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valoraciones:
2/5 (1 clasificación)
Longitud:
269 páginas
3 horas
Editorial:
Publicado:
14 dic 2016
ISBN:
9789563382679
Formato:
Libro

Descripción

El primer año en la universidad trae consigo un sinfín de descubrimientos, algunos más extremos que otros; se abre un mundo nuevo, dejas atrás, de cierta manera, “el nido”; tal vez, para otros, llega la tan ansiada libertad y empiezas a ver el mundo de forma distinta, fuera de la protección 24/7 de los padres. Para otros, tal vez la gran mayoría, se define al ser adulto y se re-descubre en todo sentido; los cuestionamientos propios de la adolescencia salen a flote, las convicciones se hacen más fuertes, conoces a los que se transforman en los amigos de la vida y empiezas a liberarte de lo que te destruye o te carcome. Liberta es eso, y un poco más…

“Chiflaban, las piedras golpeaban sobre el guanaco, las molotov explotaban cerca de los ¡pacos culiaos! y, más enfurecida que nunca, encendía la primera mecha.

La Marce adelante, con su pelo rojo envuelto en un pañuelo, me hizo un gesto con los ojos, asintiendo para que lanzara de una vez.

Mi respiración agitada chocaba con la tela negra que me cubría y solo logré ver el punto exacto, antes de darme el impulso necesario y lanzar. La botella impactó en el escudo del paco que, alineado, trataba de protegerse.

Se me erizó la piel, la libertad me supo a furia y mi sonrisa desapareció bajo mi capucha primeriza.”
Editorial:
Publicado:
14 dic 2016
ISBN:
9789563382679
Formato:
Libro

Sobre el autor


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Liberta - Yanina San Martín

Liberta

Autora: Yanina San Martin

Editorial Forja

General Bari N° 234, Providencia, Santiago-Chile.

Fonos: 56-2-24153230, 56-2-24153208.

www.editorialforja.cl

info@editorialforja.cl

Diseño de portada: Ángela Hidalgo

Diagramación: Sergio Cruz

Edición electrónica: Sergio Cruz

Fotografía solapa: María Raquel Angulo

Primera edición: octubre de 2016.

Prohibida su reproducción total o parcial.

Derechos reservados.

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o trasmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin permiso previo del editor.

Registro de Propiedad Intelectual: N° 270119

ISBN: Nº 978-956-338-286-0

"A mis esperanzas.

A estos sueños latentes.

Y con urgencia a los que adolecen en la penumbra".

1

El reloj marcaba un cuarto para las ocho ese lunes, la música cumbianchera de la micro chicharreaba y cuando vi la reja de la universidad a través del vidrio aferré mi mochila con susto. Un escalofrío se anidó en mi espalda. Era mi primer día y me temblaba la guata cuando bajé. Fue como si mi cuerpo completo presintiera el comienzo del camino a mi tan ansiada libertad.

Soy la mayor de una familia de clase media tirando más para baja. Tengo un hermano llamado Sebastián y vivía en ese entonces con mis padres en Lo Prado, una comuna que surgía en el miedo al asalto cotidiano y los narcos, en los barrios pungas de Santiago.

Caminaba siguiendo la vereda, mirando al resto, sus pantalones anchos, sus mallas de colores, sus cortes rapados, sus pelos arcoirescos, sus tatuajes y sus perforados cuerpos. Me dio la impresión de haberme demorado caleta en escoger una tenida para ese día.

De pronto la veo frente a mí, de golpe. Su fachada intimidante y sus jardines verdosos, un contraste perfecto. La universidad.

Suspiré orgullosa.

Había logrado decidir al menos en eso, y claro, estudiar Pedagogía en Artes Visuales en el mismísimo Peda, volvió el cariño de mi papá aún más gélido. Los comunistas y los volaos estudian esa porquería, se te va a pegar el vandalismo o te vas a morir de hambre, escupió cuando tuvo que firmar para ser mi aval.

