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El periodismo que remece a Chile

El periodismo que remece a Chile

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El periodismo que remece a Chile

Longitud:
293 páginas
6 horas
Publicado:
28 ago 2018
ISBN:
9789563240696
Formato:
Libro

Descripción

Este libro muestra que el buen periodismo es una forma de escrutinio, pero, a la vez, de comprensión de la realidad: no sólo nos ayuda a develar lo que alguna vez se quiso ocultar, sino también a descubrir lo que, cuando lo vemos con la mirada desaprensiva de todos los días, se nos escapa. El buen periodismo cumple, por decirlo así, una tarea a la vez política y moral: espanta las sombras del poder, pero también ilumina una parte de la condición humana.

Carlos Peña
Rector UDP

Recorrer la hoja de vida de los hombres públicos es un ejercicio obligatorio del buen periodismo. No a modo de sentencia, sino de testimonio. Cada uno sabrá responder por sus actos y, si amerita, los tribunales se encargarán de lo suyo.

Enrique Mujica
Director Prensa TVN

El Centro de Investigación Periodística (CIPER) es una institución independiente que funciona como una entidad sin fines de lucro. Ha contado con financiamiento del Grupo Copesa e instituciones internacionales como la Open Society Foundation y la Fundación Ford. Su misión es desarrollar reportajes de acuerdo a principios de máxima calidad e integridad profesional en su sitio web www.ciperchile.cl. Para lograr dicho objetivo, los profesionales de CIPER incorporan a las técnicas propias del reporteo el uso sistemático de las leyes chilenas que norman el libre acceso a la información.

Dirigido y creado por la periodista Mónica González, quien ha recibido importantes distinciones, CIPER no tiene filiación política ni partidista. Sus valores y objetivos emanan de los fundamentos del periodismo profesional y de los derechos y responsabilidades que tienen los medios de comunicación en una sociedad democrática.

Desde su fundación, en 2007, numerosos reportajes publicados por CIPER han sido premiados tanto en Chile como en el extranjero.
Publicado:
28 ago 2018
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9789563240696
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Sobre el autor


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El periodismo que remece a Chile - Mónica González

Notas

Prólogo

Las apariencias engañan

Este libro muestra que el buen periodismo es una forma de escrutinio y a la vez de comprensión de la realidad: no solo nos ayuda a develar lo que alguna vez se quiso ocultar, sino también a descubrir lo que, cuando lo vemos con la mirada desaprensiva de todos los días, se nos escapa. El buen periodismo cumple, por decirlo así, una tarea a la vez política y moral: espanta las sombras del poder, pero también ilumina una parte de la condición humana.

Así lo muestran los trabajos que se incluyen en este libro. Para probarlo, basta citar dos o tres.

En Viaje al fondo de la biblioteca de Pinochet, por ejemplo, Cristóbal Peña no solo muestra el gigantesco patrimonio bibliográfico que Pinochet pudo acumular a punta de regateos y fondos fiscales, sino que también pone de manifiesto el tipo de persona que él quería ser y que, para desgracia suya y de muchos, no fue. Si los fetiches de un hombre son el intento de cumplir su deseo imposible (ese que le aguijonea la imaginación, pero que no está ya a su alcance) no cabe ninguna duda: Pinochet soñó ser un profesor, un escritor capaz de develar los misterios de la historia y de la guerra desde la tranquilidad de un escritorio, rodeado de páginas y de libros, en vez de ser alguien que debió vérselas con el poder desnudo. Por eso, cuando asistidos por las páginas de este libro recorremos su biblioteca, somos capaces de imaginarnos lo que el dictador podía constatar a las tres de la madrugada (que es, según Fitzgerald, la hora en que la verdad nos visita): que incluso para alguien que tiene todo el poder siempre hay una distancia inconmensurable entre su realidad y sus aspiraciones.

Esa misma capacidad para mostrar la realidad del poder y sus instituciones y, a propósito de ello, iluminar parte de la condición humana, se muestra en Muertos de nadie, de Juan Pablo Figueroa. El título, casi de cuento, se justifica porque la historia que allí se narra parece inventada. La investigación acerca de cómo funciona el Servicio Médico Legal no solo permite asomarse a ese saldo de muertos con que, inevitablemente, termina casi cada día el quehacer de la ciudad, sino también a la vida de un sujeto cuya familia no le echa en falta cuando se pierde ni se sorprende cuando muere.

