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Huenchumilla. La historia del hombre de oro: Huenchumilla. La historia del hombre de oro
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Huenchumilla. La historia del hombre de oro: Huenchumilla. La historia del hombre de oro
Libro electrónico402 páginas6 horas

Huenchumilla. La historia del hombre de oro: Huenchumilla. La historia del hombre de oro

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Información de este libro electrónico

El día que Francisco Huenchumilla pidió perdón al pueblo mapuche en nombre del Estado no solo estaba marcando un hito político e histórico. También puso sobre sus hombros la lucha indígena, esa que ha cruzado toda la vida republicana de Chile. No lo hizo desde la dirigencia campesina o desde la solemnidad de los antiguos lonko. Lo hizo como humanista y desde su condición de mapuche y de chileno. De ser Huenchumilla y también Jaramillo, una bisagra entre dos mundos enfrentados por una mala historia pero con la posibilidad cierta de un destino común.

La historia de Huenchumilla es la historia del conflicto chileno-mapuche al sur del río Biobío. Es la historia del Temuco racista de su infancia, de los colonos y sus clubes con nombre europeo, y es la historia de un mapuche exdiputado, subsecretario, ministro, alcalde e intendente que nunca dejaría de sentirse como “el negrito de Harvard”.

Es también la historia de un País Mapuche rico, comerciante, ganadero, que a fines del siglo XIX fue borrado del mapa por las nacientes repúblicas chilena y argentina. En una guerra injusta, a traición, que violó tratados históricos y acabó con tres siglos de soberanía mapuche en el Cono Sur. La historia de Huenchumilla, apellido que significa “hombre de oro”, es también la historia de Calfucura, Mañil, Inakayal y Sayhueque, próceres que defendieron Wallmapu del avance de las alambradas y los fundos, de la “civilización” y del “progreso”.
A través de su vida es posible no solo retratar el desencuentro que cada tanto desangra La Frontera y a sus habitantes; también que en ella se vislumbra una oportunidad única para el pueblo mapuche y para Chile. La oportunidad del reencuentro, del curar las heridas y del explorar, ambas sociedades, la posibilidad de una convivencia interétnica respetuosa.
Este libro incluye la propuesta original de Francisco Huenchumilla al Gobierno cuando era Intendente de la Araucanía, documento que habría gatillado su salida del cargo.



ACERCA DEL AUTOR

PEDRO CAYUQUEO (1975, Puerto Saavedra) es periodista y escritor. Fundador y director de los periódicos Azkintuwe y MapucheTimes. Es columnista estable en The Clinic, La Tercera y revista Caras. Forma parte del Consejo Editorial de la Agencia Internacional de Prensa Indígena (RED-AIPIN) y del Consejo Consultivo del Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH). En 2011 fue premiado por el Colegio de Periodistas de Chile y en 2013 recibió el Premio a la Integridad del Periodismo Iberoamericano, otorgado por el North American Congress on Latin America y la Universidad de Nueva York. Es autor del exitoso libro Solo por ser indios y otras crónicas mapuches (Catalonia, 2012). A prinicipios de octubre de 2013 recibió en Nueva York el Premio Samuel Chavkin para la Integridad en el Periodismo Iberoamericano, otorgado por el Congreso Norteamericano sobre América Latina (NACLA) y la Universidad de Nueva York (NYU).
IdiomaEspañol
Fecha de lanzamiento2 jun 2016
ISBN9789563243895
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    Huenchumilla. La historia del hombre de oro - Pedro Cayuqueo

    1949.

    Prólogo

    La mañana de aquel martes se levantó temprano. Desayunó con su esposa María Antonieta y Sofía, la menor de sus hijas. Como de costumbre, antes de dirigirse al edificio de calle Bulnes, repasó la prensa. Y también el documento que, tan solo minutos más tarde, implicaría su adiós del gobierno.

    Durante la jornada, que incluía a media tarde inaugurar un seminario de profesionales mapuche en el hotel Dreams de Temuco, estaba previsto que Francisco Huenchumilla, el intendente de La Araucanía, enviara al Ministerio del Interior la propuesta de solución al conflicto chileno-mapuche que, a comienzos de año, había anunciado estar preparando.

