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Operación siglo XX: El atentado a Pinochet
Operación siglo XX: El atentado a Pinochet
Operación siglo XX: El atentado a Pinochet
Libro electrónico246 páginas3 horas

Operación siglo XX: El atentado a Pinochet

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Este libro relata en detalle lo que realmente ocurrió el día que Pinochet sufrió un ataque armado mientras regresaba de su residencia en El Melocotón, a 40 kilómetros de Santiago. El ataque, llevado a cabo por el Frente Patriótico Manuel Rodríguez , terminó con 5 muertos y 11 heridos y no logró su objetivo. Los pormenores minuciosos de la preparación del atentado, del combate con los escoltas, la retirada y lo ocurrido al interior del vehículo blindado en que viajaba el general Pinochet son el resultado de una investigación notable. Un relato apasionante sobre un hecho que pudo haber cambiado el curso de la historia. Desde su aparición este libro ha vendido más de veinte ediciones y su lectura es decisiva para entender el tiempo histórico en que ocurrieron estos dramáticos hechos. Así lo consignan las autoras:

«El reto de un oficial de Ejército —protagonista de estos hechos— impulsó la decisión de escribir este libro: Si tanto les importan los derechos humanos, esta es una historia que merece ser relatada. Había participado en la tarea de rescate de los escoltas presidenciales, al anochecer de ese domingo 7 de septiembre de 1986.

Era una parte de la historia. Para completarla, hicimos muchas entrevistas, cotejamos datos y nos sumergimos en las cuarenta mil fojas del proceso que instruyó la justicia militar. Así fueron escribiéndose estas páginas que entregamos hoy, en la esperanza de que su lectura colabore a la búsqueda de la verdad y a la comprensión más acabada de nuestros dolores y conflictos que —día tras día y año tras año, a contar del golpe militar— fueron creando el escenario de este suceso, en el enclave cordillerano del Cajón del Maipo. Porque tras las manos que dispararon —todas las manos, las de unos y las de otros— estaban los brazos de todos nosotros».
IdiomaEspañol
Fecha de lanzamiento30 mar 2016
ISBN9789563244014
Operación siglo XX: El atentado a Pinochet

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    Libro interesante sobre el atentado al dictador Augusto Pinochet, recomendado!

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Operación siglo XX - Patricia Verdugo

74

Prólogo a la presente edición

Operación Siglo XX es la historia de un gran esfuerzo colectivo por modificar la realidad impuesta a sangre y fuego por la Dictadura. Marca el punto más alto del accionar del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, casi tres años después de su fundación. A pesar de no alcanzar el principal objetivo político, asestó un golpe decisivo al proyecto de perpetuación del Régimen por la fuerza.

Hoy conocemos que el martes 18 de noviembre de 1986, dos meses después de la Operación Siglo XX, se reunió el Consejo de Seguridad Nacional de los Estados Unidos. En el acta de la reunión puede leerse:

So the key decision is not whether or not we want a democracy in Chile. We do. The question for us is how we can most effectively contribute to a democratic outcome in Chile.*

En ese agitado año 1986, las movilizaciones populares alcanzaron niveles nunca vistos de combatividad. La gran protesta nacional del 2 y 3 de julio supuso un desafío real al Régimen militar. El horror tomó el nombre de dos jóvenes quemados vivos. Carmen Gloria Quintana y Rodrigo Rojas. Él murió. Tenía diecinueve años y nacionalidad norteamericana, por lo que la reacción de ese Gobierno fue más enérgica que de costumbre. La versión oficial culpabilizaba de esta atrocidad a las propias víctimas, que fueron descritas como terroristas portadores de bombas incendiarias. Todos los medios propagandísticos del Régimen insistieron con esa versión, añadiendo detalles inventados. Solo el año 2015 el equipo periodístico encabezado por Pedro Azócar consiguió la confesión de un soldado, que sepultó cualquier atisbo de duda. Veintinueve años después. El principal culpable había pasado inadvertido debido al que ha sido un comportamiento sistemático de las Fuerzas Armadas y los cuerpos represivos: imposición de silencio por coacción. Me parece que no puede denominarse pacto de silencio, por la obvia diferencia de jerarquía entre los involucrados y porque el Ejército no es una montonera o mafia en la que un sujeto se pone de acuerdo con otro para no hablar. Se trata de una protección institucional a los criminales de lesa humanidad.