Seguí avanzando hasta llegar al depa de Artes, donde un gran mural adornaba la colorida entrada de un edificio con aires noventeros. Era temprano, así que entré al baño para mirarme la cara de enferma y lavé mis manos sintiéndome todavía una intrusa.

Inspiré intentando pasar lo más desapercibida posible, pero de seguro mi rostro gritaba ¡mechona!

Circulé con pasos lentos entre desconocidos y, pensando mucho mis movimientos, saqué mi agenda y vi el horario. Después de preguntarle a la secretaria logré ubicar la sala dos con el profesor Zepeda, quien sería el encargado del ramo Arte y pensamiento. El profe resultó bastante buena onda y, con una leve mueca de su boca, me indicó un lugar en la mitad del pasillo del amplio y blanco salón. Nos explicó de qué trataría su ramo y lo que necesitaríamos. Era una persona que gesticulaba mucho con las manos y se agarraba el pelo largo y canoso cada dos segundos. Me gustaba su forma de expresarse sobre los nuevos desafíos que vendrían. Tomó rápidamente el control de nuestros primerizos corazones.

En medio de su charla motivacional, tres golpes enérgicos interrumpieron su oratoria y el silencio se hizo sepulcral. Entornó los ojos como acostumbrado a la actitud y, cuando abrió la puerta, comenzó a retar a alguien con voz de metralleta.

–A los nuevos puedo aguantarles llegar tarde, pero usted ya debería estar al tanto de los horari…

–Estaba arreglando lo del traspaso –respondió una voz que nunca antes había oído, en un tono extraño, como muy grave para ser mujer y muy agudo para ser un gallo. Aun así no era una voz desagradable.

–Amanda, esa no es…

–Bueno, ¿me va a dejar pasar? –preguntó desafiante.

El profesor se hizo a un lado y esquivándolo entró una muchacha pálida y alta, con el pelo disparejo y rasurado. Ella llevaba una camisa de cuadros demasiado ancha para su delgada figura y unos bototos oscuros, como si fuera a comenzar una guerra. Nos acechó con la mirada buscando un puesto y por un leve segundo sus ojos claros casi me asesinaron. No supe qué hacer y bajé la cabeza hasta mirar las rayas de mi mesa. Me asusté de forma paralizante.

Avanzó a grandes zancadas hasta el final, al parecer sin importarle que todos la observáramos, y se sentó atrás.

Zepeda la miró con un contenido recelo y, después de un incómodo silencio, continuó su clase hasta el final de la hora, cuando la llamó a su oficina y la chica pasó junto a mí, casi dándome un empujón.

Nos pusimos de pie la mayoría aletargados, pero la puerta se cerró tras Zepeda con un potente portazo. Del otro lado gritaban: ¡Pelo… pelo… pelo!, en un coro aterrador, mientras unas manos envueltas en guantes quirúrgicos y manchadas de pintura sostenían un par de tijeras. Adentro, nos miramos las caras, aterrorizados.

–¡Puta la weá!, ¡justo vine con estos jeans nuevos! –gritó una chica de rizos a mi lado.

La miré impávida, y mi respiración se apresuró con la percusión de afuera que se acrecentaba; no sabía si reír o llorar, hasta que un chico de melena larga abrió la puerta de golpe.

–¡No! –imploramos, pero entraron tres gallos altísimos con en bolsas de basura en las manos y una sonrisa malévola.

–¡Ya, sáquense todas las weás nomás, dejen los zapatos ahí y las mochilas acá!, ¡ya, rapidito nomás!, ¡apúrate! –exigió el rapado pegándole a una silla con un pollo de hule.

Me quité la chaqueta y guardé todo en mi mochila sin chistar, aterrada.

Nos enfilaron y nos obligaron a entrelazar nuestras manos por debajo, para que quedáramos agachados y lo más incómodos posible.

