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Historias desconocidas de Chile 2

Historias desconocidas de Chile 2

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Historias desconocidas de Chile 2

Longitud:
302 páginas
3 horas
Publicado:
10 jun 2018
ISBN:
9789563246261
Formato:
Libro

Descripción

Este nuevo tomo de Historias desconocidas de Chile, aborda los siguientes temas: Conquista española genocida • Racismo y antisemitismo de la derecha • Tacna y Arica: el plebiscito que no fue • Distancia de la clase media con los sectores populares • San Gregorio: primera masacre de Alessandri • Emergencia histórica de la mujer • Violenta represión de La Opinión • Despilfarro oligárquico del salitre • La terrible vida de los obreros del salitre • Masacre de 1905 en Santiago • La Falange Nacional fue antifascista • La inscontitucional milicia republicana • Ultimátum bélico de Estados Unidos • Extrema miseria en los años treinta • Virtual monarquía absoluta en el siglo XIX • Precursora investigación periodística en 1916 • Sorprendentes ideas de Allende • Pascua trágica en Copiapó y Vallenar • Corrupción bajo Alessandri • La quema de los archivos del padre Vives • Cuasi-guerra con Argentina en el siglo XIX • Cruenta caída de Ibáñez • Ley represiva vigente desde 1937 • La Asamblea Obrera de Alimentación Nacional (AOAN) • Alessandri ordenó la masacre del Seguro Obrero • Derecha y Falange convalidaron la masacre • Represión y cohecho inútil contra Aguirre Cerda • Insconstitucional prohibición de sindicalización campesina • El autoritarismo y clasismo del Partido Radical • Balmaceda no fue revolucionario.
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10 jun 2018
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Historias desconocidas de Chile 2 - Felipe Portales

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Conquista española genocida

La conquista de América ha sido uno de los mayores genocidios de la historia. Según diversos especialistas, aquella significó el exterminio de cerca del 90% de la población aborigen del continente. Ello producto no solo de la matanza de personas, sino también de la dura explotación laboral y de la introducción de enfermedades. Lo notable del caso chileno es que su conquista se llevó a cabo luego de la aprobación de las Leyes de Indias, cuyo objetivo declarado fue mejorar el trato de los indígenas. Aunque por cierto influyó también el hecho de que buena parte de aquellos —los mapuches entre el río Biobío y Toltén— presentaron una resistencia permanente a su dominación.

Existen espeluznantes relatos de las matanzas, mutilaciones y vejaciones efectuadas por los conquistadores hispanos en nuestro país; relatos de sacerdotes y cronistas que los acompañaron y que, por tanto, no pueden descalificarse como obras de enemigos de España o del catolicismo. Tenemos así al cronista Hernando de Santillán, quien viajó a Chile en 1557 y que describió las atrocidades cometidas por sus compatriotas, realizadas incluso en contra de los indígenas que aceptaban la dominación española. Entre ellas, que muchos fueron asesinados a través de perros bravos que los despedazaban o fueron quemados vivos. A otros se los mutilaba cortando pies y manos, narices y tetas; les robaban sus tierras; se violaba a sus mujeres e hijas; se los obligaba a llevar cargas encadenados; se les talaban sus sementeras, lo que les causó grandes enfermedades, muriendo mucha gente de frío y producto de comer yerbas y raíces; y los que quedaron por necesidad se acostumbraron a comerse unos a otros por hambre¹.

Asimismo, Crescente Errázuriz, historiador y arzobispo de Santiago (1918-1931), cita en sus obras una carta del propio Pedro de Valdivia, quien luego de una batalla ordenó la mutilación de centenares de indígenas: Mandó mutilar Valdivia a esos cuatrocientos infelices, cortándoles la mano derecha y las narices. En seguida, como para añadir a la ferocidad el escarnio, les dijo que era el castigo por su rebeldía: se les había hecho saber la obligación de someterse al rey de España².

A su vez, el dominico Gil González de San Nicolás denunció a mediados del siglo XVI que los conquistadores llevan encadenados a hombres y mujeres indígenas y los usan de cebo para perros, para entretenerse mirando cómo los perros los destrozan. Destruyen las cosechas, queman las casas llenas de indios adentro, cerrando las puertas de manera que ninguno pueda escaparse³.

