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La Argentina como problema: Temas, visiones y pasiones del siglo XX

La Argentina como problema: Temas, visiones y pasiones del siglo XX

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La Argentina como problema: Temas, visiones y pasiones del siglo XX

valoraciones:
5/5 (1 clasificación)
Longitud:
560 página
18 horas
Publicado:
Nov 20, 2019
ISBN:
9789876298612
Formato:
Libro

Descripción

A lo largo del siglo XX, intelectuales y escritores muy diversos han intentado dar con las claves de la cultura argentina, esos nudos problemáticos que permitirían explicar nuestros logros y nuestros fracasos sociales y políticos. ¿Era la concentración de la tierra en pocas manos el principal obstáculo para el desarrollo? ¿Era la asimetría entre Buenos Aires y el interior? ¿La resistencia de las élites ante el desorden de una inmigración caudalosa que reclamaba ciudadanía plena? ¿Una tendencia a conceder poder a caudillos personalistas? ¿O las pretensiones del "medio pelo argentino" y sus prejuicios respecto de los sectores populares?

Este libro propone un recorrido por los temas que se sintieron y se pensaron como verdaderos dilemas, y que generaron disputas simbólicas y conflictos interpretativos capaces de atravesar la cultura argentina hasta hoy. Suerte de compendio o de biblioteca condensada de historia intelectual, este libro nos permite asomarnos al pensamiento social de todo un siglo. Los autores analizan el papel de la cultura y las élites en la construcción de la identidad, el lugar del liberalismo en el ideario fundacional del Estado, la democratización de la mano del yrigoyenismo, los cambios económicos, sociales y demográficos que dieron nacimiento a lo que José Luis Romero llamó la "Argentina aluvial", los personajes –desde el gaucho Martín Fierro hasta Evita montonera– que se han convertido en mitos y referencias ideológicas perdurables, los debates en torno al peronismo y la democracia.

Obra de referencia y mapa de tradiciones intelectuales, de linajes y familias de pensamiento, este libro constituye una contribución enorme a la historia de las ideas, y en especial al desafío de inspirarse en ella para abrir preguntas: ¿cuáles son los "males" que marcan nuestra historia cultural y política? ¿Qué diagnósticos y qué remedios pueden pensarse? ¿Desde dónde afrontar la incertidumbre del futuro?
Publicado:
Nov 20, 2019
ISBN:
9789876298612
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Libro

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La Argentina como problema - Carlos Altamirano

Índice

Cubierta

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Portada

Copyright

Prólogo (Carlos Altamirano)

Parte I. Visiones liberales

Tradición, historia y republicanismo: el proyecto cultural de Joaquín V. González (Horacio Crespo)

Ideas y posiciones de un liberal: Federico Pinedo (Silvia Sigal)

Parte II. Comunidad imaginada

El país de Ricardo Rojas: cosmopolitismo y nación en la Historia de la literatura argentina (Martín Prieto)

Un breviario de moral cívica: José Ingenieros y La evolución de las ideas argentinas (Fernando Degiovanni)

Parte III. La nación asimétrica: Buenos Aires y el interior

Manuel Gálvez y Juan Álvarez: reformulaciones centenarias de un mal capital (Adrián Gorelik)

Bernardo Canal Feijóo: del problema del interior al interior como problema (Ana Teresa Martinez)

Saúl Taborda y el comunalismo: una fórmula histórico-política para un país confederal (Ana Clarisa Agüero, Diego García)

Parte IV. Democracia, caudillismo y masas en el país aluvial

Alberto Gerchunoff y los dilemas del liberalismo ante la política de masas (María Inés Tato)

De la pampa al suburbio. La indagación sobre las raíces del caudillismo en los años yrigoyenistas (Ricardo Martínez Mazzola)

Entre el momento aluvial y la revolución posible: José Luis Romero y Las ideas políticas en Argentina (Jorge Myers)

Parte V. Los obstáculos del progreso

El problema del latifundio (Roy Hora)

Prebisch como prisma: el desarrollo económico como problema (Jimena Caravaca)

Parte VI. La cuestión de la clase dirigente

Acerca de la clase dirigente como problema en el pensamiento de la derecha nacionalista (Fernando J. Devoto)

Julio Irazusta y la condición antinacional de la oligarquía (Andrés Kozel)

Parte VII. Nación y nacionalismo

FORJA: un pensamiento de la desconexión (Martín Bergel)

La nación inconclusa: Héctor P. Agosti y los dramas del destiempo (Adriana Petra)

Parte VIII. Mitos y pasiones

Otra vuelta de Martín Fierro en los años cuarenta (María Teresa Gramuglio)

Ser o parecer: Arturo Jauretche y el medio pelo de la sociedad argentina (Sebastián Carassai)

Julio Mafud: itinerario de un desarraigo (Alejandro Blanco)

El mito revolucionario de Eva Perón en los años sesenta: política, cultura y mercado editorial (Laura Ehrlich)

Parte IX. Un país en su callejón

El peronismo y la crisis argentina en Tulio Halperin Donghi (Carlos Altamirano)

Los problemas de la democracia: Guillermo O’Donnell y Juan Carlos Portantiero (Hugo Vezzetti)

Los autores

Carlos Altamirano

Adrián Gorelik

editores

LA ARGENTINA COMO PROBLEMA

Temas, visiones y pasiones del siglo XX

Gorelik, Adrián

La Argentina como problema: Temas, visiones y pasiones del siglo XX / compilado por Adrián Gorelik y Carlos Altamirano.- 1ª ed.- Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Siglo XXI Editores Argentina, 2018.