El libro Operación Siglo XX, publicado en octubre de 1990, fue elaborado sobre fuentes documentales contrastadas —los tomos del proceso instruido por el fiscal Torres Silva, hoy preso en Punta Peuco—, pero inevitablemente incompletas. Solo quienes cumplían condena por esos hechos entregaron su versión a quienes los interrogaron, juzgaron y condenaron. Ellos asumían con valentía y orgullo su participación, pero no brindaron información sobre quienes no habían sido identificados o capturados. No hablaron para su pueblo, sus compañeros o historiadores. Respondían preguntas de sus captores y protegían a la organización a la que pertenecían orgullosamente.

El Régimen, en agosto de 1986, recuperó en parte la iniciativa al descubrir y decomisar armamento ingresado clandestinamente por el Partido Comunista de Chile. Pinochet seguía siendo un estorbo, pero podía exhibir contundencia y efectividad contra sus enemigos más combativos. Parecía capaz de impedir que la lucha en su contra pasara a un nivel superior. Pudo utilizar la exhibición de armamento en Carrizal Bajo para hacerse fuerte ante las llamadas internas y externas de cambio democrático. El desconcierto de la dirección del PC chileno ayudó a acrecentar esa sensación. Miedo, efectividad y control fueron los estandartes enarbolados por la Dictadura esos días de agosto de 1986. Parecía que la principal amenaza había desaparecido. 

Es en ese contexto que ocurre la Operación Siglo XX. Cuando Pinochet está ostentando su victoria sobre los comunistas y se ha paseado con el embajador de Estados Unidos por la gran exposición de armamento incautado, organizada en la Escuela Militar, sucede la emboscada del Cajón del Maipo. ¿Cómo ha sido posible un contrataque popular de esta magnitud tan pocos días después del mayor éxito contrainsurgente de la Dictadura?

En 1990 las autoras no conocíamos la relación directa entre Carrizal y el atentado a Pinochet. Pensábamos que el plan del túnel de Las Vizcachas había sido abandonado por la gran velocidad a la que se desplazaba la comitiva del tirano. Así nos los dijo un dirigente de la organización, que probablemente no quería reconocer su ignorancia en el tema. Desconocíamos que se descartó el minado del camino por una razón bien distinta: la caída de todo el material explosivo necesario. Desconocíamos las primeras variantes de la Operación Siglo XX, que fueron esbozadas en el libro Mi hijo Raúl Pellegrin y desarrolladas años después en ese riguroso documento histórico que es la serie televisiva Guerrilleros, la historia tras el fusil. Faltaba información esencial para calibrar la tenacidad y creatividad de los frentistas. Era comprensible por el grado de compartimentación que se mantuvo durante la exploración y planificación de la operación.

Junto a las declaraciones judiciales de los detenidos que participaron en la emboscada, las autoras recurrimos al testimonio de los escoltas sobrevivientes. También a las declaraciones de miembros del contingente de agentes de Seguridad que recorrían permanentemente la ruta utilizada por el dictador para detectar cualquier movimiento sospechoso. Y transcribimos las explicaciones de la dotación del retén de Las Vizcachas. Cualquier lector atento podía comprender que la Seguridad de Pinochet había sido sorprendida y que sus miembros intentaban salvar su responsabilidad acudiendo a palabras que no tenían relación con lo acaecido en la cuesta Achupallas. En la narración del jefe de la escolta, capitán Juan MacLean, se repite una sola voz de mando: ¡Atrás, atrás!, que no tiene sentido en ese terreno. Los frentistas se habían preparado para una reacción combativa de la escolta. Su misión siempre fue no ser encerrados en una emboscada, por lo que la carta que debían jugar era intentar pasar a como diera lugar por sobre el obstáculo interpuesto: la casa rodante. De hecho, la frágil estructura del remolque fue rellenada con sacos de cemento y la unión con el automóvil fue reforzada con una cadena. Los frentistas estaban preparados para ser embestidos; lo que en realidad ocurrió fue que los ocupantes del vehículo de vanguardia frenaron en seco y se agacharon por debajo del nivel del parabrisas. No quedó claro si falló el entrenamiento, la motivación o ambas cosas.