    Hacía poco menos de un mes, en la previa de sus vacaciones, había acordado con el ministro Jorge Burgos el derrotero de dicho documento. Lo presentaría tras su regreso. En forma reservada a La Moneda. Nada de hacerlo público sin la venia de sus superiores. Fue el acuerdo. Huenchumilla aceptó.

    Estás bien evaluado, ándate tranquilo, le dijo Burgos mientras almorzaban aquel día en el tercer piso de la Intendencia. Y Huenchumilla se fue de vacaciones. Un mes completo. Tranquilo. 

    Razones tenía de sobra.

    El año 2014, coincidían todos los sectores, incluidos con pesar algunos de sus detractores, había destacado como una figura política de alcance regional y nacional. Y tal vez en el único intendente, un cargo satélite del gobierno central, de tinte administrativo y la mayoría del tiempo sin muchas luces, en llamar la atención de los medios y la ciudadanía. Y ello de Arica a Magallanes.

    El año 2014, Huenchumilla había dado en el blanco con un certero diagnóstico del conflicto chileno-mapuche, situando a La Araucanía en el mapa de los medios nacionales y en la lista de preocupaciones del Comité Político de La Moneda. El conflicto sureño, subrayó, no era policial ni de pobreza, abordaje que había caracterizado a todos los gobiernos chilenos post dictadura, desde Aylwin a Piñera. 

    Se trataba más bien de un conflicto político, de profundas implicancias culturales e históricas y solo posible de resolver mediante un abordaje también político. De allí la inconveniencia de aplicar la Ley Antiterrorista o de insistir en el viejo camino de la represión policial, impresentable en democracia e inconducente en cualquier otro régimen, argumentó Huenchumilla. 

    Su conclusión, si bien bastante poco novedosa para las organizaciones y liderazgos mapuche que esgrimían aquello hace décadas, implicaba un viraje revolucionario por tratarse de una autoridad de gobierno. Y de la primera en reconocerlo. Y de la primera en atreverse a decirlo, petición de perdón a nombre del Estado incluida.

    Huenchumilla, representante directo de la presidenta Michelle Bachelet en La Araucanía, había marcado con sus dichos —y una que otra hipérbole para festín de los medios— un antes y un después en la siempre conservadora mirada capitalina del conflicto. 

    Su osadía le ganó respaldos transversales en el heterogéneo movimiento mapuche. También entre los intelectuales indígenas, escritores, poetas e historiadores, que saludaron a coro la llegada de un político con perspectiva histórica y visión de Estado. Y cuyo apellido, impronunciable para el chileno medio, les remitía por primera vez en la Intendencia a un peñi. O lo que es lo mismo, a un hermano de pueblo.

    Como era de suponer, los rechazos también fueron transversales, sobre todo en aquellos sectores regionales contrarios —a toda costa— al avance reivindicativo indígena y su cuestionamiento al origen de la propiedad austral. La Multigremial, el sector más duro del latifundio sureño, fue la primera en declararle persona non grata. Les molestó su visita en la cárcel de Temuco al machi Celestino Córdova, el único condenado por el brutal crimen del matrimonio Luchsinger-Mackay. 

    Huenchumilla, fiel a su estilo, respondió con sarcasmo. No fue ni como sacerdote ni como psicólogo, les dijo por la prensa. El machi estaba iniciando una huelga de hambre carcelaria y su rol, en tanto jefe regional, era evitar que el conflicto escalase y, en lo posible, desactivarlo. Y como el objetivo político fue logrado con creces, los reclamos a la FIFA. 

    Una hora conversó con Celestino en su celda. Lo que charlaron, ha dicho, solo se conocerá el día que publique sus memorias.

    Directo, desafiante, polémico, su posicionamiento público tampoco pasó desapercibido en las filas de la Nueva Mayoría, especialmente en La Araucanía, donde a poco andar se transformó en blanco del fuego amigo

    No pocos parlamentarios vieron en su liderazgo una amenaza electoral en ciernes. Y en su estilo de administración, más bien cercana a los alcaldes y los Cores, una pérdida de influencia política y de billetera fiscal intolerable.

    Con todo, la respuesta de Huenchumilla tras aquel diagnóstico y sus reacciones a favor y en contra, fue la propuesta de solución al conflicto que acababa de finalizar tras regresar de sus vacaciones en agosto. Ya había dado con la herida abierta y sus causas. 

    Lo que faltaba era el remedio. 