Libro digital, EPUB.- (Hacer historia)

Archivo Digital: descarga

ISBN 978-987-629-861-2

1. Historia Argentina. 2. Historia de la Literatura Argentina. 3. Construcción de la Nación. I. Altamirano, Carlos II. Gorelik, Adrián, comp. III. Altamirano, Carlos, comp. IV. Título.

CDD 982

© 2018, Siglo Veintiuno Editores Argentina S.A.

Diseño de portada: Pablo Font

Digitalización: Departamento de Producción Editorial de Siglo XXI Editores Argentina

Primera edición en formato digital: agosto de 2018

Hecho el depósito que marca la ley 11.723

ISBN edición digital (ePub): 978-987-629-861-2

Prólogo

Carlos Altamirano

I

El proyecto que está en la base de este libro tiene una brevísima prehistoria. A mediados del año 2007 me reuní con Oscar Terán y Adrián Gorelik en un bar de la calle Corrientes, con la finalidad de conversar sobre la idea de una colección que recogiera el pensamiento argentino en el siglo XX –qué libros y autores deberían formar parte de ella, cuáles podrían figurar y cuáles no habría que olvidar: debía estar José Ingenieros, nos dijimos, pero también Arturo Jauretche–. Cada uno de los volúmenes iría encabezado por una introducción o estudio preliminar que le proporcionaría al lector las referencias y coordenadas esenciales para la comprensión de la obra. Teníamos en la mira presentar la colección proyectada a una editorial, creídos de que se trataba de una iniciativa atractiva, incluso comercialmente, dada la proximidad del segundo centenario de la Revolución de Mayo. Para 2010, nos imaginábamos, podrían comenzar a publicarse los primeros libros de la colección. Después de un rato en que nos entregamos a la tarea de sugerir e intercambiar nombres y títulos –ejercicio que fue, como suele ser, también divertido–, de aquella reunión cada uno salió con el deber para la casa y confeccionó su canon. Tuve a mi cargo la tarea de compatibilizar las listas y reducir el número de candidatos para volver más realista el proyecto.

Pero la editorial a la que hicimos llegar nuestra propuesta tenía criterios aún más realistas que los míos: la idea de la colección era interesante, dijeron, pero exigía gran inversión y no estaban seguros de que hubiera mercado suficiente para esos libros. En resumen, no la consideraban viable. Archivamos el proyecto y cada uno siguió con sus cosas. No mucho más tarde, en marzo de 2008, víctima de una dura enfermedad, inesperada y vertiginosa, murió Oscar. Con él desapareció una cabeza lúcida, un historiador intelectual de primer orden y un carismático profesor. Al evocar rápidamente el frustrado proyecto de colección, no podía dejar de hacer mención especial a quien fue no sólo un compañero de aquel plan que no salió, sino también el inspirador de lo que hoy es el Centro de Historia Intelectual de la Universidad Nacional de Quilmes. A esa unidad de investigación, más chica e informal al principio, pertenecemos desde sus comienzos los editores de esta obra colectiva.

II

Después de varios años, con Adrián Gorelik volvimos sobre lo que habíamos archivado para ver si había algo allí, en ese proyecto de una biblioteca argentina del siglo XX, que pudiera sustentar o ayudar a sustentar una nueva iniciativa, esta vez de estudios e investigaciones. Sabíamos que sin la publicación de los libros la idea de la biblioteca se desvanecía, pero no queríamos que se desvaneciera del todo. La decisión fue elegir otros puntos de partida y ver qué preguntas podían plantearse si se quería realizar una contribución a la historia del pensamiento argentino en el siglo pasado. Los textos de la biblioteca imaginaria no proporcionarían el eje del nuevo proyecto; sólo centrarían la atención en los casos en que, a nuestro entender, pusieran en forma y confirieran visibilidad a algunas de las preocupaciones del pensamiento argentino. Como en el resto de América Latina, ese pensamiento se desarrolló bajo la acción conjugada de dos procesos. Por un lado, el del ingreso y la adopción (también, muy frecuentemente, la mezcla y la hibridación) de doctrinas y métodos elaborados en otros centros culturales, principalmente europeos, se tratara de algunos de los ismos del pensamiento francés o de la metafísica alemana, del psicoanálisis o del marxismo. Por otro lado, el de las incitaciones y los desafíos que surgían de la marcha de la vida nacional y sus percances. Fue así tanto para quienes pensaban que el país era, o debía ser, una prolongación de Europa, como para quienes sostenían que la Argentina era y no podía sino ser América (hispana o latina) o alguna versión singular, a veces refulgente, a veces penosa, del destino sudamericano.

Este no era un tema, sino un supuesto de lo que nos proponíamos abordar, una especie de fondo sobre el que se recortaría el proyecto de historiar la reflexión nacional en el siglo XX. Ciertamente, esa historia podía y puede concebirse y hacerse de diferentes maneras. A nosotros nos interesaba sacar a luz nudos de una reflexión –la reflexión de la Argentina sobre sí misma a través de representantes de su clase cultural– y queríamos que, al historiar ese trabajo de reflexión, la dinámica de las ideas se enlazara con la dinámica de otros hechos, entre ellos, la posición y el trayecto de los hombres de ideas.