Muchos otros aborígenes —como en el resto de América— murieron de hambre o producto de las terribles condiciones de trabajo impuestas en los lavaderos de oro y en las encomiendas agrícolas. Testigo de lo anterior fue, entre otros, el obispo de Imperial, Antonio de San Miguel, quien informaba en 1582 que los indios encomendados recibían salarios que no les permitían alimentarse debidamente 

y los tratan peor que esclavos y como tales se hallan muchos vendidos y comprados de unos encomenderos a otros y algunos muertos […] y las mujeres mueren y revientan con las pesadas cargas y a otras y a sus hijos los hacen servir en sus granjas y duermen en los campos y allí paren y crían mordidos por sabandijas ponzoñosas y muchos se ahorcan y otros se dejan morir sin comer y otros toman yerbas venenosas y hay madres que matan a sus hijos luego de parirlos, diciendo que lo hacen para librarlos de los trabajos que padecen⁴.

Asimismo, fray Diego de Medellín le denunciaba al rey de España en 1587: 

Todos estos naturales andan tan mal tratados y tan aporreados […] que […] se van acabando, porque además de sus trabajos, que son tantos que quien no los ve no los podrá creer […] les echan derramas (impuestos) para pagar los corregidores y para otras cosas, ocupándolos ocho meses en minas, y dos en ir y venir. Y cuando vuelven a su tierra, no hayan qué comer, porque no han sembrado ni lo pueden hacer⁵.

Por otro lado, el historiador Álvaro Jara nos relata que 

el trabajo de los lavaderos de oro ha sido descrito por los cronistas de la época con sombríos colores, uno de cuyos tonos incide en la amplia mortalidad de los indígenas provocada por la excesiva dureza de las labores y la prolongada permanencia dentro del agua de los ríos para lavar las arenas auríferas en el tiempo más frío del año⁶.

Las pestes traídas por los españoles —especialmente tifus y viruela— diezmaron también a los aborígenes. En 1557 surgió la primera gran peste de tifus, que de acuerdo con las crónicas habría provocado la muerte del 30% de la población indígena, lo que representaría alrededor de 300.000 personas. El año 1563 sobrevino la peste de viruela, que asoló a la población indígena, muriendo un quinto de ella […]. Estas pestes afectaron principalmente a los picunches […] del norte del Biobío, que tenían más contacto con los españoles⁷. Lo anterior causó una gran disminución de indígenas en la zona norte y central chilena, y como las aspiraciones señoriales de los españoles les impedían trabajar la tierra, cuidar el ganado o lavar la arena de los ríos, una de las soluciones fue la esclavitud de los indios de la guerra de Arauco, la otra la esclavitud negra y la tercera el amplio desplazamiento de las masas indígenas (huarpes) de allende la cordillera hacia el valle central y la región de La Serena⁸. Por supuesto, la traída de dichos indios desde Cuyo por la cordillera se efectuaba en condiciones inhumanas. Así, el obispo de Santiago, Juan Pérez de Espinoza, en carta dirigida al rey en marzo de 1602, señaló que cuando había pasado la cordillera vi con mis propios ojos muchos indios helados [muertos]⁹.

Al mismo tiempo, a medida que la guerra se intensificaba, a fines del siglo XVI, fue creciendo, de hecho, la esclavitud indígena: 

Cuando Martín García Oñez de Loyola (gobernador desde 1593) llegó a Chile, una actividad económica importante de las guarniciones del Ejército del Sur consistía en la caza de indios para uso personal o para la venta. Dado que los soldados encontraban más fácil capturar indios de tribus pacíficas, estos fueron vendidos como esclavos en mucho mayor número que los rebeldes capturados en la guerra. Pese a los decretos del nuevo gobernador que ilegalizaban dichas prácticas, el historiador Domingo Amunátegui Solar señaló que todo el territorio del obispado de Imperial se había convertido en un inmenso mercado de carne humana, donde los soldados se enriquecían a través de la venta de araucanos, y donde los encomenderos y ricos residentes de Santiago y La Serena obtenían sus sirvientes domésticos o reemplazaban a los nativos de sus encomiendas que fallecían por exceso de trabajo o enfermedades. En enero de 1598, Oñez de Loyola escribió al rey que a través del país se veían multitudes de indios lisiados o mutilados; sin manos, narices u orejas; e indios ciegos cuya condición trágica incitaba a los demás a morir antes que rendirse¹⁰.

La crueldad de los conquistadores llegó a tal extremo que generó, a partir de 1598, un levantamiento general mapuche, el cual significó en pocos años la pérdida, por parte de los españoles, de todas las ciudades al sur del Biobío. Esta derrota impulsó a la Corona a establecer en 1600 un ejército permanente financiado desde Perú (antes los encomenderos debían proporcionar recursos humanos y materiales para tal efecto) y a legalizar, en 1608, la esclavitud indígena. 

