Disfruta de millones de libros electrónicos, audiolibros, revistas y más

A solo $11.99/mes después de la prueba. Puedes cancelar cuando quieras.

La Guerra Fría: Una historia mundial

La Guerra Fría: Una historia mundial


La Guerra Fría: Una historia mundial

valoraciones:
5/5 (3 valoraciones)
Longitud:
1004 páginas
16 horas
Publicado:
14 nov 2018
ISBN:
9788417088132
Formato:
Libro

Descripción

Tras la rendición de Alemania y luego de Japón en 1945 se abrigaron grandes esperanzas de poder crear un mundo nuevo y mucho mejor a partir de las ruinas morales y físicas de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, la combinación del enorme poder de Estados Unidos y la URSS, y el hundimiento prácticamente total de la mayor parte de sus rivales crearon un nuevo y sombrío entorno: la Guerra Fría. Durante más de cuarenta años las exigencias de la Guerra Fría conformaron la vida de casi todos nosotros. No había parte alguna del mundo donde Oriente y Occidente no requirieran una lealtad ciega y absoluta. Países tan alejados entre sí como Corea, Angola y Cuba se definieron por el bando que acabaron escogiendo. Casi todas las guerras civiles se convirtieron en guerras de poder para las superpotencias. Al parecer, Europa se había dividido en dos indefinidamente. Este libro es el primero en analizar con la suficiente distancia estos acontecimientos y crea un relato convincente y con enorme fuerza de la Guerra Fría. Tiene un alcance auténticamente global y capta los dramas y las agonías de un periodo siempre ensombrecido por el horror de la guerra nuclear y que, para millones de personas, no fue "frío" en absoluto: un periodo de inmensa violencia, oportunidades desperdiciadas y fracaso moral. Lo habitual es contemplar la primera mitad del siglo xx como una pesadilla y la segunda mitad como un respiro, pero Westad muestra que para una gran parte del mundo la segunda mitad fue aún peor en casi todos los sentidos.
Publicado:
14 nov 2018
ISBN:
9788417088132
Formato:
Libro

Sobre el autor


Vista previa del libro

La Guerra Fría - Odd Arne Westad

Odd Arne Westad es catedrático S.T. Lee de Relaciones Estados Unidos-Asia en la Escuela de Gobierno John F. Kennedy de la Universidad de Harvard. Ha publicado más de quince libros sobre historia internacional moderna y contemporánea, entre ellos The Global Cold War, ganador del premio Bancroft, y Restless Empire. Es coautor de History of the World, publicado por Penguin.

Tras la rendición de Alemania y luego de Japón en 1945 se abrigaron grandes esperanzas de poder crear un mundo nuevo y mucho mejor a partir de las ruinas morales y físicas de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, la combinación del enorme poder de Estados Unidos y la URSS, y el hundimiento prácticamente total de la mayor parte de sus rivales crearon un nuevo y sombrío entorno: la Guerra Fría.

Durante más de cuarenta años las exigencias de la Guerra Fría conformaron la vida de casi todos nosotros. No había parte alguna del mundo donde Oriente y Occidente no requirieran una lealtad ciega y absoluta. Países tan alejados entre sí como Corea, Angola y Cuba se definieron por el bando que acabaron escogiendo. Casi todas las guerras civiles se convirtieron en guerras de poder para las superpotencias. Al parecer, Europa se había dividido en dos indefinidamente.

Este libro es el primero en analizar con la suficiente distancia estos acontecimientos y crea un relato convincente y con enorme fuerza de la Guerra Fría. Tiene un alcance auténticamente global y capta los dramas y las agonías de un periodo siempre ensombrecido por el horror de la guerra nuclear y que, para millones de personas, no fue «frío» en absoluto: un periodo de inmensa violencia, oportunidades desperdiciadas y fracaso moral.

Lo habitual es contemplar la primera mitad del siglo XX como una pesadilla y la segunda mitad como un respiro, pero Westad muestra que para una gran parte del mundo la segunda mitad fue aún peor en casi todos los sentidos.

Edición al cuidado de María Cifuentes

Título de la edición original: The Cold War: A World History

Traducción del inglés: Irene Cifuentes de Castro y Alejandro Pradera Sánchez

Publicado por:

Galaxia Gutenberg, S.L.

Av. Diagonal, 361, 2.º 1.ª

08037-Barcelona

info@galaxiagutenberg.com

www.galaxiagutenberg.com

Edición en formato digital: noviembre de 2018

© Odd Arne Westad, 2017

Reservados todos los derechos

© de la traducción: Irene Cifuentes de Castro y Alejandro Pradera Sánchez, 2018

© Galaxia Gutenberg, S.L., 2018

Imagen de portada: © Cornell Capa

© International Center of Photography/Magnum Photos/Contacto

Conversión a formato digital: Maria Garcia

ISBN: 978-84-17088-13-2

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede realizarse con la autorización de sus titulares, aparte las excepciones previstas por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita reproducir algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 45)

A la memoria de Oddbjørg Westad (1924-2013)

y Arne Westad (1920-2015)

Índice

Un mundo por hacer

1. Puntos de partida

2. Las pruebas de la guerra

3. Las asimetrías de Europa

4. Reconstrucciones

5. La nueva Asia

6. Tragedia coreana

7. Esferas orientales

8. La creación de Occidente

9. El azote de China

10. Imperios rotos

11. Las contingencias de Kennedy

12. Encuentro con Vietnam

13. La Guerra Fría y América Latina

14. La era de Brézhnev

15. Nixon en Beijing

16. La Guerra Fría e India

17. Vorágines en Oriente Medio

18. El fracaso de la distensión

19. Malos presagios en Europa

20. Gorbachov

21. Transformaciones globales

22. Realidades europeas

El mundo que nos dejó la Guerra Fría

Criterios y agradecimientos

Notas

Un mundo por hacer

A mediados de la década de 1960, en Noruega, cuando yo era niño, el mundo en el que crecí estaba delimitado por la Guerra Fría. La Guerra Fría dividía familias, ciudades, regiones y países. Propagaba el miedo y no poca confusión: ¿podía uno estar seguro de que la catástrofe nuclear no fuera a ocurrir mañana? ¿Qué podría desencadenarla? Los comunistas –que eran un grupo minúsculo en mi ciudad natal– padecían la desconfianza de los demás por tener un punto de vista diferente y acaso –como se repetía bastante a menudo– una lealtad distinta, no a nuestro propio país, sino a la Unión Soviética. En un lugar que había sido ocupado por la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial, la segunda cuestión era un asunto grave: implicaba traición, en una región que era muy recelosa de los traidores. Mi país limitaba con la Unión Soviética por el norte, y ante el mínimo aumento de la temperatura de los asuntos internacionales, también escalaba la tensión a lo largo del río, helado casi en su totalidad, donde se había delimitado la frontera. Incluso en la apacible Noruega el mundo estaba dividido, y a veces cuesta recordar lo intensos que eran sus conflictos.

La Guerra Fría fue una confrontación entre el capitalismo y el socialismo que alcanzó su punto álgido entre 1945 y 1989, aunque sus orígenes se remontan a una época muy anterior, y sus consecuencias aún pueden sentirse hoy en día. En su apogeo, la Guerra Fría llegó a constituir un sistema internacional, en el sentido de que las principales potencias del mundo basaban su política exterior en algún tipo de relación con ella. Los pensamientos y las ideas antagónicos que contenía dominaban la mayor parte de los discursos de ámbito nacional. No obstante, incluso en los momentos de máxima confrontación, la Guerra Fría no era el único juego de moda –aunque sí era el predominante; durante los últimos años del siglo XX asistimos a muchos acontecimientos históricos que no habían sido ni creados ni determinados por ella. La Guerra Fría no lo decidía todo, pero influía en la mayoría de las cosas, y a menudo a peor: la confrontación contribuía a consolidar un mundo dominado por las superpotencias, un mundo donde el poderío y la violencia –o la amenaza de violencia– eran las varas de medir de las relaciones internacionales, y donde las creencias tendían a lo absoluto: el único sistema bueno era el de uno. El otro sistema era intrínsecamente maligno.