Las monjas que San Felipe quiere olvidar, de Pedro Ramírez muestra, de otra parte, cómo se puede combinar la preocupación discursiva por los demás y tolerar el maltrato de quienes tenemos más cerca. El caso fue publicado en CIPER mucho antes que los abusos sexuales de algunos clérigos comenzaran a aparecer en la prensa, y muestra de qué forma el periodismo de investigación puede adelantarse a las corrientes subterráneas de la actualidad. Un puñado de monjas se dedica, durante años, a obtener donaciones y prebendas a pretexto de cuidar a niños abandonados a los que maltratan y de los que, cotidianamente, abusan. Entre los niños se encuentran un par de gemelos, hijos de Hernol Flores, un famoso dirigente gremial que, demasiado alerta ante el sufrimiento de los trabajadores, parece inconsciente del calvario por el que pasan sus propios hijos. Imposible imaginar una historia más estremecedora y más completa acerca de los meandros del poder y de la condición humana.

Y qué decir de la investigación que recoge este volumen sobre el caso Karadima.

El caso Karadima tiene todos los ingredientes que atraen a los periodistas de veras: una historia de sotanas, transgresiones sexuales, abuso y dinero. La misma Iglesia que enfatiza la ascesis sexual experimenta, en su seno, una historia de promiscuidad y de abuso. El asunto, como se ve, tiene todos los ingredientes de lo que Thompson llamó escándalo. Por eso, en cualquier parte del mundo los medios de prensa se habrían peleado por ser los primeros en investigar esa historia hasta sus últimos intersticios. Se habría entrevistado una y otra vez a los testigos, a los feligreses, se habrían seguido las redes de influencia de todos los involucrados y se habría inquirido acerca del comportamiento de la jerarquía en su conjunto en torno al caso.

¿Por qué, sin embargo, lo que habría interesado a los periodistas de cualquier parte del mundo, entre nosotros se ha tratado apenas con pinzas y casi con el lenguaje formulario de un parte policial?

La respuesta se encuentra en los detalles del caso que investigó CIPER.

Karadima, en los años ochenta, fue el guía espiritual de casi una generación entera de la élite conservadora. En esos años, cuando la Iglesia Católica leía y releía la parábola del buen samaritano y reclamaba sin cesar por los abusos y por las desapariciones, parte de la burguesía santiaguina se dejaba guiar por un sacerdote carismático y entusiasta que prefería los vapores de la fe abstracta y ritual a las exigencias que planteaba la pregunta del viejo testamento: ¿dónde está tu hermano? La parroquia de El Bosque se convirtió así en el lugar de encuentro de una catolicidad conservadora, ritual e intimista, cuyos fieles poseían redes sociales y poder.

Esas mismas redes e influencia casi atmosférica son, con toda seguridad, las que de manera soterrada y tácita hicieron que, hasta ahora, los medios trataran el asunto casi aguantado la respiración, con el cuidado y el escrúpulo de quien camina pisando huevos.

Salvo –claro está– CIPER que lo ha investigado con rigor y con talento narrativo, hasta el extremo que un puñado de sacerdotes que se habían dejado engatusar por el padre Karadima hicieron saber, mediante una carta, que conferían verosimilitud a las acusaciones que se habían formulado y en las que CIPER indagaba.

El lado oscuro de nuestra modernidad económica (los guetos de la pobreza, las condiciones de trabajo de un retail) y los aspectos sombríos de la democracia (los conflictos de interés de los hombres del Presidente, los raros negocios de un ex ministro de Defensa, el pasado inconfesable de un dirigente gremial) son los otros temas de los que se ocupa este volumen. En todos ellos las cosas no son como se ven y la contradicción queda a la vista: el residuo de miseria del crecimiento, los intereses privados de quienes deben perseguir el bien común, la insensibilidad frente a sus hijos de quien se juega el pellejo por los trabajadores. Así, los pliegues y recovecos de la realidad, allí donde reverbera la condición humana, quedan, gracias al trabajo periodístico que en él se recoge, a la vista.