Durante el siglo XVII los españoles consolidaron como táctica guerrera la maloca, que consistió en invasiones fugaces de territorios indígenas con fines de pillaje, captura de esclavos y exterminio. Particularmente por su carácter remunerativo, el objetivo más codiciado era el secuestro de personas para su venta: Mejor presa, de mayor demanda, de más rápida venta, a mejores precios, eran las propias personas de los indios de guerra y especialmente sus mujeres e hijos. Así, la guerra adquirió un carácter de pequeñas operaciones que eran más que nada rápidas incursiones en territorio enemigo […] con la finalidad de […] apoderarse de cautivos y ganados¹¹. Esta táctica se siguió empleando incluso durante el período de guerra defensiva —establecida por la influencia del jesuita Luis de Valdivia— entre 1611 y 1625.

La esclavitud fue formalmente suspendida durante el período de guerra defensiva, pero sin mucho éxito. Luego fue renovada hasta que finalmente fue abolida en 1679. Pero, como toda la legislación protectora de indios, ella tampoco fue cumplida. De este modo se adoptó 

el ardid legal llamado depósito, por el cual se colocaba a los indios capturados bajo la custodia de encomenderos o terratenientes quienes acordaban supervisarlos a cambio del derecho a utilizar su trabajo. El indio bajo depósito legalmente no pertenecía a un español como esclavo, pero sí en la práctica. Así la economía chilena continuó dependiendo de la guerra, la caza de esclavos, el pillaje y la explotación del trabajo rural¹².

Además, a medida que se iban incorporando cada vez más esclavos del sur al campesinado, la distinción económica y social entre trabajadores indígenas esclavos y libres se hizo cada vez más tenue: 

Puesto que los indios esclavos trabajaban y vivían junto a los indios de encomienda, sin que existiera entre ellos nada más que una diferencia jurídica, pero no étnica, es más o menos natural que los españoles tendiesen a olvidar en forma inconsciente lo que no era notorio a simple vista, esto es, que trataran de asimilar la condición jurídica de los esclavos al resto de los indios¹³.

La inefectividad total del conjunto de la legislación indiana ha sido destacada particularmente por Domingo Amunátegui, quien emite un juicio lapidario al respecto: 

De esta exposición, puede deducirse que la tasa (ordenanza) de Laso de la Vega fue tan ineficaz como las de Santillán, Ruiz de Gamboa, Sotomayor, Rivera y Esquilache; y que al final de su gobierno (de Laso de la Vega en 1639) los nativos chilenos eran subyugados por el trabajo forzado con la misma dureza que en tiempos de Pedro de Valdivia. Las órdenes del rey y las ordenanzas suscritas por los virreyes y gobernadores quedaron en nada¹⁴. 

Tan bárbaro era el tratamiento a los indígenas en nuestro país que connotados eclesiásticos justificaron explícitamente su resistencia y levantamiento contra los conquistadores. Así, Gil González de San Nicolás señalaba en 1562 que los indios que se han alzado han tenido justicia en hacerlo por los agravios que les han hecho¹⁵; y el provincial de los franciscanos, Juan de la Vega, le escribía al rey en 1573: Yo estoy admirado no de cómo los indios vencen a los españoles que es castigo del cielo sino de cómo no envía rayos que nos consuman a todos, pues con nuestra vida y malos ejemplos difamamos la ley evangélica¹⁶.

Otro elemento particularmente traumático de la conquista española —tanto en Chile como en el resto de América Latina— fue la relación cuasi violatoria que dio origen a nuestra identidad étnica mestiza: 

La conquista de América fue, en sus comienzos, una empresa de hombres solos que violenta o amorosamente gozaron del cuerpo de las mujeres indígenas y engendraron con ellas vástagos mestizos. Híbridos que, en ese momento fundacional, fueron aborrecidos: recordemos, por ejemplo, que el cronista Huamán Poma de Ayala habla del mestizo como el cholo, el origen de esta palabra remite al quiltro, al cruce de un perro fino con uno corriente, es decir, de un perro sin raza definida. El mestizo era hasta entonces impensable para las categorías precolombinas. Pero también para las europeas¹⁷.