Gran parte del legado de la Guerra Fría se centra en ese tipo de absolutos. En su peor vertiente pueden reconocerse en las guerras de Estados Unidos en Irak y Afganistán: las certezas morales, la evitación del diálogo, la fe en las soluciones puramente militares. Pero también pueden apreciarse en la creencia doctrinaria de los mensajes sobre el libre mercado, o en el enfoque que pretende solucionar desde arriba los males sociales o los problemas generacionales. Algunos regímenes todavía reivindican modalidades autoritarias de legitimidad que se remontan a la Guerra Fría: China, por supuesto, es el mejor ejemplo, y Corea del Norte el más pavoroso, pero también hay docenas de países, desde Vietnam y Cuba hasta Marruecos y Malasia, que incorporan en sus sistemas de Gobierno elementos significativos de la Guerra Fría. Muchas regiones del mundo siguen viviendo con amenazas medioambientales, con divisiones sociales o con conflictos étnicos fomentados por el último gran sistema internacional. Algunos críticos afirman que el concepto de crecimiento económico indefinido, que a largo plazo podría poner en riesgo el bienestar de la Humanidad, o incluso su supervivencia, fue –en su forma moderna– una creación de las rivalidades de la Guerra Fría.

Para ser justos (por una vez) con un sistema internacional, la Guerra Fría, o al menos la manera en que se terminó el conflicto, también tuvo otros aspectos menos perjudiciales. Muy pocos europeos occidentales o asiáticos del sudeste habrían preferido vivir en el tipo de Estados comunistas que se crearon en las regiones orientales de sus respectivos vecindarios continentales. Y, aunque habitualmente se condena rotundamente el legado de las intervenciones estadounidenses en Asia, una mayoría de europeos estaba y está convencida de que la presencia militar de Estados Unidos dentro de sus fronteras contribuyó al mantenimiento de la paz y al desarrollo de las democracias. Y por supuesto, el hecho mismo de que la confrontación de la Guerra Fría entre las superpotencias concluyera pacíficamente fue de suma importancia. Con un arsenal de armas nucleares suficiente para destruir el mundo varias veces, todos dependíamos de la moderación y la sabiduría para evitar un apocalipsis atómico. Puede que la Guerra Fría no fuera la larga paz que algunos historiadores han querido ver en ella.¹ Pero en los niveles superiores del sistema internacional –entre Estados Unidos y la Unión Soviética– se evitó la guerra durante el tiempo suficiente para que se produjeran cambios. Para nuestra supervivencia todos dependíamos de ese largo aplazamiento.

Así pues, ¿cuán especial fue la Guerra Fría como sistema internacional en comparación con otros sistemas de ese tipo a lo largo de la historia? Aunque la mayoría de los órdenes mundiales suelen ser multipolares –están formados por muchas potencias rivales– hay algunas comparaciones posibles. Por ejemplo, la política europea entre mediados del siglo XVI y principios del XVII estuvo profundamente condicionada por una rivalidad bipolar entre España e Inglaterra, que tenía algunas características en común con la Guerra Fría. Sus orígenes eran profundamente ideológicos, ya que los monarcas de España estaban convencidos de que representaban al catolicismo, y los de Inglaterra, al protestantismo. Cada uno de ellos formaba alianzas con sus hermanos ideológicos, y las guerras tenían lugar lejos de los centros de los imperios. La diplomacia y las negociaciones eran limitadas –cada potencia consideraba a la otra como su enemigo natural y reconocido. Las élites de cada uno de los países creían fervientemente en su causa, y estaban convencidas de que el curso de los siglos venideros dependía de quién ganara la contienda. El descubrimiento de América y el avance de las ciencias en el siglo de Kepler, Tycho Brahe y Giordano Bruno elevaron mucho la apuesta; existía la convicción de que quien saliera vencedor no solo iba a dominar el futuro, sino a tomar posesión de él para sus propios fines.

Sin embargo, al margen de la Europa del siglo XVI, la China del siglo XI (el conflicto entre los Estados de las dinastías Song y Liao) y, por supuesto, la muy estudiada rivalidad entre Atenas y Esparta en la Antigüedad griega, los ejemplos de sistemas bipolares son bastante escasos. A lo largo del tiempo, la mayoría de las regiones han tendido a lo multipolar o, aunque con bastante menor frecuencia, a lo unipolar. Por ejemplo, en Europa, predominó la multipolaridad en la mayoría de las épocas tras el hundimiento del Imperio carolingio a finales del siglo IX. En Asia oriental, el Imperio chino fue predominante desde la dinastía Yuan, en el siglo XIII, hasta la dinastía Qing, en el XIX. Tal vez la relativa ausencia de sistemas bipolares no sea difícil de explicar. Como exigen alguna forma de equilibrio, resultaban más difíciles de mantener que los sistemas unipolares, basados en los imperios, o que los multipolares, de amplio espectro. Además, en la mayoría de los casos, los sistemas bipolares dependían de otros estados que no estaban directamente bajo el control de las superpotencias, pero que a pesar de todo participaban de alguna forma en el sistema, normalmente a través de la identificación ideológica. Y en todos los casos, salvo en la Guerra Fría, acabaron en conflictos bélicos catastróficos: la guerra de los Treinta años, el hundimiento de la dinastía Liao, o las guerras del Peloponeso.

No cabe duda de que el fervor de la confrontación de ideas contribuyó sensiblemente a la bipolaridad de la Guerra Fría. La ideología predominante en Estados Unidos, que hacía hincapié en los mercados, la movilidad y la mutabilidad, era universalista y teleológica, y llevaba incorporada la convicción de que todas las sociedades de extracción europea avanzaban necesariamente en la misma dirección general que Estados Unidos. Desde el primer momento, el comunismo –la peculiar modalidad de socialismo que se desarrolló en la Unión Soviética– se creó como la antítesis de la ideología capitalista que representaba Estados Unidos: un futuro alternativo, por así decirlo, que los pueblos de todo el mundo podían alcanzar por sí mismos. Al igual que muchos estadounidenses, los dirigentes soviéticos estaban convencidos de que las «viejas» sociedades, basadas en las identificaciones locales, en la deferencia social y en la justificación del pasado, estaban muertas. Se competía por la sociedad del futuro, que únicamente tenía dos versiones plenamente modernas: el mercado, con todas sus imperfecciones e injusticias, y la planificación, que era racional e integral. La ideología soviética hizo del Estado una máquina que funcionaba para la mejora de la humanidad, mientras que la mayoría de estadounidenses veían con desagrado el poder estatal centralizado, y tenían miedo de sus consecuencias. El escenario estaba preparado para una intensa rivalidad, donde daba la impresión de que lo que estaba en juego no era ni más ni menos que la supervivencia del mundo.

