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Los mitos de la democracia chilena: Volumen I. Desde la conquista hasta 1925
Los mitos de la democracia chilena: Volumen I. Desde la conquista hasta 1925
Los mitos de la democracia chilena: Volumen I. Desde la conquista hasta 1925
Libro electrónico860 páginas21 horas

Los mitos de la democracia chilena: Volumen I. Desde la conquista hasta 1925

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Información de este libro electrónico

Este libro nos entrega un novedoso enfoque de la historia de Chile, centrándose en la evolución de la democracia y del respeto de los derechos humanos y la dignidad de toda persona. La obra está dividida en dos tomos. En este primero se consideran las características fundacionales de la sociedad nacional coma producto de la Conquista española y se analizan los principales rasgos de la evolución política y social decimonónica. La última parte se dedica al análisis de la república oligárquica surgida en 1891, incluyendo los elementos políticos constitutivos, las bases económico-sociales y el proceso de declinación que culmina con su colapso en 1925.

Es esta una sustancial y minuciosa indagación histórica, en donde el autor va derrumbando, uno a uno, los grandes mitos de nuestro patrimonio democrático. De este modo, constata cómo los marcados rasgos de autoritarismo, clasismo, racismo y falta de coherencia entre doctrina y práctica, son características que hunden sus raíces en la Conquista al configurar, a partir de allí, una organización peculiar, en un contexto traumático de violencia y subordinación, debido a la extrema militarización, condicionada por la guerra de Arauco y la lejanía geográfica del territorio.

Posteriormente, esta misma sociedad se irá forjando como país independiente bajo la forma de una república democrática. Esa organización republicana operaba en la práctica como monarquía absoluta y el simbólico “estado de derecho” no era otra cosa que la prolongación eficaz del “peso de la noche” colonial.

Esta inédita y lúcida mirada a los orígenes de nuestra sociedad nos permitirá comprender la raigambre de muchos de los procesos y episodios traumáticos de nuestra historia contemporánea, entregándonos antecedentes fidedignos para el debate necesario acerca de nuestra plenitud democrática.
IdiomaEspañol
Fecha de lanzamiento17 ago 2018
ISBN9789563240917
Los mitos de la democracia chilena: Volumen I. Desde la conquista hasta 1925

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    Los mitos de la democracia chilena - Felipe Portales

    ALESSANDRI

    AGRADECIMIENTOS

    Agradezco en primer lugar a la Fundación Ford y al Institute of International Education por el apoyo económico necesario para efectuar una obra de esta envergadura. Asimismo, a la Universidad Academia de Humanismo Cristiano por haber patrocinado el estudio.

    Tengo también una profunda deuda de gratitud con quienes creyeron en este esfuerzo y me aportaron un especial apoyo para su realización y edición. Me refiero a Martín Abregú, Magaly Alegría, José Bengoa, Paz Betancourt, Arturo Infante, Pablo Portales, Ricardo Pulgar y José Miguel Vivanco.

    Agradezco también encarecidamente la dedicación por la rigurosa obra de secretaría de Catherine Agurto y Marcela Suárez.

    Asimismo, agradezco el material, antecedentes o sugerencias que me brindaron generosamente Benjamín Acosta, Mauricio Avaria, José Aylwin, José Ignacio Cifuentes, Sofía Correa,Heraldo de Pujadas, Cristián Gazmuri, Felipe González Morales, Juan Gumucio, Ramón Huidobro, Carlos Huneeus, Hugo Latorre, Marcos Lima, Alejandro Magnet, Jorgelina Martín, Juan Pablo Moreno, Elías Padilla, Carlos Portales Cifuentes, Mario Portales, Carlos Portales Undurraga, Ricardo Pulgar Betancourt, Alfredo Riquelme, Gabriel Salazar, Sergio Sánchez Bahamonde, Pablo Sierra, Julio Subercaseaux, Armando Uribe y Angelo Villavecchia.

    Por último, agradezco al personal de la Biblioteca Nacional, de la Biblioteca del Congreso, de la Biblioteca del Instituto de Estudios Internacionales de la Universidad de Chile y de la Biblioteca de la FLACSO que anónima y desinteresadamente colaboraron con mi investigación.

    INTRODUCCIÓN

    Este libro constituye un estudio de la historia de Chile a la luz de la evolución de la democracia, el respeto a los derechos y a la dignidad de toda persona humana. En este primer tomo se consideran las características fundacionales de la sociedad nacional como producto de la Conquista española. Luego se analizan los principales rasgos de la evolución política y social decimonónica. Para, finalmente, centrarse en el análisis de la república oligárquica surgida en 1891, incluyendo los elementos políticos que la constituyen, sus bases económico-sociales y la fase de declinación que culmina con su colapso final en 1925.

    El nacimiento de nuestra sociedad nacional, al igual que en el resto de América, fue extremadamente traumático. Se trató de una conquista virtualmente genocida, acompañada de la introducción de una gigantesca desigualdad social, con una mezcla étnica semi-violatoria entre el hombre español y la mujer indígena y una flagrante contradicción entre una doctrina de amor fraternal y una práctica despótica, explotadora y discriminatoria. Con el agravante, en el caso de Chile, de la existencia de un estado de guerra permanente, un menor control de las tropelías locales, por la remota ubicación geográfica (y, por tanto, una mayor contradicción entre la legislación indiana y su concreta inaplicabilidad), junto a una forzosa y mayor subyugación de la mujer nativa, por el menor número de españolas asentadas en estas tierras como producto de la lejanía y de la guerra permanente que agobiaba este territorio.

    Todo lo anterior repercutía en la conformación de una sociedad particularmente autoritaria, clasista y racista; y, a la vez, más ordenada y eficaz que las del resto de la América española. Y, por otro lado, con una extraordinaria capacidad de mitologizar la propia realidad y difundir exitosamente sus construcciones míticas; ayudada, por cierto, por esa misma lejanía del resto del mundo.

    Ello explica cómo Chile se forjó, desde sus inicios, como un país independiente bajo la forma de una república democrática, regida en la práctica como monarquía absoluta, con cambio de titulares cada diez años, hasta 1871; y, luego hasta 1891, cada cinco. Y en la que el estado de derecho servía de excelente adorno para prolongar eficazmente el peso de la noche colonial, esto es, la sumisión de la gran masa de la población al orden social establecido verticalmente por la oligarquía.

    Asimismo, ello explica porqué la situación material de las clases populares bajo esta república fue literalmente atroz, incluso después de que afluyeran al país, a raudales, los ingresos del salitre. Y cómo, por otro lado, tuviera una oligarquía cuyas riquezas y ostentación la ubicaban entre las más opulentas del mundo.

    Todo ello permite entender también la buena conciencia oligárquica para expoliar millones de hectáreas y para desplazar de modo virtualmente genocida a la población mapuche, bajo el rótulo de pacificación de la Araucanía.

    No obstante, el mito no solo cumple el papel falaz de ocultarnos exitosamente una realidad negativa, para tranquilidad de las conciencias. Inevitablemente, está, al mismo tiempo, proclamando un ideal de bondad y justicia que, tarde o temprano, en la medida que se asuma honestamente esta realidad, debiera servir de guía para denunciar el engaño y crear las condiciones para un acercamiento real a dichos ideales. De este modo, en el período que cubre este tomo se puede constatar la voluntad y eficacia de la oligarquía en desembarazarse de la autocracia cuasi-monárquica y, luego, la voluntad y eficacia de los sectores medios para crear las bases de una ampliación de la estrecha república oligárquica de comienzos del siglo XX.

    Así también, tarde o temprano, se irá adquiriendo consciencia y desplegando capacidad para transformar nuestra actual democracia tutelada en una auténtica democracia donde se respeten efectivamente los derechos y la dignidad de toda persona.