Para dar concreción a la intención que acabo de esbozar, trazamos dos líneas de exploración de ese conjunto discursivo que recortábamos como pensamiento argentino. Una fue la de las problematizaciones, preguntándonos qué hechos –fueran de índole cultural o económica, política o institucional, provinieran del pasado, de la configuración del país o de poderes externos– habían sido percibidos, en determinados momentos del siglo y por algunos grupos o individuos, como problemas, obstáculos o adversidades que obstruían el cumplimiento del destino nacional. ¿Qué diagnósticos y qué remedios idearon para esos males? Nuestro supuesto, en conformidad con lo que enseña la sociología del conocimiento, era que la emergencia de un problema social es siempre el resultado de una selección llevada adelante por individuos o por grupos en virtud de intereses particulares de tipo cognitivo, económico, étnico, político o a exigencias de reivindicación de la propia identidad, y así sucesivamente.[1] De manera que hacer la historia de los modos en que, en una época, un individuo o un grupo de individuos buscaron dar respuesta a lo que percibían como un problema –la gran propiedad, la hegemonía de Buenos Aires o la ausencia de una clase dirigente, por ejemplo– obligaba a ir más allá de lo que sería una historia puramente intrínseca de las ideas o las doctrinas.

La otra línea de búsqueda e interrogación fue la de las visiones que se habían proyectado de la Argentina. ¿Cómo habían pensado su país los argentinos a lo largo del siglo XX? Dicho con más propiedad, ¿cómo lo han interpretado individuos representativos de su inteligencia en diferentes momentos de esa centuria? ¿Cómo concibieron la comunidad imaginada, para emplear la acertada noción que ideó Benedict Anderson? ¿Qué memoria nacional consideraron necesario construir y cuáles fueron las promesas o las incertidumbres que a sus ojos encerraba el futuro? Las dos líneas, como puede advertirse fácilmente, no sólo se cruzan sino que a veces se topan con los mismos nudos y los mismos escritos. Al elaborar el temario y tras consultar la opinión de quienes invitamos a colaborar en la obra, privilegiamos una u otra de las dos líneas.

Concebir una historia que aun sin proponerse como exhaustiva busque, sin embargo, hacer justicia al hecho de que, en la centuria pasada, el pensamiento argentino se conjugó en plural y tuvo múltiples focos de articulación, requiere que se preste atención a la heterogeneidad de los modos de idear, al clivaje de las tradiciones intelectuales, a las continuidades tanto como a los cambios. Más aún: si no se quería que la expresión pensamiento argentino fuera tan sólo un modo de nombrar el proceso ideológico localizado en la ciudad de Buenos Aires, había que poner la lente también en el discurso de las élites culturales de las provincias.

A partir de estas consideraciones preliminares confeccionamos un temario con el propósito de echar a andar una iniciativa: concertar un esfuerzo colectivo en torno al proyecto de una historia intelectual en los términos que acabo de exponer sinópticamente. Invitamos a colegas de varias disciplinas –historia social y política, sociología, estudios literarios– para conversar sobre la idea general del proyecto y proponerles colaborar en él escribiendo sobre algunos de los temas planeados. Afortunadamente hallamos buena acogida, y en varios casos, como fruto de las conversaciones, la versión original de los temas propuestos a los colaboradores fue reformulada. Después nos reunimos en dos seminarios generales para exponer nuestras hipótesis de trabajo y escuchar las de los otros y también opinar sobre ellas.[2] El resultado es este libro.

III

Visiones liberales. El liberalismo fue el credo dominante de la formación de la Argentina moderna. Es decir, el lenguaje ideológico común de la clase dirigente de la modernización, de la que tuvo la primacía social y política en el país en las décadas finales del siglo XIX y las primeras del XX. Aunque, por cierto, no todos los miembros de esa minoría declinaban el idioma liberal del mismo modo, con los mismos acentos. No fue esa, por otro lado, la única experiencia de élites liberales en el poder que conocería el siglo XX. Los artículos que forman esta sección enfocan dos capítulos del credo liberal a través del trayecto y las posiciones de dos figuras eminentes de esa cultura intelectual: Joaquín V. González y Federico Pinedo.

¿Tuvo un proyecto cultural la élite del Ochenta, la que dirigió la gran modernización que conocería la Argentina a partir de las últimas décadas del siglo XIX? En Tradición, historia y republicanismo: el proyecto cultural de Joaquín V. González, Horacio Crespo cuestiona la opinión repetida de que ese fue un déficit de aquella generación. ¿Cómo sostener esa opinión frente a la obra de un grupo que tiene en su acervo el establecimiento de leyes de gran relevancia cultural, como la Ley 1420, que moldeó el sistema educativo nacional con la obligatoriedad de la enseñanza primaria, su carácter público, gratuito, laico y federal? Ahora, si se quiere hallar la formulación amplia de un proyecto cultural nacional, afirma Crespo, hay que buscarla en textos capitales de quien fue un miembro conspicuo de la coalición roquista, Joaquín V. González. El autor apoya sus argumentos en el análisis de La tradición nacional (1880) y El juicio del siglo (1910), fundamentalmente.

Federico Pinedo fue socialista cuando joven y conservador después de los cuarenta años. Un hilo, el del liberalismo, conectó esas dos etapas, como puede verse en el ensayo que Silvia Sigal dedica a la trayectoria de quien se alejó del Partido Socialista para crear el Partido Socialista Independiente y sería pocos años después ministro de Hacienda de dos administraciones conservadoras. A través del itinerario de Pinedo, de sus posiciones y de sus reflexiones, la autora muestra las transacciones y los arreglos de compromiso entre doctrina y praxis liberal en la actuación pública de quien no creía renunciar a sus principios cuando cedía ante lo que juzgaba principios de realidad.

Comunidad imaginada. Los ensayos que aparecen en esta sección de la obra tienen en común la cuestión de la nacionalidad, no como un dato, sino como un programa provisto de fundamentos en el pasado (la nación imaginada tiene raíces) y el papel de la cultura y de las élites culturales en esa tarea constructiva, tal como se esbozan en Ricardo Rojas y en José Ingenieros. Los dos asumen como punto de partida el legado de la generación de 1837 y la labor historiográfica de Bartolomé Mitre y Vicente F. López.