Este libro pretende encuadrar la Guerra Fría como un fenómeno global, con una perspectiva de cien años. Arranca en la década de 1890, con la primera crisis capitalista global, con la radicalización del movimiento obrero europeo, y con la expansión de Estados Unidos y Rusia como imperios transcontinentales. Concluye en torno a 1990, con la caída del Muro de Berlín, con el derrumbe de la Unión Soviética, y con el triunfo final de Estados Unidos como verdadera potencia hegemónica mundial

Mi intención, al adoptar una perspectiva de cien años para examinar la Guerra Fría, no es subsumir otros acontecimientos trascendentales –las guerras mundiales, el colapso colonial, los cambios económicos y tecnológicos, el deterioro medioambiental– en un marco pulcramente ordenado. Por el contrario, mi propósito es comprender cómo el conflicto entre el socialismo y el capitalismo influyó en, y fue influido por, los acontecimientos mundiales a gran escala. Pero también aspiro a comprender por qué una serie de conflictos se repitieron una y otra vez a lo largo de todo el siglo, y por qué todos los demás aspirantes al poder –material o ideológico– tuvieron que ceñirse a ella. La Guerra Fría se desarrolló a lo largo de las líneas de falla de los conflictos, a partir de finales del siglo XIX, en el momento en que la modernidad europea parecía estar llegando a su apogeo.

Mi argumento, si cabe hablar de un argumento en un libro tan extenso, es que la Guerra Fría nació de las transformaciones mundiales de finales del siglo XIX, y pasó a mejor vida cien años después, a raíz de unos cambios increíblemente rápidos. Por consiguiente, tan solo es posible entender la Guerra Fría como conflicto ideológico y al mismo tiempo como sistema internacional en términos de los cambios económicos, sociales y políticos que son mucho más amplios y profundos que los acontecimientos que provocó la Guerra Fría en sí. Su principal relevancia puede entenderse de distintas formas. En un libro anterior, yo argumentaba que los cambios profundos y a menudo violentos en Asia, África y América Latina tras el periodo colonial fueron una consecuencia primordial de la Guerra Fría.² Pero el conflicto también tenía otros significados. Puede concebirse como una etapa en el ascenso de la hegemonía mundial de Estados Unidos. Puede contemplarse como la (lenta) derrota de la izquierda socialista, sobre todo en la modalidad que adoptó Lenin. Y puede describirse como una fase aguda y peligrosa de las rivalidades internacionales, que surgió de los desastres de dos guerras mundiales, y que posteriormente se vio desbordada por nuevas líneas divisorias mundiales en las décadas de 1970 y 1980.

Cualquiera que sea el aspecto de la Guerra Fría que uno desee destacar, es esencial reconocer la intensidad de las transformaciones económicas, sociales y tecnológicas en las que tuvo lugar el conflicto. Durante los cien años transcurridos entre las décadas de 1890 y 1990, se asistió a la creación (y destrucción) de los mercados mundiales a un ritmo vertiginoso. Se asistió al nacimiento de unas tecnologías con las que las generaciones anteriores ni siquiera podrían haber soñado, algunas de las cuales se utilizaron a fin de incrementar la capacidad del género humano para dominar y explotar a los demás. Y durante esos cien años se experimentó un rápido cambio en las pautas de vida en todo el mundo, con un ascenso de la movilidad y de la urbanización casi por doquier. Todas las formas del pensamiento político, tanto de izquierdas como de derechas, se vieron influidas por la rapidez y la voracidad de dichos cambios.

Además de la importancia de las ideologías, la tecnología fue una de las principales razones de la longevidad de la Guerra Fría como sistema internacional. Durante las décadas posteriores a 1945, se asistió a la acumulación de unos arsenales tan inmensos de armas nucleares que –por supuesto la paradoja no dejará de advertirla el lector– para poder garantizar el futuro del mundo, ambas superpotencias se preparaban para destruirlo. El armamento nuclear, como le gustaba decir al dirigente soviético Iósif Stalin, fue «un armamento de un nuevo tipo»: no se trataba de armas para el campo de batalla, sino de armas para borrar del mapa ciudades enteras, como hizo Estados Unidos con las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki en 1945. Pero únicamente las dos superpotencias, Estados Unidos y la Unión Soviética, poseían suficiente armamento nuclear como para amenazar al mundo con la aniquilación total.

Como siempre ocurre en la historia, durante el siglo XX se asistió al desarrollo más o menos paralelo de múltiples historias importantes. El conflicto entre el capitalismo y el socialismo influyó en casi todas esas historias, como es el caso de las dos guerras mundiales y de la Gran Depresión de la década de 1930. Hacia el final del siglo, algunos de esos acontecimientos contribuyeron a que la Guerra Fría quedara obsoleta como sistema internacional, pero también como el conflicto ideológico predominante. Por consiguiente, es bastante posible que los historiadores del futuro resten importancia a la Guerra Fría, ya que, desde su punto de vista, concederán mayor relevancia a los orígenes del poderío económico de Asia, o al comienzo de la exploración espacial, o a la erradicación de la viruela. La historia siempre ha sido una intrincada telaraña de significado y de relevancia, donde resulta primordial el punto de vista del historiador que la escribe. A mí me obsesiona el papel que desempeñó la Guerra Fría a la hora de crear el mundo que conocemos hoy en día. Pero eso, por supuesto, no es lo mismo que conceder prioridad a la crónica de la Guerra Fría respecto a todas las demás. Equivale, simplemente, a afirmar que durante un largo periodo de tiempo, el conflicto entre el socialismo y el capitalismo influyó profundamente en la forma de vivir de la gente, y en lo que pensaba sobre la política, tanto a escala local como mundial.

En términos generales, la Guerra Fría se produjo en el contexto de dos procesos de profundos cambios en la política internacional. El primero fue la aparición de nuevos estados, creados más o menos conforme a la pauta de los estados europeos del siglo XIX. En 1900 había en el mundo menos de cincuenta estados independientes, de los que aproximadamente la mitad estaban en América Latina. Ahora hay casi doscientos, que en su mayoría se asemejan extraordinariamente en su forma de Gobierno y en su administración. El segundo cambio fundamental fue el ascenso de Estados Unidos como la potencia mundial dominante. En 1900, el presupuesto de Defensa de Estados Unidos ascendía, en dólares estadounidenses de 2010, a aproximadamente 10.000 millones, un aumento extraordinario respecto a años anteriores, gracias a la guerra hispano-estadounidense y a las operaciones contra la insurgencia en Filipinas y en Cuba. Hoy en día, ese gasto se ha multiplicado por cien, hasta alcanzar la cifra de un billón de dólares. En 1870, el producto interior bruto (PIB) de Estados Unidos suponía el 9 % del total mundial; en el momento de máximo apogeo de la Guerra Fría, estaba en torno al 28 %. Incluso hoy en día, tras años de supuesto declive de Estados Unidos, es de aproximadamente el 22 %. Por consiguiente, la Guerra Fría cobró forma en una era de proliferación de nuevos estados y de ascenso del poder de Estados Unidos, y ambos factores iban a contribuir a determinar la dirección que asumió el conflicto.

Además, esos cambios internacionales garantizaron que la Guerra Fría se desarrollara en un marco donde el nacionalismo era una fuerza duradera. Aunque aparentemente quienes creían en el socialismo o en el capitalismo como sistemas sociales y económicos siempre deploraban el nacionalismo, los llamamientos a algún tipo de identidad nacional a veces podían imponerse a los planes mejor trazados para el progreso humano. Una y otra vez, los grandiosos planes de modernización, las alianzas o los movimientos transnacionales tropezaban con el primer obstáculo que interponían en su camino el nacionalismo u otras modalidades de la política identitaria. Aunque el nacionalismo –por definición– también tenía claras limitaciones como marco mundial (como demuestran las derrotas de los estados ultranacionalistas de Alemania, Italia y Japón en la Segunda Guerra Mundial), siempre fue un impedimento para quienes pensaban que el futuro pertenecía a las ideologías universalistas.