    PRIMERA PARTE

    DESDE LA CONQUISTA A 1891

    CAPÍTULO I

    ORIGEN TRAUMÁTICO DE LA SOCIEDAD CHILENA

    Los orígenes de la sociedad chilena, como los del conjunto de América, fueron muy traumáticos. De hecho, la conquista y colonización europeas supusieron, en definitiva, un genocidio para los pueblos indígenas americanos; y, para los que sobrevivieron, la implantación de una extrema servidumbre. Como lo señaló el ilustre fraile dominico Bartolomé de las Casas: Dos maneras generales y principales han tenido los que allá (América) han pasado, que se llaman cristianos, en estirpar y raer de la haz de la tierra a aquellas miserandas naciones. La una, por injustas, crueles, sangrientas y tiránicas guerras. La otra, después que han muerto todos los que podrían anhelar o sospirar o pensar en libertad, o en salir de los tormentos que padecen, como son todos los señores naturales y los hombres varones (porque comúnmente no dejan en las guerras a vida sino los mozos y mujeres), oprimiéndolos con la más dura, horrible y áspera servidumbre en que jamás hombres ni bestias pudieron ser puestas. A estas dos maneras de tiranía infernal se reducen e se resuelven, o subalternan como a géneros, todas las otras diversas y varias de asolar aquellas gentes, que son infinitas¹.

    Esta extrema violencia constituyó el hito fundacional de nuestro continente, lo que está siendo cada vez más reconocido por la conciencia histórica americana: Si de ‘historia’ se trata, es decir de registro escrito, la Conquista (probablemente el genocidio más grande de la historia de Occidente), la inmigración forzada de millones de esclavos negros desde África, la violación física, cultural y económica de los pueblos indios (sustantivo que ya marca el borramiento de las identidades originales), son hitos fundacionales de sociedades en que la violencia física y simbólica ha sido estructural y constituyente².

    El proceso español de la Conquista, pese al talante pacífico de buena parte de los indígenas americanos, se tradujo en una vorágine de crueldades y matanzas: Entraban en los pueblos, ni dejaban niños ni viejos, ni mujeres preñadas ni paridas que no desbarrigaban e hacían pedazos. Tomaban las criaturas de las tetas de las madres, por las piernas, y daban de cabeza con ellas en las peñas... Otros, ataban o liaban todo el cuerpo de paja seca, pegándoles fuego así los quemaban. Otros, y todos los que querían tomar a vida, cortábanles ambas manos y dellas llevaban colgando, y decíanles: ‘Andad con cartas’, conviene a saber, lleva las nuevas a las gentes que estaban huidas por los montes. Comúnmente mataban a los señores y nobles desta manera: que hacían unas parrillas de varas sobre horquetas y atábanlos en ellas y poníanles por debajo fuego manso, para que poco a poco, dando alaridos en aquellos tormentos, desesperados, se les salían las ánimas... enseñaron y amaestraron lebreles, perros bravísimos que en viendo un indio lo hacían pedazos en un credo... Estos perros hicieron grandes estragos y carnicerías³.

    Además, los españoles esclavizaban a los indígenas marcando su piel a hierro, cual animales; violaban a las mujeres; quemaban sus casas y les despojaban de sus escasos bienes. En suma, entraron los españoles... como lobos e tigres y leones cruelísimos de muchos días hambrientos. Y otra cosa no han hecho de cuarenta años a esta parte, hasta hoy, e hoy en este día lo hacen, sino (a estas gentes) despedazallas, matallas, angustiallas, afligillas, atormentallas y destruillas⁴.

    1. GUERRA DE ARAUCO

    La crueldad extrema que caracterizó la conquista española en los primeros tiempos se extendió notablemente en Chile, dada la resistencia permanente que ofrecieron los mapuches. A tal punto que solo a mediados del siglo XVIII se establece una frágil paz, con el virtual reconocimiento de la autonomía indígena al sur del Bío-Bío por la corona española, en virtud del Parlamento de Negrete, del 13 de febrero de 1726⁵.

    Por cierto, los diversos métodos de exterminio, mutilaciones, esclavitud, violaciones de mujeres y destrucción y despojo de bienes, fueron también asiduamente utilizados en nuestro país desde el comienzo, sea con los indios que se resistían o con los que aceptaban la dominación española (indios de paz). Así, Hernando de Santillán, quien viajó a Chile en 1557, describe lo que hacían los conquistadores con los indios: matando mucha suma dellos debajo de paz, e sin darles a entender lo que S.M. (Su Majestad el Rey de España) manda se les aperciba, aperreando muchos (matando con perros), y otros quemándolos y escalándolos (escaldándolos), cortando pies y manos e narices y tetas, robándoles sus haciendas, estrupándoles sus mujeres e hijas, poniéndoles en cadenas con cargas, quemándoles todos los pueblos y casas, talándoles las sementeras de que les sobrevino grande enfermedad y murió grande gente de frío y mal pasar y de comer yerbas y raíces, y los que quedaron, de pura necesidad tomaron por costumbre de comerse unos a otros de hambre⁶.

    El historiador y arzobispo de Santiago, Crescente Errázuriz (19181931), cita en sus obras una carta del propio Pedro de Valdivia, quien luego de una batalla ordenó la mutilación de centenares de indígenas: Mandó mutilar Valdivia a esos cuatrocientos infelices, cortándoles la mano derecha y las narices. En seguida, como para añadir a la ferocidad el escarnio, les dijo que era el castigo por su rebeldía: se les había hecho saber la obligación de someterse al Rey de España⁷.

    Asimismo, el dominico Gil González de San Nicolás, a mediados del siglo XVI, denuncia las crueldades cometidas por los conquistadores: Llevan encadenados a hombres y mujeres indígenas y los usan de cebo para perros, para entretenerse mirando como los perros los destrozan. Destruyen las cosechas, queman las casas llenas de indios adentro, cerrando las puertas de manera que ninguno pueda escaparse⁸.

    Sin embargo, la gran mortandad de indígenas en el Chile del siglo XVI no se debió solamente al exterminio directo de personas. Muchos murieron de hambre o como producto de las atroces condiciones de trabajo impuestas en los lavaderos de oro y en las encomiendas agrícolas. Testigo de lo anterior fue, entre otros, el obispo de Imperial, Antonio de San Miguel, quien informa, hacia 1582, que los indios encomendados recibían salarios que no les permitían alimentarse debidamente i los tratan peor que esclavos i como tales se hallan muchos vendidos i comprados de unos encomenderos a otros y algunos muertos,... i las mujeres que mueren i revientan con las pesadas cargas i a otras i a sus hijos los hacen servir en sus granjerías i duermen en los campos i allí paren i crían mordidos de savandijas ponzoñosas i muchos se ahorcan i otros se dejan morir sin comer i otros toman yervas venenosas i hai madres que matan a sus hijos en pariéndolos diciendo que lo hacen por librarlos de los trabajos que ellos padecen⁹.

    Por otro lado, el historiador Alvaro Jara nos relata que el trabajo de los lavaderos de oro ha sido descrito por los cronistas de la época con sombríos colores, uno de cuyos tonos incide en la amplia mortalidad de los indígenas provocada por la excesiva dureza de las labores y la prolongada permanencia dentro del agua de los ríos para lavar las arenas auríferas en el tiempo más frío del año¹⁰.

    Otros factores muy importantes en la muerte de los indígenas fueron las pestes contraídas por el contacto con los españoles, particularmente tifus y viruela: En esos años (1557) surgió la primera gran peste de tifus, que los mapuches llamaron chavalongo. Se dice en las crónicas que habría muerto un 30% de la población indígena, lo que representaría alrededor de 300.000 personas. El año 1563 sobrevino la peste de viruela, que asoló a la población indígena, muriendo un quinto de ella, lo que equivale a unas 100.000 personas aproximadamente. Estas pestes afectaron principalmente a los picunches o mapuches del norte del Bío-Bío, que tenían más contactos con los españoles¹¹.