Todos los trabajos han sido publicados por CIPER, el Centro de Investigación e Información Periodística que creó, y que dirige, o que más que dirigir inspira, Mónica González. En ese centro –lo más parecido a un sueño para quien desea buscar la verdad hasta donde se lo permita su talento– se cultiva el periodismo de investigación como en ninguna otra parte de Chile.

Y al exhibir las virtudes que puede alcanzar cuando se lo ejercita sin ambages de ninguna índole –calidad narrativa, escrutinio del poder, brillo estilístico, novedad– se ponen también de manifiesto, por contraste, las limitaciones que en esta materia poseen la mayor parte de los medios en Chile. Quizá el aporte de CIPER sea entonces doble: junto con poner a disposición de los lectores una indagación aguda, independiente y bien escrita, muestra a otros medios el estándar que se puede alcanzar cuando el periodismo no se ejerce con el ánimo de cultivar amigos y evitarse molestias.

Según dice una buena parte de la filosofía, la realidad gusta del disfraz y siempre se esmera en travestirse, en vivir oculta tras el biombo de las apariencias. Lo que salta a la vista o se oye o se muestra –desde la sonrisa y las buenas intenciones que declara la autoridad hasta los modales de un dictador– aparece entonces como algo que cubre, o encubre, lo que es digno de ser sabido. La realidad casi nunca es lo que dice ser: ella se esmera en que no se la vea. Por eso, si hubiera que escribir una filosofía del periodismo de investigación, una teoría conceptual de esta forma de periodismo que ejercitan con brillo Mónica González y los periodistas de CIPER, toda ella podría resumirse en una frase harto más sencilla que cualquier tratado de metafísica, pero que dice lo mismo que alguna vez enseñaron Hegel o Platón: las apariencias engañan.

Carlos Peña

Los secretos financieros y sexuales detrás del poder de karadima

Por

Mónica González, Juan Andrés Guzmán y Gustavo Villarrubia

CIPER, 13 de Agosto de 2010

* Con la colaboración de la estudiante en práctica Lissette Fossa.

Presentación

Que al caso Karadima le iban a tratar de echar tierra. Eso es lo que se decía en los pasillos cuando ya se vislumbraba que la investigación del fiscal Xavier Armendáriz pasaría a manos de la justicia antigua. Que al menos una parte de la verdad emergiera de ese opaco laberinto era tan incierto como esperar los resultados privados de una investigación eclesiástica. Así, a pesar de las denuncias que hicieron los acusadores y testigos en el programa Informe Especial y a pesar de lo que la prensa había tratado de reportear en esos días, existía la posibilidad de que el juicio a este influyente sacerdote –del cual se decía que había acosado y abusado de su posición para forzar a varios jóvenes a someterse a sus deseos sexuales– se convirtiera en una acusación etérea, llena de dudas, de sospechas no confirmadas.

Si cometió delito o no, lo verá la justicia, y son y serán sus eventuales víctimas las más interesadas en que esto se resuelva.

Pero, ¿qué pasa con la comunidad? ¿Con aquellos feligreses que iban a misa los domingos y encontraban que sus prédicas eran "choras"? ¿Con los que domingo a domingo dieron plata en la misa, o colaboraron de otras formas con donaciones a la Parroquia El Bosque? ¿Y con el resto de los chilenos, los que no somos católicos ni estamos involucrados con esa comunidad, pero que sí quedamos confundidos ante las acusaciones, los desmentidos y la información segregada que se estaba publicando? ¿A quién creerle?

Pues bien: se podía evitar que le echaran tierra el asunto. Se podía investigar, invertir tiempo, recursos y neuronas en reportear y dar a conocer los datos duros, los que no son susceptibles de tener más de una versión, los que aportan información concreta e indesmentible para poder entender mejor lo que hay detrás del caso. Y CIPER tomó la decisión de hacerlo.

Al menos tres periodistas se dedicaron cien por ciento a la investigación. Una que dio a conocer el aspecto que faltaba de esta historia, la del poder que tenía el sacerdote Fernando Karadima en su comunidad, avalada ya no solo por las versiones de testigos, sino por cifras, fotos y certificados de bienes raíces.

