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El mejor periodismo Chileno 2014: PREMIO PERIODISMO DE EXCELENCIA Univesidad Alberto Hurtado
El mejor periodismo Chileno 2014: PREMIO PERIODISMO DE EXCELENCIA Univesidad Alberto Hurtado
El mejor periodismo Chileno 2014: PREMIO PERIODISMO DE EXCELENCIA Univesidad Alberto Hurtado
Libro electrónico356 páginas4 horas

El mejor periodismo Chileno 2014: PREMIO PERIODISMO DE EXCELENCIA Univesidad Alberto Hurtado

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Información de este libro electrónico

Este libro, que reúne los mejores trabajos del Premio Periodismo de Excelencia 2014 de la Escuela de Periodismo de la Universidad Alberto Hurtado, están representados los principales temas que marcaron el año y que, en su mayoría, definen la cara menos amable del país: adopciones irregulares del sacerdote Gerardo Joannon, responsabilidad del Partido Comunista en la crisis de la Universidad Arcis, inmigración colombiana en el norte chileno y cuestionamientos a la clase política y empresarial, entre otros. También desfilan grandes personajes como Pedro Lemebel, Nicanor Parra, Marcelo “Chino” Ríos, Gabriel Boric y Anita González, “la Desideria”, quienes, por una razón u otra, marcaron pauta y son retratados de manera magistral en sus facetas más íntimas y desconocidas. En esta selección con lo mejor de nuestro periodismo sobresale la historia de Jorge Valdivia, el hombre que se hacía llamar “martillero” y abrió la caja de Pandora en que se convirtió el caso Penta. Perfilado de manera ejemplar por tres periodistas, el retrato al testigo clave del mayor escándalo político y financiero de los últimos años obtuvo el primer lugar de la décimosegunda versión del Premio Periodismo de Excelencia.
IdiomaEspañol
Fecha de lanzamiento18 nov 2019
ISBN9789563570267
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    El mejor periodismo Chileno 2014 - Varios autores

    TVN.

    Trabajos premiados

    PREMIO PERIODISMO DE EXCELENCIA UNIVERSIDAD ALBERTO HURTADO

    PREMIO CATEGORÍA REPORTAJ

    EL ÚLTIMO GOLPE DEL MARTILLERO

    Rodrigo Fluxá, Carla Mandiola y Carla Ruiz

    25 de octubre de 2014

    Sábado, El Mercurio

    Quiero hacer algo grande antes de irme, algo por lo que me recuerden. El moribundo Jorge Valdivia cumple su amenaza: declara ante la justicia y destapa así el caso Penta, el escándalo tributario que estalla a fines de 2014 y cuestiona los mecanismos de financiamiento de la política, con el saldo inicial de tres altos ejecutivos en prisión preventiva y una aguda crisis de representatividad remeciendo al mayor partido político del país. Esta síntesis de buena escritura, reporteo profundo e impacto en la agenda pública, en la opinión del jurado del PPE, toma la hebra de un personaje de los bajos fondos cuya vida llena de correrías y al margen de la ley parece arrancada de una película de hampones.

    Después de recurrir a brujos, a medicinas naturales, a tratamientos con veneno de rana amazónica, Jorge Valdivia, el martillero Jorge Valdivia, entendió que su cáncer al colón, grado cuatro, con metástasis, lo iba a matar inevitablemente. Llamó a su asesor de bienes raíces y principal confidente y le dijo:

    —Yo ya he estado preso. Si quieren meterme preso de nuevo, yo voy a tirar el mantel y se van a caer todos conmigo.

    A su abogado de toda la vida le venía pidiendo hace meses que pensara la posibilidad de que escribiera un libro con su vida; intentaba tentarlo contándole historias de su pasado, la mayoría muy difíciles de comprobar y posiblemente exageradas. Mientras más se acercaba a su muerte, Jorge Valdivia más pensaba en el final de la novela de su vida. Le decía:

    —Quiero hacer algo grande antes de irme, algo por lo que me recuerden.

    En otras palabras, en las palabras que el martillero solía ocupar: —Quiero dejar una cagada grande.