    O más que un remedio, un ungüento, es decir, una pomada capaz de aliviar el dolor y a su vez de cicatrizar. 

    Y ello era la propuesta Huenchumilla; una especie de Cicatricure para La Frontera. 

    En el documento, con la pericia de un dermatólogo o la sabiduría milenaria de un machi, además de reiterar el fracaso de las políticas indígenas y de contención policial del conflicto, enumeraba una serie de pasos a seguir para terminar con la violencia rural y avanzar hacia otro tipo de convivencia interétnica. Una más respetuosa, moderna y democrática. Más humana, al fin y al cabo.

    Se trataba de una verdadera hoja de ruta, documentada con infinidad de lecturas, diálogos políticos y conversaciones con múltiples actores del quehacer regional y nacional. Un documento de tonelaje académico, legitimidad histórica pero, por sobre todo, de un realismo político brutal. 

    Huenchumilla, con la habilidad de un relojero, atendía por igual el reclamo de mapuches, colonos y aquel de los empresarios madereros y sus camiones, los tres actores involucrados en una trama no resuelta por décadas. 

    Era lo que Ben Emmerson, relator especial de Naciones Unidas, había recomendado al gobierno de Chile en 2013, tras visitar dos semanas el país y constatar —al igual que Huenchumilla— que tras el mal llamado conflicto mapuche y la persecución penal por terrorismo se escondía un conflicto político mal diagnosticado y pésimamente abordado. 

    A juicio de Emmerson, el gobierno que asumiera en marzo de 2014 debía considerar la solución del conflicto como una prioridad política ineludible. Sus recomendaciones, que Huenchumilla cita en su documento, fueron incluidas en el informe anual que el relator presentó en marzo de 2015 al Consejo de Derechos Humanos de la ONU, en Ginebra, Suiza.

    ***

    El tema mapuche como prioridad política. Aquello fue lo que Rodrigo Peñailillo, entonces Secretario Ejecutivo del comando de Michelle Bachelet, transmitió a Huenchumilla en un almuerzo sostenido en Santiago semanas antes de la primera vuelta presidencial. 

    Peñailillo, exgobernador de Arauco durante el gobierno de Ricardo Lagos, sabía que la conflictividad al sur del Biobío era tema pendiente. De allí la reunión con Huenchumilla. Testear el tema. Ver por dónde podría caminar una solución de resultar electa Bachelet, el escenario por aquel entonces más probable. 

    Huenchumilla, retirado de la política y muy cómodo de profesor en dos universidades de Temuco, viajó a Santiago y compartió con ellos su mirada. 

    Meses más tarde, fue el propio Peñailillo quien llamó a Huenchumilla tras el triunfo de Bachelet para preguntarle si estaba disponible para el cargo. Hablaban de la Intendencia de La Araucanía. Su respuesta fue favorable y el segundo llamado fue de la presidenta. 

    Me pidió que le ayudara. Me dijo tienes experiencia, has sido diputado, conoces el tema y eres del sur, relataría más tarde Huenchumilla. Le pidió tener los poderes suficientes. Por supuesto, respondió Bachelet. Me tienes a tu disposición, agregó la mandataria. Línea directa con La Moneda, interpretó Huenchumilla. Entonces aceptó. Y puso manos a la obra.

    Fernando Pairicán, destacado historiador mapuche y columnista de The Clinic, calificó el año 2014 —a propósito de Huenchumilla— como el tiempo de lo simbólico

    En el ambiente triunfalista de las reformas lideradas por el exministro Peñailillo y cuando los casos Caval y Soquimich aún no existían, Huenchumilla se pensó como el primer peldaño de un largo proceso de reconocimiento y reparación histórica. 

    Este proceso fue iniciado por el propio Huenchumilla, con un cambio de discurso público que alertó a las clases conservadoras de La Araucanía, acostumbrados a un orden que excluye a los mapuche como sujetos de derecho, advierte Pairicán. 

    Y agrega; Tal vez uno de los cambios discursivos más importantes fue arrancar la demanda indígena de la seguridad pública y colocarla como uno de los desafíos más trascendentales para Chile en los albores del siglo XXI. Llamarla política y no terrorismo.

    Y es que eso fue el 2014. El tiempo de lo simbólico. El año de las peticiones de perdón, de reconocer el gobierno la deuda pendiente y de poner el propio Huenchumilla varios puntos sobre las íes ante una atónita sociedad regional. 