Observa Martín Prieto que, desde Paul Groussac y, en su estela, Jorge Luis Borges, no dejaron de emitirse juicios irónicos sobre la Historia de la literatura argentina de Ricardo Rojas a propósito de lo desproporcionado de su extensión respecto de lo breve de su materia. No obstante, señala, la copiosa Historia sigue ahí, aunque sea como asunto de especialistas, y toda vez que se planea una historia de la literatura argentina se ajustan cuentas con ella. En "El país de Ricardo Rojas: cosmopolitismo y nación en la Historia de la literatura argentina", Prieto no va directamente a la historia escrita por Rojas. La alcanza tras un original recorrido que comienza en Francia, donde el escritor santiagueño se halla en misión oficial y va al encuentro con Rubén Darío, quien lo ha invitado a que visiten juntos un pueblo bretón. La experiencia de ese pueblo marítimo rudo, entre católico y pagano, sacude a Rojas, en quien desencadena, además de interés, asociaciones, analogías y disimilitudes respecto de lo que ocurre en su país. La relación de Rojas/Darío está en el centro del ensayo de Prieto, cuya hipótesis es que Rojas fue el primero en detectar la relevancia del gran poeta del modernismo para la literatura argentina y para pensar esta literatura. Allí se encontraría la clave de las transgresiones que contiene la Historia de la literatura argentina de Rojas, tanto en lo que concierne a lo que incluye y a lo que excluye, como en cuanto al ordenamiento cronológico de la obra.

La argentinidad (y la formación de la raza argentina) fueron también un tema y una preocupación en José Ingenieros. Pero su visión de lo que eso signifique y, sobre todo, de los pilares en que debía apoyarse, no puede estar más lejos de la de Rojas. Fernando Degiovanni examina la cuestión en "Un breviario de moral cívica: José Ingenieros y La evolución de las ideas argentinas". Esta fue la obra más ambiciosa de Ingenieros, advierte Degiovanni, y en ella propuso fundar un relato progresista y democrático de la tradición intelectual argentina. El autor de Las fuerzas morales pensó su historia como heredera de la obra de Bartolomé Mitre y Vicente F. López y la concibió como una obra de educación cívica –un catecismo laico destinado a la juventud–. La argentinidad, señala Degiovanni, es para Ingenieros una tarea que ejecutarán los jóvenes. O sea, se trataba de una entidad moral que aún estaba haciéndose, que pertenecía al futuro.

La nación asimétrica: Buenos Aires y el interior. La idea de que la Argentina está constituida por dos partes discordantes, cuando no antagónicas, Buenos Aires y el interior, y de que cada una de ellas es un problema para la otra viene del siglo XIX y acompaña la historia independiente del país. Como señala Adrián Gorelik, precede a la capitalización de la ciudad de Buenos Aires y su conversión en sede del gobierno nacional. Aunque solicitadas por las provincias, la Ley de Federalización de Buenos Aires en 1880 y la nacionalización de las rentas de su puerto no pondrían fin a la querella y a las críticas del interior contra el poder de la absorbente metrópoli. ¿Cómo fue pensada la relación entre esos dos segmentos desiguales, cuáles los efectos que uno tenía sobre el otro, las causas de la asimetría y los caminos para una superación de la escisión? Los tres artículos de esta sección están dedicados a describir e interpretar problematizaciones diferentes de este desacople, según lo expusieron algunos escritores nacidos en provincias. En su ensayo, Gorelik traza una suerte de contrapunto entre las imágenes que ofrecen del problema dos escritores santafecinos, pero que nacieron en diferentes ciudades de la provincia: Manuel Gálvez en Santa Fe, la capital histórica, y Juan Álvarez en la pujante Rosario, capital de la pampa gringa. No sólo la ciudad natal separaba a los dos hombres de letras, sino también el respectivo linaje familiar, y ambas diferencias no fueron ajenas al modo en que consideraron el rumbo de la modernización del país y a Buenos Aires como un mal de la formación histórica argentina.

El objeto del artículo de Ana Teresa Martinez es la larga rumia que consagró a la cuestión del interior y Buenos Aires uno de los intelectuales más sagaces del país en el segundo tercio del siglo XX, el santiagueño Bernardo Canal Feijóo. Principal animador del grupo literario La Brasa, explorador adelantado en el campo de la planificación regional, Canal Feijóo fue también un reconocido estudioso e intérprete de la obra de Juan Bautista Alberdi. El trabajo de Martínez recorta la reflexión de Canal Feijóo entre dos fechas. La primera es 1937, el año en que publica en la revista Sur una crítica a Radiografía de la pampa que se hará célebre; aparecen sus libros Ensayo sobre la expresión popular artística en Santiago y su obra dramática Vida y muerte de Martiniano Leguizamón. 1937 es también el tercer año de una sequía calamitosa en su provincia. La otra fecha es la de 1951, cuando el autor se halla radicado ya en Buenos Aires y publica su Teoría de la ciudad argentina. En ese arco de tiempo, Canal Feijóo cristalizará una original y compleja perspectiva de la constitución argentina –un miraje, según la expresión del escritor santiagueño–, tanto de su constitución jurídico-política trazada por Alberdi, como de su constitución histórico-geográfica o somática.