Pobre espíritu combativo de los soldados chilenos, fieros con compatriotas desarmados e indefensos. Esta vez no atacaban con artillería y aviación a unos pocos hombres en La Moneda. Ni masacraban con corvos a Carlos Berger y a Eugenio Ruiz-Tagle. Ni torturaban hasta la muerte a Reinalda del Carmen Pereira, embarazada de siete meses. Ni mataban a golpes a Fernando Ortiz. Ni asfixiaban con una bolsa de plástico a un Víctor Díaz inmovilizado. Ni ametrallaban sin piedad con una .50 las casas de la calle Janequeo y Fuenteovejuna. Esta vez estaban bajo el fuego redentor de patriotas armados.

Hubo dos excepciones. El primer auto de Carabineros intentó resistir, y la segunda excepción fue el cabo Carvajal, que conducía el vehículo presidencial. El cohete que impactó en su vehículo no estalló y su reflejo de sobrevivencia le llevó a buscar una ruta de escape de regreso a la casa de El Melocotón. El cabo Carvajal tenía enfrente a escoltas fuera de combate y una curva donde no sabía qué le esperaba. Mauricio Arenas Bejas, el Lobo, le dibujó con sus balas la Virgen imaginada por un aterrorizado dictador. Solo medios antitanques podían con el blindaje, y los que había reunido el comando eran los M-72 LAW de un solo disparo. Desechables.

El año 2001 fue publicado un libro firmado por Rodrigo García Pinochet. Quince años después del atentado a su abuelo en el que casualmente le acompañaba siendo un niño, pudimos conocer detalles de lo vivido dentro del auto durante y después de la emboscada. De la que nos salvamos, nieto, le dijo. También conocimos detalles del viaje del dictador, al día siguiente, hacia la capital. En dos helicópteros. Todos sabíamos que tomar la decisión de cómo regresar a Santiago había sido muy difícil, ya que el helicóptero podía ser objeto de un ataque tierra-aire, como oí decir a algunos oficiales durante la mañana. La capacidad de fuego demostrada la tarde anterior avalaba esta hipótesis, pero aun así era el medio más seguro. Un poco más adelante, el nieto anota: El vuelo fue algo movido, no sé si se debió a condiciones climáticas o a maniobras de los pilotos para evadir eventuales ataques.

Las autoras de Operación Siglo XX transcribimos la versión oficial —y única, en la época— sobre la captura, por parte de la Policía de Investigaciones, de los primeros cinco combatientes que participaron en la operación. La supuesta pesquisa que dio con la huella dactilar de Juan Moreno Ávila en una botella encontrada en la casa de acuartelamiento fue cuestionada por Víctor Díaz Caro. En el documental Guerrilleros, la historia tras el fusil puede comprenderse la irresponsabilidad de Juan Moreno, que se fue a su casa legal y quedó a los ojos de quienes le conocían como un participante en la acción del 7 de septiembre. La primera semana de octubre un incidente ocurrido en la población La Pincoya propició la llegada de la PDI y la detención de Moreno Ávila. Él delató, bajo tortura, a cuatro combatientes. En el último capítulo del libro, Y el trágico fin…, se dice que quizá el jefe del tiranicidio salió del país y retornó clandestinamente. En realidad, José Joaquín Valenzuela Levi, el comandante Ernesto, permaneció en Chile y fue detenido y asesinado durante la llamada Operación Albania, perpetrada por la CNI en junio de 1987, en la que fueron ejecutados doce militantes del FPMR. Fue recluido en el Cuartel Borgoño hasta ser llevado a la casa de la calle Pedro Donoso. Ahí, maniatado, fue asesinado disparándole dieciséis balazos a quemarropa. Julio Guerra Olivares fue masacrado en la Villa Olímpica. Había dirigido uno de los grupos de la emboscada, al aplazarse la fecha de la acción, sustituyendo a Tamara.

