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Lo mejor de CIPER 2: El periodismo que remece a Chile
Lo mejor de CIPER 2: El periodismo que remece a Chile
Lo mejor de CIPER 2: El periodismo que remece a Chile
Libro electrónico330 páginas5 horas

Lo mejor de CIPER 2: El periodismo que remece a Chile

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Recorrer la hoja de vida de los hombres públicos es un ejercicio obligatorio del buen periodismo. No a modo de sentencia, sino de testimonio. Cada uno sabrá responder por sus actos y, si amerita, los tribunales se encargarán de lo suyo. Con la acuciosidad propia del excelente periodismo, los autores corrieron aquí la alfombra por completo y muestran toda la mugre que había debajo.
IdiomaEspañol
Fecha de lanzamiento13 may 2013
ISBN9789563241198
Lo mejor de CIPER 2: El periodismo que remece a Chile

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    Lo mejor de CIPER 2 - Mónica González

    Notas

    Tsunami paso a paso: los escandalosos errores y omisiones del SHOA y la Onemi

    Por

    Pedro Ramírez y Jorge Aliaga

    Ciper, 18 de enero de 2012

    Presentación

    ¿Dónde estabas esa madrugada? ¿Te bajaste de la cama? ¿Corriste tambaleando hacia la calle? ¿Alcanzaste a tomar en brazos a tus hijos? ¿Rezaste? ¿Puteaste? Y después… ¿Miraste hacia el agua, de reflejos plateados, pensando que los maremotos solo ocurren en las películas? ¿Intentaste llamar a tus papás? ¿Prendiste la radio a pilas para saber si lo que habías vivido era realmente lo que temías? ¿Tuviste la suerte de seguir tu instinto para salvarte de la ola que arrasó con tu pueblo?

    Cada uno de nosotros –los millones de chilenos que a las 3:34 del 27 de febrero del 2010 despertamos para enfrentar uno de los mayores sustos de nuestras vidas– tiene una historia que contar. Como pocas noticias, el terremoto nos hermana en las vivencias. En la sensación común de desgracia y desamparo. También en la incredulidad e indignación, al leer el reportaje de los periodistas Pedro Ramírez y Jorge Aliaga sobre la actuación de nuestros expertos en tsunamis y manejo de emergencias durante las cinco horas que siguieron al terremoto.

    Una investigación acuciosa, como ya nos tiene acostumbrados Ciper, donde se devela una penosa comedia de equivocaciones: el absurdo de una burocracia que ni los propios burócratas entienden; la noche en que el sentido común –ni hablar del profesionalismo– de los encargados de proteger las vidas de los chilenos se enredó en una maraña de inseguridades, ignorancia y, por momentos, derecha irresponsabilidad.

    Da impotencia el relato de quienes luchando contra la masa de agua vieron morir a familiares, mientras en el SHOA y la Onemi tomaban una mala decisión tras otra. Da más impotencia todavía, enterarse —con este reportaje— de que por momentos sí hubo quienes hicieron lo correcto en los organismos técnicos, para luego dejarse arrastrar por el ambiente de confusión generalizado.

    ¿Cuántas víctimas se habrían salvado si a Jorge Henríquez, jefe de la Onemi del Biobío, lo hubiesen tomado en cuenta en la Onemi de Santiago, cuando recién ocurrido el terremoto reportó que en Concepción había sido de IX a X grados Mercalli? ¿Y si en la Onemi hubiesen interpretado de acuerdo al protocolo el fax que envió el SHOA informando de la «Alerta de Tsunami» 34 minutos después del sismo? ¿Y si el teniente Mario Andina del SHOA hubiese leído correctamente los datos de los mareógrafos y hubiese impedido que su superior, el comandante Mariano Rojas, cancelara la misma alerta a las 4:56? Suman y siguen los puntos de inflexión que plagan este artículo y que podrían haber cambiado la historia de muerte de nuestro 27/F.

    Mención aparte merecen las versiones encontradas entre la Onemi y el SHOA sobre las comunicaciones que ocurrieron esa noche; o los instructivos sobre manejo de emergencias que se superponen entre sí; o las discrepancias entre los «expertos» sobre asuntos tan básicos, como si es posible que ocurra un tsunami cuando el epicentro de un terremoto es en tierra.