    El exintendente, tal vez el principal acierto de la Nueva Mayoría en dos décadas de cuestionadas políticas indígenas, corrió a juicio de muchos la línea de lo posible. Y lo hizo con inusitada destreza política y comunicacional. 

    Si algo le sobraba a Huenchumilla eran cuñas para los medios. Y frases célebres. 

    Somos un Estado, pero un Estado formado por muchas naciones, se despachó al cerrar 2014 y nada menos que en las páginas dominicales de El Mercurio, el principal promotor de aquella fantasía criolla de la nación única e indivisible. Y de aquella otra del Estado unitario. Y del Chile sin indígenas descendiente de europeos. O dicho de otro modo, de los barcos.

    Huenchumilla fue, a ojos de muchos, el Marcelo Bielsa de los intendentes regionales. 

    Para los periodistas, sus conferencias de prensa eran verdaderas clases magistrales de historia, plagadas de citas y reflexiones sobre la democracia, el carácter del Estado, la cultura mapuche y la identidad chilena. Y al igual que el rosarino, para Huenchumilla no había mejor defensa que un buen ataque. 

    Así lo demostró durante todo el 2014. 

    Sergio Villalobos, el octogenario Premio Nacional de Historia y acérrimo opositor a las reivindicaciones mapuche, fue el primero en trenzarse en una polémica pública con el entonces intendente. Durante varios días, la sección Cartas de El Mercurio fue testigo de un intercambio epistolar pocas veces visto. 

    El primer golpe lo dio Villalobos el 14 de marzo, al acusar de imprudente a Huenchumilla por su petición de perdón —a nombre del Estado— a los mapuche. El aludido, fiel a su estilo directo y sin eufemismos, lo acusó de racista. Villalobos respondió y Huenchumilla también. Así por varios días. Combos iban y combos venían.

    Este año 2015, con acciones políticas concretas, Huenchumilla debía demostrar que lo suyo eran los hechos y no solo las palabras. Sentía, reconocen hoy sus cercanos, que toda su vida pública lo había preparado para el momento. 

    Facta non verba, hechos y no palabras, le exigían comunidades indígenas, organizaciones mapuche y una ciudadanía regional agotada del conflicto y de la indiferencia crónica de Santiago con la periferia regional.

    En eso estaba. O en eso creía estar Huenchumilla la mañana de aquel miércoles, mientras revisaba en su computador portátil la propuesta que minutos más tarde enviaría al ministro Jorge Burgos y a la presidenta Bachelet por medio de su jefa de gabinete, Ana Lya Uriarte. 

    En eso estaba. O en eso creía estar Huenchumilla cuando recibió la sorpresiva llamada de Burgos. 

    Fue su aterrizaje con la realidad.

    ***

    Pocas veces en la historia del conflicto chileno-mapuche, sobre un hombre público, sobre un político, habían recaído juntas tantas esperanzas. Huenchumilla, el hombre de oro en la lengua de su pueblo, el mapuzugun, había logrado interpretar con su discurso franco y directo a amplios sectores de La Araucanía. 

    ¿Qué llevó a este hombre de 70 años a volver a la arena política para hacerse cargo del principal conflicto no resuelto por el Estado chileno en 130 años de historia? 

    Permítanme aventurar una posible respuesta. La historia de Francisco Huenchumilla Jaramillo, padre mapuche y madre española, es también la historia del conflicto chileno-mapuche al sur del río Biobío. Es la historia del Temuco racista de su infancia, de los colonos y sus clubes con nombre europeo y es la historia de un mapuche exdiputado, subsecretario, ministro, alcalde e intendente que nunca dejaría de sentirse como el negrito de Harvard

    O rindiendo examen de admisión. Demasiadas veces.

    La historia de Huenchumilla es también la historia de un País Mapuche rico, comerciante, ganadero, que a fines del siglo XIX fue borrado del mapa por las nacientes repúblicas chilena y argentina. Se trató de una guerra injusta, a traición, que violó tratados históricos y vía fusiles Remington importados de Estados Unidos acabó con tres siglos de soberanía mapuche en el Cono Sur de América. 

