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La conjura: Los mil y un días del golpe

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La conjura: Los mil y un días del golpe

valoraciones:
5/5 (4 valoraciones)
Longitud:
832 páginas
13 horas
Publicado:
13 may 2013
ISBN:
9789563241341
Formato:
Libro

Descripción

La Conjura. Los mil un días del golpe, sin duda el mejor libro escrito acerca de cómo se tramó el asalto a La Moneda y sobre quiénes lo manejaron, puede ser leída como el relato de la conspiración que condujo al golpe y, a la vez, como una narración de las vicisitudes y características personales de quienes participaron en él. Una narración en la que se cruzan los grandes vendavales de la historia y las subjetividades que reaccionan, con pavor, oportunismo, astucia o valentía, ante ellos.
Publicado:
13 may 2013
ISBN:
9789563241341
Formato:
Libro

Sobre el autor


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La conjura - Mónica González

Mónica González

La Conjura

Los mil y un días del golpe

Edición actualizada

González, Mónica

La Conjura. Los mil y un días del golpe / Mónica González

Santiago de Chile: Catalonia, 2012

ISBN: 978-956-324-134-1

ISBN Digital: 978-956-324-159-4

periodismo de investigación

070.40.72

Este libro forma parte de la colección de periodismo de investigación desarrollada al alero del Centro de Investigación y Publicaciones (CIP) de la Facultad de Comunicación y Letras UDP.

Diseño de portada: Cortés | Justiniano

Fotografías portada e interior: Archivo personal Mónica González

Retrato autora: Carolina Vargas/Revista Paula

Edición: Abel Gilbert

Coordinación editorial Andrea Insunza

Dirección editorial: Arturo Infante Reñasco

Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, en todo o en parte, ni registrada o transmitida por sistema alguno de recuperación de información, en ninguna forma o medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, sin permiso previo, por escrito, de la editorial.

Primera edición: octubre, 2012

ISBN: 978-956-324-134-1

ISBN Digital: 978-956-324-159-4

Registro de Propiedad Intelectual N° 222.121

© Catalonia Ltda., 2017

Santa Isabel 1235, Providencia

Santiago de Chile

www.catalonia.cl – @catalonialibros

Índice de contenido

Portada

Créditos

Índice

PRÓLOGO

EL GOLPE Y EL FACTOR HUMANO

EL PRINCIPIO DEL FIN

PRIMERA PARTE

Capítulo I ELECCIONES EN CAMPO MINADO

Capítulo II LA CONSPIRACIÓN EN MARCHA

Capítulo III DEMOCRACIA CRISTIANA: UN TERREMOTO EN CIERNES

Capítulo IV DISPAREN CONTRA LA DEMOCRACIA CRISTIANA

Capítulo V ¡DESATAR EL CAOS!

Capítulo VI TODOS LOS CAMINOS LLEVAN A NIXON

Capítulo VII EL BLANCO PRECISO

SEGUNDA PARTE

Capítulo VIII ¡Y COMENZÓ LA GUERRA!

Capítulo IX LA ASCENSIÓN DE PINOCHET

Capítulo X MENTIRAS VERDADERAS

Capítulo XI EL «GAP INTELECTUAL» DE ALLENDE

Capítulo XII LA COFRADÍA DE LO CURRO

Capítulo XIII UNA SUBLEVACIÓN INESPERADA

Capítulo XIV NACIDO EL 4 DE JULIO

Capítulo XV EL «COMITÉ DE LOS 15»

Capítulo XVI «¡LA GUERRA ESTÁ DECLARADA!»

Capítulo XVII LA CABEZA DE PRATS

Capítulo XVIII LAS DOS CARAS DE LA LEALTAD

Capítulo XIX VIERNES 7: LA FECHA ESTÁ RESUELTA

TERCERA PARTE

Capítulo XX MAÑANA YA ES TARDE

Capítulo XXI «¡DESCANSE, PRESIDENTE!»

Capítulo XXII ¿DE QUÉ LADO ESTÁ PINOCHET?

Capítulo XXIII LA ÚLTIMA NOCHE DE ALLENDE

Capítulo XXIV EL DÍA 11

Capítulo XXV BOMBAS SOBRE LA MONEDA

Capítulo XXVI VENCEDORES Y VENCIDOS

Capítulo XXVII EL PRIMER DESAPARECIDO

EPÍLOGO

Capítulo XXVIII LAS BOMBAS DE RACIMO

Capítulo XXIX CONTRERAS, EL PUÑO DE LA DEPURACIÓN

Capítulo XXX PINOCHET, DIOS Y LA DINA

Capítulo XXXI LOS NUEVOS DUEÑOS DEL GOLPE

Capítulo XXXII LA ÚLTIMA HUELLA DE ALLENDE

ANEXOS

Síntesis de la situación nacional

Memorándum secreto

Acta de constitución de la Junta de Gobierno

Carta del general Sergio Arellano al general Augusto Pinochet (Noviembre de 1974)

Carta del Almirante Jose Toribio Merino al general Pinochet con ocasión de la «consulta» de 1977 (Diciembre de 1977)

Carta del general Gustavo Leigh al general Augusto Pinochet con ocasión de la «consulta» de 1977 (Diciembre de 1977)

Informe de autopsia nº 2449/73 de: Salvador Allende Gossens

AGRADECIMIENTOS

NOTAS

Cada uno de los días que evocan estas páginas tiene rostro, caricias y aroma de Andrea y Lorena. Y en todos los que siguen está la huella de esas dos hijas y el costo irreparable de la distancia y la ausencia. Cuando la vida renueva su ciclo, surge el rostro de Valentina y Martín, de Paolo, Matilda, Pablito,Violeta y Matthieu, la esperanza y símbolo de mi familia grande, aquella que cobija y se atrinchera en un nido de sólida tela hilado con verdad, amigos, debilidad, sabores, coraje, dignidad, carencias y mucho amor para recuperar lo único que al final nos pertenece y nos hace sólidos: nuestra historia.

Prólogo

El golpe y el factor humano

Por Carlos Peña

I

Las causas del quiebre de la democracia en Chile han sido enumeradas hasta el hartazgo. Y es difícil agregar nuevas.

Una de las explicaciones posibles la sugirió Aníbal Pinto. Mientras el sistema político estimulaba las expectativas de los sectores históricamente excluidos, el sistema productivo, explica Pinto, era incapaz de satisfacerlas. El resultado sería obvio: o se cambiaba el sistema económico o se cerraba la participación política. Una de dos.

Otra explicación que suena sensata es la que formuló Arturo Valenzuela. El quiebre de la democracia, dijo, está relacionado con el hecho de que el sistema político se descentró. Entre los años 1938 y 1970, recuerda, los presidentes que provenían de partidos de centro fueron elegidos con el apoyo de la izquierda en 1938, 1942 y 1946, y con el apoyo de partidos de derecha, en 1932 y 1964. En todo el período, recuerda Valenzuela, solo en dos ocasiones ganó un candidato de derecha o de izquierda: en 1958 lo hizo la derecha con Jorge Alessandri y en 1970, la izquierda con Salvador Allende. Y ya se sabe cómo terminó. El abandono de la política de alianzas –fruto de la convicción de que el paraíso estaba a la vuelta de la esquina– habría contribuido al desastre.

La izquierda, por su parte, acostumbró vacilar entre dos explicaciones posibles. Hay quienes dijeron que el problema fue la ingenuidad, la falta de una política militar: ¿cómo pudo alguien pensar que un cambio de raíz no sería resistido por la fuerza o creer que los privilegiados se cruzarían de brazos mientras sus intereses se lesionaban para siempre? Otros, en cambio, dijeron que el problema consistió en intentar esos cambios –los más radicales que eran esperables de la política– a partir de una minoría, apenas el tercio que en 1970 había optado por Allende. Habría sido preferible, sugieren, el gradualismo: un paso a la vez. Desatender las lecciones de la historia o pretender apurarla, fueron, según estas versiones, los errores que se cometieron.

