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Los reyes desnudos

Los reyes desnudos


Los reyes desnudos

Longitud:
265 páginas
4 horas
Publicado:
23 nov 2018
ISBN:
9789563246858
Formato:
Libro

Descripción

Daniel Matamala ingresa, con la lucidez que lo caracteriza, al territorio siempre necesario de la deconstrucción inteligente de las tramas en que se articulan las elites políticas y económicas. Unas tramas que permiten leer un tejido social donde el poder del dinero avanza sobre el poder político para contaminarlo. La reunión de columnas que el libro presenta permite leer cómo operan los privilegios múltiples e incesantes que posibilitan que la ley se retire de las zonas más privilegiadas o trabaje débilmente, o sencillamente no opere. Daniel Matamala se interna por la “ruta del dinero” para mostrar los modos en que las cúpulas generan la peligrosa grieta que acecha a la solidez de la democracia. Diamela Eltit

Las patologías del poder han estado incubadas en nuestras instituciones desde su creación, y parece haber llegado el tiempo en que comienzan a horadarse sus raíces. Comunicadores como Daniel Matamala han contribuido a iluminar los rincones ocultos de nuestra sociedad, y han compartido nuestro dolor y nuestros deseos de verdad, justicia y reparación. James Hamilton

Daniel Matamala hace sociología descriptiva disfrazada de periodismo. Por debajo de sus columnas hay un retrato de la sociedad chilena, de su endogamia, de las trampas y los tropiezos de sus minorías dominantes, de sus formas de reproducción y de sus pretextos para legitimarse que bien pudiera estar en un registro etnográfico. (…) El tono de denuncia no proviene de un afán por moralizar, sino de la elocuencia de las circunstancias. Son los hechos que describe los que resultan escandalosos. Carlos Peña

Es difícil que las columnas de Daniel Matamala aquí reunidas dejen indiferente a alguien. La pluma es mordaz, y el autor no se anda con rodeos: en Chile hay cosas que –definitivamente– no andan bien. Los textos tienen tesis y, por lo mismo, incomodan, interpelan y desafían al lector. Desde luego, no es necesario suscribir todas y cada una de las posiciones defendidas en este libro para valorarlo en todo su mérito: el de una preciosa contribución a la hora de comprender algunos aspectos poco amables de nuestra vida común. Daniel Mansuy
Publicado:
23 nov 2018
ISBN:
9789563246858
Formato:
Libro

Sobre el autor


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Los reyes desnudos - Daniel Matamala

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Presentación

Daniel Matamala hace sociología descriptiva disfrazada de perio­dismo. 

Por debajo de sus columnas, crónicas y comentarios, hay un retrato de la sociedad chilena, de su endogamia, de las trampas y los tropiezos de sus minorías dominantes, de sus formas de reproducción y de sus pretextos para legitimarse, que bien pudiera estar en un libro de sociología o en un registro etnográfico, pero que aquí se encuentra emboscado en las crónicas y columnas que este libro recoge, disfrazadas, como digo, de periodismo. 

El fenómeno no es raro y solo habla bien del talento de Daniel Matamala. Después de todo, en los orígenes de la sociología moderna estuvo La comedia humana, es decir, la sociología disfrazada de novela. Aquí está la mirada política y social cubierta por el antifaz de la crónica periodística. Por eso el tono de denuncia que en estas páginas se puede encontrar no proviene de un afán de Matamala por moralizar, sino de la elocuencia de los hechos y circunstancias que describe. No es él quien denuncia, son los hechos que describe los que en sí mismos resultan escandalosos. 

Carlos Peña

El emperador marchaba ufano por el desfile bajo su magnífico palio.

Toda la gente de la ciudad había salido a la calle o lo miraba por los balcones y ventanas.

Y decían: ¡Qué traje más regio! ¡Qué cola tan adorable! ¡Qué caída perfecta!.

Nadie reconocía la verdad, temiendo ser tildado de tonto o de incapaz para desempeñarse en su empleo.

Nunca traje alguno del emperador alcanzó tales niveles de admiración.

–Me parece que va sin ropa –dijo un niñito.

Pronto se elevaron murmullos repitiendo las palabras del niño.

–¡Un niñito dijo que el emperador no llevaba ninguna ropa!

–¡No lleva ropa! –gritó por fin el pueblo.

El emperador se sintió extremadamente mortificado, pues creía que estaban en lo cierto.

Pero, tras una reflexión, decidió lo siguiente:

–Pase lo que pase, ¡debo permanecer así hasta el final!

Se irguió con más orgullo aun y sus chambelanes siguieron llevándole la cola inexistente.