    La cadena de errores y malentendidos de los que da cuenta el reportaje de Ramírez y Aliaga es abrumadora. Conocerla es indispensable, porque lo que se llevó la ola fueron vidas. Lo que devolvió fueron jirones de nuestra arrogancia… de nuestra modernidad, tantas veces solo imaginada.

    Consuelo Saavedra

    Periodista y conductora del noticiario central de TVN

    Al mediodía del 27 de febrero de 2010, cuando ya habían pasado ocho horas desde el terremoto, el SHOA constató por primera vez que Chile había sido afectado por un tsunami. En las horas previas, y luego de cancelar una alerta de maremoto convencidos de que nada ocurría –ni ocurriría–, los marinos desoyeron las advertencias del Pacific Tsunami Warning Center y de una experta chilena que señalaban insistentemente que existían las condiciones para que llegaran a las costas chilenas inmensas olas con poder destructivo. En Santiago, funcionarios de la Onemi supieron que el mar había devastado la isla de Juan Fernández y no dieron aviso. Estos son solo dos de la decena de graves errores cometidos por autoridades navales y civiles que debían velar por la seguridad de los chilenos y que esta investigación devela, por primera vez, paso a paso.

    En esta investigación se reconstruyen por primera vez en forma completa los episodios clave vividos en los principales centros de decisión de la Armada y del gobierno que explican la inoperancia de las autoridades en las cinco primeras horas de la tragedia del 27 de febrero de 2010, cuando aún se podrían haber salvado vidas. La magnitud de la ineficacia se grafica en que recién cerca del mediodía de ese día, ocho horas después de que llegaran las primera olas a la costa chilena, los marinos del Servicio Hidrográfico y Oceanográfico de la Armada (SHOA) constataron que en Chile había habido un tsunami. Más grave aún: durante horas esos marinos desoyeron los datos de una experta oceanógrafa que les insistía en que estaban leyendo mal los datos y que era probable que «olas destructivas» llegaran a la costa. La misma advertencia que hizo llegar desde Hawai personal del Pacific Tsunami Warning Center (PTWC) una hora y diez minutos después del terremoto.

    La contraparte civil del SHOA, la Oficina Nacional de Emergencia del Ministerio del Interior (Onemi), no actuó mejor. Los antecedentes reunidos muestran que funcionarios clave de esa entidad no comprendían los procedimientos del SHOA y malinterpretaron la alerta enviada por ese organismo. Peor aún, pasadas las 05:00 de ese terrible día, recibieron información de que el archipiélago de Juan Fernández había sido arrasado por un tsunami. ¿Por qué no dieron la alerta? En ese momento aún faltaban dos olas por llegar: 32 personas murieron sin que nadie les advirtiera del peligro. Es por esas muertes que la fiscalía podría acusar de hasta «cuasi delito de homicidio» a funcionarios de la Onemi y de la Armada¹.

    03:34 (minuto Cero)

    El suave vaivén inicial lo puso en alerta. Se despertó cuando el terremoto recién comenzaba y en lugar de asustarse, aguzó los sentidos. Cuando el dormitorio comenzó a agitarse con furia, fue su mujer la que saltó de la cama para poner a resguardo a los tres niños. Él ni se alteró ni buscó refugio. A diferencia de los casi 12 millones de chilenos repartidos en las seis regiones más pobladas del país que despertaron aterrados, Jorge Henríquez Cárcamo se puso de pie y, contra lo que dicta el instinto de supervivencia, intentó medir la fuerza que descargaba la tierra.

    En esa madrugada del 27 de febrero de 2010, Henríquez era jefe de la Oficina Nacional de Emergencia (Onemi) de la Región del Biobío. En términos técnicos, lo que se conoce como un «observador entrenado». En la oscuridad calibró el crujir de las construcciones, el corcovear de los muebles y el estruendo de objetos que se estrellaban en el piso. Pero el síntoma más evidente de que el sismo se convertiría en tragedia, era que él mismo apenas lograba mantenerse en pie. Calculó la intensidad en grados Mercalli y de inmediato pensó en la posibilidad de un tsunami. Lo hizo porque estaba a unos tres kilómetros de la costa de Concepción, en San Pedro de la Paz.

    Henríquez tomó el teléfono cuando la tierra aún descargaba latigazos y marcó el número de la Onemi central, en Santiago. Sabía que las comunicaciones colapsarían apenas el suelo volviera a calmarse.