    Fue tanta la disminución de indígenas en la zona norte y central chilena y como las aspiraciones señoriales de los españoles les impedían trabajar la tierra, cuidar el ganado o lavar la arena de los ríos, una de las soluciones fue la esclavitud de los indios de guerra de Arauco, la otra la esclavitud negra y la tercera el amplio desplazamiento de las masas indígenas (huarpes) de allende la cordillera hacia el valle central y la región de La Serena¹².

    Por supuesto, la traída de dichos indios desde Cuyo por la cordillera se efectuaba en condiciones inhumanas. Así, el obispo de Santiago, Juan Pérez de Espinosa, en carta dirigida al rey, en marzo de 1602, señalaba que cuando había pasado la cordillera vi con mis propios ojos muchos indios helados. Es negocio terrible para la conciencia que, debiendo estos miserables, que jamás han tomado lanza contra los españoles, ser mantenidos y sustentados en su propia tierra, los desnaturalicen y saquen con este color¹³.

    En cualquier caso, la disminución de la población indígena chilena, hacia fines del siglo XVI, alcanzó proporciones enormes. Así, de acuerdo a José Bengoa, se calcula un millón de indígenas en lo que hoy es Chile a la llegada de los españoles, a mediados del siglo XVI. Al terminar ese siglo, no eran más de cuatrocientos mil, reducidos en su mayoría al sur del río Bío-Bío¹⁴.

    A medida que la guerra se intensificaba, a fines del siglo XVI, fue creciendo, de hecho, la esclavitud indígena: Cuando Martín García Oñez de Loyola (Gobernador desde 1593) llegó a Chile, una actividad económica importante de las guarniciones del Ejército del Sur consistía en la caza de indios para uso personal o para la venta. Dado que los soldados encontraban más fácil capturar indios de tribus pacíficas, estos fueron vendidos como esclavos en mucho mayor número que los rebeldes capturados en la guerra. Pese a los decretos del nuevo gobernador que ilegalizaban tales prácticas, el historiador chileno Domingo Amunátegui Solar señaló que todo el territorio del obispado de Imperial se había convertido en un inmenso mercado de carne humana, donde los soldados se enriquecían a través de la venta de araucanos, y donde los encomenderos y ricos residentes de Santiago y La Serena obtenían sus sirvientes domésticos o reemplazaban a los nativos de sus encomiendas que fallecían por exceso de trabajo o enfermedades. En enero de 1598, Oñez de Loyola escribió al rey que a través del país se veían multitudes de indios lisiados o mutilados; sin manos, narices u orejas; e indios ciegos cuya condición trágica incitaba a los demás a morir antes que rendirse¹⁵.

    La crueldad de los conquistadores llegó a tal extremo que generó, a partir de 1598, un levantamiento general mapuche, el cual significó en pocos años la pérdida, por parte de los españoles, de todas las ciudades al sur del río Bío-Bío. Esta derrota impulsó a la Corona a establecer en 1600 un ejército permanente financiado desde Perú (antes los encomenderos debían proporcionar recursos humanos y materiales para tal efecto) y a legalizar, en 1608, la esclavitud indígena.

    Durante el siglo XVII los españoles consolidaron como táctica guerrera la maloca, que consistió en invasiones fugaces de territorios indígenas con fines de pillaje, captura de esclavos y exterminio. Particularmente, por su carácter remunerativo, el objetivo más codiciado era el secuestro de personas para su venta: Mejor presa, de mayor demanda, de más rápida venta, a mejores precios, eran las propias personas de los indios de guerra y especialmente sus mujeres e hijos. Así, la guerra adquirió un carácter de pequeñas operaciones, que eran más que nada rápidas incursiones al territorio enemigo, no con la finalidad de infligirle una derrota aplastante, sino apoderarse de cautivos y ganados¹⁶. Esta táctica se siguió empleando incluso durante el período de guerra defensiva (establecida por la influencia del jesuita Luis de Valdivia), entre 1611 y 1625.

    La esclavitud fue formalmente suspendida durante el período de guerra defensiva pero sin mucho éxito. Luego fue renovada hasta que finalmente fue abolida en 1679. Pero como toda la legislación protectora de indios, ella tampoco fue cumplida. De este modo, se adoptó el ardid legal llamado depósito, por el cual se colocaba a los indios capturados bajo la custodia de encomenderos o terratenientes quienes acordaban supervisarlos a cambio del derecho a utilizar su trabajo. El indio bajo depósito legalmente no ‘pertenecía’ a un español como esclavo, pero sí en la práctica. Así la economía chilena continuó dependiendo de la guerra, la caza de esclavos, el pillaje y la explotación de la fuerza de trabajo rural¹⁷.

    Sin duda que esta situación de guerra excepcional marcó fuertemente a la sociedad nacional chilena respecto de los demás países latinoamericanos. Así como los siglos de guerra interna en España, previos a la conquista americana, habían dejado una secuela de violencia, barbarie y autoritarismo en el pueblo español que se demostró en la propia brutalidad de dicha conquista¹⁸, lo mismo es válido para el caso del pueblo chileno. Más aún por tratarse de un pueblo muy aislado geográficamente y ubicado en el extremo del mundo.

    Otro aspecto a tener en cuenta en la guerra de Arauco –y que también deja particulares secuelas– es que no se trataba de una guerra en que los dos bandos estuviesen claramente definidos. De hecho, hubo una significativa proporción de indígenas –los originarios del norte del Bío-Bío– que oscilaron entre la subordinación, la rebelión y la huida hacia el Sur, controlado por los mapuches. Además, los indígenas capturados como esclavos de guerra ciertamente no eran tampoco de confianza.

    De este modo, podemos afirmar que la sociedad nacional chilena nació en los marcos de un conflicto bélico permanente –externo e interno–, lo cual predispone, de manera especial, el desarrollo de rasgos autoritarios, una visión traumática del conflicto y, por cierto, la disposición a utilizar la extrema violencia en todos los casos en que se vea amenazada la autoridad de los titulares del poder.

    2. RELACIONES SEÑORIALES DE DOMINACIÓN

    Las relaciones sociales establecidas luego de la Conquista entre españoles e indígenas fueron de extrema subordinación y explotación económica. La codicia desmesurada, junto al total desprecio y la lejanía del control político, llevaron a los conquistadores a establecer un sistema de dominación mucho más gravoso que el europeo de la época: Después de las muertes y estragos de las guerras, ponen, como es dicho, las gentes en la horrible servidumbre arriba dicha, y encomiendan a los diablos (españoles) a uno docientos e a otro trecientos indios. El diablo comendero diz que hace llamar cient indios ante sí; luego vienen como unos corderos; vendidos, hace cortar las cabezas a treinta o cuarenta dellos e diz a los otros: ‘Lo mesmo os tengo de hacer si no me servís bien o si os vais sin mi licencia’¹⁹.

    La denuncia apasionada del contemporáneo de las Casas se complementa perfectamente, a siglos de distancia, con la descripción del historiador: La estructura social y económica de América hispana en sus rasgos esenciales podría ser caracterizada así: 1. una sociedad señorial estratificada sólidamente por la conquista; 2. fuertes lazos de dependencia personal entre encomendados y encomenderos, asegurando una profunda desigualdad social; 3. polarización de las fuentes de riqueza en el sector español: tierras, minas, ganado, transportes, fabricación de productos, comercio; 4. ingresos mínimos del sector indígena, con la consiguiente marginación del consumo de un 90% o más de la población, que queda sin acceso al mercado; y 5. tendencia a la economía natural, que permite ‘manejar’ mejor el bajo nivel de los salarios, y pagando las remuneraciones –después de largos períodos de servicios– en especies, a precios las más de las veces arbitrarios²⁰.

    Lo anterior se explica porque el afán de riquezas, poder y status se constituyó en el motor real de los conquistadores; y porqué se encontraron con pueblos autóctonos de mucho menor desarrollo tecnológico y militar a los que fue fácil dominar.