    ***

    El papá del martillero era jefe de manutención eléctrica en Madeco y su madre dueña de casa, pero la figura que más lo marcó, la que siempre recordaba, era su abuela, quien había manejado un centro recreacional para adultos. En un informe sobre Valdivia emitido por Gendarmería, en 2006, se lee: Trayectoria escolar estable. No reporta problemáticas conductuales o de aprendizaje, más bien indica buen rendimiento, respetuoso de la normativa impuesta. Durante su último año escolar inicia en paralelo actividades laborales en la empresa de su padre, específicamente como ayudante en mecánica, por cuanto en forma individual y en respuesta a sus inquietudes y deseos de superación personal realiza a la par un curso de postgrado en mecánica automotriz. La inserción laboral temprana le permitió ir perfeccionándose en dicho rubro y poner en práctica sus nuevos conocimientos.

    El golpe de Estado lo pilló en Madeco. Según le contó a su familia, fue detenido a las pocas semanas por falsificar material militar y torturado en un cuartel de Calle 18, colgado de las manos con una capucha encima. Su nombre no aparece como víctima en ningún informe oficial sobre violaciones a los derechos humanos. Años después, en democracia, obtuvo la pensión de exonerado político, porque, según él, fue despedido de la empresa por los militares. En el mencionado informe de Gendarmería contó otra cosa: se fue porque quería ganar más plata.

    Ya de joven mostraba olfato para los negocios. Lo ayudó que su abuela se ganara ocho millones de pesos en la Polla Gol y le cediera gran parte.

    Valdivia tuvo un breve primer matrimonio, del que nació Jaime, su hijo mayor. En 1978 se volvió a casar, ahora con Carmen Navarro, capitán de Carabineros. Gracias a ella hizo sus primeras conexiones. El propio Valdivia declaró en marzo de 1999, durante un proceso en su contra: Por el trabajo de mi esposa, nuestra casa era visitada por bastantes oficiales de ejército y carabineros, con los cuales había un cierto grado de amistad. Ellos nos regalaban diversas especies que tenían que ver con la materia de sus instituciones.

    En un taller mecánico que tenía en el pasaje Nicanor Plaza, en el barrio de Matta Oriente, comenzó a recibir visitas de uniformados. El exfiscal militar Luis Acevedo lo conoció y recuerda: Siempre andaba diciendo que conocía a tal o tal general. Nadie entendía muy bien cómo una carabinera podía andar con alguien así.

    Su hijo mayor lo ayudó en el taller durante seis años, pero el trato era casi como a un empleado más. Me decía: hola, cómo estai y sería. Estaba ya metido en sus cosas, dice Jaime Valdivia a Sábado.

    Para ganar influencia y conseguir mejores tratos, Valdivia comenzó a decir que era de la CNI. El exagente Juvenal Piña declaró en un juicio posterior de Valdivia: Él siempre nos arreglaba los vehículos cuando en nuestro taller no había capacidad, esto fue en los años 80 hacia adelante. Nunca cobró por sus servicios, siempre lo hizo por el bien de su país.

    Valdivia desarrolló una adoración al general Augusto Pinochet. En su despacho, que estaba repleto de sables y pistolas, donde solía tomarse largas siestas, tenía un póster gigante de él, autografiado. A nadie le constaba su veracidad: estaba a metros de un diploma de ingeniero comercial de la Usach a su nombre. Jamás se graduó de esa universidad.

    No sé si tenía una ideología muy definida. No creo que nadie pueda decir que tuvo una conversación política profunda con él. Su verdadera ideología era ganar plata, eso era lo que le gustaba. Y en la dictadura, esos contactos ayudaban a ganar plata, dice un amigo.

    Con la vuelta a la democracia solo logró ampliar sus redes. Del taller mecánico, pasó a dedicarse al remate de los autos de las aseguradoras. Su método para hacer nexos era burdo, pero eficiente: a la persona que se atravesara por el frente le hacía un regalo. Policías, actuarios, detectives, carabineros. Solía saludar a gente importante que no conocía, solo para que el resto pensara que estaba mejor conectado de lo que sospechaban.

    Uno de los principales proveedores de autos de Valdivia era Aseguradora Consorcio, en ese entonces en manos del que hoy es el grupo Penta. José Antonio Cambará, liquidador en esos años, confirma que ambas partes trabajaron seguido. Valdivia, en su estilo, hizo muchos amigos, siempre ofreciendo favores. A las secretarias les llevaba chocolates y a un gerente llegó a regalarle una silla ortopédica para su padre enfermo, avaluada en varios millones de pesos. La relación de trabajo con la aseguradora tuvo un quiebre abrupto: tras fallar con unos pagos, fue acusado de giro doloso de cheques. Quedó debiendo casi 200 millones de pesos.

