Gavilán y Carrasco, 1999). Se conocen dos tipos de achachilas: las más grandes son identificadas con las montañas más altas de los Andes —por ejemplo, el Sajama y el Illimani— y que serían guardianes de todo el pueblo aymara y del territorio que este ocupa. El otro tipo está conformado por las achachilas asociadas a los cerros que rodean las comunidades locales y que constituyen los espíritus que las protegen. También se usa la palabra para designar a otros espíritus benefactores, como el Iglish Achachila (que cuida la iglesia de una comunidad) o el Anisiña Achachila (que vela las uniones sexuales) (Van den Berg, 1985). Las achachilas habitan el Akapacha, puesto que intervienen en el mundo de los vivos y son parte de la tierra. Pueden ser mallkus (señores con autoridad) o también t’allas (señoras con autoridad). Cuando hay crisis o necesidades las comunidades invocan a sus achachilas, pero también se las debe recordar en las distintas fiestas rituales (Van Kessel, 1992).

Achicheo

Fuerza poderosa que para los mapuche residentes en Changleufú, cerca de lago Ranco, transformaba a los guerreros en felinos astutos, sigilosos e invencibles. Se dice que cierta vez, esa fuerza que es Achicheo viajó hacia el norte para otorgar poder a los mapuche que habitaban en aquella zona, pero no regresó más. Por eso, los moradores de Changleufú aún la esperan (Kuramochi, 1992).

Adivino/a

Es un hombre o una mujer que posee la capacidad de adivinar el futuro, presagiar eventos y descubrir misterios. En La Lira Popular de Juan Bautista Peralta, se cuenta que en Cabildo se oía hablar de un niño adivino que indicaba dónde se encontraban tesoros o minas llenas de oro. Para ponerlo a prueba, el cantor le preguntó por un entierro inventado, mentira que el adivino reveló de inmediato, echando al curioso con estas palabras: "Vállase me agregó el niño/ ya que ahora en su tanteo/ a salido usted tan feo/ con este barbilampiño/ i luego con más cariño/ dijo no soy embustero/ ni yo tampoco hechicero/ que vengo solo a explotar/ nací para adivinar/ i pruébeme el mundo entero. Asimismo adivinas se les llama a las mujeres que en lugar de presagiar el futuro embaucan a las personas y lucran por medio de esta práctica. (Navarrete y Cornejo Comp, 2006). Entre los mapuche se los denomina profetas" o Wen-Wen-Che (Juan Ñanculef, c/p).

Agarradera de tierra

Es una enfermedad también llamada malas horas. Los aymara la identifican como un traspaso del dolor, malestar o fastidio de la tierra hacia el cuerpo de quien la contacte, ya sea durmiendo sobre ella, maldiciéndola o simplemente paseando sobre sus alrededores. Para sanar de este mal se debe acudir al yatiri, quien sabrá rogar a la tierra para que libere al enfermo, a cambio de alguna ofrenda como animales, cigarros o coca (Pujado, 2007)

Agchén

Divinidad del fuego tehuelche cuya morada está en los montes Fitz Roy y Torre, ubicados al norte de Punta Arenas. Agchén provoca los incendios de los bosques y es el espíritu que tutela las cenizas y los truenos (Echeverría, 1998).

Agente de seguros

Denominación que usan los brujos de Chiloé para referirse a quienes tienen el encargo de cobrar contribuciones a cambio de la protección que ellos otorgan (Romo, 1989; 1997).

Agua

En muchos relatos de la creación el agua primigenia es la fuente de la vida, pero también de su disolución. Es común a muchas narraciones el tema de un diluvio que sucede a anteriores ciclos de creación y la ambivalencia de la concepción del agua como fecundación y perdición. Asimismo, es recurrente encontrarla como símbolo de capas profundas habitadas por seres misteriosos (Biedermann, 1993).

Este elemento posee variadas connotaciones en los distintos universos culturales indígenas y mestizos, ya sea como manantial, río, lago, laguna, mar. En ellos casi siempre es morada de espíritus, de ciudades encantadas, de monstruos, de sirenas, entre otros; también aparece como pasadizo, puente y tránsito hacia la otra vida, después de que el alma de un muerto ha hecho un largo viaje.

Los aymara consideran sagrados los lugares desde donde brota agua (uma jalsu), y al mismo tiempo los estiman peligrosos, pues el líquido emerge de las profundidades del subsuelo o Mankapacha, ámbito de residencia de los espíritus malignos (Van den Berg, 1985). El agua subterránea de Mankapacha, asimismo es el lugar donde reside el espíritu de la música (Grebe, 1998).

El agua para los mapuche está cargada de sentidos a partir del relato de Kai Kai y Ten Ten, en el que los humanos deben salvarse del anegamiento del mundo. Por otro lado ngenco, designa al espíritu dueño del agua (Grebe, 1998) y según Juan Ñanculef forma parte de "fuchá" compuesto por cuatro personas, una de las cuales es el agua, sin la cual no se podría vivir (c/p). En el universo onírico de este pueblo los sueños con agua turbia presagian enfermedades y desgracias. Se cree también que para arribar al mundo que hay más allá de la muerte es preciso cruzar un río o un mar (Montecino, 1999).