H. C. Andersen, El traje nuevo del emperador

Nota del autor

El 4 de enero de 2015, el pueblo se percató de que el rey estaba desnudo. Esa mañana, La Tercera publicó los primeros mails en que políticos pedían financiamiento por fuera de la ley al grupo Penta. Las floridas súplicas de los parlamentarios (un raspado de la olla, mendigaba Iván Moreira para su campaña al Senado) pasaron rápidamente a la cultura popular.

Era solo el comienzo. En los meses y años siguientes, Penta, SQM, Caval, el cartel del papel higiénico, la ley de pesca y los abusos en la Iglesia Católica fueron desnudando uno a uno a los grupos más poderosos del país: grandes empresarios amañando colusiones y dictando leyes a la carta, políticos siguiendo servilmente las órdenes de sus financistas, familiares de altas autoridades obteniendo créditos fabulosos, obispos encubriendo crímenes atroces. 

Durante estos años de revelaciones escandalosas, mientras presentaba mi libro Poderoso caballero pude conversar con chilenos en todo el país. Los problemas eran diversos: en Calama me hablaron de la devastación ecológica causada por las mineras; en Viña del Mar, de los abusos del retail contra las pymes; en Concepción, de la falta de agua debido a la acción de las forestales; en Chiloé, de las prácticas irresponsables de las salmoneras.

Había algo de catarsis en esas reuniones. ¡No lleva ropa! era lo que gritaban mineros en Antofagasta y jubilados en La Serena, estudiantes de Derecho en Valparaíso y pequeños empresarios en Rancagua, alfareros en Chillán y empleados públicos en Villarrica, profesores en Valdivia y escolares en Castro. Pero no solo había indignación sino sobre todo una insaciable sed por informarse. Desconfiaban de que sus autoridades pudieran representarlos ante estos abusos, hacían preguntas difíciles y buscaban respuestas: ¿qué hacer?, ¿cómo cambiar las cosas?

Esa ola comenzó a remitir en 2017. La cascada de escándalos terminó por insensibilizar a la opinión pública (una boleta más, qué más da). Más importante: tal como en el cuento, el emperador había decidido continuar impertérrito con el desfile. Pareció ridículo al principio, pero el aquí no ha pasado nada de la élite terminó por imponerse. 

Es lo que no alcanza a contar el cuento de Andersen. Que cuando el pueblo se cansó de gritar el emperador seguía desfilando, y los chambelanes (que siempre los hay de voluntarios, y por montones) seguían levantando su cola imaginaria.

Las campañas electorales de 2016 y 2017, y la brutal polarización amplificada por las redes sociales, cambiaron las coordenadas. La guerrilla de agresiones entre fachos y zurdos, con las noticias falsas como arma arrojadiza, apagó el eco indignado de los ciudadanos, y lo reemplazó por una cacofonía de insultos, con los que cada uno afirma su lealtad hacia su tribu ideológica. 

Sería exagerado decir que todo fue en vano. Han sido años de cambios legales, sociales y culturales, más o menos profundos, pero cambios al fin. El poder es hoy más cuidadoso y menos olímpico, sin duda, que cuando todo comenzó a develarse.

Este libro reúne columnas escritas durante todo este proceso, en la revista Qué Pasa (2014-2016), en CIPER (2016-2018) y en la edición dominical de La Tercera (2018). Son espacios de total libertad editorial que quiero agradecer, especialmente a José Luis Santa María y Francisco Aravena en Qué Pasa, Mónica González en CIPER y Daniel Labarca en La Tercera. También a Andrea Insunza, quien dirige el Centro de Investigación y Publicaciones de la Facultad de Comunicación y Letras de la UDP, y a Andrea Palet, cuyo talento y sensibilidad editorial dio forma a Los reyes desnudos

Cada columna es hija de su tiempo, pero tienen temas en común. Por eso las hemos agrupado en seis capítulos. En La casta caracterizamos al rey desnudo, este grupo que, pese a todo, sostiene su poder en Chile. En Aquí no ha pasado nada nos centramos en su estrategia de defensa, en la decisión del emperador de erguirse orgulloso y seguir desfilando. Es un capítulo sobre la inmovilidad. En contraste, en Y sin embargo se mueve dibujamos lo que sí ha pasado: los profundos cambios que están ocurriendo en la sociedad chilena. El poder ya no es lo que era describe la relación cada vez más compleja entre la ciudadanía y la élite. Tiempos de campaña trata de cómo cambian las elecciones en un mundo impredecible, desde la caída de Lagos hasta el ascenso de Trump. Y La bolsa o la vida completa el círculo volviendo a la élite económica y develando algunas de sus estrategias para conservar sus privilegios.