Por consiguiente, incluso en el apogeo de la Guerra Fría, entre 1945 y 1989, la bipolaridad siempre tuvo sus limitaciones. A pesar de su atractivo a escala mundial, ni el sistema soviético ni el estadounidense se replicaron del todo en otros países. Probablemente ese tipo de clonación no era posible, ni siquiera a juicio de sus más fervientes ideólogos. En términos de desarrollo social, el resultado fueron unas economías o bien capitalistas o bien socialistas con una fuerte influencia local. En algunos casos, esa mixtura no era vista con buenos ojos por los líderes políticos, que aspiraban a que se pusiera en práctica una forma no adulterada de sus ideales políticos. Pero –afortunadamente para la mayoría, cabría decir– era necesario transigir. Países como Polonia o Vietnam suscribían un ideal de tipo soviético para su desarrollo, pero a todos los efectos siguieron siendo muy diferentes de la Unión Soviética, de la misma forma que Japón o la República Federal de Alemania –a pesar de la profunda influencia estadounidense– siempre fueron muy distintos de Estados Unidos. Un país como India, con su peculiar mezcla de democracia parlamentaria y de minuciosa planificación económica, estaba aún más lejos de cualquier tipo de ideal de la Guerra Fría. A ojos de sus propios dirigentes, y de sus más enérgicos partidarios en otros países, tan solo las dos superpotencias fueron siempre puras, como modelos a imitar en otras partes del mundo.

En cierto sentido, eso no es de extrañar. Los conceptos de la modernidad en Estados Unidos y en la Unión Soviética tuvieron un punto de partida común a finales del siglo XIX, y conservaron muchos elementos en común a lo largo de toda la Guerra Fría. Ambos conceptos tuvieron su origen en la expansión de Europa, y de las formas de pensar europeas, a escala mundial a lo largo de los tres siglos anteriores. Por primera vez en la historia, un centro –Europa y sus vástagos– había llegado a dominar el mundo. Los europeos habían creado unos imperios que poco a poco se adueñaron de la mayor parte del planeta, y colonizaron con su propia gente tres continentes. Se trataba de un giro sin precedentes, que llevó a algunos europeos, y a la población de ascendencia europea, a creer que podían asumir el control del futuro del mundo entero a través de las ideas y las tecnologías que ellos habían desarrollado.

Si bien esa forma de pensar tenía unas raíces históricas mucho más profundas, su apogeo llegó en el siglo XIX. Una vez más, no debería extrañarnos: el siglo XIX fue sin duda alguna la era en que la ventaja de los europeos sobre todos los demás culminó en términos de tecnología, producción y poderío militar. La confianza en, y la dedicación a, lo que algunos historiadores han denominado los «valores de la Ilustración» –la razón, la ciencia, el progreso, el desarrollo y la civilización como sistema– surgían evidentemente de la preponderancia del poder europeo, como ocurrió con la colonización de África, del sudeste asiático y con el sometimiento de China y de la mayor parte del mundo árabe. A finales del siglo XIX, Europa y sus vástagos, incluidos Rusia y Estados Unidos, ya eran los amos absolutos, a pesar de sus divisiones internas, y por consiguiente también lo eran las ideas que proyectaban.

Durante la época de predominio europeo, sus ideas fueron germinando poco a poco en otros lugares. La modernidad asumía distintas formas en las diferentes partes del mundo, pero las esperanzas de las élites locales en la creación de sus propias civilizaciones industriales se extendían desde China y Japón hasta Irán y Brasil. Los factores clave de la moderna transformación que dichos países aspiraban a emular eran la primacía de la fuerza de voluntad humana sobre la naturaleza, la capacidad de mecanizar la producción mediante nuevas formas de energía, y la creación de un Estado-nación con una masiva participación del sector público. Irónicamente, esa difusión de unas ideas de origen europeo marcó el principio del fin de la era de predominio europeo; los pueblos de otras partes del mundo deseaban la modernidad para sí mismos, a fin de defenderse mejor de los imperios que los sojuzgaban.

Incluso en el núcleo de la modernidad europea, a lo largo del siglo XIX fueron desarrollándose rivalidades ideológicas que, al final, iban a provocar la voladura del concepto de una única modernidad. A medida que iba arraigando la sociedad industrial, fueron desarrollándose numerosas críticas que cuestionaban no tanto la modernidad en sí, sino más bien su finalidad última. Algunos afirmaban que la extraordinaria transformación de la producción y la sociedad que estaba teniendo lugar forzosamente tenía que consistir en algo más que enriquecer a unas cuantas personas y que la expansión de unos pocos imperios europeos en África y Asia. Tenía que haber un propósito que compensara –por lo menos en términos históricos– la miseria humana generada por los procesos de industrialización. Algunos de aquellos críticos se aliaron con otros que afirmaban deplorar la industrialización en su conjunto, y que en algunos casos idealizaban las sociedades preindustriales. Los disidentes exigían nuevos sistemas políticos y económicos, basados en el apoyo de los hombres y mujeres corrientes que estaban siendo arrojados a la centrifugadora del capitalismo.

La más fundamental de esas críticas era el socialismo, un término que se popularizó en la década de 1830, pero cuyas raíces se remontan a la Revolución francesa. Sus ideas centrales son la propiedad pública, no la propiedad privada, de los bienes y los recursos, y la expansión de la democracia de masas. Para empezar, bastantes socialistas echaban la vista atrás en la misma medida que miraban al futuro. Celebraban el igualitarismo de las comunidades campesinas o, en algunos casos, la crítica religiosa al capitalismo, a menudo relacionada con el Sermón de Jesús en la Montaña: «Al que te pida, dale, y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo niegues».

Pero en la década de 1860 las primeras formas de pensamiento socialista empezaron a sentir la presión de las ideas de Karl Marx y de sus seguidores. A Marx, un alemán que quería organizar los principios socialistas en forma de una crítica radical del capitalismo, le preocupaba más el futuro que el pasado. Postulaba que el socialismo se desarrollaría de forma natural a partir del caos de los cambios económicos y sociales de mediados del siglo XIX. A juicio de Marx, ni el orden feudal de antaño ni el orden capitalista del presente podían afrontar los desafíos de la sociedad moderna. Ambos debían ser sustituidos por un orden socialista basado en principios científicos para gestionar la economía. Dicho orden se haría realidad a través de una revolución del proletariado, de los obreros industriales que carecían de propiedades. «El proletariado –decía Marx en su Manifiesto comunista–, se valdrá del Poder para ir despojando paulatinamente a la burguesía de todo el capital, de todos los instrumentos de la producción, centralizándolos en manos del Estado, es decir, del proletariado organizado como clase gobernante, y procurando fomentar por todos los medios y con la mayor rapidez posible las energías productivas.»³

Durante el siglo XIX, los partidarios de Marx, que se autodenominaron comunistas tras su Manifiesto, nunca constituyeron más que pequeños grupos, pero tenían una influencia mucho mayor que su número. Lo que los caracterizaba era en gran medida la intensidad de sus convicciones y su internacionalismo radical. Allí donde otros movimientos de la clase trabajadora aspiraban a un progreso gradual y hacían hincapié en las reivindicaciones económicas de los desfavorecidos a los que representaban, los seguidores de Marx destacaban la necesidad de una lucha de clases implacable para la conquista del poder político a través de la revolución. Consideraban que los obreros no tenían patria ni rey. Pensaban que la lucha por un mundo nuevo no tenía fronteras, mientras que la mayoría de sus rivales eran nacionalistas y, en algunos casos, imperialistas.