A la franja de los intelectuales disconformes de los años treinta pertenece el ensayista cordobés Saúl Taborda. No era una doctrina, sino una idea la que compartían los integrantes de esa franja: la de que la crisis constituía el rasgo central del tiempo y la sociedad en que vivían, una crisis que no era exclusivamente nacional sino de civilización, la de la civilización liberal burguesa que había tenido su cuna en Europa. Vivimos bajo el imperio de una ideología que ya ha hecho su ciclo, escribía Taborda en La crisis espiritual y el ideario argentino (1933). De esa ideología procedía el orden institucional que se había establecido en el país y que, a los ojos del pensador cordobés, resultaba ya completamente anacrónico. En "Saúl Taborda y el comunalismo: una fórmula histórico-política para un país confederal, Ana Clarisa Agüero y Diego García estudian las búsquedas y las propuestas de Taborda para constituir según una fórmula argentina la organización nacional. El comunalismo federal", tal era la fórmula ideada por Taborda, se colocaba más allá de la disyuntiva unitarismo/federalismo, una alternativa que juzgaba doctrinaria e intelectualista, ajena a la experiencia del país. En la condena al caudillo por su atraso –decía, pensando en Facundo Quiroga– se condenaba su resistencia a la absorción centralista de Buenos Aires.

Democracia, caudillismo y masas en el país aluvial. No sólo las filas de la élite conservadora se sintieron defraudadas por el resultado de las elecciones nacionales de 1916, en que se puso a prueba la ley de reforma electoral aprobada en 1912, la llamada Ley Sáenz Peña, que llevó al gobierno a la Unión Cívica Radical y a la presidencia a Hipólito Yrigoyen. Fue toda la ciudad liberal y la mayoría de las categorías ilustradas de esa polis, fueran conservadoras o progresistas, se consideraran liberales o socialistas, las que reaccionaron con preocupación ante el advenimiento del nuevo régimen, como lo llamará con ironía el escritor Alberto Gerchunoff. La política neutralista que el gobierno yrigoyenista asumió ante la Gran Guerra (1914-1918) no hará más que acentuar la aversión de esos sectores contra el presidente. ¿Quién era Yrigoyen? ¿Qué era el radicalismo? ¿Cómo explicar el ascenso a la primera magistratura de quien parecía encarnar el retorno del pasado caudillesco? ¿Qué pasaba con el pueblo argentino, el pueblo de una sociedad aluvial? ¿Qué esperar del voto universal y de una democracia que se inauguraban bajo ese signo?

Los tres ensayos que componen esta sección ponen bajo el foco algunas de las respuestas que se dieron a estos interrogantes. En Alberto Gerchunoff y los dilemas del liberalismo ante la política de masas, María Inés Tato se centra en las tomas de posición del autor de Los gauchos judíos, un representante típico del liberalismo progresista argentino en la primera mitad del siglo XX; el artículo de Ricardo Martínez Mazzola, De la pampa al suburbio. La indagación sobre las raíces del caudillismo en los años yrigoyenistas sigue el hilo de los usos y las modulaciones a que dio lugar la analogía Yrigoyen/caudillo. "Entre el momento aluvial y la revolución posible: José Luis Romero y Las ideas políticas en Argentina", de Jorge Myers, toma como objeto la interpretación sociohistórica que elaborara Romero para dilucidar las formas de la vida política argentina que resultaron de la gran mutación económica, social y demográfica que se inició en las últimas décadas del siglo XIX y dio nacimiento a una nueva sociedad, la Argentina aluvial.

Los obstáculos del progreso. La idea de que la Argentina no era lo que podía ser, de que sus realizaciones estaban por debajo, cuando no muy por debajo, de sus posibilidades, la de que ciertos hechos o ciertas circunstancias frustraban el progreso nacional aparece muy tempranamente en el discurso de los argentinos sobre el país. El tópico no hará sino expandirse desde el segundo tercio del siglo XX y, sobre todo, en la segunda mitad de la centuria pasada. No hubo, por cierto, un único dictamen sobre las causas que detenían la marcha y malograban las potencialidades del país. En esta sección sólo se aborda el tratamiento que se dio a dos de esos diagnósticos.

La cuestión de la tierra, más específicamente la concentración del suelo en manos de unos pocos, la gran propiedad, que ha sido señalado persistentemente como la traba por excelencia del progreso argentino, alimentó un largo debate en el espacio político e ideológico nacional. Ese debate y su historia es el tema del ensayo de Roy Hora, El problema del latifundio. El ideal de una campaña de productores propietarios libres no fue patrimonio exclusivo de ningún grupo o sector, pues aparece respaldado por partidos y personalidades tanto de izquierda como de derecha, observa Hora. No sólo Sarmiento y Juan B. Justo la hicieron suya. También Manuel Fresco y Juan Perón, e incluso monseñor Franceschi y Victorio Codovilla aspiraron a ver una pampa poblada por familias de agricultores que labraban su propia tierra. Sin embargo, el mal que acarreaba el latifundio no fue definido a lo largo del tiempo en los mismos términos, y el autor va a recortar tres momentos y tres modos de caracterizar el problema de la tierra.

Después del derrocamiento del peronismo en 1955, entró de lleno en el debate público del país la problemática del desarrollo económico. Aunque el desarrollismo conoció diferentes versiones, todas ellas estaban presididas por la tesis de que el mal que aquejaba a la Argentina, como al resto de América Latina, era el subdesarrollo (o alguna otra noción que indicara la insuficiencia de su desarrollo económico, con todos los efectos sociales y políticos que eso acarreaba). Con ella se incorporó un nuevo vocabulario en el análisis económico y se inició una nueva agenda ideológica y política, una agenda heterodoxa respecto de la ortodoxia que representaba el liberalismo económico. A partir de la gravitación que tuvo el argentino Raúl Prebisch en la gestación del pensamiento desarrollista, en Prebisch como prisma: el desarrollo económico como problema, Jimena Caravaca va a examinar las tesis y los interrogantes que suscita ese pensamiento enfocando algunos escritos del primer secretario general de la CEPAL.