    Hay que tener en cuenta que la sociedad española era en esa época profundamente jerarquizada, estratificada y represiva; y que quienes llegaban a América formaban parte, por lo general, de los estratos más bajos y sufridos. Por tanto, el nuevo continente les abría las puertas para liberarse de su condición desmedrada y concretamente dejar de efectuar oficios manuales fatigosos; y para convertirse ellos mismos en los amos y señores siguiendo las costumbres que habían conocido siempre, pero esta vez desde arriba: La causa por que han muerto y destruido tantas y tales e tan infinito número de ánimas los cristianos ha sido solamente por tener por su fin último el oro y henchirse de riquezas en muy breves días e subir a estados más altos e sin proporción de sus personas; conviene a saber por la insaciable cudicia e ambición que han tenido, que ha sido mayor que en el mundo ser pudo²¹.

    Así, se puede decir que de los españoles que venían a América todos eran señores o aspirantes a serlo. Las Indias Occidentales fueron el caldo propicio donde plasmó una mentalidad que correspondía a la de una sociedad feudal en descomposición y de ambiente demasiado estrecho como para que dentro de él se pudieran satisfacer las ambiciones de los potenciales y numerosos señores que eran los hidalgos españoles. Por otra parte, los que ni remotamente lo habían sido, al pisar suelo americano ya lo eran. Todos ellos concibieron al indio como verdadero siervo, destinado a enaltecer a sus nuevos amos²².

    En Chile la economía de los primeros tiempos –como en el resto de la América hispana– se caracterizó por su decidida tendencia a la obtención de metales preciosos²³. Dado que las técnicas de producción eran muy rudimentarias, los conquistadores forzaron a gran número de indígenas a trabajar en las minas y lavaderos de oro. Para esto contaron con la ventaja de que los incas tenían minas en explotación, como consecuencia de la dominación prehispánica del centro-norte de Chile.

    De acuerdo con las estimaciones de cronistas contemporáneos en 1553 más de 20.000 indios trabajaban en las minas de Quilacoya. Aunque esta cifra es probablemente exagerada, no hay duda de que miles de indígenas fueron forzados a extraer oro para los españoles desde La Serena en el norte hasta las minas del sur en Osorno y Valdivia²⁴.

    Sin embargo, en Chile no existía abundancia de oro por lo que, hacia fines del siglo XVI, dicha actividad disminuyó drásticamente en importancia: A medida que el siglo dieciséis progresó, la producción de oro declinó dramáticamente. Los quintos reales (esto es, el 20% de la producción de oro que debía remitirse a la corona española) bajaron desde 35.000-40.000 pesos en 1568 a 32.000 pesos en 1571 y a 22.000 en 1583. En contraste, Potosí producía 170.000 pesos en quintos en 1570²⁵.

    De tal modo, la actividad económica que iba a ser central en Chile durante siglos –tanto por su importancia productiva-exportadora como por el impacto de las relaciones sociales que se estructurarían en su interior– era la agricultura y la ganadería conexa.

    Para esto se procedió –como en el resto de la América hispana– al despojo generalizado de las tierras indígenas, las cuales se entregaban en forma de mercedes de tierras de grandes cantidades a la propiedad privada de los conquistadores. Y por otro lado se les entregaba gran cantidad de indios en encomiendas, los que en teoría, además de aportarles un tributo o una cuota de su trabajo (¡conservando algo de tierras y viviendo fuera de los límites de las tierras de merced!) recibirían a cambio educación religiosa por parte del conquistador.

    Es así como, durante el siglo XVI, se fue constituyendo la gran propiedad agrícola en Chile y, en particular, en el valle central: Las mercedes de tierras eran extensas, y en general mucho más amplias que las verdaderas necesidades o posibilidades económicas de los conquistadores. Las encomiendas de los primeros tiempos eran también sumamente numerosas: mil indios no era cifra extraordinaria y muchas pasaban de los diez mil²⁶.

    Por otro lado, el incumplimiento de las normas de la Corona que buscaban impedir el excesivo maltrato y despojo de los indígenas fue un fenómeno común a la América hispana, pero especialmente grave en Chile, dada la mayor dificultad de controlar un territorio tan lejano: En colonias como México o Perú, donde la autoridad real podía hacer sentir su peso de manera más efectiva, la Corona intentaba limitar la concentración de propiedad y proteger las tierras nativas; el expediente utilizado para ello era quitar a los cabildos (órgano de poder local de los españoles) su poder de otorgar mercedes de tierras, y entregarlo a representantes directos del rey: el virrey, Audiencias o gobernadores. En Chile, no obstante, esta medida no se puso en efecto sino hasta 1575, y para ese momento ya el proceso de ocupación de tierras estaba muy avanzado. En todo caso, no significó mayor diferencia: según Mario Góngora, en Chile tanto los gobernadores como los cabildos entregaban tierras a los colonizadores con la máxima generosidad. Los funcionarios locales de la Corona seguían otorgando nuevas mercedes y ampliando las ya existentes, a pesar de la legislación real que lo prohibía²⁷.

    Es así como particularmente en Chile se logró el ideal señorial de los conquistadores españoles (que, en general, provenían de modestos orígenes campesinos) de tener grandes extensiones territoriales con trabajadores subordinados permanentes, combinación que daría lugar a la hacienda o latifundios, típicos modos latinoamericanos de posesión y usufructo de la tierra. En rigor, al conferir las primeras mercedes de tierras, Pedro de Valdivia tenía como modelo la organización rural que había conocido de joven: las grandes posesiones señoriales de las órdenes militares en Extremadura. De este modo, los trabajadores nativos estarían subordinados al eminente dominio de un señor poderoso, y residirían dentro de los límites legales de la gran hacienda. Esta meta señorial, de acuerdo a Mario Góngora, estuvo siempre presente entre los primeros conquistadores. La persiguió (Hernán) Cortés, por ejemplo, en México; pero sólo en un lugar como Chile, considerablemente alejado de los centros de poder imperial, podía encontrar satisfacción el deseo de ‘señorío’ sobre hombres y tierras juntos²⁸.

    A su vez, la situación de los indios encomendados se hizo cada vez más precaria, debido a la creciente incorporación a las haciendas de indígenas esclavos capturados en el sur. La distinción económica y social entre trabajadores indígenas esclavos y libres se hizo cada vez más tenue: Puesto que los indios esclavos trabajaban y vivían junto a los indios de encomienda, sin que existiera entre ellos nada más que una diferencia jurídica, pero no étnica, es más o menos natural que los españoles tendiesen a olvidar en forma inconsciente lo que no era notorio a simple vista, esto es, que trataran de asimilar la condición jurídica de los esclavos al resto de los indios²⁹.

    De acuerdo con Alvaro Jara, en aquella realidad, podemos reconocer el núcleo del futuro campesinado, sometido desde los comienzos a la más baja de las condiciones posibles³⁰. Y también podemos concluir que aquella forma extrema de subordinación laboral y social creó en Chile una sociedad señorial que ha sido uno de los elementos estructurales más poderosos y determinantes de la formación del país³¹.

    Estas relaciones señoriales se extendieron obviamente a las pequeñas urbes³²existentes durante la época colonial. Los españoles no solo evitaban el duro trabajo de minero o labrador, sino que, en lo posible, todo trabajo manual y, muy especialmente, las labores domésticas o de servicio personal. A comienzos del siglo XVII, el cronista Alonso González de Nájera señalaba que los españoles en todas partes se sirven de indios o esclavos, así en el ministerio de la cultura del campo, como en las crianzas o beneficios de los ganados y otros oficios de jornal... he dicho esto para que se vea de cuanta importancia son en aquel reino (Chile) los indios de paz encomendados, pues generalmente todos nuestros españoles comen del labor y trabajo de sus manos, y sustentan con su sudor todo lo que en el Desengaño (y Reparo de la Guerra de Chile) de las campeadas tengo referido³³.