–¡Ya, vamos cantando el himno! –rio el mismo tipo con voz de comandante.

No canté, solo hice la mímica hasta que nos sacaron del depa. Mi mirada vio pies descalzos empolvados, trazos de cielo, piedras y las ruedas de la bici de la chica que aun al revés logró hacerle una mueca de odio al que dirigía el asunto.

Nos obligaron a equilibrarnos en un pie, mientras nos cortaban la ropa. Dejaron parte de mis sostenes a la vista y rasgaron mis jeans favoritos para dejarlos como falda de bailarina exótica.

Seguíamos cantando, esta vez obedecí para que no me dieran penitencia, y nos llevaron en la misma pose indigna por un largo camino de dolorosas piedrecillas hasta un charco putrefacto formado con cabezas de chancho, de pescado y de toda clase de animalejos muertos que pudieron encontrar. Pero antes nos bañaron en kétchup, mostaza y mayonesa. Mi cabeza tenía una rara mezcla de manjar con pintura azul y harina. Me reía de nervios cada vez que alguien le ponía algún aderezo a mi pelo. La chica de mi lado chilló agudo cuando la coronaron con un huevo, y me hizo aflorar una risa que ella compartió con la misma expresión confusa.

–Ahora todos los weoncitos van a tirarse el mejor piquero, y así en vez de cinco lucas, cuando los mandemos a la calle tienen que traer dos lucrecias nomás, ¿tamos? –preguntó como si le hablara a retardados mentales.

Asentimos y, como nadie quería ser el primero, tomaron al azar del brazo al chico al que le habían rapado su larga melena. A regañadientes corrió sobre el pasto mojado, hasta que su cuerpo delgado explotó en un chapoteo triunfal que aplaudimos todos entre risas; como condenados, íbamos caminando hacía la turbiedad de esa agua aceitosa. La chica de rizos volvió a chillar antes de darse impulso y caer de poto con una carcajada porcina hasta el otro lado.

Mis pies temblorosos se tensaron ante la vista de demasiados ojos atentos, sin embargo, logré darme impulso y deslizarme de guata en esa poza fétida hasta que logré salir coronada con una pata de pollo que me colgaron de premio.

La chica me sonreía con unos dientes blancos, intactos, y se me acercó cuando nos exigieron la cuota a cambio de nuestras mochilas.

–¿Vamos juntas? –me preguntó.

Asentí tímida.

Ella hablaba harto y rápido, sin pausas, como metralleta y solo logré entender que su nombre era Estefany, pero que prefería que le dijera Fany, que era más fácil, más corto y más choro también.

Caminamos hasta Pedro de Valdivia, sintiendo la mirada fija de la gente, viendo cómo se tapaban la nariz los niños y notando la indiferencia ante nuestras manos que mendigaban una moneda. La situación me resultó incómoda, extraña. Mi tono era devorado por las micros sin que los transeúntes entendieran lo que les decía. Ya después dejaba que Fany hablara, y ella solo se dirigía a hombres, coqueteándoles con su sonrisa perfecta y arremangando más sus jeans, para dejar ver unas piernas buenísimas, las que me resistí de mirar la mayor parte del tiempo.

Había llegado la hora de volver y ella solo me hablaba que su pololo estudiaba en una privada, y que las privadas tienen mejor infraestructura, mejores profes y baños con confort. Entregamos parte de la recolección en nuestra sala, y nos devolvieron nuestras cosas intactas, junto a un poco de champú y jabón, con el que llegamos a las duchas entre saltitos. El agua fría me quitó la harina y la pintura del pelo, pero mi ropa era un desastre aún, y aunque me puse la chaqueta el pantalón seguía dejando mis presas al aire.

Caminábamos con la dignidad herida hasta el paradero, cuando se acercó la micro de Fany.

–Ya, me voy eh… –miró mis ojos, confusa.

–Tania… –casi susurré con una risita de ratón.