    La historia de Huenchumilla es también la historia de Calfucura, Mañil, Pincen, Kilapan, Montri, Inakayal y Sayhueque, próceres que defendieron Wallmapu del avance de las alambradas y los fundos, de la civilización y del progreso. Sorprende lo documentado que se encuentra aquel periodo en la historiografía argentina. Hasta orgullosos se sienten de lo que hicieron. Y lo oculto que se haya en los libros de historia chilenos. 

    Es allí y no en el arribo de Cristóbal Colón al continente como creen muchos chilenos y argentinos, donde encuentra su origen todo el conflicto actual. No partir con aquello en este libro sería impresentable.

    La historia de Huenchumilla es también la historia de una generación de líderes mapuche que un día, cansados del abuso y las tomaduras de pelo, optaron por aventurarse y de manera exitosa en la arena política chilena. Sorprende constatar lo poco que se sabe de todos ellos. Fueron ocho diputados entre 1924 y 1973. La mayoría provenía del movimiento social mapuche y descendían de linajes de alcurnia. 

    Huenchumilla, si bien recorrió un camino distinto y nunca hizo carrera parlamentaria levantando las banderas del mapuchismo, es también hoy parte de esa historia. Negarlo resulta un despropósito.

    El tema indígena, la gran herida abierta de Chile, como él mismo la definió, logró en 2014 sacar del retiro a Huenchumilla y situarlo de pronto en las primeras planas de los diarios y en los Trending Topic de Twitter. El tema indígena y su intuición, aquel olfato político excepcional pulido en más de cuarenta años de brillante carrera en el Parlamento, el Palacio de Gobierno y la alcaldía de Temuco. 

    Pero también lo hizo posible una conversión. Y una búsqueda.

    En mi vida siempre fui más Jaramillo que Huenchumilla, relata el exintendente en las páginas de este libro con una honestidad brutal. Hoy ese orden se ha invertido, reconoce. 

    ¿En qué minuto de su vida aconteció esto? ¿Qué opina al respecto el sacerdote Severiano Alcamán, que en la década del 50 convenció a su padre para que lo internara con los capuchinos? ¿Cuánto pesó en el reencuentro con su identidad su llegada al Congreso en los años 90? ¿O su amistad con Aucán Huilcamán y otros líderes del Consejo de Todas las Tierras? ¿O aquella visita a las familias de Alex Lemún y Jaime Mendoza, ambos asesinados por Carabineros, en los días previos a asumir como intendente?

    El día que Huenchumilla pidió perdón al pueblo mapuche a nombre del Estado no solo estaba marcando un hito político e histórico. También puso sobre sus hombros una de las luchas que ha cruzado toda la vida republicana de Chile; la lucha indígena. 

    No lo hacía desde la dirigencia campesina o desde la solemnidad de los antiguos lonkos, como sus predecesores. Tampoco desde aquel discurso indigenista importado en las últimas décadas de los foros internacionales. Y mucho menos atrincherado en una izquierda revolucionaria reconvertida al indianismo cósmico tras el fracaso de los socialismos reales. 

    Por el contrario, Huenchumilla lo hizo desde una posición política profundamente humanista y desde su condición de mapuche y de chileno. De ser Huenchumilla y también Jaramillo, una bisagra entre dos mundos enfrentados por una mala historia pero con la posibilidad cierta de un destino común de proponérselo. 

    Y lo hizo también desde su condición de Político. Así como lo lee, de político con P mayúscula. 

    Huenchumilla es tal vez el hombre público mapuche que más alto ha llegado en la política chilena. Su carrera es solo comparable con la del exdiputado y ministro Venancio Coñuepán Huenchual, el mítico líder de la Corporación Araucana en los años 50.

    Hoy Huenchumilla es quien mejor conoce el comportamiento de las elites, el ajedrez político capitalino y la cocina partidista del Congreso. Y ese conocimiento y esa trayectoria, bueno es recordarlo, implica poder. Y el poder —dicen los que saben— solo se entiende con el poder.

    Es la hipótesis del libro que tiene en sus manos. Que a través de la vida de Francisco Huenchumilla es posible no solo retratar el desencuentro histórico que cada tanto desangra La Frontera y a sus habitantes; también que en ella se vislumbra una oportunidad única para el pueblo mapuche y para Chile. Hablo de la oportunidad del reencuentro, del curar las heridas y del explorar, ambas sociedades, la posibilidad de una convivencia interétnica respetuosa. 

    Un país menos temeroso de la diferencia. Una región mucho más amigable, cariñosa con sus hijos y democrática. Los invito a continuar leyendo y que juntos averigüemos los porqué.