Su internacionalismo y su dogmatismo antidemocrático eran las principales razones de que los marxistas perdieran terreno frente a otros movimientos de la clase obrera a finales del siglo XIX. Por ejemplo, en la Alemania de Marx, el establecimiento de un nuevo Estado unitario fuerte en tiempos de Bismarck en la década de 1870 fue bien acogido por muchos obreros, que veían la construcción de la nación como algo preferible a la lucha de clases. Pero el propio Marx, entrevistado en su cómodo exilio del barrio londinense de Haverstock Hill, condenaba el nuevo Estado alemán por considerarlo «la consolidación del despotismo militar y la opresión implacable de las masas productivas».⁴ En 1891, cuando el Partido Socialdemócrata alemán destacaba en su programa que el principal objetivo político era la lucha por la democracia, también fue rotundamente condenado por los marxistas. Los socialdemócratas habían exigido el «sufragio universal, igual y directo, con votación secreta en todas las elecciones, para todos los ciudadanos».⁵ Friedrich Engels, el colaborador y sucesor de Marx, consideraba que eso equivalía a «quitar la hoja de parra al absolutismo y colocarse uno mismo como pantalla para encubrir la desnudez». «Este abandono del porvenir del movimiento, que se sacrifica en aras del presente, todo eso puede tener móviles honestos –decía Engels–, pero eso es y sigue siendo oportunismo, y el oportunismo honesto es, quizá, más peligroso que todos los demás.»⁶

En la década de 1890 los partidos socialdemócratas ya se habían establecido por toda Europa y las Américas. Aunque a veces su crítica al sistema capitalista se inspiraba en el marxismo, la mayoría de ellos hacía hincapié en las reformas antes que en la revolución, y hacían campaña a favor de la extensión de la democracia, de los derechos de los trabajadores y de unos servicios sociales accesibles para todos. Unos cuantos ya se habían convertido en partidos de masas, vinculados a los movimientos sindicales de sus respectivos países. En Alemania, el Partido Socialdemócrata consiguió un millón y medio de votos en las elecciones de 1890, casi el 20 % del total (aunque tan solo obtuvo un pequeño número de escaños parlamentarios debido a unas leyes electorales injustas). En los países nórdicos, las cifras eran similares. En Francia, la Federación de Trabajadores Socialistas ya había empezado a hacerse con el control de los gobiernos municipales en la década de 1880. A pesar de las críticas de Engels y otros, la mayoría de los partidos socialdemócratas estaban impulsando la democracia, al tiempo que empezaban a beneficiarse de sus frutos.

La crisis económica mundial de la década de 1890 lo cambió todo. Al igual que la crisis de 2007-2008, empezó en 1890 con la práctica insolvencia de un banco importante, en este caso el Baring’s Bank británico, provocada por una excesiva asunción de riesgos en los mercados extranjeros. La City londinense había conocido crisis peores, pero en aquella ocasión la diferencia fue que el problema se propagó rápidamente debido a una mayor interdependencia económica, llegando a infectar a las economías de todo el mundo. Por consiguiente, a principios de la década de 1890 se asistió a la primera crisis económica mundial, con altos índices de desempleo (que en un momento dado casi llegaron al 20 % en Estados Unidos), y un masivo descontento de los trabajadores. Muchos obreros, e incluso los jóvenes profesionales –que por primera vez afrontaban unas altas cifras de paro– se preguntaban si el capitalismo estaba acabado. Incluso muchos miembros del establishment empezaban a hacerse la misma pregunta, a medida que cundía el descontento. Un sector de la extrema izquierda –principalmente los anarquistas– iniciaron campañas terroristas contra el Estado. Entre 1892 y 1894 se produjeron once atentados con bombas a gran escala en Francia, entre ellos uno en la Asamblea Nacional. A lo largo y ancho de Europa y Estados Unidos se producían atentados mortales contra los dirigentes políticos: el presidente de Francia en 1894, el presidente del Gobierno español en 1897, la emperatriz de Austria en 1898 y el rey de Italia en 1900. Al año siguiente, el presidente estadounidense William McKinley fue asesinado en la Exposición Panamericana de Buffalo, en el estado de Nueva York. Los mandatarios de todo el mundo estaban indignados y asustados.

La agitación de la década de 1890 provocó la escisión de los movimientos socialdemócratas, al tiempo que eran objeto de ataques sin precedentes de los patronos y los gobiernos. Se aplastaban las huelgas, a menudo de forma violenta. Se encarcelaba a los socialistas y a los sindicalistas. Las secuelas de la primera crisis económica mundial constituyeron un revés para los avances democráticos de las décadas anteriores. Además, provocaron la revitalización de la extrema izquierda entre los socialistas, que consideraban que la democracia no era más que un escaparate para la burguesía. Ese fue el ambiente que vivió el joven Vladímir Ilich Uliánov, que adoptó el nombre de Lenin, al igual que los muchos otros militantes que iban a imprimir un giro a la izquierda a los movimientos socialistas y obreros en Europa durante los primeros años del siglo XX.

En el seno de las organizaciones obreras, los distintos sectores sacaron diferentes conclusiones de la crisis. Muchos de ellos habían esperado que el capitalismo se derrumbara por sí solo a consecuencia del caos creado por los traumas financieros de principios de la década de 1890. Cuando vieron que eso no ocurría y que –por lo menos en algunas regiones– la economía volvía a remontar durante los últimos años de la década, la corriente mayoritaria de los socialdemócratas tomó un nuevo impulso hacia la organización de los sindicatos y los procesos de negociación colectiva. Podían hacer uso de las lecciones que los trabajadores habían aprendido de la crisis: que únicamente un sindicato eficaz podía oponerse a los despidos esporádicos y al empeoramiento de las condiciones de trabajo cuando se producía una crisis económica. En Alemania, en Francia, en Italia y en Gran Bretaña se disparó el número de afiliados a los sindicatos. En 1899, en Dinamarca, el comité central de los sindicatos acordó un sistema de negociaciones anuales con la asociación patronal sobre los salarios y las condiciones de trabajo. Ese acuerdo a largo plazo, el primero en todo el mundo, fue el comienzo de un modelo que poco a poco iba a extenderse a otros países. Provocó que Dinamarca fuera uno de los países menos polarizados del mundo durante la Guerra Fría.

Lo que más detestaba la izquierda radical de toda Europa era la «traición de clase» de que hizo gala el Partido Socialdemócrata danés en sus Acuerdos de Septiembre. Después del balón de oxígeno que supuso para ellos la crisis, los radicales estaban más convencidos que nunca de que el capitalismo muy pronto iba a tocar a su fin, tal y como había pronosticado Marx. Algunos estaban convencidos de que los propios obreros, a través de sus organizaciones políticas, podían contribuir a empujar poco a poco la historia hacia su destino lógico: las huelgas, los boicots y otras formas de protesta colectiva no eran solo los medios para mejorar la suerte de la clase trabajadora. También podían contribuir a derrocar el Estado burgués. Por consiguiente, en la década de 1890 se asistió a la escisión final entre la corriente mayoritaria de los socialdemócratas reformistas y los socialistas revolucionarios –que muy pronto volverían a denominarse comunistas–, una escisión que duraría hasta el final de la Guerra Fría. La confrontación entre ambas facciones iba a convertirse en una parte importante de la historia del siglo XX.