Ningún tema se cierra; espero que todos se abran a un debate más rico, en que la opinión aquí esbozada es solo una más entre muchas. No son estos tiempos de certezas, lo son más bien de dudas y de perplejidad.

La relación entre ciudadanía y poder define a las sociedades. Esa tensión hoy está invisibilizada, para beneficio de los autoritarios, de los vociferantes y de los poderosos. Ojalá este libro ayude a mantener abierta la puerta para ese debate. 

D.M.

LA CASTA

Este es un país basado en la amistocracia. 

No éramos corruptos; éramos amigos de los amigos.

ENRIQUE KRAUSS, exministro del Interior

Los herederos

Santiago se llenó de apellidos ilustres. Sí, apellidos. Porque ese (el apellido que te tocó en suerte) era el único requisito para ser parte de la más exclusiva cumbre latinoamericana en la capital de Chile: el XVI Encuentro Empresarial Padres e Hijos.

Luksic, Said, Saieh, Solari y Paulmann fueron los apellidos convocantes, junto al magnate mexicano Carlos Slim y otros dueños de los grandes imperios económicos del continente, acompañados de sus herederos (en su abrumadora mayoría, hombres; ni la cercanía del Día de la Madre ayudó a que fuera un encuentro de padres y madres con sus hijos e hijas).

Una de las pocas mujeres presentes fue la presidenta Michelle Bachelet (sin su hijo, claro está). Junto al exmandatario francés Nicolas Sarkozy bendijeron con una pátina republicana un encuentro que escenificó en toda su majestad la realidad hereditaria del poder económico en América Latina.

Entre esos herederos habrá, sin duda, personas talentosas, esforzadas y capaces. Las habrá también mediocres, remolonas y torpes. No son sus eventuales aptitudes las que las hicieron merecedoras de un asiento en el banquete de bienvenida en el Museo Histórico Militar, sino simplemente su apellido. Y, como lo revela la historia de cualquier dinastía, eso no es garantía de nada. El talento está igualmente distribuido en la sociedad… y la falta de él, también.

Esta cumbre pone de relieve una verdad incómoda para el modelo chileno. En Sapiens: De animales a dioses, el historiador israelí Yuval Noah Harari nota cómo nos escandalizamos con los sistemas que dividen la sociedad según las razas, como el Apartheid de Sudáfrica o las castas tradicionales en India. Sin embargo, aceptamos que la jerarquía de ricos y pobres defina quiénes acceden a educación de calidad y quiénes no, o quiénes tienen tratamientos médicos efectivos y quiénes no, pese a que es un hecho probado que la mayoría de los ricos lo son simplemente porque nacieron en una familia rica, mientras la mayoría de los pobres permanecen como tales toda su vida simplemente porque nacieron en una familia pobre.

¿Por qué nuestro sistema social nos parece más aceptable que el Apartheid o el régimen de castas? Por la promesa de la meritocracia. El trato implícito que sostiene nuestro pacto social es que, aunque las desigualdades sean enormes, al menos una proporción de jóvenes brillantes podrá ascender, a punta de mérito y esfuerzo, hasta el tope de la pirámide. Sin esa esperanza, el modelo pierde gran parte de su legitimidad, para quedar desnudo como un sistema de castas: la perpetuación de una élite cerrada.

¿Es la élite chilena una meritocracia, o es un sistema cerrado de castas? El economista de la Universidad de Chicago Seth D. Zimmerman estudió el tema relacionando tres factores en Chile: la asistencia a colegios de élite y a programas universitarios exclusivos, y la obtención de altos cargos en empresas.

Sabemos que el sistema escolar chileno es muy segregado y, por lo tanto, no sorprende constatar que el alumno de un colegio privado de la élite tendrá muchas más opciones de entrar en una carrera universitaria selectiva. Pero este estudio prueba otra forma de discriminación: que aun quienes logren superar esa primera barrera, por ejemplo entrando a un colegio público de excelencia, luego tendrán opciones muchísimo menores de obtener un alto puesto laboral.

El estudio de Zimmerman consideró nueve colegios privados de élite, todos de Santiago: Saint George, Verbo Divino, The Grange, Sagrados Corazones de Manquehue, Tabancura, San Ignacio, Alianza Francesa, Craighouse y Scuola Italiana. Y comparó su trayectoria con los alumnos de un colegio público de excelencia (el Instituto Nacional) y con el resto de la población. Con el 0,3% de los alumnos totales del sistema, los egresados del Instituto Nacional coparon el 10% de los programas universitarios de élite, pero luego obtuvieron solo el 7% de las posiciones de liderazgo (gerencias y directorios) en las principales empresas chilenas.