    Al mismo tiempo, los conquistadores adoptaron desde el comienzo el estilo de vida más opulento posible: A fines de siglo (XVI) de 500 a 700 españoles y mestizos y varios miles de indios residían en esta aldea capital (Santiago). Pese a la simplicidad de frontera del entorno físico, los residentes más ricos importaban bienes de lujo desde Europa y China vía Perú. Los comerciantes traían terciopelo, seda y damasco a una colonia que a menudo carecía de municiones, caballos y pertrechos militares y cuya propia existencia permanecía en riesgo³⁴.

    Las mujeres españolas por su parte no lo hacían mejor, de acuerdo con el soldado Mariño de Lovera: Tenían tantas gollerías que cada una quería treinta indias de servicio que le estuviesen lavando y cosiendo como a princesa³⁵. A tanto llegaban que en 1602, el gobernador Alonso de Rivera, encontrando justificados los reclamos de los indios en contra de los encomenderos, mandó que no se ocupase a los naturales en cargar sillas de mano en que las mujeres iban a misa, si no es que ellos de su voluntad y pagándoselo lo quisiesen hacer³⁶.

    En suma, las relaciones señoriales crearon una sociedad nacional tremendamente desigual e injusta que la marcaría por siglos y que, en muchos aspectos, tiene consecuencias hasta el día de hoy.

    3. IDENTIDAD MESTIZA NO ASUMIDA

    Otro de los elementos constituyentes de la América Latina ha sido la mezcla de razas entre europeos e indígenas. Mezcla de por sí traumática porque se dio en condiciones de tremendo poder y subordinación entre el conquistador y la mujer indígena. Esto es, a través de la directa violación o de un entorno de opresión y dependencia tales que muchas veces daban lugar a relaciones cuasi-violatorias.

    Evidentemente, la violencia pura y simple fue el sello característico de los comienzos: Este hombre perdido se loó y jactó delante de un venerable religioso, desvergonzadamente, diciendo que trabajaba cuanto podía por empreñar muchas mujeres indias, para que, vendiéndolas preñadas por esclavas, le diesen más precio de dinero por ellas...³⁷. Un mal cristiano, tomando por fuerza una doncella para pecar con ella, arremetió la madre para se la quitar, saca un puñal o espada y córtala una mano a la madre, y a la doncella, porque no quiso consentir, matóla a puñaladas³⁸.

    Los hijos que nacían fruto de las relaciones entre el conquistador y la mujer subyugada quedaban en condiciones muy problemáticas. No solo porque no crecían al amparo de una familia normal, sino que, además, su propia identidad étnico-cultural pasaba a ser discriminada tanto por los españoles como por los indígenas: La conquista de América fue, en sus comienzos, una empresa de hombres solos que violenta o amorosamente gozaron del cuerpo de las mujeres indígenas y engendraron con ellas vástagos mestizos. Híbridos que, en ese momento fundacional, fueron aborrecidos: recordemos, por ejemplo, que el cronista Huamán Poma de Ayala habla del mestizo como el ‘cholo’, el origen de esta palabra remite al quiltro, al cruce de un perro fino con uno corriente, es decir, de un perro sin raza definida. El mestizo era hasta ese entonces impensable para las categorías precolombinas. Pero también para las europeas³⁹.

    Este origen problemático del mestizo se traslada por cierto a la propia identidad cultural latinoamericana que se ve tensada por el eje dominador-dominado. Como lo señala Adriana Valdés, los sujetos latinoamericanos se han definido a sí mismos desde diversas posiciones de subalternidad, en una imbricación muy entrañable que no admite posiciones maniqueas: en cada sujeto coexiste el ‘uno’ y el ‘otro’, el dominante y el dominado; el conquistador y el conquistado; el blanco y el indio; (...) El latinoamericano construyó su identidad en la Colonia, al identificarse con el español y percibir su diferencia⁴⁰.

    Sin embargo, en el caso chileno el factor traumático del origen étnico adquiere una mayor relevancia. La lejanía extrema del país y, especialmente, el establecimiento de una guerra permanente hicieron que el número de mujeres españolas fuera bastante menor que en las demás colonias y que llegaran mucho más tarde.

    Todo ello obligó a que la mezcla étnica fuera bastante mayor y realizada en condiciones particulares de violencia. Además, esto se agravaba con el hecho señalado por Rolando Mellafe de que la corona española tardó muchos años en dar un status jurídico preciso a los nuevos grupos mestizos emergentes y su ideal fue crear en América una familia católica occidental en donde los blancos se casaran con las blancas, los indios con indias, y los negros con negras⁴¹.

    Por otro lado, el hecho de que la poligamia fuera una costumbre indígena, propiciaba el que la mujer indígena aceptara unirse al español aunque este tuviera esposa y otras amantes, más aún, cuando con ello lograba subir en la escala social. Así, de acuerdo con Francisco Antonio Encina: Todo varón español en ejercicio de su varonía tenía, además de su mujer, una o varias concubinas indias o mestizas de modesta condición. Los hijos que le nacían de estas uniones consentidas por la costumbre, se agregaban a veces a la familia, aunque en rango inferior; con más frecuencia quedaban como administradores o empleados de confianza. Formaban una especie de subfamilia, a la cual se atendía en esfera más modesta que la legítima⁴².

    Este conflicto traumático de identidad, en que no se asume la condición de mestizaje, genera diversas consecuencias culturales de la más alta importancia. De partida, contribuye a una visión muy disociada de la propia historia. A la vez, se mitifica el valor araucano, en su tenaz resistencia al español, y se desprecia al mapuche históricamente existente. Esto se agudizará, como veremos más adelante, en los siglos XIX y XX con la pacificación de la Araucanía. Y llegará a una suerte de esquizofrenia en el hecho inédito de un país latinoamericano en el que el club más popular del deporte más popular –el fútbol– rememore a un connotado cacique mapuche, Colo-Colo y, a la vez, en que calificar a otra persona de indio sea una de las mayores ofensas.

    Por otro lado, dicho conflicto de identidad contribuye significativamente –junto con nuestra virtual insularidad y nuestra lejanía geográfica– a desarrollar un complejo de inferioridad que nos lleva a compararnos siempre con los demás, a estar excesivamente pendientes de la opinión ajena sobre nosotros y a desear, casi compulsivamente, triunfar sobre los otros países en todos los terrenos, siendo esto último particularmente generalizado en el ámbito deportivo.

    La negación de nuestra propia identidad podemos verla también en el escaso sentimiento que tiene nuestro pueblo de tener un destino común con el resto de América Latina. Siempre nos ha gustado sentirnos europeos, traer inmigrantes del Viejo Continente y, más aún, que nos llamen los ingleses de América del Sur. Particularmente difícil ha sido también nuestra relación con los países vecinos, complejidad que ha excedido con mucho los roces naturales de vecindad que tienen en general los demás países latinoamericanos.

    Pero quizá el efecto más negativo de nuestra crisis de identidad sea el contribuir a potenciar la baja autoestima producida a raíz de los factores anteriormente mencionados: la mentalidad autoritario-bélica y el desigual sistema económico-social.

    Como lo señala José Bengoa –teniendo en cuenta por cierto el trágico desenlace de la relación chileno-mapuche de los siglos XIX y XX–, estas historias de desencuentro hablan de una sociedad terriblemente intolerante, que no se puede acercar con los ojos limpios ni a su historia ni al pueblo aborigen que tiene por dentro y a su lado. Es una sociedad cargada de traumáticos desencuentros con sus orígenes, negadora de su ancestro, aniquiladora de su mestizaje. Una cultura nacional fecunda debería arreglar cuentas con el pasado, resolver su conflicto con la sociedad presente y renegar de un racismo intolerante que, tanto en sus signos negativos como positivos, lo único que logra es la esterilidad⁴³.