Sin embargo, en el caso chileno el factor traumático del origen étnico adquirió una mayor relevancia. La lejanía extrema del país y, especialmente, el desarrollo de una guerra permanente hizo que el número de mujeres españolas fuera bastante menor que en las demás colonias americanas y que llegaran mucho más tarde. Asimismo, esta situación de guerra permanente marcó fuertemente a la sociedad nacional chilena respecto de los demás países latinoamericanos. Así como los siglos de guerra interna en España, previos a la conquista americana, habían dejado una secuela de violencia, barbarie y autoritarismo en el pueblo español que se demostró en la propia brutalidad de dicha conquista, lo mismo es válido para el caso del pueblo chileno. Más aún por tratarse de un pueblo muy aislado geográficamente y ubicado en el extremo del mundo.

Además, en dicha guerra había también un componente interno. De hecho, hubo una significativa proporción de indígenas que oscilaron entre la subordinación, la rebelión y la huida hacia el sur, controlado por los mapuches. Por otra parte, los indígenas capturados como esclavos de guerra ciertamente tampoco eran confiables. De este modo, podemos afirmar que la sociedad chilena nació en los marcos de un conflicto bélico permanente —externo e interno—, lo cual predispone, de manera especial, el desarrollo de rasgos autoritarios e intolerantes, una visión traumática del conflicto y, por cierto, la disposición a utilizar la extrema violencia en todos los casos en que se vea amenazada la hegemonía de los titulares del poder.

Notas

¹ José Bengoa. Conquista y barbarie. Edic. Sur, 1992, pp. 42-43.

² Ibid., p. 42.

³ Brian Loveman. Chile. The legacy of hispanic capitalism. Oxford University Press, Nueva York, 1988, p. 60.

⁴ Bengoa, 1992, p. 44.

⁵ Humberto Muñoz. Movimientos sociales en el Chile colonial. Impr. San José, 1986, p. 68.

⁶ Álvaro Jara. Guerra y sociedad en Chile. Edit. Universitaria, 1987, p. 263.

⁷ José Bengoa. Historia del pueblo mapuche. Siglos XIX y XX. LOM, 2000, p. 35.

⁸ Jara, p. 263.

⁹ Ibid., p. 289.

¹⁰ Loveman, pp. 57-58.

¹¹ Jara, pp. 145-146.

¹² Loveman, p. 68.

¹³ Jara, p. 306.

¹⁴ Loveman, p. 65.

¹⁵ Bengoa, 1992, p. 83.

¹⁶ Ibid., p. 85.

¹⁷ Sonia Montecino. Madres y huachos. Alegoría del mestizaje chileno. Edit. Sudamericana, 1996, pp. 42-43.

Racismo y antisemitismo en la derecha

El racismo y el antisemitismo han sido, desgraciadamente, elementos muy presentes en la historia de la humanidad y han marcado particularmente las concepciones de sus sectores más poderosos y conservadores. Asimismo, se hacen más visibles en períodos de mayor conflicto social y político. Por ello, la década del treinta del siglo pasado fue particularmente dramática en este sentido a nivel mundial. Mucho menos conocido es cómo estas tendencias se desarrollaron también fuertemente en los sectores más conservadores de nuestro país.

Reveladoramente, quien más se distinguió en esta materia fue el zar de las finanzas del gobierno de Alessandri Palma y candidato presidencial de la derecha en 1938, Gustavo Ross Santa María, quien unía un feroz clasismo y racismo. Así, al descalificar la idea de establecer un salario mínimo, aduciendo que los trabajadores chilenos eran culturalmente incapaces de utilizar una remuneración más elevada sino en el alcohol, agregaba: 

Hay una experiencia notable hecha en los pueblos del norte de África, de raza hermana de los del sur de España, que colonizaron nuestras Américas. No se logró con aumentos de salario un mayor trabajo ni un mejor standard de vida. Todo se iba en flojera, proporcional al mejor salario, y en vicios usuales. Entonces los gobiernos metropolitanos acudieron al látigo: fuertes impuestos, salarios mínimos, necesidades a la vista. Esto ha traído ese formidable norte de África actual […]. El remedio estaría en poder gastar mil millones de pesos en una tupida inmigración blanca. Se habla de la escuela. Palabras, sermones, ideas. Poco adentran en la vida. Se necesita una medida biológica: traer trabajadores de costumbres recias y eficaces, y entroncarlos —en el trabajo, en la sangre— con este pueblo que tan excelentes cualidades tiene por otra parte¹.

Peor aún, el generalísimo de su campaña, el liberal Ladislao Errázuriz Lazcano, poco antes de la elección cuestionaba un proletariado listo para devorar a su propia prole en su furia enceguecida y una clase social que no se caracteriza por función elevada alguna del espíritu […], pero en cambio blasona del instinto animal de la reproducción. No es el tigre, el chacal o la hiena, que respeta a sus congéneres […] sino un ser monstruoso, que escapara a la imaginación de Dante para hacer más tétrico su infierno, y que soporta nuestro siglo como la peor de sus pruebas².