Nadie pudo desmentir ni poner en duda la información que CIPER publicó en su sitio web el 13 de agosto de 2010. Y cinco días después, los diez sacerdotes que tomaron la decisión de distanciarse de la Unión Sacerdotal del Sagrado Corazón de Jesús, eligieron precisamente a CIPER para dar a conocer su decisión.

De eso se trata el periodismo de investigación, ese que busca todas las aristas, que da a conocer lo que algunos por interés propio quieren mantener oculto, que requiere paciencia, valentía y profesionalismo. Una vez más en este caso CIPER hizo un trabajo contundente con efectos inmediatos.

Después de esta investigación, los chilenos supimos más de un caso del que, por muchos años, algunos quisieron que nadie supiera nada.

Carola Fuentes

Periodista CNN Chile

Mi nombre es Fernando Batlle Lathrop, soy abogado, tengo 33 años y fui abusado sexualmente y torturado sicológicamente durante toda mi preadolescencia (hasta los 19 años aproximadamente) por el sacerdote actualmente en ejercicio Fernando Karadima Fariña.

Con esta lapidaria y sucinta declaración entregada al fiscal Xavier Armendáriz el 21 de abril de 2010, comienza la primera acusación judicial en contra de uno de los sacerdotes más poderosos de Chile: uno que formó a unos 50 religiosos, entre ellos cinco obispos, y que durante 50 años ejerció primero como vicario y luego como párroco de la iglesia El Bosque, guiando espiritualmente a dos generaciones de las familias más adineradas de Chile.

Para la justicia civil, la acusación presentada este año era nueva. No así para la Iglesia Católica, donde se conocieron los primeros testimonios hace ya más de una década. Y fue una mujer la que en el año 2004 provocó la apertura de la primera investigación eclesiástica de los abusos sexuales cometidos por el sacerdote. El proceso se desarrolló en el más completo sigilo. Y no obstante los impactantes testimonios recogidos en el transcurso de los años, la investigación no logró traspasar su etapa inicial.

Ese ostracismo de la Iglesia ha hecho recordar la actitud que tuvo la jerarquía y la élite católica respecto de las acusaciones de abuso sexual que se conocieron en 1997 en contra del sacerdote fundador de Los Legionarios de Cristo, Marcial Maciel, y que culminaron en 2010 con un mea culpa público. Hasta antes de eso, las víctimas fueron castigadas con un rechazo total de sus dichos y múltiples acusaciones sobre su vida íntima para desacreditarlos.

Con los relatos de las víctimas de los abusos de Karadima pasaba algo similar. Pero a mediados de 2009, cuando Karadima aún era el dueño y señor de la comunidad de El Bosque –aunque había dejado su cargo como párroco en 2006–, ocurrió un episodio en el Arzobispado que lo hizo mover piezas: las acusaciones en su contra comenzaron a ser conocidas por el canciller del Arzobispado, el presbítero Hans Kast Rist. Miembro de la cúpula de la Iglesia chilena, Kast conocía a Karadima de cerca y se había distanciado de él en 2005. Por lo mismo, Karadima comprendió que ahí podía estar el germen de una real amenaza a su poder. Así, el 22 de agosto de 2009, dieciséis días después de haber cumplido 79 años, Fernando Karadima Fariña llegó hasta el nuevo condominio Parque Las Lilas, ubicado en Eleodoro Yánez N° 2831 (esquina El Bosque).

Lo acompañaban cinco sacerdotes y un laico, su círculo más íntimo: Juan Esteban Morales Mena y Diego Ossa Errázuriz, párroco y vicario de la iglesia de El Bosque respectivamente; Andrés Arteaga Manieu, obispo auxiliar de Santiago, además de José Tomás Salinas Errázuriz y Antonio Fuenzalida Besa. Los tres últimos constituyen la directiva de la Unión Sacerdotal del Sagrado Corazón de Jesús, organización clerical de enorme importancia en la historia de Karadima.

El grupo también lo integraba Francisco Costabal González, ingeniero y presidente de la Acción Católica, movimiento de laicos de la parroquia El Bosque y quien vive en la misma iglesia.