La cuestión de la clase dirigente. Desde los últimos años de la década de 1920, un nuevo y joven elenco de políticos que eran también hombres de pluma (o, más bien, hombres de pluma que se querían también hombres políticos) se incorporó a la vida pública nacional: los nacionalistas. Más visibles en un comienzo por su labor en la agitación antirradical que precedió al derrocamiento de Yrigoyen en 1930, en la década que se iniciaba y en la siguiente esta nueva derecha hace expresa, a través de pequeños partidos y grupos políticos, de periódicos, libros y folletos, su aspiración a ejercer un papel rector en un país al que ven en manos de una minoría sin patriotismo, prisionera del comercialismo, que menoscababa el destino nacional. Aunque, a la postre, los nacionalistas no lograrían convertirse en un actor político relevante en el juego político (las divisiones impidieron incluso que pudieran unirse en una misma fuerza política), introdujeron, sin embargo, un temario que iba a perdurar en la cultura política del país. Los ensayos de esta sección versan sobre dos núcleos del repertorio ideológico nacionalista.

En Acerca de la clase dirigente como problema en el pensamiento de la derecha nacionalista, Fernando Devoto subraya que la consideración negativa de la clase gobernante argentina no fue exclusiva de los nacionalistas, y que juicios severos e impugnaciones al grupo de los que ejercían el poder se pueden encontrar en una literatura muy anterior a los años treinta y en autores de diferentes familias ideológicas. No obstante, como muestra asimismo en su artículo, el dictamen de que el mal que afligía a la Argentina radicaba en la ineptitud de su clase dirigente, un mal que venía del pasado y cuya solución requería de la acción de otra minoría o de un jefe capaces de reinsertar al país en la tradición de la que había nacido y con las cualidades necesarias para guiar a la nación hacia su destino, halló análisis y reflexión más persistentes en las filas del nacionalismo que en cualquier otra constelación ideológica. El eje del artículo de Andrés Kozel, Julio Irazusta y la condición antinacional de la oligarquía, es otra veta de la crítica nacionalista a la república surgida de la Constitución de 1853: la necesidad de reconstruir la visión del pasado nacional (revisarlo), ante la falsificación de que había sido objeto por obra de la historiografía liberal, que se había instituido como historia oficial. La crítica del presente –el gobierno conservador del general Justo, que representaba la vuelta de la oligarquía al poder, y su política favorable al imperialismo inglés– requería de esa operación histórica.

Nación y nacionalismo. El tema de la nación va a aparecer bajo diversas lentes en el pensamiento argentino del siglo XX. En esta sección, Martín Bergel y Adriana Petra examinan la preocupación nacional en el discurso de dos familias ideológicas distantes entre sí, la de los forjistas y la de los comunistas. La labor del grupo de FORJA, nos dice Bergel, fue objeto de balances contrapuestos: la historia-mito que trazaron sus propios miembros y que ha tendido a agigantar la gravitación de su prédica, por un lado, y el juicio de quienes consideraban que el eco de la acción y la propaganda forjista fue una creación posterior de sus fundadores, por el otro. En FORJA: un pensamiento de la desconexión, Bergel escapa a esta disyuntiva y hace una lectura de los filones que se reunieron en el pensamiento forjista, un pensamiento para el cual la nación no era un objeto que se debía problematizar o interrogar, sino el dato a partir del cual se pensaba y la causa que debía estimular toda reflexión y todo análisis que se quisiera argentino y no mero eco de lo concebido en otras partes. En los comunistas, las cosas eran diferentes: la nación no era un dato, sino un problema, una cuestión –la cuestión nacional, en el lenguaje marxista– importante en cierta clase de países, coloniales o, como se caracterizaba a la Argentina, dependientes. Adriana Petra ausculta, en La nación inconclusa: Héctor P. Agosti y los dramas del destiempo, la elaboración del tema de la nación en la Argentina y de las causas de su realización inacabada en la obra de quien fue el intelectual más importante que dio el comunismo argentino.

Mitos y pasiones. El pensamiento de la inteligencia argentina sobre la experiencia nacional no articuló únicamente raciocinios y argumentos. Urdió también ficciones o mitos, sea sobre la causa de los percances del país (la larga conspiración externa contra la Argentina, por ejemplo), sobre la identidad colectiva de la nación o alguna de sus categorías sociales, o sobre sus figuras públicas. Los artículos de esta sección enfocan cuatro de esos núcleos mitopoyéticos. María Teresa Gramuglio aborda uno de ellos, el de Martín Fierro, de José Hernández, el poema que junto con la figura del gaucho ocupan desde la segunda década del siglo XX un lugar central en las discusiones sobre la literatura y la identidad argentinas. En "Otra vuelta de Martín Fierro en los años cuarenta", Gramuglio parte de un dato, el de la aparición casi contemporánea de tres obras sobre el poema de Hernández y su significado: Crítica y pico (1945), del escritor entrerriano Amaro Villanueva; El mito gaucho (1948), del filósofo Carlos Astrada, y Muerte y transfiguración de Martín Fierro (1948), de Ezequiel Martínez Estrada. Explora la visión de cada una de ellas, inscribiéndolas en el contexto del trayecto intelectual de sus autores, para interrogarse finalmente si algo más que la coincidencia cronológica ligaba entre sí a estas obras muy dispares.

