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Corazón de perro

Corazón de perro


Corazón de perro

valoraciones:
3/5 (589 valoraciones)
Longitud:
134 páginas
2 horas
Editorial:
Publicado:
5 may 2004
ISBN:
9789562826976
Formato:
Libro

Descripción

Mijail Bulgakov, con una capacidad narrativa notable, nos transporta a la primera etapa de las convulsionadas transformaciones de la sociedad rusa post revolución. Logra crear un mundo donde el desarrollo de los acontecimientos, con grados crecientes de suspenso y sorpresa, muestra satírica y críticamente las contra-dicciones que diariamente se viven. El sorprendente final de la obra acentúa la visión algo desesperanzada, pero con inmenso humor, de la condición humana.
Editorial:
Publicado:
5 may 2004
ISBN:
9789562826976
Formato:
Libro

Sobre el autor


Vista previa del libro

Corazón de perro - Mijaíl Bulgákov

Epílogo

I

¡Auuuuuuuuuú! ¡Oh, mírenme, estoy muriendo! La tormenta de nieve brama para darme la extremaunción, y yo aúllo con ella. Perdido estoy, perdido. Un desgraciado con gorra sucia –el cocinero del Comedor para la Alimentación Normal de los Funcionarios del Soviet Central de la Economía Nacional– me salpicó con agua hirviendo y me coció el costado izquierdo. ¡Canalla!, y eso que es proletario. ¡Dios mío, qué dolor! Esa agüita me llegó hasta los huesos. Y ahora aúllo y aúllo, pero de qué me sirve aullar...

¿En qué le molesté? ¿Acaso se va a arruinar el Soviet de la Economía Nacional, si yo hurgueteo en su basurero? ¡Bestia avara! Fíjense alguna vez en su jeta: es un gordo asqueroso, un ladrón de hocico ancho. Ay, la gente, la gente. Fue al mediodía cuando el de la gorra sucia me convidó agua hirviendo, y ahora ya oscureció; deben ser alrededor de las cuatro de la tarde, a juzgar por el olor a cebolla que sale del cuartel de bomberos de la calle Prechistenka. Porque, como todos saben, los bomberos comen guiso de cereales con cebolla, que es de lo peor, igual que los hongos. Pensar que unos perros conocidos, de la Prechistenka, contaban que en el bulevar Neglinny, en el restorán Bar, la gente se zampa el plato del día –Hongos en Salsa Picante– a 3,75 rublos la porción. Lo cual, para un conocedor, es lo mismo que lamer una bota de goma. Auuuuuú...

El dolor en el costado es insoportable. Veo con absoluta claridad mi futuro inmediato: mañana aparecerán las ampollas. Y la pregunta es: ¿con qué me las voy a curar? En verano uno puede ir a dar una vuelta al parque Sokólniki, donde hay un pastito especial, muy bueno. Además, allá uno puede hartarse gratis de cáscaras de mortadela y restos de golosinas que arrojan los ciudadanos. Y si no fuera por esa bruja fea que, a la luz de la luna, canta la ópera Aída de tal manera que el corazón a uno se le cae, todo sería perfecto. Pero ahora, ¿adónde puedo ir?

¿Le han pegado en el culo con un bototo? Sí, me han pegado. ¿Le ha llegado un ladrillazo en las costillas? También, varias veces. De todo me ha tocado, acepto mi destino. Si lloro ahora, es solo por el dolor físico y por el frío, porque mi espíritu aun no se apaga... Es resistente el espíritu perruno.

Mi cuerpo, en cambio, está golpeado, hecho trizas, maltratado en exceso por la gente. Lo más grave es esto: el agua hirviendo me peló el costado y me lo dejó sin protección alguna. Así, estimados ciudadanos, fácilmente puedo agarrarme una pulmonía y si eso ocurre, moriré de hambre. Con pulmonía corresponde estar tendido adentro de un edificio, bajo la escalera, pero si hiciera eso, ¿quién iría por mí, un perro soltero postrado, a recorrer los basurales en busca de alimentos? Si me enfermo del pulmón, perderé mis fuerzas, apenas podré arrastrarme, y en esas condiciones cualquier imbécil me rematará con un simple palo. Luego, los barrenderos con sus insignias metálicas me tomarán de las patas y me arrojarán al camión de la basura...

Entre todos los proletarios, los barrenderos son de la peor calaña. Verdaderos desechos humanos, de última categoría. Cocineros, hay de distinto tipo. Por ejemplo, el difunto Blas de la Prechistenka. ¡Cuántas vidas salvó! Porque lo más importante, en cualquier enfermedad, es agarrar bocado. Y ese Blas –contaban los perros viejos– sí que convidaba huesos, y siempre con su buen trozo de carne. Dios lo tenga en su reino por ello. Además, era todo un personaje, pues cocinaba para los mismísimos condes Tolstoi, y no para el Soviet de la Alimentación Normal. Las barbaridades que hacen ahí, en esa alimentación normal, es algo inconcebible para la razón perruna. Los desgraciados preparan platos con cecina podrida, y los pobres funcionarios ni se enteran. Llegan, comen, tragan.