Los egresados de colegios privados de élite representaron el 0,5% del total de estudiantes y se llevaron el 19% de los cupos universitarios de excelencia. La gran diferencia vino después: acapararon ¡el 53%! de los 3.759 altos puestos directivos considerados. Todo el resto del país (el 99,2% de los estudiantes chilenos) se llevó el 72% de los cupos universitarios y apenas un poco más de 40% de los altos puestos directivos.

Reflexionemos por un minuto lo que significan estos datos. Pensemos en el brillante alumno de una familia modesta de Puente Alto o La Granja que, contra todas las probabilidades, logra un cupo en el Instituto Nacional, obtiene un alto puntaje en la prueba de selección universitaria y luego se matricula en Ingeniería Civil, Derecho o Ingeniería Comercial en la Universidad de Chile o la Universidad Católica. Un talento como ese debería ser objeto del deseo de cualquier gran empresa que quisiera reclutar a los mejores profesionales. Pero la realidad de las compañías chilenas es muy distinta: ese alumno excepcional tiene cuatro veces menos probabilidades de obtener el mismo puesto que su compañero de generación que hizo el camino con la cancha despejada: viene de un hogar de altos recursos, y gracias al ingreso familiar (no a su talento personal) fue seleccionado en un colegio privado de élite. Como concluye Zimmerman, la admisión en universidades de élite tiene un papel central en la producción de altos ejecutivos, pero solo para estudiantes que antes asistieron a colegios privados de élite.

Otro estudio, de Javier Núñez y Roberto Gutiérrez¹, demuestra que el origen socioeconómico genera brechas de entre 25% y 35% entre los sueldos de compañeros de universidad.

Este sistema de castas, que privilegia el origen familiar por sobre el talento personal, es contradictorio con el capitalismo. En un sistema de libre competencia, las grandes empresas deberían estar ávidas por reclutar a los más talentosos, sin importar su origen, colegio o apellido. Sin embargo, es aquí donde la promesa de meritocracia se revela vacía. ¿Cómo explicar de otro modo la irritante costumbre chilena de encabezar los currículos con el establecimiento en que se cursó la educación primaria y secundaria? (una costumbre tan omnipresente que en el primer gobierno de Piñera las biografías oficiales de los ministros estaban encabezadas por ese dato).

El académico del MIT Ben Ross Schneider define nuestro sistema como uno de capitalismo familiar. Un modelo jerárquico, basado en grandes empresas familiares más habituadas a los monopolios u oligopolios que a la auténtica competencia. Un modelo que, dice Schneider, difícilmente puede ser defendido por los partidarios del libre mercado. Y esa jerarquía hereditaria sigue incólume en la gran empresa chilena. Las juntas de accionistas de fines de abril vieron más y más herederos tomando posiciones de poder en los principales grupos económicos: las segundas, terceras o enésimas generaciones de los Luksic, los Angelini, los Guilisasti, los Yarur, los Matte…

Este capitalismo familiar, tan lejano a las lógicas de meritocracia y movilidad social, campea en Chile. Y deslegitima con cada golpe de apellido las bases de un sistema que proclama el valor de la competencia, pero en verdad tiene muchas más semejanzas con un sistema de castas, con apellidos predestinados y otros intocables.

Mayo de 2016

Fábulas

En el artículo Un país de emprendedores, el economista y ejecutivo de empresas César Barros responde a mi columna Los herederos. En síntesis, argumenta que las grandes fortunas chilenas son recientes y fruto de la meritocracia.

Barros acierta en lo primero, pero desfigura la verdad en lo segundo.

Es cierto que muchos de los grandes grupos florecieron recién en las últimas décadas. Pero desprender de ello que los imperios económicos del Chile contemporáneo se construyeron a puro esfuerzo, riesgo y habilidad es negar una realidad evidente. Estas fortunas, capaces de concentrar la riqueza hasta el nivel actual, en que cinco familias tienen ingresos iguales a los de cinco millones de chilenos, no son producto solamente de mentes prodigiosas que ganaron una competencia en la limpia cancha del libre mercado. Sus historias son inseparables de decisiones políticas que dan cuenta de la captura del Estado por intereses particulares.

El primer big bang ocurre en 1975, con la revolución de los Chicago Boys. La violenta liberalización de la economía escoge a ciertos ganadores: los grupos BHC y Cruzat, que tenían la liquidez necesaria para aprovechar la oportunidad, llegando a dominar, ya en 1977, el 38% de los activos totales de las 250 mayores empresas de Chile.

Y eran precisamente esos grupos –vaya casualidad– los que tenían nexos privilegiados con los Chicago Boys que lideraban la implementación de la política económica (Ministerio de Economía), cambiaria (Banco Central) y las privatizaciones (Corfo).

La hecatombe de 1982-1983 barre a estos grupos primigenios, que en los años siguientes

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