Al final del libro —referido al asesinato de Cecilia Magni, la comandante Tamara, y Raúl Pellegrin, el comandante José Miguel— se plantea una gran duda sobre su muerte. Después se han conocido los detalles, y los certificados de defunción no dejan lugar a la imaginación. Fueron torturados, asesinados y lanzados al río Tinguiririca para establecer la tesis del ahogamiento por inmersión. El silencio de los asesinos ha impuesto la terrible paradoja judicial de corroborar torturas sin definir culpabilidades. Parte de los condenados a muerte por el atentado a Pinochet se fugaron de la Cárcel Pública el año 1990. Un año después falleció Mauricio Arenas Bejas, el legendario Lobo. A los treinta y un años. Cáncer de pulmón. Lo que no habían conseguido la granada de la cuesta de Achupallas ni los siete disparos recibidos en lo que él llamaba su fiesta de plomo. Al estar en posesión de documentación falsa, fue declarado NN. Su cuerpo pudo ser recuperado por su familia y fue enterrado en Valparaíso.

En la ciudad belga de Mons, muy cerca de la frontera con Francia, falleció el año 2000 Juan Órdenes Narváez en un accidente automovilístico. Cumplía uno de los largos extrañamientos que castigaban a algunos de los más consecuentes luchadores antidictatoriales. Los detalles de su detención en 1989, resistida con una fiereza insuperable, conmueven aún hoy. Sobrevivió a nueve balazos.

Los protagonistas de esta historia fueron tildados de terroristas y borrados de la memoria colectiva. Resultaba incómoda la actitud que desplegaron, buscando con su entrega desinteresada una salida distinta al proyecto dictatorial de la Constitución de 1980. En definitiva, se impuso el proyecto económico del otro Piñera. Y la transición administró ese proyecto que ensanchó la desigualdad y la inequidad. Operación Siglo XX constituye también el único —por así decirlo— combate en que participó el dictador en sus largos años de vida. Y significó una contundente derrota de quienes ordenaron disparar contra un pueblo desarmado y asesinar compatriotas vendados y esposados… de quienes incluso renegaron y ordenaron el crimen de los comandantes en jefe René Schneider y Carlos Prats. El desproporcionado ataque al Palacio de La Moneda añadió otra terrible mancha a las Fuerzas Armadas. Salvador Allende defendió con firmeza la voluntad del pueblo, pero se impuso el terror. 

El contraste con la cobardía del senador vitalicio, simulando —muchos años después, en Londres— demencia y atrincherado en una silla de ruedas, no puede ser más revelador de la categoría moral del tirano. La debilidad de quienes pactaron con él la transición pareció exagerada e injustificable ante los ojos del pueblo chileno. Los pactos tácitos de impunidad estallaron dramáticamente cuando Pinochet fue detenido en Londres y se implementó un lobby gigantesco para traerlo de vuelta y sustraerlo de la acción de la justicia universal. Fue necesario que crecieran los hijos de los derrotados para que también acompañaran al pueblo y al presidente Allende en su combate por un mundo mejor.

Carmen Hertz

Noviembre de 2015

De este modo, la decisión no es si deseamos o no una democracia en Chile. La queremos. Para nosotros el asunto ahora es cómo podemos contribuir más efectivamente a un desenlace democrático en Chile.

PERMÍTANOS…

…contarle que una década después, cuando los hechos relatados en este libro ya han sido aceptados como ciertos por unos y otros, la ceremonia castrense oficial y una sorpresiva llamada desde una ciudad europea nos volvieron a conectar con las consecuencias de lo ocurrido el 7 de septiembre de 1986.

En la primera, el general Augusto Pinochet —aún comandante en jefe del Ejército— condecoró a cinco protagonistas, cuatro cabos del Ejército y uno de Carabineros.

En la segunda, la voz en el teléfono anunció que en poco rato, a una misma hora, los sobrevivientes del FPMR realizarían un mismo ritual. Cada uno a solas en su cuarto —en Suecia, Holanda, Francia o Italia— para conectarse en el recuerdo con los vivos y los muertos, intentando dar algún sentido a este episodio que los condenó al exilio y dejó sus vidas al garete.

Una década después, podemos repetir lo dicho en la primera edición de 1990. Fue un reto de un oficial de Ejército —protagonista de estos hechos— lo que impulsó la decisión de escribir este libro: Si tanto les importan los derechos humanos, esta es una historia que merece ser relatada. Había participado en la tarea de rescate de los escoltas presidenciales y la pesadilla de ese anochecer no lo abandonaba.