Asimismo, el exintendente de Santiago (1921-1927), Alberto Mackenna Subercaseaux, señalaba que para fundar nuestro futuro desarrollo sobre bases sólidas, debemos inyectar en nuestro organismo nacional la sangre de razas superiores […] introduciendo el abono fecundante de buenas razas europeas³.

Por cierto, dicho racismo se orientaba especialmente a nuestros pueblos indígenas. Así, el excanciller Ernesto Barros Jarpa expresaba: 

Nuestros cuatro millones y medio de habitantes, con la excepción de un núcleo infinitesimal de población indígena, son todos de raza blanca, y nuestra civilización ha sido comparada favorablemente con las grandes potencias del mundo en lo que dice relación con el desarrollo económico y cultural⁴.

Más notable era el hecho de que también los negros, árabes e indios fuesen considerados absolutamente inferiores. Chocante expresión de ello fue la primera plana casi completa de un ejemplar de El Mercurio de marzo de 1930 que reproducía un artículo de un doctor (Isidoro Egozgue), titulado: ¿Podrán los negros llegar a ser blancos?. Este se refería al descubrimiento sorprendente de un sabio francés (el doctor Smol), gracias al cual sería posible 

de ahora en adelante, modificar la pigmentación de la epidermis, esto es, dar a la cara de un hombre o mujer de tipo hindú [sic], árabe o indio, la carnación rosa y viva de un europeo. En el fondo, nada es tan aflictivo como el espectáculo desolador de la desigualdad nativa de los hombres. Tal rajah hindú, sea el más rico del mundo, reinando sobre millones de vasallos, será siempre entre los blancos un hombre de segunda zona [sic], constantemente expuesto a observaciones desagradables o discretamente irónicas. Haga lo que haga, nadie lo tomará realmente en serio⁵.

Además, El Mercurio reseñaba el artículo señalando que la gente de color negro que tanto desprecio ha debido soportar, podría, según las teorías que aparecen en este artículo, hacer desaparecer de su cuerpo el fatídico color hasta obtener una piel completamente blanca. Asimismo, luego del artículo agregaba: Los lectores que deseen comunicarse con el doctor Smol, pueden escribirle a su consulta, 53, rue de Monceau, París⁶.

Este racismo se expresaba igualmente en la Cámara de Diputados. Así, frente a las expresiones del diputado César Godoy que hacía mención a las tropas africanas, italianas, alemanas y portuguesas que habían ayudado a Franco en la guerra civil española, el diputado conservador Julio Pereira le contestó: Si hubieran sido africanos, habría estado usted allá. A lo que Godoy le replicó: En esta interrupción está retratado de cuerpo entero el clásico pijecito, quien no ve en estas luchas ya ni siquiera una cuestión social, sino de pigmentos. A juicio de él, los que no tenemos sangre azul ni nacimos en cuna de oro no somos dignos de estar aquí⁷.

Pero sobre todo, la derecha expresó en la época un fuerte antisemitismo con connotaciones ideológicas similares a las del nazismo. De este modo, El Mercurio acogió un largo artículo de José Miguel Echenique Gandarillas (Semitas y antisemitas) que defendía el antisemitismo concluyendo que aquel no se justificaba en el odio a la religión judía, sino a que 

el cristiano […] le teme porque la Historia no es favorable para la raza (judía) cuando se consignan en ella los hechos ejecutados por algunos de sus hijos cuando intentan llegar a la dominación de los pueblos. En la revolución española han aparecido judíos entre los peores elementos de la destrucción y han sido los hijos de los antiguos conversos los organizadores, más o menos ocultos, de la caída del régimen anterior (la Monarquía)⁸.

Además, en dicho artículo se agregaba: 

La ciencia moderna enseña a los gobernantes a proteger el trabajo […] contra la explotación del parasitario que vive comerciando con el trabajo ajeno. Ese es el secreto de la unidad alemana y de la unidad italiana […]. Debemos deplorar que las democracias hayan abandonado ese camino amplio para continuar vegetando en los pantanos del parlamentarismo y del sufragio universal. Los Reyes Católicos fueron los antecesores de Mussolini y de los pocos gobiernos fuertes y respetuosos del interés nacional de nuestra desgraciada época. El antisemitismo no tiene el carácter de las guerras religiosas del siglo XVI; es una lucha económica que ha sido calificada de previsora en los países en que ha tomado cuerpo para detener el dominio de los judíos en la

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