    Primavera de 2015

    Temuco, País Mapuche

    Parte I 

    La guerra

    —Siempre me preguntas cuántos blancos vendrán. Vendrán muchos, amigo, muchos más de los que puedan contarse.

    ¿Cuántos?

    —Tantos como las estrellas.

    Diálogo entre el teniente John Dunbar y el hombre sagrado lakota, Ave Guía.

    Danza con Lobos, 1990.

     En mi condición de Intendente y de llamarme Huenchumilla Jaramillo, abarcador de ambos mundos, vengo a pedir perdón al pueblo mapuche por el despojo que el Estado de Chile le hizo de sus tierras

    Con esta frase, cargada de simbolismo y memoria, el recién asumido Intendente de La Araucanía daba inicio a su primera actividad pública la mañana del 12 de marzo de 2014 en Temuco. Era su estreno como máxima autoridad regional. Su primer encuentro con los medios. Y el momento de plantar posición. 

    No, él no sería un mero satélite del poder central en la zona sur. Tampoco un intendente repartidor de fardos y planchas de zinc, como respondió a El Mercurio en días posteriores.

    La presidenta Michelle Bachelet había sido clara con su petición a Huenchumilla; dar con un diagnóstico y una posible solución al conflicto chileno-mapuche en la región. Lo suyo, por tanto, era otra cosa; corregir la manera en que el gobierno había enfrentado el conflicto el último cuarto de siglo.

    Esto, reconoce hoy el exintendente, lo hizo encontrarse de frente no solo con un conflicto que a lo largo de su vida política había observado muchas veces solo desde la tribuna. También con la historia de su propio pueblo, el mapuche. 

    Estudioso, metódico, Huenchumilla se lo leyó prácticamente todo. Desde los estudios de José Bengoa, Guillaume Boccara, Sergio Villalobos, Jorge Pinto y Leonardo León, estos tres últimos capitales para adentrarse en la historia fronteriza, hasta los libros de historiadores e intelectuales mapuche. 

    Cuentan sus asesores que por sus manos, en las semanas previas a asumir su cargo en la Intendencia, pasaron libros como el clásico ¡Escucha Winka! (Lom, 2006) de Pablo Marimán, Sergio Caniuqueo, José Millalén y Rodrigo Levil; Recado confidencial a los chilenos (Lom, 1999), del poeta Elicura Chihuailaf; Weichan, conversaciones con un weychafe en la prisión política (Ceibo, 2012), de Héctor Llaitul y Jorge Arrate; y también Solo por ser indios (Catalonia, 2012), libro de crónicas periodísticas de mi autoría. 

    Documentarse sobre el tema no fue circunstancial o una mera obligación del cargo. Hoy, ya retirado del gobierno, en su biblioteca es posible encontrar Malón. La rebelión del movimiento mapuche 1990-2013 (Pehuén Editores, 2014) del historiador Fernando Pairicán; La Frontera, crónica de La Araucanía Rebelde (UDP-Catalonia, 2015) de los periodistas Pablo Vergara y Ana Rodríguez; y Un veterano de tres guerras (Academia de Historia Militar, 2015) de Guillermo Parvex. 

    Es lo último que se ha publicado sobre el tema. 

    Para Huenchumilla, la ignorancia de la historia es una de las causas del actual conflicto. No de parte de los mapuche, cuya porfiada memoria reconoce admirar. Él habla de la clase dirigente. Él habla de la elite capitalina. Y también de la oligarquía regional. 

    —¿Cuántos políticos crees tú se han leído un libro sobre el tema mapuche?— pregunta en una de nuestras conversaciones. 

    —¿Cuántos políticos crees tú saben que los mapuche eran dueños de toda esta parte, del Biobío hasta el Toltén, que habían celebrado tratados internacionales, parlamentos con la corona española y constituían una rica sociedad de comerciantes ganaderos?— sigue interrogando.

    —Yo he conocido a toda la elite dirigente chilena, las clases dirigentes, políticas, empresariales y lo que allí te encuentras es ignorancia sobre el tema, un profundo desconocimiento de cómo se formó el Estado en esta zona del sur— señala.