Todas esas explicaciones –plausibles, sin duda–, cuando se las exagera o se las acepta de modo unilateral, arriesgan, sin embargo, el peligro de dibujar a los seres humanos como piezas de un tablero en el que no hay ni libertad ni responsabilidad, sino simple lógica, ciega necesidad histórica. Si lo que ocurre en medio de la convivencia fuera el resultado de fuerzas que, una vez desatadas, escapan a todo control, entonces la libertad quedaría reducida a una ilusión y exigir responsabilidad por nuestros actos sería una injusticia. ¿Cómo podríamos ser responsables de aquello que no escogimos y que no pudimos decidir?

Por eso, al leer todas esas explicaciones respecto del golpe sospechamos que algo les falta. En ellas brilla por su ausencia el factor humano, ese amasijo de ambiciones, astucias, resentimientos, sueños de grandeza, anhelos de reconocimiento, arrojos, convicciones e insidias que conforman la subjetividad de los seres humanos y que son imprescindibles para comprender el curso de la historia o del acontecer. Y dentro de ese factor falta, todavía, eso que Maquiavelo, distanciándose del uso cristiano de la palabra, llama «virtú»: ese conjunto de características y habilidades de variada índole que permiten a un político vencer los obstáculos.

Este libro –que se lee como una novela, aunque el lector sabe que no es la imaginación sino la realidad la que lo sustenta– viene a remediar esa falta.

El factor humano –esa variable impredecible de la historia– asoma por todos los intersticios de esta investigación.

II

La Conjura de Mónica González, sin duda el mejor libro escrito acerca de cómo se tramó el golpe y sobre quiénes lo manejaron, puede ser leído como el relato de la conspiración que condujo a él y, a la vez, como una narración de las vicisitudes y características personales de quienes participaron. Una narración en la que se cruzan los grandes vendavales de la historia y las subjetividades que reaccionan, con pavor, oportunismo, astucia o valentía, ante ellos.

Hay en este libro pequeños retazos que son, en sí mismos, verdaderas lecciones breves de política y de historia. Las veleidades de la fortuna, por ejemplo. En las primeras páginas se ve a Patricio Aylwin –al publicarse la edición actualizada de este libro alcanzará ya los 94 años– con la convicción de estar desahuciado para la historia y para la política:

–…yo no soy nadie –le dice a Mónica González. ¡A quién puede interesarle mi opinión!

Corría entonces el año 1987.

Aylwin había sido férreo opositor a Allende y, en algún momento, comprensivo con el golpe. A poco andar descubrió su gigantesco error ¿Qué le quedaba, entonces, sino el sencillo ostracismo de quien se equivocó? Eso explica las palabras –sin duda sinceras– que vierte a Mónica González el año 1987. Poco tiempo después, sin embargo, Patricio Aylwin sería el generalísimo del NO, luego el abanderado de la Concertación y presidiría el primer gobierno de la Transición. No hay duda: en la política, como en la vida, no parece haber ni triunfos ni fracasos definitivos.

El caso de Orlando Sáenz es también digno de mención. En él se aprecia el anhelo de hacerse un lugar en la historia. Relata conspiraciones, sobornos, redes tejidas casi sin escrúpulo en las que él mismo no era más que un eslabón (aunque él se esfuerza por erigirse en el más firme de todos). Relata, por ejemplo, cómo fue elegido presidente de la Sofofa tras la mediación de Eugenio Heiremans (uno de los poderes fácticos que, años después, durante la Transición, denunciaría Allamand). Se le escogió a él, relata, por razones estratégicas. Se necesitaba a alguien que presentara «pocos flancos», que no estuviera vinculado a «grandes empresas».

–¿No se sintió utilizado? –pregunta Mónica González.

–Sí, pero en la vida todos utilizan y son utilizados –responde Sáenz.

Kant había dicho que nunca debes tratar a otro como un simple medio. Sáenz, a la hora de explicar su participación en la conjura, formula una proposición inversa: debes tratar a tu vecino como medio y consentir que el otro haga lo mismo contigo. Es difícil discernir cuánto hay de realismo en estas palabras –la mera descripción de una comunidad política rota– y cuánto de anticipo del nuevo ethos que, luego de las reformas económicas y la ideología que las alienta, inspirará más tarde a la nueva sociedad chilena: cada uno persiguiendo su propio interés e intercambiándolo con los otros que, a su vez, poseen el suyo, sin que entre ambos exista, aparentemente al menos, nada en común. Y es que ya se sabe: el mercado no crea vínculos.

En fin, se encuentra el caso de Sergio Arellano. Entre él y Pinochet se gesta un conflicto de tipo isabelino. Como en las tragedias de Shakespeare («Ya están mis manos del color de las vuestras»), Arellano, uno de los líderes de la conspiración, es enviado a una gira de la que resultará un amasijo de desapariciones y cadáveres. En la primavera de 1999, Mónica González conversa con él. Arellano explica que, a pesar del rechazo que le provocaban los crímenes (de los que fue encontrado culpable), la única manera de detenerlos era rebelarse ante Pinochet. Quebrar la institución. Y eso él no lo haría.

–¿Privilegió al Ejército sobre la vida de chilenos indefensos, condenados a penas menores, asesinados fríamente y sus cuerpos enterrados clandestinamente? –pregunta Mónica González.

–Sí, no eludo mi responsabilidad de haber llevado en esa comitiva a hombres que se comportaron como asesinos. Tampoco le diré que no soy responsable por no haber exigido ante el general Pinochet una investigación acuciosa. Pero si querían que me rebelara… ¡eso no! –responde Arellano.

La doctrina de la razón de Estado llevada al límite. Nada contra el Ejército. Ni siquiera cuando la justicia o la dignidad de los seres humanos lo demanda. Podría llamársele la Doctrina Arellano.

Pero este libro no es solamente el relato de una conspiración y de los personajes que en ella, como víctimas o victimarios, participaron. También es el registro de las circunstancias que llevaron a Augusto Pinochet (hasta el 11 un sujeto más bien sosegado y aparentemente irresoluto cuya voluntad nadie contabilizaba) a ser lo que llegó a ser: un dictador como no lo hubo nunca en la historia de Chile.

III

El subtítulo de este libro lo dice todo, o casi todo, respecto de cuándo y cómo se tramó el golpe. Y los comienzos de esa trama, y su desarrollo, estuvieron muy lejos de la voluntad de Pinochet quien, años después, presumiría haberla llevado adelante a las espaldas de todos. No fue así.

Fueron mil y un días. Los mismos que duró el gobierno de la Unidad Popular, el que, si seguimos la investigación de Mónica González, asumió al mismo tiempo que, fuera de las fronteras, se comenzaba a tramar cómo echarlo abajo. La serie de acontecimientos que pueblan la memoria de los chilenos –desde el asesinato de Schneider al suicidio de Allende– adquieren, gracias a esta investigación, una nueva luz: no había en ellos nada fortuito, no eran la simple yuxtaposición de hechos desgraciados, sino que eran el fruto de una conspiración de largo tiempo, el resultado de múltiples voluntades que, desde temprano, imaginaron con paciencia y con rabia cómo echar abajo al gobierno de la Unidad Popular.

Esa conspiración, sabemos luego de leer este libro, no fue conducida por quien siempre presumió haber planeado el golpe. Mientras el golpe se fraguaba, a Pinochet se le marginó. Con imagen de legalista y leal (al extremo de que Allende se compadeció de la suerte que correría cuando el golpe se desató), no pareció confiable para sus compañeros de armas. Tenían toda la razón. Pinochet no era confiable. Muy pronto lo experimentaron en carne propia.