Pensemos, por ejemplo, en alguna secretaria de novena categoría, que gana 45 rublos. Bueno, y las medias semifinas que le regala el amante. Pero por esas medias, cuántas humillaciones tiene que soportar la pobre. Porque el amante no se lo hace de la manera común, sino que la somete al amor francés. Son unos canallas los franceses, hablando entre nos. Aunque comen bien, y siempre con vino tinto... Así que llega la secre corriendo al comedor, porque no va a ir al Bar, con sus 45 rublos. Ni para el cine le alcanza, cuando el cine, para las mujeres, es el único consuelo en la vida. Llega, tiembla, se arruga... pero engulle. Imagínense: le cobran 40 kópecs por dos platos, que juntos no valen ni 15, pues los otros 25 se los roba el administrador. ¿De qué le sirve a ella una dieta así? La pobre tiene delicado el pulmón derecho y una enfermedad femenina de origen francés, en el trabajo le descuentan del sueldo y, más encima, la alimentan con podredumbre en el comedor. Ahí viene, ahí viene... Corre hacia el patio con las medias del amante. Las piernas congeladas, el estómago silbando y frío en todo el cuerpo, porque su piel se parece a la mía, pero los pantalones que usa son delgados, pura apariencia. Trapos para el amante. Porque si se llegara a poner unos de franela, cómo le gritaría el desgraciado: ¡Qué falta de elegancia! Me aburrió mi Matriona, me cansé de los pantalones de franela, ahora llegó mi tiempo. Ahora soy el presidente de tal cosa, y todo lo que me robe lo gastaré en mujeres, camarones y licores. Suficiente hambre pasé en mi juventud, ahora basta, que la vida es una sola.

Qué lástima me da, mucha lástima. Pero siento más lástima por mí. No lo digo por egoísmo, sino porque realmente no estamos en igualdad de condiciones. Ella, al menos, tiene calor en su casa, en cambio yo, yo... ¿Adónde puedo ir? Auuuuuuú...

–Pst, pst, pst... Bolita, oye, Bolita... ¿Por qué lloras, pobrecito? ¿Quién te ofendió? Ah...

Un viento helado cerró de golpe el portón y azotó a la señorita con un puñado de nieve en la oreja; le levantó la falda hasta las rodillas, descubriendo unas medias color crema y una delgada franja de ropa interior gastada; sofocó sus palabras y roció de nieve al perro.

Dios mío... Qué clima... Auuuuú... También me duele la panza, ¡es la mortadela, la mortadela! Auuuuuú... ¿Cuándo se irá a terminar todo esto?

Con la cabeza inclinada, la señorita se lanzó al ataque, tomó impulso y atravesó el portón. En la calle, el viento la sacudió, la empujó, la volteó, después formó alrededor de su cuerpo un remolino de nieve, y se la tragó.

El perro se quedó en el patio, sufriendo con sus llagas en el costado. Desalentado, se apegó al muro frío y decidió firmemente que ya no iría a ningún lado, y que ahí mismo, en ese patio, moriría. La desesperación se apoderó de él. En su alma había tanto dolor y amargura, tanta soledad y temor, que una hilera de pequeñas lágrimas perrunas, como burbujitas, comenzaron a brotar de sus ojos, secándose al instante. El costado herido lucía unos pelotones de cuero sucio y congelado, y entre ellos asomaban las macabras marcas rojas de la quemadura. Qué estúpidos, idiotas y crueles pueden llegar a ser los cocineros. Bolita, me llamó ella... ¡Qué Bolita ni qué mierda! Bolita se aplica a un perro bien alimentado, redondo, tontorrón, que engulle avena y es hijo de padres respetables; mientras que yo soy mechudo, flacuchento y maltratado, un quiltro hambriento y sin casa. Aunque, de todas maneras, gracias por la buena palabra.

Se oyó un portazo, que provenía del bien iluminado almacén en la vereda de enfrente, y apareció un ciudadano. Precisamente un ciudadano, y no un camarada, e incluso, lo más probable, un señor. Más de cerca, evidentemente un señor. ¿Creen que lo sé por su abrigo? Tonterías. Ahora muchos proletarios también usan abrigos. Por supuesto, no con los mismos cuellos, eso no hay que ni decirlo, pero de lejos uno se puede confundir. En cambio, los ojos son inconfundibles, de cerca y de lejos. Oh, los ojos son algo muy significativo. Como un barómetro. Todo se ve en ellos: quién tiene el alma seca, quién porque sí es capaz de pegarte una patada en las costillas, quién es el más cobarde de todos. A éste, a veces, llega a ser agradable darle una mordidita. Si tienes miedo, aguanta; te lo mereces... Rrrr... Guau, guau...