El artículo de Sebastián Carassai tiene como objeto uno de los ensayos más célebres de Arturo Jauretche, El medio pelo en la sociedad argentina (Apuntes para una sociología nacional). En ese libro, que apareció en 1966 y que en menos de un año iba a conocer nueve ediciones, Jauretche puso en forma (es decir, en forma jauretcheana) un tópico que, al menos desde el derrocamiento de Perón, formaba parte del discurso público argentino sobre el país: la clase media urbana. Carassai examina no sólo la representación que el conocido ensayista forjó de ese sector en cuya repetida deserción nacional veía una de las causas de la frustración del país, sino también los principios con que Jauretche daba fundamento a su sociología criolla.

Muy pocos años después de que en la Universidad de Buenos Aires se instituyera la enseñanza y la práctica de la sociología como disciplina empírico-analítica, según el modelo que se había vuelto corriente en la mayor parte de las sociedades occidentales, surgió también en Buenos Aires otro discurso de intención sociológica, paralelo al primero, una para-sociología. El primer fruto de esta sociología sin títulos académicos fue El desarraigo argentino, de Julio Mafud, que apareció en 1959. El desarraigo era uno de los tópicos intelectuales al hablar del malestar nacional. En Julio Mafud: itinerario de un desarraigo, Alejandro Blanco estudia, con los medios que ofrecen la sociología del campo cultural y la historia intelectual, las novedades que el best seller de Mafud encerraba, pues si bien su estilo de pensar tenía una larga tradición y él mismo se declaraba discípulo de Ezequiel Martínez Estrada, el éxito de sus libros y sus temas ya no podía interpretarse sin referencia a la sociología oficial, la que se unía al nombre de Gino Germani.

El tema de Laura Ehrlich es Evita o, mejor dicho, la mutación simbólica que ella conoce, de protectora de los humildes de la Argentina justicialista a mito de la izquierda peronista insurgente de los primeros años setenta (Si Evita viviera, sería montonera). Falta ahí un eslabón, observa Ehrlich. Su hipótesis es que ese eslabón no debe buscarse en el archivo del primer peronismo ni tampoco en el del peronismo resistente de los años posteriores al derrocamiento de Perón, sino en otro archivo: el de los escritos de intelectuales de la nueva izquierda que querían ser también parte de una izquierda nacional, como David Viñas y Juan José Sebreli. Pero esa literatura evitista no se circunscribió al ámbito de los textos ensayísticos, sino que se extendió también a textos ficcionales o ambiguamente situados entre la crónica y la ficción, como Esa mujer, de Rodolfo Walsh. Siguiendo esta pista analiza el surgimiento de la imagen de la Evita guerrera que izará como enseña la cultura de Montoneros.

Un país en su callejón. Aunque no era nueva la imagen de la Argentina como país que se repite, que sale de una crisis para recaer en otra, que se debate entre alternativas, pero frustra, cada vez, las que periódicamente emprende, volvió a cobrar fuerza en las quejas y las críticas públicas a medida que se acercaba el fin de siglo. Algo debía de haber, se pensó y se dijo, no sólo en las élites de poder, sino también en la sociedad misma. Un libro de Carlos Nino –Un país al margen de la ley (1992)– puso en circulación una conjetura: la anomia argentina era una clave mayor para entender la marcha de una nación que se subdesarrollaba. El fracaso del gobierno de la Alianza y el gran colapso de los años 2001-2002 dieron nuevo alimento a esa imagen del país siempre igual a sí mismo.

Dentro del marco que ofrece este horizonte de malestar, incertidumbres e interrogantes se insertan los dos artículos de esta sección. En el ensayo El peronismo y la ‘crisis argentina’ en Tulio Halperin Donghi traté de responder a la pregunta de cuál había sido el siglo XX argentino a los ojos del gran historiador. El foco principal de sus investigaciones había sido el siglo XIX y en esa labor produjo textos notables que cimentaron su prestigio dentro y fuera del país. Sin embargo, la experiencia del país en el siglo XX también fue objeto de un continuado esfuerzo de comprensión por parte de Halperin, quien escribió abundantemente sobre la centuria pasada. Creo que, en la narrativa del siglo XX que sus escritos fueron jalonando, resulta posible detectar una dirección general, un sentido: el de la declinación de la Argentina progresista, o sea: la del país que había surgido después de Caseros y, sobre todo, de la gran y acelerada transformación que esta nación sudamericana conoció entre 1880 y las primeras décadas del siglo siguiente.

En 1983, la restauración del Estado de derecho y de las elecciones como método para designar a los gobernantes fue el último capítulo del derrumbe de la dictadura militar implantada siete años antes. La elección de Raúl Alfonsín y los desafíos y sobresaltos que iba a experimentar su gobierno reabrieron, una vez más, la reflexión sobre la suerte de la democracia política en la Argentina. Hugo Vezzetti explora los meandros de esa reflexión en los escritos de dos conocidas figuras de las ciencias sociales en el país: Guillermo O’Donnell y Juan Carlos Portantiero. Miembros de la misma generación intelectual, la que emerge a los debates de la vida pública tras la caída de Perón, el trayecto de ambos fue diferente. O’Donnell militó en las filas del movimiento humanista católico de la Facultad de Derecho, obtuvo allí su título de abogado y, tras un breve paso por la gestión política en el Ministerio del Interior bajo el gobierno de José María Guido, se trasladó a los Estados Unidos, donde se doctoró en ciencia política. Portantiero tuvo su primera escuela política en el Partido Comunista, del que se alejaría para integrarse en las filas de la nueva izquierda de los sesenta; hizo periodismo y se licenció en sociología. Será la instauración de la dictadura militar, tras la derrota de los movimientos de cambios radicales de los primeros años setenta, lo que activará en ambos la preocupación por el tema de las condiciones y los obstáculos de la democracia en la Argentina.

[1] Franco Crespi, Paolo Jedlowsky y Raffaele Rauty, La sociología. Contesti storici e modelli culturali, Roma, Laterza, 2000.