Y es que el verdadero Pinochet está muy lejos de la dignidad distante que, durante diecisiete años, y a punta de memorias fabuladas y discursos redactados por cortesanos complacientes, se esforzó por adquirir. La verdad es que era un soldado más o menos grisáceo al que sus camaradas de armas no le reconocían las virtudes que, más tarde, sus partidarios le atribuyeron con amplia generosidad. Como Francisco Franco –a quien sus camaradas le decían «la Paquita»–, es probable que sus compañeros, en lugar de respetar a Pinochet, le tuvieran un leve desprecio. Su comportamiento en el Ejército fue más bien el de un burócrata inofensivo que cumple órdenes con respeto estricto por la jerarquía, y las ejecuta sin amor y sin odio. Todo ello hasta que asomó el golpe y Pinochet mostró lo que en verdad era: un sujeto con una notable capacidad para hacerse del poder, alguien que no tenía otra razón ni otros principios que su sola voluntad.

Un dictador parecido a lo que Maquiavelo llama un «príncipe nuevo».

En El Príncipe, Maquiavelo estudia, sirviéndose de ejemplos y de su experiencia en «las cosas modernas», cuáles son las condiciones que permiten que surja un «príncipe nuevo». Maquiavelo llama «príncipe nuevo» al usurpador, a aquel que, en principio, no tiene derecho para ejercer el poder, sino que se hace de él mediante el despojo de aquél que sí tenía legitimidad. La situación del príncipe nuevo es particularmente complicada: debió causar muchísimo daño como para que sean pocos los que quieran aceptar su poder, mientras que aquellos que lo apoyaron esperan más de lo que, seguramente, él mismo será capaz de ofrecer. El desafío del príncipe nuevo es, en otras palabras, hacer política desde la ilegitimidad. Se comprende fácilmente por eso que su primer deber «sea mantenerse como príncipe», no olvidar que es siempre mejor «ser temido que ser amado» y no sujetarse nunca por entero a las reglas de la moral, pues algo así lo condenaría al fracaso, lo transformaría a poco andar en un «profeta desarmado».

Parece una descripción fiel de lo que –sin que nadie pudiera imaginarlo– acabó haciendo Pinochet.

En la conspiración que relata Mónica González, y en el golpe que la coronó con éxito, hubo muchos partícipes. Casi todos más inteligentes que Pinochet, la mayoría más cultos; sobraban los que exhibían más prosapia militar, abundaban los que mantenían lealtades eclesiásticas, predominaban los que tenían redes políticas (y empresariales). Sin embargo, ninguno era tan astuto como él: nadie contaba con la voluntad de poder que, tras la apariencia campechana, la sonrisa de oro, los lentes oscuros y la genuflexión que practicó con escrúpulo casi ritual hasta el día 10 de septiembre, ocultaba. Pinochet es la enésima prueba de que las conspiraciones siempre acaban en manos de quienes tienen la astucia para, aprovechándose del remolino de la historia, hacerse un nombre.

Como otros ejemplos de la política moderna –al leer este libro es imposible no acordarse del caso de Francisco Franco, a quien Pinochet admiraba como ninguno, al extremo de viajar a su funeral a sabiendas de que no se le recibiría bien-, Pinochet aparece como un individuo astuto que, en vez de conducir los hechos, espera agazapado en el fondo de su subjetividad –la que no revela ni siquiera a su familia– hasta que surge la oportunidad para curar, por fin, las pequeñas humillaciones que debió soportar en el curso de su carrera mientras esperaba que la suerte mejorara. Como Franco, él no es el cerebro del golpe; pero, al igual que el Caudillo, se las arregla para acabar conduciendo el proceso. Como Franco, debe prometer al inicio que el poder se ejercerá en una rotativa; pero, al igual que el Caudillo, se las arregla para que la firma de un decreto eche todo eso al olvido. Y, como Franco, debe desprenderse de los rivales que le hacían, o amenazaban hacerle, sombra; y, como él, tiene la suerte de que un accidente aéreo lo prive, sin aparente esfuerzo de su parte, de quien era el más amenazante.

Esa suma de circunstancias, es verdad, es fruto de algunos factores impersonales que se forjaron lentamente y durante mucho tiempo, y de otros más deliberados, como la conspiración; pero ninguno de ellos habría resultado en lo que finalmente acabó –una dictadura de diecisiete años, una verdadera revolución capitalista a sangre y fuego– sin una personalidad soterrada y astuta como la de Pinochet, quien, desde las sombras, hizo suya una conjura tejida por otros a los que la historia dejó como segundones.

Quizá –piensen los conspiradores de ayer y los segundones de hoy– haya sido para mejor. Después de todo, al recordar esos días y ver, con el transcurso de los años, lo que se hizo para mantener el poder, hay poco, o casi nada, para enorgullecerse.

Santiago, agosto de 2012

EL PRINCIPIO DEL FIN

Humo y nubes sobre Santiago. El humo como un manto indeleble. La gruesa columna que cubría La Moneda podía verse desde todos los puntos de una ciudad sitiada. Eran pasadas las 14 horas del 11 de septiembre de 1973 y Chile todavía se estremecía por los efectos de las bombas arrojadas desde un cielo plomizo sobre el palacio. Humo y llamas. La Moneda corría peligro de reducirse a cenizas.

Llegaron los bomberos. Un grupo fue a la Cancillería, en el sector sur. El otro, al ala poniente. Un tercero entró por Morandé 80 y subió la escalera en dirección al gabinete presidencial. El único reducto al que no pudieron ingresar fue el Salón Independencia. Soldados en actitud de combate les impidieron el paso. De pronto, un oficial los llamó y les ordenó que traspasaran la puerta. Había que sacar un cuerpo envuelto en un chamanto boliviano. Nadie habló. Se miraron y todos comprendieron de quién se trataba. Bomberos y soldados levantaron la camilla de lona. La bajaron con cuidado y salieron por Morandé 80. Ya en la calle, soldados les abrieron camino. Cargaron la camilla hasta una ambulancia del Hospital Militar. Los murmullos llenaron la Plaza de la Constitución. La ambulancia partió velozmente. Cruzó Santiago en el más riguroso de los secretos. Cumplía una orden en carácter de urgente que el almirante Patricio Carvajal recibió a su vez del general Augusto Pinochet:

«Dice el comandante en jefe que es indispensable que a la brevedad posible los médicos jefes del Servicio de Sanidad del Ejército, de la Armada, y la FACH, y el jefe del Servicio Médico de Carabineros, más el médico legista de Santiago, certifiquen la causa de muerte del señor Allende con el objeto de evitar que más adelante se nos pueda imputar a las Fuerzas Armadas el haber sido las que provocaron su fallecimiento».

El cadáver llegó al Hospital Militar a eso de las 17:30 horas. De inmediato fue llevado al pabellón de cirugía del Departamento de Otorrinolaringología. Lo dejaron en la misma camilla de lona de campaña. Le quitaron el chamanto. Lo colocaron en posición de cúbito dorsal. Poco después entraron los cuatro jefes de Sanidad de las Fuerzas Armadas. Tenían que ratificar, a instancias de la Primera Fiscalía Militar, que estaban ante el mismo hombre que apenas unas horas atrás había dicho, a través de radio Magallanes, que su sacrificio no sería en vano. Uno de los doctores, José Rodríguez Véliz, representante del Ejército, había sido compañero del Presidente en la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile. Lo observó en silencio y circunspecto, al igual que Mario Bórquez Montero, director de Sanidad de la Fuerza Aérea; Luis Veloso, de Carabineros y Miguel Versin Castellón, de la Armada.