    Le respondió uno de los tres funcionarios de turno en el Centro de Alerta Temprana (CAT) de la Onemi. Pudo ser el jefe de turno Osvaldo Malfanti Torres, el radioperador Rafael López Meza o el chofer Manuel Bravo Pacheco². A la carrera, Henríquez reportó que el sismo era de intensidad IX a X en la escala de Mercalli. Del otro lado le indicaron que la información que tenían era que se trataba de un grado VII en la misma escala. Henríquez se irritó:

    –Mira conchetumadre, esto es un terremoto y es grado IX a X.

    Henríquez nunca habló de esto con otros colegas de la Onemi. Hasta que en una cena de camaradería, en abril de 2011, por primera vez Carmen Fernández, la ex directora de la Onemi que dimitió tras el terremoto, oyó el relato de Henríquez. «Sentí que se me doblaban las piernas cuando lo escuché», dijo Carmen Fernández a Ciper.

    El relato de Henríquez dejaba en evidencia que en la madrugada del terremoto uno de los tres hombres de turno en el CAT desestimó un dato clave para evaluar tempranamente la posibilidad de un maremoto. El registro que esa madrugada difundió oficialmente el CAT indicó erróneamente que en la Región del Biobío el terremoto fue solo grado VIII Mercalli.

    «Nunca fui informada que el jefe de la Onemi regional había percibido, en el borde costero, una intensidad tan alta. Si esa información hubiese circulado esa madrugada, probablemente se hubiesen tomado otras decisiones», indica Carmen Fernández. En mayo, la ex directora de la Onemi fue formalizada por cuasidelito de homicidio por la presunta responsabilidad que le cabe en la muerte de 156 personas y la desaparición de otras 25.³.

    Incrédula, la ex directora de la Onemi le preguntó a Henríquez si su relato era fiel a lo que comunicó en la madrugada del terremoto. Su ex subalterno se lo confirmó y agregó que era exactamente lo que le había contado al fiscal del Ministerio Público que le tomó declaración a mediados de 2010.

    La declaración de Henríquez figura en una carpeta reservada de la investigación que lleva la Fiscalía Regional Metropolitana Occidente. Las pesquisas son lide

    radas por la fiscal regional, Solange Huerta, secundada por los fiscales Andrés Castellanos y Luis Tapia. El grupo se ha dedicado en estos dos años a establecer las responsabilidades penales de quienes, faltando a sus deberes, podrían haber propiciado que 181 personas murieran en el maremoto (25 de ellas aún desaparecidas).

    La investigación se ha centrado en los funcionarios de la Onemi que no difundieron la alerta de tsunami; en la dotación del SHOA que erróneamente canceló esa alerta y en las autoridades que informaron que ya no había riesgo, cuando aún no terminaban de arribar las olas asesinas.

    03:40 (seis minutos después del sismo)

    José del Carmen Tapia estaba a no más de 20 kilómetros del punto desde donde el jefe regional de la Onemi de Biobío hizo su reporte. Cuando la tierra paró, decidió seguir su instinto y el de la mayoría de sus vecinos: partió a subir el cerro que encajona la Caleta Tumbes, en Talcahuano. Como la mayor parte de los chilenos, los pescadores y algueros de Tumbes se encontraban incomunicados y sin luz. Pero no necesitaban escuchar autoridades por la radio o verlas por la tele para saber que había riesgo de maremoto. En Tumbes, la tradición oral y la memoria colectiva fueron suficientes.

    Tratando de alcanzar el cerro, José del Carmen (69) se encontró con su primo Juan Carlos Mora (46), quien con un foco rompía la oscuridad en Tumbes y alumbraba hacia el mar. Desde la calle principal llegaban los gritos de quienes intentaban poner orden o buscaban a sus niños para organizar la subida al cerro. El haz del improvisado faro de Mora se movía nervioso sobre las aguas. Cuando el precario hilo de luz reveló que el mar había comenzado a recogerse, un estallido de estupor y espanto antecedió a los gritos que multiplicaron el trajín de la evacuación. En su declaración policial, Mora aseguró que el agua se retiró unos 200 metros, pero que volvió lentamente, sobrepasando apenas la marca habitual de la marea.

    Visto que la primera marejada solo besó el muro de contención de la caleta, José del Carmen pensó que no era para tanto y se devolvió a su casa a buscar su inhalador y «unas monedas». Unos diez minutos después moriría de asfixia por inmersión en su propio dormitorio. Quedó tendido a los pies de su cama cuando una segunda ola gigantesca entró a la caleta triturando las casas de madera como si fuesen varillas secas.