    —En la Araucanía lo que tenemos es una sociedad fragmentada. Hay un problema de convivencia que nace junto con la Araucanía, cuando el Estado chileno llega allá y de muy mala manera— agrega Huenchumilla, pedagógico. Y luego agrega:

    —Fue el Estado chileno quien invadió a los mapuche, quien los empobreció a más no poder y quien a ese mismo territorio trajo criollos y extranjeros como colonos. Y lo hizo en el momento más inoportuno y al lugar menos indicado. ¡Si la guerra contra los mapuche ni siquiera había terminado del todo!

    La guerra de Chile contra los mapuche. 

    ¿De qué guerra habla Huenchumilla? ¿La Guerra de Arauco? ¿La Guerra del Pacífico? ¿No fue esta última contra Perú y Bolivia? ¿De qué guerra contra los mapuche está hablando?

    Hay quienes señalan que el día que Huenchumilla pidió perdón a los mapuche a nombre del Estado, hizo trizas también la convivencia regional. Que polarizó las posturas. Que atrincheró a unos y a otros en memorias excluyentes. 

    Él responde que solo le correspondió correr el tupido velo del ocultamiento de una verdad incómoda. Y de una herida abierta, no cicatrizada.

    Esa herida fue la guerra de Chile contra los mapuche. Y también la de Argentina, en paralelo, de manera muchas veces coordinada, en la segunda mitad del siglo XIX. 

    Esa herida es la invasión militar del Wallmapu, el extenso País Mapuche que a mediados del siglo XIX se extendía desde el Pacífico al Atlántico y que bajo el mando del toqui Calfucura tocaba incluso las puertas de Buenos Aires. 

    Una herida relacionada también con su propia familia y el clan de los Nahuelñir, Huenchumilla y Pichihueche, partícipes algunos de la última sublevación mapuche a los pies del cerro Ñielol en noviembre de 1881. 

    Fue Namuncura, el hijo del mítico Toki Calfucura, quien desde su toldería en las pampas trasandinas convocó al Futa Malón a los lonkos principales. Sus emisarios, durante meses, cabalgaron el territorio de mar a cordillera. 

    Juan Huenchumilla, abuelo del exintendente, consta en la memoria de los suyos que participó siendo joven de aquella gesta. Su arma, una hermosa lanza con punta de metal, permaneció en poder de la familia durante décadas. Juan, además de weichafe era un destacado rütrafe. Y cuando las circunstancias así lo requerían, también un hábil armero.

    —De niño recuerdo esa lanza en nuestra casa de Licanco. Se decía que el abuelo la había usado en el ataque al Fuerte Temuco. Uno escuchaba esas historias con emoción— dice Huenchumilla.

    Son historias familiares, relatadas algunas veces de forma casi anecdótica, que mucho explican lo que aconteció con los mapuche a fines del siglo XIX. La guerra, la derrota, el despojo. Y todo lo que vino después. Tanto en Chile como en Argentina. 

    Y es que esta guerra, la no contada por la historia oficial chilena y desconocida por la mayoría de los habitantes no mapuche de La Araucanía, resulta ineludible como punto de partida.

    —En los conflictos de esta naturaleza, 130 años no es nada. Ahí está el ejemplo de Perú y Bolivia. Con Perú estuvimos en la Corte Internacional de La Haya por un tema de la misma época. Y con Bolivia en estos momentos pasa lo mismo— comenta el exintendente. 

    El siguiente capítulo trata de ello. De la guerra. 

    Puelmapu, la tierra del este

    Se trataba de conquistar un área de 15 mil leguas cuadradas ocupadas cuando menos por unas 15 mil almas, pues pasa de 14 mil el número de muertos y prisioneros que ha reportado la campaña. Se trataba de conquistarlas en el sentido más lato de la expresión. No era cuestión de recorrerlas y de dominar con gran aparato, pero transitoriamente, el espacio que pisaban los cascos de los caballos del ejército y el círculo donde alcanzaban las balas de sus fusiles. Era necesario conquistar real y eficazmente esas 15 mil leguas, limpiarlas de indios de un modo tan absoluto, tan incuestionable, que la más asustadiza de las asustadizas cosas del mundo, el capital destinado a vivificar las empresas de ganadería y agricultura, tuviera él mismo que tributar homenaje a la evidencia, que no experimentase recelo en lanzarse sobre las huellas del ejército expedicionario y sellar la toma de posesión del hombre civilizado de tan dilatadas comarcas.