    Valdivia, contra la pared, falto de efectivo, comenzó a desesperarse. En octubre de 1997, la cuarta fiscalía militar de Santiago tenía ocupado su patio con cuatro autos, lavadoras, televisores y minicomponentes, resultado de un antiguo decomiso al Frente Patriótico Manuel Rodríguez. Él vio la oportunidad: se presentó ante el fiscal, dijo ser esposo de una carabinera, mostró credenciales falsas de martillero —solo tiempo después estaría enlistado ante el Ministerio de Hacienda— y soltó un cúmulo de referencias que nadie se molestó en chequear.

    Los escritos de la justicia militar muestran lo que pasó después:

    30 octubre de 1997

    Tasación de especies. Martillero público debe proceder a fijar el monto mínimo de las especies.

    12 enero de 1998

    Se hace entrega material de las especies que retira del tribunal el martillero público don Jorge Valdivia Rodríguez. Retira personalmente las especies luego de haberlas revisado minuciosamente y se declara conforme comprometiéndose a entregar al tribunal un acto de recepción, detallando el estado en que se encuentran las especies recibidas.

    23 de marzo de 1998

    Ofíciese al martillero Jorge Valdivia pidiendo cuenta del resultado de la subasta pública.

    Junio de 1998

    Ofíciese en calidad de urgente al martillero público Jorge Valdivia a fin de dar cuenta del remate que le fue encomendado.

    21 de julio de 1998

    Reitérese citación bajo apercibimiento de arresto del martillero público don Jorge Valdivia Rodríguez.

    23 de diciembre de 1998

    Orden de investigar por el OS-9 y por la sección de investigaciones policiales con el objeto de ubicar el paradero del martillero.

    29 de diciembre de 1998

    A las 16:30 no encontraron moradores en la vivienda. Vecina comenta: Residió hasta junio de 1998 con su mujer de nombre Carmen y dos menores de edad, de 12 y 14 años.

    Efectivamente, en ese entonces su matrimonio había colapsado. Valdivia había disfrutado de la bohemia en dictadura. Era habitual del bar Romeo y del Confeti, del esposo de Patricia Maldonado. Ambos lugares eran frecuentados por los servicios de inteligencia del Gobierno. Un productor musical que iba con Valdivia recuerda: Siempre andaba preguntando: ‘¿Alguien necesita algo? Lo que necesite, me avisa’. E invitaba a todo el mundo. Andaba siempre rodeado de amigas, muy del perfil galán. Uno de los regalos a sus conquistas eran autos. Mucha de la información que manejaba venía de mujeres del ambiente. Le decían el tío George.

    En 1991 abrió, junto con un socio, el bar Black Cat, en Portugal con Rancagua. El negocio duró 11 meses: los dueños no soportaron el ritmo de vida. El consumo de cocaína fue un asunto difícil de controlar, dice un exempleado del local.

    Pero fueron sus problemas judiciales los que cansaron a su mujer. Ella, en 1999, declaró en una causa: Durante el tiempo que duró el matrimonio, Valdivia trabajaba como comerciante. Los negocios estaban mal y eso dañaba mi carrera como funcionaria. El año 1996 decidí pasar a retiro. Tras eso al seguir mal la situación conyugal, él decidió marcharse de la casa. En realidad, lo echaron.

    En 1999, el martillero vivía en un departamento en Pedro de Valdivia con Irarrázaval. Se había vuelto a emparejar, en una relación que duró seis años. La mañana del 19 de julio, dos detectives le hicieron un control por su andar sospechoso, mientras salía a comprar pan. Al revisarlo, le encontraron en un bolsillo de la chaqueta una granada de uso militar en perfectas condiciones. Inicialmente Valdivia acusó un complot, orquestado por una arrendataria con la que mantenía una disputa. Ella lo negó mandando una carta al juez de la causa: Creo que personas que tienen la mala suerte de llegar a su lado ya sea por negocios o de otra índole (…). Ha sido el de un tipo abusador y falta de escrúpulos tratando de sacar el máximo provecho de toda situación no importándole el daño que puede ocasionar si con eso obtiene algún beneficio.