    José del Carmen no sabía que un tsunami es un «tren de olas» de tres, cuatro o más ondas que azotan la costa con distinta fuerza y en intervalos que pueden durar desde minutos a horas. Tampoco que la primera ola, precisamente la que él vio, normalmente es la menos destructiva. En la madrugada del 27/F, diversos puntos del litoral entre Valparaíso y Puerto Saavedra recibirían a lo menos cuatro olas a distintas horas, entre las 03:49 y las 06:40.

    Desde la llamada que hizo Jorge Henríquez a la Onemi y la primera marejada que arribó a la costa –en San Antonio, Pichilemu y Constitución– no pasaron más de 15 minutos. Y tal como lo intuyó Carmen Fernández en la cena donde escuchó a Henríquez, el testimonio del ex jefe regional de la Onemi se convirtió en prueba de la primera de las graves omisiones que se cometieron en el CAT.

    Efectivamente, en el minuto cero de la tragedia, el CAT recibió el dato de Henríquez, quien estando a escasos kilómetros de la costa, reportó una percepción de IX a X grados Mercalli. Ese dato inicial de manera indubitable ponía sobre aviso el riesgo de un maremoto.

    ¿Qué frenó al jefe de turno del CAT para llamar de inmediato a las autoridades de las zonas costeras a poner en marcha la evacuación? Básicamente, la ley. De acuerdo con el Decreto Supremo Nº 26 del 11 de enero de 1966, el SHOA es el único organismo que puede generar una alerta de tsunami. La responsabilidad de la Onemi se remite a difundir a la población la alerta emitida por el SHOA.

    La facultad privativa del SHOA es uno de los argumentos que esgrimió en el sumario administrativo efectuado en la Onemi⁴ el jefe de turno del CAT esa noche, Osvaldo Malfanti –también formalizado por cuasidelito de homicidio⁵–, para explicar por qué no difundió la alerta de tsunami. Pero la misma Onemi, a través de su documento «Plan Accemar»⁶, durante años ha capacitado a las autoridades comunales costeras enseñándoles que «basta la ocurrencia de un sismo de gran intensidad, que impida a las personas mantenerse en pie, que haga caer muros, derrumbe torres y logre desplazar algunas casas de madera, para (…) aplicar el Plan de Emergencia en su fase de Evacuación hacia zonas seguras».

    Carmen Fernández explicó a Ciper que el «Plan Accemar» no es una norma que obligue a la Onemi a llamar a una evacuación, sino solo «una metodología que se enseña a las autoridades locales para que establezcan sus propios planes de protección. La decisión de evacuar es de las autoridades locales». En otras palabras, y contra toda lógica, el «Plan Accemar» no obliga a la Onemi a difundir la alerta de maremoto, aunque tuviese certeza de que minutos antes un terremoto arrasó localidades costeras. La paradoja es que la Onemi enseña a los habitantes del litoral que deben huir apenas se produce el sismo, pero está obligada a esperar que el SHOA emita formalmente la alerta para recién irradiarla.

    El mismo «Plan Accemar» deja en evidencia lo absurdo de esta fórmula. El documento explica que para que se produzca un tsunami deben darse algunas condiciones: el sismo debe ser superior a 7,5 grados Richter; el movimiento debe ser vertical y no solo lateral; el área de ruptura geológica debe situarse a menos de 60 kilómetros de profundidad y la mayor parte de la zona de ruptura debe ubicarse bajo el lecho marino. Pero como estas condiciones son medidas con instrumentos que pueden tardar de 10 a 15 minutos después del sismo –que es lo que demora el SHOA en monitorear la situación– y una ola destructiva puede alcanzar la costa antes de ese lapso, el «Plan Accemar» indica que lo sensato es evacuar apenas se produce el movimiento telúrico.

    En la madrugada del 27/F, sin embargo, la sensatez chocó con la burocracia: la Onemi no llamó a las autoridades comunales del litoral a evacuar. Y a pesar de que su propio jefe regional del Biobío alertó la magnitud devastadora del sismo en el borde costero, la Onemi esperó la evaluación instrumental del SHOA.

    En el balneario de Constitución esa sería una lección amarga, de esas que entran con sangre.