Una vez que la comitiva ingresó a la flamante torre de 16 pisos, Karadima pidió ver los planos y visitó el departamento piloto. Para las distintas personas que presenciaron el recorrido que hizo el sacerdote y sus acompañantes –cuyos testimonios recogió CIPER– no había duda de que uno de ellos detentaba la autoridad. Sólo Karadima formulaba las preguntas y hacía comentarios sobre la calidad del departamento que buscaban. Sólo él decidía. Los demás asentían.

No fue la única incursión inmobiliaria de Karadima y su círculo en esos días. Entre agosto y septiembre de 2009, el sacerdote visitó varios edificios recién construidos en ese sector residencial de Providencia. CIPER pudo identificar una decena de departamentos que el sacerdote recorrió, fijándose en cada detalle y en la calidad de sus terminaciones. Y siempre acompañado de la misma comitiva.

Al menos en dos lugares visitados por el grupo, Karadima anunció que volvería y se despidió con estas palabras:

–Les pido reserva. Hay gente malpensada que puede malinterpretar el que un sacerdote compre una propiedad al contado.

Exactamente al contado fueron comprados los dos departamentos que Karadima eligió en el condominio Las Lilas (Eleodoro Yáñez 2831) cuatro días después de su primera visita: ambos con el número 801, pero uno en la torre A y el otro en la torre B. Por cada uno se pagó 7.491 UF, unos 159 millones de pesos (UF de $21.230), precio que incluía la compra de cuatro estacionamientos y dos bodegas.

Los dos inmuebles –de 156 metros cuadrados cada uno– tenían una peculiaridad: desde el ventanal principal se domina en toda su extensión la parroquia El Bosque y sus construcciones aledañas. Además, se puede observar la plaza Loreto Cousiño, bautizada así en homenaje a la antigua propietaria de toda esa zona que en los años 40 dio los dineros para levantar el templo desde donde los acusadores dicen que Karadima construyó un mundo en el que impuso, hasta agosto de 2010, su voluntad.

Los departamentos, sin embargo, no quedaron a nombre de Karadima. Se inscribieron como patrimonio de la Unión Sacerdotal del Sagrado Corazón de Jesús. Y quien firmó la compra fue Andrés Arteaga Manieu, quien además de obispo auxiliar de Santiago, es director y cabeza de esa organización desde hace más de 20 años.

El impulso inmobiliario de los sacerdotes no terminó ahí. En septiembre de 2009, el grupo encabezado por Karadima realizó una nueva inversión: compraron otros dos departamentos en la torre A del mismo condominio (el 701 y el 1201, más cuatro estacionamientos y dos bodegas). Lo cancelaron con un vale vista por 15.158 UF, unos 320 millones de pesos. Otra vez las propiedades no quedaron a nombre de quien las eligió. Esta vez fueron inscritas a nombre del sacerdote Antonio Fuenzalida Besa, quien además de ser párroco de la iglesia San Vicente de Paul (Paradero 14 de Vicuña Mackenna), es consejero y pieza clave de la estructura financiera de la Unión Sacerdotal y también del círculo más estrecho de confianza de Karadima.

Así las cosas, en el segundo semestre del año pasado el ex párroco Karadima supervisó la compra de al menos cuatro propiedades por cerca de 600 millones de pesos. Todas fueron canceladas al contado. Y, tal vez, lo más curioso, es que todas fueron compradas a nombre de otros.

El sacerdote que pedía sigilo a los vendedores, parecía haber actuado simplemente como un asesor inmobiliario. ¿Es eso cierto?

Testigos de las compras que quedaron a nombre de Fuenzalida dan datos que pueden aclarar el punto. Aseguran que en la visita que hizo Karadima a los departamentos, el sacerdote Fuenzalida –quien pagó y firmó las escrituras– ni siquiera estaba presente. Cuentan que este llegó otro día acompañado de Morales, Ossa y Costabal; y cuando Fuenzalida pidió las llaves de los cinco departamentos visitados por la comitiva, Costabal intervino y dijo que Karadima ya había elegido el 701 y el 1201. Entonces, Fuenzalida tomó esas llaves, subió a verlos y días después concretó la adquisición.