En otro sector de Santiago, peritos de Investigaciones al mando de Luis Raúl Cavada Ebel, jefe del Laboratorio de Policía Técnica, reconstruían la muerte de un hombre en La Moneda sobre la base de croquis y un estudio del cuerpo. El informe fue firmado por Cavada Ebel, Jorge Quiroga Mardones, Carlos Davidson y Jorge Almazabal¹. Los autores conservaron notas y registros, pero el informe oficial se guardó en caja de siete llaves hasta llegar, muchos años después, a manos de la autora de esta investigación.

Puede leerse ahí que:

Al lado izquierdo del cadáver y sobre el sofá se encontraba un cargador de arma automática sin munición y un casco con las iniciales «J.M.F.» en una de las cintas interiores de suspensión². Próximo al cargador y sobre el sofá, hay una porción de masa encefálica. Otra porción se encuentra sobre una alfombra próxima al sofá y pequeños restos de la misma materia dispersos en diferentes lugares del salón. El gobelino colocado en el muro detrás del sofá, presenta dos orificios correspondientes a perforaciones por paso de proyectiles que finalmente inciden en el muro... Estimamos que la posición más probable que pudo haber para el cuerpo y el arma en el momento del disparo, ha podido ser una semejante a la que, en forma esquemática está representada gráficamente en el croquis Nº 14. 256, en el cual la persona está sentada en el sofá, con cierta inclinación hacia delante, sosteniendo el extremo superior del cañón con la mano izquierda, la boca del arma casi en contacto con el mentón y accionando el disparador con la mano derecha. Es posible, en consideración a los dos impactos de la pared y la apreciación superficial de la herida de entrada, que haya existido una sucesión rápida de dos disparos.

Por último señala:

3.1. La muerte del señor Salvador Allende Gossens, se produjo como consecuencia de una herida a bala que tiene su entrada en la región mentoniana y su salida en la región parietal izquierda...

3.2. ...El hecho tiene las características de un suicidio. En consecuencia, se descarta la posibilidad de homicidio.

Caía la noche del 11 de septiembre de 1973 en Santiago. Las calles estaban vacías. El toque de queda marcaba el límite de lo posible. En las casas se reía o lloraba. En el Hospital Militar, en cambio, las cosas transcurrían en el más absoluto de los hermetismos. Los doctores Tomás Tobar Pinochet, del Instituto Médico Legal, y José Luis Vásquez iniciaron la autopsia a las 20 horas. Fueron asistidos a lo largo de cuatro horas por el auxiliar especializado, Mario Cornejo Romo. Una vez que finalizaron, los cuatro jefes de sanidad de las instituciones castrenses supervisaron la última de las tareas: el cuerpo de Salvador Allende fue depositado en un ataúd y sellado en su presencia. Las conclusiones de la autopsia se conservaron por 27 años como un «Secreto de Estado»:

Cadáver de sexo masculino se presenta vestido con ropas en relativo orden, estando el abrigo sobrepuesto, el que presenta manchas de sangre e impregnación de sustancia cerebral atraicionada en su delantero derecho, manga de este lado y en su parte interna posterior. También se observan las mismas manchas, en forma de salpicaduras, en el lado izquierdo del cuello... Las ropas interiores también se presentan profusamente impregnadas de sangre... Los pulpejos de los dedos de ambas manos se presentan impregnados de tinta morada de tampón para tomar las impresiones digitales...

Luego de una detallada descripción de los daños que provocaron los proyectiles en el rostro, así como de su trayectoria, se determinó que:

La causa de la muerte es la herida a bala cérvico-buco-cráneo-encefálica reciente, con salida de proyectil... El disparo corresponde a los llamados «de corta distancia» en medicina legal... El disparo ha podido ser hecho por la propia persona.

Según la pericia, el cuerpo no presentaba rastros de alcohol. La prensa permitida por los militares insistió, sin embargo, en lo contrario. Y para graficarlo aludió al hallazgo en La Moneda de botellas vacías y semivacías de su whisky favorito: Chivas Regal.

El 11 de septiembre de 1973 llegaba a su fin. Allende quedó nuevamente solo en el Hospital Militar.

Afuera, la ciudad se estremecía con los gritos de las víctimas.

Allende estuvo «desaparecido» durante un año y diez meses: su muerte quedó recién inscrita en el Registro Civil de Independencia el 7 de julio de 1975 bajo el número 593.

Para entonces, la guerra seguía cobrándose vidas y parecía no terminar nunca.

Pocos podían acordarse de su principio.

PRIMERA PARTE

Capítulo I

ELECCIONES EN CAMPO MINADO

Pero todo tiene un origen. La guerra había comenzado el viernes 4 de septiembre de 1970. Ese día, Santiago amaneció nublado, en el sur llovía tenuemente y en Chiloé el aguacero era torrencial. Y ni siquiera el sol que alumbró la capital desde el mediodía logró atenuar la espesa nube de expectación que la cubrió mientras se esperaba el resultado de unos comicios presidenciales que marcarían la vida de más de nueve millones de chilenos.

Ese día disputaron la Presidencia tres candidatos. El socialista Salvador Allende, apoyado por la Unidad Popular; el empresario Jorge Alessandri, sustentado por la derecha; y Radomiro Tomic, de la Democracia Cristiana, el partido que, con Eduardo Frei Montalva a la cabeza, estaba en el poder desde 1964³.

No era una elección más en Chile. Cuarenta y ocho horas antes de ir a las urnas, Tomic puso las cartas sobre la mesa y, desde la Alameda, en el cierre de su campaña, lanzó su último y temerario llamado: «Chile enfrenta la elección más cargada de destino de su historia». Tomic, que había fundado la Democracia Cristiana y era un orador eximio, además de uno de los políticos más respetados de esos años, creía saber lo que estaba en juego. Sus palabras hablaban por sí solas. Y por si hacían falta, estaban los carteles publicitarios. «Chilena, chileno: ¿Quiere usted un despertar tranquilo el 5 de septiembre? ¡Vote por Tomic!».

¿Quién encarnaba esa pesadilla sino Allende?

No solo Tomic invocaba a los demonios. «Alessandri es la libertad. Allende el comunismo. De tu voto depende el futuro de Chile», exhortó en las páginas de El Mercurio su comando electoral. Para los partidarios de «El Paleta», como le decían a Jorge Alessandri sus adherentes, era el todo o nada.

Los mensajes apocalípticos o descorazonados no solo salían de la boca de los candidatos. Extranjero por viaje vende, era el título de una exitosa obra de teatro en Santiago. La popular compañía de Lucho Córdoba también parecía sintonizar con los desvelos de un país a punto de partirse.

En los cuarteles la situación era igualmente tensa. Casi un año atrás, el 21 de octubre de 1969, el general Roberto Viaux⁴ había liderado una sublevación en reclamo de mejoras económicas. El acuartelamiento en el Regimiento Tacna, de Santiago, provocó el quiebre más serio en la disciplina del Ejército en 40 años y una de las principales perturbaciones políticas bajo el gobierno de Eduardo Frei Montalva. No dejaba de ser curioso que todo hubiera empezado en el Tacna. En 1966 se había convertido en la unidad castrense símbolo del privilegio, cuando los viejos cañones Krupp, arrastrados por caballos, fueron reemplazados por relucientes obuses estadounidenses motorizados. Pero la excepcional adecuación de medios no pareció repercutir en la moral de sus cuadros de oficiales y suboficiales.

El decaimiento, frustración e incluso ciertas evidencias de indisciplina, especialmente entre la oficialidad joven, continuaron expandiéndose peligrosamente por los cuarteles acrecentados por los precarios sueldos y la acumulación de otras promesas no cumplidas. El 2 de mayo de 1968, el Presidente Eduardo Frei relevó a su ministro de Defensa, Juan de Dios Carmona, y al comandante en jefe del Ejército, general Luis Miqueles. El primero fue reemplazado por el general en retiro Tulio Marambio, y el segundo por el general Sergio Castillo. Se buscó así aplacar el descontento a través del cambio de personas, pero ya era tarde. El 21 de octubre de 1969, el malestar trascendió las esferas del Tacna.