    03:44 (diez minutos después del sismo)

    «Dios te salve María, el Señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre…». La desesperada rogativa brotaba convertida en susurros de los labios del capitán del pesquero Pinita, José Ibarra, mientras aguantaba el timón para poner la proa de frente a la mole de agua que se le venía encima. Calculó en unos 15 metros de alto la pared oscura que su nave comenzó a remontar a una velocidad inaudita, succionada por la corriente.

    Ibarra y los seis tripulantes del Pinita, cuyo testimonio fue recogido en el premiado reportaje «La ola maldita» de Juan Andrés Guzmán en revista Paula, probablemente fueron los primeros que vieron venir el maremoto⁷. Se lo encontraron cara a cara cuando el SHOA aún monitoreaba instrumentos y la Onemi evaluaba la percepción Mercalli del sismo. Se habían despertado diez minutos antes, cuando estaban anclados cinco millas al oeste de Constitución, y saltaron de sus camarotes porque el barco, de 50 toneladas, comenzó a zarandearse mientras el océano borbotaba.

    Los pescadores comprendieron que era un terremoto. Ibarra se comunicó por celular con su familia que estaba en Constitución. Mientras trataba de tranquilizar a su mujer, que lloraba en la línea, la Capitanía de Puerto de la ciudad le consultó por radio si veía olas en dirección a la costa. «Negativo», informó.

    A la misma hora en que Ibarra hablaba con los marinos, el geólogo taiwanés naturalizado estadounidense Vindell Hsu, despachaba desde el Pacific Tsunami Warning Center de Hawai (PTWC) un «mensaje de observación» con los primeros datos de magnitud y ubicación del sismo. En su declaración ante la fiscalía –hecha el 15 de diciembre de 2010 en Hawai–, Hsu dijo que enviaron el mensaje cinco o seis minutos después del temblor: «Una vez que determinamos la ubicación y las magnitudes, inicialmente obtuvimos un 8,5 [grados Richter], nos dimos cuenta que iba a ser un terremoto con un alto potencial de tsunami».

    Hsu tenía razón. Apenas un par de minutos después de que mandó el mensaje que alertaría al SHOA en Valparaíso –y a toda la red de países del Pacífico–, la tripulación del Pinita empalideció al comprobar que la nave era arrastrada mar adentro hasta encarar la ola descomunal. Era un verdadero muro que se extendía en el horizonte hasta donde alcanzaba la vista. El Pinita remontó la ola de costado, pero solo para encontrarse con otra enorme masa de agua. Ibarra alcanzó a capear la segunda con la proa de frente. Después vino la calma e intentó alertar a la Capitanía de Puerto, pero ya no pudo comunicarse.

    Impotente, el capitán observó desde el timón del Pinita cómo se alejaban las olas rumbo a su ciudad. Su relato posterior sería la comprobación de que el «Plan Accemar» tenía razón: no se puede esperar a que los instrumentos detecten la magnitud y ubicación de un sismo que ha incubado una marejada destructiva si el objetivo es salvar vidas.

    Mientras Ibarra sorteaba las dos olas, el hombre que por ley debía medir con instrumentos la posible formación de un tsunami y dar aviso del peligro, avanzaba en la oscuridad de los pasillos del SHOA, en Valparaíso. El teniente primero Mario Andina Medina iba rumbo a la sala del Sistema Nacional de Alarma de Maremotos (SNAM). De acuerdo con el relato que hacen funcionarios que estuvieron esa noche en el SHOA, Andina era el jefe de turno y recién se había acostado, tras una última ronda, cuando el sismo lo obligó a levantarse y a vestirse con las dificultades que imponía la falta de luz. La sala SNAM contaba con energía y ya estaban en sus puestos el cabo Daniel Gutiérrez, el cabo Alejandro Núñez y el marinero Sebastián Santibáñez.

    Andina comprobó que no tenían aún datos del sismo y ordenó a su gente monitorear los instrumentos. Detrás de él llegó el cabo Jorge Araya, de especialidad oceanógrafo, a quien le pidió revisar las pantallas donde se recibían los indicadores de los mareógrafos que, apostados a lo largo de todo el litoral, detectan las variaciones del nivel del mar. Pero el terremoto había cortado la línea de fibra óptica que transmite las señales de los mareógrafos casi en tiempo real, con solo dos a cuatro minutos de desfase. Para saber si había olas destructivas desplazándose hacia la costa dependían ahora de un satélite, lo que los dejaba a ciegas casi por una hora.