Con paso seguro, el señor cruzó la calle convertido en una columna de nieve y se dirigió hacia el patio. Sí, sí, a éste se le nota que no va a comer cecinas podridas, y si en algún lugar se las ofrecieran, armaría un escándalo, escribiría a los diarios: que sepan todos que a mí, a Filip Filípovich, intentaron envenenarme.

Aquí está, más y más cerca. Éste se alimenta bien y no le roba a nadie, éste no da patadas, pero tampoco le teme a nadie, y si no teme es porque está siempre satisfecho. Es un señor intelectual, con barbita puntiaguda a la francesa y bigotes canosos, tupidos y osados, como los de los caballeros franceses… Sin embargo, echa un olor asqueroso: huele a hospital. Y a cigarrillo.

¿Para qué mierda, se pregunta, se fue a meter a la cooperativa del Econocentro? Ahora está al

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Reseñas

Lo que piensa la gente sobre Corazón de perro

3.0
589 valoraciones / 25 Reseñas
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Reseñas de lectores

  • (4/5)
    There is a photograph of me sitting in a gutter in Paris reading this novel. I am rather skinny in the photo. What isn't conveyed is that I was losing my mind. I was abroad and it was a mistake. There was considerable business requiring my immediate attention back home.

    There I was. All was resolved upon my return. I think about the novel periodically, especially given the currency of Bulgakov in certain circles.

    It would be pithy to suppose that this portal concerning transformation was crucial in my own adjustment of status. It wasn't, but that's life.
  • (5/5)
    It's 1925 Moscow, and a world-famous surgeon has adopted a stray dog. The first part of the story is told from the dog's point of view, as he gets used to his new, and luxurious, surroundings. Gradually, the dog comes to realize that the surgeon has an agenda. The second part of the story is a series of case notes, which describe what the doctor has done; implant glands from a human into the dog. The third part of the story describes the utter chaos that erupts when the dog lives, and turns into the nogoodnik that was his donor. There are a number of very sharp comments in the book that got the novel suppressed in 1925, and would have made it impossible to publish at all scant few years later. But the sheer love of the Russian language and expressions utilized here make this totally hilarious. Poligraph Poligraphovich (the dog-turned-human) is a wonderful and exasperating character, and one that bears comparison to Bulgakov's immortal Behemoth (the more so since Behemoth is depicted as being human in one part of The Master and Margarita). It is worth noting that Bulgakov was a doctor by training, and there's strong evidence it influenced this story. Definitely recommended.
  • (3/5)
    Some parts are really nice, such as the beginning when the thoughts of the dog are presented and the diary of the assistant doctor. But a lot of the story seems directionless. The events are absurd rather than satirical. For a real satire the connections with the real world should have been elaborated more in detail.
  • (5/5)
    It is not even reasonable to expect me to pass this book on the library shelves. First of all, it's by the author of The Master and Margarita, which I loved. Second, it's published by my darling Melville House Press. I very nearly purchased it during my last spree on their website. (Actually, I can't be certain that I didn't, as that last purchase is still sitting, unwrapped, on my kitchen table. Don't ask. I have issues.)

    Heart of a Dog is a Frankenstein-type story set in early post-Soviet revolution Russia, in a doctor's home office that seems to be the last island of aristocratic life surrounded by a rising sea of comrade proletariat. In this story, the doctor's monster is a stray dog, rescued from the street to the lap of luxury before being implanted with human glands in an experimental surgery -- resulting in his shocking transformation to a vulgar, impulsive, vodka-swilling man.

    I couldn't help feeling for every one of the characters in this book (at least at times), even when some of them were behaving very badly. Delightful, clever, and fun. Highly recommended.
  • (3/5)
    The heavy tones of Frankenstein or Faust are revisited here with the earthy irreverence that Russian raconteurs, with their repertoire of dirty jokes and subversiveness, make such good use of. Bulgakov's vigorous style (and the superb translation from Michael Glenny) keeps us engaged, as the characters do their best to play it straight amidst the absurdities of post-tsarist upended Russia. The story and its treatment have shades of Kafka and Joyce, also from that era. As with them, the meaning, the what and why of it all, is hard to pin down, but that may be the point in such an unsettled world. Tempting to read on to Bulgakov’s purported masterpiece, as proclaimed in the blurb here and elsewhere, “The Master and Margarita”...
  • (4/5)
    Heart of a Dog was recommended to me by a Russian and is an off the wall story of a stray dog metamorphosed into a dog-man that falls in with the sleazy local communists. They redistribute other peoples property to themselves which is O.K. until they try to redistribute the dog-man owner's flat which is going too far.