2

Di vuelta la llave y abrí con lentitud. Mis ojos chocaron con el cuadro de Pinochet sobre el televisor encendido del living. La mamá estaba sentada cabeceando en el sofá amarillo. Intenté cerrar la puerta sin meter bulla, pero su sueño era demasiado volátil y saltó como si fuese un terremoto con el leve crujir de la madera. Sus ojos redondos se abrieron como plato.

–¿Qué pasó?, ¿te asaltaron, mijita por dios? –se persignó, mientas se despejaba.

–Bueno… –reí marcando un besito en su cálida y blanda mejilla– me mechonearon

–Pero, hija, mira tu ropa… harta razón tenía tu papá, hay puros vándalos ahí. ¡Por dios, hijita linda, donde te fuiste a meter! –casi lloraba agarrándose la cabecita.

–Ya, mamá, tranquila, pudo haber sido peor.

–¿Tienes hambre? –inquirió dispuesta a ir a la cocina a preparar algo de inmediato.

–No, ya comí, gracias –bostecé cansada. Caminé hasta el pasillo para llegar a mi pieza, mi santuario personal y junté la cortina que fabriqué con trozos de mimbre. No era mucho, pero aun así tenía mi cama en la esquina, un clóset con las puertas agrietadas, una repisa con libros y mi atril viejo. Los lienzos descansaban aún vírgenes tras un mueble oscurecido y anticuado. Me puse el pijama, tiré la ropa del mechoneo a una bolsa y saludé al Seba, quien pegado al computador solo emitió un mugido que entendí como un hola.

Tenía ganas de tomar un té y la mamá de seguro quería preguntarme con detalles cómo había estado el mechoneo, así que fui a la cocina a poner la tetera y dos tazas. Hablaba con ella mientras tomábamos once, tratando de calmar sus reacciones escandalizadas, cuando, en medio de nuestra conversación, el papá abrió la puerta, transformando nuestra atmosfera y tensionando el ambiente. Ella se levantó de su silla como un soldado y partió a la cocina para calentarle la comida al hombre de la casa. Volvió con un plato colmado de cazuela de pollo y él se sentó a sorbetearlo. Lo saludé con un hola distante y me levanté de la mesa.

–¿Aprendiste a tirar bombas ya? –rumió en otro sorbo.

Reí desganada. La mamá bajó la vista un momento y luego me sonrió algo avergonzada. Me fui a acostar.

3

Mis zapatillas negras avanzaban por el piso del depa de Artes como ya hacían todas las mañanas. Había llegado temprano a la clase de dibujo, así que me senté a mirar el día nublado desde un pedazo de concreto que al parecer alguna vez fue una pandereta.

Como no tenía nada que hacer, saqué mi croquera para revisar algunos trazos que había hecho la noche anterior y quizá repasar algunas líneas. Estaba concentrada, oyendo solo la música de mi mp3 cuando oí una risotada. Venía de un grupo de cinco chiquillas. Se notaba que ya llevaban su tiempo en la U. Tenían esa pachorra de la experiencia.

Levanté la cabeza y escondiéndome un poco tras mi block de dibujo logré distinguirlas mejor. La de pelo largo y rostro amarillento era la gritona, las demás solo sonreían.

Mientras se venían acercando distinguí que a paso algo más lento la galla de la otra vez. fumándose un cigarro, se unió al grupo. Ella le tomó la mano a la más atractiva de las jóvenes. Eso me choqueó un poco y, cuando levanté la mirada de sus dedos entrelazados, me di cuenta de que me estaba aniquilando con su expresión.

Exhalé. No supe qué hacer más que rendirme a bajar la cabeza cohibida, hasta que desaparecieron por el pasillo principal.

Todavía no me recuperaba del espasmo cuando escuché los escandalosos trancos de Fany.

–¡Hola! –gritó agotada.

Su mejilla estaba fría.

–Hola

–¡Ay, este hombre no me quería soltar! –rio mientras se arreglaba los rulos teñidos esta vez con un negro azulado horrible.