    4. GRAN CONTRADICCIÓN ENTRE TEORÍA Y PRÁCTICA

    Desde el comienzo la conquista española en América se constituyó en una flagrante y chocante contradicción entre los objetivos explícitos que buscaban legitimar la empresa y los porfiados hechos que los negaban completamente.

    De este modo, una obra supuestamente civilizadora y cristianizadora en la palabra, se transformó en un bárbaro genocidio⁴⁴en los hechos. No es casual que los juicios más condenatorios de esta hayan surgido de una pléyade de religiosos católicos que veían con indignación cómo la práctica de los conquistadores se colocaba en las antípodas del mensaje cristiano que ellos predicaban y divulgaban de muy buena fe.

    Como hemos visto, a tanto llegó su indignación que en la obra de su más distinguido exponente –Bartolomé de las Casas– vemos un conjunto de hechos expresivos de una matanza y crueldad de difícil parangón en la historia de la humanidad; y calificativos condenatorios acordes a aquella extrema crueldad.

    Es así que los conquistadores son denominados diablos peores que los diablos del infierno, tiranos infernales, nefandos tiranos, avarísimos tiranos, bestias fieras, idiotas y hombres crueles, avarísimos e viciosos, tiranos matadores y robadores, demonios encarnados, hijos de perdición, enemigos de Dios, tiranos y destruidores del género humano, etc.

    En cuanto a sus obras, ellas son denominadas como matanzas y estragos de gentes inocentes; despoblaciones de pueblos, provincias y reinos; inicuas, tiránicas, y por toda ley natural, divina y humana condenadas, detestadas y malditas; infinitas maldades; tiranías grandísimas y abominables; tan grandes males, tantos pecados, tantas crueldades, robos e abominaciones que no se podrían creer; infinitas guerras inicuas e infernales; etc.

    Lo que más espanta en este registro histórico es su carácter particularmente genocida: Así, por ejemplo, del Perú se señala: Verdaderamente, desde entonces acá hasta hoy más de mil veces más se ha destruido y asolado de ánimas que las que ha contado, y con menos temor de Dios y del rey e piedad, han destruido grandísima parte del linaje humano⁴⁵. De Colombia (Nueva Granada) se dice: Débese aquí de notar la cruel y pestilencial tiranía de aquellos infelices tiranos, cuan recia y vehemente e diabólica ha sido, que en obra de dos años o tres que ha que aquel Reino se descubrió, que (según todos los que en él han estado y los testigos de la dicha probanza dicen) estaba el más poblado de gente que podía ser tierra en el mundo, lo hayan todo muerto y despoblado tan sin piedad y temor de Dios y del rey, que digan que si en breve Su Majestad no estorba aquellas infernales obras, no quedará hombre vivo ninguno⁴⁶. De Puerto Rico y Jamaica se relata que los españoles matando y quemando y asando y echando a perros bravos, e después oprimiendo y atormentando y vejando en las minas y en los otros trabajos, hasta consumir y acabar todos aquellos infelices inocentes: que había en las dichas dos islas más de seicientos mil ánimas, y creo que más de un cuento, e no hay hoy en cada una docientas personas⁴⁷.

    La indignación lascasiana se acrecienta por haber sido testigo de la fuerte obstrucción a la difusión de la religión cristiana que efectuaba la generalidad de los conquistadores en aquel período: Otra cosa es bien añidir: que hasta hoy, desde sus principios, no se ha tenido más cuidado por los españoles de procurar que les fuese predicada la fe de Jesucristo a aquellas gentes, que si fueran perros o otras bestias; antes han prohibido de principal intento a los religiosos, con muchas aflictiones y persecuciones que les han causado, que no les predicasen, porque les parecía que era impedimento para adquirir el oro e riquezas que les prometían sus cudicias. Y hoy en todas las Indias no hay más conoscimiento de Dios, si es de palo, o de cielo, o de tierra, que hoy ha cient años entre aquellas gentes, si no es en la Nueva España (parte de México), donde han andado religiosos, que es un rinconcillo muy chico de las Indias; e así han perescido y perescen todos sin fe y sin sacramentos⁴⁸.

    Quizá el relato más gráfico de la total contradicción entre teoría y práctica de la conquista española se lo proporciona un franciscano que asistía a un cacique, quien por no someterse a los españoles en Cuba, iba a ser quemado vivo: Atado al palo decíale un religioso de Sant Francisco, santo varón que allí estaba, algunas cosas de Dios y de nuestra fe (el cual nunca las había jamás oído), lo que podía bastar aquel poquillo de tiempo que los verdugos le daban, y que si quería creer aquello que le decía que iría al cielo, donde había gloria y eterno descanso, e si no, que había de ir al infierno a padecer perpetuos tormentos y penas. El, pensando un poco, preguntó al religioso si iban cristianos al cielo. El religioso le respondió que sí; pero que iban los que eran buenos. Dijo luego el cacique, sin más pensar, que no quería él ir allá, sino al infierno, por no estar donde estuviesen y por no ver tan cruel gente. Esta es la fama y honra que Dios e nuestra fe ha ganado con los cristianos que han ido a las Indias⁴⁹.

    Por otro lado, el sistema de los requerimientos que se ideó para conminar a los indígenas a adherir a la fe católica y al sometimiento a los reyes de España no pudo ser más grotesco y se constituyó en una virtual mofa a los objetivos religiosos y civilizatorios de la empresa conquistadora: "Y porque la ceguedad perniciosísima que siempre han tenido hasta hoy los que han regido las Indias en disponer y ordenar la conversión y salvación de aquellas gentes, la cual siempre han pospuesto (con verdad se dice esto) en la obra y efecto, puesto que por palabra hayan mostrado y colorado o disimulado otra cosa, ha llegado a tanta profundidad que hayan imaginado e practicado e mandado que se les hagan a los indios requerimientos que vengan a la fe e a dar la obediencia a los reyes de Castilla, si no, que les harán guerra a fuego y a sangre, e los matarán e captivarán, etc. Como si el hijo de Dios, que murió por cada uno dellos, hobiera en su ley mandado cuando dijo: ‘Id y enseñad a todas las naciones’, que se hiciesen requerimientos a los infieles pacíficos e quietos que tienen sus propias tierras, e si no la recibiesen luego, sin otra predicación y doctrina, e si no se diesen a sí mesmos al señorío del rey que nunca oyeron ni vieron, especialmente cuya gente y mensajeros son tan crueles, tan desapiadados e tan horribles tiranos, perdiesen por el mesmo caso la hacienda y las tierras, la libertad, las mujeres y hijos con todas sus vidas, que es cosa absurda y estulta e digna de todo vituperio y escarnio e infierno. Así que, como llevase aquel triste e malaventurado gobernador instrucción que hiciese los dichos requerimientos, para más justificallos, siendo ellos de sí mesmos absurdos, irracionables e injustísimos, mandaba, o los ladrones que enviaba lo hacían cuando acordaban de ir a saltear e robar algún pueblo de que tenían noticia tener oro, estando los indios en sus pueblos e casas seguros, íbanse de noche los tristes españoles salteadores hasta media legua del pueblo, e allí aquella noche entre sí mesmos apregonaban o leían el dicho requerimiento, diciendo: ‘Caciques e indios desta Tierra Firme de tal pueblo, hacemos os saber que hay un Dios e un Papa y un rey de Castilla que es señor de estas tierras; venid luego a le dar obediencia, etc. Y si no, sabed que os haremos guerra, e mataremos, e captivaremos, etc⁵⁰. (...) Y al cuarto del alba, estando los inocentes durmiendo con sus mujeres e hijos, daban en el pueblo, poniendo fuego a las casas, que comúnmente eran de paja, e quemaban vivos los niños e mujeres y muchos de los demás, antes que acordasen; mataban los que querían, e los que tomaban a vida mataban a tormentos porque dijesen de otros pueblos de oro, o de más oro de lo que allí hallaban, e los que restaban herrábanlos por esclavos; iban después, acabado o apagado el fuego, a buscar el oro que había en las casas"⁵¹.