Más allá de elegirlos, ¿qué control tiene Karadima sobre el uso de esos departamentos? Lo cierto es que en el N° 701 –comprado por Fuenzalida– vive hoy Sergio Karadima Fariña, hermano del sacerdote. Una situación similar ocurre con un departamento adquirido a nombre de la Unión Sacerdotal en la torre B del mismo conjunto (N° 801). Allí vive María Eugenia Karadima Fariña, hermana del sacerdote.

La investigación hecha por CIPER permitió entender que el sacerdote que se dice discípulo del Padre Hurtado y que salpicaba sus prédicas con anécdotas vividas con el Santo, ha tenido el control de un cuantioso patrimonio inmobiliario cuyo origen el Arzobispado de Santiago, del cual depende la parroquia El Bosque, no tiene claro.

Las compras inmobiliarias descritas permiten identificar dos tipos de propiedades bajo el control de Karadima.

Un grupo corresponde a las directamente ligadas a la Unión Sacerdotal, de la cual Karadima ha sido por décadas su indiscutido líder. Esta Unión, que obtuvo su personalidad jurídica el 13 de agosto de 1948, tiene como misión fomentar la misericordia y la adoración de Jesús entre los sacerdotes diocesanos que se suman a ella. Pero los hechos indican que uno de sus objetivos ha sido también la acumulación de bienes inmuebles. Solo en los alrededores de la parroquia El Bosque, CIPER logró ubicar otras cuatro propiedades a su nombre.

Dos de esos departamentos están en la comunidad Los Apóstoles, edificada frente a la parroquia El Bosque (el N° 602 de El Bosque 915 y el N° 702 de El Bosque 957, más cuatro estacionamientos y dos bodegas). Por cada uno se pagó en 1994 más de 66 millones de pesos. A esto se suma una casa en Carlos Antúnez donada a la Unión Sacerdotal por Nicolás Arzía Goles, en 1984.

El cuarto inmueble está ubicado dentro de las instalaciones de la parroquia pero separado y con una puerta de entrada por calle Eleodoro Yáñez N° 2820. Allí funciona el Centro Médico El Bosque. Su avalúo fiscal es de 156 millones de pesos y el pago de sus contribuciones alcanza a 469 mil pesos, suma que cancela la Unión Sacerdotal. Lo arrienda un grupo de médicos que deposita el pago mensual en una cuenta a nombre de la parroquia El Bosque.

Pero hay otro bien raíz, el más valioso, que encierra los mayores misterios. Es la manzana donde se ubican todas las instalaciones de la iglesia del Sagrado Corazón (El Bosque), un conjunto que incluye la imponente torre y una casa sacerdotal, obra del arquitecto Carlos Bresciani, además de otras dependencias. Su avalúo fiscal es de 5 mil 164 millones de pesos (unos 10 millones de dólares). Por ser un lugar destinado al culto, no paga contribuciones. Y como propietario figura la Parroquia de El Bosque, una entidad sin RUT.

¿A quién o a quiénes representa esa entidad? La exhaustiva búsqueda que hizo CIPER en el Conservador de Bienes Raíces, la Municipalidad de Providencia, Impuestos Internos y otros registros oficiales, muestra que esta enorme propiedad está bajo la tuición de la Unión Sacerdotal, es decir, bajo el control de Fernando Karadima. Uno de los documentos que lo prueban fue presentado ante la municipalidad de Providencia. Está fechado el 24 de mayo de 1988 y lo firma el sacerdote Andrés Arteaga, obispo auxiliar de Santiago y director de la Unión hasta hoy. Allí se consigna que Arteaga actúa como representante del propietario del terreno que tiene además acceso por calle El Bosque N° 822 y Juan de Dios Vial N° 1225.

La puerta que se abre discretamente a la calle Juan de Dios Vial tiene el sello profundo de Karadima. A un costado se levanta la casa que junto a su familia habita, Patricia Karadima Fariña, hermana del ex párroco. Patricia no paga arriendo. Y tampoco lo pagaba la madre de Karadima, la que vivió hasta su muerte en la casa edificada al interior de la iglesia de

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