Era una parte de la historia. Para completarla, hicimos muchas entrevistas, cotejamos datos y nos sumergimos en las cuarenta mil fojas del proceso que instruyó la justicia militar. Así fueron escribiéndose estas páginas que ponemos en sus manos en la esperanza de que su lectura colabore a la comprensión más acabada de nuestros miedos, dolores y conflictos. Porque con estos tres elementos se fue creando —día tras día y año tras año, a contar del golpe militar— el escenario donde ocurrió este episodio. Porque tras las manos que dispararon —todas las manos, las de unos y las de otros— estaban los brazos de todos nosotros.

Para terminar, debemos desmentir lo que se lee en las Memorias del general Augusto Pinochet (tercer tomo, volumen II, página 65). No, no somos periodistas marxistas. Abogada la una y periodista a secas la otra, relatamos esta historia desafiando la primera versión oficial que entregó el Régimen militar y el paso de los años nos dio la razón. Eso —la razón afincada en una búsqueda honesta de la verdad— es lo único que motivó nuestro quehacer. La fuerza, en cambio, sigue siendo de ellos.

Patricia Verdugo

Carmen Hertz

Septiembre de 1996

Capítulo I

EL CRÁTER QUE NO FUE

Marcelino Farfán salió, cerca del mediodía, para almorzar en casa de unos amigos como lo hacía todos los domingos. Cerró el portón de la parcela —donde trabajaba como cuidador hacía ya dieciséis años— y se fue caminando y rumiando su disgusto por los nuevos arrendatarios que había aceptado don Lorenzo. A él le gustaba que la casa solo fuera ocupada por sus patrones —don Lorenzo García y su mujer, doña María Elena Bravo— y le resultaba francamente molesto que la invadieran extraños. Especialmente si los extraños eran tan extraños…

Ni el amarillo de los aromos ni el blanco de las flores de los almendros, que inundaban de primavera las laderas de los cerros, lo hicieron olvidar su disgusto. A poco andar bajo el sol limpio y tibio de ese domingo 7 de septiembre de 1986, don Marcelino se encontró con el Penca Mocha, un antiguo habitante del pueblo, cuyo nombre —Héctor Véliz Troncoso— todos habían olvidado. Simplemente era el Penca Mocha. Estaba todo engrasado, arreglando un furgón Subaru.

—¿Y qué pasa, don Marcelino, que tiene la casa llena de terroristas? —dijo Véliz en tono festivo y a modo de saludo.

—¡Chiss! Si más parecen maricones, puros hombres que entran y salen —replicó Farfán.

—¡Qué maricones ni que ocho cuartos! Si son terroristas, don Marcelino —insistió Véliz en son de broma.

—Quédese callado mejor y no hable tonterías, que a los dos nos puede llegar un balazo —dijo Farfán, dando por cerrado el encuentro y continuando con su caminata.

¿Terroristas, maricones? Marcelino Farfán dejó de masticar las palabras y decidió olvidarse de los extraños para ir a saborear su almuerzo dominical. Véliz, en cambio, siguió apretando tornillos del Subaru y pensando en los extraños jóvenes que habían arrendado la Casa de Piedra, nombre con que todos los lugareños conocían la parcela ubicada en Camino El Volcán número 0235, al borde sur de la carretera y en medio del poblado de La Obra.

Véliz recordó lo que todos sabían en el pueblo: que habían pagado caro por la renta y habían entregado, en billetes, varios meses por adelantado. Entraban y salían tantos vehículos y solo se veía a hombres en estas idas y venidas. ¡Qué extraño, él siempre estuvo convencido de que se trataba de terroristas y lo comentó por doquier! Así lo dijo a la policía una semana después de los hechos y así quedó estampado a fojas 194 del proceso en la justicia militar. Nadie le preguntó por qué no había ido a la policía a contar su convicción, sabiendo —como todos en La Obra— que los fines de semana pasaba por allí el general Augusto Pinochet con su tan ruidosa como veloz comitiva, rumbo a la casa presidencial de El Melocotón.

En la Casa de Piedra —con su piscina, cancha de tenis y el jardín posterior lamiendo el río Maipo— se vio el conocido aviso

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