    La explicación a los policías de Valdivia por el armamento fue insólita. Dijo que se lo había regalado el año 87 el ex-CNI Francisco Zúñiga, uno de los responsables de la Operación Albania, ya fallecido, y que justo esa mañana estaba empezando una etapa nueva de su vida, abriendo una bodega de remates. Y había sacado la granada de su casa para que un tornero del barrio Franklin se la transformara en llavero. Debo hacer presente que en ningún momento he pensado cometer algún atentado o delito y que desconocía el daño que me pudiese haber ocasionado, declaró. Quienes lo visitaron en la cárcel recuerdan que su estado psiquiátrico era delicado y que lo veían capaz de hacer cualquier cosa. Su pareja de esos años concuerda: Él se juntaba con todo tipo de gente. En una salida tuvo una pelea con un gallo que era más choro que él y Jorge le dijo de vuelta: ‘Qué tanto, yo saco la granada y vuelo tu población y soy más choro que voh’. En las poblaciones le decían ‘Papi’.

    La justicia militar no soltó fácil el caso y el proceso ventiló buena parte de la vida familiar del martillero. La defensa de Valdivia, a pedido de él, citó, en 1999, a un puñado de testigos que certificaron que era un ciudadano ejemplar.

    Declaración de Luis Díaz Reyes:

    Conozco a don Jorge Valdivia desde hace 11 años, atendido que mantiene relaciones comerciales con la compañía de seguros Las Américas, en la que yo trabajo. La compañía exige a quienes tienen tratos comerciales con la empresa una conducta intachable, tanto comercial como con sus antecedentes penales. Durante el tiempo que lo conozco, nunca lo he visto metido en nada ilegal. Siempre ha sido muy solidario con todas las personas.

    Declaración de Francisco Astorga Silva:

    Conozco desde el año 1988 a Valdivia por relaciones de trabajo. Conocí a su señora cuando era capitán de Carabineros y a sus hijos, y también conocí por su intermedio al general de Carabineros Osvaldo Muñoz, que lo visitaba, y a mucha gente que llegaba a su domicilio de trabajo. Durante el tiempo que lo conocí nunca tuve problemas con él, ni supe de algo cuestionable. Y como amigos en los momentos que lo he necesitado, ha estado conmigo para solucionar mis apremios personales.

    Ambos trabajaban en la Aseguradora Consorcio. Hoy son, respectivamente, auxiliar de administración y subgerente de administración en empresas Penta.

    ***

    Cuatro meses alcanzó a estar preso Jorge Valdivia por el tema de la granada, su más extenso período en reclusión. Del remate de la fiscalía militar había sido sobreseído, luego de pagar lo que debía casi cuatro años más tarde. Su propio abogado defensor se sorprendió cuando supo que le dieron la libertad provisional al poco tiempo de ser sorprendido en la calle con armamento de guerra. Por un momento pensó que los contactos de los que solía alardear no eran totalmente inventados. Fue sentenciado, finalmente, a tres años y un día de pena remitida. Tuvo que ir periódicamente a sus controles de libertad vigilada. En el último, su delegado escribió: Mantiene proyecto de vida concreto y realista. Le alcanza con sus propias habilidades y recursos personales, acordes al ciclo vital en que se encuentra, con evidente madurez en las acciones emprendidas.

    En la causa de giro doloso de cheques, llegó a acuerdo con la aseguradora, controlada por Penta. Liquidó una propiedad y pagó parte de la deuda. Estrechó lazos con Hugo Bravo, a quien conocía de antes. El gerente se transformó en su contacto habitual. Siguió acudiendo regularmente a la oficina, pero se autoimpuso un perfil algo más discreto. Carlos Alberto Délano, uno de los controladores, le había hecho la cruz tras el episodio de los cheques y otro mucho más doméstico. Valdivia le vendió un auto en mal estado a un profesor de inglés que le hacía clases a Délano, a Carlos Eugenio Lavín y a otros ejecutivos de la plana mayor. El profesor les comentó el episodio y Valdivia, tras devolverle el dinero, fue hasta su casa para amenazarlo por enemistarlo con los jefes. El profesor también contó eso, sellando el perfil del martillero en la empresa: una especie de matón. Un asistente de Valdivia recuerda que en una ocasión, mientras él le hacía un tour por Penta, orgulloso, presentándoles a sus conocidos, contándole qué favores podía hacerle cada persona, apareció Délano de improviso en un pasillo y Valdivia se escondió detrás de una mampara hasta que pasara.