La aparición de movimientos obreros políticamente organizados supuso una auténtica conmoción para el sistema consolidado de estados de finales del siglo XIX. Sin embargo, en aquel momento se estaban gestando otras dos movilizaciones fundamentales, sin que ni el establishment político ni sus adversarios socialistas hicieran gran cosa por afrontarlas. La primera eran las campañas de las mujeres a favor de la justicia política y social, que en parte se desarrolló como reacción a las primeras reivindicaciones del derecho al voto por parte de la clase obrera. Algunos se preguntaban por qué se les negaba el derecho al voto a las mujeres, incluso a las burguesas cultas, cuando los obreros varones analfabetos sí gozaban de él. Otros veían cierto grado de solidaridad entre las reivindicaciones de las mujeres –como por ejemplo los plenos derechos económicos y los derechos en el seno de la familia– y las reivindicaciones de la clase obrera, pero probablemente se trataba de una minoría durante la primera oleada de agitación feminista. Sin embargo, el activismo del movimiento resultaba llamativo, sobre todo en Gran Bretaña antes de la Primera Guerra Mundial. Después de que su aspiración a la plena emancipación política les hubiera sido denegada reiteradamente, las sufragistas eran apaleadas por la policía, y promovían huelgas de hambre en las cárceles. En un caso particularmente impactante, una sufragista murió tras arrojarse a los pies de uno de los caballos del rey en el hipódromo. Las sufragistas británicas y sus hermanas acabaron cosechando victorias por doquier, pero no como parte de la izquierda socialista.

Al mismo tiempo que el feminismo, también iban en aumento las campañas anticoloniales. En la década de 1890 ya empezaba a disiparse el trauma inicial de la ocupación y la colonización en algunas zonas de África y Asia. Armadas con las ideas y los conceptos adoptados de la metrópoli imperial, pero adaptándolos para un uso local, las élites cultas se debatían entre beneficiarse del sistema colonial y oponerse a él en nombre del autogobierno. Los movimientos campesinos también se opusieron a la influencia de Occidente: puede que los donghaks en Corea, los bóxers en China, o los yihadistas en el norte de África aspiraran a un mundo distinto del que deseaban sus compatriotas cultos, pero también contribuyeron a plantar las semillas de la resistencia anticolonial. Cuando Estados Unidos se embarcó en su primera aventura colonial en Asia –en 1899, en Filipinas– el movimiento local que se opuso a ella estaba formado tanto por patricios como por campesinos. A principios del siglo XX, ya habían surgido las primeras organizaciones anticoloniales: el Congreso Nacional Indio, el Congreso Nacional Africano en Sudáfrica y los precursores del Partido Nacional de Indonesia.

Al tiempo que los adversarios del capitalismo, del colonialismo y del patriarcado libraban sus batallas contra el establishment, también se estaba produciendo un cambio a nivel mundial en el sistema internacional de los estados. En Europa y Asia oriental, Alemania y Japón reforzaban sus posiciones. Pero el cambio más llamativo tenía lugar en la periferia europea. Europa –o más exactamente, una parte de Europa occidental– había gozado del predominio militar a escala mundial desde el siglo XVII. Además, a partir del siglo XVIII, unas pocas regiones de Europa occidental habían adquirido una enorme relevancia económica mundial en términos de innovación, sobre todo Gran Bretaña, Francia y los Países Bajos. Sin embargo, a finales del siglo XIX, los gigantescos estados de la periferia de Europa –imperios de características especiales– estaban recuperando terreno, y en algunos casos superando a los principales países europeos. Rusia y Estados Unidos eran muy diferentes en términos de su política y su organización económica. Pero ambos se habían expandido a grandes distancias hasta arrebatarle enormes cantidades de territorio a los pueblos situados en sus fronteras. La superficie de Estados Unidos había aumentado diez veces respecto a su tamaño original de la década de 1780, desde 975.000 hasta 9.880.000 kilómetros cuadrados. También Rusia había crecido rápidamente desde el comienzo de la dinastía Romanov en 1613, y a una escala todavía mayor: desde aproximadamente 5,2 millones de kilómetros cuadrados hasta 22,3 millones. Por supuesto, Gran Bretaña y Francia también tenían inmensas posesiones coloniales. Pero no eran contiguas, y en su mayoría estaban habitadas por la población autóctona –de ahí que resultara mucho más difícil beneficiarse económicamente de ellas y mantenerlas bajo control a largo plazo.

Como veremos a lo largo de este libro, las ideas y un sentido del destino desempeñaron un papel esencial en la expansión de Rusia y de Estados Unidos. Las élites de ambos países estaban convencidas de que sus estados estaban expandiéndose por una razón, que las cualidades que poseían como pueblos les habían predestinado para la hegemonía en sus respectivas regiones y –en última instancia– a escala mundial. En su intento por alcanzar la hegemonía, ambas élites tenían la sensación de que estaban cumpliendo con una misión en nombre de Europa. Al descender de un linaje europeo, en cierto sentido ambas se habían involucrado en un proyecto para globalizar Europa, para extenderla hasta el Pacífico. Además, algunos de sus líderes intelectuales creían que, al hacerlo, sus propios pueblos iban a hacerse más europeos, que iban a estar más centrados en los valores europeos y más dispuestos a llevar la carga del imperio en una era imperial. Pero al mismo tiempo, en ambos países algunos consideraban que su expansión era radicalmente distinta de la de los imperios europeos. Mientras que los británicos y los franceses iban en busca de recursos y de ventajas comerciales, los rusos y los estadounidenses tenían unos móviles más elevados para expandirse: difundir las ideas de la iniciativa y la organización social, y salvar almas, tanto en la política como en la religión.

El papel de la religión es importante tanto en el bando estadounidense como en el ruso.⁷ Si bien la posición de la fe organizada ya estaba en declive en Europa (y también en muchas otras partes del mundo) a finales del siglo XIX, para los rusos y los estadounidenses la religión seguía ocupando un lugar central en sus vidas. En cierto sentido, había similitudes entre el protestantismo evangélico de Estados Unidos y el cristianismo ortodoxo de Rusia. Ambos hacían hincapié en la teleología, y la certidumbre de la fe estaba por encima de lo habitual entre otros grupos cristianos. Al no afectarles el concepto del pecado original, ambos creían en la perfectibilidad de la sociedad. Y lo más importante, tanto los evangélicos como los ortodoxos creían que sus respectivas religiones eran la fuente de inspiración de sus políticas en un sentido directo. Ellos eran los únicos dispuestos a cumplir los planes de Dios para el hombre y con el hombre.

De diferente manera, la entrada de Estados Unidos y de Rusia en los asuntos mundiales estaba teñida por la rivalidad que cada uno de ellos tenía con la potencia mundial dominante a finales del siglo XIX, Gran Bretaña. A los estadounidenses les agraviaban los privilegios comerciales británicos en ultramar, y consideraban que su proclamación del libre comercio y de la libertad de inversión era moralista e interesada. A pesar de la admiración que sentían muchos miembros de la élite estadounidense por las costumbres británicas, a finales de la década de 1890 los dos países rivalizaban cada vez más por la influencia, sobre todo en América del Sur, el primer continente donde se había asistido al aumento del poder mundial de Estados Unidos. También en Rusia, el sistema mundial británico se veía como el principal obstáculo para el ascenso ruso. Desde la guerra de Crimea, en la década de 1850, cuando una coalición encabezada por Gran Bretaña impidió que Rusia se hiciera con el control de la región del mar Negro, muchos rusos veían a Gran Bretaña como una potencia hegemónica antirrusa, decidida a frustrar el ascenso de su país. Los intereses británicos y rusos chocaban en Asia central y en los Balcanes, y en 1905 el apoyo británico se consideró un factor primordial para la victoria de Japón en su guerra contra Rusia. A diferencia de Estados Unidos, Rusia no gozaba del desarrollo económico que podía convertirla en Estado sucesor de Gran Bretaña como potencia hegemónica capitalista mundial. Pero el germen del ascenso de Rusia –en su modalidad marxista soviética– como potencia antisistémica global residía en su combinación de expansión territorial y de atraso económico.