Entramos a la sala y nos acomodamos en los escritorios rayados. La profesora llegó apurada y nos pidió retomar nuestro proyecto de dibujo donde lo habíamos dejado la última vez. Difuminaba el contorno del rostro e intentaba degradar algo más los bordes para hacer de mi dibujo uno más limpio, cuando me dieron ganas de ir al baño. Salí con la presión de sentirme observada y la Fany me pasó su botella para que la llenara. Casi corrí por el pasillo aún en ese trance de dibujante. Encendí la luz y partí al baño para mear con alivio placentero. Salía hacia el lavamanos cuando la figura agachada de un chico fornido me hizo sostener el aire.

–¡Mierda! –pronunció con su mano entre la boca y el agua del lavado–, ya desocupo –dijo haciéndose a un lado.

Perpleja me lavé las manos mientras él se arreglaba el cabello perfectamente peinado, y se esparcía un poco de brillo labial bajo unos bigotes recortados.

–Oye, a lo mejor tú cachai, busco la clase de la Diana Palacios, la de Dibujo y Configuración

–Sí, yo estoy en esa clase ahora –señalé cohibida.

Era un muchacho moreno, con anteojos rojo eléctrico y una bufanda del mismo tono.

–Ya, bacán, ¿me llevai? –pidió coqueto.

Asentí ruborizada y caminamos juntos hasta la sala. Entramos intentando no meter ruido y él se sentó gatuno en el puesto vacío a mi lado. Fany lo miró con mala cara.

–¿En qué van? –susurró mirando mi boceto.

Le dije que habíamos comenzado con un proyecto de retrato hace una semana atrás y él empezó a contarme que había llegado tarde porque se había perdido.

–No conozco nada, como no soy de acá…

Preferí ignorar su modo de hablar.

–¿De dónde vienes?

–Vengo de intercambio, soy de Valdivia –señaló sacando sus materiales.

–Valdivia, qué lindo debe ser allá –dije despacio, y solo bastó eso para que me hablara casi la hora completa, exceptuando la oportunidad en que la profesora lo llamó para incluirlo en la lista y explicarle algo más sobre el curso.

Fany entornaba los ojos, respiraba fuerte.

Al final de la clase y guardando los materiales me preguntó dónde podría comprar un café. Miré a Fany algo encogida, casi pidiéndole permiso y lo acompañé hasta el casino. No pude dejarlo solo. Fany fingió tener que hacer un trámite muy importante y se fue.

–¡Ay! ¡Te pasaste, guachis! –exclamó al rato después de darle un sorbo a su capuchino.

Permanecí en silencio mientras él hablaba. Era bastante entretenido oírlo, parecía que sus ojos hablaban también. Después de llevar más de media hora escuchándolo, me di cuenta que no sabía ni su nombre.

–Danilo –señaló risueño y su bigote perfectamente recortado brilló un poco.

–Yo me llamo Tania, ¿me acompañas a buscar a Fany? –lo invité.

Me siguió apresurado y como si fuéramos amigos de toda la vida, se tomó de mi brazo para seguirme. Al principio fue extraño el contacto, por un momento pensé que tenía otras intenciones conmigo.

–Parece que no le caigo muy bien a tu amiga… –dijo abriendo un poco más sus ojos avellanados.

–No le hagas caso

–Es medio celosa parece… –rio–. Conmigo no tiene por qué preocuparse… –agregó enigmático.

Ese día lo pasé en constante tensión. No quería alejarme de Fany, pero tampoco quería dejar a Danilo solo, no conocía a nadie y no sabía cómo ubicarse en el campus. Sentí que debía permanecer ahí para ayudarlo ante cualquier duda. Al final Fany decidió irse sola y yo me fui con él. Era curioso porque nunca había tenido un amigo, siempre me llevé mejor con amigas, y muy pocas, pero de

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