El impacto de la rebelión, sus concomitancias con esferas políticas y sus repercusiones a nivel nacional e internacional dejaron secuelas imposibles de contener. El ambiente en los cuarteles se había tornado crecientemente enrarecido, confuso, incierto. Frei dispuso el retiro del comandante en jefe del Ejército, general Castillo. En su reemplazo fue designado el general René Schneider Chereau⁵. En el estratégico puesto de jefe del Estado Mayor de la Defensa Nacional nombró al general Carlos Prats González. Ambos hombres iniciaron, el 24 de octubre de 1969, la conducción de un ejército que incubaba una profunda metamorfosis.

El general Carlos Prats escribió en sus Memorias:

La Democracia Cristiana cometió un grave error histórico al menospreciar a las Fuerzas Armadas, en las que se venía acumulando durante treinta y cinco años un fermento de frustración profesional cada vez mayor, ante el descuido de su acervo técnico- profesional y la desatención de sus necesidades sociales por los sucesivos gobiernos. Las plantas institucionales habían experimentado un crecimiento insignificante y, en relación al crecimiento de la población, su porcentaje había disminuido al 0,42%. Las remuneraciones del personal eran bajísimas, en relación a las del nivel de la clase media profesional y técnica y las rebajas presupuestarias afectaban sin consideración alguna a las tres instituciones, en beneficio de otros programas y servicios, resultando el Ejército el principal perjudicado en su conscripción, que desciende al 50% de su nivel mínimo indispensable.

El general Horacio Toro fue un destacado protagonista del «Tacnazo» y también de la conspiración del 11 de septiembre de 1973. Después fue designado por Pinochet como segundo mando del Comité Asesor de la Junta de Gobierno (COAJ). Se fue a retiro en 1978 y un día de 1988 decidió romper su silencio en una entrevista con la autora⁶.

–¿Cuál fue la verdadera razón de que el acuartelamiento liderado por el general Roberto Viaux no derivara en un Golpe de Estado?

–Yo participé en ese movimiento, conozco desde dentro lo que pasó. Y en la fase previa inmediata, estando en conversaciones con oficiales de la Fuerza Aérea, se les pidió a éstos que no intervinieran. Si hubiesen llegado a hacerlo, la magnitud del movimiento habría bastado para botar el gobierno. Lo real es que no queríamos dar un Golpe sino llamar la atención sobre una situación indigna de vivir la profesión. Lo real también es que ese movimiento fue la antesala del 11 de septiembre.

–¿Qué cambios se habían producido en el Ejército para posibilitar el quiebre de la doctrina constitucionalista?

–Entre 1945 y 1970 el sistema militar fue asumiendo gradualmente la Doctrina de Seguridad Nacional durante gobiernos democráticos y sin que la sociedad chilena y esos gobiernos tuvieran noción clara de la transformación. Lo que hizo crisis fue un movimiento civilista: la no incorporación de militares a un proceso de enriquecimiento democrático que se expresó en su segunda etapa a partir de la caída de Ibáñez, cuando los gobiernos civiles democráticos asumieron la revancha del movimiento militar de 1925 a 1931. Eso produjo una reducción del poder militar, se desarrolló una política de restricciones que lo fue arrinconando, despojándolo de recursos. Las unidades que hasta 1920 estaban completas de acuerdo a los cuadros orgánicos fueron después simuladas y se fue cayendo hasta en el ridículo. Eso llegó a su clímax en la década del ‘60 cuando las prioridades del desarrollo social, que venía con atraso, se convierten en la principal preocupación nacional.

–¿La sociedad civil y los gobiernos no veían a los militares como un peligro potencial para el sistema democrático?

–No, ningún político le tenía miedo a los militares. Habíamos llegado a ser los grandes mudos del sistema, los propios políticos nos calificaban de esa manera. Había como una garantía cierta de que los militares habíamos llevado nuestro apoliticismo al más alto grado.

La participación de un grupo importante de la Fuerza Aérea en la rebelión del Tacna, un capítulo desconocido de esa historia, la confirma otro de sus jóvenes protagonistas: el entonces teniente de la FACH, Raúl Vergara, quien sería cuatro años más tarde motor del grupo de los llamados «constitucionalistas» y contrarios al Golpe en esa institución⁷:

«El grupo de los constitucionalistas al interior de la Fuerza Aérea es de antigua data. Somos producto de un proceso que parte con las reivindicaciones gremialistas de los años 60, momento en que soy convocado por los oficiales Ramón Vega⁸ y Patricio Araya, quienes querían formar un grupo de elite para un grupo de estudio. Así empezó todo. Empiezan las discusiones de lo mal que estaba la FACH, al punto que algunos oficiales tenían que trabajar autos como taxi, y todo ello por culpa de los altos mandos. Sentíamos que algo teníamos que hacer. Fue así como se produjo el contacto con un grupo de oficiales de Ejército y nos empezamos a reunir. El primer remezón destinado a parar esta historia se produjo antes del Tacnazo: echaron a unos y redestinaron a otros. Yo era subteniente e imagino que esa fue la razón por la que no me echaron. Y para reconquistarme me mandaron a Estados Unidos».

«En Estados Unidos estuve un año haciendo el curso de instructores junto con otro oficial del grupo, Julio Cerda. Y allá seguimos con estas conversaciones con los oficiales de otros países y se produjo una fina sintonía: concordamos que eran los políticos y sobre todo los de EE.UU. los que interferían en la unidad latinoamericana. Estamos hablando del año 1967. En esas intensas discusiones, lo interesante es que descubrimos que hay sentimientos muy latinoamericanistas y curiosamente muy antinorteamericanos en el grupo formado por oficiales de todos los países. Y ello se expresó finalmente en una reunión colectiva que culmina con el Acta del Parque Rodríguez, acta que conservó el comandante Cerda y que firmamos todos».

«Regreso a Chile con la intención de seguir estudiando en la universidad, para lo cual conseguí que la FACH me autorizara ir media jornada a estudiar economía a la universidad. En la FACH, las conversaciones siguieron, todavía en el ámbito gremial, con un descontento creciente de los oficiales tanto con lo que dice relación al profesionalismo, su grado de equipamiento, como con la calidad de vida de sus oficiales y suboficiales. En ese contexto no fue difícil que se articulara un movimiento, que en la FACH fue muy intenso, y que involucró desde comandantes de escuadrillas hacia abajo».

«Quien encabeza en la FACH el movimiento es el comandante Carlos Castro Sauritain. Lo secunda Patricio Araya. Diría que éramos cientos de oficiales, porque era exclusivamente de oficiales y con un nivel de compromiso que crecía al ritmo de estas reuniones sistemáticas y clandestinas en departamentos que conseguía el comandante Alamiro Castillo y en las cuales firmábamos actas todos los participantes».

«Para todos era un asunto sumamente serio porque en nuestra misión de acción estaba previsto tomarnos la Base Aérea El Bosque, un acuartelamiento para ejercer presión a las autoridades con tres premisas reivindicativas: cambio del alto mando, a los que culpábamos de haber permitido el deterioro general de las Fuerzas Armadas; resolver el problema del equipamiento y mejorar los sueldos».