    El sistema satelital GOES permite a los mareógrafos conectarse nada más que una vez por hora. De esta forma, el que está en el archipiélago de Juan Fernández solo transmite al satélite, y desde ahí al SHOA, en el minuto 23 de cada hora. A las 3:23 envió su última marca antes del terremoto. Había que esperar hasta las 4:23 para que reportara los índices de los siguientes 60 minutos. A la hora en que se produjo el terremoto, los primeros mareógrafos que enviarían sus marcas por el sistema satelital eran los que estaban en los extremos del país, los menos útiles en ese momento crucial. Los marinos de la sala SNAM debían esperar casi una hora para saber qué marcaban las estaciones de marea en Valparaíso y Talcahuano, las más apremiantes, y cuyos registros llegarían recién a las 04:24 y a las 04:29, respectivamente.

    El teniente Andina comprendió que bajo esas circunstancias, desprovisto de las marcas de mareógrafos, solamente los datos de magnitud y ubicación –que llegan al SHOA desde organismos norteamericanos, como el PTWC– serían la clave para su eventual decisión de lanzar la alerta de maremoto, algo que no ocurría desde el terremoto de 1985.

    03:49 (15 minutos después del sismo)

    En el CAT de la Onemi, en Santiago, el jefe de turno Malfanti y el radioperador López terminaron de ordenar las informaciones de regiones que reportaban percepciones en escala Mercalli. López lanzó los datos por radio a la red de protección civil. Porque se traspapeló producto de la tensión ambiental o, derechamente, porque alguien lo desestimó, ahí quedó olvidado el urgente reporte de Jorge Henríquez y el registro oficial para la Región del Biobío fue solo de grado VIII Mercalli.

    Las comunicaciones de la Onemi estaban cortadas con las regiones del Maule y Biobío. Eso impidió que el CAT tuviese reportes de avistamiento de olas destructivas en la costa de esas regiones, lo que habría permitido a Malfanti saltarse al SHOA y lanzar la alerta. Pero, tal como estaban las cosas, dependía de las mediciones que hiciera el organismo técnico naval para saber si había riesgo de maremoto.

    Entre los receptores que alcanzaron a escuchar el mensaje radial de la Onemi estuvo el SHOA. El teniente Andina escuchó el informe del CAT y analizó la situación. El sismo se había percibido en grado VII de Mercalli tanto en Santiago como en la Araucanía. Era un terremoto que cubrió una superficie inusualmente extensa, concluyó el oficial, con una amplia zona de fractura y parte de ella podía estar bajo el lecho marino. El epicentro, calculó, debía estar en las regiones del Maule o Biobío. Aquilató el peso de su responsabilidad al pensar en las instalaciones navales de Talcahuano, donde al día siguiente estaba programada la botadura del buque científico «Cabo de Hornos» y donde pernoctaba la mayor parte del almirantazgo a la espera de esa ceremonia que encabezaría la Presidenta Michelle Bachelet.

    En esos minutos entró al SHOA el mensaje despachado por Hsu desde Hawai. Andina revisó los datos y comprobó que la magnitud era 8,5 Richter, que la fractura se había producido a 55 kilómetros de profundidad y que las coordenadas del epicentro daban en tierra, al noreste de Concepción, pero apenas a unos kilómetros del borde costero. Con esos datos, según señalan funcionarios del SHOA, el teniente consideró que había riesgo de tsunami. Preparó a la dotación para lanzar la alerta.

    Exactamente a la misma hora en que Andina todavía sacaba cálculos, las primeras olas golpearon la costa en San Antonio, Pichilemu y Constitución, entre las 03:49 y las 03:50. Esa fue la «zona de sacrificio», aquella que no alcanzaría a ser avisada aunque hubiese funcionado correctamente el sistema de alerta. En Constitución una marejada oscura y fría inundó la playa y el agua se adentró por la ancha desembocadura del Maule cubriendo la Isla Orrego, un banco arenoso de unos 600 metros de largo y 200 de ancho ubicado en medio del río, donde un centenar de veraneantes acampaba bajo un bosque de eucaliptos.

    En la Isla Orrego esa primera ola no entró con fuerza, pero el agua subió con rapidez más de un metro. La gente gritaba por auxilio, entumida y temerosa de una nueva marejada, pero ya nadie vendría a socorrerla.

    03:51 (17 minutos después del sismo)

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