    Las encendidas protestas de muchos religiosos e intelectuales como de las Casas lograron al menos que el Papa Paulo III reconociera en 1538, mediante la Bula Sublimis Deus, el derecho a la libertad de los indígenas⁵²; y que el emperador Carlos V aprobara las Nuevas Leyes de Indias en 1542 (aunque las revocara en 1545 en un aspecto esencial como la extinción de las encomiendas), que establecían a los indígenas como sujetos de derechos.

    Sin embargo, y estableciendo el nefasto precedente de que la ley se acata pero no se cumple, los conquistadores simplemente no guiaron su conducta por las leyes de Indias y continuaron sus prácticas criminales y expoliadoras: Publicadas estas leyes (de 1542), hicieron los hacedores de los tiranos que entonces estaban en la Corte muchos treslados dellas (como a todos les pesaba, porque parecía que se les cerraban las puertas de participar lo robado y tiranizado) y enviáronle a diversas partes de las Indias. Los que allá tenían cargo de las robar, acabar y consumir con sus tiranías... antes que fuesen los jueces nuevos que los habían de ejecutar... alborotáronse de tal manera, que cuando fueron los buenos jueces a las ejecutar, acordaron de (como habían perdido a Dios el amor y temor) perder la vergüenza y obediencia a su rey. Y así acordaron de tomar por renombre traidores, siendo crudelísimos y desenfrenados tiranos; señaladamente en los reinos del Perú, donde hoy, que estamos en el año de 1546, se cometen tan horribles y espantables y nefarias obras cuales nunca se hicieron ni en las Indias ni en el mundo⁵³.

    En el caso específico de Chile la contradicción entre la teoría y la práctica pudo llevarse más lejos por la extrema lejanía del territorio y su consiguiente mayor dificultad de control político efectivo por la corona española; y además porque la guerra permanente contra los mapuches pudo legitimar de manera mucho más plausible la crueldad, esclavización y despojo de la población indígena.

    Pero el sistema de los requerimientos no sólo expresa la trágica inconsistencia religiosa de la conquista española, sino además, como lo señala José Bengoa, instaura una cultura latinoamericana de la falsedad, de la disociación virtualmente esquizofrénica entre la palabra y la acción, entre lo que se promete y lo que realmente se está dispuesto a cumplir: Los requerimientos son, sin duda, una de las páginas más negras de la conquista de América. Allí se inaugura una cultura de la falsedad, del formalismo, de decir que sí cuando es no, de sonreír cuando se va a matar⁵⁴.

    Esta cultura de la falsedad se consolida en Chile con las Cartas de Relación que el propio Pedro de Valdivia envía al emperador Carlos V: Valdivia, sobre todo al escribir –o dictar las cartas– desde Concepción, está desvirtuando los hechos. Le escribe al rey que ha descubierto El Dorado, el paraíso que todos los españoles andaban buscando⁵⁵. Y con los engañosos envíos de oro que Valdivia y sus sucesores remitían a España como pruebas del éxito de la colonia de Chile: Los enviados de Valdivia iban acompañados ‘de pruebas’, y éstas no podían ser otra cosa que oro. Lo mismo hicieron los gobernadores siguientes para demostrar al rey, a la Corte y al Consejo de Indias, que Chile ya estaba pacificado, que los indios trabajaban y que se pagaba tributos al rey⁵⁶.

    A tal punto se llegó en esta cultura del engaño, que las propias disposiciones legales (decretos, tasas y ordenanzas) adoptadas por los gobernadores u otros enviados reales con el fin de mejorar en algo la suerte de los indígenas encomendados, fueron sistemáticamente incumplidas: Desde 1558 hasta el levantamiento general posterior a 1598, los más altos representantes de la Corona establecieron numerosas regulaciones tributarias orientadas a controlar a los encomenderos y a proteger a los trabajadores indígenas. En cada caso sacerdotes católicos influyeron en la adopción de estos códigos. Pero también en cada caso los encomenderos chilenos subvirtieron o impidieron su implementación⁵⁷.

    Asimismo, en 1639, un juez de la Audiencia de Chile informaba a la Corona que mientras algunos de los españoles más pobres cumplían con la tasa (decreto del gobernador Laso de la Vega de 1635 que eliminaba por enésima vez el servicio personal de los indígenas), los ricos y poderosos continuaban como siempre usando a los nativos como si fueran esclavos, tratándolos duramente, sin pagarles el pequeño salario correspondiente a su sudor y trabajo... trayéndolos desde tan lejos como Tucumán y el Río de la Plata... y haciéndolos trabajar día y noche en las minas de cobre de La Serena o en las minas de oro de Andacollo⁵⁸.

    A la luz de estos informes y de la inefectividad de todos los decretos (tasas) anteriores, el historiador Domingo Amunátegui Solar emite un juicio lapidario respecto del radical contraste chileno entre las leyes y su aplicación: De esta exposición, puede deducirse que la tasa de Laso de la Vega fue tan ineficaz como las de Santillán, Ruiz de Gamboa, Sotomayor, Rivera y Esquilache; y que al final de su gobierno (de Laso de la Vega en 1639) los nativos chilenos eran subyugados por el trabajo forzado con la misma dureza que en tiempos de Pedro de Valdivia. Las órdenes del rey y las ordenanzas suscritas por los virreyes y gobernadores quedaron en nada⁵⁹.

    Y así como Bartolomé de las Casas a nivel continental, numerosos religiosos avecindados en Chile expresaron duras condenas al tratamiento cruel e inhumano que los conquistadores propinaron o dispensaron a los indígenas en nuestro país. Así, los capellanes de vuestra alteza, frailes Joan de Torralva, Francisco de Salzedo y Christoval de Tarranera, solicitaron lo siguiente, en carta al Consejo de Indias de 1571: Suplicamos a vuestra alteza mande tasar esta tierra y quitar el servicio personal por personas temerosas de Dios porque en tanto que no se hiziere y los yndios que están de guerra no vieren mejor tratamiento del que aora se haze a los yndios de paz no lo abrá ni cesarán guerras⁶⁰.

    Por su parte Fray Gil González de San Nicolás, en 1562, llegaba a justificar el alzamiento de los indios, dado el nivel de agravios recibidos de los españoles: ...el Rey ha dado siempre buenas instrucciones a sus Gobernadores y capitanes que han descubierto las Indias; que por no haberlas guardado se han hecho y se hacen grandes injusticias e agravios a los indios e que son obligados los que vinieron a las conquistas a la restitución de todo el daño que en ellas se ha hecho... e que los indios que se han alzado han tenido justicia en alzarse por los agravios que les han hecho y por no guardar con ellos lo que manda el Rey o el Papa⁶¹.

    Posteriormente, en 1608, Fray Cristóbal de Valdespino justifica incluso el levantamiento general indígena de fines del siglo XVI porque en esta tierra no es conocido Dios nuestro Señor ni vuestra magestad por la justicia porque esta no la ai... y así su Divina Magestad a tomado la mano en hazerla destruiendo tantas ciudades, y con tantos captiverios de mugeres principales y niños, y con todo eso está tan arrinconada la justicia de vuestros ministros que no ai quien de ella se acuerde... tan excesivos agrabios como a estos naturales se les hazen con el servicio personal esclavonia más tiránica y cruel que la de moros de Berberia⁶².

    Fue tanta la inhumanidad y crueldad empleada contra los indígenas en Chile que, en 1573, el provincial de los franciscanos, Juan de la Vega, llega a escribirle al rey que: Yo estoi admirado no de como los indios bencen a los españoles ques castigo del cielo sino de como no envía rayos que nos consuman a todos, pues con nuestra vida y malos ejemplos difamamos la ley evangélica⁶³.