[2] El trabajo de elaboración colectiva contó con el apoyo de un subsidio de la Agencia Nacional para la Investigación Científica y Tecnológica (proyectos FONCyT) y de los fondos que regularmente le otorga la Universidad Nacional de Quilmes, a través de su Secretaría de Investigaciones, al Centro de Historia Intelectual.

Parte I

Visiones liberales

Tradición, historia y republicanismo: el proyecto cultural de Joaquín V. González

Horacio Crespo

Ante todo declaro que no soy conservador, por el contrario, soy un espíritu liberal, democrático, progresista y revolucionario.

Joaquín V. González, Discurso en el Senado de la Nación, 21 de septiembre de 1922

Mi credo es ampliamente democrático; y si se pudiera en nuestro país fundar partidos de principios, de esos que por responder a tendencias ingénitas de la naturaleza social, son indestructibles, yo formaría en las filas del que llevara por nombre Liberal democrático.

Joaquín V. González, Patria y democracia, 1920

El Ochenta es referencia insoslayable de la construcción nacional: punto de concreción del montaje institucional de la República con la federalización de Buenos Aires, de la integración territorial de vastas áreas periféricas de la Pampa Central, la Patagonia y el Chaco ocupadas por etnias indígenas, del inicio de un proceso de excepcional crecimiento económico con base en nuevas dinámicas de integración al mercado mundial y de una transformación demográfica como resultado de la inmigración que alteraría la configuración étnica y modificaría los balances territoriales de la población hacia un predominio más marcado de Buenos Aires y el Litoral.

A contrapelo de esas transformaciones palmarias, Ezequiel de Olaso ejerció una ojeada escéptica, peyorativa, sobre la producción cultural del Ochenta: Entre el ocaso de Sarmiento y Hernández y el surgimiento de Lugones transcurre una etapa de la literatura argentina escasamente asistida por las musas –no le atañen, parece, escritores de la talla de Lucio V. Mansilla, Eugenio Cambaceres, Miguel Cané, Eduardo Wilde, Olegario Andrade, Lucio V. López, y figuras intelectuales como José Manuel Estrada, Pedro Goyena, José Ramos Mejía, también Paul Groussac– y planteó lo que sería su perspectiva más general: ¿No será que la gran limitación del Ochenta radicó en la carencia de un gran proyecto cultural? ¿No fue esto lo que impidió a la Argentina consolidar las bases de un país grande y progresista?.[3] Un segmento de la opinión historiográfica actual compartiría esta negativa apreciación y la ampliaría, quizá, a toda la herencia del Ochenta. Sin ensanchar la querella y restringiéndonos al aspecto cultural, nuestro enfoque es el opuesto, asentado sobre tres puntos básicos. Primero, que en ese período fundacional se formuló un ambicioso proyecto cultural decisivo para la constitución de la nación contemporánea, que trazó líneas maestras para el futuro y se prolongó notablemente en el tiempo, edificado sobre la Ley 1420, que a partir de 1884 estructuró el sistema educativo nacional con la obligatoriedad de la enseñanza primaria, su carácter público, gratuito, laico y federal.[4] Segundo, se puede considerar la obra de Joaquín V. González (1863-1923) como un pilar de ese proyecto cultural multidimensional, sobre la base de dos libros imprescindibles: La tradición nacional, de 1888, y El juicio del siglo, de 1910, complementado este último con Mitre, escrito en 1921. Tercero, estas obras permiten subrayar el carácter decididamente liberal del proceso del Ochenta –caracterizado de manera equivocada como conservador en obras consagradas de la historiografía argentina– y, dentro de él, resaltar una vertiente resueltamente republicana democrática, minoritaria, cuyo animador fue el político de Chilecito.

Tradición

En mi opinión, La tradición nacional constituye el punto de partida de la corriente tradicionalista que, a través de matices diversos, ejerció acentuada influencia en la conformación de la cultura argentina en el siglo XX y, en particular, sobre algunas de las variantes estéticas e ideológicas del llamado nacionalismo, del cual el escritor riojano fue uno de sus primeros artífices, en una versión que asociaba el sentimiento nacional –entendido como la recreación de sus tradiciones históricas y culturales y la sensibilidad telúrica y paisajística– con la consolidación de los cimientos cívicos y patrióticos de la joven y endeble identidad argentina, y también con una sutil pero firme recusación de orden moral al mercantilismo, la especulación, la opulencia y su influencia deletérea en la sociedad modernizada. La impronta moral de algunas corrientes del positivismo, cierta cuerda estoica y la tierra prometida del espiritualismo se conjugan en su pensamiento, en su estética y en sus valores en compleja amalgama y en un amplio espectro de influencias a futuro –en particular sobre la generación de la Reforma Universitaria a la que perteneció su hijo Julio con un papel protagónico–, todavía hoy no demasiado aquilatadas.

Esta intensa dimensión moral del pensamiento de González coincide con coetáneos postulados regeneradores de una vertiente del modernismo, cuya médula será el rechazo al mercantilismo agresivo que caracterizó la década de 1880, que culminó con su repulsa en el movimiento del Parque; en la política, con Alem y el radicalismo, y en el plano literario, en la novela La bolsa, de Julián Martel.

En La tradición nacional, González bosquejó la articulación de un programa de construcción cultural del país que buscaba dejar atrás el soliloquio rioplatense sostenido por la generación de 1837 –con la excepción, parcial, de Alberdi– y atender a una nueva realidad nacional, visualizada como más heterogénea y de raíces más complejas que la derivada de las elaboraciones de Mitre, Sarmiento y sus

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Reseñas

Lo que piensa la gente sobre La Argentina como problema

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