«Teníamos lista la toma de El Bosque y ahí es cuando entramos en contacto con el general Roberto Viaux. Se produce una reunión en un departamento en las Torres de Tajamar que acababa de comprarse Patricio Araya. Ahí nos concertamos con Viaux, quien hizo mucho hincapié en el carácter estrictamente gremial del movimiento. Ahí se notó que nosotros empezábamos a separarnos de esa línea ya que teníamos la idea de que podría haber aperturas políticas distintas y había que estar preparado para ello. Creo que influía el modelo peruano de entonces. Entonces damos un paso de una audacia increíble: ir a plantearle al general César Ruiz Danyau, la segunda antigüedad de la FACH y jefe de su Estado Mayor, esta situación. Lo conocíamos todos ya que habíamos trabajado con él cuando fue director de la Escuela de Aviación. El general Ruiz nos recibe sin conducto regular, le contamos lo que estaba pasando, el grado de confianza que había en él y en su liderazgo y que queríamos poner el movimiento de la Fuerza Aérea en sus manos. Cuando terminamos, hubo un momento de silencio impactante. El general Ruiz se para, mira por la ventana… Yo pensé que en cualquier momento iba a llamar a su ayudante para ordenar que nos detuvieran. Y para sorpresa nuestra, ¡aceptó! Él ejerció un liderazgo indiscutible, era muy querido por todos. Así fue como el general Ruiz encabeza las reuniones con Viaux y el grupo del Ejército, donde aparecen los oficiales Carlos Forestier, Sergio Arellano Stark y Herman Brady. Y empiezan a fijarse fechas y aparecen también las postergaciones sucesivas que van generando roces, desconfianzas, temores. En ese grupo no había oficiales de la Armada».

«Las postergaciones se debían a las conversaciones que mantenía el grupo del Ejército con Sergio Ossa Pretot, ministro del Trabajo del Presidente Eduardo Frei Montalva (quien después fue su ministro de Defensa), designado conducto del gobierno para estas negociaciones. En la última postergación, frente al inminente levantamiento, el general Roberto Viaux decide no seguir con el movimiento. Y el general Ruiz Danyau nos ordena retirarnos de esa reunión tumultuosa que tiene lugar primero en un bar de la calle Londres y después en una casa en Ñuñoa, cerca del Estadio Nacional, llena de gente armada que entraba y salía de allí. Todo esto ocurre el día anterior a que se subleve este grupo de oficiales de Ejército que lleva al general Roberto Viaux al Regimiento Tacna. Y ahí nos sorprende a todos este levantamiento del Tacna. Se acuartelan las Fuerzas Armadas y nosotros decidimos desde nuestras posiciones apoyar a los oficiales del Tacna. Pero el movimiento grande ya se había asfixiado».

-¿Por qué el general César Ruiz Danyau da esa noche decisiva la orden de retirarse?

–Nosotros conversamos largo varias veces con él. Parecía un hombre honesto, muy comprometido con esta reivindicación. Su decisión fue producto de una conversación que tuvo con el general Viaux.

El entonces comandante de la Fuerza Aérea, Alamiro Castillo, también fue protagonista de esas horas álgidas:

«Fue durante el gobierno de Frei Montalva que nos dimos cuenta de que nosotros éramos una fuerza potencial que estaba siendo humillada y nadie la tomaba en cuenta. Por eso hicimos tambalear el gobierno de Frei. Y si no es por la indecisión del general Roberto Viaux… Porque hubo oficiales que le dijeron a Viaux en el Regimiento Tacna ¡vámonos a La Moneda ahora!. Y no había nadie que se pudiera oponer a los militares. Si en ese momento se van a La Moneda, ¡cae el gobierno de Frei! Pero no lo hicimos».

«Recuerdo que a la mañana siguiente del acuartelamiento del Tacna, cuando el general César Ruiz Danyau llegó a la Escuela Politécnica, lo único que podíamos hacer era coordinar con los oficiales del Grupo 10 de la Fach cómo impedir que los aviones atacaran el Regimiento Tacna. De la Escuela de Aviación, foco de toda esta orgánica subversiva, parte Julio Cerda enviado por nosotros al Tacna a darles seguridad de que la FACH no los va a bombardear, mientras yo con otro grupo nos vamos al Grupo 10 para evitar que los aviones del Grupo 7 atacaran el Tacna. Nos conseguimos armamento y nos presentamos todos armados a una reunión de oficiales. ¡Que teníamos que ver oficiales del Politécnico en una reunión de oficiales del Grupo 10, el mismo día de la sublevación de Viaux! Totalmente anormal, pero a nadie le parecía raro. Y llegamos con el mensaje de que no queríamos que atacaran a los del Tacna. Se llegó al acuerdo de colocar un DC 6 (avión de transporte) atravesado en la pista. El comandante, el Camarón Rojas, democratacristiano, me dice: ¡Qué hace usted aquí con los oficiales del Politécnico!. Mi respuesta fue: Está en peligro la Nación, está en peligro el país y es mi obligación. Todo el mundo me encontró la razón. El movimiento se desinfló en el Tacna como a las dos de la madrugada con la mala actuación del general Cheyre y la buena actuación del general Alfredo Mahn. Entró Mahn, se entregó Viaux y desmovilizó a todas las unidades. Pero desde entonces el movimiento fue derivando: algunos se fueron hacia la derecha, un grupo se quedó en el medio y otros para la Unidad Popular»⁹.

Raúl Vergara acota: «El descontento se aminoró porque hubo algunos cambios, pero se produjo una enorme decepción. La gran lección para gente como Patricio Araya y yo mismo, fue que, si íbamos a meternos en algo, lo teníamos que dirigir nosotros, única garantía de que no se desvirtuara o que la misión fuera asfixiada por gente timorata. Y eso determina que nuestro grupo empiece a politizarse, a pensar en algo más a largo plazo».

En ese contexto era imposible que los militares chilenos no miraran lo que pasaba en los países vecinos en donde los militares de América Latina estaban redescubriendo los avatares y privilegios del poder político. En 1964 las Fuerzas Armadas de Brasil derrocaron al gobierno de Joao Goulart, después que este se opuso al bloqueo norteamericano a Cuba y propició la reforma agraria. En junio de 1966, en Argentina, fue depuesto el Presidente radical Arturo Illia. Había asumido en 1963 con el 25,5% de los votos y en medio de la proscripción política del peronismo. El teniente general Juan Carlos Onganía asumió la Presidencia con las banderas del liberalismo económico, las «fronteras ideológicas» y la intolerancia preconciliar. En octubre de 1968, fue el turno de Perú. Otra sublevación, liderada por el general Juan Velasco Alvarado, expulsó del poder político al Presidente Fernando Belaúnde Terry, aunque con un programa diferente, de corte nasserista. Y en septiembre de 1969, un nuevo Golpe de Estado terminó con el corto gobierno civil del Presidente Luis A. Siles Salinas. Otro general gobernaba Bolivia: Alfredo Ovando Candia.

En un Chile cercado por gobiernos militares y con Estados Unidos ejerciendo como gran patrón de su patio trasero en un punto crítico de la Guerra Fría, Salvador Allende estaba a punto de convertirse en Presidente. Allende era marxista y estaba apoyado por una coalición que incluía a su partido, el socialista, los comunistas, el Partido Radical, el Movimiento de Acción Popular Unitaria (MAPU), escindido de la Democracia Cristiana en mayo de 1969 y a un grupo de independientes reunidos en el API. Su «vía chilena al socialismo» rompía con el esquema de la toma del poder por la vía armada que postulaban la mayoría de los movimientos marxistas del continente inspirados en la experiencia de la revolución cubana.

Los altos mandos de las Fuerzas Armadas tenían más conciencia que la mayoría de los políticos acerca de lo que estaba por ocurrir. Al menos eso se desprende de la «Síntesis de la Situación Nacional» que el Estado Mayor de la Defensa Nacional elaboró a fines de diciembre de 1969. Sobre el potencial electoral de las fuerzas en disputa, el informe revela la siguiente proyección:

II-. PRONÓSTICO APROXIMADO AL CÓMPUTO ELECTORAL

La fuerza electoral del país se calcula aproximadamente en tres millones, quinientos mil electores. La base electoral urgente de los partidos políticos se podría agrupar en tres grandes sectores de opinión.