    Bravo, ya gerente general de Penta, tenía oficina en el piso 15, el mismo de Délano y Lavín. Valdivia solía esperar en el piso 9, con sus otros conocidos del holding, hasta que le avisaran que Bravo estuviese solo para subir a visitarlo. Le pasaba dos ternos y un par de zapatos al año, además de un talonario mensual de Cheque Restaurant. El trato era cercano, pero seco: cuando Valdivia tenía que ir a Cachagua por un encargo, lo atendían en el portón, no lo hacían pasar. Los trabajos de Valdivia a Bravo iban desde tareas sencillas, como conseguirle iluminación para la fiesta de su hija o sacarles partes a los gerentes, hasta labores de recolección de datos: otro asistente de Valdivia confirma que Bravo le encargó, por ejemplo, recopilar información sobre ejecutivos de la empresa que lo comenzaban a eclipsar. Desde Penta creen que Valdivia le ayudó también a grabar conversaciones privadas. Su posición ante Bravo se fortaleció cuando, según está establecido en la Fiscalía Oriente, le presentó al funcionario del Servicio de Impuestos Internos Iván Álvarez. Valdivia tenía contactos amplios ahí, a nivel de sindicatos. Para una movilización les llevó empanadas a todos. Según la declaración del propio Bravo, gracias a ese nexo, comenzó a conseguir rectificaciones millonarias en las devoluciones de impuestos. En abril de 2010, Bravo, representando a Penta, le cedió a Valdivia los derechos de Espartaco S.A., una antigua sociedad de la firma, también para generar devoluciones.

    Fueron años de gloria para el martillero, que sentía que tenía finalmente las espaldas totalmente cubiertas. Sus paseos por el Persa Biobío eran un espectáculo: salía gente de todos los puestos a saludarlo. Él les contaba que iba a ser diputado; así conseguía descuentos comprando. Se ufanaba de poder conversar, en el mismo día, con los gerentes de una de las compañías más importantes de Chile y en la noche sentarse en una población con sujetos que tenían armas debajo de la mesa. Su casa era un recorrido interminable de gente pidiéndole favores. Cuando le empezaban a hablar, él siempre decía lo mismo:

    —Calmao, calmao.

    Recién ahí especificaban qué tipo de asistencia necesitaban. Él ayudó a mucha gente, dice su vecino y amigo Juan Silva. Llegaban y él pasaba y pasaba cosas, como una especie de Robin Hood. Tuvo unas niñitas peruanas que no tenían dónde ir viviendo en su casa. Mandó dos camiones repletos con ayuda a Quintero. Mucha gente se aprovechó de él.

    Transformó su casa de Matta Oriente en una suerte de templo. Tenía decenas de velas prendidas, una especie de altar con santos y budas, leía el tarot y llegaba hasta gente de fuera de Santiago para que él les viera las energías. Desarrolló ciertos rasgos de paranoia: instaló en el pasaje Nicanor Plaza, donde vivía, un set de cámaras apuntando a la calle, que estaban conectadas a unos monitores en su dormitorio. Evaluó electrificar los ingresos a su pieza, también por seguridad. Tenía una pistola en cada velador. Los fines de semana la casa solía tener invitados; la lista impresionaba a los vecinos, por el nivel de contactos. El jefe de una brigada de la zona oriente de la PDI, por ejemplo, era habitual. Consultado por Sábado, el detective calificó las visitas como sociales.

    En una de esas fiestas, en 2011, Valdivia conoció a B.J., una exbailarina de 37 años, invitada por una amiga en común. El martillero, al verla, hizo lo que hacía con las mujeres que lo visitaban: fue a la pieza y de una bolsa llena de anillos de plata, eligió uno y se lo regaló. Le dijo que tenía preciosos ojos almendrados. Al final de la jornada, ella le comentó que estaba sin trabajo y él le preguntó si quería venir a ayudarlo a llevar la casa los fines de semana, porque se sentía muy solo.

    Por casi dos años vivieron juntos todos los fines de semana, en una relación mitad amorosa, mitad laboral, con ambas hijas de ella también alojando en la casa. Ella conoció sus excentricidades. No pagaba nada; estaba colgado a la luz. Un día le hice el aseo en su pieza, le di vuelta todo y encontré rifles, granadas, un lápiz con micrófono, una corbata con cámara. Yo le pregunté sorprendida y me dijo: ‘Eso tiene que ver con mi trabajo’, y ahí me contó que había trabajado para la CNI. No sé si era verdad o no, dice ella.

    Según cuenta B.J., comenzó a ver sangre en las sábanas en las mañanas. Con el tiempo, Valdivia supo el diagnóstico: cáncer al colon. Se operó a los meses en el Hospital de Carabineros.