    Pero la labor y predicación de estos y otros religiosos no pudo influir en la cultura de violencia, codicia y explotación social dominante. Es así que la fugaz modificación política lograda, entre 1611 y 1625, especialmente por el jesuita Luis de Valdivia, que se tradujo en la guerra defensiva, fue saboteada y finalmente destruida por la élite española chilena.

    El mayor exponente de dicha cultura fue el soldado y topógrafo Ginés de Lillo, quien en 1619 cuestionó en una publicación las políticas anteriores, llegando a sostener que los indígenas eran bárbaros y yncapaces de toda rrazón y que por el método de la guerra ofensiva se asegura con más sertessa queriéndola tomar con el cuydado que rrequiere negocio de tanto pesso pues con socorro de jente se puede hir poblando la tierra en las partes más conbinientes della de manera que los enemigos sean oprimidos o dejallo o benir a la obediencia de vuestra majestad aunque sea con muerte de la mayor parte dellos porque al cabo bale mas tenellos muertos que bibir por enemigos⁶⁴.

    De este modo, la cultura de la contradicción extrema y flagrante entre la teoría y la práctica, y particularmente en un país católico como Chile, entre la doctrina cristiana del amor fraternal y la práctica del autoritarismo, la explotación social, el racismo y el clasismo, iban a constituirse en un sello característico de nuestro ser nacional escindido y disociado. Un sello que, lamentablemente, nos ha marcado profundamente hasta el día de hoy.

    CAPÍTULO II

    EL MITO DE LA REPÚBLICA DEMOCRÁTICA

    Que el proceso de independencia nacional fue obra de buena parte de la élite oligárquica criolla que se fue constituyendo durante la Colonia es algo reconocido por el conjunto de los historiadores. El pueblo –los rotos– fue movilizado por los dos bandos en pugna, pero no tuvo ninguna influencia en la orientación de dicho proceso.

    De tal modo que no puede sorprender que la primera ley electoral, dictada en 1810 por la Junta de Gobierno para establecer un Congreso Nacional, estipulara que: Tienen derecho de elegir y concurrir a la elección todos los individuos que, por su fortuna, empleos, talentos o calidad, gozan de alguna consideración en los partidos en que residan, siendo vecinos y mayores de 25 años. Lo tienen igualmente los eclesiásticos seculares, los curas, los subdelegados y militares⁶⁵. Tampoco puede sorprender que dicha lista la confeccionaran los cabildos.

    Lo que sí llama la atención es la cláusula de la ley que sancionaba el cohecho: Serán excluidos del derecho de elegir y ser elegidos los que hayan ofrecido y admitido cohecho para que la elección recaiga en determinada persona; y en el acto de la elección se podrán acusar. El colegio de electores determinará la causa en juicio público y verbal. Y en la misma pena incurrirán los calumniadores⁶⁶. También sorprende que este artículo no fuera obedecido ni aun por los vocales de la Junta de Gobierno. La historia ha publicado documentos fidedignos en los cuales consta que el propio (Juan) Martínez de Rozas, con la alta autoridad que le daba su cargo, y el prestigio de que gozaba en la provincia de Concepción, abiertamente intervino en esta última a favor de sus parientes y amigos⁶⁷. Agrega con tristeza el historiador Amunátegui, en su obra escrita en 1931, que nuestro país ha tenido la desgracia de que todas sus elecciones legislativas, desde aquella primera, en el año de 1811, hasta las verificadas en nuestro tiempo, hayan adolecido del vicio del cohecho, ya por obra de los gobiernos, ya de los partidos, ya de los candidatos mismos, o, simultáneamente, de este triple origen⁶⁸. Vemos pues proyectada en el tiempo la obra atávica de nuestro autoritarismo y de la flagrante contradicción entre teoría y práctica.

    En efecto, O’Higgins mismo, para la Convención Preparatoria de una nueva Constitución, en 1822, se cuidó de instruir a los vecinos prominentes de orientar el voto y de que no dejaran prueba de ello. Sin embargo, un vecino de Rere conservó la carta del Director Supremo: Santiago, Mayo 7 de 1822. Muy señor mío: Por los documentos que incluyo de oficio, verá Ud. la gran obra que vamos a emprender para hacer feliz nuestra patria. Si la Convención no se compone de hombres decididos por nuestra libertad y desprendidos de todo partido, sería mejor no haberse movido a esta marcha majestuosa. Ud. es quien debe cooperar a llenar el voto público haciendo que la elección recaiga en el presbítero don Felipe Acuña, de quien tengo entera satisfacción; pero debe Ud. advertir que el nombramiento debe hacerse en el momento que Ud. reciba ésta, pues de lo contrario entran las facciones y todo será desorden. Al pie de la esquela anotará Ud. la hora en que la reciba y la del nombramiento, y me la devolverá cerrada aparte con el conductor o por extraordinario dirigido a mí mismo. Espera de Ud. este servicio que sabrá distinguir su amigo afectísimo.– Bernardo O’Higgins⁶⁹.

    Y, por cierto, junto con efectuar fraudes electorales, todos los primeros gobiernos posteriores a la Independencia –incluidos los más liberales– tuvieron un carácter fuertemente autoritario.

    1. RÉGIMEN POLÍTICO AUTOCRÁTICO: 1830-1891

    A partir de 1830, con el triunfo en Lircay del bando pelucón (conservador) y la asunción del poder real por parte de Diego Portales, se establece en propiedad lo que nuestra mitología historiográfica escolar ha dado en llamar república democrática.

    En efecto, de la Constitución impuesta en 1833 y de la práctica política existente hasta 1891, surgió un régimen virtualmente monárquico con ropaje engañosamente republicano. Bajo dicho régimen el Presidente de la República era un verdadero autócrata que designaba a los ministros, intendentes, gobernadores, diplomáticos, empleados de la Administración Pública, jueces (a través de un Consejo de Estado nombrado por él mismo), parlamentarios (a través del control absoluto del proceso electoral); y, luego de 5 años (10 en la práctica hasta 1871, por la posibilidad de reelegirse), a su sucesor por medio de elecciones férreamente controladas. Además, su aprobación era necesaria para el nombramiento de obispos y altos dignatarios católicos (la Iglesia estaba unida al Estado) y para la creación de nuevas diócesis eclesiásticas. Asimismo, gozaba de inmunidad total durante el desempeño de su cargo y podía obtener del Congreso facultades extraordinarias para suspender derechos y garantías constitucionales.

    Reveladoramente, aunque unos de modo crítico y otros reivindicativo, tanto historiadores liberales como conservadores coinciden en el reconocimiento de aquella connotación monárquica. Así, entre los primeros está Domingo Amunátegui, quien señala que la nueva Constitución consagró las bases de un gobierno verdaderamente monárquico⁷⁰; y Ricardo Donoso quien afirma que el Presidente... era un verdadero monarca con título republicano⁷¹. Y entre los segundos, nos encontramos con Jaime Eyzaguirre, quien al reseñar las amplísimas facultades presidenciales termina concluyendo que decían poco de república democrática y hablaban más de monarquía electiva⁷²y con Alberto Edwards quien, sobre el régimen establecido en 1830, sentencia que es cierto que Portales restauró entre nosotros el principio monárquico hasta el punto en que ello era prácticamente posible; pero conservó las formas jurídicas de la República⁷³.

    Por si lo anterior fuera poco, la Constitución se hizo muy difícilmente modificable. Para ello se necesitaba que los dos tercios de ambas Cámaras postularan los artículos a ser modificados y que la legislatura siguiente efectuara concretamente los cambios.

    Sin embargo, siguiendo la tradición chilena de colocar normas de apariencia progresista (contrapeso democrático al estilo inglés en este caso) que no se pensaba aplicar, la Constitución de 1833 le otorgó al Congreso facultades omnímodas para aprobar leyes periódicas de presupuestos, tributos y autorización de efectivos militares. Estos instrumentos serían utilizados, en su momento, para que el grueso de

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