–Derecha (Partido Nacional, PDR y otros) : 650.000 votos

–Centro Izquierda (DC y otros) : 800.000 votos

–Unidad Popular : 1. 250.000 votos

TOTAL : 2. 250.000 votos

Quedan sin encasillar 800 mil electores, independientes o indiferentes. De estos, 400 mil podrían apoyar en el momento actual al candidato Jorge Alessandri y los otros 400 mil se abstendrían o un porcentaje poco sensible de esta cantidad podría sumarse a cualquier sector.

Se concluye que, al finalizar 1969 y si hay candidato único de la Unidad Popular, los porcentajes atribuibles a los candidatos serían los siguientes (redondeados):

–Alessandri 35%

–Tomic 27%

–Allende 38% 

Uno de los puntos más medulares del documento es el referente a la «Posición de las Fuerzas Armadas». En él se dice que:

Están integradas en un 80% de su personal por una planta de tendencia política centro izquierdista, no proclive al marxismo. El 20% restante está dividido en un sector pequeño de los niveles altos de la oficialidad y suboficialidad de inclinaciones derechistas y otro, pequeño también, en la oficialidad y suboficialidad baja, infiltrado por la propaganda marxista. El 90% del contingente habitual de las FF.AA. es juventud de procedencia obrera y campesina; el 10% restante es estudiantado de clase media. En general, no hay conscriptos de la clase alta.

La conciencia profesional de las Fuerzas Armadas, se subrayaba:

Las constituye en un factor de poder tradicionalmente marginado de la política contingente y seguro salvaguardia del imperio de la Constitución y de la legalidad. Su real efectividad como tal factor de poder depende básicamente de su firme cohesión espiritual bajo sus mandos legítimos, tarea que es hoy la fundamental de los comandantes en jefe, a raíz de la crisis local de octubre del presente año (sublevación del Tacna).

Solo asegurada esa «cohesión», remarcaba el documento, los comandantes en jefe estaban en condiciones de:

–Apoyar firmemente al Poder Ejecutivo actual ante cualquier conato de Golpe de Estado o de situación anárquica preelectoral.

–Apoyar al candidato triunfante en un proceso electoral completo, sujeto a las normas constitucionales vigentes.

El punto IV, destinado a las «conclusiones», advertía:

El destino inmediato de Chile (continuidad de la democracia imperante con amenaza de una eventual guerra civil, o entronización de un régimen marxista, con un previsible conflicto bélico internacional), requiere de una suprema solución política al más alto nivel de estadista que implica una definitoria preelectoral antes de que venza el plazo legal de inscripción de candidaturas que garantiza al país continuidad de su democracia representativa y que dé acceso legal a un gobierno pluripartidista de efectiva avanzada social. Este debe ser capaz de salvaguardar el progreso moral y social ya logrado por la DC y asegurar nuevas transformaciones políticas, económicas y sociales, aun más profundas, pero sin dar margen a la penetración del marxismo a las fuentes de poder¹⁰.

La dirigencia tradicional no confiaba en la capacidad de análisis de los militares. Los comentarios que el general Prats y otros oficiales les hacían a políticos democratacristianos y alessandristas antes del 4 de septiembre eran desdeñados. El general Guillermo Pickering pudo constatarlo varias veces. En 1970, y siendo el coronel más antiguo, fue nombrado secretario del Estado Mayor General del Ejército por el general Schneider, a quien lo unía una antigua y estrecha amistad. Se había desempeñado como agregado militar en Argentina. Al regresar a Chile lo recibió el general Carlos Prats. Quería saber qué se decía en la Argentina sobre las próximas elecciones presidenciales.

Pickering escribió en sus memorias inéditas entregadas de su propia mano a la autora antes de morir:

A grandes rasgos le expliqué las cábalas y reservas que se hacían al respecto en los círculos diplomáticos y en algunos grupos castrenses. Luego me expresó la preocupación que se evidenciaba a causa de la división irreversible que separaba a las fuerzas que en la elección anterior habían hecho triunfar al actual gobierno (representadas por Tomic y Alessandri). «No sabe todo lo que he tratado de hacer para evitar esta división que nada bueno parece augurar al país», me expresó.

Tanto Schneider como Prats y Pickering encontraban razones para inquietarse después de los incidentes del Tacna y las previsiones institucionales de 1969. Ninguno de los tres generales era ajeno a la amenaza que crecía en esos días. Y tampoco a los cambios que se habían materializado de manera vertiginosa en los últimos años en Chile. Seis meses antes de la elección presidencial, en el Consejo de Generales del 11 de marzo de 1970, el general Schneider entregó su análisis de la situación que vivía en el país:

Hay un afán de transformaciones, de cambios de estructura y, efectivamente, un cambio de mentalidad en muchos aspectos. El avance tecnológico que en los últimos años se ha operado, evidenciado por los innumerables medios de difusión, ha hecho que los grupos postergados estén emergiendo con una inquietud y un deseo de disfrutar de los avances de la época: cuando ve frustrada sus oportunidades, actúa en forma violenta. Ello se evidencia con mayor fuerza en la juventud que ha tomado conciencia de su verdadero poder. Este cambio trascendente existe sin duda alguna, y la Institución lo siente también porque está viviendo en este ambiente y, por lo tanto, no puede permanecer al margen o suponer que no está influenciada por esta sociedad en transformación. Deben pues buscarse las fórmulas para que dentro de la conformación y estructura de la Institución, que es vieja, que es lenta, que es tradicionalista, se introduzcan los cambios necesarios para adaptarse a estas manifestaciones que se están viviendo.

Schneider, quien había asumido como comandante en jefe del Ejército luego de fracasada la sublevación del general Roberto Viaux en el Regimiento Tacna el 22 de octubre de 1969, sabía que esa asonada había sido solo un ensayo de un golpe más fuerte que se preparaba en las sombras con motivo de la elección presidencial de septiembre de 1970, donde el candidato de la izquierda tenía serias posibilidades de triunfar. Y estaba decidido a emplear todas sus facultades para impedir que se interrumpiera la vida democrática. Así lo dejó de manifiesto en esa reunión del alto mando del Ejército el 11 de marzo de 1970 al abordar sin ningún maquillaje la adulación y la manipulación de que eran objeto los militares:

Con tono enérgico, Schneider señaló que algunos sectores han hecho aparecer el «organismo armado» como una «alternativa». Invitando a sus compañeros de armas a meditar sobre el hecho, agregó: «Es importante entonces definir con claridad si el organismo armado es o no una alternativa de poder», para finalizar entregando todos los argumentos constitucionales e invocando la propia supervivencia de los principios castrenses de por qué esa alternativa no era viable:

Frente a este confuso panorama es que la Institución y las Fuerzas Armadas en general deben tener una posición muy clara, nítida y precisa y que no puede ser otra que el apoyo decidido al proceso legal y del cual somos garantes frente a la Nación. Debe asegurarse que se llegue al proceso electoral sin inconvenientes, respaldar su desarrollo y apoyar al candidato que sea elegido ya sea por la voluntad popular o en el Congreso si no se obtiene la mayoría absoluta. Así se le ha hecho presente al Presidente de la República, no existiendo otra alternativa ya que de lo contrario se le hace el juego a quienes especulan con la posición de las Fuerzas Armadas ante el resultado de las elecciones.