    Cuando estaba en reposo postintervención, el 2 de septiembre de 2011, según consta en una denuncia en la Fiscalía Centro Norte, Valdivia fue acusado de abusar de la hija menor de B.J., de 9 años. Se lee en la causa que la niña fue a la pieza a pedirle al martillero que le comprara un teléfono celular nuevo, cuando él la metió debajo de las sábanas para tocarla. La menor contaba que Valdivia le había dicho que no hablara ni le contara a su mamá porque él era brujo. La psicóloga del Centro de Atención a Víctimas de Atentados Sexuales que evaluó a la menor estimó que su relato era creíble. Sus vecinos y familiares cerraron filas con él; creían que, otra vez, querían sacarle plata.

    En paralelo, tras una denuncia en contra de Álvarez, el funcionario de Impuestos Internos, la fiscalía comenzó a indagar el fraude tributario con las rectificaciones de devoluciones de impuestos, ligadas al FUT. Álvarez se autodenunció y colaboró. Al menos tres contadores mencionaron a Valdivia como el principal reclutador de contribuyentes para Álvarez. El propio Valdivia recibió una carta del SII que explicaba que había problemas con cerca de 150 millones de su última declaración. A él, el asunto lo tenía sin cuidado. Uno de sus asesores afirma: Decía que había tanta gente importante metida y que él sabía tanto, que era imposible que lo tomaran preso, que alguien lo iba a salvar antes. La acusación por los abusos sí le quitaba el sueño; conocía las consecuencias que podía sufrir si quedaba preso por algo así. Pensó varias veces presentarse para formalizarse, pero la sola idea de pasar sus últimos meses en prisión preventiva lo aterraba. Con la orden de detención por el caso de abusos ya emitida, optó por recluirse en su casa. Dejó escombros en la entrada, para que pensaran que estaba abandonada y, cuando comenzaron a llegar notificaciones por deudas en el sistema bancario, colocó en la puerta un letrero que decía: Aquí no es. Ostentaba un humor bastante negro: el 17 de agosto de 2011, un joven de 34 años se colgó justo en el pórtico de entrada de su casa, situación que fue registrada por sus propias cámaras de seguridad. La familia del afectado, tiempo después, le preguntó si podía colocar una placa recordatoria en el muro. Él dijo que sí. Disfrutaba contando que mucha de la gente que venía a buscarlo, pensaba que el muerto era él.

    En octubre de 2013 le celebraron el cumpleaños en la casa de su abogado. El cáncer estaba totalmente expandido, pese al tratamiento en la Fundación Arturo López Pérez y a las decenas de remedios caseros que se automedicaba. La lista de invitados fue muy corta y visada por él: solo sus reales amigos. Estuvo también su primer hijo, con el que tenía escasísimo contacto. Valdivia, que solía tratar a cercanos y lejanos a garabatos, que no mostraba nunca mucho tacto, lloró cuando él le bailó cueca, afición que su padre casi desconocía. Dijo que sabía que era su último cumpleaños.

    A fin de año, vendió la casa del pasaje Nicanor Plaza, atosigado por una deuda bancaria, lo que lo hizo aún más inubicable para quienes lo buscaban. Llegó a manejar dos cédulas de identidad distinta, a modo de distracción. Si bien seguía recibiendo los dos millones de pesos mensuales que el mismo Hugo Bravo confesó pagarle, comenzó a incubar cada vez más resentimiento: sentía que por mucho tiempo había realizado el trabajo sucio, que los había hecho ganar mucha plata y nunca le pagaron a la altura. Ellos y sus familias se tratan en la mejores clínicas y yo tengo que andar casi pidiendo limosna, le dijo a su abogado. Un hijo de él trató de contactar a Hugo Bravo. Cuenta que le dijeron de vuelta: Tu papá ya no me sirve, porque arrastra las patas.

    Un artículo en La Segunda, de abril de 2014, lo sindicó, con foto, como el hombre clave del caso FUT, el reclutador de clientes para Álvarez. Un cercano dice que no se enojó; de hecho, se alegró de alcanzar notoriedad y comenzó a idear su gran final. Cuando estuvo seguro de que moriría, advirtió que iba a contar todo. Sabía lo que iba a pasar, dice su hijo mayor.

    En Penta la publicación del vespertino sacó chispas. Según se lee en una querella posterior presentada por el conglomerado, gatilló un encuentro en extremo áspero de Lavín y Délano, con Bravo: "Valdivia era un personaje de bajo nivel educacional que, pese a no contar con la simpatía de nuestros representados, comenzó a frecuentar la oficina

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