    Julio Argentino Roca. Informe oficial de la Comisión científica agregada al Estado Mayor general de la expedición al Río Negro (Patagonia). Buenos Aires, Argentina. 1879.

    La independencia mapuche se definió en las pampas, me dice el escritor Omar Lobos, con quien me reúno en Buenos Aires en el marco de la Feria Internacional del Libro. Autor de Juan Calfucura, correspondencia 1854-1873, Lobos es tal vez quien más sabe del mítico Toki mapuche que fue la pesadilla de cuanto mandatario llegó a la Casa Rosada en el siglo XIX.

    La publicación, de casi 600 páginas, se estrenó a sala llena, en un acto que tuvo mucho de recuperación de la memoria¹. Y de dar voz, quizás por primera vez, a quien por más de un siglo y medio fue retratado por la historia oficial argentina como un indio salvaje y despiadado. Y por si ello no bastara, de sospechoso origen chileno.

    Pero Calfucura (Piedra azul en mapuzugun) lejos estuvo de ser un salvaje. Y mucho menos un chileno. Nacido a fines de 1780, Chile no existía en ese entonces. Mucho menos en las tierras del Llaima, su lugar de origen en la actual comuna de Cunco, donde el sueño patriota solo plantaría soberanía recién un siglo más tarde, tras la refundación de la histórica ciudad española de Villarrica en 1883. 

    No, Calfucura no nació en Chile. Lo hizo en Gulumapu, la parte occidental del Wallmapu, el independiente País Mapuche cuyas fronteras él mismo ayudaría a extender hasta las costas del Atlántico y la margen sur de Buenos Aires. Hablamos de uno de los personajes más determinantes de la historia argentina del siglo XIX, dice el abogado e historiador trasandino Hugo Chumbita. 

    Y vaya si tiene razón. 

    Hablar de Calfucura, el mítico líder mapuche de las pampas, es hablar de la conformación del Estado argentino. O de los obstáculos que este debió sortear para constituirse.

    Chumbita sabe de lo que habla. Autor del libro El origen mestizo de San Martín (Emecé, 2001), sus aportes al revisionismo histórico argentino lo han convertido en toda una institución académica. Hasta Eric Hobsbawm, en la reedición de su texto clásico Bandidos, cita su trabajo en numerosos pasajes.

    Tres años le llevó a Omar Lobos, graduado en Letras en la Universidad Nacional de La Pampa, dar con las cartas del jefe mapuche, repartidas entre el Archivo General de la Nación, el Archivo Histórico de la Pampa e inclusive colecciones privadas. Una larga pesquisa que dio sus frutos; el libro es la más completa recopilación de correspondencia de un líder mapuche del siglo XIX.

    Son 127 cartas que abarcan desde 1854 hasta 1873, el año de la muerte de Calfucura, e incluye otra serie de documentos de época que agregan contexto a las misivas; notas de prensa, partes militares y testimonios de cronistas y viajeros. Como del naturalista inglés Charles Darwin, uno de ellos.

    La figura de Calfucura a mí me atrapó desde niño, cuando en la Pampa los mayores nos relataban la historia local y emergía este líder indígena casi como un ser mítico. Calfucura fue un líder auténtico, un actor en las guerras civiles argentinas y un estratega político-militar sorprendente, señala. 

    El libro no se restringe al período de las cartas, da cuenta del año 1830 a 1884, cuando finalmente es derrotado su hijo Namuncura por el Ejército argentino. Son documentos que narran más de medio siglo de historia argentina, dice el autor. Y de historia mapuche en primera persona, podríamos agregar.

    Para Lobos su libro es también aquello. Un intento de reconstruir la voz de un legendario jefe mapuche que se hace oír sin intermediarios. 

    Es su propia palabra la que aparece en el libro. Son cartas que él dirige a los generales y presidentes argentinos, así como a otros lonkos aliados en el hoy lado chileno, que además de revelar su poder e influencia, también dan cuenta de otros aspectos más cotidianos de su tiempo; por ejemplo, la fascinante relación mapuche con los caballos y la vida gauchesca de la pampa, donde la frontera no existía, sino que era un espacio de convivencia entre la cultura blanca y la cultura mapuche, agrega Lobos. Mucha de nuestra actual identidad argentina es una herencia de ese cruce, subraya. 

    De muestra solo un botón: la popular expresión che de

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