Un mes después, en abril de 1970, al análisis de Schneider se sumó otro, realizado por los directores de Personal, Operaciones e Inteligencia y el secretario del Estado Mayor del Ejército, el que aumentó la aprensión del alto mando. En «La problemática de las FF.AA. ante los probables resultados del acto eleccionario», hasta hoy desconocido, se dice:

Si triunfa el candidato Jorge Alessandri, se podría provocar un recrudecimiento inmediato de la lucha política activista de los sectores de izquierda, especialmente en el agro y en la industria. Se tienen antecedentes de eventuales preparaciones de actos subversivos, especialmente del campesinado y de los obreros, tendientes a imposibilitar el programa de gobierno de este candidato. Se visualiza que los desbordes populares podrían acarrear serios enfrentamientos y para contenerlos habría que utilizar las Fuerzas Armadas y de Orden. Si triunfa el candidato Salvador Allende, se produciría inicialmente un período de tranquilidad en los sectores antes indicados, pues las fuerzas políticas antagónicas a él no han evidenciado hasta ahora tendencias pronunciadas a provocar la transgresión del orden público. Pero este período, cuya duración no se estima muy prolongada, podría terminar a causa del descontrol por parte del posible gobierno de los elementos extremistas incluidos en sus fuerzas políticas en cuyo caso aparecerían dos alternativas de acción: por una parte, el vuelco del futuro gobierno hacia la búsqueda de apoyo en otros sectores políticos y el empleo represivo de las FF.AA. y de Orden para restablecer la normalidad. Por otra, que el futuro gobierno actúe tímidamente sin tratar de contener los desbordes populares en forma decidida, debido a sus compromisos políticos, en cuyo caso éstos se podrían prolongar indefinidamente. Pero, en cualquier alternativa, las Fuerzas Armadas deberán prever en su planificación de orden interior, un empleo largo y costoso.

Los potenciales desbordes del sistema institucional coparon la actividad analítica y de terreno de un alto mando que comenzaba a dibujar el desafío que enfrentaba. A un mes y medio de la elección presidencial, el 23 de julio de 1970, en un nuevo Consejo de Generales, Schneider entregó un informe detallado de los pasos de los golpistas desde el fracaso del «Tacnazo» y los sumarios y expulsiones de las filas del Ejército derivados de la misma sublevación. Schneider no titubeó ese día al reseñar ante los oficiales bajo su mando que la estrategia de los conjurados, cuya cara visible seguía siendo el general Roberto Viaux, era dar un Golpe de Estado.

Al analizar el escenario que se venía con las elecciones presidenciales, señaló tres períodos. Uno antes de las elecciones (hasta el 4 de septiembre), el segundo durante y el tercero, hasta el 4 de noviembre, fecha en que debía asumir el nuevo Presidente y al que calificó como el más conflictivo: «cuando ya se sepa el orden en que han llegado los postulantes y en consecuencia empiecen a barajarse todas las alternativas».

Al referirse a la situación interna en que se desarrollaban estas amenazas, destacó a la ebullición en las universidades:

Instituciones que han tenido una respuesta a veces violenta porque la juventud en este ambiente es inquieta y desea soluciones a corto plazo». Y la crisis en la Iglesia Católica, que según Schneider también estaba siendo afectada por la vorágine de los cambios: «Esa institución milenaria y de sólido origen y que, sin embargo, hoy día también siente conmovidos sus cimientos jerárquicos: entre sus filas existe rebeldía, existen deseos de cambios y aún disensiones que están afectando muchas de sus estructuras.

Y concluyó:

Se habla mucho de que en este movimiento reformista así como en este ambiente de inconformismo, incluso las viejas ideologías que han imperado en casi todos los países casi ya no tienen vigencia ni capacidad ni eficiencia para enfrentarse a la época actual; se dice que están en crisis y que han llegado a su fin. Frente a eso se piensa que paulatinamente se va formando un vacío de poder y no son pocos los que estiman que este vacío debe ser llenado por las Fuerzas Armadas. Así es como algunos manifiestan que las Fuerzas Armadas son también «una alternativa de poder». Es importante que en nuestro ambiente, en nuestro país y al frente de nuestra Institución tengamos muy en claro este concepto porque en este momento debe quedar absolutamente definido y clarificado. En nuestro país impera un régimen legal definido en una Constitución Política que establece en forma muy clara la forma y la vía por la cual se deben renovar los diferentes poderes del Estado; y fija en forma muy clara quiénes son los que tienen opción a llegar a estos poderes. Y en estas definiciones no figuran las Fuerzas Armadas con opción a llegar al poder; por el contrario, le da a ellas la misión de garantizar el funcionamiento del régimen legal y, por lo tanto, de respaldarla para que por la vía normal se elijan los diferentes poderes del Estado, entre ellos el Poder Ejecutivo. Para cumplir con este cometido se les ha entregado a las Fuerzas Armadas poder representado en las armas y fundamentalmente representado por un mando absolutamente independiente para que, en cierto modo, pueda servir de árbitro en el cumplimiento de estos preceptos legales. En consecuencia, el hacer uso de estas armas, de estos poderes para también asignarse una opción para llegar a la conducción del país, implica simplemente un desconocimiento y aun más una traición al país que le ha entregado esta tarea y que confía en su cumplimiento integral e imparcial. Luego, mientras se viva en régimen legal, las Fuerzas Armadas de Chile no son «una alternativa de poder».

Ese día de julio de 1970 quedó claro: si había un obstáculo a eliminar por los golpistas ese era René Schneider. Lo que él ignoraba era que entre los generales que lo escuchaban y le rendían pleitesía había varios que ya planificaban su muerte. En los precisos momentos en que Schneider hablaba ante los generales, los grupos que preparaban el asalto al poder ya estaban organizando la internación de armas y los más de doce atentados dinamiteros que sembrarían el terror entre los primeros días de septiembre y el 9 de octubre de 1970. Enrique Arancibia Clavel, quien más tarde sería condenado por su participación en el asesinato del general Carlos Prats en Buenos Aires, era uno de sus ejecutantes principales bajo las órdenes del comando cuya cara visible era Roberto Viaux.

Lo que nunca trascendió a la opinión pública y que también ignoraban los que en esos días ya complotaban para impedir que el candidato de la izquierda resultara electo Presidente, fue que Salvador Allende sufrió en esos mismos días de julio de 1970, un súbito percance cardíaco que pudo haber tenido graves consecuencias.

En plena campaña presidencial, en momentos en que Allende caminaba junto al senador radical Hugo Miranda por calle San Antonio en la capital, un dolor agudo en el brazo izquierdo lo hizo detenerse. Como médico, no necesitó que nadie le dijera lo que estaba pasando: era el comienzo de un preinfarto. Rápidamente fue subido a un vehículo y llevado a la consulta del doctor Osvaldo Sepúlveda, quien confirmó su diagnóstico. Allí mismo se decidió que el episodio debía ser guardado en el más absoluto secreto: la noticia de un infarto ponía en riesgo sus posibilidades de éxito. Recibiría todos los cuidados médicos en su casa y guardaría completo reposo por unos días. Desde la misma consulta, Hugo Miranda llamó a Miria Contreras (La Payita), quien ya era su asistente y también su compañera sentimental. Fue ella la que asumió el rol de enfermera durante el día en la casa de Allende en calle Guardia Vieja, en tanto Beatriz (a quien todos llamaban Tati) –una de las hijas del senador y médico de profesión– hizo el turno de noche¹¹.

Las empresas de encuestas tampoco le creían a los analistas de las Fuerzas Armadas. La más importante de ellas en esa época, GALLUP, dio a conocer el miércoles 2 de septiembre su última proyección: Alessandri ganaría con un 41,5% de los sufragios; segundo, Tomic, con 29%, y tercero, Allende, con un 28% de los votos.

A la una de la madrugada del 5 de septiembre se supo que el socialista Salvador Allende, apoyado por la Unidad Popular, había triunfado. Los resultados fueron muy similares al pronóstico hecho por el Estado Mayor de la Defensa Nacional: 

Allende : 1.070.334 votos, 36,22%

Alessandri : 1.031.159 votos, 34,09%

Tomic : 821.801 votos, 27,81%

(Votaron 3.539.747 personas)

Mientras los partidarios de Salvador Allende iniciaban un

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