Aunque la Guerra Fría supuso el ascenso internacional de Estados Unidos como el sucesor de Gran Bretaña, sería totalmente erróneo considerar que dicha sucesión fue pacífica o suave. Durante la mayor parte del siglo XX, Estados Unidos supuso una influencia revolucionaria en la política mundial y en las sociedades de ultramar. Eso es igual de válido para sus efectos tanto en Europa (incluida Gran Bretaña) como en América Latina, Asia o África. Henry James no iba muy desencaminado cuando, a finales de la década de 1870, consideraba que su héroe americano era «el gran bárbaro occidental, que avanza con su inocencia y su poderío, parándose un momento a contemplar este Viejo Mundo decadente, para después abalanzarse sobre él».⁸ Estados Unidos era un alborotador internacional, que al principio se negaba a cumplir las normas que había establecido la hegemonía británica durante el siglo XIX. Sus ideas eran revolucionarias, sus costumbres resultaban ofensivas, y su doctrinarismo era peligroso. La hegemonía estadounidense no empezó a asentarse cómodamente a escala mundial hasta que la Guerra Fría empezó a tocar a su fin.

Por consiguiente, la Guerra Fría tuvo sobre todo que ver con el ascenso y la consolidación del poder de Estados Unidos. Pero también tenía que ver con muchas otras cosas: con la derrota del comunismo de estilo soviético y con la victoria, en Europa, de una forma de consenso democrático que había llegado a institucionalizarse a través de la Unión Europea. En China, significó una revolución política y social que llevó a cabo el Partido Comunista de China. En América Latina supuso el aumento de la polarización de las sociedades a ambos lados de las líneas divisorias ideológicas de la Guerra Fría. Este libro pretende mostrar la relevancia de la Guerra Fría entre el capitalismo y el socialismo a escala mundial, en todas sus variedades, y en ocasiones con todas sus confusas incoherencias. Por tratarse de una historia en un solo tomo, este libro no puede hacer mucho más que arañar la superficie de unos acontecimientos complicados. Pero habrá cumplido con su cometido si logra incitar al lector a explorar más a fondo la forma en que la Guerra Fría hizo del mundo lo que es hoy en día.

1

Puntos de partida

La Guerra Fría se originó a partir de dos procesos que tuvieron lugar a comienzos del siglo XX. El primero fue la transformación de Estados Unidos y Rusia en dos imperios de gran potencia, con un creciente sentido de tener una misión internacional. El segundo fue la agudización de la división ideológica entre el capitalismo y sus críticos. Ambos fenómenos confluyeron a raíz de la entrada de Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial y de la Revolución rusa de 1917, con la creación de un Estado soviético como una visión alternativa al capitalismo. A consecuencia de la guerra mundial y de la depresión, la alternativa soviética se ganó muchos apoyos en todo el mundo, pero también se convirtió en un punto focal para sus enemigos y sus rivales. En 1941, el año en que tanto la URSS como Estados Unidos entraron en la Segunda Guerra Mundial, la Unión Soviética era más poderosa que nunca a nivel interno, pero también estaba más aislada internacionalmente. La interacción en tiempos de guerra entre los soviéticos, Estados Unidos y la mayor de las potencias del siglo XIX, Gran Bretaña, iba a determinar el futuro marco de las relaciones internacionales.

Mientras que la Unión Soviética se oponía al capitalismo mundial, Estados Unidos pasó a ser su líder, aunque en unas circunstancias que ningún europeo habría siquiera imaginado en tiempos de la generación anterior. La historia del mundo a finales del siglo XIX y principios del siglo XX es ante todo una historia del crecimiento del poderío estadounidense, en lo económico, lo tecnológico y lo militar. Durante los cincuenta años transcurridos entre la guerra de Secesión y la Primera Guerra Mundial, el PIB de Estados Unidos se multiplicó más de siete veces. En 1913, su producción de acero, que en 1870 tan solo equivalía al 5 % de la de Gran Bretaña, ya era cuatro veces mayor. En aquel año, Estados Unidos ya disponía de más patentes industriales que cualquier otro país del mundo. La combinación de los cambios tecnológicos y de la abundancia de recursos naturales creó un gigante del desarrollo capitalista que, en el plazo de una generación, iba a dejar en ridículo a todos sus competidores.

Parte del éxito estadounidense obedecía a la interacción entre su enorme poder económico y la vida cotidiana de los ciudadanos norteamericanos. A lo largo de la historia, otras potencias emergentes habían visto cómo su ascenso beneficiaba principalmente a sus élites, mientras que la gente corriente tenía que conformarse con las sobras que quedaban sobre la mesa del imperio. Estados Unidos cambió todo eso. Su ascenso económico creó una sociedad de consumo nacional en la que todo el mundo podía aspirar a participar, incluyendo los inmigrantes recién llegados y los afroamericanos, que por lo demás sufrían discriminación y tenían una escasa influencia política. Los nuevos productos brindaban estatus y comodidad, y la experiencia de la modernidad a través de los bienes producidos por las nuevas tecnologías definía lo que significaba ser estadounidense: tenía que ver con la transformación, con un nuevo comienzo en un país donde los recursos y las ideas se fecundaban mutuamente gracias a su abundancia.

A finales del siglo XIX, los conceptos de singularidad, de misión y de abundancia confluyeron para crear una ideología de la política exterior estadounidense de gran fuerza y coherencia. En el fuero interno de sus habitantes, Estados Unidos era distinto de los demás países: más moderno, más desarrollado y más racional. Además, los estadounidenses se sentían en la obligación para con el resto del mundo dominado por los europeos de contribuir a recrearlo a imagen de Estados Unidos. Pero aunque pocos estadounidenses dudaban de que Estados Unidos era una modalidad más avanzada de la civilización europea, no estaban de acuerdo sobre a qué tipo de poder les daba derecho esa ventaja. Algunos seguían creyendo en el marco establecido por la guerra de Independencia americana: que lo que debía extenderse al resto del mundo, y hacer que los pueblos de otros países desearan reiniciar la experiencia europea, tal y como habían hecho los propios estadounidenses, era el ejemplo del republicanismo, del ahorro y del emprendimiento de Estados Unidos. Otros pensaban que, en un mundo de imperios en vías de expansión, Estados Unidos tenía que ponerse a la cabeza. En vez de actuar únicamente como ejemplo, tenía que intervenir para poner el mundo en orden; el mundo no solo necesitaba las ideas de Estados Unidos sino también su poder.

Las ideas y el poder confluyeron en el cambio de siglo con la victoria de Estados Unidos en la guerra hispano-estadounidense. Aunque el conflicto duró menos de cuatro meses, Estados Unidos obtuvo un imperio colonial que incluía las antiguas posesiones españolas de Filipinas, Guam, Puerto Rico y Cuba. El primer gobernador estadounidense de Filipinas, William Howard Taft, convirtió el archipiélago en un experimento de lo que él consideraba el desarrollo al estilo americano: capitalismo, educación, modernidad y orden. En 1908, cuando fue elegido presidente de Estados Unidos, Taft destacó el beneficioso papel que podía desempeñar el capital estadounidense en ultramar, en el Caribe, en Centroamérica, o en la zona del Pacífico asiático. Pero Taft también subrayaba las abundantes oportunidades de ganar dinero en el extranjero para las empresas estadounidenses, y el deber del Gobierno de protegerlas. La «diplomacia del dólar» de Taft fue un indicio del ascenso mundial de su país.