Agua de canoa

En Aysén se denomina de ese modo a los fluidos femeninos de las mujeres enamoradas. Se dice que para conquistar a su amado, las mujeres se sentaban a horcajadas sobre la masa del pan o las tortas que después le ofrecían a los hombres que les despertaban pasión (Galindo, 2004). Es el equivalente del "agua de poto"de la zona central, que refiere a la sangre menstrual diluida en algún líquido que se les da de beber, sin que sepan, a los hombres que se desea enamorar. 

Aguilucho

(Ñanco, Ñanku)

La importancia de esta ave, denominada ñanco entre los mapuche, radica en que representa a los antepasados. Se cuenta que antaño era común en las casas encontrar esculturas de madera con cabezas de águilas bicéfalas y, asimismo, en algunos cementerios se erigían representaciones de estas aves con dos cabezas, al parecer simbolizando el linaje del fallecido (Latcham, 1924). Asimismo, entre los mapuche existe el linaje Kuriñamku, águila negra, nombre que lleva un lugar cerca de Valdivia, que españolizado se escribe Curiñanco (Huenún, 2003). Los antiguos mapuche se dirigían a ñanku así: "Küme Ñanku, Müna küme Üñüm ta eymi, eluen kiñe tami Pichu"y el aguilucho volaba dando cuatro vueltas alrededor de quien así le hablaba. Entonces los viejos mapuche competían para ser el primero en recoger la pluma o pichún del aguilucho. El que la conseguía recibía la suerte, la abundancia de animales y de bienestar (Juan Ñanculef, c/p).

Ahu

Son altares destinados al culto de los antepasados en la Isla de Pascua (Ramírez, 1988). En ellos se depositaban los cuerpos de los recién fallecidos, que recibían la purificación del Sol, del viento, del agua y de la lluvia para que sus espíritus iniciaran el viaje al Ava-Iki o reino de los espíritus (Felbermayer, 1948), donde se encontrarían con sus ancestros. Se piensa que el segundo grupo humano que pobló la isla, los Hanau Eepe, serían los constructores de los ahu, aunque se dice que la tumba del rey Hotu Matu’a —el primer altar— fue levantada por los pobladores primigenios. Sobre estos altares se erigieron las grandes estatuas para honrar a los antepasados, llamados moai. Los ahu constituían también un espacio para calmar a los espíritus aku-aku a través de ofrendas que evitaban su enojo (Campbell, 1971).

Ahúa

(Haua)

Representa al Dios Pájaro, compañero de la divinidad Make Make. Este, antes de que hubiera aves en Isla de Pascua, las guardaba en la isla Motiro Hiva —o Sala y Gómez— donde aún habita, y por eso se dice que su morada —cubierta por el guano— es blanca. Make Make pidió a Ahúa que los primeros pájaros poblaran Rapa Nui (Englert, 1993; Klein, 1988).

Un relato sostiene que un día el Dios Pájaro trasladó a un hombre a su isla. Sin embargo, este extrañaba a sus amigos y parientes. El dios llamó entonces a una tortuga para que lo condujera hasta su tierra. Allí lo acompañó a visitar a un amigo, que había cuidado sus huertos durante su ausencia y fue regalada al hombre por este como pago por el trabajo de la tierra. El amigo preparó un curanto con el animal y así ambos disfrutaron del regalo del Dios Pájaro (Englert, 1980).

Aire

(Kürrüf, Kuref)

Este término posee un amplio uso tanto en las tradiciones indígenas como campesino-mestizas. Los aymara entienden el aire como sinónimo de una enfermedad causada por un viento fuerte y fresco —enviado por un espíritu maligno que a veces se encarna en un lagarto— que penetra en el cuerpo, en especial en la cabeza de las personas (Van den Berg, 1985).

En el mundo campesino el aire es asimismo una dolencia provocada por la exposición a una corriente fría que causa dolores y torceduras.

Entre los mapuche el aire es designado como kürrüf y está relacionado con los cambios de temperatura, del calor al frío, que originarían la enfermedad denominada kuref que hace torcer el rostro o que los afectados sientan puntadas en la parte comprometida (Montecino y Conejeros, 1985). Se piensa que el aire está asociado al Huecuve y se vincula al meulén o remolino (Carmela Romero, c/p). El kuref en el conocimiento mapuche (mapuche kimün) está representado por ülcha, la mujer joven y soltera. Antiguamente, como una forma de visualizar al aire o kürruf se encendía fuego con ramas de árboles sagrados como el canelo o el laurel. Asimismo, para agradecer al kürrüf se fumaba ritualmente y también se insuflaba aire sobre las piedras horadadas como símbolo de la vida: sin aire no se puede vivir y por ello los viejos mapuche le daban las gracias a esta entidad fundamental (Juan Ñanculef, c/p).

Aire de Fiura y de Trauco

En Chiloé se sostiene que la Fiura y el Trauco despiden un aliento hediondo para enfermar a los intrusos que osan mirarlos o para atrapar a sus víctimas. Este aliento tuerce la boca y puede dejar atontada, muda e incluso jorobada a una persona (Romo, 1989; Cárdenas, 1996; Marino y Osorio, s/f).

Aiwiñ

Así designan los mapuche a la imagen producida por la sombra, y también a la sombra de los muertos (Alvarado, 1988).

Ajo

Esta planta de la familia de las liliáceas es concebida dentro del imaginario campesino y mestizo de la zona central y del sur como un

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Lo que piensa la gente sobre Mitos de Chile

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