En 1914 Estados Unidos ya era una potencia mundial. Pero sus dirigentes todavía no estaban seguros del papel que debía desempeñar su país en la escena mundial. ¿El cometido de Estados Unidos debía ser una intervención eficaz o un aislamiento eficaz? ¿La principal aspiración del poderío de Estados Unidos era proteger a su pueblo o salvar al mundo? Esos debates confluyeron en la decisión del presidente Woodrow Wilson de entrar en la Primera Guerra Mundial en 1917. Wilson estaba convencido de que una parte de la misión de Estados Unidos era arreglar el mundo. Su política respecto a México, donde intervino en dos ocasiones, se basaba en el principio de que lo mejor para Estados Unidos era impulsar a su vecino del sur hacia el constitucionalismo y hacia una forma de democracia al estilo americano. Wilson simpatizaba totalmente con las potencias Aliadas, encabezadas por Gran Bretaña, Francia y Rusia, que luchaban contra las Potencias Centrales, lideradas por Alemania y Austria-Hungría. Lo que le llevó a intervenir fue la guerra submarina de Alemania contra el transporte marítimo internacional entre Estados Unidos y los países aliados. En su declaración de guerra, Wilson prometía «reivindicar los principios de paz y justicia en la vida del mundo, en contraposición con el poder egoísta y autocrático», y hacer del mundo un lugar «seguro para la democracia».¹ La retórica de Wilson durante la breve guerra de Estados Unidos en Europa se centró en la necesidad de luchar contra el caos y la agitación, y salvaguardar la libertad, para las personas y para el comercio.

Wilson fue el primer político sureño elegido presidente desde antes de la guerra de Secesión, y sus puntos de vista sobre las razas y sobre la misión de Estados Unidos eran un reflejo de los del hombre blanco de su época. Para el presidente, una parte de la tarea mundial de Estados Unidos consistía en mejorar gradualmente la capacidad del resto del mundo de practicar la democracia y el capitalismo. Para esa misión, Wilson pensaba en términos de una clara jerarquía racial. Los estadounidenses blancos y los europeos occidentales ya estaban bien dotados para la tarea. En cambio, era necesario preparar a los pueblos del centro, del este y del sur de Europa. Los latinoamericanos, los asiáticos y los africanos debían ser ilustrados y educados mediante la orientación o el patronazgo, hasta que de verdad fueran capaces de asumir la responsabilidad de sus propios asuntos. Para Wilson, que básicamente era un progresista internacionalista, las facultades de tomar decisiones políticas racionales y decisiones económicas iban de la mano. Tan solo quienes llegaran a dominar las segundas podían dominar las primeras. El papel de Estados Unidos consistía en preparar al mundo para un futuro en que ese tipo de decisiones se tomaran universalmente, y en que se promoviera un equilibrio pacífico a través del comercio y de la libre interacción económica.

Mientras que Estados Unidos, por lo menos a ojos de la mayoría de sus ciudadanos, acabó cumpliendo la promesa del capitalismo y del mercado, a finales del siglo XIX Rusia, para muchos, ejemplificaba la negación de esos valores. Aunque las empresas y la producción industrial crecieron durante el reinado del zar Nicolás II (1894-1917), tanto el Gobierno como gran parte de la oposición intentaban encontrar alternativas que no obligaran a Rusia a pasar por el atolladero de una transformación de mercado. A lo largo del siglo XIX, el Imperio ruso se expandió incesantemente desde Europa oriental hacia Asia central, hasta Manchuria y Corea. Al igual que muchos estadounidenses creían en una definición continental de su país, mucho antes de que existiera tal posibilidad, muchos rusos sentían que su destino consistía en forjar unos dominios de un mar a otro, desde el Báltico y el mar Negro hasta el mar Caspio y el Pacífico. Puede que los imperios como Gran Bretaña y Francia se hubieran expandido mediante su poderío marítimo, pero Rusia aspiraba a crear un imperio terrestre contiguo, colonizado por su propio pueblo, en un territorio que tenía casi el doble de tamaño que la zona contigua de Estados Unidos.

En el seno de aquella nueva Rusia, las viejas y las nuevas ideas pugnaban por la primacía. A veces confluían en combinaciones sorprendentes. Los consejeros del zar a menudo denigraban el mercado por considerarlo una contaminación de los valores en que se sustentaba la «rusidad» y el imperio: la jerarquía, la autenticidad, la empatía y la religión, así como el saber y la cultura, se estaban perdiendo en una búsqueda frenética de ventajas materiales. Incluso quienes no apoyaban al zar tenían la sensación de que se estaban perdiendo las formas naturales, directas y genuinas de la interacción personal, y que cabía la posibilidad de que fueran reemplazadas por estilos de vida poco genuinos y foráneos. Todo ello alimentó la resistencia anticapitalista en Rusia, tanto entre la derecha como entre la izquierda, durante los años previos a la Primera Guerra Mundial. Los pocos que creían en las ideas del capitalismo liberal a menudo se perdían en la refriega.

En medio de ese coro anticapitalista de Rusia, el Partido Socialdemócrata destacaba como uno de los movimientos que conectaba el imperio con las tendencias más amplias de Europa. Los orígenes del partido, fundado en 1898, estaban en el pensamiento marxista, lo que naturalmente lo relacionaba con amplios sectores del movimiento obrero en Alemania, Francia e Italia. Ya antes del II Congreso del Partido, en 1903, la policía zarista había obligado a la mayoría de los dirigentes socialdemócratas a exiliarse en el extranjero. Así pues, el II Congreso se celebró en Londres, donde el partido se escindió en dos facciones, la «mayoritaria» (los bolcheviques, conforme a la palabra rusa) y la «minoritaria» (los mencheviques). La escisión fue por motivos tanto políticos como personales. Muchos militantes del partido no veían con buenos ojos el control que Lenin, para entonces jefe de los bolcheviques, pretendía ejercer sobre la organización del partido. La escisión contribuyó al caos imperante entre los opositores al zar. Lenin no era un hombre que transigiera con facilidad.

Ya desde mucho antes del Congreso de Londres, Lenin había alentado a sus seguidores con el sueño de una revolución rusa y de la conquista del poder del Estado. Vladímir Ilich Uliánov nació en 1870 en el seno de una familia burguesa progresista en una ciudad a ochocientos kilómetros al este de Moscú. El momento crucial de su juventud llegó en 1887. Su hermano mayor, Aleksandr, miembro de un grupo terrorista de izquierdas que planeaba asesinar al zar, fue detenido y ejecutado. Poco después Vladímir se afilió a una asociación de estudiantes radicales y se dedicó a leer con voracidad, no solo en ruso sino también en alemán, en francés y en inglés. En 1897 fue detenido y desterrado a Siberia, donde adoptó su seudónimo, Lenin, inspirado en el nombre del río Lena. Vivió tres años en una pequeña casa campesina, bajo vigilancia policial, y durante ese periodo se dedicó a leer, a escribir y a organizar. En su primera obra importante publicada, ¿Qué hacer?, de 1902, Lenin cita una carta que le escribió en 1852 el socialista alemán Ferdinand Lassalle a Marx: «La lucha interna da al partido fuerzas y vitalidad; la prueba más grande de la debilidad de un partido es la amorfia y la ausencia de fronteras bien delimitadas; el partido se fortalece depurándose».² Una vez cumplida su pena de destierro, Lenin estaba listo para el combate.

La primera oportunidad para los revolucionarios rusos llegó de forma muy inesperada. En 1905, el Imperio ruso perdió su guerra contra Japón, y el shock de la derrota desencadenó una oleada de manifestaciones masivas contra el Gobierno en Moscú y San Petersburgo. En la capital, el socialista Lev Bronstein, que se hacía llamar Trotski, encabezaba un comité de trabajadores (soviet) que

Has llegado al final de esta vista previa. ¡ para leer más!
Página 1 de 1

Reseñas

Lo que piensa la gente sobre La Guerra Fría

5.0
3 valoraciones / 1 Reseñas
¿Qué te pareció?
Calificación: 0 de 5 estrellas

Reseñas de lectores

  • (5/5)
    Excelente muy ameno y explica muy bien todos los momentos desde que empezó hasta que finalizó con lujo y detalles país por país . Felicito al escritor por su dedicación